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LABROUSSE : FLUCTUACIONES ECONÓMICAS E HISTORIA SOCIAL y M.Chiappe

Al ver este apunte lleno de fechas y datos estadísticos, me surgió la duda acerca de que era lo importante para sacar en limpio. Si a eso le sumamos que cada 4 hojas faltan 2, menos sencillo se hacía entenderlo. Por este motivo mande un mail a la profesora Graciela y me respondía lo siguiente.

Mariano
La selección de Labrousse contiene por un lado, los datos que el construye sobre precios, salarios y renta para estudiar los ciclos e interciclos de la economía francesa antes de 1787 y en la coyuntura de malas cosechas 1788-1789 y ver los cambios y continuidades en la larga duración, la coyuntura y el acontecimiento. La crisis de la vitivinicultura y el problema del pan y los cereales sustitutos de trigo, etc. todo ello para resolver el problema de las tesis de la prosperidad ( Tocqueville) y de la Miseria (Michelet). Por otro lado, la comparación de 1848, 1830 y 1789 sirve para ver el modelo metodológico adoptado para complejizar la cuestión de la crisis económica, la crisis social y la crisis política en cada acontecimiento revolucionario. Entre otras cuestiones de aportes de método de historia económico- social.
Un saludo muy cordial
Graciela

Aclarado este punto y retirado del resumen la interminable cantidad de fechas y datos (a mi modo de ver) TOTALMENTE AL PEDO, paso a transcribir lo que pude rescatar. Suerte y paciencia (que es la ciencia de la paz).

El movimiento del coste de la vida popular y del salario expresado en bienes de consumo.

I- La medida de las variaciones del coste de la vida.
Los precios de determinados grupos de productos tienen una vida cíclica especialmente atormentada, sobre todo el grupo de los productos alimenticios. (acá se corta y faltan dos páginas)

II- Los principales artículos de consumo popular
El pan representa el alimento básico por excelencia, el artículo esencial de la vida popular. Sea cual fuere su composición, el pan representa el principal alimento; se come con la sopa, sobre todo en el campo, hasta tres veces al día. La sopa es el plato fuerte de las comidas principales. El vino parece ser un producto de consumo corriente en las regiones de gran producción vitícola. Evidentemente que no es un vino de lujo el que se sirve en la mesa familiar. En las regiones no productoras o de escasa producción se bebe sidra, o jugo de pera, o cerveza, o agua. En una palabra, el régimen alimenticio varía mucho según las regiones. El mercado de abastecimiento es sobre todo local. (acá nuevamente vuelven a faltar dos hojas y luego continúa) El régimen alimenticio de un soldado es muy diferente: comprende un gran consumo de carne que permite reducir el papel del pan. La introducción progresiva de la patata en el consumo obrero y campesino en el siglo XIX, la evolución social y la modificación del régimen alimenticio han podido reducir la parte correspondiente al pan. (y sigue siguiendo… faltan otras dos hojas) (luego pasamos a otro tema, después de pasar de la pág. 305 a la 340, no es que falten, sino que es parte de la selección que los profesores hicieron del libro. Para que quede más claro, según dice la primer hoja tenemos que leer de la pág. 13 a 21. 292 a305. 340 a 372. 463 a 478. Por eso es que cambia de tema.

I- Las fluctuaciones económicas y el hombre.
La fluctuación puede ser sencillamente estacional. O pueden haber fluctuaciones decenales o fluctuaciones intercíclicas. La vida económica es en todos sus aspectos (precios, producción, cambios, ingresos, consumo) una sucesión de desequilibrios, una cadena de fluctuaciones de períodos más o menos largos, alternativamente de alza y baja, de contracción y expansión, de prosperidad y regresión, clasificados según su duración.

Cuando se trate de variaciones cortas, de variaciones estacionales, interanuales, cíclicas, se debe distinguir entre la economía agrícola y la economía industrial. Los precios agrícolas suben violentamente de 1787 a 1789, debido a una malísima cosecha de 1788 y mediocre de 1789. La baja de la producción negociable, (es decir, de la producción bruta, descontadas las semilla, los diezmo, los derechos feudales y las cantidades necesarias para le consumo doméstico) anula y con mucho para la masa de los vendedores, la subida de los precios. Una vez retiradas las cantidades arriba indicadas, el productor campesino no tiene casi nada que vender. Sus ingresos se hunden. Este es el caso del pequeño propietario, del pequeño arrendatario y de la plebe de los aparceros. La masa de los asalariados y de los artesanos, la inmensa mayoría de los consumidores de las ciudades, padecen al mismo tiempo el aumento brutal del precio del pan. Pero el hundimiento no es general. En la agricultura existen sectores sociales "resguardados". Los ricos arrendatarios que no tienen prisa por vender juegan a fondo la tendencia estacional y dan salida a su trigo a precios más elevados. Pueden aprovecharse de estos años desastrosos y retirar ingresos superiores a los de los años de abundancia. Los beneficiados con tales años son, sobre todo, el que recibe los diezmos, el propietario que cobra un arrendamiento estipulado en especie y cuyos depósitos no se ven reducidos por las necesidades de arrendatarios. El período del precio más elevado representa para estos beneficiados el de más elevados ingresos. Frente a la miseria de la masa campesina, la miseria de las ciudades, el retroceso de los ingresos populares, en medio de este hundimiento general, la renta de la tierra y la renta señorial aumentan hasta conseguir el más elevado nivel. Este es el significado social de una corta subida de precios agrícolas ligadas a una contracción de las cantidades producidas. Una variación de los precios y de las cantidades en sentido inverso, produciría, evidentemente, efectos sociales inversos.

Una subida de los precios industriales, siempre en el caso de las fluctuaciones cortas, se encuentra, en general, ligada a un aumento de las cantidades y pone de manifiesto, en principio, una situación contraria a la anterior. En lugar de representar la miseria traduce la prosperidad. Al contrario de los que se observa en la economía agrícola, en la industria, precios y cantidades, tienden a variar en el mismo sentido.
La significación humana de las fluctuaciones cortas es muy diferente, según que afecten a la economía agraria o a la economía industrial y según la clase social considerada. Pero en conjunto, en la economía del antiguo régimen, fundamentalmente agraria, son las fluctuaciones agrícolas las que dominan el movimiento de los precios. Los dominan con toda la superioridad de la economía rural sobre la industrial.

A diferencia del alza corta y convulsiva, el alza larga y progresiva tiene en gran parte la misma significación que hoy. El alza, en este caso, significa expansión, prosperidad. La baja, retroceso económico. Todas las variedades de alzas largas significan, en efecto, períodos de expansión. Precios, producción, ingresos suben entonces al unísono. La prosperidad se extiende a toda la agricultura, en este caso no es la producción la que impulsa a los precios, como sucede en el caso de las variaciones cíclicas, sino que son los precios los que impulsan a la producción. La suma que el vendedor gana gracias a la subida de los precios no la pierde por la disminución de las cantidades negociables. Por el contrario, la ganancia es doble sobre el precio y sobre las cantidades. Lo mismo sucede con la renta de la tierra, en pleno desarrollo. La situación de un gran número de aparceros es la misma que la de los propietarios: muchos que vivían antes de la revolución en economía cerrada sin comprar ni vender casi nada, se transformaron en vendedores a consecuencia de la supresión del diezmo y de los derechos feudales pagados en especie. No puede menospreciarse la ventaja que representa para ellos el 10 % de la cosecha bruta que después de la supresión del diezmo pueden llevar al mercado. Sobre todo los precios suben mientras que el impuesto sobre la tierra se mantiene estacionarios o baja. La suerte que favorece a la economía se extiende al mundo del trabajo. El asalariado campesino encuentra trabajo con mayor facilidad: el aumento de la cantidad de tierra cultivada exige una cantidad mayor de mano de obra. Al mismo tiempo, el jornal, el nivel del salario, aumentan. Si la masa de los beneficios aumenta, debido a la doble acción de los precios y de las cantidades vendidas, la masa de los jornales se acrecienta a su vez gracias al aumento del precio del trabajo y de la cantidad de plazas en que poder trabajar.
Así, pues, aumenta en el campo el poder adquisitivo. La industria textil se beneficia. He aquí, de golpe, los beneficios industriales en alza, lo mismo que los beneficios agrícolas. Los salarios industriales siguen el movimiento. La prosperidad es general, a pesar de la guerra, a pesar del bloqueo y a pesar de la ruina del comercio colonial. Las contribuciones se pagan con facilidad. A diferencia de lo que se observa para los movimientos cortos, el síntoma de los precios tiene la misma aplicación, en este caso, en la agricultura y en la industria.

El movimiento económico no tiene sólo consecuencias económicas. Se encuentra ligado a todas las otras actividades humanas y, en cierta medida, las determina. El problema consiste, para nosotros en buscar esta medida. Se ha señalado, desde hace mucho tempo, que un flujo de riqueza que aumenta procura a los grupos sociales beneficiados con él un inmenso poder de compra que empelan en productos de lujo, culturales, de arte, que se disputa una clientela más amplia y deseosa de adquirirlos. Con la riqueza, con la cultura, la mentalidad y la actitud de las clases se transforman. Es, en gran medida, todo ello consecuencia de los movimientos seculares de larga duración. Los movimientos cíclicos no son menos importantes; percibidos mejor y con mayor intensidad que las variaciones largas, su dinamismo histórico es considerable.

II- Contrastes económicos: "siglo XVIII (1726-1778), malestar prerrevolucionario (1778-1787), ciclo revolucionario (1787-1791).
Si la tierra produce poco, el sostenimiento del cultivador, por el contrario, exige mucho: todo el trabajo se hace a brazo, y para poner en acción un par de brazos se necesitan tres libras de pan diarias. Hay que pagar, además, el diezmo y los derechos señoriales en especie. Una vez retiradas estas cantidades, el trabajador de una tierra que será, cien años después, vendedor de grandes cantidades, se ve obligado, a mediados del siglo XVIII, a vivir en economía cerrada o, incluso con gran frecuencia, a comprar. La mayoría de las tierras francesas se encuentran, en consecuencia, en manos de una plebe campesina excluida del beneficio del alza de los precios.

Esta minoría posee, es verdad, una fracción de tierra proporcionalmente muy superior a su número.
En el curso del arrendamiento los precios se adelantan a la renta. El propietario habita la ciudad. La renta se utiliza en su mayor parte en la ciudad, en bienes de consumo o bienes de producción. La redistribución urbana de la renta en bienes de consumo o de producción atrae desde muy lejos a una muchedumbre de individuos. Criados, obreros de la construcción, obreros manufactureros, contratistas de toda clase, corren a las ciudades: el comercio local se beneficia en grado sumo con tal afluencia y se refuerza con una muchedumbre de advenedizos. Así pues, el mercado urbano se ensancha lo mismo que el mercado rural. La producción industrial, elástica por naturaleza, se acrecienta considerablemente, mucho más de prisa que la producción agrícola (nadie consume doble cantidad de pan, pero muchos se visten y se alojan mucho mejor), lo que exige nuevos obreros. La producción colonial es, sin embargo, la gran vencedora. Partiendo de muy bajo, se beneficia del progreso de las ciudades, donde se encuentra su clientela principal, y de la preferencia que se le otorga en relación con los otros productos. Aumenta al mismo ritmo que el puerto, que las grandes ciudades, que los múltiples núcleos de población aglomerada, lo que perjudica a determinados productos metropolitanos; el viticultor francés, antes o después, sufre la concurrencia del café.

El desarrollo económico es, pues, general en todos los dominios de la producción. Nadie pierde. El beneficio industrial crece todavía más que el beneficio agrícola y que la renta, gracias al éxito de una fabricación clásica. Parece que todo va inmejorablemente en la república económica. Por lo menos para los ciudadanos activos, para las personas que disponen de un capital productivo importante, empresarios y rentistas. Pero existen los ciudadanos pasivos, la masa de los asalariados de las ciudades y del campo. Masa poco homogénea, es cierto, pero inmensa, de asalariados permanentes, de propietarios, en el sentido estricto y de asalariados de ocasión: propietarios de parcelas, aparceros, pequeños arrendatarios. Todos ellos han ganado a su manera, con el movimiento económico, a pesar de no tener ningún producto que vender.
En resumen, el aumento de los capitales productivos permite la absorción de cantidades crecientes de trabajo. Pero, en relación con la violencia del movimiento demográfico, de cantidades insuficientes: la masa de los empleos se ensancha. El nivel del salario monetario aumenta. El conjunto de los salarios gana también con estos dos movimientos. Esta ganancia no es sólo nominal, sino real. La masa de asalariados logra comprar, en total, a pesar de la subida de los precios, más pan, más carne, más tejidos y mayores cantidades de productos coloniales. Aumenta quizá (valorada en moneda) en tres cuartos, mientras que el conste de la vida se duplica. El dividendo salarios aumenta en valor absoluto, en poder adquisitivo. Pero el divisor humano crece con mayor rapidez. Al final, la parte real de cada uno disminuye. La disminución del salario contrasta con la subida de los ingresos capitalistas.

Sin embargo, sólo se trata del mal menor. Mientras que el beneficio goza de buena salud todo va bien. En el mundillo de los empresarios y de los rentistas el viento sopla optimista: los negocios son brillantes y fáciles. Si la condición obrera empeora la oferta de empleos aumenta. ¿Cómo no sentirse satisfecho?
Esta situación es la que corresponde al siglo XVIII desde el comienzo del movimiento de larga duración de los precios hasta la crisis cíclica de 1770. Pero después la situación se invierte. Con Luis XVI los vientos cambian. Empieza un período de malestar, un interciclo de contracción. La fecha inicial del retroceso, la separación con el período precedente es difícil de precisar, puesto que el cambio de orientación no se produce en todas partes al mismo tiempo ni de la misma manera. Pero es un hecho consumado, lo más tarde a finales de 1778. Los precios están en plena retirada en todas partes.

El arrendatario cuyo contrato terminaba aceptaba un aumento del arrendamiento más o menos calculado según el nivel alcanzado por los precios el día de la renovación del contrato y al final se encontraba con que era el beneficiado por la operación, ya que los precios continuaban subiendo durante los nueve años que duraba el contrato. La situación se invierte. El arrendatario se encuentra perjudicado en lugar de volver a subir, los precios bajan en el transcurso del arrendamiento. El propietario ha permitido durante mucho tiempo que el arrendatario se beneficie a su costa. Después de haber actuado contra el arrendador, la coyuntura actúa contra el arrendatario, es decir, de hecho en la generalidad de los casos, contra el campesino que restituye al propietario aún más de los que le tomó. En consecuencia, en lugar de crecer como en el curso del período precedente, el capital productivo tiende a menguar y con él, como es natural, la demanda de mano de obra.

La baja del precio del vino, la baja de los precios de los cereales, la baja de los beneficios agrícolas, la reducción de la masa de los asalariados agrícolas como consecuencia de la disminución de los empleos, debido a la reducción y a la ausencia de capitales productivos, reducen el comercio rural, salida capital de la producción. La utilización urbana de la renta contribuye, no cabe duda, a abrir una salida compensadora; estimula la industria de lujo. La población de las ciudades continúa aumentando y, correlativamente, el consumo de productos coloniales se acrecienta. La industria, en su conjunto, languidece. La producción textil permanece estacionaria o disminuye durante todo el período.

El ritmo de la producción se detiene al mismo tiempo que se acrecienta la población. El proletariado no sólo aumenta por acumulación, sino también por traslación de clase a clase por la inmigración en sus filas de los propietarios descorazonados. Después de la regresión prerrevolucionaria comienza en 1787 y hasta 1791, el ciclo revolucionario dominado por la crisis de 1789. En 1788 surge un accidente cíclico grave. La cosecha de cereales es malísima, lo cual es indicio de crisis inminente, de crisis general en la economía. La cosecha del año siguiente sigue siendo mediocre. La conmoción política de 1789 viene a complicar la crisis inquietando a la manufactura y a las transacciones, desorganizando el comercio de lujo, a lo que se añade la huída de las personas y de los capitales. La mala cosecha, como de costumbre, determina todo lo demás.
La crisis afecta, pues, a todos los grandes sectores de la producción agrícola, al cultivador vendedor, al empresario que explota tierra. La situación del numerosos proletariado campesino es peor.
Al seguir subiendo el precio de los cereales, los recursos de que dispone el jornalero los utiliza en su subsistencia en el sentido más estricto de la palabra. El cultivador vendedor hace lo mismo. El mercado rural se cierra.

Es fácil adivinar lo que sucede en las manufacturas y en la construcción. La industria textil, privada de clientela agrícola, se debilita. El alza del precio del pan afecta lo mismo al artesano y al asalariado de las ciudades que el productor y al campesino; por las mismas razones que desaparece la clientela rural escasea la clientela urbana. El empleo baja lo mismo que la producción, en un 50 %. El nivel del salario disminuye también. A la larga, la crisis afecta más a las ciudades que al campo. Todo el primer año de la revolución está afectado por la catástrofe económica. Se libran de ella sólo un puñado de arrendatarios y de feudales, beneficiados por los altos precios estacionales de los granos. Pero la coyuntura se invierte con la buna cosecha de 1790. El cultivador comprador vuelve a encontrarse con un excedente negociable. El precio de los granos baja bruscamente favoreciendo el poder de compra popular. La industria textil y la construcción se ponen de nuevo en movimiento. El obrero procura reajustar su salario y se inician acciones colectivas. La producción acelera su marcha al ser excitada levemente por un comienzo de inflación. Vuelven los buenos tiempos de antaño, aunque sólo por un año.

III- ¿Revolución de la miseria o de la prosperidad? ¿Michelet o Juares?
Según Juares, aunque no niega la existencia de la miseria, afirma que habría representado sólo un papel relativamente reducido y ocasional. La revolución nació, en principio, de una crisis financiera originada a su vez por la deuda contraída con motivo de la guerra de América. Se puede decir, en líneas generales, que sin la guerra de América no habría habido crisis financiera, no habrían sido convocados los Estados generales y no habría habido revolución, por lo menos en la misma época y en la misma forma. La Revolución, considerada como acontecimiento, proviene en sus orígenes de un hecho político pero también de un hecho económico con consecuencias financieras: la regresión. Sin guerra no habría deuda americana ni gran aumento de los gastos; no se produciría el mal inicial; pero con la regresión desaparecieron los recursos y no hubo posibilidad de aumentar los ingresos.

Las consecuencias financieras, fiscales y sociales de las dificultades económicas prerrevolucionarias constituyen ella solas una revolución. Pero no sin duda, la Revolución. Se puede pensar, sin embargo que las consecuencias de estas dificultades han sido todavía más amplias; que la nueva generación, todos aquellos que tienen menos de treinta años en 1789, y que desde su entrada en la vida económica han conocido sólo un beneficio en retroceso, achacan sus sinsabores al régimen. Sus mayores, que han perdido una parte de los beneficios acumulados en épocas más felicites o que continúan perdiendo parte de su salario, mantienen la misma posición. Cuando las dificultades económicas se presentan, los contemporáneos las atribuyen al gobierno. De todas partes sube el clamor discordante de las recriminaciones. Si hay regresión y crisis cíclica, no es tan sólo porque las cargas fiscales sean excesiva: es también porque los gastos son excesivos.
Esta larga contracción económica, ese largo período de baja o de indecisión del precio de los cereales, esta amplia disminución del precio del vino son debidos a que el Estado ha frenado las exportaciones, a que se ha producido demasiado; el gobierno hubiera podido intervenir, pero no lo hizo. El que no se haya prohibido plantar nuevos viñedos, el que se produjese un alza rápida y desbocada del precio de los granos en 1789 es debido, en parte, a la mala cosecha, aunque el pueblo acuse a los acaparadores y al gobierno, que ha permitido la salida de demasiado trigo en 1787 y que no se ha preocupado de importar al cantidad suficiente en 1788. el malestar económico, es de origen político. Todas las clases acusan al régimen de todos los males. Hemos de ver que, a veces, los ataques son fundados y que muchos de los hechos considerados por la opinión general como causas del malestar o de la miseria influyen, a título de factores concurrentes, en la larga crisis de la economía francesa.

Los acontecimientos revolucionarios, las instituciones revolucionarias nacen, pues en gran medida de la disminución del beneficio y del salario del malestar del industrial, del artesano, del arrendatario, del propietario cultivador y de la miseria del obrero y del jornalero. Una coyuntura desfavorable reúne, en la misma oposición, burguesía y proletariado. La Revolución aparece a este respecto como una revolución de la miseria, mucho más de lo que pensaba Juares. Pero se comprende también que la última parte del siglo XVIII no explique todo, que los años finales, años de contracción intercíclica o de crisis, no hayan sido los únicos en influir en las instituciones. Las dificultades económicas del reinado de Luis XVI, por mucho que las hayan sufrido los contemporáneos, se ven entre la regencia y la república como un episodio. El siglo XVIII continúa siendo, en el fondo un siglo de expansión económica, de alza de los ingresos capitalistas, de aumento de la riqueza burguesa y del poder burgués. Como tal, prepara la revolución, una revolución de prosperidad. Y se comprende bien que un largo período de progreso haya ejercido sobre esta revolución una influencia no menor que un período relativamente corto de retroceso, por muy próximo a los acontecimientos y muy dinámico que este último período haya podido ser.

Desde el instante en que la economía marcha el Estado tiende a abstenerse y descarga sus obligaciones en el empresario. El intervencionismo retrocede. No se ve la necesidad de las leyes cuando las cosas marchan sin ellas ¿para qué las corporaciones, es decir, las instituciones monopolistas, de contingentes, cuando hay sitio para todo el mundo, cuando el alza prolongada de los precios demuestra que la producción no puede llegar a cubrir las necesidades de consumo? ¿Por qué amarrar con una protección pasada de moda a un campesino miserable, viviendo en economía cerrada, que obtiene de los pastos en común y de los bienes comunales sólo lo necesario para alimentar su ganado de labor y producir su leche y su queso? La economía natural, la economía cerrada, se comprende en una sociedad de intercambios poco importantes. Los tiempos han cambiado. Ha de dejarse hacer también aquí al beneficio, que provoca rompimientos y contrata jornaleros. El campesino cultivador de parcela, recobra, aumentado, en economía de cambios, en salario, más de los que ha perdido en especie con la desaparición de los derechos colectivos. El Estado, una vez más, debe cesar de intervenir.

De esta forma se desmembra al soberanía real, se opera la separación de la economía y del Estado y la clase de empresarios (compuesta de nobles, de burgueses, de labradores, pero dirigida por la burguesía) crece al mismo tiempo en riqueza y en independencia. Aún más: la dimisión económica de la Monarquía va acompañada de una dimisión social: el cuidado de hacer marchar al sistema y de dar vida a la población en crecimiento queda en manos del empresario. La monarquía dejo escapar de entre sus manos la soberanía económica y social.

Hacemos otro salto y pasamos a la página 463

1848; 1830; 1789; tres fechas en la historia de la Francia moderna.
Cuando el acontecimiento surge y se convierte en realidad los Gobiernos no creen que sea verdad y el revolucionario medio no lo desea. Por esto, para los contemporáneos, estas revoluciones parecen revoluciones sorpresa. No cabe duda de que se dan muchos tipos de revoluciones. Existen revoluciones populares y pronunciamientos, revoluciones de masas y revoluciones palatinas. La revolución de 1848, lo mismo que las de 1830 y la de 1789, ha sido una revolución de masas. Pero ¡cuantas variantes en la revoluciones de masas! Pueden ser espontáneas, o dirigidas. Las espontáneas las improvisa el ímpetu popular y escapan en mayor o menor medida de la influencia directa de las épocas. Las dirigidas obedecen, por ejemplo a la influencia decisiva de un partido de masas. Nada semejante ocurre en 1848, en 1830 en 1789. No existe ejército organizado de la revolución. Es el levantamiento en masa, voluntario e improvisado. Así pues, podemos establecer como segunda característica de las tres revoluciones que son revoluciones espontáneas de masas. Pero hay muchos tipos a estudiar en las revoluciones de esta naturaleza. Las hay de tipo endógeno y de tipo exógeno. La revolución endógena es la que nace de una situación interior y sólo de ella, y que sigue libremente su curso hasta el fin. Es el caso de las tres revoluciones francesas. La tercera característica que percibo en las tres revoluciones que voy a estudiar es que se trata de revoluciones de carácter endógeno, predominantemente sociales.

Por último, para realizar una revolución de las del tipo de 1789, 1830 o 1848, para que las masas se pongan en movimiento, cuando no existe un programa de acción de un gran partido popular ni el choque traumático de la derrota o de la ocupación, la única fuerza suficientemente poderosa será un hecho, un hecho que afecte a las masas: el hecho económico constituye el tipo más perfecto.

Limitaré mi intervención al hecho intrínseco de la explosión
Como primer elemento explicativo de la explosión revolucionaria podemos tomar el estado de tensión económica. Existe tensión económica en las tres revoluciones. Sin duda que los factores son diferentes en muchos aspectos, pero sin embargo en el fondo son bastante parecidos.
La tensión de 1789 comienza por un accidente natural bien conocido: dos malas cosechas de cereales. En el origen de las dificultades económicas se encuentra un fenómeno natural espontáneo, que escapa a la voluntad del hombre. Las malas cosechas de 1788 y 1789 provocaron un alza considerable del precio de la subsistencia.
En estos años se produce algo así como una catástrofe natural. Un pueblo que vive esencialmente de ciertos productos se encuentra con que los precios de esos productos suben enormemente como consecuencia de una catástrofe natural y se hacen inaccesibles para la masa de los consumidores. La mala cosecha y el alza de los precios provocan la disminución vertiginosa del poder de compra de un importante sector social. En primer lugar de los campesinos. El poder de compra de la mayoría de los productores y vendedores campesinos disminuye verticalmente porque en los años de malas cosechas no tienen nada que vender. La subida de los precios no compensa la disminución de las cantidades negociables, de los stoks negociables en sus manos. Además, el poder de compra de los jornaleros agrícolas, de la masa de los campesinos consumidores, disminuye: los salarios no aumentan al subir el precio de los granos.
He aquí que la tensión económica, fenómeno espontáneo que escapa a la dirección gubernamental, se presenta con todas sus consecuencias y repercute en el conjunto de la vida industrial. La Francia de 1789 es esencialmente agrícola. Pueden imaginarse las consecuencias, en el mercado de los productores industriales, de la desaparición del poder de compre rural y las que inexorablemente se desprenden de tal situación. En esta atmósfera de crisis económica es donde se fragua la revolución de 1789.
Lo mismo ocurre en 1830. La crisis empieza a adquirir en 1827-1828 un carácter trágico: reaparecen todos los síntomas de 1789. Primero las malas cosechas y, ante todo, una serie de malas cosechas de patatas, que constituía un importante elemento del consumo popular. Añadiéndose a la crisis de patata se presenta la crisis de los granos. La disminución del poder de compra del mercado rural produce el cierre de las fábricas y una disminución considerable de la producción industrial. Las quiebras se multiplican.
Al contrario de lo que sucede en 1789, la revolución no estalla en el momento de máxima presión, de tensión económica y social; pero, sin embargo, los precios de julio de 1830 son precios de crisis, precios anormales. Entonces se encuentra el complejo de miseria, de dificultades ya analizado: disminución del nivel del salario, alza de los precios de los artículos de consumo. En una palabra, el hundimiento del poder adquisitivo del pueblo.
Examinemos ahora la crisis de 1847. Esta crisis está caracterizada por la persistencia del antiguo proceso de tensión y por la aparición de un proceso nuevo. Es un cúmulo de desequilibrios: desequilibrio natural de la vieja economía de los granos y de los textiles, y desequilibrio artificial de la nueva economía metalúrgica. La crisis de 1847 comienza nuevamente por la disminución de la producción de patatas. Estas ocupan un lugar mucho más importante en el consumo popular del que ocupaban en 1830. La disminución de la producción aparece en 1845-1846. Se comprende la importancia de este doble fenómeno: el elevado precio de la patata, producto de consumo popular, repercute en el precio del pan, producto sustitutivo. Se producen, en la Francia de 1847, casi los mismos acontecimientos económicos que tuvieron lugar en la Francia de 1830 y de 1789.
Además en el mercado textil, aparecen las repercusiones que nos son ya conocidas. En el momento en que el coste de la vida aumenta, la producción textil se hunde: el beneficio textil desaparece.
La revolución de 1848 estalla en el cruce de la crisis de tipo antiguo y de tipo nuevo. A la crisis de la economía triguera y textil se añade la crisis de la metalurgia. Por primera vez la economía francesa conoce una dura crisis metalúrgica. En 1847 y principios de 1848 la producción de la metalurgia, expresada en valor, disminuye en un tercio.
En lo que se refiere al salario, en la gran industria, la disminución del mismo es de alrededor del 30 %. La crisis social alcanza se apogeo en 1847. La presión social no es la misma en enero de 1848 que en abril o en mayo de 1847. Pero permanece la presión económica, una burguesía y un proletariado lesionado sin ahorros y sin trabajo.
Este proletariado y esta burguesía ¿Cómo van a reaccionar ante la crisis? O, lo que es lo mismo ¿Cuál es la influencia de las crisis en las revoluciones? La crisis es achacada al gobierno. Naturalmente, no se culpa al gobierno de la mala cosecha. Pero se dice que si los precios han subido es porque el gobierno ha dejado salir demasiado trigo los años anteriores, o porque no se ha importado bastante en el año de cosecha deficiente.
Se la metalurgia ha parado, si existe una crisis textil es porque las incorporaciones de materias primas han sido fuertemente gravadas y porque no se ha ayudado a la exportación como era necesario. Cuando surge una crisis como la de 1788-1789, en lugar de acusar a la naturaleza se acusa al tratado de comercio francoinglés, que aunque no está exento de toda culpa, no es él quien tiene las responsabilidades más graves. En una palabra, esta especie de concepción antropomórfica de la crisis, encarnada en la persona de un ministro o en un ministerio, se encuentra en el origen de las tres revoluciones.
¿Quiere decir esto que el revolucionario, el jefe de la barricada, levanta y sube a la misma par conquistar el pan? ¿Qué un revolución es sólo una sublevación de hambrientos? De ninguna manera. Pero todos los agravios políticos contra un gobierno se despiertan en esta ocasión; todos los agravios económicos, todos los agravios sociales despiertan por una crisis que precisamente agrava las desigualdades sociales.
Importante tema, sin duda, el de la psicología del sublevado. Aquí sólo puedo dibujar las direcciones, dibujar una repuesta. Un buen método consiste en explicar, en estudiar en el presente la influencia de esas fluctuaciones, de los ritmos de la producción capitalista en la opinión política, en la opinión general y llamar en nuestra ayuda a la "historia regresiva" de Marc Bloch. En la sociedad actual, lo mismo que en la sociedad de entonces, aparecen dos grandes categorías en la masa sublevada: los "creyentes" y los "flotantes". Los creyentes no necesitan una crisis económica para empezar una revolución, pero sus agravios, su hostilidad alcanzan con la crisis el punto máximo. Ellos solos nada pueden. Necesitan la palanca de todo un pueblo. Son los creyentes, sin duda, los que hacen las revoluciones. Pero son los flotantes los que las ganan. Son los flotantes, por el peso de su masa, los que transforman el motín en movimiento victorioso. Se necesita una masa innumerable, una especie de "unanimismo" popular.
Es necesario, en una palabra, un peso y un valor de masa. Es el fenómeno económico, fenómeno de masa por excelencia, el que por su carácter de generalidad y de agudeza puede provocar una tal sublevación.
La explicación de las revoluciones por la crisis ha de sujetarse a muchos límites. Las crisis presentan a grosso modo, una periodicidad decenal. Existen crisis económicas decenales, pero no hay revoluciones decenales. Se necesita, para que se constituya una mezcla explosiva que va a ser la revolución, que intervengan otros elementos, y concretamente, es necesario que la crisis económica coincida con la crisis política.
Durante la crisis económica los impuestos se recaudan con más dificultades; los ingresos son menores y el crédito público se lesiona. Las cargas, por el contrario, son mayores e igual sucede con los gastos de ayuda y socorro. Por todo esto los gobiernos tienden a ser inestables, y especialmente frágiles, en los períodos de crisis financiera. Es entonces cuando aparecen y se despiertan nuevas quejas y cuando la oposición encuentra un terreno abonado. La crisis financiera, vicia pues, la atmósfera política o contribuye a viciarla. La crisis política se caracteriza, además por la extensa división, por el fraccionamiento extremo de los partidarios del régimen, mientras que la oposición llega a su apogeo.
En todos los momentos, en el transcurso de las tres grandes revoluciones, la crisis política concuerda con la crisis económica. Podía proponer una explicación dualista. Decir, sencillamente, que en el origen de las revoluciones encontramos, al mismo tiempo que una crisis económica y social, una crisis política, sin investigar en que medida la crisis política refleja una crisis social.
En principio no niego la explicación dualista. Sin embargo, iré más allá del dualismo. Una revolución, como todo acontecimiento histórico, nace de antecedentes múltiples. La bandera de la revolución es también una bandera social: la de la burguesía progresista. Nada tan significativo como los debates europeos, como los comentarios de las cancillerías inmediatamente después de los acontecimientos de 1830 o de 1848. Nunca Europa se encontró tan dividida. Nunca había aparecido de manera tan clara la coexistencia de la vieja y de la nueva Europa. Se produce el choque, no sólo de dos clases, sino de dos civilizaciones: la civilización basada en la propiedad territorial y de la civilización industrial, el choque de la riqueza estática y de la riqueza en movimiento, de la aristocracia conservadora y de las audacias burguesas, el antiguo mundo contra el nuevo.
Es bien sabido que el choque de 1789 enfrenta a aristocracia y burguesía. Esta burguesía que crece en riquezas, en poder económico, crece también en cultura en número. La burguesía crece en conciencia. La conciencia de clase burguesa conduce a todas las clases a la prosperidad general. Es una especie de clase misionera, de clase elegida, encargada de guiar a la humanidad a todas las formas del progreso. Lo sabe y lo proclama. La literatura no hace más que repetirlo. La clase burguesa ejerce entonces sobre la sociedad la atracción de clase ascendente y victoriosa. Atrae a su órbita a elementos de las fuerzas en descomposición del viejo régimen.
En 1830 aparece de nuevo, sin duda con muchos matices, la situación de 1789. El conflicto de burguesía y aristocracia; pero de una burguesía que ha tenido miedo y que teme el duro nivel igualitario del año II (supongo que hace referencia que habían comenzado a contar los años a partir de la revolución)
La situación es mucho más confusa en 1848. Ya no es la lucha burguesía - aristocracia, ni todavía, la lucha burguesía - proletariado. Es una forma de lucha de clases triangular, con dos burguesías, la grande y la pequeña, y el pueblo; pero la clase ascendente no es la burguesía; es ya el proletariado: el proletariado reunido, el proletariado urbano de las ciudades en pleno desarrollo, el proletariado coagulado de las fábricas y el artesanado de los arrabales, y no el proletariado de antaño, el proletariado disperso de la manufactura del siglo XVIII. En 1848 ya ha nacido un proletariado fabril, reunido, en el que surge en mayor grado que antaño, la conciencia de clase.
Esto no quiere decir que el proletariado no continúe siendo una clase política subordinada, auxiliar; pero es, a pesar de ello, la clase ascendente en un momento en que la burguesía se encuentra más dividida que nunca. Esta disgregación de la burguesía se explica por la desconfianza de la pequeña burguesía, que podría llamarse burguesía competitiva hacia la gran burguesía monopolística.
También hay desacuerdo sobre la política interior: la pequeña burguesía y el artesanado no censitarios quieren votar.
Ahora vemos la composición de nuestra mezcla explosiva. Es, en los tres casos, el encuentro de una gran conmoción económica y de una crisis política. La crisis política traduce, en gran medida, los antagonismos sociales anteriores y divide profundamente a la clase dominante o a las clases dominantes.
Pero esto no es suficiente para la explosión. Para que estas dos fuerzas reunidas, tensión económica y tensión política, hagan saltar todo, es necesario que encuentren una resistencia: será (para los que saben, porque yo no tengo ni idea) en 1789 la preparación del golpe de mano real; en 1830, las ordenanzas; y en 1848 el negarse a prometer la reforma del estado y la prohibición de las manifestaciones pidiendo la reforma.

 

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