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"Vamos a perder para siempre datos científicos
irrecuperables" dijo Thomas Stafford, uno
de los que tomaban muestras del suelo en las orillas,
en una carta al abogado Alan Schneider, de Portland,
Oregon, que se había alineado con los investigadores.
"El Cuerpo de Ingenieros planea cubrir las
orillas del Columbia con varias toneladas de tierra
y escombros".
Como lo lee. Los militares norteamericanos querían
bloquear para siempre cualquier intento futuro
por encontrar un hombre blanco en sus terrenos.
La idea era, dijo un científico, "erigir
una barrera virtualmente impenetrable contra las
investigaciones futuras". Iban a lanzar una
capa de cascote y humus de 1,40 metros de espesor,
para plantar luego este terreno neoformado con
cantidades de sauces, a la orilla del río.
Schneider, representante legal de los ocho antropólogos,
envió una nueva queja al juez John Jelderks.
La única medida que tomó el magistrado
fue ordenar a los quejosos y al ejército
que lo mantuvieran informado cada tres meses de
las medidas que se tomaran con los huesos. Ordenó
también suspender nuevas decisiones hasta
que él estudiase el caso.
El Director de Parques y Recreación de
Kennewick, Russ Burtner, creyó en su momento
que el CIE estaba "tratando de proteger el
sitio". En realidad, no podía evitarlo
aunque quisiese, porque la ciudad alquila los
terrenos al ejército.
"Decir que quieren ´proteger´
de esta forma el terreno", afirmó
Stafford, "es como decir que los bárbaros
quisieron ´proteger´ la Biblioteca
de Alejandría y por eso la incendiaron".
La realidad es que los ingenieros militares querían
destruir evidencia (acaso nuevos cuerpos) que
pudiesen jugarles en contra durante las audiencias.
El jurista Schneider dijo: "Obviamente lo
que quieren es aplastar nuevos huesos que posiblemente
se encuentren enterrados allí. Además,
los nuevos sedimentos agregados cambiarán
la química y la física del terreno".
Mientras todo esto ocurría, un grupo de
nódicos paganos norteamericanos (la secta
Asatru) informó que quería erigir
un monumento al Hombre de Kennewick en el lugar,
a quien consideran su antepasado. Siendo una locura,
sin embargo es más lógica que los
reclamos de los indios norte americanos el
Hombre de Kennewick era fenotípicamente
un europeo primitivo. Adoradores de los
dioses nórdicos Odín y Thor, los
Asatru comenzaron a efectuar ceremonias en el
parque, muy cerca del sitios del hallazgo de los
huesos.
En marzo del ´98, los forenses del Cuerpo
de Ingenieros acusaron al doctor Chatters de no
haber entregado todos los huesos del Hombre de
Kennewick: según ellos, faltaban parte
de los fémures. Intentaron incluso presionar
al forense Johnson para que acusara a su colega,
a lo que él se resistió. "Tengo
una fe total en la honestidad del doctor Chatters",
afirmó el médico.
La secta Asatru, mientras tanto, se plegaba a
los reclamos de los científicos e interponía
un recurso de amparo ante el Departamento de Justicia
para evitar que los militares enterraran el sitio
bajo los escombros, ya que, afirman, "el
Hombre de Kennewick es un europeo, un hombre blanco,
seguramente un nórdico, que llegó
a esta zona en bote o caminando a través
de un puente de tierra".
A fines de ese mes, el Senado de los Estados
Unidos formó una comisión legislativa
de emergencia para estudiar este caso y proteger
el sitio del hallazgo de la agresión militar.
La conclusión de la comisión senatorial
estuvo en línea con los conocimientos científicos
aceptados y prohibió a los ingenieros "tomar
cualquier acción para estabilizar, cubrir
o alterar en forma permanente la ribera del río,
en un área de 91 metros a la redonda del
sitio del descubrimiento". La medida deja,
incluso, lugar para trabajos en las orillas "a
la luz de cualquier impacto adverso potencial
en la investigación científica del
sitio, si una corte determinara que eso fuese
necesario".
El senador Gorton expresó su acuerdo con
la nueva norma, diciendo además que sería
una locura o una imprudencia por parte de los
militares arruinar el sitio antes de que se lo
estudiase.
Como se observa, los militares habían
conseguido desplazar el eje de la discusión
desde la naturaleza u origen del desconocido hombre
prehistórico hacia sus derechos a destruir
el sitio arqueológico. Consiguieron hacer
formar una comisión de notables a nivel
nacional que, el 21 de marzo, los autorizó
sin ambages a sepultar la orilla del río.
En vista de esta autorización el CIE se
apresuró a formalizar un contrato de 160000
dólares con un contratista (Earth Construction
de Orofino, Idaho) para que los proveyese de tierra,
escombros, rocas de 6 metros y árboles
suficientes para cubrir unos 90 metros de orilla.
El lunes 6 de abril de 1988 el CIE cumplió
su amenaza: el intolerable ruido de un helicóptero
despertó a los vecinos de Kennewick, mientras
el ejército de los Estados Unidos arrojaba
desde el aparato carga tras carga de rocas y polvo
sobre el lugar del hallazgo. Inmediatamente, comenzaron
a plantar los árboles.
Como se comprenderá, Chatters fue uno
de los más desilusionados: "Ahora,
si yo o cualquier otro científico, queremos
investigar en el sitio, tendremos que excavar
con equipos pesados", dijo. "Y cada
vez que lo intentemos, los indios se quejarán".
Pero no había nada que hacer. Así
como la Inquisición y los nazis habían
quemado a las gentes y a los libros que contradecían
sus sistemas, del mismo modo los indios norteamericanos
y el ejército acababan de poner el sitio
donde se había encontrado al Hombre de
Kennewick más allá del alcance de
la ciencia...
Para siempre.
Poco tiempo después de esta monstruosa
actitud, el Departamento de Justicia de los EEUU
(parte del gobierno federal) comenzó a
reclamar los huesos en poder del CIE. Simultáneamente,
la Universidad de California en Davis solicitó
permiso para completar los análisis de
ADN que habían comenzado 19 meses antes.
El doctor David Glenn Smith, director del Programa
de Arqueología Molecular de la Universidad,
hizo una interesante declaración: "En
cierto sentido, me alegro de haberlo perdido,
porque tenemos cosas más importantes que
hacer que correr atrás de un pedacito de
hueso. Pero, por otro lado, la ciencia acaba de
perder una batalla contra el gobierno, lo que
establece un antecedente horrible. A mí
personalmente no me interesa probar ni descartar
la teoría de nadie. Lo que yo quería
era descubrir la verdad acerca del propietario
de este hueso".
El problema es que los análisis incompletos
del ADN llevados a cabo hasta ese momento no permitían
probar la relación genética del
Hombre de Kennewick con ningún grupo humano
moderno ni, por el mismo motivo, tampoco descartarla.
Smith recibió una orden del Departamento
de Justicia para que devolviera también
el gramo y medio de huesos en su poder, a lo que
respondió pidiendo permiso para conservar
un pequeño fragmento. "Con él
puedo terminar los análisis", afirmó.
"Propongo incluso trabajar gratis".
Lo que sucedía es que la conclusión
de los análisis de ADN establecería
más allá de toda duda los derechos
de los diferentes reclamantes acerca de los huesos.
"No lo entiendo", concluyó. "Hemos
estudiado muchos huesos, pero nunca sucedió
nada como esto. He sido educado para respetar
la teología, pero también para seguir
el método científico. Lo que pasa
es que la ciencia a menudo presenta evidencias
que contradicen a las creencias religiosas".
Y da una pista científica que, como veremos
luego, parece una verdadera premonición:
"Tengo miedo de que los huesos en poder de
los militares no hayan sido tratados con el cuidado
debido. Si los huesos se contaminan, podemos terminar
estudiando nuestro propio ADN o el de otros contaminantes".
Pero la voluntad del Cuerpo de Ingenieros iba
a sobrepujar las esperanzas de Smith, Chatters
o cualquier otro científico bienintencionado:
el 27 de abril de 1998, un "empleado"
del CIE entregó "clandestinamente"
a las tribus una caja conteniendo huesos humanos
y de animales, los que fueron enterrados en un
lugar desconocido. Dutch Meier, quien, como se
recordará, era el vocero de estos militares
terroristas, afirmó que el "empleado"
había sido "separado del caso"
como consecuencia de su "error". Sí,
claro... y la Luna está compuesta de queso.
Una de las piezas óseas perdidas para siempre
era una costilla del Hombre de Kennewick. "Sería
justo describir el incidente como el resultado
de un simple error humano. No debe caracterizárselo
como alguna clase de acto malicioso ni deliberado".
Es cierto. Y los chanchos aprenden a silbar a
la perfección.
Los indígenas habían ido a reclamar
otros huesos (mucho más recientes) para
ser reenterrados, pero el "empleado",
subrepticiamente les entregó una caja adicional
conteniendo huesos del Hombre de Kennewick.
A fines de mayo del mismo año, finalmente
el Hombre de Kennewick (o, al menos, lo que quedaba
de él después de la espantosa repartija
de sus huesos llevada a cabo por el CIE y los
indios) estaba a punto de encontrar un nuevo hogar.
El Departamento de Justicia ordenó que
los huesos se trasladasen a otro lugar donde pudieran
estudiarse correctamente y se les completaran
los análisis de ADN. La intención
era averiguar si el hombre en cuestión
era "legalmente" un indio americano.
Chatters y sus compañeros deseaban que
los huesos fuesen depositados en el Museo del
Hombre en San Diego, porque entendían que
su sitio actual de depósito exponía
a su ADN a catastróficas contaminaciones.
El antropólogo fue autorizado a visitar
el lugar donde el CIE guardaba los restos, y esa
fue la primera vez en que volvió a ver
al Hombre de Kennewick desde que le fuera arrebatado
por la fuerza a Johnson, dos años atrás.
"El tratamiento que el gobierno ha dado
a los restos fue muy pobre", dijo con tristeza.
"Han permitido que los huesos se pulvericen,
se quiebren y se humedezcan. Muchos fragmentos
están guardados en una bolsa de alimentos
de papel marrón", terminó.
Por último, el juez Jelderks ordenó
que las piezas fueran mudadas al Museo Burke de
Seattle. En él, dijo, habría lugares
adecuados para que los científicos los
estudiasen. Esta medida es la primera que autoriza
a la ciencia a investigar los restos.
Pero la controversia sobre el lugar de descanso
del ancestral cazador no había terminado.
Los antropólogos recibieron un email de
un empleado del Burke advirtiéndoles que
el museo "era hostil" a la idea de seguir
estudiando al Hombre de Kennewick. El juez no
acusó recibo: "Estoy satisfecho con
el Museo Burke", dictaminó. "Es
el lugar apropiado para los restos esqueléticos
en cuestión".
De modo que los huesos en efecto fueron trasladados
a Seattle y guardados en una cámara blindada
de una habitación cerrada a la que se llegaba
a través de un pasillo cerrado. Una de
las puertas se abría sólo si dos
empleados distintos operaban dos llaves diferentes.
Luego de estudiar concienzudamente el lugar, los
antropólogos se mostraron conformes.
Sin embargo, al revisar los huesos a poco de
haber sido trasladados, hicieron un nuevo y escalofriante
descubrimiento: en efecto muchas de las piezas
óseas faltaban. Era, en consecuencia, cierto
que alguien del ejército había robado
fragmentos y se los había entregado a los
indios.
Si bien los más de 300 trozos del esqueleto
del Hombre de Kennewick pertenecen a una misma
persona y se encontraban en más o menos
(sin entrar en detalles) buen estado, grandes
pedazos de huesos críticos habían
desaparecido.
Owsley, nuestro conocido antropólogo del
Smithsoniano, dijo el 28 de octubre de 1998, luego
de hacer un minucioso inventario de los huesos,
lo siguiente: "Este aparente robo es un acto
deliberado de profanación. La mayor parte
de los fémures ya no están, siendo
que los fémures ofrecen invalorable información
acerca de la estatura, robustez, tamaño,
fuerza, morfología funcional y pertenencia
étnica de un cuerpo humano". Su abogado
Alan Schneider dijo que "Después del
cráneo, los fémures son los elementos
más importantes de un esqueleto para determinar
las afinidades étnicas".
Cuando Thomas descubrió el cuerpo, los
fémures estaban en seis piezas. Owsley
encontró ahora sólo un trozo de
cada uno.
Los restos del Hombre de Kennewick tal como están
hoy
A pesar de este desastre, el resto de los resultados
del inventario que Owsley llevó a cabo
ese día no eran tan desalentadores. Por
suerte, los huesos de animal habían sido
retirados totalmente. No había indicaciones
de que el juego incluyese huesos de otra persona:
todos los fragmentos pertenecían al Hombre
de Kennewick. La calavera estaba rota en ocho
pedazos pero, juntándolos, permitían
reconstruir la cabeza completa (un dato clave
para establecer la raza de su propietario). Treinta
de los 32 dientes se encontraban aún en
su sitio en las mandíbulas, y tenían
entre ellos restos de comida que podían
ayudar a reconstruir la dieta de este antiguo
antepasado del hombre blanco. Los más de
100 trozos de costillas permitirían reconstruir
las mismas en un 80%. Las caderas estaban intactas
en su mayor parte, así como la mayor parte
de los huesos largos de los miembros superiores,
las tibias y los peronés. Sólo faltaban
los fémures. ¿Por qué los
militares se ensañaron con lo fémures?
Misterio. Posiblemente para disimular la estatura
del Hombre, uno de los rasgos que más lo
diferenciaba de los indios.
Excelente primer plano de la masticación
de las costillas
Unos 20 fragmentos adicionales quedaron sin identificar,
pero estudios posteriores permitirían adscribirlos
a los huesos a los que correspondían.
Así pasaron los años, y llegamos
al 19 de febrero de 2000.
Dos exámenes adicionales e independientes
de radiocarbono volvieron a comprobar, en ese
interin, que en efecto el Hombre de Kennewick
tenía más de 9000 años de
antigüedad. Sin embargo, el test radiactivo
no podía demostrar más allá
de toda duda la cuestión central, a saber:
que el Hombre de Kennewick era un europeo de raza
blanca. Para ello se necesitaba completar el test
de ADN mitocondrial.
El día citado, el Departamento del Interior
dio por fin, luego de los cuatro años de
pesadilla que acabamos de relatar, la luz verde
para que se efectuaran los análisis de
ADN mitocondrial sobre los restos, a efectos de
determinar de una buena vez por todas a qué
grupo étnico perteneció el sorprendente
antepasado.
Los dirigentes indígenas pusieron por
delante, como en todo este asunto, sus consideraciones
anticientíficas y místicas. Las
Tribus Confederadas dijeron que el OK del Departamento
del Interior a los tests de ADN sentaba "un
peligroso precedente". Continuaban hablando
de racismo.
Matthew Dick, dirigente indio, declaró:
"Seremos juzgados tanto por el creador como
por nosotros mismos a causa del modo en que tratamos
a nuestros ancestros". Del derecho sobre
las tierras, ni media palabra. Pero el delirio
continúa: "El análisis es también
una violación de nuestras creencias, porque
captura el espíritu o la identidad de un
hombre". Es lo mismo que creían los
africanos primitivos a comienzos del siglo XX
respecto de las cámaras fotográficas:
que "les robarían el alma". Pero
Dick insiste: "De acuerdo con nuestro sistema
de creencias, la acción destructiva del
test de ADN reducirá nuestra identidad
a una mera serie de códigos genéticos"
dijo muy suelto de cuerpo, como si la identidad
de uno fuese otra cosa que los resultados de la
actividad del ADN.
El abogado de los aborígenes, David Shaw,
se sumó al absurdo en una carta imperdible:
"Los análisis causarán daños
ciertos e irreparables a las tribus, a la ciencia
y a la ciencia antropológica, y representan
una conducta científica y social inadecuada".
En un paroxismo de la falacia y la demencia, el
antropólogo (alineado con los indios) Jonathan
Marks comparó el hecho de hacer el test
de ADN al Hombre de Kennewick con los experimentos
nazis con judíos durante la II Guerra Mundial.
"El peligro de desconocer los principios
de los derechos humanos (?) triunfará sobre
las aspiraciones legítimas de la ciencia
y desbordará el contexto del Hombre de
Kennewick para derramarse sobre la ciencia toda".
Para el 26 de marzo de 2000, sin embargo, los
análisis de ADN sobre el desconocido cazador
neolítico estaban ya en proceso, a pesar
de que los científicos sabían que
no tendrían mucho con qué compararlo.
Los periodistas, por primera vez, fueron convocados
como testigos mientras los científicos
de la Universidad de California separaban los
huesos uno por uno, los manipulaban con cuidado
provistos de guantes estériles, y le asignaban
a cada uno un código antes de ubicarlos
en las platinas de los microscopios.
"El Antiguo puede oírme", dijo
Meninick en plena fase delirante: "y me dice
que sufre mucho". Los huesos, mientras tanto,
no se retorcían ni intentaban huir. Permanecían
tranquilamente apoyados en las mesas.
Pero la última tragedia no tardaría
en hacerse evidente.
El 3 de agosto de 2000, los laboratorios encargados
de los test de ADNmit informaron que ninguno de
ellos había logrado éxito.
La vocera del Departamento del Interior, Stephanie
Hanna, dijo que "es un desafío que
habíamos previsto. Tenemos los mejores
laboratorios del mundo, y exámenes posteriores
podrán darnos algo para aprender".
Como es obvio, las muestras habían sido
contaminadas. Por el tiempo en que parte de los
huesos fueron devueltos ilegalmente a los indígenas,
el CIE permitió a los indios hacer una
"ceremonia fúnebre" sobre la
caja de huesos, sin informar a nadie. Los indios
quemaron hojas de árbol y diversos tipos
de resinas sobre los huesos, de modo de asegurarse
de que, si alguna vez se hacían análisis
genéticos sobre los mismos, los investigadores
trabajaran sobre vegetales modernos y no sobre
el código genético del Hombre de
Kennewick. Y gracias a la complicidad de gobierno
y militares, habían logrado su objetivo.
"El esqueleto ha sido tan contaminado con
ADN contemporáneo que todas las reacciones
de amplificación producen secuencias de
ADN que no pertenecen al Hombre de Kennewick",
dijo Hanna.
Han pasado otros cuatro años, y casi nueve
desde el descubrimiento del Hombre de Kennewick.
Habiendo fracasado los análisis de ADN,
los indígenas, los militares y el gobierno
norteamericano han conseguido su ambición
de impedir que los genes del Hombre de Kennewick
sean comparados con los de distintos grupos humanos
modernos para determinar a cuál de ellos
pertenecen, si es que pertenecen a alguno.
Los huesos de este primer antepasado conocido
del hombre blanco americano no pueden ya ser estudiados
para establecer se parentesco o ausencia
del mismo con los diversos grupos étnicos
norteamericanos modernos. Lo único que
sabemos de él es en qué tiempos
vivió, que fue contemporáneo de
los grandes mamíferos americanos extintos
y que vivió, sufrió, murió
y probablemente amó en un mundo que a nosotros,
desde nuestro siglo XXI, se nos antoja irreal
y fantástico.
A la fecha de escribir este artículo (23
de mayo de 2005), la controversia acerca de la
propiedad de sus huesos sigue sin resolverse,
y el Hombre de Kennewick permanece depositado
en Seattle en su bóveda cerrada, sin que
los indios hayan podido enterrarlo ni los científicos
logrado estudiarlo en profundidad para arrancar
sus secretos de su silencio de 90 siglos.
II - Las teorías fascinantes
Más allá de las lamentables circunstancias
que rodearon y aún rodean al Hombre de
Kennewick y los frustrados intentos de los científicos
serios por estudiar sus huesos, el principal eje
acerca del cual deben girar todas las discusiones
ulteriores es el siguiente: ¿Cómo
afecta la mera existencia del Hombre de Kennewick
a nuestros conocimientos aceptados acerca del
poblamiento de América?
Convengamos en que, hasta el 29 de julio de 1996,
si cualquiera de nosotros le hubiese planteado
a un antropólogo la posibilidad de que
los hombres blancos hubiesen llegado a América
hace casi 10000 años, hubiésemos
sido despedidos con cajas destempladas. ¿Qué
significa el hallazgo del Hombre de Kennewick,
entonces?
Sin desestimar del todo las hipótesis
previas, es menester reconocer que manejábamos
datos incompletos y parciales. La teoría
más aceptada acerca del poblamiento humano
de América fue formulada por Paul Rivet
en 1924, y contiene ya desde su origen el germen
de la teoría más moderna, a saber:
el hombre llegó al Nuevo Continente en
oleadas sucesivas (posiblemente en busca de animales
de caza), mayormente desde Siberia atravesando
el Estrecho de Behring. Por cierto que los primeros
pobladores (en esta teoría primigenia)
tenían caracteres étnicos mongoles
y premongoles. Más tarde, las migraciones
fueron completadas por viajes de los australianos
y melanesios a otras partes de nuestro continente,
lo que explica el parecido antropométrico
de los indios fueguinos con los aborígenes
australianos, el predominio (muy raro en las poblaciones
mundiales) del grupo sanguíneo 0 en ambas
poblaciones, y la aparente influencia austromelanesia
en las lenguas de los onas/selkhnum, yaganes y
alcalufes. Con mayor o menor grado de detalle,
con agregados o sustracciones, esta teoría,
apoyada por figuras de la talla del noruego Thor
Heyerdahl, representa el conocimiento que fue
aceptado hasta el descubrimiento del Hombre de
Kennewick.
Cercanía geográfica entre dos continentes
Nadie, ningún científico, hubiese
soñado incluir en estas oleadas migratorias
prehistóricas a un grupo caucasoide de
tipo europeo (con acusados rasgos anglosajones)
como los que presenta el desconocido hallado en
Tri-Cities. ¡Y menos todavía imaginaron
descubrirlo en la costa pacífica de América!
¿Por qué? Pues, sencillamente,
porque siempre se miró con desprecio e
incredulidad a quienes sostenían las teorías
correspondientes a presencia de hombres blancos
en América antes del 12 de octubre de 1492.
Durante décadas se ridiculizó a
quienes sostenían que los escandinavos
habían descubierto América, a quienes
hablaban de una influencia lingüística
griega sobre las culturas mesoamericanas (sabemos
que la raíz de la palabra "Teotihuacán"
es la misma que en el griego "Teos",
por ejemplo en "teología", esto
es, "Dios" ), a quienes decían
haber visto inscripciones de tipo rúnico
en Bolivia o a los investigadores que insistían
en la posibilidad de que los fenicios y cartagineses
hubiesen descubierto el Nuevo Mundo en tiempos
clásicos.
De la presencia vikinga en Terranova o Labrador
casi nadie duda hoy en día, pero siempre
faltaron hipótesis valederas que sostuvieran
los otros asertos.
Como se desprende de todo ello, nadie estaba
preparado para encontrar un europeo en los Estados
Unidos de hace 10000 años...
Mis antepasados pudieron ir caminando desde Galicia
o Cantabria hasta Nueva York
Sin embargo, el Hombre de Kennewick vino a derrumbar
toda la teoría tan cuidadosamente elaborada.
La solución es muy simple: reconocer que
la ciencia estaba equivocada. Mejor dicho, parece
simple, pero no lo es. Y no es tan fácil
por la sencilla razón de que reconocer
que el hombre blanco estuvo en América
contemporáneamente (o acaso incluso antes)
que los primeros invasores mongoles, antepasados
de los indios americanos, es algo que a los estadounidenses
les parece espantosamente incurso en la incorrección
política.
Después de los horripilantes genocidios
que su general Custer (y nuestro tucumano Julio
Argentino Roca, para ser justos) perpetraron contra
las poblaciones indígenas americanas, los
yanquis llegaron, en el siglo XX, a una suerte
de inestable equilibrio pacífico con sus
naciones indias, otorgándoles el usufructo
de sus tierras y lo que ellas contuvieran. Como
diijimos más arriba, sus tierras son suyas
porque en teoría ellos estuvieron
aquí antes de la llegada del hombre blanco.
Las nuevas teorías: el Hombre pobló
américa desde todas direcciones
El hallazgo del Hombre de Kennewick viene a socavar
este principio, y los indios reaccionan con violencia
porque, primero, no creen que las verdades científicas
acerca de los huesos del mismo sean ciertas y,
segundo, porque sienten amenazados sus derechos
en medio de una sociedad que recién ahora
los ha reconocido como iguales.
El Hombre de Kennewick no es políticamente
incorrecto: sólo se trató de un
pobre cazador blanco en tierras infestadas de
animales salvajes, y los problemas de los indios
con el gobierno estadounidense no son ni fueron
nunca de su incumbencia.
Pero pasemos a la teoría: ¿cómo
se supone que llegó el Hombre de Kennewick
a América, por qué y desde dónde?
Hay que plantear una proposición básica:
hace 10000 años, la Tierra se encontraba
en medio de una edad glaciar; lo que significa
que las masas de hielo del norte de Europa y América
eran mucho mayores, más sólidas
y más extendidas que las que se observan
hoy. Ello ofrecía caminos terrestres por
los que los animales (y por supuesto el Hombre)
pudieron llegar caminando, tras largas y trabajosas
migraciones, hasta el continente americano. Incluso
se pudo viajar en primitivas canoas de cuero,
siempre a pocos metros de la costa, desde España
o las Islas Británicas, por ejemplo, hasta
Groenlandia, Terranova, Labrador o la Costa Este
de los Estados Unidos.
El inmenso glaciar que cubría el norte
del planeta en aquellos tiempos. Obsérvese
que se podía ir caminando desde Inglaterra
hasta Estados Unidos o mediante navegación
de cabotaje
Imaginemos por un momento que uno de éstos
haya sido el camino que el Hombre de Kennewick
o sus antepasados recorrieron. Pero a él
se lo encontró cerca de la costa del Pacífico.
¿Por qué no se han encontrado otros
restos en lugares intermedios (digamos Nueva York
o Chicago)? Por la misma razón por la cual
no encontramos al Hombre de Kennewick hasta 1996.
Por casualidad. Acaso en un futuro próximo
o lejano comiencen a descubrirse más restos
de europeos prehistóricos en el continente
norteamericano (dicho sea de paso, una de las
mayores pegas para la aceptación del Hombre
de Kennewick por parte de los nativos americanos
estriba en que se trata de un esqueleto único;
si se encontraran diez, cinco o incluso uno solo
más, sus detractores quedarían sin
argumentos).
Observando el mapa de la ruta propuesta, es decir,
la navegación de cabotaje a la vista de
las grandes masas de hielo árticas, se
observa que no es caprichosa la hipótesis
del origen hispano o británico del Hombre
de Kennewick. Se ha señalado el parecido
que tuvo en vida con el rostro del actor británico
Patrick Stewart (el Capitán Picard de Viaje
a las Estrellas), de ascendencia galesa (celta)
e inglesa (nórdica y sajona).
La isla de Hokkaido
Impresionante comparación antropométrica
entre el Hombre de Kennewick y un hombre moderno,
blanco y de ascendencia anglosajona-celta (Patrick
Stewart)
Otras teorías apuntan a la migración
de comunidades o individuos aislados procedentes
del Extremo Oriente. Los ainos de la isla de Hokkaido,
al norte del Japón, considerados los pobladores
originales del archipiélago nipón,
son de raza blanca. Actualmente viven unos 4000
de ellos en su isla original, y se supone que
fueron paulatinamente desplazados en tiempos prehistóricos
por otros pueblos de raza mongola y polinesia:
los japoneses modernos.
Las teorías más modernas consideran
que los ainos del Japón pertenecen a la
rama indogermánica de la raza caucásica
(como los sajones), y que su complexión
física, estructura craneal y tono de piel
los emparenta directamente con los europeos. La
presencia inmemorial de los ainos en Japón
y zonas aledañas se prueba mediante los
topónimos: muchos nombres de accidentes
geográficos japoneses no son japoneses
sino ainos. La propia palabra Hokkaido, el nombre
de su capital (Sapporo), el nombre del monte Fujiyama
y el de la ciudad de Tarato en Siberia pertenecen
a la lengua aina.
Por todo ello se ha propuesto que el Hombre de
Kennewick pudo haber sido un aino o descendiente
de los ainos que pasó a Norteamérica;
de este modo se explicarían fácil
y elegantemente los rasgos europeos-germánicos
que presenta su esqueleto. El tránsito
de Hokkaido hasta Washington debe haber sido,
incluso, más fácil que el estimado
desde Inglaterra a través de las peligrosas
aguas del Atlántico Norte. El parecido
del cráneo de Kennewick con los de los
ainos modernos es sencillamente impresionante.
El Hombre de Kennewick flanqueado por dos ainos
modernos
Una última hipótesis postula que
acaso nuestro hombre formó parte de alguna
de las múltiples migraciones que la civilización
del Valle del Indo (raíz y origen de las
razas indoeuropeas modernas) efectuó hacia
el este, pasando por las islas malayas, Australia
y la Polinesia, y posiblemente alcanzando el continente
americano a la altura del Perú. Si esto
es cierto (como postulaba el propio Heyerdahl),
el periplo americano de los antepasados del Hombre
de Kennewick fue de sur a norte y no al revés.
Un aino de Hokkaido prácticamente pudo
llegar caminando
Como haya sido, hay un hecho incontrastable,
que se prueba por el mero hallazgo del desconocido
cazador del río Columbia: hace 10000 años,
cuando se suponía que sólo mongoles
habitaban Norteamérica, al menos un hombre
blanco cazaba entre sus bosques.
Ese hombre vivió y murió, dando
por tierra con todas las teorías previas
que dictaminaban taxativa y equivocadamente que
el continente americano sólo perteneció
a los indígenas de raza mongola hasta el
siglo XV.
Tal vez en el futuro se descubran nuevas técnicas
genéticas o antropológicas que nos
permitan, a despecho de la contaminación
que ex profeso se hizo de sus huesos, determinar
con mayor precisión de dónde vino,
por qué medios y con qué grupos
étnicos estaba emparentado.
Hasta entonces, tristemente, seguiremos pensando
en él simplemente como "El Desconocido
de Tri-Cities".
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