Resumen
Los análisis realizados por el sociólogo
francés Pierre Bourdieu sobre la producción,
el consumo y la circulación de los bienes
simbólicos nos alerta sobre las desigualdades
existentes en el sistema escolar. El éxito
o fracaso de los niños en la escuela se encuentran
determinados por los rasgos culturales heredados
en cada seno familiar; además, esta situación
se extiende a todas las demás esferas de
la sociedad, siendo así que incluso la capacidad
de los individuos para disfrutar y apreciar las
obras de arte aparece como consecuencia de la acumulación
de capital cultural por los mismos a través
de una distribución social desigual que les
dota de los mecanismos simbólicos necesarios
para ello. Bourdieu destaca la importancia del capital
simbólico, analizado con profundidad en sus
trabajos sobre la Cabilia argelina y recogidos posteriormente
en Esquisse d'une théorie de la pratique.
Afirmaba entonces que las prácticas persiguen
siempre una lógica económica. La reconversión
del capital económico en capital simbólico
tendría, así, por objeto, producir
relaciones de dependencia económicas ocultas
bajo la apariencia de relaciones morales, reconversión
que se oficializará con la aparición
del título escolar.
Tras los estudios de la Cabilia Bourdieu dispondrá
de todo el material necesario para comenzar a dar
forma a su Teoría de la Violencia Simbólica.
Junto a Passeron declara que la violencia simbólica
es el arma con mayor alcance en el mantenimiento
del orden social. La describen como un tipo de violencia
que consigue la sumisión de aquellos sobre
los que se ejerce sin que éstos la perciban
como tal violencia, y su ejercicio supone unos costes
elevadísimos. El título escolar se
presenta entonces como institución oficializada
que sustituye a las anteriores relaciones de poder,
anteriormente instauradas de tú a tú,
implantando así la legitimación y
perpetuación del orden social.
Palabras clave: Bourdieu,
capital simbólico, violencia simbólica,
habitus, campo, Teoría de la Práctica.
Abstract
Studies undertaken by French sociologist Pierre
Bourdieu on the production, consumption and circulation
of symbolic goods alert us to the inequalities
that exist in the school system. Success or failure
of children at primary school is found to be determined
by inherited cultural characteristics in each
family unit. This extends to all other areas of
society including an individual's ability to enjoy
and appreciate works of art which is a consequence
of accumulated cultural capital, distributed unevenly
socially equipping them with the necessary symbolic
mechanisms for their appreciation. Bourdieu emphasizes
the importance of symbolic capital, analyzed it
in depth in his works on the Algerian Cabilia
and described later in Esquisse d'une théorie
de la pratique. It states that these practices
always pursue economic logic. Reconversion of
economic capital into symbolic capital would thus
aim to produce hidden economic relations of dependency
under the appearance of moral relations, reconversion
made official with academic qualifications.
After his studies of the Cabilia, Bourdieu will
have all the necessary material to begin form
to his Theory of Symbolic Violence. Alongside
Passeron he declares that symbolic violence is
the weapon with the greatest significance in maintaining
social order. They describe it as a type of violence
that obtains the submission of those on which
it is exerted without being perceived as such.
That's how power relations are legitimized through
academic qualifications, which were previously
established as equals, thereby introducing the
legitimation and perpetuation of social order.
Keywords: Bourdieu, symbolic
capital, symbolic violence, habitus, field, Theory
of Practice.
La Teoría de la violencia simbólica
en la obra del sociólogo francés
Pierre Bourdieu es el tema que va a ocupar la
presente ponencia. En concreto, la aplicación
de dicha teoría a sus estudios sobre sociología
de la educación. Lejos de exponer aquí
toda la larga serie de trabajos realizados por
el autor en el transcurso de su carrera académica,
quisiera centrarme en aquellos más directamente
relacionados con la problemática en torno
a las desigualdades existentes en el sistema escolar.
Y es que lejos de asumir el punto de vista de
la teoría funcionalista de la igualdad
de oportunidades en el seno educativo, Bourdieu
alude más bien a un funcionalismo crítico
que descubre otros factores decisivos a la hora
de obtener buenos resultados académicos,
factores tales como los sociales o los familiares
. No basta, entonces, con reducir las causas del
éxito o fracaso escolares a factores individuales
como el esfuerzo. Elementos como la clase social
y el capital cultural heredados en el seno familiar,
van a imponerse con fuerza constituyendo lo que
Bourdieu planteará más tarde como
los cimientos de la reproducción social
de la cultura dominante.
El capital simbólico juega un papel crucial
en la formulación de su teoría de
la reproducción. Para un correcto tratamiento
del término es necesario aludir por un
momento a los tempranos estudios en torno a la
Cabilia argelina. Es entonces cuando, a partir
del caso práctico del contrato matrimonial
-en el cual nos detendremos un momento- establece
Bourdieu que las prácticas persiguen siempre
una lógica económica. Afirma que
la reconversión del capital económico
en capital simbólico tiene como objeto
producir relaciones de dependencia económica
ocultas bajo la apariencia de relaciones morales.
En los estudios que realiza destaca la importancia
de la posesión, por parte de los intermediarios
del contrato matrimonial, de capital simbólico,
un capital que en este caso se traduce en prestigio
y fama de desinteresados, de "hombres de
buena fe". Sólo con ese capital simbólico
se llevará a buen término el contrato,
siendo así necesario invertir grandes dosis
de capital económico, cultural o social
para obtener a cambio este tipo de capital intangible
pero tremendamente efectivo. En Esquisse d'une
théorie de la pratique (1972), traducido
al español como Esbozo de una teoría
de la práctica , así como en La
Reproducción, Bourdieu lleva a cabo un
análisis detallado de estas cuestiones.
Los hombres luchan y ponen en marcha una serie
de estrategias para obtener la mayor cantidad
posible de capital simbólico, pues con
él, ya vemos, se asegura la buena marcha
del contrato matrimonial. Pero obtener dicho capital
conlleva, como decimos, todo un trabajo constante
de inversión y exhibición de capital
económico, social y cultural. Se trata
de exhibirse públicamente como poseedores
de los citados tipos de capital, pues en la sociedad
Cabilia prevalece el "qué dirán",
la opinión general tiene el poder de enaltecer
o humillar la reputación de sus habitantes,
reputación que de resultar perjudicada
puede llevar a la afrenta pública, considerada
el peor de los castigos en una sociedad donde
el control se ejerce por medio de la opinión.
Este trabajo constante para reconvertir el capital
económico en el capital simbólico
que posibilite la plena inclusión en el
sistema, no verá su fin hasta la aparición
del título escolar, el cual, en tanto que
instancia oficializada, concentra en sí
mismo una importante carga de capital simbólico
que hará de quienes lo posean ostentadores
de prestigio por todos reconocido sin tener que
invertir capital económico o promover determinadas
estrategias incesantemente.
La escuela, entonces, como institución
encargada de otorgar el título, va a ser
una pieza fundamental en el sistema reproductor
de la estructura social. Muy al contrario de aquellas
teorías que defienden que la escuela enseña
la cultura general de la sociedad, Bourdieu sostiene
la idea de que se trata de una institución
consagrada a la enseñanza de la cultura
concreta del grupo o la clase dominante. Al enseñar
una arbitrariedad cultural, esta institución
se vuelve un instrumento de reproducción
de la dominación, o lo que es lo mismo,
la escuela ejerce violencia simbólica.
Selecciona un sistema de prácticas sociales
propias de una clase social determinada y presenta
los valores y reglas propios de esa clase concreta
como universales.
Es conveniente, antes de continuar, aclarar lo
que el autor va a entender como violencia simbólica.
Al igual que la violencia explícita o declarada,
la violencia simbólica consigue retener
indefinidamente al otro. Se trata de un tipo de
violencia que resulta tan efectiva como la manifiesta
pero que, sin embargo, resulta irreconocible,
pasa desapercibida por aquellos sobre los que
es ejercida. Hablamos, pues, de un tipo de violencia
censurada y eufemizada, irreconocible aunque reconocida
(acatada), pero perfectamente efectiva en la práctica.
El paso de un tipo de violencia declarada o abierta
a esta otra forma más solapada o velada
es simple en sus principios. Y es que la manifestación
abierta de la violencia, de la intención
de dominio de uno sobre otro, se encuentra censurada
socialmente, de tal suerte que la única
forma en la que puede actuar sin ser reprobada
es disfrazándose, enmascarándose,
dejando de ser declarada para pasar a ser encubierta.
Así pues, tenemos el paso de una violencia
manifiesta a otra oculta e invisible cuyas posibilidades
de éxito son infinitamente mayores, inversamente
proporcionales, si se quiere, al rechazo y denuncia
social de la primera. En Raisons pratiques Bourdieu
la define como una "violencia que apoyándose
en <<expectativas colectivas>>, creencias
inculcadas socialmente, extorsiona y somete a
los sujetos a sumisiones que no son percibidas
como tales. Al igual que la teoría de la
magia, la teoría de la violencia simbólica
reposa sobe una teoría de la creencia o,
mejor dicho, sobre una teoría de la producción
de la creencia, del trabajo de socialización
necesario para producir a agentes dotados de esquemas
de percepción y de apreciación que
son los que permiten percibir y obedecer las conminaciones
inscritas en una situación o en un discurso".
En los estudios realizados junto a Jean Claude
Passeron , Bourdieu va a declarar que la violencia
simbólica constituye el arma con mayor
alcance en el mantenimiento del orden social.
Los autores la definen como un tipo de violencia
que consigue la sumisión de aquellos sobre
los que se ejerce sin que éstos la perciban
como tal violencia. Su realización tiene
lugar sobre los agentes con el consentimiento
de éstos, un consentimiento inconsciente,
ya que obra sobre ellos con su propio beneplácito.
Es así como los actores sociales pasan
a ser cómplices de la situación
de subordinación en la que se encuentran.
Al tratar de justificar su propia existencia social,
favorecen el ejercicio de la violencia simbólica.
Bourdieu lo ejemplifica con la carrera por la
obtención del título, donde los
agentes entran a formar parte en la competición
por el título escolar sin percatarse de
que se trata de un juego puesto en marcha por
el mismo sistema de dominación que persigue
su propio mantenimiento, reproducción y
perpetuación. Así las cosas, las
relaciones de poder que antes se instauraban entre
personas (de tú a tú), pasan, a
través de un proceso de oficialización
y de institucionalización, a instaurarse
en la objetividad misma, esto es, en el título.
La violencia simbólica no hace referencia
a una violencia psicológica en oposición
a un tipo de violencia física. Se trata
más bien de una violencia que afecta igualmente
al cuerpo, que va dirigida hacia éste.
Su característica principal es la invisibilidad
que la hacer ser acatada sin más; al no
ser reconocida como violencia, la acción
que ejerce pasa desapercibida y, así, legitimada.
Podemos decir entonces que la institución
escolar ejerce violencia, propiciando el éxito
de unos y dando al traste con el de otros. Y la
forma en que lo hace es implícita, si bien
ya no lo hace mediante la violencia explícita,
la violencia física propiamente dicha.
Tiene lugar en la Escuela un difícil proceso
por el que esa violencia explícita acaba
metamorfoseándose en violencia simbólica,
implícita, invisible pero igualmente contundente
y efectiva. Un proceso costoso que exige mucho
tiempo, trabajo y esfuerzo, pero que finalmente
da sus frutos manteniendo a los dominados o clases
sociales desaventajadas en esa posición
inferior como por arte de magia. Los de arriba
continuarán arriba dejando a los de abajo
donde están y todo aceptado como un orden
natural.
Lo que esta constatación pone de manifiesto
es que el fin de la violencia en la escuela predicado
por los seguidores de la Nueva Pedagogía
anti-autoritarista aún está muy
lejos. Y es que hablamos de que el éxito
o fracaso de los niños en el ámbito
escolar no depende exclusivamente de las capacidades
intelectuales y de mérito, sino de la posesión
o no, de partida, de un capital simbólico
heredado. La promulgada igualdad formal encierra
grandes dosis de violencia difícilmente
perceptible al encontrarse naturalizada bajo la
forma de un saber objetivo.
La Escuela es, dice Bourdieu, la Institución
por excelencia encargada de la internalización
de la historia colectiva o historia oficial, historia
ésta que ha sido conformada en última
instancia por un conjunto de supuestas verdades
o de dogmas filosóficos que habrían
pasado a formar parte de la sociedad a través
de creencias culturales fuertemente arraigadas.
En efecto, Bourdieu achaca a la tradición
filosófica el haber impuesto una serie
de mitos que han provocado la aparición
de dicotomías sociales que han acabado
por dividir el mundo en dos: blanco/negro, arriba/abajo,
luz/oscuridad
otorgando significación
positiva los primeros y negativa los segundos,
y que vendrían a asegurar la perpetuación
de las desigualdades sociales: ricos/pobres, inteligentes/no
inteligentes, aptos/no aptos, dominantes/dominados....
Lo que el autor califica de ficciones de la tradición
filosófica aparece entonces como la causa
de la legitimación de la dominación.
Y es en la Escuela, dice Bourdieu, donde el proceso
de internalización de esa historia colectiva,
oficial, basada en esas "verdades" que
dividen el mundo, alcanza su mayor eficacia.
RACISMO DE LA INTELIGENCIA
Entra en juego el arma más contundente
cuando de ejercer violencia se trata: la razón.
Ésta, al servicio del poder, constituye
el mayor y más eficaz instrumento de dominación.
Su contundencia procede precisamente del hecho
de que se manifiesta como capital simbólico.
El poder ejercido por medio de la racionalidad
es, dice Bourdieu, la forma suprema de la violencia
simbólica. En la escuela podemos ver claramente
cómo el mito del <<don natural>>
y el racismo de la inteligencia funcionan veladamente
como ejes activos puestos en marcha en nombre
de la racionalidad y universalidad, ejes que van
a determinar quiénes serán incluidos
y quiénes excluidos del ámbito escolar,
proceso por excelencia de selección que
persigue la continuidad de la propia clase dominante.
El fracaso escolar se relaciona directamente con
la carencia de capacidades para el estudio y más
concretamente con la carencia de facultades intelectuales,
la no inteligencia. Por el contrario, el éxito
es sinónimo de inteligencia. No cuentan
las condiciones sociales de acceso al terreno
académico, sólo importa cuáles
sean los resultados.
En Cuestiones de sociología Bourdieu hace
referencia al racismo de la inteligencia como
uno de los tipos de racismo más imperceptibles.
Por su invisibilidad pertenece al tipo de los
desapercibidos, pero su efectividad es muy alta.
Es, como señala Bourdieu, un racismo de
la clase ostentadora de poder, o racismo pequeño
burgués, que utiliza como método
de reproducción la transmisión del
capital cultural. Por medio de la naturalización
de ese capital heredado las clases dominantes
justifican su dominio. El título escolar
entra en juego como una pieza fundamental a la
hora de asegurar la inteligencia de esa clase
dominante. Éste garantiza su superioridad,
pues sólo los más capacitados pueden
acceder a los títulos que funcionan como
"garantía de inteligencia". La
misma clase dominante pone en marcha este mecanismo
por el cual se auto-justifica como superior. Concede
títulos a los más privilegiados,
que no son otros que ellos mismos. Este racismo
se hace "irreconocible", invisible o
implícito, por medio de un proceso de eufemización,
de atenuación a través de un discurso
científico que lo justifica y fundamenta
su poder. Y es que el discurso científico,
además de ser el discurso dominante legitimado,
encuentra su fundamento en la ciencia: "cuando
la inteligencia es lo que legitima para gobernar,
el gobierno se pretende fundamentado en la ciencia
y en la competencia <<científica>>
de los gobernantes" . Privilegio de los estratos
más altos de la sociedad, la ciencia legitima
el ejercicio del poder de estas clases favorecidas
relegando a la exclusión a los individuos
de los estratos sociales más bajos. Los
gobernantes serán, pues, quienes se encuentren
entre las clases altas.
TEORÍA DE LA PRÁCTICA
Es el predominio del discurso teórico que
rompe con la acción histórica el
que impone la separación tajante entre
la teoría y la práctica estableciendo
una distancia insalvable entre ambos y dando al
traste con toda posibilidad de realización
de un racionalismo, dice Bourdieu, realista, esto
es, acorde con la realidad práctica.
Bourdieu construye, así, su teoría
de la práctica para arrojar una nueva luz
sobre la teoría de la acción. Para
ello partirá de los conceptos de habitus,
campo y capital. El habitus hace referencia a
las disposiciones fruto del condicionamiento social
que se encuentra relacionado, a su vez, con la
posición ocupada en el entramado social.
Tal y como señala Véronique Mottier
en su artículo "Masculine Domination.
Gender and power in Bourdieu's Writings",
las prácticas sociales generan pensamientos,
acciones y percepciones cuya libertad se encuentra
limitada por aquellas condiciones históricas
y sociales de su producción. De este modo,
hablamos del habitus como de un sistema de disposiciones
perdurables, de "estructuras estructuradas"
y "estructuras estructurantes". Los
individuos ponen en juego estrategias profundamente
arraigadas en la estructura buscando maximizar
los bienes materiales y simbólicos. La
interacción entre los habitus de los agentes
y la relación que éstos mantengan
con las diferentes formas de capital es lo que
va a determinar el lugar que ocupen dentro de
los diferentes campos. La manera en que Bourdieu
entiende la sociedad es, pues, como un conjunto
de campos semi- autónomos, como pueden
ser el académico, el religioso o el de
la producción cultural, regulados cada
uno por unas leyes específicas, diferentes
a las de los demás, en el que tienen lugar
luchas por alcanzar el capital ya sea económico,
cultural, social o simbólico. Los agentes
actúan reproduciendo las reglas de cada
campo. No obstante, Bourdieu niega que esto pueda
volver previsibles las acciones de los mismos.
Existe, dice, un espacio para la imprevisibilidad,
para la incertidumbre. Y es la imposibilidad de
conocer la reacción ante una acción
concreta la que va a permitir a los agentes desarrollar,
poner en práctica, sus propias estrategias.
Esto es lo que denomina la imprevisibilidad relativa
de respuestas posibles.
Así pues, las disposiciones del habitus
se encuentran encarnadas en los cuerpos concretos,
situados, a su vez, en campos sociales específicos
y temporales. Pero los sujetos de la concepción
bourdieusiana, señala Mottier, no son ni
agentes autónomos ni agentes determinados.
En esta situación, los agentes son parcialmente
cómplices de la dominación simbólica
a la que se ven sometidos.
Bourdieu lleva a cabo un análisis de las
relaciones existentes entre la estructura y la
agencia donde las prácticas simbólicas
adquieren una cada vez mayor relevancia para la
comprensión del entramado social. Trata
de sobrepasar la oposición objetivismo/subjetivismo
a través de una perspectiva praxeológica
ofreciendo así una nueva caracterización
de la teoría de la acción. Una estructura
conceptual que pone de relieve importantes aspectos
para abordar la dominación.
El autor va a confiar en el carácter científico
de la sociología para desentrañar
la compleja red de relaciones del mundo social,
donde la lógica del poder ocupa, como vemos,
un lugar destacado. La sociología tiene
según él la capacidad de desnaturalizar
las desigualdades, de indagar en el origen de
éstas destapando una realidad marcada por
la imposición de una cultura concreta,
de unos valores y parámetros sociales determinados
sobre el resto, con la consecuente dosis de violencia
que esto supone. La cultura que ostenta el poder
se impone sobre las demás culturas acallando
cualquier sospecha mediante el proceso de naturalización
de las desigualdades consecuentes de esa imposición.
Así pues, la tarea primordial de la sociología
será la de esclarecer las relaciones sociales,
tratar de dilucidar cómo funcionan las
relaciones de dominio para poder derribarlas,
acceder al conocimiento de la sociedad con el
objetivo de desnaturalizar las injusticias que
se suponen inevitables cuando en realidad son
el producto de un proceso histórico determinado
y, sobre todo, interrogarse a sí misma,
lo que el autor denomina el socioanálisis.
Éste consiste, entonces, en que el sociólogo
o investigador que va a investigar el mundo social
debe comenzar por investigarse a sí mismo,
preguntarse cómo construye el objeto que
estudia y preguntarse también sobre el
lugar que ocupa tanto en el campo académico
como en el campo social de los que procede, puesto
que ambos son claves en la visión que va
a adoptar a la hora de analizar cualesquiera sociedades.
Frente al dualismo objetivismo/subjetivismo Bourdieu
propone, así, como método de análisis
una teoría que sintetice ambas posturas.
No considera que se trate de teorías tan
opuestas, ambas participan de una fuerte dosis
intelectualista que impide ver la situación
real y que sustenta los mitos que garantizan la
dominación. Mantener semejante distinción
no hace más que poner trabas al trabajo
sociológico de derribar tales mitos y,
por lo tanto, impedir el conocimiento de la sociedad.
Bourdieu coge algo de ambas teorías, considera
que hay algo en cada una de ellas que es aprovechable:
existen estructuras objetivas que son las que
organizan las prácticas y las representaciones
sociales al margen de los agentes y, por otro
lado, la subjetividad de esos agentes, sus esquemas
de pensamiento y acción, son construidos
socialmente. El agente, además, es activo,
pues a través de sus prácticas construye
el mundo social.
Asimismo son centrales en Bourdieu las dimensiones
relacional e histórica. Concibe la realidad
social como un entramado de relaciones objetivas
invisibles e independientes de la conciencia y
la voluntad de los agentes. Y se distancia del
estructuralismo al entender que son las luchas
históricas las que han hecho que los agentes
ocupen las diferentes posiciones dentro de cada
uno de los campos, luchas históricas que
se hallan inscritas en los cuerpos y que forman
parte del habitus de los agentes. Bourdieu no
concibe la sociología separada de la historia
y viceversa, ambas han de ir unidas.
Bourdieu va a conceder, así, especial relevancia
a la investigación empírica. No
concibe una investigación sin un contenido
empírico. Y aspira a la construcción
de una sociología científica que
no deje de lado cuáles son aquellas condiciones
sociales en las que se produce el conocimiento.
El investigador ha de tener en cuenta que sus
análisis van a estar condicionados por
factores tales como su origen: la clase social
de la que procede, el sexo o la etnia a los que
pertenece, etc.; el puesto que ocupa dentro del
campo académico concreto en el que se sitúa;
y, además, cuáles son las categorías
que utiliza para pensar la realidad, fundamentales
a la hora de determinar su grado de imparcialidad
ante según qué cuestiones. Todo
esto permitirá un análisis atento
que aspire a desvelar las desigualdades que permanecen
ocultas en la sociedad, esto es, las condiciones
históricas que son las que permiten al
grupo dominante establecer sus intereses como
si fuesen los intereses generales o universales
de la razón. Es así que hablar de
universales, ya sea éticos, políticos,
estéticos o de otro tipo es hablar de conquistas
históricas que han visto la luz tras numerosas
luchas y conflictos entre los seres humanos y
no de estructuras universales, absolutas y atemporales.
De lo que se trata, entonces, es de que de las
conquistas históricas se beneficien todos
los seres humanos y no sólo unos cuántos
privilegiados que ostentan el poder.
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