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Al ver este apunte lleno
de fechas y datos estadísticos, me surgió
la duda acerca de que era lo importante para sacar
en limpio. Si a eso le sumamos que cada 4 hojas
faltan 2, menos sencillo se hacía entenderlo.
Por este motivo mande un mail a la profesora Graciela
y me respondía lo siguiente.
Mariano
La selección de Labrousse contiene por
un lado, los datos que el construye sobre precios,
salarios y renta para estudiar los ciclos e interciclos
de la economía francesa antes de 1787 y
en la coyuntura de malas cosechas 1788-1789 y
ver los cambios y continuidades en la larga duración,
la coyuntura y el acontecimiento. La crisis de
la vitivinicultura y el problema del pan y los
cereales sustitutos de trigo, etc. todo ello para
resolver el problema de las tesis de la prosperidad
( Tocqueville) y de la Miseria (Michelet). Por
otro lado, la comparación de 1848, 1830
y 1789 sirve para ver el modelo metodológico
adoptado para complejizar la cuestión de
la crisis económica, la crisis social y
la crisis política en cada acontecimiento
revolucionario. Entre otras cuestiones de aportes
de método de historia económico-
social.
Un saludo muy cordial
Graciela
Aclarado este punto y
retirado del resumen la interminable cantidad
de fechas y datos (a mi modo de ver) TOTALMENTE
AL PEDO, paso a transcribir lo que pude rescatar.
Suerte y paciencia (que es la ciencia de la paz).
El movimiento del coste
de la vida popular y del salario expresado en
bienes de consumo.
I- La medida de las
variaciones del coste de la vida.
Los precios de determinados grupos de productos
tienen una vida cíclica especialmente atormentada,
sobre todo el grupo de los productos alimenticios.
(acá se corta y faltan dos páginas)
II- Los principales artículos de consumo
popular
El pan representa el alimento básico por
excelencia, el artículo esencial de la
vida popular. Sea cual fuere su composición,
el pan representa el principal alimento; se come
con la sopa, sobre todo en el campo, hasta tres
veces al día. La sopa es el plato fuerte
de las comidas principales. El vino parece ser
un producto de consumo corriente en las regiones
de gran producción vitícola. Evidentemente
que no es un vino de lujo el que se sirve en la
mesa familiar. En las regiones no productoras
o de escasa producción se bebe sidra, o
jugo de pera, o cerveza, o agua. En una palabra,
el régimen alimenticio varía mucho
según las regiones. El mercado de abastecimiento
es sobre todo local. (acá nuevamente vuelven
a faltar dos hojas y luego continúa) El
régimen alimenticio de un soldado es muy
diferente: comprende un gran consumo de carne
que permite reducir el papel del pan. La introducción
progresiva de la patata en el consumo obrero y
campesino en el siglo XIX, la evolución
social y la modificación del régimen
alimenticio han podido reducir la parte correspondiente
al pan. (y sigue siguiendo
faltan otras
dos hojas) (luego pasamos a otro tema, después
de pasar de la pág. 305 a la 340, no es
que falten, sino que es parte de la selección
que los profesores hicieron del libro. Para que
quede más claro, según dice la primer
hoja tenemos que leer de la pág. 13 a 21.
292 a305. 340 a 372. 463 a 478. Por eso es que
cambia de tema.
I- Las fluctuaciones
económicas y el hombre.
La fluctuación puede ser sencillamente
estacional. O pueden haber fluctuaciones decenales
o fluctuaciones intercíclicas. La vida
económica es en todos sus aspectos (precios,
producción, cambios, ingresos, consumo)
una sucesión de desequilibrios, una cadena
de fluctuaciones de períodos más
o menos largos, alternativamente de alza y baja,
de contracción y expansión, de prosperidad
y regresión, clasificados según
su duración.
Cuando se trate de variaciones
cortas, de variaciones estacionales, interanuales,
cíclicas, se debe distinguir entre la economía
agrícola y la economía industrial.
Los precios agrícolas suben violentamente
de 1787 a 1789, debido a una malísima cosecha
de 1788 y mediocre de 1789. La baja de la producción
negociable, (es decir, de la producción
bruta, descontadas las semilla, los diezmo, los
derechos feudales y las cantidades necesarias
para le consumo doméstico) anula y con
mucho para la masa de los vendedores, la subida
de los precios. Una vez retiradas las cantidades
arriba indicadas, el productor campesino no tiene
casi nada que vender. Sus ingresos se hunden.
Este es el caso del pequeño propietario,
del pequeño arrendatario y de la plebe
de los aparceros. La masa de los asalariados y
de los artesanos, la inmensa mayoría de
los consumidores de las ciudades, padecen al mismo
tiempo el aumento brutal del precio del pan. Pero
el hundimiento no es general. En la agricultura
existen sectores sociales "resguardados".
Los ricos arrendatarios que no tienen prisa por
vender juegan a fondo la tendencia estacional
y dan salida a su trigo a precios más elevados.
Pueden aprovecharse de estos años desastrosos
y retirar ingresos superiores a los de los años
de abundancia. Los beneficiados con tales años
son, sobre todo, el que recibe los diezmos, el
propietario que cobra un arrendamiento estipulado
en especie y cuyos depósitos no se ven
reducidos por las necesidades de arrendatarios.
El período del precio más elevado
representa para estos beneficiados el de más
elevados ingresos. Frente a la miseria de la masa
campesina, la miseria de las ciudades, el retroceso
de los ingresos populares, en medio de este hundimiento
general, la renta de la tierra y la renta señorial
aumentan hasta conseguir el más elevado
nivel. Este es el significado social de una corta
subida de precios agrícolas ligadas a una
contracción de las cantidades producidas.
Una variación de los precios y de las cantidades
en sentido inverso, produciría, evidentemente,
efectos sociales inversos.
Una subida de los precios
industriales, siempre en el caso de las fluctuaciones
cortas, se encuentra, en general, ligada a un
aumento de las cantidades y pone de manifiesto,
en principio, una situación contraria a
la anterior. En lugar de representar la miseria
traduce la prosperidad. Al contrario de los que
se observa en la economía agrícola,
en la industria, precios y cantidades, tienden
a variar en el mismo sentido.
La significación humana de las fluctuaciones
cortas es muy diferente, según que afecten
a la economía agraria o a la economía
industrial y según la clase social considerada.
Pero en conjunto, en la economía del antiguo
régimen, fundamentalmente agraria, son
las fluctuaciones agrícolas las que dominan
el movimiento de los precios. Los dominan con
toda la superioridad de la economía rural
sobre la industrial.
A diferencia del alza corta
y convulsiva, el alza larga y progresiva tiene
en gran parte la misma significación que
hoy. El alza, en este caso, significa expansión,
prosperidad. La baja, retroceso económico.
Todas las variedades de alzas largas significan,
en efecto, períodos de expansión.
Precios, producción, ingresos suben entonces
al unísono. La prosperidad se extiende
a toda la agricultura, en este caso no es la producción
la que impulsa a los precios, como sucede en el
caso de las variaciones cíclicas, sino
que son los precios los que impulsan a la producción.
La suma que el vendedor gana gracias a la subida
de los precios no la pierde por la disminución
de las cantidades negociables. Por el contrario,
la ganancia es doble sobre el precio y sobre las
cantidades. Lo mismo sucede con la renta de la
tierra, en pleno desarrollo. La situación
de un gran número de aparceros es la misma
que la de los propietarios: muchos que vivían
antes de la revolución en economía
cerrada sin comprar ni vender casi nada, se transformaron
en vendedores a consecuencia de la supresión
del diezmo y de los derechos feudales pagados
en especie. No puede menospreciarse la ventaja
que representa para ellos el 10 % de la cosecha
bruta que después de la supresión
del diezmo pueden llevar al mercado. Sobre todo
los precios suben mientras que el impuesto sobre
la tierra se mantiene estacionarios o baja. La
suerte que favorece a la economía se extiende
al mundo del trabajo. El asalariado campesino
encuentra trabajo con mayor facilidad: el aumento
de la cantidad de tierra cultivada exige una cantidad
mayor de mano de obra. Al mismo tiempo, el jornal,
el nivel del salario, aumentan. Si la masa de
los beneficios aumenta, debido a la doble acción
de los precios y de las cantidades vendidas, la
masa de los jornales se acrecienta a su vez gracias
al aumento del precio del trabajo y de la cantidad
de plazas en que poder trabajar.
Así, pues, aumenta en el campo el poder
adquisitivo. La industria textil se beneficia.
He aquí, de golpe, los beneficios industriales
en alza, lo mismo que los beneficios agrícolas.
Los salarios industriales siguen el movimiento.
La prosperidad es general, a pesar de la guerra,
a pesar del bloqueo y a pesar de la ruina del
comercio colonial. Las contribuciones se pagan
con facilidad. A diferencia de lo que se observa
para los movimientos cortos, el síntoma
de los precios tiene la misma aplicación,
en este caso, en la agricultura y en la industria.
El movimiento económico
no tiene sólo consecuencias económicas.
Se encuentra ligado a todas las otras actividades
humanas y, en cierta medida, las determina. El
problema consiste, para nosotros en buscar esta
medida. Se ha señalado, desde hace mucho
tempo, que un flujo de riqueza que aumenta procura
a los grupos sociales beneficiados con él
un inmenso poder de compra que empelan en productos
de lujo, culturales, de arte, que se disputa una
clientela más amplia y deseosa de adquirirlos.
Con la riqueza, con la cultura, la mentalidad
y la actitud de las clases se transforman. Es,
en gran medida, todo ello consecuencia de los
movimientos seculares de larga duración.
Los movimientos cíclicos no son menos importantes;
percibidos mejor y con mayor intensidad que las
variaciones largas, su dinamismo histórico
es considerable.
II- Contrastes económicos:
"siglo XVIII (1726-1778), malestar prerrevolucionario
(1778-1787), ciclo revolucionario (1787-1791).
Si la tierra produce poco, el sostenimiento del
cultivador, por el contrario, exige mucho: todo
el trabajo se hace a brazo, y para poner en acción
un par de brazos se necesitan tres libras de pan
diarias. Hay que pagar, además, el diezmo
y los derechos señoriales en especie. Una
vez retiradas estas cantidades, el trabajador
de una tierra que será, cien años
después, vendedor de grandes cantidades,
se ve obligado, a mediados del siglo XVIII, a
vivir en economía cerrada o, incluso con
gran frecuencia, a comprar. La mayoría
de las tierras francesas se encuentran, en consecuencia,
en manos de una plebe campesina excluida del beneficio
del alza de los precios.
Esta minoría posee,
es verdad, una fracción de tierra proporcionalmente
muy superior a su número.
En el curso del arrendamiento los precios se adelantan
a la renta. El propietario habita la ciudad. La
renta se utiliza en su mayor parte en la ciudad,
en bienes de consumo o bienes de producción.
La redistribución urbana de la renta en
bienes de consumo o de producción atrae
desde muy lejos a una muchedumbre de individuos.
Criados, obreros de la construcción, obreros
manufactureros, contratistas de toda clase, corren
a las ciudades: el comercio local se beneficia
en grado sumo con tal afluencia y se refuerza
con una muchedumbre de advenedizos. Así
pues, el mercado urbano se ensancha lo mismo que
el mercado rural. La producción industrial,
elástica por naturaleza, se acrecienta
considerablemente, mucho más de prisa que
la producción agrícola (nadie consume
doble cantidad de pan, pero muchos se visten y
se alojan mucho mejor), lo que exige nuevos obreros.
La producción colonial es, sin embargo,
la gran vencedora. Partiendo de muy bajo, se beneficia
del progreso de las ciudades, donde se encuentra
su clientela principal, y de la preferencia que
se le otorga en relación con los otros
productos. Aumenta al mismo ritmo que el puerto,
que las grandes ciudades, que los múltiples
núcleos de población aglomerada,
lo que perjudica a determinados productos metropolitanos;
el viticultor francés, antes o después,
sufre la concurrencia del café.
El desarrollo económico
es, pues, general en todos los dominios de la
producción. Nadie pierde. El beneficio
industrial crece todavía más que
el beneficio agrícola y que la renta, gracias
al éxito de una fabricación clásica.
Parece que todo va inmejorablemente en la república
económica. Por lo menos para los ciudadanos
activos, para las personas que disponen de un
capital productivo importante, empresarios y rentistas.
Pero existen los ciudadanos pasivos, la masa de
los asalariados de las ciudades y del campo. Masa
poco homogénea, es cierto, pero inmensa,
de asalariados permanentes, de propietarios, en
el sentido estricto y de asalariados de ocasión:
propietarios de parcelas, aparceros, pequeños
arrendatarios. Todos ellos han ganado a su manera,
con el movimiento económico, a pesar de
no tener ningún producto que vender.
En resumen, el aumento de los capitales productivos
permite la absorción de cantidades crecientes
de trabajo. Pero, en relación con la violencia
del movimiento demográfico, de cantidades
insuficientes: la masa de los empleos se ensancha.
El nivel del salario monetario aumenta. El conjunto
de los salarios gana también con estos
dos movimientos. Esta ganancia no es sólo
nominal, sino real. La masa de asalariados logra
comprar, en total, a pesar de la subida de los
precios, más pan, más carne, más
tejidos y mayores cantidades de productos coloniales.
Aumenta quizá (valorada en moneda) en tres
cuartos, mientras que el conste de la vida se
duplica. El dividendo salarios aumenta en valor
absoluto, en poder adquisitivo. Pero el divisor
humano crece con mayor rapidez. Al final, la parte
real de cada uno disminuye. La disminución
del salario contrasta con la subida de los ingresos
capitalistas.
Sin embargo, sólo
se trata del mal menor. Mientras que el beneficio
goza de buena salud todo va bien. En el mundillo
de los empresarios y de los rentistas el viento
sopla optimista: los negocios son brillantes y
fáciles. Si la condición obrera
empeora la oferta de empleos aumenta. ¿Cómo
no sentirse satisfecho?
Esta situación es la que corresponde al
siglo XVIII desde el comienzo del movimiento de
larga duración de los precios hasta la
crisis cíclica de 1770. Pero después
la situación se invierte. Con Luis XVI
los vientos cambian. Empieza un período
de malestar, un interciclo de contracción.
La fecha inicial del retroceso, la separación
con el período precedente es difícil
de precisar, puesto que el cambio de orientación
no se produce en todas partes al mismo tiempo
ni de la misma manera. Pero es un hecho consumado,
lo más tarde a finales de 1778. Los precios
están en plena retirada en todas partes.
El arrendatario cuyo contrato
terminaba aceptaba un aumento del arrendamiento
más o menos calculado según el nivel
alcanzado por los precios el día de la
renovación del contrato y al final se encontraba
con que era el beneficiado por la operación,
ya que los precios continuaban subiendo durante
los nueve años que duraba el contrato.
La situación se invierte. El arrendatario
se encuentra perjudicado en lugar de volver a
subir, los precios bajan en el transcurso del
arrendamiento. El propietario ha permitido durante
mucho tiempo que el arrendatario se beneficie
a su costa. Después de haber actuado contra
el arrendador, la coyuntura actúa contra
el arrendatario, es decir, de hecho en la generalidad
de los casos, contra el campesino que restituye
al propietario aún más de los que
le tomó. En consecuencia, en lugar de crecer
como en el curso del período precedente,
el capital productivo tiende a menguar y con él,
como es natural, la demanda de mano de obra.
La baja del precio del
vino, la baja de los precios de los cereales,
la baja de los beneficios agrícolas, la
reducción de la masa de los asalariados
agrícolas como consecuencia de la disminución
de los empleos, debido a la reducción y
a la ausencia de capitales productivos, reducen
el comercio rural, salida capital de la producción.
La utilización urbana de la renta contribuye,
no cabe duda, a abrir una salida compensadora;
estimula la industria de lujo. La población
de las ciudades continúa aumentando y,
correlativamente, el consumo de productos coloniales
se acrecienta. La industria, en su conjunto, languidece.
La producción textil permanece estacionaria
o disminuye durante todo el período.
El ritmo de la producción
se detiene al mismo tiempo que se acrecienta la
población. El proletariado no sólo
aumenta por acumulación, sino también
por traslación de clase a clase por la
inmigración en sus filas de los propietarios
descorazonados. Después de la regresión
prerrevolucionaria comienza en 1787 y hasta 1791,
el ciclo revolucionario dominado por la crisis
de 1789. En 1788 surge un accidente cíclico
grave. La cosecha de cereales es malísima,
lo cual es indicio de crisis inminente, de crisis
general en la economía. La cosecha del
año siguiente sigue siendo mediocre. La
conmoción política de 1789 viene
a complicar la crisis inquietando a la manufactura
y a las transacciones, desorganizando el comercio
de lujo, a lo que se añade la huída
de las personas y de los capitales. La mala cosecha,
como de costumbre, determina todo lo demás.
La crisis afecta, pues, a todos los grandes sectores
de la producción agrícola, al cultivador
vendedor, al empresario que explota tierra. La
situación del numerosos proletariado campesino
es peor.
Al seguir subiendo el precio de los cereales,
los recursos de que dispone el jornalero los utiliza
en su subsistencia en el sentido más estricto
de la palabra. El cultivador vendedor hace lo
mismo. El mercado rural se cierra.
Es fácil adivinar
lo que sucede en las manufacturas y en la construcción.
La industria textil, privada de clientela agrícola,
se debilita. El alza del precio del pan afecta
lo mismo al artesano y al asalariado de las ciudades
que el productor y al campesino; por las mismas
razones que desaparece la clientela rural escasea
la clientela urbana. El empleo baja lo mismo que
la producción, en un 50 %. El nivel del
salario disminuye también. A la larga,
la crisis afecta más a las ciudades que
al campo. Todo el primer año de la revolución
está afectado por la catástrofe
económica. Se libran de ella sólo
un puñado de arrendatarios y de feudales,
beneficiados por los altos precios estacionales
de los granos. Pero la coyuntura se invierte con
la buna cosecha de 1790. El cultivador comprador
vuelve a encontrarse con un excedente negociable.
El precio de los granos baja bruscamente favoreciendo
el poder de compra popular. La industria textil
y la construcción se ponen de nuevo en
movimiento. El obrero procura reajustar su salario
y se inician acciones colectivas. La producción
acelera su marcha al ser excitada levemente por
un comienzo de inflación. Vuelven los buenos
tiempos de antaño, aunque sólo por
un año.
III- ¿Revolución
de la miseria o de la prosperidad? ¿Michelet
o Juares?
Según Juares, aunque no niega la existencia
de la miseria, afirma que habría representado
sólo un papel relativamente reducido y
ocasional. La revolución nació,
en principio, de una crisis financiera originada
a su vez por la deuda contraída con motivo
de la guerra de América. Se puede decir,
en líneas generales, que sin la guerra
de América no habría habido crisis
financiera, no habrían sido convocados
los Estados generales y no habría habido
revolución, por lo menos en la misma época
y en la misma forma. La Revolución, considerada
como acontecimiento, proviene en sus orígenes
de un hecho político pero también
de un hecho económico con consecuencias
financieras: la regresión. Sin guerra no
habría deuda americana ni gran aumento
de los gastos; no se produciría el mal
inicial; pero con la regresión desaparecieron
los recursos y no hubo posibilidad de aumentar
los ingresos.
Las consecuencias financieras,
fiscales y sociales de las dificultades económicas
prerrevolucionarias constituyen ella solas una
revolución. Pero no sin duda, la Revolución.
Se puede pensar, sin embargo que las consecuencias
de estas dificultades han sido todavía
más amplias; que la nueva generación,
todos aquellos que tienen menos de treinta años
en 1789, y que desde su entrada en la vida económica
han conocido sólo un beneficio en retroceso,
achacan sus sinsabores al régimen. Sus
mayores, que han perdido una parte de los beneficios
acumulados en épocas más felicites
o que continúan perdiendo parte de su salario,
mantienen la misma posición. Cuando las
dificultades económicas se presentan, los
contemporáneos las atribuyen al gobierno.
De todas partes sube el clamor discordante de
las recriminaciones. Si hay regresión y
crisis cíclica, no es tan sólo porque
las cargas fiscales sean excesiva: es también
porque los gastos son excesivos.
Esta larga contracción económica,
ese largo período de baja o de indecisión
del precio de los cereales, esta amplia disminución
del precio del vino son debidos a que el Estado
ha frenado las exportaciones, a que se ha producido
demasiado; el gobierno hubiera podido intervenir,
pero no lo hizo. El que no se haya prohibido plantar
nuevos viñedos, el que se produjese un
alza rápida y desbocada del precio de los
granos en 1789 es debido, en parte, a la mala
cosecha, aunque el pueblo acuse a los acaparadores
y al gobierno, que ha permitido la salida de demasiado
trigo en 1787 y que no se ha preocupado de importar
al cantidad suficiente en 1788. el malestar económico,
es de origen político. Todas las clases
acusan al régimen de todos los males. Hemos
de ver que, a veces, los ataques son fundados
y que muchos de los hechos considerados por la
opinión general como causas del malestar
o de la miseria influyen, a título de factores
concurrentes, en la larga crisis de la economía
francesa.
Los acontecimientos revolucionarios,
las instituciones revolucionarias nacen, pues
en gran medida de la disminución del beneficio
y del salario del malestar del industrial, del
artesano, del arrendatario, del propietario cultivador
y de la miseria del obrero y del jornalero. Una
coyuntura desfavorable reúne, en la misma
oposición, burguesía y proletariado.
La Revolución aparece a este respecto como
una revolución de la miseria, mucho más
de lo que pensaba Juares. Pero se comprende también
que la última parte del siglo XVIII no
explique todo, que los años finales, años
de contracción intercíclica o de
crisis, no hayan sido los únicos en influir
en las instituciones. Las dificultades económicas
del reinado de Luis XVI, por mucho que las hayan
sufrido los contemporáneos, se ven entre
la regencia y la república como un episodio.
El siglo XVIII continúa siendo, en el fondo
un siglo de expansión económica,
de alza de los ingresos capitalistas, de aumento
de la riqueza burguesa y del poder burgués.
Como tal, prepara la revolución, una revolución
de prosperidad. Y se comprende bien que un largo
período de progreso haya ejercido sobre
esta revolución una influencia no menor
que un período relativamente corto de retroceso,
por muy próximo a los acontecimientos y
muy dinámico que este último período
haya podido ser.
Desde el instante en que
la economía marcha el Estado tiende a abstenerse
y descarga sus obligaciones en el empresario.
El intervencionismo retrocede. No se ve la necesidad
de las leyes cuando las cosas marchan sin ellas
¿para qué las corporaciones, es
decir, las instituciones monopolistas, de contingentes,
cuando hay sitio para todo el mundo, cuando el
alza prolongada de los precios demuestra que la
producción no puede llegar a cubrir las
necesidades de consumo? ¿Por qué
amarrar con una protección pasada de moda
a un campesino miserable, viviendo en economía
cerrada, que obtiene de los pastos en común
y de los bienes comunales sólo lo necesario
para alimentar su ganado de labor y producir su
leche y su queso? La economía natural,
la economía cerrada, se comprende en una
sociedad de intercambios poco importantes. Los
tiempos han cambiado. Ha de dejarse hacer también
aquí al beneficio, que provoca rompimientos
y contrata jornaleros. El campesino cultivador
de parcela, recobra, aumentado, en economía
de cambios, en salario, más de los que
ha perdido en especie con la desaparición
de los derechos colectivos. El Estado, una vez
más, debe cesar de intervenir.
De esta forma se desmembra
al soberanía real, se opera la separación
de la economía y del Estado y la clase
de empresarios (compuesta de nobles, de burgueses,
de labradores, pero dirigida por la burguesía)
crece al mismo tiempo en riqueza y en independencia.
Aún más: la dimisión económica
de la Monarquía va acompañada de
una dimisión social: el cuidado de hacer
marchar al sistema y de dar vida a la población
en crecimiento queda en manos del empresario.
La monarquía dejo escapar de entre sus
manos la soberanía económica y social.
Hacemos otro salto y pasamos
a la página 463
1848; 1830; 1789; tres
fechas en la historia de la Francia moderna.
Cuando el acontecimiento surge y se convierte
en realidad los Gobiernos no creen que sea verdad
y el revolucionario medio no lo desea. Por esto,
para los contemporáneos, estas revoluciones
parecen revoluciones sorpresa. No cabe duda de
que se dan muchos tipos de revoluciones. Existen
revoluciones populares y pronunciamientos, revoluciones
de masas y revoluciones palatinas. La revolución
de 1848, lo mismo que las de 1830 y la de 1789,
ha sido una revolución de masas. Pero ¡cuantas
variantes en la revoluciones de masas! Pueden
ser espontáneas, o dirigidas. Las espontáneas
las improvisa el ímpetu popular y escapan
en mayor o menor medida de la influencia directa
de las épocas. Las dirigidas obedecen,
por ejemplo a la influencia decisiva de un partido
de masas. Nada semejante ocurre en 1848, en 1830
en 1789. No existe ejército organizado
de la revolución. Es el levantamiento en
masa, voluntario e improvisado. Así pues,
podemos establecer como segunda característica
de las tres revoluciones que son revoluciones
espontáneas de masas. Pero hay muchos tipos
a estudiar en las revoluciones de esta naturaleza.
Las hay de tipo endógeno y de tipo exógeno.
La revolución endógena es la que
nace de una situación interior y sólo
de ella, y que sigue libremente su curso hasta
el fin. Es el caso de las tres revoluciones francesas.
La tercera característica que percibo en
las tres revoluciones que voy a estudiar es que
se trata de revoluciones de carácter endógeno,
predominantemente sociales.
Por último, para
realizar una revolución de las del tipo
de 1789, 1830 o 1848, para que las masas se pongan
en movimiento, cuando no existe un programa de
acción de un gran partido popular ni el
choque traumático de la derrota o de la
ocupación, la única fuerza suficientemente
poderosa será un hecho, un hecho que afecte
a las masas: el hecho económico constituye
el tipo más perfecto.
Limitaré mi intervención
al hecho intrínseco de la explosión
Como primer elemento explicativo de la explosión
revolucionaria podemos tomar el estado de tensión
económica. Existe tensión económica
en las tres revoluciones. Sin duda que los factores
son diferentes en muchos aspectos, pero sin embargo
en el fondo son bastante parecidos.
La tensión de 1789 comienza por un accidente
natural bien conocido: dos malas cosechas de cereales.
En el origen de las dificultades económicas
se encuentra un fenómeno natural espontáneo,
que escapa a la voluntad del hombre. Las malas
cosechas de 1788 y 1789 provocaron un alza considerable
del precio de la subsistencia.
En estos años se produce algo así
como una catástrofe natural. Un pueblo
que vive esencialmente de ciertos productos se
encuentra con que los precios de esos productos
suben enormemente como consecuencia de una catástrofe
natural y se hacen inaccesibles para la masa de
los consumidores. La mala cosecha y el alza de
los precios provocan la disminución vertiginosa
del poder de compra de un importante sector social.
En primer lugar de los campesinos. El poder de
compra de la mayoría de los productores
y vendedores campesinos disminuye verticalmente
porque en los años de malas cosechas no
tienen nada que vender. La subida de los precios
no compensa la disminución de las cantidades
negociables, de los stoks negociables en sus manos.
Además, el poder de compra de los jornaleros
agrícolas, de la masa de los campesinos
consumidores, disminuye: los salarios no aumentan
al subir el precio de los granos.
He aquí que la tensión económica,
fenómeno espontáneo que escapa a
la dirección gubernamental, se presenta
con todas sus consecuencias y repercute en el
conjunto de la vida industrial. La Francia de
1789 es esencialmente agrícola. Pueden
imaginarse las consecuencias, en el mercado de
los productores industriales, de la desaparición
del poder de compre rural y las que inexorablemente
se desprenden de tal situación. En esta
atmósfera de crisis económica es
donde se fragua la revolución de 1789.
Lo mismo ocurre en 1830. La crisis empieza a adquirir
en 1827-1828 un carácter trágico:
reaparecen todos los síntomas de 1789.
Primero las malas cosechas y, ante todo, una serie
de malas cosechas de patatas, que constituía
un importante elemento del consumo popular. Añadiéndose
a la crisis de patata se presenta la crisis de
los granos. La disminución del poder de
compra del mercado rural produce el cierre de
las fábricas y una disminución considerable
de la producción industrial. Las quiebras
se multiplican.
Al contrario de lo que sucede en 1789, la revolución
no estalla en el momento de máxima presión,
de tensión económica y social; pero,
sin embargo, los precios de julio de 1830 son
precios de crisis, precios anormales. Entonces
se encuentra el complejo de miseria, de dificultades
ya analizado: disminución del nivel del
salario, alza de los precios de los artículos
de consumo. En una palabra, el hundimiento del
poder adquisitivo del pueblo.
Examinemos ahora la crisis de 1847. Esta crisis
está caracterizada por la persistencia
del antiguo proceso de tensión y por la
aparición de un proceso nuevo. Es un cúmulo
de desequilibrios: desequilibrio natural de la
vieja economía de los granos y de los textiles,
y desequilibrio artificial de la nueva economía
metalúrgica. La crisis de 1847 comienza
nuevamente por la disminución de la producción
de patatas. Estas ocupan un lugar mucho más
importante en el consumo popular del que ocupaban
en 1830. La disminución de la producción
aparece en 1845-1846. Se comprende la importancia
de este doble fenómeno: el elevado precio
de la patata, producto de consumo popular, repercute
en el precio del pan, producto sustitutivo. Se
producen, en la Francia de 1847, casi los mismos
acontecimientos económicos que tuvieron
lugar en la Francia de 1830 y de 1789.
Además en el mercado textil, aparecen las
repercusiones que nos son ya conocidas. En el
momento en que el coste de la vida aumenta, la
producción textil se hunde: el beneficio
textil desaparece.
La revolución de 1848 estalla en el cruce
de la crisis de tipo antiguo y de tipo nuevo.
A la crisis de la economía triguera y textil
se añade la crisis de la metalurgia. Por
primera vez la economía francesa conoce
una dura crisis metalúrgica. En 1847 y
principios de 1848 la producción de la
metalurgia, expresada en valor, disminuye en un
tercio.
En lo que se refiere al salario, en la gran industria,
la disminución del mismo es de alrededor
del 30 %. La crisis social alcanza se apogeo en
1847. La presión social no es la misma
en enero de 1848 que en abril o en mayo de 1847.
Pero permanece la presión económica,
una burguesía y un proletariado lesionado
sin ahorros y sin trabajo.
Este proletariado y esta burguesía ¿Cómo
van a reaccionar ante la crisis? O, lo que es
lo mismo ¿Cuál es la influencia
de las crisis en las revoluciones? La crisis es
achacada al gobierno. Naturalmente, no se culpa
al gobierno de la mala cosecha. Pero se dice que
si los precios han subido es porque el gobierno
ha dejado salir demasiado trigo los años
anteriores, o porque no se ha importado bastante
en el año de cosecha deficiente.
Se la metalurgia ha parado, si existe una crisis
textil es porque las incorporaciones de materias
primas han sido fuertemente gravadas y porque
no se ha ayudado a la exportación como
era necesario. Cuando surge una crisis como la
de 1788-1789, en lugar de acusar a la naturaleza
se acusa al tratado de comercio francoinglés,
que aunque no está exento de toda culpa,
no es él quien tiene las responsabilidades
más graves. En una palabra, esta especie
de concepción antropomórfica de
la crisis, encarnada en la persona de un ministro
o en un ministerio, se encuentra en el origen
de las tres revoluciones.
¿Quiere decir esto que el revolucionario,
el jefe de la barricada, levanta y sube a la misma
par conquistar el pan? ¿Qué un revolución
es sólo una sublevación de hambrientos?
De ninguna manera. Pero todos los agravios políticos
contra un gobierno se despiertan en esta ocasión;
todos los agravios económicos, todos los
agravios sociales despiertan por una crisis que
precisamente agrava las desigualdades sociales.
Importante tema, sin duda, el de la psicología
del sublevado. Aquí sólo puedo dibujar
las direcciones, dibujar una repuesta. Un buen
método consiste en explicar, en estudiar
en el presente la influencia de esas fluctuaciones,
de los ritmos de la producción capitalista
en la opinión política, en la opinión
general y llamar en nuestra ayuda a la "historia
regresiva" de Marc Bloch. En la sociedad
actual, lo mismo que en la sociedad de entonces,
aparecen dos grandes categorías en la masa
sublevada: los "creyentes" y los "flotantes".
Los creyentes no necesitan una crisis económica
para empezar una revolución, pero sus agravios,
su hostilidad alcanzan con la crisis el punto
máximo. Ellos solos nada pueden. Necesitan
la palanca de todo un pueblo. Son los creyentes,
sin duda, los que hacen las revoluciones. Pero
son los flotantes los que las ganan. Son los flotantes,
por el peso de su masa, los que transforman el
motín en movimiento victorioso. Se necesita
una masa innumerable, una especie de "unanimismo"
popular.
Es necesario, en una palabra, un peso y un valor
de masa. Es el fenómeno económico,
fenómeno de masa por excelencia, el que
por su carácter de generalidad y de agudeza
puede provocar una tal sublevación.
La explicación de las revoluciones por
la crisis ha de sujetarse a muchos límites.
Las crisis presentan a grosso modo, una periodicidad
decenal. Existen crisis económicas decenales,
pero no hay revoluciones decenales. Se necesita,
para que se constituya una mezcla explosiva que
va a ser la revolución, que intervengan
otros elementos, y concretamente, es necesario
que la crisis económica coincida con la
crisis política.
Durante la crisis económica los impuestos
se recaudan con más dificultades; los ingresos
son menores y el crédito público
se lesiona. Las cargas, por el contrario, son
mayores e igual sucede con los gastos de ayuda
y socorro. Por todo esto los gobiernos tienden
a ser inestables, y especialmente frágiles,
en los períodos de crisis financiera. Es
entonces cuando aparecen y se despiertan nuevas
quejas y cuando la oposición encuentra
un terreno abonado. La crisis financiera, vicia
pues, la atmósfera política o contribuye
a viciarla. La crisis política se caracteriza,
además por la extensa división,
por el fraccionamiento extremo de los partidarios
del régimen, mientras que la oposición
llega a su apogeo.
En todos los momentos, en el transcurso de las
tres grandes revoluciones, la crisis política
concuerda con la crisis económica. Podía
proponer una explicación dualista. Decir,
sencillamente, que en el origen de las revoluciones
encontramos, al mismo tiempo que una crisis económica
y social, una crisis política, sin investigar
en que medida la crisis política refleja
una crisis social.
En principio no niego la explicación dualista.
Sin embargo, iré más allá
del dualismo. Una revolución, como todo
acontecimiento histórico, nace de antecedentes
múltiples. La bandera de la revolución
es también una bandera social: la de la
burguesía progresista. Nada tan significativo
como los debates europeos, como los comentarios
de las cancillerías inmediatamente después
de los acontecimientos de 1830 o de 1848. Nunca
Europa se encontró tan dividida. Nunca
había aparecido de manera tan clara la
coexistencia de la vieja y de la nueva Europa.
Se produce el choque, no sólo de dos clases,
sino de dos civilizaciones: la civilización
basada en la propiedad territorial y de la civilización
industrial, el choque de la riqueza estática
y de la riqueza en movimiento, de la aristocracia
conservadora y de las audacias burguesas, el antiguo
mundo contra el nuevo.
Es bien sabido que el choque de 1789 enfrenta
a aristocracia y burguesía. Esta burguesía
que crece en riquezas, en poder económico,
crece también en cultura en número.
La burguesía crece en conciencia. La conciencia
de clase burguesa conduce a todas las clases a
la prosperidad general. Es una especie de clase
misionera, de clase elegida, encargada de guiar
a la humanidad a todas las formas del progreso.
Lo sabe y lo proclama. La literatura no hace más
que repetirlo. La clase burguesa ejerce entonces
sobre la sociedad la atracción de clase
ascendente y victoriosa. Atrae a su órbita
a elementos de las fuerzas en descomposición
del viejo régimen.
En 1830 aparece de nuevo, sin duda con muchos
matices, la situación de 1789. El conflicto
de burguesía y aristocracia; pero de una
burguesía que ha tenido miedo y que teme
el duro nivel igualitario del año II (supongo
que hace referencia que habían comenzado
a contar los años a partir de la revolución)
La situación es mucho más confusa
en 1848. Ya no es la lucha burguesía -
aristocracia, ni todavía, la lucha burguesía
- proletariado. Es una forma de lucha de clases
triangular, con dos burguesías, la grande
y la pequeña, y el pueblo; pero la clase
ascendente no es la burguesía; es ya el
proletariado: el proletariado reunido, el proletariado
urbano de las ciudades en pleno desarrollo, el
proletariado coagulado de las fábricas
y el artesanado de los arrabales, y no el proletariado
de antaño, el proletariado disperso de
la manufactura del siglo XVIII. En 1848 ya ha
nacido un proletariado fabril, reunido, en el
que surge en mayor grado que antaño, la
conciencia de clase.
Esto no quiere decir que el proletariado no continúe
siendo una clase política subordinada,
auxiliar; pero es, a pesar de ello, la clase ascendente
en un momento en que la burguesía se encuentra
más dividida que nunca. Esta disgregación
de la burguesía se explica por la desconfianza
de la pequeña burguesía, que podría
llamarse burguesía competitiva hacia la
gran burguesía monopolística.
También hay desacuerdo sobre la política
interior: la pequeña burguesía y
el artesanado no censitarios quieren votar.
Ahora vemos la composición de nuestra mezcla
explosiva. Es, en los tres casos, el encuentro
de una gran conmoción económica
y de una crisis política. La crisis política
traduce, en gran medida, los antagonismos sociales
anteriores y divide profundamente a la clase dominante
o a las clases dominantes.
Pero esto no es suficiente para la explosión.
Para que estas dos fuerzas reunidas, tensión
económica y tensión política,
hagan saltar todo, es necesario que encuentren
una resistencia: será (para los que saben,
porque yo no tengo ni idea) en 1789 la preparación
del golpe de mano real; en 1830, las ordenanzas;
y en 1848 el negarse a prometer la reforma del
estado y la prohibición de las manifestaciones
pidiendo la reforma.
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