por
Florence Raynal
Aquel 18 de diciembre de
1994 en Vallon-Pont-d'Arc, el frío cortaba fuera
a pesar del sol. Dentro, la arcilla húmeda desprendía
su suave aroma y la temperatura era agradable. Reinaba
un silencio sepulcral. A diez metros bajo tierra
la oscuridad era total, envolvente: así comenzaba
la aventura de Jean-Marie Chauvet, Eliette Brunel-Deschamps
y Christian Hillaire, cuando adentrándose en una
gruta, e intrigados por una corriente de aire, descubrieron
una cavidad, y luego una vasta red de galerías y
salas. La admiración y la emoción serán desde entonces
fieles compañeros de estos descubridores unidos
por la misma afición: explorar las entrañas de su
región.
Bajo el haz luminoso
de sus linternas, se alza un decorado asombroso:
columnas gigantescas, translúcidas o nacaradas,
de calcita blanca con tintes anarajandos, suntuosos
drapeados minerales, alfombras centelleantes...
Diversas osamentas de osos están esparcidas
por el suelo, algunas de ellas en las madrigueras
de hibernación. Hay zarpazos en las paredes...
Eliette grita: frente a ella surge la imagen de
un pequeño mamut. La exploración continúa.
De los muros surgen grabados, pinturas realizadas
en ocre rojo o en negro. Un bestiario de asombrosamente
original se despliega a lo largo de cientos de metros...
Los exploradores no dan crédito a sus ojos.
Unos 300 caballos, rinocerontes, leones, bisontes,
mamuts..., en solitario o en espléndidas
composiciones de grupo, despiertan así de
un sueño milenario. Las más antiguas
pinturas rupestres Jean Clottes, especialista en
grutas decoradas, es el encargado del dictamen pericial
de la caverna y pronto establece que se trata de
auténtico arte paleolítico. Efectivamente,
todo concuerda. "Al examinar con una lupa un
trazo pintado, afirma, percibimos que la línea
aparentemente contínua e intacta comporta
en realidad numerosos defectos minúsculos
debidos a la erosión". Comprobado. El
interior de los grabados debe con el tiempo llenarse
de microcristalizaciones, ha de haber concreciones
que recubran las obras... Indicios confirmados.
Otra prueba
irrefutable es que un caballo, un mamut y un búho
están grabados en un arranque de una bóveda
situado hoy a cinco metros de altura debido al
hundimiento del suelo. Imposible acceder sin dejar
rastro. Ahora bien, no se ve ninguna huella reciente:
los suelos vírgenes, los vestigios intactos,
y todo está, gracias a los descubridores,
bien protegido. Misión cumplida: autenticidad
probada. Sólo queda por saber la edad de
estas maravillas. A los seis meses, sorpresa:
las pruebas del carbono 14 afirman que un bisonte
y dos rinocerontes tienen nada menos que 31.000
años. Las pinturas rupestres de Vallon-Pont-d'Arc
se convierten así en "las más
antiguas conocidas hasta la fecha" por el
Ministerio de Cultura, y el bravo Cro-Magnon en
geniecillo artístico. Efectivamente, añade
dicho Ministerio, esto "trastoca las nociones
admitidas hasta ahora sobre la aparición
del arte y su desarrollo y son la prueba de que
el Homo Sapiens adquirió muy pronto el
dominio de la pintura".
Confusión general. Otro descubrimiento:
unos milenios después de este antepasado
genial, vinieron otros humanos. Así lo
atestiguan las manchas de antorchas sobre los
muros y rastros de hogueras más recientes.
Entre excavaciones,
fotografías, muestreos, etc, los investigadores
no se dan un respiro. En su programa figuran tanto
la climatología interna de la caverna como
la evolución de los medios naturales o
la fauna paleolítica de la región
de Ardèche. El hombre dejó aquí,
para el arqueólogo, numerosos testimonios
de sus actividades, como carbones de madera, puntos
de extracción del sedimento, silex tallados,
huellas, etc, que serán analizados detenidamente.
Ya es posible constatar que no vivió aquí.
El estudio de los suelos precisará las
sucesivas ocupaciones, y así las relaciones
entre los osos y estos "geniecillos".
Un cráneo de oso
sobre una roca rodeado de otros dispuestos en
el suelo, admiró lo indecible por su magistral
escenografía... Entusiasmo que pronto moderaron
los científicos: sería precipitado
deducir que los cazadores de la era glacial adoraran
al oso. La única conclusión autorizada
es que los plantígrados ocuparon la gruta
antes que ellos. ¿Convivieron por un tiempo?
¿Volvieron los osos después? Misterio.
Si la gruta
de Lascaux (véase mapa) es conocida como
"la Sixtina del Périgord", ¿Cómo
llamar a la gruta de Chauvet? Pues aunque no ofrezca
una verdadera policromía ni representaciones
tan inmensas, rivaliza con aquélla en el
número, la diversidad, la originalidad,
la belleza y el estado de conservación
de sus obras. Hay más signos que en las
otras grutas de la región, como grandes
puntos rojos, representados en solitario o en
conjuntos componiendo figuras geométricas
o masas animales.
Caballos amarillos y una
pantera roja Predominan los rinocerontes, desconocidos
en Ardèche hasta la fecha. Abundan también
los leones, seguidos de mamuts y caballos -entre
los que se cuentan dos amarillos, los únicos
que existen en este colorido-, bisontes, osos,
renos, uros, cabras montesas, ciervos y, cerrando
el cortejo, una pantera roja y un búho
grabado, ignorados por el arte paleolítico.
No se ha encontrado ninguna imagen humana, salvo
algunos segmentos corporales, un ser compuesto,
mitad hombre, mitad bisonte, manos positivas o
negativas realizadas con plantilla y proyectando
el color con la boca. El rojo y el negro se reparten
dos zonas principales; las proporciones y la posición
de los cuerpos son de una exactitud naturalista,
y excepto en el caso de algunos animales indeterminados,
numerosos detalles anatómicos permiten
adivinar la especie e incluso el sexo de la mayoría.
Dibujos de
rasgos vigorosos, en ocasiones rellenos de pintura,
sabio modelado, profundidad: el conjunto muestra
una ejecución excelente. Nuestros antepasados
eran, para nuestro asombro, maestros en el arte
de utilizar los volúmenes de los muros,
en el difuminado y los efectos de perspectiva.
Cuatro cabezas de caballos consiguen provocar,
mediante la superposición y los degradados
obtenidos a partir del negro, una sorprendente
sensación de relieve y bicromía.
Y algunas paredes fueron preparadas previamente
mediante raspaduras para que resaltaran más
los trazos.
Desbordando vida y fortaleza,
los animales milenarios se confrontan, se siguen
o forman grupos homogéneos en una misma
postura. También nos asombran las numerosas
escenas de acción y la gran proporción
de animales que no se inscriben en el tablero
de caza, sino en el menú de hombres del
paleolítico. Aún quedan por resolver
muchos enigmas. Los especialistas en prehistoria
se confrontan, al igual que los rinocerontes de
las cavernas, unos a otros y los discípulos
del célebre especialista del arte paleolítico,
André Leroi-Gourhan habrá de revisar
sus tesis, vigentes durante treinta años:
las dataciones de la gruta de Chauvet contradicen
la teoría de un lento y progresivo proceso
de madurez artística. Este especialista
había distinguido en Europa épocas
y estilos, desde el más zafio, el auriñaciense
(35.000 al 28.000 años antes de Cristo),
hasta la apoteosis magdaleniense, la era de Lascaux
(13.000 años). Ahora bien, Chauvet nada
tiene de zafio. Nada de garabatos sino "lienzos"
de autor, dignos de las mejores galerías.
Si algunos estaban en los primeros balbuceos de
la imagen, otros eran ya artistas consagrados.
No obstante,
subsiste la idea de que las grutas decoradas eran
santuarios naturales, catedrales donde se expresaban
sentimientos religiosos. ¿Por qué
pintaban los hombres hace 310 siglos? ¿Por
qué pintan hoy? El pintor de origen ruso
Wassily Kandinsky, cuyas obras evocan en ocasiones
el arte parietal, afirmaba que una obra es la
conjunción de tres expresiones espirituales:
la del artista como individuo, como "hijo
de su época" y además en tanto
que "servidor del arte". ¿Nos
ayudará esto a comprender la universalidad
y la excepcional modernidad de los insólitos
frescos de Ardèche?
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|
por
Jorge Riechmannn
“La
palabra es la vida, hace del hombre un ser humano”.
Proverbio agasuvi, Dahomey (hoy: república de
Benín)
Porque la sandalia está acostumbrada a hablarme,
yo le hablo a la sandalia. El manto me habla,
yo le hablo al manto. El mandil me habla, yo le
hablo al mandil. La aljaba me habla, yo le hablo
a la aljaba. El arco me habla, yo le hablo al
arco. La cuerda del arco me habla, yo le hablo
a la cuerda del arco. Yo le hablo al bastón...”
“Por
qué las cosas de Mantis hablan y tienen vida propia”,
narrado por Kabbo, bosquimano xam
“Escuchando
al logos, no a mí, parece prudente admitir que
todas las cosas son una, dijo Heráclito 29.000
años después de que se hicieran las pinturas de
las cuevas de Chauvet. (...) En lo más profundo
de la cueva, que significa en lo más profundo
de la tierra, estaba todo: el viento, el agua,
el fuego, lugares lejanos, los muertos, el rayo,
el dolor, los caminos, los animales, la luz, lo
no nacido... Estaban allí en la roca para ser
invocados. Las famosas huellas de tamaño natural
(cuando las miramos, decimos que son las nuestras),
esas manos, están allí troqueladas en ocre, para
tocar y marcar todo lo presente y la frontera
última del espacio que habita esta presencia.
(...) Todo el drama que en el arte posterior se
convierte en una escena pintada sobre una superficie
con bordes, se comprime aquí en la aparición que
ha atravesado la roca para ser vista. (...) El
drama de las primeras criaturas pintadas no se
halla ni a un lado ni en el frente, sino que está
siempre detrás de la roca. De donde salieron.
Como lo hicimos nosotros...”
John Berger
1
En
1994 tuvo lugar uno de los descubrimientos más
fascinantes en el terreno de la paleoantropología.
Los riscos de caliza teñida por minerales que
bordean el profundo cañón del río Ardèche (no
lejos de Aviñón, en Francia) albergaban un templo
secreto, cuya entrada localizaron entonces Jean-Marie
Chauvet, Eliette Brunel y Christian Hillaire.
La cueva de Chauvet constituye
un verdadero santuario. Se trata de un conjunto
de cinco salas que en el pasado dieron cobijo
tanto a los osos de las cavernas (se han encontrado
147 cráneos de los mismos, uno de ellos emplazado
por mano humana sobre una gran piedra desprendida
del techo) como a visitantes prehistóricos humanos
que trazaron sobre las paredes pinturas rupestres
prodigiosas. Conjuntos bautizados por los arqueólogos
como Friso del Leopardo, Friso del Buey Almizclado,
Friso de los Leones y Rinocerontes, El Hechicero...
“Rinocerontes en actitud de embestida, caballos
de pobladas crines, bisontes, leones y una manada
de uros con largas cornamentas evidencian la capacidad
de observación y la singular destreza del artista
que creó el Friso de los Caballos”, escribe Jean
Clottes .
En Chauvet
420 figuras de animales, de más de una docena
de especies distintas, dan testimonio de una relación
mágica y ceremonial entre los humanos paleolíticos
y el mundo de los animales no humanos... y de
una impresionante destreza pictórica.
Las pinturas se han conservado
gracias a que un derrumbamiento selló la entrada
de la cueva hace muchos milenios. Su calidad es
equiparable a las de Altamira y Lascaux, pero
–esta ha sido una de las mayores sorpresas—las
de Chauvet son dos veces más antiguas. Altamira
tiene 17.000 años de antigüedad, Lascaux 20.000;
la datación con carbono-14 ha permitido establecer
que las pinturas de Chauvet fueron realizadas
hace 35.000 años.
2
Es
asombroso. Durante decenios los expertos en arte
paleolítico postularon un lento progreso a través
de los milenios, desde meros esbozos rudimentarios
en los orígenes hasta la madurez de las representaciones
naturalistas, plenas de dinamismo y vitalidad,
que hallamos en las “catedrales” de Lascaux y
Altamira.
Chauvet echa por tierra
tal construcción. Casi al mismo tiempo en que
aparecen en Europa los humanos anatómicamente
modernos (Homo sapiens sapiens, los hombres
de Cromañón, nuestra propia especie: nosotros
mismos), el arte rupestre ya ha alcanzado su máximo
nivel de complejidad. Hay que tener en cuenta
que, según los análisis genéticos más recientes
, todos los europeos actuales procedemos de tres
oleadas migratorias llegadas desde Asia Central
y Oriente Próximo; la más antigua de las tres
–hace 40.000 años— coincide con la cultura bautizada
con los prehistoriadores como auriñaciense. Precisamente
los cazadores-recolectores de las pinturas rupestres,
los hombres de Cromañón.
No habría
entonces un lento proceso evolutivo, sino más
bien un salto. Discontinuidad: pero sabemos que
desde entonces –hace 50.000 años—no hemos cambiado
biológicamente. Y lo que ahora nos revela la caverna
de Chauvet es que en otros aspectos clave –lo
que hoy llamamos expresión artística, por ejemplo—tampoco
hemos cambiado sustancialmente. De manera un poco
provocadora podríamos decir: aquellos “primitivos”,
los humanos de hace 50.000 años, no eran primitivos.
Eran iguales que nosotros en todo lo importante.
De alguna manera, todo estaba dado desde el origen.
“Los ojos y las manos de
los primeros pintores, de los primeros grabadores,
eran tan diestros como los que vinieron después.
Se diría que es una gracia que acompañó a la pintura
desde sus orígenes. Y ése es el misterio, ¿no?
La diferencia entre entonces y ahora no es el
grado de refinamiento, sino de espacio: el espacio
en el que sus imágenes existían y eran imaginadas.
Ésta es la cuestión para la que tenemos que encontrar
una nueva forma de hablar...”
3
Va
pareciendo cada vez más claro, a tenor de la investigación
arqueológica y paleoantropológica de estos últimos
decenios, que tenemos que pensar a la vez tres
acontecimientos clave: la aparición del lenguaje,
el surgimiento del arte y lo que quizá tendríamos
que llamar la práctica del genocidio (con el exterminio
de los grandes animales y de los hombres de Neandertal,
nuestros cercanos parientes evolutivos).
Según los análisis genéticos
de las poblaciones modernas, la salida del continente
africano de Homo sapiens sapiens es reciente:
hace poco más de 50.000 años. Cabe además suponer
con fundamento que en el origen esta población
humana habla una única lengua, antecesora de todas
las actuales .
Hace unos 40.000
años llega a Europa Homo sapiens sapiens,
procedente de Asia Central y Próximo Oriente.
Este hombre de Cromañón topa allí con los hombres
de Neandertal (Homo sapiens primigenius),
otra especie humana asentada en las tierras europeas
desde decenas de miles de años antes : más robustos
y vigorosos que nosotros, fabricantes de elaborados
utensilios de piedra, dueños del fuego, enterradores
de sus muertos, quizá caníbales ocasionales. Apenas
diez mil años después, los neandertales se han
extinguido, y de forma abrupta. Sólo cabe especular
sobre aquel encuentro, aquel choque: pero la sombra
de Caín --la sospecha de un genocidio-- nos atenaza.
Quizá no en forma de agresión armada directa,
explicaba Marvin Harris: tanto los cromañones
invasores como los lugareños neandertales vivían
en pequeñas bandas de cazadores-recolectores,
y carecían de la organización política necesaria
para llevar a cabo guerras de exterminio. “Pero
habría bastado una escaramuza ocasional con los
recién llegados para que los neandertales se retirasen
a regiones con menos posibilidades de caza. Esta
circunstancia habría causado subalimentación,
elevando las tasas de mortalidad y acelerando
la decadencia de lo que ya desde el principio
era una población de baja densidad.”
De lo que
hoy apenas cabe duda es de nuestro papel en la
extinción de los grandes mamíferos prehistóricos
a causa de la sobrecaza . Hace unos 12.000 años,
en un proceso muy rápido, desaparecieron las tres
cuartas partes de los grandes mamíferos del continente
americano. Análogo exterminio, hace unos 46.000
años, en Australia. Los prehistoriadores están
convencidos de que en ambos casos el culpable
fue el cazador Homo sapiens sapiens, actuando
sobre poblaciones animales con las que previamente
no había tenido contacto. Si recordamos que aquellos
cazadores del Paleolítico se consideraban estrechamente
emparentados con las bestias objeto de su caza
–como podemos inferir, precisamente, a través
del estudio del arte rupestre y de las culturas
“primitivas” actuales--, apenas será exagerado
emplear aquí el término de genocidio.
La dificilísima cuestión
del lenguaje... Después de los hallazgos en la
Sima los Huesos de Atapuerca (el yacimiento más
rico en fósiles humanos del planeta, situada muy
cerca de la ciudad de Burgos), en los noventa,
los paleontólogos Juan Luis Arsuaga e Ignacio
Martínez Mendizábal creen que no puede ponerse
en duda que los neandertales tuvieran las bases
anatómicas para algún tipo de lenguaje hablado;
pero en cualquier caso la morfología de su aparato
fonador era significativamente diferente del nuestro,
y los sonidos que podían proferir no serían los
mismos. Si hablaban, probablemente con algún lenguaje
menos desarrollado, era de una manera muy distinta
a la nuestra .
4
No
hallamos en los neandertales indicios de arte,
ni de comportamiento simbólico; mientras que con
Homo sapiens sapiens se da una verdadera explosión
cultural manifestada en arte, decoración, enterramientos
ceremoniales. Esta explosión de comportamiento
simbólico hay que asociarla seguramente con el
surgimiento del lenguaje articulado, tal y como
hoy lo conocemos. Aquí estaría el salto cualitativo
que nos separa decisivamente de los homínidos
y humanos anteriores: capacidad de simbolizar
y lenguaje. “En un instante geológico –5000 años—nacen
todas las formas del arte y florecen las religiones.”
Se produce este salto cualitativo,
hace unos 50.000 años, y el paso rápido de la
evolución cultural se sobrepone al ritmo lento
de la evolución biológica. El “gran salto adelante”
(discernible en el registro paleontológico por
los rápidos avances en el terreno de la fabricación
de herramientas y de la creación artística) tiene
lugar al tiempo que la cultura nuestros antepasados,
los hombres de Cromañón, sustituye a la cultura
de los Hombres de Neandertal (de evolución lentísima,
acompasada a los cambios biológicos), quienes
probablemente –como vimos-- no poseyeron la capacidad
de lenguaje articulado similar al nuestro.
En la cuna
de Homo sapiens sapiens, el más social
y el más inteligente de todos los animales conocidos,
el único en el cual el vértigo de la evolución
cultural ha sustituido al avance sosegado de la
evolución biológica, lo que hallamos son estas
tres enormidades: lenguaje articulado, arte (colindante
con el rito y con la magia), violencia genocida.
Tenemos que pensarlas a la vez, como un plexo
enigmático que no cesa de interrogarnos, como
una incómoda pregunta sobre la condición humana.
“La violencia del futuro y del presente” –advertía
el gran prehistoriador francés André Leroi-Gourhan—“está
vinculada con el conocimiento de la violencia
de los hombres del pasado.”
En las paredes de la caverna
de Chauvet un león de las cavernas –especie sin
melena, ya extinta—olisquea los cuartos traseros
de otro león o leona agachado: quizá una pareja
que va a aparearse. Por primera vez se muestran
en pinturas rupestres el leopardo, el búho. La
testuz de un caballo negro surge de la misma roca.
Y la figura de un chamán o hechicero, mitad hombre
y mitad bisonte, muge mientras parece abrazar
a una mujer, representada sólo por unas piernas
(con sus caderas) y el triángulo de vello púbico.
Desde lo que
fuimos, este misterioso minotauro de hace 35.000
años nos interroga sobre lo que somos y lo que
vamos a ser. En la encrucijada histórica en la
que nos encontramos, deberíamos ser capaces de
escuchar esa pregunta. Al final de su vida, en
un apunte sobrecogedor, Elias Canetti anotó: “Desde
agosto de 1945 sé que estamos perdidos. Sin embargo,
siempre he apartado de mí esa convicción: de lo
contrario habría dejado de pensar totalmente,
y esto es algo que no habría soportado alguien
que se considera comprometido con la vida. Empecé
a tomar en serio las pequeñeces más ínfimas de
aquello que constituye la existencia, confiando
en que la plétora ahuyentaría el peligro. Pero
la plétora lo ha acrecentado.”
Metamorfosis o extinción.
Extraernos con el arte y con el lenguaje de los
alvéolos de la violencia, o perecer. En esta encrucijada
nos encontramos.
Lo de Canetti no es pesimismo
fofo; se trata de una percepción lúcida del tipo
de peligro y el nivel de peligro en que nos encontramos.
No es extraño que la angustia nos atenace, que
la tiniebla de esta noche oscura nos anegue los
pulmones, como un charco de daño nos impida respirar.
¿Cómo respirar? ¿Y si, alumbrándonos con la antorcha,
interrogáramos a ese chamán acurrucado en el fondo
de la cueva ceremonial?
6
La conexión
con el mundo animal –empezando por nuestra propia
naturaleza animal—y la fuerza de Eros: tal podría
ser el mensaje susurrado por el Minotauro de Chauvet.
La disciplina para la autolimitación, el reconocimiento
de los parentescos, y la red de vínculos con todos
los seres con quienes compartimos la biosfera.
Todos los seres humanos modernos (orgullosamente
autobautizados Homo sapiens sapiens) tenemos
la misma cuna: cierta zona de la sabana de África,
hace entre 100.000 y 200.000 años. Todos los vertebrados
terrestres descendemos de los mismos crosopterigios
(peces pulmonados) que hace unos 350 millones
de años se atrevieron a dar el arriesgado paso
que los llevó a tierra firme. Y cuanto sabemos
acerca de los organismos más diversos que viven
sobre la faz de la Tierra y en las profundidades
de los océanos muestra que, con toda probabilidad,
descendemos todos de un único antepasado microbiano,
hace más de 4.000 millones de años.
Hace tiempo
que sabemos que nuestro genoma es idéntico al
del chimpancé en más del 98’5%. Y cuando en diciembre
de 1998 se completó --después de ocho años de
trabajo-- la secuenciación del primer genoma de
un animal, un minúsculo gusano llamado Caenorhabditis
elegans, que apenas mide un milímetro de largo
y está compuesto sólo por 959 células --trescientas
de ellas neuronas--, ¡supimos que compartimos
con este humilde nematodo nada menos que el 36%
de su genoma!
Todos los hombres y mujeres
somos hermanos. Todos los animales somos hermanos.
Un cordón umbilical nos unía directamente con
las estrellas; tuvimos que cortarlo recién nacidos,
pero la cicatriz del ombligo sigue ahí, inocultable,
nítida.
7
El
lenguaje no es la alienación primera y originaria,
como suponen los “primitivistas” del tipo de John
Zerzan . O si se quiere: es eso, y contradictoriamente
es todo lo contrario. Es también el medio de la
vinculación universal.
Las palabras poseen una
magia débil, he dicho en alguna ocasión. Un poeta
escribe por ejemplo: el cine es un río retardado
, y ya tenemos ahí el pasadizo secreto comunicando
dos realidades que parecían inconexas. Apunta
otro: los niños oncológicos son escarabajos de
plata , y de repente un puente luminoso une dos
alejadas provincias de la realidad. Tus caderas
y otras estrellas, menciona un tercero , y de
súbito el cosmos es una red de tupida malla que
puede salvarnos de las peores caídas.
Las metáforas son conjuros
para volver visibles los vínculos ocultos. Vínculos,
correspondencias: la creencia en la interconexión
de todas las realidades, en algún plano diferente
del espaciotiempo ordinario, es común al poeta
moderno y al hechicero de Chauvet. (Como eso son
palabras mayores, excesivas, rebajamos un poco
la demasía de nuestros postulados matizando la
magia de la poesía como “débil”.)
El vidente
–cuando de verdad lo es—ha de ser el menos propenso
a la autoindulgencia, el más severo consigo mismo
y con su don, el crítico más implacable de sus
propias debilidades. Y el más fiel testigo de
cuanto le fue revelado.
La conexión con todo lo
viviente y la fuerza de Eros son los recursos
más valiosos, el hilo más seguro hacia el exterior
del oscuro laberinto por donde hoy erramos extraviados.
Iluminado de repente por la lumbre de la antorcha,
abrazado a esa enigmática mitad de mujer, el Minotauro
de Chauvet nos recuerda lo que siempre supimos.
8
Todavía de otra cosa nos
habla el minotauro. En la sala final y más recóndita
de la cueva de Chauvet lo que hallamos son tres
mitades: la mitad de un bisonte, la mitad de un
hombre, la mitad de una mujer. Los tres pedazos
buscándose, palpándose, abrazándose. Minotauro
y cautiva. Maga hechizando a un cazador. Orfeo
andrógino liberando al gran bóvido. Nunca las
tres mitades formaron una unidad previa, no existió
aquella autosuficiente supremacía que hubiera
podido tapar con la huella de su pataza la de
cualquier otro ser, y sin embargo la mano que
hace treinta y cinco milenios trazó estas figuras
conjuró con aquel imposible.
Lo
evocaba, lo soñaba, regresaba a la incompletud
y a la necesidad ineliminable del otro. El minotauro
de Chauvet nos habla también de nuestra incompletud
originaria, de nuestro ser como trozos y fragmentos
de una totalidad más vasta, y de cómo tenemos
que reconocer al otro, dialogar con el otro, incorporando
rasgos de lo ajeno y manteniéndolo al mismo tiempo
frente a nosotros como ajeno, sin confundirnos
con ello.
Todavía el
máximo desafío, en este tiempo de desbocada violencia
mundial que es el nuestro. El vaticinio terrible
de Canetti no tiene que cumplirse necesariamente:
pero para eso hemos de cambiar, transformarnos
profundamente. Es posible la pacificación de la
existencia: pero sólo si no olvidamos quiénes
fuimos, quiénes somos. Si asumimos hasta el fondo
nuestra condición, ese plexo –desgarrador y desgarrado—donde
se entrelazan violencia, arte y lenguaje. En 1961,
en el prólogo a su obra El presente eterno, el
gran estudioso del arte prehistórico Sigfried
Giedion escribía:
“Nuestra época exige un
tipo de hombre, actualmente perdido, que sea capaz
de restaurar el equilibrio, actualmente perdido,
entre las realidades interior y exterior. Ese
equilibrio, nunca estático sino, como la realidad
misma, sometido a un cambio continuo, es como
el del funámbulo que, mediante pequeños ajustes,
mantiene una compensación constante entre su ser
y el espacio vacío. (...) Es hora de volver a
ser humanos, y dejar que la escala humana rija
todas nuestras empresas. El hombre compensado
que necesitamos solamente es nuevo por contraste
con nuestra época distorsionada; reaviva demandas
seculares que hay que satisfacer en términos de
nuestros tiempos si queremos que nuestra civilización
no se desplome.”
En los cuatro
decenios que nos separan del momento en que se
escribieron esas palabras, nuestro horizonte se
ha entenebrecido aún mucho más. Hoy, precisamente
ahora, cuando ya todos sabemos lo que significa
el anglicismo ántrax (en mejor castellano, carbunco)
pero la mayoría de la gente seguiría teniendo
dificultades para situar correctamente Honduras
–con su hambruna—en un mapa, es el momento de
cambiar.
9
Una de las intuiciones
más hondas y perdurables del surrealismo es la
que vincula amor –amor erótico—y revolución, más
allá de cualquier significación trivial. El nexo
no pasa por la idea de fiesta ni por la de libertad,
sino por la cuestión de la alteridad, el deseo
de lo otro. El comunismo como alteridad es una
de las grandes cuestiones del último Pasolini;
por otra parte, lo femenino es otro para un ser
masculino, lo masculino es otro para un ser femenino,
“no sólo porque es de naturaleza diferente, sino
también en tanto en cuanto la alteridad es, de
alguna manera, su naturaleza” .
En su sentido fuerte, un
encuentro es siempre encuentro con lo otro, con
el Otro: una aventura de alteridad. Así en el
amor como en la revolución.
10
Cantar,
en la noche, celebrando la inminencia del alba
y el misterio de estar vivo; o narrar, en la noche,
para mantener encendido el fuego y alejar la muerte.
Éstas son las formas prototípicas del poema y
del relato, las ventanas que nos abre nuestra
condición simbólica. Éstas son las armas básicas
con que los seres humanos nos enfrentamos a la
finitud. A la postre no es muy diferente ahora,
en los comienzos del siglo XXI, y en aquellos
años remotos en que se pintaron las paredes de
roca de la cueva de Chauvet.
Post- scriptum. Tres días
después de concluido el texto anterior, en la
tarde del domingo 14 de octubre de 2001, viví
un rato mágico. Cuando estaba trabajando en el
jardín, una urraca joven se me acercó, buscó un
encuentro. Se me subía al hombro, subía sobre
la cabeza, me picoteaba las orejas. Comía de mi
mano un higo de nuestra higuera; partía junto
a mí, abriéndolos a golpes de pico, piñones del
pino piñonero. En vista de las dificultades le
partí yo algunos con una piedra, y al final me
traía ella más piñones para que los abriese...
Estuve más de una hora con ella. Nunca me había
pasado nada semejante con un pájaro. No pude evitar
asociarlo con la reflexión sobre Chauvet. ¿Una
verificación del texto? Al menos, un diálogo,
un episodio de soberano diálogo.
JORGE RIECHMANN
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