Lo simple y lo complejo: la necesidad de un nuevo
paradigma para interpretar la evolución
humana La evolución humana siempre se ha
interpretado siguiendo un esquema darwinista ortodoxo,
en el cual se concibe que ésta parte de
un proceso simple que gradualmente se desarrolla
hacia formas complejas. Este paradigma se encuentra
en crisis. Recientes descubrimientos en los últimos
años han aportado evidencia de que la evolución
humana ni es gradual ni sigue el esquemático
concepto de simple-complejo según se ha
expresado hasta la fecha.
Se argumenta que nuestro particular proceso evolutivo
precisa de un nuevo marco referencial que sea
capaz de concebir que lo complejo ya puede estar
presente desde el principio y que puede evolucionar
siguiendo pautas adaptativas y no teleológicas,
como podría desprenderse de una lectura
creacionista, que carece de espacio en el proceso
de hominización auxiliares del estudio
de la evolución humana se insertan automáticamente
en un marco exegético que los transforma
para adaptarse a las premisas que configura dicho
marco. Sin embargo, cuando el nú mero de
datos que entran en contradicción con semejante
cuadro interpretativo se hace significativo, éste
entra en crisis.
Los descubrimientos de la década de los
70, con Lucy como hallazgo más emblemático,
sirvieron para plantear un modelo que ha perdurado
hasta hace muy poco tiempo. En principio, hacía
más de 3 millones de años, había
una línea evolutiva iniciada por una sola
especie de homínido (Australopithecus afarensis)
que se bifurcaría a finales del Plioceno
en una rama que conduciría a las formas
robustas de australopitecos, y por otro lado,
a otra rama de australopitecos gráciles,
iniciada por Australopithecus áfricanus,
quien, a su vez, conduciría a la aparición
del género Homo.
Ese esquema simplista y casi unilineal se ha trastocado
con los descubrimientos llevadosa cabo en las
últimas dos décadas. Ahora, no disponemos
de un solo periodo evolutivo en el proceso de
hominización en el que exista sólo
un linaje o especie que pueda considerarse como
troncal y dé pie a modelos evolutivos unilineales.
Entre 6 y 4 millones de años tenemos al
menos tres especies identificadas (Orrorin tugenensis,
Ardipithecus ramidus y Australopithecus anamensis),
dos de ellas, posiblemente contemporáneas.
Entre 4 y 3 millones de años, tenemos Australopithecus
afarensis, una especie de australopiteco en Sudáfrica
por definir, y Kenyanthropus platyops. Entre 3
y 1,5 millones de años, se documentan Australopithecus
áfricanus, Australopithecus garhi, Paranthropus
aetiopicus, Paranthropus boisei, Paranthropus
robustus, Homo (Kenyanthropus) rudolfensis, Homo
habilis, y Homo erectus áfricano (H. ergaster).
Para complicar aún más la cuestión,
muchos de estos homínidos muestran un mosaico
de rasgos primitivos-modernos que no guardan coherencia
con un marco evolutivo tradicional. Por ejemplo,
Orrorin ofrece caracteres más modernos
que otros homínidos posteriores (género
Australopithecus). Así pues, no sólo
parece ser que la evolución humana ha seguido
un modelo en arbusto casi desde el principio,
sino que dicho proceso ha experimentado con diversas
soluciones adaptativas, unas de aspecto moderno
y otras con morfologías más primitivas,
con resultados de éxito desigual.
El problema que introduce esta toma de conciencia
es que en este momento se desconoce por completo
cuáles son las relaciones filogenéticas
de todos estos homínidos. Por un lado da
la sensación de que existe una tendencia
más arborícola, marcada por parte
de Manuel Domínguez-Rodrigo las especies
de australopitécidos (A. Africanus) y Ardipithecus
ramidus, otra más comprometida a la vida
mixta, en el que la deambulación terrestre
es fundamental (resto de especies de Australopithecus)
y otro linaje de adaptación terrestre y
con rasgos más avanzados (¿Orrorin-Kenyanthropus-Homo?).
No obstante, esta discusión aún
está envuelta en brumas y supondrá
el gran reto de la Paleoantropología de
las próximas dos décadas.
Esta circunstancia, de homínidos con rasgos
modernos y cronologías antiguas y homínidos
de rasgos más primitivos y cronologías
más recientes, nos conduce a la reflexión
de que la evolución humana, al igual que
la del resto de organismos, es una lucha por la
supervivencia en la que el cambio es adaptativo
y no pseudo-telelógico, es decir, no orientado
por ramas unilineales que parte de seres simples
a seres complejos y más perfectos. En este
camino hay muchos procesos de prueba y ensayo
y fórmulas de éxito que no se adecuan
a nuestros conceptos darvinistas tradicionales.
La complejidad es pues, posible desde un principio
y su evolución puede funcionar de manera
gradual o a saltos. Esta es otra de las cuestiones
que aún permanecen pendientes de resolución.
El problema de la complejidad también ha
trastocado a la disciplina arqueológica,
la encargada de estudiar la evolución del
comportamiento humano. En el ámbito de
la Arqueología, en los últimos 30
años hemos asistido a un importante movimiento
revisionista. Durante un siglo, hasta la década
de los 70, a todos los homínidos del género
Homo se les atribuía un comportamiento
como el de las modernas sociedades de cazadores-recolectores.
Su conducta subsistencial estaba basada en la
caza, como revulsivo de la organización
social, basada en un reparto sexual de labores,
en el que los machos se dedicaban a la obtención
de recursos animales y las hembras a la recolección
de productos vegetales. En esta asunción,
era evidente que el aporte de proteínas
animales en la dieta era fundamental, y que la
implicación de los machos en el cuidado
de la progenie se debía a semejante necesidad
energética. Era un rol de padre en el sentido
actual.
Implícito en este modelo, se asumía
un modo de vida articulado en torno a la existencia
de lugares de vida común, es decir, campamentos
base, en donde se aportaban los recursos y se
distribuían según las necesidades
del grupo. Los primeros yacimientos de hace casi
2 millones de años, mostrando el acto reiterado
de aporte de materias primas, elaboración
de herramientas y traslado abundante de restos
animales se interpretaron según el modelo
recién descrito. La evolución, en
el marco de la interpretación darvinista,
se entendía como Lo simple y lo complejo.
Estos primeros cazadores-recolectores se diferenciaban
de los actuales en la posesión de un menor
grado de inteligencia, a tenor del tamaño
cerebral más reducido que plasmaba sus
capacidades en una industria lítica, el
olduvayense, de escaso desarrollo técnico
y aspecto simple: unas lascas de piedra obtenidas
con función cortante y una gama reducida
de útiles nodulares poliedros, esferoides,
choppers ñunifaciales y bifacialesñ
y discoides) dedicados a actos de machacado y
percusión.
La evolución cultural se enfocaba casi
en su exclusividad en el cambio del repertorio
tecnológico. Del olduvayense al achelense,
como industria posterior, existe un cambio sustancial
de habilidades que parecía guardar correspondencia
con la aparición de homínidos de
mayor capacidad cerebral. Así, se vincula
la fabricación de la industria olduvayense
con Homo habilis y la sucesión de los conjuntos
achelenses con Homo erectus. El achelense suponía
una mejora en la habilidad tecnológica
por la aparición de herramientas de gran
formato, con una forma y función predeterminadas
y con el desarrollo
de conceptos de simetría que exigían
su concepción previa en la mente del fabricante.
Al repertorio de formas olduvayenses se le une
la aparición de hachas de mano (bifaces),
cuchillos de gran proporción, triedros
y picos, que junto con hendedores nos estaban
hablando de un cambio técnico y funcional
de las actividades vinculadas al desarrollo del
utillaje lítico. En lo demás, este
cambio se concebía dentro de un patrón
conductual basado en una vida de cazador-recolector
como el descrito arriba. Mary Leakey interpretaba
varios de estos yacimientos como ìcampamentos
baseî en 1971.
Unos años más tarde, Glynn Isaac
readaptaba en 1978 dicho modelo cambiando el énfasis
de las estrategias de obtención de recursos
animales por el hecho fundamental en el modo de
vida de cazadores-recolectores: el compartimiento
del alimento en dichos campamentos base. Para
ello, elabora su modelo de ìcompartimiento
alimenticioî al que también denomina
de campamento base, fundamentado en una conducta
solidaria expresada en la post-posición
del consumo del alimento conseguido y su aporte
sistemático al campamento para ser repartido.
A finales de los 70 y comienzos de los 80, un
movimiento revisionista, respaldado por una aproximación
neodarvinista basada en que todo cambio cultural
debe proceder de un modo gradual de lo simple
e imperfecto a lo complejo y perfecto, cuestiona
el paradigma de la caza tradicional y con él
todo el modelo de caza-recolección aplicado
a la lectura de los primeros yacimientos de la
humanidad hasta Manuel Domínguez-Rodrigo
262entonces. Este movimiento se genera en el ámbito
académico estadounidense y se impone al
resto del mundo. Dos son los motivos principales.
La sociedad americana había experimentado
un exceso de conflictos bélicos en muy
poco tiempo (la Segunda Guerra Mundial, a guerra
de Corea y la guerra de Vietnam) que habían
estado políticamente argumentados desde
al ámbito académico, como parte
del bagaje instintivo-agresor que un modo de vida
como cazador había dejado en el ser humano
tras dos millones de años de existencia.
Ante semejante asunción, en las décadas
de los 60 y los 70 florecieron en Estados Unidos
movimientos filosóficos pacifistas (muchos
de ellos de corte hippy) que pretendían
un retorno al ideal rousseauniano del buen salvaje,
que propugna que el hombre es pacífico
por naturaleza y que sólo la sociedad le
pervierte. Para ello, desde el ámbito académico,
se procede, siguiendo un movimiento pendular,
a cuestionar el paradigma de la caza y se le sustituye
por otro opuesto: el paradigma del carroñeo.
Binford fue el abanderado principal en la idea,
en lo que se denominó el modelo de carroñeo
marginal, en el que se defendía que las
acumulaciones de fósiles en los yacimientos
de 2 millones de años, lejos de ser el
acto fundamental o exclusivo de nuestros antepasados
era el resultado de la actividad de animales carnívoros
que abandonaban despojos marginales en sus mataderos
sobre los que unos homínidos desamparados
intervenían como último eslabón
de la cadena trófica para aprovechar los
últimos recursos disponibles en semejantes
restos. De este modo, si hubiese existido un modo
de vida basado en un carroñeo marginal,
éste podría haber evolucionado a
lo largo del tiempo hacia una forma de conducta
basada en un carroñeo no marginal, que
pasaría de ser pasivo y secundario a ser
activo y primario y de éste, finalmente
a la adopción de la caza en períodos
evolutivos más tardíos.
Esta revolución, en principio aplicada
a los momentos iniciales de la evolución
de nuestro género, se extendió a
la interpretación de los yacimientos arqueológicos
de los períodos sucesivos más tardíos.
Al poco tiempo se llega incluso a cuestionar la
habilidad cazadora de los neandertales como hermanos
evolutivos situados en la antesala de la aparición
del hombre moderno. Algunos autores llegan al
extremo de relegar un modo de vida cazador-recolector
a los últimos 50.000 años de existencia
de anatomías de Homo sapiens sapiens estrictamente
modernas.
Para llegar a este tipo de interpretaciones era
necesario también cambiar el modo conceptual
en el que se elaboran marcos referenciales modernos
para interpretar el pasado. Hasta entonces, se
utili- zaban a los chimpancés como un extremo
de un modelo comparativo a cuyo extremo opuesto
se situaban los cazadores-recolectores modernos.
Las interpretaciones que salían de dicho
marco conceptual, para explicar todo el proceso
de homización estaban sesgadas hacia un
modelo de chimpancé para todas las formas
de australopitecos y de ìcazador-recolectorî
para todas las formas de Homo. Esto no dejaba
espacio a interpretaciones evolutivas intermedias,
exentas de referente actual, precisamente por
ser la actualidad producto de dicho proceso evolutivo
en el que los pasos intermedios ya no son observables,
sino reconstruíbles tan sólo a través
de modelos conceptuales y no referenciales.
En este momento, en el ámbito de la Antropología
y de la Primatología surgen las grandes
síntesis conductuales en las que se explica
la conducta siguiendo la comparación de
variables ecológicas y filogenéticas
que pueden dar la pauta de determinados patrones
de adaptación y conductas que a su vez,
permiten anticipar formas de comportamiento conociendo
el contexto ecológico de su aplicación.
Con esta base comparativa se elaboran los primeros
modelos desde la Ecología Conductual a
la evolución de los homínidos. Los
trabajos de Foley se insertarían en semejante
esquema, mediante el cual es posible conjeturar
sobre las estrategias reproductoras, el tamaño
de los grupos, el carácter territorial
y su dimensión, los patrones de adaptación
y las conductas de todos los homínidos,
incluso de aquellos exentos de registro arqueológico.
Lo único que se precisa es la reconstrucción
de las anatomías y el conocimiento de los
medios ecológicos en los que operaron.
En dicha concepción, ya no se usan modelos
basados en cazadores-recolectores modernos aislados
para interpretar la conducta de homínidos
del Pleistoceno inferior. De hecho, se reniega,
como lo hace Foley de manera recurrente, de que
los cazadores-recolectores deban ser empleados
para explicar formas de vida de un pasado en que
los seres humanos eran muy diferentes morfológicamente.
Este hecho coincide con una crisis del concepto
antropológico de que los cazadores modernos
sean sociedades prístinas que muestren
un modo de vida que pertenece al pasado. En las
tres reuniones internacionales que sucedes a la
conferencia de Chicago de 1966 y plasmadas en
la obra emblemática de Man the Hunter de
1968, se advierte del riesgo de la utilización
de los cazadores modernos como referentes para
interpretar el pasado ya que son poblaciones marginales,
que residen en ecosistemas marginales que no son
los del pasado, y están insertos en un
sistema de relación constante con po- blaciones
productoras, de los que obtienen recursos alimenticios
y materiales que condicionan y determinan de manera
significativa sus formas de vida. Igualmente,
todos ellos tienen una tecnología avanzada,
en su mayor parte sólo encuadrable en un
período cultural adscrito a la edad del
Hierro, que les aleja de ser poblaciones remanentes
de una edad de la Piedra.
Esos cambios en la Antropología y Arqueología
anglosajona (fundamentalmente estadounidense)
se acompaña de un hecho también
básico: los equipos de investigación
que hasta la década de los 60 eran en su
mayoría europeos y locales se ven sustituidos,
por razones de modas académicas y de crisis
económicas reincidentes en Europa, por
equipos americanos. Los primeros millones de años
de la evolución humana pasan entonces a
ser estudiados por equipos procedentes de un ámbito
académico distinto del europeo, con ideas
diferentes y una agenda política distinta.
No es de extrañar que el modelo de la caza
desaparezca y que sea sustituido por modelos de
forrajeo conceptuales. Este fenómeno se
extiende hasta la actualidad.
Paralelamente a esta concepción, el carroñeo
se implanta como consenso académico generalizado,
ya que Europa no es activa en este tipo de investigación
en África. Ahora todo encaja mejor con
un paradigma neodarvinista de cambio gradual y
progresivo. A unos primeros Homo habilis de cerebros
reducidos, con una tecnología simple, y
una forma de vida basada en el forrajeo y el carroñeo
marginal esporádico, les suceden unos Homo
erectus, con una tecnología achelense más
elaborada, con un modo de vida basado en el forrajeo
y el carroñeo más activo. Así
hasta llegar a nuestra especie en donde la caza
y recolección sería más similar
a lo observable en sociedades no productoras actuales.
En la actualidad, este movimiento es predominante
en el ámbito anglosajón y sigue
una doble vía. La primera, la estrictamente
arqueológica, discute sobre modelos que
no tengan las repercusiones de los antiguos modelos
de caza y recolección aplicados a primeros
homínidos, que no impliquen tanta premeditación
y planificación como nos encontramos en
dichas poblaciones, ni actos de compartimiento
alimenticio intencionado ñcomo rasgo básico
de la conducta humanañ, ni comportamientos
de cooperación que no sean comprensibles
etológicamente. En esta perspectiva aparece,
por ejemplo, el modelo interpretativo de Potts
para los primeros yacimientos de Olduvai, inicialmente
denominado de ìescodrijo de piedrasî
en el que se explica la formación de dicho
registro arqueológico por el establecimiento
en el pasado por parte de los homínidos
de diversos lugares estratégicos en los
que habrían acumulado piedras y que cumplirían
una función de refugios a los que aportar
los recursos animales que se obtuviesen en su
entorno para procesarlos con celeridad para evitar
entrar en competencia con otros carnívoros.
Otros modelos de corte similar ponen especial
énfasis en reconstruir conductas no humanas
para estos antepasados, como el modelo de ìrefugio
de Blumenschine, muy similar al recién
descrito. En estos modelos, la mención
de que los primeros yacimientos pudiesen haber
desempeñado alguna de las funciones identificadas
en campamentos base modernos se estigmatiza.
Una segunda línea, más de carácter
antropológico y etnoarqueológico,
caracterizada por los trabajos de OíConnell,
Hawkes y Lupo, pretende en regresar al estudio
de cazadores-recolectores actuales para desmitificar
algunas de las lecturas precipitadas que se habrían
hecho de su forma de vida no sólo para
reconstruir el pasado, sino (y más importante)
para justificar agendas políticas actuales
de discriminación de la mujer y apologías
de la familia nuclear. Recientemente se ha cuestionado
que los hombres aporten significativamente recursos
de origen animal a su propia familia (desligándole
de la importancia crucial que su conducta supone
para la supervivencia de la misma), que la mayor
parte de recursos que consume cada familia es
obtenido por la acción recolectora de la
mujer, que la caza tiene un objetivo más
de prestigio social del cazador con fines políticos
y sexuales que no de supervivencia, etc...
De todo lo dicho hasta ahora se desprende un marco
interpretativo que hemos elaborado en los últimos
20 años muy distinto del que era hegemónico
hasta entonces. Los primeros seres humanos lejos
de ser cazadores eran carroñeros que se
desplazaban en busca de alimento, en el cual la
carne ocupaba un lugar irrelevante y marginal
de sus dietas estructuradas en torno a la recolección,
en el que machos y hembras vivían en armonía
y con una capacidad intelectual muy limitada según
se observa en una pobre tecnología olduvayense,
con escasos criterios en su conducta que indicase
previsión y planificación a largo
plazo, en un comportamiento más orientado
a saciar las necesidades inmediatas que a planificar
las del futuro, dentro de un marco perfectamente
etológico y que da sentido al proceso evolutivo.
También da sentido a la plasmación
de las ideas básicas de lo políticamente
correcto ya que no puede utilizarse dicho marco
para justificar actitudes de marginación
sociales actuales, sino todo lo contrario, éstas
deben desaparecer porque no forman parte del repertorio
de conductas de nuestros antepasados y no son,
por lo tanto, justificables desde un punto de
vista evolutivo. Un elemento digno de reflexión
es que aunque estas preocupaciones formen parte
de las discusiones de buena parte de las sociedades
desarrolladas occidentales, sí es cierto
que son los puntos básicos de la agenda
política de la academia estadounidense,
donde los derechos de la mujer siguen siendo mejor
defendidos que en Europa. Lo que uno se pregunta
a estas alturas es ¿hasta qué punto
esta agenda política no sólo condiciona
la investigación actual sino que también
refleja la realidad del pasado? ¿Cuáles
serían las consecuencias de que la Arqueología
llegase a falsearla?
Los últimos descubrimientos de la arqueología
y su crítica de los modelos anglosajones
de evolución humana uno de los puntos positivos
del proceder académico anglosajón
es que expresa varios de sus planteamientos en
términos de contrastación, con lo
cual son sometibles a comprobación y falsación.
En los últimos años, se han sucedido
una serie de descubrimientos extremadamente relevantes
para reconstruir el proceso de evolución
conductual humana. Curiosamente, estos descubrimientos
proceden en parte de la investigación europea,
que empieza, aunque minoritariamente, a volver
a jugar un papel en la investigación en
África, y sobre todo de hallazgos descubiertos
en Europa, interpretados por un ámbito
académico con una agenda política
distinta de la americana.
Bocherens lidera un equipo que analiza los contenidos
de isótopos de los huesos, animales y humanos,
para reconstruir dietas y paleoecología.
La aplicación de estos estudios a restos
de neandertales resultó en una sorpresa
generalizada. En un momento en el que se cuestionaba
si el neandertal era carroñero (y por lo
tanto, tenía acceso a escasos despojos)
o cazador, resulta que los isótopos de
sus huesos demostraban que tenían una dieta
especializada y basada casi exclusivamente en
la carne. Mientras que los cazadores-recolectores
incluyen la carne en sus dietas en porcentajes
variables (de un 20 % a poblaciones tropicales
a 60 % en poblaciones árticas), los neandertales
tenían una dieta con porcentajes de consumo
cárnico posiblemente superiores al 90 %;
de hecho eran difícilmente distinguibles
de los datos isotópicos que se obtienen
cuando se analizan leones.
Este carnivorismo, en un medio subártico
como el que predominó en buena parte de
Europa durante la eclosión de los neandertales,
con escasos productos vegetales que fuesen reco-
lectables, nos devuelve no sólo una imagen
del neandertal como cazador, sino como un cazador
de presas peligrosas y de gran tamaño,
por lo cual, su conducta e inteligencias debieron
ser más complejas de que lo que se venía
aceptando. Revisiones europeas del mundo neandertal,
como las realizadas por díErrico y Zilhao,
intentan devolver al neandertal al mundo de la
complejidad. Descubrimientos de neandertales asociados
a complejas industrias chatelperronienses, hasta
entonces vinculadas con el Homo sapiens moderno,
la revalidación de su conducta funeraria
(cuestionada por algunos investigadores estadounidenses),
e incluso la aparición de algunos objetos
de arte mobiliar, nos devuelve a los neandertales
al mundo de lo ìhumanoî. El descubrimiento
de un hueso hioides en la cueva de Kebara incluso
llegar a apoyar la hipótesis de que tenía
un lenguaje articulado. El neandertal muestra
en la actualidad todos los rasgos de una sociedad
de cazadores-recolectores con lenguaje y tal vez
arte, inserto en un modo de vida establecido en
asentamientos del tipo campamento.
El estudio y difusión en los últimos
10 años de los homínidos de la Sierra
de Atapuerca, ha puesto de relieve, según
defiende Arsuaga, uno de los investigadores principales,
un comportamiento muy complejo de preocupación
por los muertos, que eran dispuestos en una sima,
en un rasgo humano sin precedentes en el registro
paleontológico mundial. Dicha conducta,
respaldada por el descubrimiento de un cráneo
completo y su hioides, que parece sugerir ya la
posesión de un lenguaje articulado que
acompañaría a este comportamiento,
inesperado por lo complejo y moderno, demostraría
que los seres humanos de hace 300.000 años,
ya eran humanos y que por lo tanto tendrían
la estructura conductual básica que se
define en nuestra especie. La carne también
era una parte importante de sus dietas, como indica
el desgaste del esmalte de sus dientes, por lo
que según los datos del yacimiento de Dolina
tendrían acceso primario a los recursos
animales, muy posiblemente mediante estrategias
de caza.
Este hecho resulta más incontestable en
dos yacimientos alemanes: Schöningen y Bilzingsleben.
En ambos nos encontramos una abundancia de fauna
plagada de marcas de corte en toda su anatomía
que demuestra un acceso primario a los recursos
animales. Sin embargo, la década de los
90 nos reservó una sorpresa sin precedentes
en el mundo de la Arqueología del Pleistoceno:
en el yacimiento de Schöningen se descubrió
un conjunto de lanzas completas de madera de más
de 400.000 años de antigüedad. El
estudio de di- chas lanzas, con una distribución
diferencial del grosor, peso y centros de gravedad,
similares a los de las modernas jabalinas olímpicas,
indicaban que dichos artilugios, elaborados de
manera compleja del corazón (la parte mas
dura) del tronco de árboles jóvenes
de picea, una conífera muy común
en Europa, eran los instrumentos de caza más
antiguos que se conocen en la actualidad.
Algunos artefactos de madera del mismo yacimiento
muestran surcos que indican que podrían
haber sido útiles de enmangamiento, algo
que se pensaba mucho más tardío
en la evolución humana, al igual que la
abundancia de artefactos sobre hueso creado en
Bilzingsleben de cronología similar a Atapuerca.
Por lo tanto, no sin renuencias por parte del
mundo académico anglosajón, parece
que al menos en el último medio millón
de años, el ser humano ha vivido como cazador
y recolector en asentamientos (como indudablemente
se observa en Bilzigsleben) de tipo campamento
base y con formas de conducta muy avanzadas entre
las que se puede incluir preocupación ritual
por los muertos y posiblemente lenguaje articulado.
Aún cuando se encaja mal semejante reconstrucción
en un marco interpretativo neodarvinista, no trastoca
en exceso sus preceptos. Dicha complejidad es
admisible si aparece en la parte final del proceso
evolutivo humanos y no antes. Aún quedaría
por explicar la sucesión de homínidos
en este patrón conductual, difícilmente
comprensible sin la perspectiva tradicional que
vincula tipos humanos a tecnologías y formas
de vida. En Europa la caza y recolección
parece haber formado parte básica de la
vida de grupos humanos con variedad tecnológica
que va desde industrias olduvayenses y achelenses
del Pleistoceno medio, pasando por las formas
musterienses y las industrias del Paleolítico
superior (chatelperroniense, auriñaciense,
solutrense y magdaleniense) del Pleistocene
superior.
¿Qué ocurre antes? ¿Eran
los primeros seres humanos que empiezan a generar
yacimientos arqueológicos muy diferentes
a nivel conductual de sus descendientes evolutivos
del Pleistoceno medio? Después de dos décadas
de discusión, el desarrollo de análisis
de procesos de formación del registro arqueológico
Plio-Pleistocenico africano ha demostrado que
los homínidos fueron los responsables principales
del mismo y se ha consensuado el modelo de forrajero
de lugar central definido por Isaac para explicar
la aparición de los primeros yacimientos
arqueológicos.
Este modelo es similar al modelo de campamento
base, pero exento de las implicaciones sociales
de éste; es decir, se piensa que los homínidos
seleccionaban deter- minados enclaves en el paisaje
que actuaban de foco central de actividades y
a los que se aportaban materias primas, elaboraban
herramientas, se transportaban animales y se consumían
y se realizaban otras actividades, tal y como
sugiere el estudio del desgaste del filo del algunos
útiles.
También se ha observado que las primeras
industrias olduvayenses tenían una función
especial, la elaboración de lascas afiladas
de piedra que actuaban como cuchillos, para extraer
la carne de los animales que se consumían,
y que algunos de los artefactos nodulares que
anteriormente se pensaban que eran útiles
tuvieron más una función de soporte
de extracción de dichas lascas en un continuum
de una cadena operativa de desgaste de nódulos
que se tradujo en la diversidad de formas reconocida.
También se observó que los homínidos
ejercieron un especial control en la selección
de materias primas para fabricar herramientas,
aportando algunas de ellas de fuentes distantes
a varios kilómetros de distancia, en un
claro ejercicio de previsión y planificación.
También se ha observado que la explotación
de estas materias es distinta en función
del grado de aloctonía o proximidad. La
reconstrucción de los procesos de talla
en estos yacimientos nos ha permitido ver que
estos homínidos se desplazaban constantemente
transportando sus herramientas y percutores, explotando
el mismo núcleo en enclaves distintos hasta
su agotamiento o su abandono por criterios de
beneficio energético.
Un descubrimiento reciente en el Awash medio en
Etiopía ha permitido identificar un yacimiento
arqueológico de 2,5 millones de años
de antigüedad en el que un grupo de homínidos
desarticuló un animal y lo procesaron con
herramientas de piedra, según se observa
en la distribución de las marcas de corte
dejadas en los huesos de la presa, sin que una
excavación en extensión revelase
ni una sola lasca de piedra. La fuente de materia
prima más próxima se encontraba
en la zona de Gona a bastantes kilómetros
del Awash medio, por lo cual, los homínidos
que hacían incursiones en dicha zona, lo
hacían a sabiendas de la falta de materia
prima para elaborar herramientas y, por lo cual
debían transportar su utillaje consigo,
hecho que se documenta sistemáticamente
en la mayor parte de los yacimientos arqueológicos
de este período.
Un transporte sistemático de utillaje lítico
sería la prueba más palpable de
previsión y planificación, hechos
que contradicen los presupuestos anglosajones
de que el olduvayense es una industria expeditiva
que se elabora y descarta en su lugar de utilización.
Independientemente, un equipo francés en
Uganda y otro español en Tanzania han documentado
que el proceso de talla y ex- tracción
de lascas en la industria olduvayense de este
período no es un acto aleatorio y desorganizado.
Los homínidos procedían a explotar
al máximo las secuencias de desbastado
de los núcleos, con estrategias de talla
centrípetas indistinguibles a nivel técnico
de lo que más de un millón y medio
de años más tarde va a denominarse
técnica levallois, reconocida como el máximo
exponente de una gran inteligencia y habilidad
por parte de nuestros antepasados evolutivos.
Pues bien, estas estrategias de explotación
ya están presentes en los yacimientos donde
los seres humanos tenían aún un
tamaño cerebral significativamente menor
que el actual de nuestra especie.
Este es un proceso revolucionario que trastoca
prejuicios evolutivos muy arraigados en los últimos
años.
Del mismo modo, el equipo español que trabaja
en la zona de Peninj ha realizado diversos descubrimientos
de relevancia para este debate. En Peninj, al
igual que en Olduvai se han descubierto yacimientos
olduvayenses que son contemporáneos de
yacimientos achelenses, sobre los mismos paleosuelos,
pero situados en enclaves ecológicos distintos.
Los yacimientos olduvayenses aparecen en proximidad
al lago y abundan en recursos fauníticos,
mientras que los yacimientos acehelenses se distribuyen
alejados de los lagos y en entornos fluviales
y carecen de fauna.
En lo que ha pasado a ser un enfoque ecológico-conductual,
se ha podido descubrir, por la preservación
espléndida de uno de los yacimientos, la
función de las herramientas achelenses
en uno de los yacimientos sellados en condiciones
de muy baja energía. Los filos de las hachas
de piedra han conservado los microrrestos vegetales
(fitolitos) de las plantas que se procesaron mediante
su utilización. Estos fitolitos nos han
permitido descubrir que dichas hachas se emplearon
para cortar madera de Acacia. Lo inesperado de
este descubrimiento es que traslada al menos un
millón de años atrás en el
tiempo las evidencias de la existencia del trabajo
de la madera, hasta ahora considerado un rasgo
moderno y fundamental para la existencia de una
tecnología que capacitase la caza. Por
la morfología del tronco y ramas de la
Acacia, lo más probale es que los homínidos
de hace 1,5 millones de años estuviesen
fabricando en Peninj lanzas o palos excavadores
o ambos al mismo tiempo.
En la misma zona se ha descubierto que la fauna
acumulada en los yacimientos olduvayenses se consiguió
mediante estrategias de acceso primario incompatibles
con actos de carroñeo, por lo cual dos
hechos vuelves a saltar a la vanguardia de la
discusión evolutiva: a carne era un elemento
importante en la subsistencia de aquellos homínidos
y su obtención parece que precisó
de conductas cinegéticas que contradicen
los marcos referenciales e interpretativos elaborados
en el ámbito anglosajón en los últimos
veinte años.
Algunos de estos descubrimientos realizados en
un ámbito acadé-mico europeo deslegitimizan
la reconstrucción al uso de nuestros antepasados
y, en cierto modo, nos devuelven a marcos interpretativos
similares a los existentes previamente a la eclosión
de la investigación estadounidense en África.
Desde este punto de vista puede incorporarse un
curioso fenómeno de reversión. Los
referentes sacados de poblaciones actuales de
cazadores-recolectoras serían poco acertados
no por el carácter de la modernidad de
sus estrategias de supervivencia, concibiendo
el mismo como el final de un proceso hacia lo
complejo, sino por la regresión de determinadas
pautas conductuales dado el carácter marginal
de su adaptación y su encapsulamiento por
poblaciones productoras.
El ejemplo de los Hadza utilizado para restar
peso a interpretaciones tradicionales de los roles
sexuales en las economías no productoras
se topa con las siguientes objeciones: los Hadza
(como el resto de poblaciones de cazadores-recolectores,
sobre todo áfricanos) tienen anatomías
extremadamente gráciles en comparación
con las de los homínidos del género
humano a lo largo de los últimos dos millones
de años. Esto se traduce en una menor necesidad
energética. Al mismo tiempo, parte de los
carbohidratos que necesitan en su dieta (en el
caso de los pigmeos, por ejemplo, la práctica
totalidad) es provisto por sociedades productoras
que nunca existieron en el Plio-Pleistoceno.
Por ambas razones, el carácter histórico
de los cazadores-recolectores modernos ha derivado
en una situación en la que la caza tiene
un menor peso específico de lo que seguramente
tuvo en el pasado. Esto ha permitido que dicho
comportamiento pudiese adoptar en la actualidad
otros roles, como el del prestigio social, que
antiguamente pudo no haber existido, teniendo
un carácter fundamentalmente subsistencial
que hoy en día se ha relajado. Por consiguiente,
desde el punto de vista de una agenda política,
en el ámbito académico europeo se
defendería la necesidad de una justicia
social actual más desde el prisma de que
el proceso evolutivo se ha dirigido hacia una
relajación y /o desaparición de
roles que han sido tradicionales en nuestras sociedades
(y que siguen siéndolo en la mayor parte
de sociedades del planeta) desde un pasado en
el que fueron necesarios para la supervivencia,
que no justificar un presente desde un pasado
reconstruído como un paraíso miltoniano.
La Arqueología tiene un papel esencial
en el estudio de la evolución humana. En
estos momentos, en los que poseemos más
información que nunca sobre el proceso
de hominización, nuestro grado de desconcierto
ha alcanzado su zénit, precisamente porque
ha empujado al paradigma neodarvinista tradicional
a un pozo de contradicciones.
Mientras que es posible pensar que la evolución
ha seguido un camino de formas simples hacia formas
cada vez más perfectas en un esquema unilineal
que se inicia con Ardipithecus ramidus, pasa por
diversas especies de Australopithecus hasta desembocar
en Homo, en la actualidad también se concebible
(y posiblemente más probable) una concepción
evolutiva distinta: el inicio del proceso de hominización
ocurre con la aparición de formas muy primitivas
Ardipithecus-Australopithecus) y formas más
modernas (Orrorin-Kenyanthropus) que evolucionan
paralelamente, conduciendo las últimas
a la aparición del género humano
(Homo). En este marco resulta mucho menos descabellado
el surgimiento de comportamientos tan modernos
y complejos como los que nos sugieren los yacimientos
plio-pleistocénicos áfricanos.
Cuanto más profundizamos en dichos yacimientos,
más complejo es el comportamiento que reconstruímos.
La sensación que se extrae de los estudios
realizados en los últimos años es
de que la estructura básica del comportamiento
humano, definida como el establecimiento de conductas
solidarias en una asociación entre machos
y hembras con una estrategia reproductora diferente
del resto del ámbito primate y articulada
a nivel espacial con la formación de asentamientos
similares a los campamentos base modernos (sin
tener que ser iguales, posiblemente más
perentorios), en los que la dieta de calidad con
intromisión significativa de proteínas
animales jugó un papel relevante y con
ella, la caza, fueron los elementos que justifican
la aparición del género humano.
Esta situación nos obliga a redefinir lo
simple y lo complejo y nos obliga a pensar en
procesos evolutivos desde un prisma distinto del
tradicional enfoque neodarvinista que sigue siendo
predominante en el ámbito académico
anglosajón. Es necesario incorporar nuevos
paradigmas que admitan la presencia de estadios
complejos en inicios de procesos evolutivos de
cambio y que, dentro de éstos pueda concebirse
como la complejidad pudo tener tempranos orígenes
y pudo evolucionar a lo largo del tiempo.
Enero 2002