San Carlos de Bariloche - -
 
 
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
 
 
Académicos
Ponencias, Congresos y Trabajos
Otros Artículos
Artículos anteriores
AlterArte
Pinacoteca, Quinquela, Rob Gonsalves y más
Biblioteca
Elegí tu libro y pedilo a través de un mail.
Comahue
Reglamento - Estatuto

Hecho Histórico tags:

historia acontecimiento
 en bariloche en neuquén
historiadores jornadas de historia filosofía
historia americana
 patagonia
argentina
-
europea metodología teoría de la historia
historia
del
arte

sociología afroasiático
revoluciones
política

 
Trabajo enviado por Sergio


El Estado absolutista y la sociedad

La formación del Estado absolutista

La crisis del siglo XIV, al debilitar el poder feudal, favoreció no sólo la consolidación territorial de los reinos, sino también el fortalecimiento del poder de los reyes, poder que tendió cada vez más hacia el modelo de la monarquía absoluta. Según este modelo, que se afianzó en los siglos XVI y XVII, el poder del rey debía situarse en la cúspide de la sociedad, sin ninguna otra instancia a la que se pudiera apelar. Dentro de las monarquías feudales -pese a la fragmentación del poder- siempre había permanecido la idea de una última instancia un poco imprecisa, el Papa o el Emperador, que además controlaba y legitimaba ese poder real. Dentro de la nueva concepción de la monarquía, la idea de esta instancia superior desaparecía: por encima del rey sólo se encontraba Dios. Los límites al poder monárquico solo podían ser puestos por las leyes de la naturaleza o por las leyes divinas. El modelo finalmente fue organizado en su forma más precisa por Jacques Bossuet (1627-1704), quien formuló la teoría del origen divino del poder real.

Este aumento del poder de los reyes había surgido de una situación de hecho; era necesario, por lo tanto, consolidado y legitimado. Para ello, las monarquías encontraron un formidable instrumento en el viejo derecho romano. Este derecho que regía las relaciones entre el Estado y sus súbditos otorgaba a los reyes la base de su soberanía: la Lex. Tal como formuló este principio, otro de los teóricos del absolutismo, Jean Bodin, a fines del siglo XVI, el rey era soberano por su facultad para hacer leyes y hacerlas cumplir. Mediante la legislación, los reyes podían modificar costumbres y tradiciones, borrar el viejo derecho consuetudinario que regía a la sociedad e imponer nuevas condiciones. Al mismo tiempo también la burguesía lo necesitaba: la recuperación e introducción del derecho civil clásico favoreció, fundamentalmente, el desarrollo del capital libre en la ciudad y en el campo, puesto que la gran nota distintiva del derecho civil romano había sido su concepción de una propiedad privada absoluta e incondicional. Políticamente respondía a las necesidades del Estado absoluto, económicamente a los intereses de la burguesía comercial y manufacturera.

Al mismo tiempo que la soberanía se fundamentaba en la capacidad para legislar, el poder real perdía sus atributos personales: el rey personificaba al Estado. Sus acciones debían encaminarse de acuerdo con criterios y normas de comportamiento político según el principio de la "razón de Estado" que había formulado el florentino Nicolás Maquiavelo (1469-1527) en El Príncipe. El objetivo era alcanzar "la felicidad del reino" entendida como la prosperidad y la seguridad de todos los súbditos.

El funcionamiento del Estado absoluto necesitaba también de instrumentos adecuados: organizar los impuestos, el aparato burocrático, los ejércitos, la diplomacia y los comienzos de un mercado unificado. De allí las innovaciones institucionales que comenzaron a registrarse desde comienzos del siglo XVI. En primer lugar, se organizó un nuevo sistema fiscal y, fundamentalmente, la recaudación de impuestos: la talla (dedicada al mantenimiento de los ejércitos) y los impuestos indirectos que gravaban el tabaco, el vino y la sal. La cuestión no fue simple. Las necesidades crecientes del Estado llevaron a que los impuestos aumentaran constantemente a lo largo de este período. La situación más difícil fue para los campesinos ya que, muchas veces, los impuestos reales se sumaban a los censos señoriales. La clase señorial estaba exenta del impuesto directo. De allí las constantes sublevaciones que tuvieron como objeto de su ira al recaudador real.

Al mismo tiempo, todas las monarquías tenían un gran interés en acumular metales preciosos y promover el comercio bajo sus banderas. La centralización económica, el proteccionismo y la expansión ultramarina engrandecieron al último estado feudal a la vez que beneficiaban a la primera burguesía. Así, el Estado absolutista realizó algunas funciones parciales en la acumulación originaria necesaria para el triunfo final del modo de producción capitalista.
También fue necesario organizar un aparato burocrático. Pero el Estado, con necesidad creciente de recursos, lo organizó a través de la venta de cargos: la burocracia del Renacimiento era tratada como una propiedad vendible a individuos privados. Los cargos eran comprados tanto por la pequeña nobleza, que aspiraba a las compensaciones monetarias, como por la burguesía, que encontró en la compra de cargos una forma de ascenso social: fue una vía para acceder al ennoblecimiento, para integrar la nobleza de toga, responsable de la burocracia estatal. Esta mercantilización de la función pública implicó para la monarquía un beneficio doble: obtener recursos, pero además, romper las viejas alianzas, alejar del manejo del Estado a la conflictiva nobleza de sangre o de espada y asegurarse la lealtad de funcionarios que debían al rey -y sólo al rey- las posibilidades del ascenso social. El desarrollo de la venta de cargos fue uno de los subproductos del incremento de la monetarización. Al mismo tiempo la burocracia reflejó y frenó el ascenso del capital mercantil.

La necesidad permanente de recursos se debía fundamentalmente a la necesidad de mantener los ejércitos, integrados en su gran mayoría por soldados mercenarios extranjeros, que preferentemente ni la lengua del país conocieran. Se consideraba que esto -la imposibilidad de comunicación- ayudaba a una de las funciones que estos ejércitos debían desempeñar: aplastar las sublevaciones campesinas. Además de mantener el orden interno, la función de estos ejércitos era sostener las guerras externas. Los siglos XVI y XVII fueron épocas de constantes conflictos entre los distintos estados. Esto encuentra su fundamento en esa concepción estática de la riqueza, expresada en el mercantilismo, que consideraba que ésta -corno ya señalamos- no se producía, sino que se acumulaba. Esta concepción se traducía en políticas belicistas: la forma más rápida y legítima de obtener recursos era conquistar territorios y poblaciones sobre las que aplicar el fisco. Tales son, por ejemplo, los objetivos de las interminables guerras que sostuvieron en Italia, el emperador Carlos V y Francisco I de Francia y que continuaron sus herederos (1522-1559); la anexión de Portugal hecha por Felipe II de España, y las guerras mantenidas por Luis XIV en función del principio de las "fronteras naturales" (1667-1697). Como señala Perry Anderson, los estados absolutistas eran "maquinarias construidas para el campo de batalla". La nobleza fue una clase terrateniente cuya profesión era la guerra, encubierta de forma invariable bajo reclamaciones de legitimidad religiosa o genealógica.
La diplomacia, que adquirió estabilidad en este período, se constituyó en el complemento pacífico de la guerra. Pero su objetivo continuaba siendo el mismo: la anexión de territorios. Este objetivo se alcanzaba a través de alianzas que asumían principalmente la forma de alianzas matrimoniales. A partir de una concepción que consideraba aún al territorio como patrimonio de una dinastía era posible mediante adecuados matrimonios incorporar nuevas tierras a la Corona. El Estado se concebía como patrimonio del monarca y, por lo tanto, el título de su propiedad podía adquirirse por medio de una unión de personas. En este sentido, el imperio de Carlos V fue el producto más notable del sistema de alianzas matrimoniales.

¿Qué papel cumplió el absolutismo en este proceso de tránsito hacia el capitalismo? Como señala Perry Anderson, todas estas características parecen ser eminentemente capitalistas, y como coinciden con la desaparición de la servidumbre, más todavía. Sin embargo, el fin de la servidumbre no significó por sí mismo la desaparición de las relaciones feudales en el campo. Tras una aparente modernidad, el Estado absoluto se organizó según una racionalidad arcaica. En última instancia, su función fue proteger a una nobleza amenazada por la sublevación campesina y el ascenso de la burguesía. El poder de la clase de los señores feudales quedó pues, directamente amenazado por la desaparición gradual de la servidumbre. Es cierto que, dentro de los marcos del Estado absoluto, la nobleza perdió su vieja función política, pero pudo mantener intacta su posición económica y sus privilegios sociales. Si una nobleza debilitada no podía contener la liberación campesina ni obtener nuevas tierras, estas funciones corrieron por cuenta del Estado. Dicho de otra manera, el Estado absoluto fue la última forma política que adquirió el feudalismo, sólo que el punto de referencia ya no fue el señorío sino que se amplió a los marcos territoriales del reino. Según Anderson: "La dominación del Estado absolutista fue la dominación de la nobleza feudal en la época de la transición al capitalismo. Su final señalaría la crisis del poder de esa clase: la llegada de las revoluciones burguesas y la aparición del Estado capitalista."

Pero en las ciudades medievales de occidente se había desarrollado un nuevo antagonista al señor feudal: la burguesía mercantil que, tras una serie de avances técnicos y comerciales, estaba desarrollando ya las manufacturas preindustriales en un volumen considerable. A esta no pudo controlar y, además, tubo que adaptarse.
La aparente paradoja del absolutismo en occidente fue que presentaba fundamentalmente un aparato para la protección de la propiedad y los privilegios aristocráticos, pero que, al mismo tiempo, los medios por los que se realizaba, esta protección podían asegurar los simultáneamente intereses básicos de las nacientes clases mercantil manufacturera.

Si en el Oeste el Estado absolutista fue una compensación por la desaparición de la servidumbre, en el Este el absolutismo fue un instrumento para la consolidación de la servidumbre. En un paisaje limpio por completo de vida urbana, era necesario implantar desde arriba y por la fuerza un mundo nuevo. El espacio al este del Elba es el lugar de la "segunda servidumbre".

Perry Anderson aclara que parte del desarrollo del absolutismo en el Este se debe a la presión internacional del absolutismo occidental, que obligó a crear un aparato estatal igualmente centralizado para poder sobrevivir, antes de haber alcanzado un estadio comparable de transición económica hacia el capitalismo, sobre todo a causa de la terrible presión expansionista militar de Suecia sobre los territorios de Prusia, Rusia, Polonia, etc. La guerra les dio una característica diferente a estos Estados absolutos: se transformaron en monarquías militares.

Pero este absolutismo estuvo también sobredeterminado por el desarrollo de la lucha de clases dentro de las formaciones sociales del Este. A medida que se desarrollaba el centralismo, la monarquía pactaba con la nobleza las maneras de "atar" al campesinado a la tierra, obligándolos al servicio militar. Absolutismo a cambio de servidumbre. Al mismo tiempo y a falta de una clase burguesa fuerte, la autonomía de las ciudades fue aplastada, instituyendo un férreo control sobre ellas, asegurando la supremacía política de la nobleza: los zares controlaban el comercio y administraban las ciudades. Esto conllevó una diferencia fundamental con occidente: no había posibilidad de ascenso social, entonces no se generó venta de cargos. En todo caso, su correlato fue la nobleza de servicio.

Por eso, el primer motivo fundamental del absolutismo en el Este, es detener la movilidad del aldeano y fijarlo a la tierra. La geografía y la baja demografía ayudaba a que este pudiera escaparse sin problemas a zonas marginales. La falta de mano de obra generaba conflictos internos entre la nobleza que sólo pudieron superarse con el establecimiento de una autocracia central. El Estado era la policía y el juez que necesitaba la nobleza, principalmente porque había que detener a las grandes revoluciones de masas campesinas de las zonas marginales, capaces de presentar ejércitos organizados contra la aristocracia feudal. Estas masas campesinas pudieron desbaratarse con los programas colonizadores de Potemkin que cerraron las fronteras ucraniana y siberiana. En último término, la ascensión del estado absolutista responde al miedo social: su aparato coactivo político-militar era la garantía de la estabilidad de la servidumbre.

Las resistencias al Estado absolutista: sublevaciones campesinas y revoluciones burguesas

El Estado absolutista constituyó básicamente un modelo al que las distintas monarquías intentaban acercarse lográndolo con distintos grados de éxito. En rigor, la coincidencia con el modelo nunca fue total por la existencia de poderosos obstáculos. Cuerpos como los Estados Generales (que representaban a los tres órdenes: el clero, la nobleza y el estado llano), en Francia; las Cortes, en España; el Parlamento, en Inglaterra, constituían límites al poder real. Estos cuerpos estaban todavía muy lejos de ser instituciones representativas de carácter moderno; por el contrario, tenían aún un fuerte espíritu medieval: constituían, en última instancia, la institucionalización del "consejo" que los vasallos debían prestar al señor. Aun la designación de Pares dada a la alta nobleza guardaba la memoria de la imagen del rey como el "primero entre los iguales". En este sentido, constituían un fuerte obstáculo a la consolidación del absolutismo.

Es cierto que, a lo largo del siglo XVI, las monarquías se impusieron sobre esos cuerpos: en Francia, los últimos Estados Generales, antes de la Revolución Francesa (1789), se reunieron en 1615; en España, antes de las guerras napoleónica, las últimas corres se reunieron en 1665; en Inglaterra, la corona disolvió al Parlamento en 1629. Pero no podía borrarse fácilmente la larga tradición que señalaba que el monarca debía gobernar con el consejo de los grandes nobles, de los pares del reino. Esta cuestión de la participación de la nobleza en el poder se hacía evidente, sobre todo, en los períodos de minoridad del rey: el reino quedaba a cargo de un Regente, muchas veces tío del monarca, asesorado por un Consejo Real. Cuando el rey alcanzaba su mayoría de edad, resultaba muy difícil quitar a los nobles esa participación que habían tenido en el poder.

Pero los límites al Estado absolutista también se debieron a las resistencias que partían de la sociedad: nobles que pugnaban ante la pérdida de su poder político, pero fundamentalmente campesinos sublevados y burguesías que resistían a favor de las autonomías urbanas. Henry Kamen distinguirá tres tipos de sublevaciones: revueltas urbanas, revueltas campesinas y bandolerismo social, aunque en muchas ocasiones estos actores podían unirse en un solo movimiento. En 1548, por ejemplo, estalló la "gran sublevación" de la Guyena que unió a 10.000 campesinos. Ante un nuevo impuesto que cargaba la sal, elemento vital para la economía doméstica, los sublevados pusieron en fuga a los recaudadores reales y sitiaron las ciudades en las que se refugiaron; algunas de estas ciudades, como Burdeos, incluso fueron tomadas y los cuerpos destrozados de los recaudadores arrojados al río. La represión no se hizo esperar: se apresó a los cabecillas, sé los juzgó y ajustició, y se quitaron las campanas de las aldeas.

Como señala Oscar Di Simplicio, esta sublevación campesina puede considerarse un "modelo" ya que presentó todos los elementos que caracterizaron las revueltas posteriores, incluso fuera de Francia: malestar social, fiscalidad en aumento (tallas y diezmos), frente unido de aldeas en lucha, cabecillas de diferente extracción social, hostilidad a la burguesía y a la ciudad en su conjunto, y por último, represión de la corona. Se debe agregar otro elemento: las crisis alimentarias y las posteriores hambrunas. Muchas de las exigencias básicas que formulaban era una vuelta a sus "antiguos derechos", cada vez más lejos de la exacción actual. Algunos movimientos rebeldes se organizaron democráticamente, tomando las decisiones en asambleas participativas, llamándose "hermanos" entre ellos y prohibiendo toda discriminación religiosa, en un mundo que se sacudía por las guerras de religión. Tenían como principio "no matar, incendiar, ni robar" en las aldeas o ciudades a donde ingresaban, oponiéndose así al hacer de los soldados del Estado.

El descontento popular también se expresaba en el recurso a la delincuencia: el bandolerismo que podía ser aristocrático o popular. En sí mismo no producía crisis pero era el producto de ella. En el caso del feudalismo aristocrático su objetivo era plantear un reto puramente feudal al estado. El bandolerismo popular solía originarse como protesta contra la miseria, y parece haber florecido más en los momentos de crisis económica. Pero siempre contaron con la simpatía y el apoyo local por practicar la redistribución de la riqueza entre los pobres (al mejor estilo Robin Hood) y un fuerte culto al héroe al mismo tiempo. Muchos bandoleros terminaron ofreciendo sus servicios mercenarios como alternativa al castigo y terminaron muriendo traicionados.

También las burguesías resistieron. Dentro de ese "feudalismo reorganizado" que fue el Estado absoluto, la burguesía también pudo consolidar sus posiciones, dentro de los límites que imponía una sociedad mayoritariamente rural. El crecimiento del comercio a través de las empresas coloniales y las compañías mercantiles, el desarrollo de las manufacturas, las nuevas formas de inversión creadas por el mismo Estado fueron los medios por los que la burguesía pudo imponer al dinero, cada vez más, como medida de la riqueza. En este sentido, el resurgimiento del derecho romano también puede vincularse con el ascenso de la burguesía. En efecto, ésta había puesto en marcha un tipo de economía que difícilmente se ajustaba al viejo derecho consuetudinario. En cambio, el derecho romano proporcionaba principios, como el de propiedad privada absoluta, que se ajustaba más adecuadamente a sus actividades.

Pero el Estado absolutista también imponía límites. Dentro de una concepción centralizada del poder no había márgenes para ningún tipo de autonomía, ni para los señoríos, ni para las ciudades. De allí, las sublevaciones burguesas en defensa de los privilegios urbanos. Pero también dentro de las ciudades, el abuso de poder de las oligarquías urbanas era factor de conflicto: artesanos y pequeños comerciantes exigían una mayor participación. De este modo las revueltas urbanas -como la de Bourdeos en 1635, Rouen y Caen en 1639 o de Moulins en 1640- tuvieron una composición diversificada. El dominio numérico era, sin duda, de los sectores populares urbanos, pero también participaban miembros del clero, intelectuales, burgueses acaudalados e incluso algunos miembros de la pequeña nobleza. En estas revueltas, como en el caso de las sublevaciones campesinas, el conflicto social estaba presente pero el componente político constituía su signo distintivo. Por su propia naturaleza las revueltas urbanas eran más frecuentes y más breves que las campesinas.

Los resultados de estas resistencias sociales señalaron caminos divergentes para las monarquías en Francia y en Inglaterra. En Francia, el movimiento conocido como "La Fronda" (de inspiración burguesa), que estalló en París a partir de 1648, y que pronto se extendió a otras provincias, sumó distintas protestas: desde las resistencias de la nobleza ante el aumento del poder monárquico hasta el descontento generalizado de campesinos, burguesía y sectores populares urbanos por los altos impuestos destinados a saldar las deudas contraídas durante la Guerra de los Treinta Años. El movimiento, que creció alentado por los sucesos que estaban ocurriendo en Inglaterra, alcanzó una magnitud sin precedentes hasta que finalmente fue sofocado por los ejércitos reales. Como resultado, el poder del rey quedó indudablemente fortalecido.

En Inglaterra, en cambio, el proceso fue inverso. Los intentos de implantar una monarquía absoluta durante los reinados de Jacobo I y de Carlos I -sumados a los conflictos religiosos- provocaron una agitación social que desembocó en una guerra civil, en la que Carlos I fue derrotado, tomado prisionero y ejecutado (1648). Fue una lucha -dice Hill- por el poder político, económico y religioso, emprendida por la burguesía, en defensa del libre desarrollo del capitalismo. ¿Qué había sucedido para que la burguesía liderara una revolución que transformara el sistema imperante? En los períodos anteriores la producción campesina había comenzado a venderse fuera de la aldea; los hilanderos y agricultores se convertían en productores de mercancías para el mercado nacional; algunas áreas se especializan y comienza la división del trabajo; la moneda domina las relaciones entre trabajador y patrón; la tierra se convierte en un espacio de inversiones de capital. Surge una clase de agricultores capitalistas (oligarquía) interesada en obtener ganancias y prestigio social. Pero la estructura de la sociedad era todavía esencialmente feudal, y lo mismo sus leyes e instituciones; y el centro activo de esta sociedad -feudal- era la corte, la más grande de todos los terratenientes. La nobleza no estaba acostumbrada a hacer producir sus posesiones, y los manejos capitalistas del mercado los habían puesto en una situación desfavorable. Debían reaccionar para evitar el crecimiento de un mercado que los estaba dejando afuera, y el poder del Estado se utilizó con ese fin.

Pero el auge industrial y la expansión de las exportaciones permitieron el desarrollo de una burguesía urbana que veía obstaculizado su crecimiento por las restricciones de la corona que limitaban su expansión en el interior. Unidos en el Parlamento, burgueses campesinos y urbanos, atacaron a la monarquía y a su intención de regular la vida económica del país a través de los Estancos.

La venta de tierras deja sin posibilidad de sustento a miles de campesinos que se transforman en asalariados o proletarios en la ciudad. Los gremios, vinculados a la estructura social del feudalismo, se ven desarticulados por la competencia de la industria capitalista. Terminan entonces unidos a los señores feudales en el clamor contra la "usura". La Iglesia también estaba de parte de la Corona. Pero las medidas financieras del gobierno de Carlos I perjudicaron sobre todo a las clases más pobres, generando así su oposición. En 1640 casi todas las clases estaban unidas contra la Corona. En el período de 1640 al 1660 se produjo la destrucción de una clase de gobierno y la introducción de una nueva estructura política, en la cual el capitalismo podría desarrollarse libremente.
Durante un período, gobernó Oliverio Cromwell como Lord Protector y se instauró la República, iniciando un período que asentó la futura supremacía marítima y comercial de Gran Bretaña al firmarse las Leyes de Navegación (1651) que protegía los intereses navales ingleses.

Si bien posteriormente se restauró la monarquía con Carlos II, durante el gobierno de su sucesor, Jacobo II, volvieron a reanudarse los conflictos entre el monarca y el Parlamento. Tras la "gloriosa Revolución" (1688), los nuevos monarcas, Guillermo y María, debieron aceptar la Declaración de Derechos. Allí se establecía que el rey debía pertenecer a la Iglesia anglicana y que no podía convocar ejércitos, ni establecer o suspender leyes o cobrar nuevos impuestos sin autorización del Parlamento. En síntesis, se establecieron los principios de la monarquía limitada, sobre la que construyó su teoría política el filósofo inglés John Locke (1632-1702), y que se transformó en modelo para aquellos que lucharon contra el poder absoluto de los reyes.

La Rusia de 1645 corrió una suerte parecida a Francia. Boris Morozov, regente de Alejo Romanov, intentó reforzar la economía urbana frente a la poderosa influencia de las zonas rurales y su economía feudal, buscando el apoyo de la burguesía y la baja nobleza. Pero gran parte de la alta nobleza tenía su fuerza de trabajo en las ciudades, lo que le aseguró una fuerte resistencia al cambio. Los problemas fiscales obligaron a Morozov a aumentar las cargas impositivas en las ciudades asegurándose ahora las resistencias de la burguesía. La escasez de alimentos de 1648 reveló al populacho moscovita que peticionaron ante el zar, azuzados por la alta nobleza boyarda. Ante la negativa del gobernante estalló el motín y se originó un gran saqueo en Moscú. Todos los jefes de la administración rusa fueron sustituidos por agentes de la alta nobleza. El gobierno convocó el Zemski Sobor que promulgó un nuevo código legal, la Ulozhenie, que confirmaba en todo los deseos de los propietarios feudales. Rusia quedó así sujeta aún más firmemente al yugo del feudalismo, dando inicio a la "segunda servidumbre". El poder del zar quedó indudablemente fortalecido.

Y en estos caminos divergentes que recorrieron Francia e Inglaterra puede encontrarse una de las claves de la evolución posterior que configurará el carácter de las "revoluciones burguesas".

ISSN 1853-5593
www.hechohistorico.com.ar

Publicación de actualización continua
Contacto Técnico: info@hostingsbariloche.com.ar
Diseño y Mantenimiento: www.carloslombardi.com.ar
Editor Responsable: Carlos Lombardi - Los Cedros 520 - 0299-155338130
Cipolletti - Prov. Río Negro - República Argentina
Proverbio árabe:
Cree en Alá...
... pero ata tu camello...