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fuente http://www.marxists.org/espanol/index.htm
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El
secreto de la acumulación en la montaña
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CAPITULO
XXIV
LA LLAMADA ACUMULACION ORIGINARIA
1. EL SECRETO DE LA ACUMULACION ORIGINARIA
La acumulación de capital
presupone la plusvalía; la plusvalía,
la producción capitalista, y ésta, la
existencia en manos de los productores de mercancías
de grandes masas de capital y fuerza de trabajo. Todo
este proceso parece moverse dentro de un círculo
vicioso, del que sólo podemos salir dando por
supuesto una acumulación "originaria"
anterior a la acumulación capitalista, una acumulación
que no es fruto del régimen capitalista de producción,
sino punto de partida de él.
Ni el dinero ni la mercancía
son de por sí capital, como no lo son tampoco
los medios de producción ni los artículos
de consumo. Hay que convertirlos en capital. Y para
ello han de concurrir una serie de circunstancias concretas,
que pueden resumirse así: han de enfrentarse
y entrar en contacto dos clases muy diversas de poseedores
de mercancías; de una parte, los propietarios
de dinero, medios de producción y artículos
de consumo deseosos de explotar la suma de valor de
su propiedad mediante la compra de fuerza ajena de trabajo;
de otra parte, los obreros libres, vendedores de su
propia fuerza de trabajo y, por tanto, de su trabajo.
Las relaciones capitalistas presuponen
el divorcio entre los obreros y la propiedad de las
condiciones de realización del trabajo. La llamada
acumulación originaria no es, pues, más
que el proceso histórico de disociación
entre el productor y los medios de producción.
estos trabajadores recién emancipados sólo
pueden convertirse en vendedores de sí mismos,
una vez que se vean despojados de todos sus medios de
producción y de todas las garantías de
vida que las viejas instituciones feudales les aseguraban.
2. COMO FUE EXPROPIADA
La producción feudal se
caracteriza, en todos los países de Europa, por
la división del suelo entre el mayor número
posible de tributarios. El poder del señor feudal,
como el de todo soberano, no descansaba solamente en
la longitud de su rollo de rentas, sino en el número
de sus súbditos, que, a su vez, dependía
de la cifra de campesinos independientes. No debe olvidarse
jamás que el mismo siervo no sólo era
propietario, aunque sujeto a tributo, de la parcela
de tierra asignada a su casa, sino además copropietario
de los terrenos comunales.
Los grandes señores feudales,
levantándose tenazmente contra la monarquía
y el parlamento, crearon un proletariado incomparablemente
mayor, al arrojar violentamente a los campesinos de
las tierras que cultivaban y sobre las que tenían
los mismos títulos jurídicos feudales
que ellos, y al usurparles sus bienes comunales.
Todavía en los últimos
decenios del siglo XVII, la yeomanry, clase de campesinos
independientes, era más numerosa que la clase
de los arrendatarios. La yeomanry había sido
el puntal más firme de Cromwell, Todavía
no se había despojado a los jornaleros del campo
de su derecho de copropiedad sobre los bienes comunales.
Alrededor de 1750, desapareció la yeomanry y
en los últimos decenios del siglo XVIII se borraron
hasta los últimos vestigios de propiedad comunal
de los agricultores. Aquí, prescindimos de ]os
factores puramente económicos que intervinieron
en la revolución de la agricultura y nos limitamos
a indagar los factores de violencia que la impulsaron.
Bajo la restauración de
los Estuardos, los terratenientes impusieron legalmente
una usurpación que en todo el continente se había
llevado también a cabo sin necesidad de los trámites
de la ley. Esta usurpación consistió en
abolir el régimen feudal del suelo, es decir,
en transferir sus deberes tributarios al Estado, "indemnizando"
a éste por medio de impuestos sobre los campesinos
y el resto de las masas del pueblo, reivindicando la
moderna propiedad privada sobre fincas en las que sólo
asistían a los terratenientes títulos
feudales y, finalmente, dictando aquellas leyes de residencia
(laws of settlement) que, mutatis mutandis, [con cambios
correspondientes] ejercieron sobre los labradores ingleses
la misma influencia que el edicto del tártaro
Borís Godunov sobre los campesinos rusos.
La Revolución gloriosa
entregó el poder, al ocuparlo Guillermo III de
Orang, a los terratenientes y capitalistas-acaparadores.
Estos elementos consagraron la nueva era, entregándose
en una escala gigantesca al saqueo de los terrenos de
dominio público, que hasta entonces sólo
se había practicado en proporciones muy modestas.
Estos terrenos fueron regalados, vendidos a precios
irrisorios o simplemente anexionados a otros de propiedad
privada, sin encubrir la usurpación bajo forma
alguna. Y todo esto se llevó a cabo sin molestarse
en cubrir ni la más mínima apariencia
legal.
Estos bienes del dominio público,
apropiados de modo tan fraudulento, en unión
de los bienes de que se despojó a la Iglesia
-los que no le habían sido usurpados ya por la
revolución republicana-, son la base de esos
dominios principescos que hoy posee la oligarquía
inglesa. Los capitalistas burgueses favorecieron esta
operación, entre otras cosas, para convertir
el suelo en un artículo puramente comercial,
extender la zona de las grandes explotaciones agrícolas,
hacer que aumentase la afluencia a la ciudad de proletarios
libres y desheredados del campo, etc.
Además, la nueva aristocracia
de la tierra era la aliada natural de la nueva bancocracia,
de la alta finanza, que acababa de dejar el cascarón,
y de los grandes manufactureros, atrincherados por aquel
entonces detrás del proteccionismo aduanero.
La burguesía inglesa obró en defensa de
sus intereses con el mismo acierto con que la de Suecia,
siguiendo el camino contrario y haciéndose fuerte
en su baluarte económico, el campesinado, apoyó
a los reyes desde 1604 y más tarde bajo Carlos
X y Carlos XI y les ayudó a rescatar por la fuerza
los bienes de la Corona de manos de la oligarquía.
Los bienes comunales -completamente
distintos de los bienes de dominio público, a
que acabamos de referirnos- eran una institución
de viejo origen germánico, que se mantenía
vigentes gracias al feudalismo. Hemos visto que la usurpación
violenta de estos bienes, acompañada casi siempre
por la transformación de las tierras de labor
en pastos, comienza a fines del siglo XV y prosigue
a lo largo del siglo XVI.
La forma parlamentaria que reviste
este despojo es la de los Bills for Inclosures of Commons
(leyes sobre el cercado de terrenos comunales); dicho
en otros términos, decretos por medio de los
cuales los terratenientes se regalan a sí mismos
en propiedad privada las tierras del pueblo, decretos
de expropiación del pueblo.
Al paso que los yeomen independientes
eran sustituidos por los tenants-at-will -pequeños
colonos con contrato por un año, es decir, una
chusma servil sometida al capricho de los terratenientes-,
el despojo de los bienes del dominio público,
y sobre todo la depredación sistemática
de los terrenos comunales, ayudaron a incrementar esas
grandes posesiones que se conocían en el siglo
XVIII con los nombres de haciendas capitales.
3. LEGISLACION SANGRIENTA
CONTRA LOS EXPROPIADOS, A PARTIR DE FINES DEL SIGLO
XV. LEYES REDUCIENDO EL SALARIO
Los contingentes expulsados de
sus tierras al disolverse las huestes feudales y ser
expropiados a empellones y por la fuerza formaban un
proletariado libre y privado de medios de existencia,
que no podía ser absorbido por las manufacturas
con la misma rapidez con que aparecía en el mundo.
Por otra parte, estos seres que de repente se veían
lanzados fuera de su órbita acostumbrada de vida,
no podían adaptarse con la misma celeridad a
la disciplina de su nuevo estado. Y así, una
masa de ellos fue convirtiéndose en mendigos,
salteadores y vagabundos; algunos por inclinación,
pero los más, obligados por las circunstancias.
De aquí que a fines del siglo XV y durante todo
el siglo XVI se dictase en toda Europa Occidental una
legislación sangrienta persiguiendo el vagabundaje.
De este modo, los padres de la clase obrera moderna
empezaron viéndose castigados por algo de que
ellos mismos eran víctimas, por verse reducidos
a vagabundos y mendigos. La legislación los trataba
como a delincuentes "voluntarios", como si
dependiese de su buena voluntad el continuar trabajando
en las viejas condiciones, ya abolidas.
Véase, pues, cómo
después de ser violentamente expropiados y expulsados
de sus tierras y convertidos en vagabundos, se encajaba
a los antiguos campesinos, mediante leyes grotescamente
terroristas a fuerza de palos, de marcas a fuego y de
tormentos, en la disciplina que exigía el sistema
del trabajo asalariado.
La burguesía, que va ascendiendo,
necesita y emplea todavía el poder del Estado
para "regular" los salarios, es decir, para
sujetarlos dentro de los límites que benefician
a la extracción de plusvalía, y para alargar
la jornada de trabajo y mantener al mismo obrero en
el grado normal de dependencia. Es éste un factor
esencial de la llamada acumulación originaria.
4. GENESIS DEL ARRENDATARIO
CAPITALISTA
Después de exponer el
proceso de violenta creación de los proletarios
libres y desheredados, el régimen sanguinario
con que se les convirtió en obreros asalariados,
las sucias altas medidas estatales que, aumentando el
grado de explotación del trabajo elevaban, con
medios policíacos, la acumulación del
capital, cumple preguntar: ¿Cómo surgieron
los primeros capitalistas?
Pues la expropiación de
la población campesina sólo crea directamente
grandes propietarios de tierra. En cuanto a la génesis
del arrendatario, puede, digámoslo así,
tocarse con la mano, pues constituye un proceso lento,
que se arrastra a lo largo de muchos siglos. Los propios
siervos, y con ellos los pequeños propietarios
libres no tenían todos, ni mucho menos, la misma
situación patrimonial, siendo por tanto emancipados
en condicionas económicas muy distintas.
Durante el siglo XV, mientras
el campesino independiente y el obrero agrícola,
que, además de trabajar a jornal para otro, cultiva
su propia tierra, se enriquecen con su trabajo, las
condiciones de vida del arrendatario y su campo de producción
no salen de la mediocridad. La revolución agrícola
del último tercio del siglo XV, que dura casi
todo el siglo XVI (aunque exceptuando los últimos
decenios), enriquece al arrendatario con la misma celeridad
con que empobrece a la población rural. La usurpación
de los pastos comunales, etc., le permite aumentar considerablemente
casi sin gastos su contingente de ganado, al paso que
éste le suministra abono más abundante
para cultivar la tierra.
En el siglo XVI viene a añadirse
a éstos un factor decisivo. Los contratos de
arrendamiento eran entonces contratos a largo plazo,
abundando los de noventa y nueve años. La constante
depreciación de los metales preciosos, y por
tanto del dinero, fue para los arrendatarios una lluvia
de oro. Hizo -aun prescindiendo de todas las circunstancias
ya expuestas- que descendiesen los salarios. Una parte
de éstos pasó a incrementar las ganancias
del arrendatario. El alza incesante de los precios del
trigo, de la lana, de la carne, en una palabra, de todos
los productos agrícolas, vino a hinchar, sin
intervención suya, el capital en dinero del arrendatario,
mientras que la renta de la tierra, que él tenía
que abonar, se contraía en su antiguo valor en
dinero. De este modo, se enriquecía a un tiempo
mismo a costa de los jornaleros y del propietario de
la tierra. Nada tiene, pues, de extraño que,
a fines del siglo XVI, Inglaterra contase con una clase
de "arrendatarios capitalistas" ricos, para
lo que se acostumbraba en aquellos tiempos.
5. LA INFLUENCIA INVERSA DE
LA REVOLUCION AGRICOLA SOBRE LA INDUSTRIA. FORMACION
DEL MERCADO INTERIOR PARA EL CAPITAL INDUSTRIAL
La expropiación y el desahucio
de la población campesina, realizados por ráfagas
y constantemente renovados, hacía afluir a la
industria de las ciudades, como hemos visto, masas cada
vez más numerosas de proletarios desligados en
absoluto del régimen gremial.
A pesar de haber disminuido el
número de brazos que la cultivaban, la tierra
seguía dando el mismo producto o aún más,
pues la revolución operada en el régimen
de la propiedad inmueble lleva aparejados métodos
perfeccionados de cultivo, mayor cooperación,
concentración de los medios de producción,
etc., y los jornaleros del campo no sólo son
explotados más intensamente, sino que, además,
va reduciéndose en proporciones cada vez mayores
el campo de producción en que trabajan para ellos
mismos.
Con la parte de la población
rural que queda disponible quedan también disponibles,
por tanto, sus antiguos medios de subsistencia, que
ahora se convierten en elemento material del capital
variable. Ahora, el campesino lanzado al arroyo, si
quiere vivir, tiene que comprar el valor de sus medios
de vida a su nuevo señor, el capitalista industrial,
en forma de salario. Y lo que ocurre con los medios
de vida, ocurre también con las primeras materias
agrícolas, de producción local, suministradas
a la industria. Estas se convierten en elemento del
capital constante.
gamos, por ejemplo, que una parte de los campesinos
de Westfalia, que en tiempos de Federico II hilaban
todos lino, fue expropiada violentamente y arrojada
de sus tierras, mientras los restantes se convertían
en jornaleros de los grandes arrendatarios. Simultáneamente,
surgen grandes fábricas de hilados de lino y
de tejidos, en las que entran a trabajar por un jornal
los brazas que han quedado "disponibles".
El lino sigue siendo el mismo de antes. No ha cambiado
en él ni una sola fibra, y sin embargo, en su
cuerpo se alberga ahora una alma social nueva, pues
este lino forma ahora parte del capital constante del
dueño de la manufactura. Antes, se distribuía
entre un sinnúmero de pequeños productores,
que lo cultivaban por sí mismos y lo hilaban
en pequeñas cantidades, con sus familias; ahora,
se concentra en manos de un solo capitalista, que hace
que otros hilen y tejan para él.
Ahora, se traduce en ganancia
para un puñado de capitalistas. Los husos y los
telares, que antes se distribuían por toda la
comarca, se aglomeran ahora, con los obreros y la materia
prima, en unos cuantos cuarteles del trabajo. Y de medios
de vida independiente para hilanderos y tejedores, los
husos, los telares y la materia prima se convierten
en medios para someterlos al mando de otro y para arrancarles
trabajo no retribuido.
La expropiación y el desahucio
de una parte de la población rural, no sólo
deja a los obreros, sus medios de vida y sus materiales
de trabajo disponibles para que el capital industrial
los utilice, sino que además crea el mercado
interior.
En efecto, el movimiento que convierte a los pequeños
labradores en obreros asalariados y a sus medios de
vida y de trabajo en elementos materiales del capital,
crea para éste, paralelamente, su mercado interior.
Antes, la familia campesina producía y elaboraba
los medios de vida y las materias primas, que luego
eran consumidas, en su mayor parte, por ella misma.
Pues bien estas materias primas
y estos medios de vida se convierten ahora en mercancías,
vendidas por los grandes arrendatarios, que encuentran
su mercado en las manufacturas. El hilo, el lienzo,
los artículos bastos de lana, objetos todos de
cuya materia prima disponía cualquier familia
campesina y que ella hilaba y tejía para su uso,
se convierten ahora en artículos manufacturados,
que tienen su mercado precisamente en los distritos
rurales. La numerosa clientela diseminada y controlada
hasta aquí por una muchedumbre de pequeños
productores que trabajaban por cuenta propia se concentra
ahora en un gran mercado atendido por el capital industrial.
De este modo, a la par con la expropiación de
los antiguos labradores independientes y su divorcio
de los medios de producción, avanza la destrucción
de las industrias rurales secundarias, el proceso de
diferenciación de la industria y la agricultura.
Sólo la destrucción de la industria doméstica
rural puede dar al mercado interior de un país
las proporciones y la firmeza que necesita el régimen
capitalista de producción.
Sin embargo, el período
propiamente manufacturero no aporta, en realidad, transformación
radical alguna. Recuérdese que la manufactura
sólo invade la producción nacional de
un modo fragmentario y siempre sobre el vasto panorama
del artesanado urbano y de la industria secundaria doméstico-rural.
Aunque elimine a ésta bajo ciertas formas, en
determinadas ramas industriales y en algunos puntos,
vuelve a ponerla en pie en otros en que ya estaba destruida,
pues necesita de ella para transformar la materia prima
hasta cierto grado de elaboración. La manufactura
hace brotar, por tanto, una nueva clase de pequeños
campesinos, que sólo se dedican a la agricultura
como empleo secundario, explotando como oficio preferente
un trabajo industrial para vender su producto a la manufactura,
ya sea directamente o por mediación de un comerciante.
He aquí una de las causas, aunque no la fundamental,
de un fenómeno que al principio desorienta a
quien estudia la historia de Inglaterra. Desde el último
tercio del siglo XV, se escuchan en ella quejas constantes,
interrumpidas sólo a intervalos, sobre los progresos
del capitalismo en la agricultura y la destrucción
progresiva de la clase campesina.
6. GENESIS DEL CAPITALISTA
INDUSTRIAL
La génesis del capitalista
industrial no se desarrolla de un modo tan lento y paulatino
como la del arrendatario. Es indudable que ciertos pequeños
maestros artesanos, y todavía más ciertos
pequeños artesanos independientes, e incluso
obreros asalariados, se convirtieron en pequeños
capitalistas, y luego, mediante la explotación
del trabajo asalariado en una escala cada vez mayor
y la acumulación consiguiente, en capitalistas
sans phrase [sin reservas].
La Edad Media había legado
dos formas distintas de capital, que alcanzaron su sazón
en las más diversas formaciones socioeconómicas
y que antes de llegar la era del modo de producción
capitalista eran consideradas capital quand même
[por antonomasia]: capital usurario y capital comercial.
El descubrimiento de los yacimientos
de oro y plata de América, el exterminio, la
esclavización y el sepultamiento en las minas
de la población aborigen, el comienzo de la conquista
y el saqueo de las Indias Orientales, la conversión
del continente africano en cazadero de esclavos negros:
tales son los hechos que señalan los albores
de la era de producción capitalista. Estos procesos
idílicos representan otros tantos factores fundamentales
en el movimiento de la acumulación originaria.
Tras ellos, pisando sus huellas, viene la guerra comercial
de las naciones europeas, con el planeta entero por
escenario.
Las diversas etapas de la acumulación
originaria tienen su centro, en un orden cronológico
más o menos preciso, en España, Portugal,
Holanda, Francia e Inglaterra. Es aquí, en Inglaterra,
donde a fines del siglo XVII se resumen y sintetizan
sistemáticamente en el sistema colonial, el sistema
de la deuda pública, el moderno sistema tributario
y el sistema proteccionista. En parte, estos métodos
se basan, como ocurre con el sistema colonial, en la
más burda de las violencias. Pero todos ellos
se valen del poder del Estado, de la fuerza concentrada
y organizada de la sociedad, para acelerar a pasos agigantados
el proceso de transformación del modo feudal
de producción en el modo capitalista y acortar
las transiciones.
Hoy, la supremacía industrial
lleva consigo la supremacía comercial. En el
verdadero período manufacturero sucedía
lo contrario: era la supremacía comercial la
que daba el predominio en el campo de la industria.
De aquí el papel predominante que en aquellos
tiempos desempeñaba el sistema colonial. Era
el "dios extranjero" que venía a entronizarse
en el altar junto a los viejos ídolos de Europa
y que un buen día los echaría a todos
a rodar de un empellón. Este dios proclamaba
la acumulación de plusvalía como el fin
último y único de la humanidad.
Con la deuda pública surgió
un sistema internacional de crédito, detrás
del que se esconde con frecuencia, en tal o cual pueblo,
una de las fuentes de la acumulación originaria.
Como la deuda pública tiene que ser respaldada
por los ingresos del Estado, que han de cubrir los intereses
y demás pagos anuales, el sistema de los empréstitos
públicos tenía que ser forzosamente el
complemento del moderno sistema tributario. Los empréstitos
permiten a los gobiernos hacer frente a gastos extraordinarios
sin que el contribuyente se dé cuenta de momento,
pero provocan, a la larga, un recargo en los tributos.
A su vez, el recargo de impuestos que trae consigo la
acumulación de las deudas contraídas sucesivamente
obliga al Gobierno a emitir nuevos empréstitos,
en cuanto se presentan nuevos gastos extraordinarios.
El sistema fiscal moderno, que gira todo él en
torno a los impuestos sobre los artículos de
primera necesidad (y por tanto a su encarecimiento)
lleva en sí mismo, como se ve, el resorte propulsor
de su progresión automática. El excesivo
gravamen impositivo no es un episodio pasajero, sino
más bien un principio.
El sistema proteccionista fue
un medio artificial para fabricar fabricantes, expropiar
a los obreros independientes, capitalizar los medios
de producción y de vida de la nación y
abreviar violentamente el tránsito del modo antiguo
al modo moderno de producción. Los Estados europeos
se disputaron la patente de este invento y, una vez
puestos al servicio de los acumuladores de plusvalía,
abrumaron a su propio pueblo y a los extraños,
para conseguir aquella finalidad, con la carga indirecta
de los aranceles protectores, con el fardo directo de
las primas de exportación, etc.
En los países secundarios
dependientes vecinos se exterminó violentamente
toda la industria, como hizo por ejemplo Inglaterra
con las manufacturas laneras en Irlanda. En el continente
europeo, vino a simplificar notablemente este proceso
el precedente de Colbert. Aquí, una parte del
capital originario de los industriales sale directamente
del erario público.
El sistema colonial, la deuda
pública, la montaña de impuestos, el proteccionismo,
las guerras comerciales, etc., todos estos vástagos
del verdadero período manufacturero se desarrollaron
en proporciones gigantescas durante los años
de infancia de la gran industria... El nacimiento de
esta industria es festejado con la gran cruzada heródica
del rapto de niños. Las fábricas reclutan
su personal, como la Marina real, por medio de la prensa.
Sir F. M. Eden, al que tanto enorgullecen las atrocidades
de la campaña librada desde el último
tercio del siglo XV hasta su época, fines del
siglo XVIII, para expropiar de sus tierras a la población
del campo, que tanto se complace en ensalzar este proceso
histórico como un proceso "necesario"
para abrir paso a la agricultura capitalista e "instaurar
la proporción justa entre la tierra de labor
y la destinada al ganado", no acredita la misma
perspicacia económica cuando se trata de reconocer
la necesidad del robo de niños y de la esclavitud
infantil para abrir paso a la transformación
de la manufactura en industria fabril e instaurar la
proporción justa entre el capital y la fuerza
de trabajo.
7. TENDENCIA HISTORICA DE
LA ACUMULACION CAPITALISTA
¿A qué se reduce
la acumulación originaria del capital, es decir,
su génesis histórica? En tanto que no
es la transformación directa del esclavo y del
siervo de la gleba en obrero asalariado, o sea, un simple
cambio de forma, la acumulación originaria significa
solamente la expropiación del productor directo,
o lo que es lo mismo, la destrucción de la propiedad
privada basada en el trabajo propio. La propiedad privada,
por oposición a la social, colectiva, sólo
existe allí, donde los medios de trabajo y las
condiciones externas de éste pertenecen a particulares.
Pero el carácter de la propiedad privada es muy
distinto, según que estos particulares sean los
trabajadores o los que no trabajan. Las infinitas modalidades
que a primera vista presenta la propiedad privada no
hacen más que reflejar los estados intermedios
situados entre esos dos extremos.
La propiedad privada del trabajador
sobre sus medios de producción es la base de
la pequeña producción y ésta es
una condición necesaria para el desarrollo de
la producción social y de la libre individualidad
del propio trabajador. Cierto es que este modo de producción
existe también bajo la esclavitud, bajo la servidumbre
de la gleba y en otras relaciones de dependencia. Pero
sólo florece, sólo despliega todas sus
energías, sólo conquista la forma clásica
adecuada allí donde el trabajador es propietario
privado y libre de las condiciones de trabajo manejadas
por él mismo, el campesino dueño de la
tierra que trabaja, el artesano dueño del instrumento
que maneja como virtuoso.
Este modo de producción
supone el fraccionamiento de la tierra y de los demás
medios de producción. Excluye la concentración
de éstos y excluye también la cooperación,
la división del trabajo dentro de los mismos
procesos de producción, el dominio y la regulación
social de la naturaleza, el libre desarrollo de las
fuerzas productivas de la sociedad. Sólo es compatible
con unos límites estrechos y primitivos de la
producción y de la sociedad. Querer eternizarlo,
equivaldría, como acertadamente dice Pecqueur,
a "decretar la mediocridad general". Pero,
al llegar a un cierto grado de progreso, él mismo
crea los medios materiales para su destrucción.
A partir de este momento, en el seno de la sociedad
se agitan fuerzas y pasiones que se sienten aherrojadas
por él. Hácese necesario destruirlo, y
es destruido. Su destrucción, la transformación
de los medios de producción individuales y desperdigados
en medios socialmente concentrados de producción,
y por tanto de la propiedad minúscula de muchos
en propiedad gigantesca de unos pocos; la expropiación
de la gran masa del pueblo, privándola de la
tierra y de los medios de vida e instrumentos de trabajo,
esta horrible y penosa expropiación de la masa
del pueblo forma la prehistoria del capital. Abarca
toda una serie de métodos violentos, entre los
cuales sólo hemos pasado revista aquí
a los que han hecho época como métodos
de acumulación originaria del capital. La expropiación
de los productores directos se lleva a cabo con el más
despiadado vandalismo y bajo el acicate de las pasiones
más infames, ruines, mezquinas y odiosas. La
propiedad privada fruto del propio esfuerzo y basada,
por decirlo así, en la compenetración
del obrero individual e independiente con sus condiciones
de trabajo, es desplazada por la propiedad privada capitalista,
que se basa en la explotación de la fuerza de
trabajo ajena, aunque formalmente libre Una vez que
este proceso de transformación ha corroído
suficientemente, en profundidad y extensión,
la sociedad antigua, una vez que los productores se
han convertido en proletarios y sus condiciones de trabajo
en capital, una vez que el modo capitalista de producción
se mueve ya por sus propios medios, el rumbo ulterior
de la socialización del trabajo y de la transformación
de la tierra y demás medios de producción
en medios de producción explotados socialmente,
es decir, sociales, y por tanto, la marcha ulterior
de la expropiación de los propietarios privados,
cobra una forma nueva. Ahora ya no es el trabajador
que gobierna su economía el que debe ser expropiado,
sino el capitalista que explota a numerosos obreros.
Esta expropiación se lleva
a cabo por el juego de leyes inmanentes de la propia
producción capitalista, por la centralización
de los capitales. Un capitalista devora a muchos otros.
Paralelamente a esta centralización o expropiación
de una multitud de capitalistas por unos pocos, se desarrolla
cada vez en mayor escala la forma cooperativa del proceso
del trabajo, se desarrolla la aplicación tecnológica
consciente de la ciencia, la metódica explotación
de la tierra, la transformación de los medios
de trabajo en medios de trabajo que sólo pueden
ser utilizados en común, y la economía
de todos los medios de producción, por ser utilizados
como medios de producción del trabajo combinado,
del trabajo social, el enlazamiento de todos los pueblos
por la red del mercado mundial y, como consecuencia
de esto, el carácter internacional del régimen
capitalista.
A la par con la disminución
constante del número de magnates del capital,
que usurpan y monopolizan todas las ventajas de este
proceso de transformación, aumenta la masa de
la miseria, de la opresión, de la esclavitud,
de la degradación y de la explotación;
pero aumenta también la indignación de
la clase obrera, que constantemente crece en número,
se instruye, unifica y organiza por el propio mecanismo
del proceso capitalista de producción.
El monopolio del capital se convierte
en traba del modo de producción que ha florecido
junto con él y bajo su amparo. La centralización
de los medios de producción y la socialización
del trabajo llegan a tal punto que se hacen incompatibles
con su envoltura capitalista. Esta se rompe. Le llega
la hora a la propiedad privada capitalista. Los expropiadores
son expropiados.
El modo capitalista de apropiación
que brota del modo capitalista de producción,
y, por tanto, la propiedad privada capitalista, es la
primera negación de la propiedad privada individual
basada en el trabajo propio. Pero la producción
capitalista engendra, con la fuerza inexorable de un
proceso de la naturaleza, su propia negación.
Es la negación de la negación. Esta no
restaura la propiedad privada, sino la propiedad individual,
basada en los progresos de la era capitalista: en la
cooperación y en la posesión colectiva
de la tierra y de los medios de producción creados
por el propio trabajo.
La transformación de la
propiedad privada dispersa, basada en el trabajo personal
del individuo, en propiedad privada capitalista es,
naturalmente, un proceso muchísimo más
lento, más difícil y más penoso
de lo que será la transformación de la
propiedad privada capitalista, que de hecho se basa
ya en un proceso social de producción, en propiedad
social. Allí, se trataba de la expropiación
de la masa del pueblo por unos cuantos usurpadores;
aquí, de la expropiación de unos cuantos
usurpadores por la masa del pueblo
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