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El Estado absolutista y la sociedad
La formación del Estado absolutista
La crisis del siglo XIV, al debilitar el poder feudal,
favoreció no sólo la consolidación
territorial de los reinos, sino también el fortalecimiento
del poder de los reyes, poder que tendió cada
vez más hacia el modelo de la monarquía
absoluta. Según este modelo, que se afianzó
en los siglos XVI y XVII, el poder del rey debía
situarse en la cúspide de la sociedad, sin ninguna
otra instancia a la que se pudiera apelar. Dentro de
las monarquías feudales -pese a la fragmentación
del poder- siempre había permanecido la idea
de una última instancia un poco imprecisa, el
Papa o el Emperador, que además controlaba y
legitimaba ese poder real. Dentro de la nueva concepción
de la monarquía, la idea de esta instancia superior
desaparecía: por encima del rey sólo se
encontraba Dios. Los límites al poder monárquico
solo podían ser puestos por las leyes de la naturaleza
o por las leyes divinas. El modelo finalmente fue organizado
en su forma más precisa por Jacques Bossuet (1627-1704),
quien formuló la teoría del origen divino
del poder real.
Este aumento del poder de los reyes había surgido
de una situación de hecho; era necesario, por
lo tanto, consolidado y legitimado. Para ello, las monarquías
encontraron un formidable instrumento en el viejo derecho
romano. Este derecho que regía las relaciones
entre el Estado y sus súbditos otorgaba a los
reyes la base de su soberanía: la Lex. Tal como
formuló este principio, otro de los teóricos
del absolutismo, Jean Bodin, a fines del siglo XVI,
el rey era soberano por su facultad para hacer leyes
y hacerlas cumplir. Mediante la legislación,
los reyes podían modificar costumbres y tradiciones,
borrar el viejo derecho consuetudinario que regía
a la sociedad e imponer nuevas condiciones. Al mismo
tiempo también la burguesía lo necesitaba:
la recuperación e introducción del derecho
civil clásico favoreció, fundamentalmente,
el desarrollo del capital libre en la ciudad y en el
campo, puesto que la gran nota distintiva del derecho
civil romano había sido su concepción
de una propiedad privada absoluta e incondicional. Políticamente
respondía a las necesidades del Estado absoluto,
económicamente a los intereses de la burguesía
comercial y manufacturera.
Al mismo tiempo que la soberanía se fundamentaba
en la capacidad para legislar, el poder real perdía
sus atributos personales: el rey personificaba al Estado.
Sus acciones debían encaminarse de acuerdo con
criterios y normas de comportamiento político
según el principio de la "razón de
Estado" que había formulado el florentino
Nicolás Maquiavelo (1469-1527) en El Príncipe.
El objetivo era alcanzar "la felicidad del reino"
entendida como la prosperidad y la seguridad de todos
los súbditos.
El funcionamiento del Estado absoluto necesitaba también
de instrumentos adecuados: organizar los impuestos,
el aparato burocrático, los ejércitos,
la diplomacia y los comienzos de un mercado unificado.
De allí las innovaciones institucionales que
comenzaron a registrarse desde comienzos del siglo XVI.
En primer lugar, se organizó un nuevo sistema
fiscal y, fundamentalmente, la recaudación de
impuestos: la talla (dedicada al mantenimiento de los
ejércitos) y los impuestos indirectos que gravaban
el tabaco, el vino y la sal. La cuestión no fue
simple. Las necesidades crecientes del Estado llevaron
a que los impuestos aumentaran constantemente a lo largo
de este período. La situación más
difícil fue para los campesinos ya que, muchas
veces, los impuestos reales se sumaban a los censos
señoriales. La clase señorial estaba exenta
del impuesto directo. De allí las constantes
sublevaciones que tuvieron como objeto de su ira al
recaudador real.
Al mismo tiempo, todas las monarquías tenían
un gran interés en acumular metales preciosos
y promover el comercio bajo sus banderas. La centralización
económica, el proteccionismo y la expansión
ultramarina engrandecieron al último estado feudal
a la vez que beneficiaban a la primera burguesía.
Así, el Estado absolutista realizó algunas
funciones parciales en la acumulación originaria
necesaria para el triunfo final del modo de producción
capitalista.
También fue necesario organizar un aparato burocrático.
Pero el Estado, con necesidad creciente de recursos,
lo organizó a través de la venta de cargos:
la burocracia del Renacimiento era tratada como una
propiedad vendible a individuos privados. Los cargos
eran comprados tanto por la pequeña nobleza,
que aspiraba a las compensaciones monetarias, como por
la burguesía, que encontró en la compra
de cargos una forma de ascenso social: fue una vía
para acceder al ennoblecimiento, para integrar la nobleza
de toga, responsable de la burocracia estatal. Esta
mercantilización de la función pública
implicó para la monarquía un beneficio
doble: obtener recursos, pero además, romper
las viejas alianzas, alejar del manejo del Estado a
la conflictiva nobleza de sangre o de espada y asegurarse
la lealtad de funcionarios que debían al rey
-y sólo al rey- las posibilidades del ascenso
social. El desarrollo de la venta de cargos fue uno
de los subproductos del incremento de la monetarización.
Al mismo tiempo la burocracia reflejó y frenó
el ascenso del capital mercantil.
La necesidad permanente de recursos se debía
fundamentalmente a la necesidad de mantener los ejércitos,
integrados en su gran mayoría por soldados mercenarios
extranjeros, que preferentemente ni la lengua del país
conocieran. Se consideraba que esto -la imposibilidad
de comunicación- ayudaba a una de las funciones
que estos ejércitos debían desempeñar:
aplastar las sublevaciones campesinas. Además
de mantener el orden interno, la función de estos
ejércitos era sostener las guerras externas.
Los siglos XVI y XVII fueron épocas de constantes
conflictos entre los distintos estados. Esto encuentra
su fundamento en esa concepción estática
de la riqueza, expresada en el mercantilismo, que consideraba
que ésta -corno ya señalamos- no se producía,
sino que se acumulaba. Esta concepción se traducía
en políticas belicistas: la forma más
rápida y legítima de obtener recursos
era conquistar territorios y poblaciones sobre las que
aplicar el fisco. Tales son, por ejemplo, los objetivos
de las interminables guerras que sostuvieron en Italia,
el emperador Carlos V y Francisco I de Francia y que
continuaron sus herederos (1522-1559); la anexión
de Portugal hecha por Felipe II de España, y
las guerras mantenidas por Luis XIV en función
del principio de las "fronteras naturales"
(1667-1697). Como señala Perry Anderson, los
estados absolutistas eran "maquinarias construidas
para el campo de batalla". La nobleza fue una clase
terrateniente cuya profesión era la guerra, encubierta
de forma invariable bajo reclamaciones de legitimidad
religiosa o genealógica.
La diplomacia, que adquirió estabilidad en este
período, se constituyó en el complemento
pacífico de la guerra. Pero su objetivo continuaba
siendo el mismo: la anexión de territorios. Este
objetivo se alcanzaba a través de alianzas que
asumían principalmente la forma de alianzas matrimoniales.
A partir de una concepción que consideraba aún
al territorio como patrimonio de una dinastía
era posible mediante adecuados matrimonios incorporar
nuevas tierras a la Corona. El Estado se concebía
como patrimonio del monarca y, por lo tanto, el título
de su propiedad podía adquirirse por medio de
una unión de personas. En este sentido, el imperio
de Carlos V fue el producto más notable del sistema
de alianzas matrimoniales.
¿Qué papel cumplió el absolutismo
en este proceso de tránsito hacia el capitalismo?
Como señala Perry Anderson, todas estas características
parecen ser eminentemente capitalistas, y como coinciden
con la desaparición de la servidumbre, más
todavía. Sin embargo, el fin de la servidumbre
no significó por sí mismo la desaparición
de las relaciones feudales en el campo. Tras una aparente
modernidad, el Estado absoluto se organizó según
una racionalidad arcaica. En última instancia,
su función fue proteger a una nobleza amenazada
por la sublevación campesina y el ascenso de
la burguesía. El poder de la clase de los señores
feudales quedó pues, directamente amenazado por
la desaparición gradual de la servidumbre. Es
cierto que, dentro de los marcos del Estado absoluto,
la nobleza perdió su vieja función política,
pero pudo mantener intacta su posición económica
y sus privilegios sociales. Si una nobleza debilitada
no podía contener la liberación campesina
ni obtener nuevas tierras, estas funciones corrieron
por cuenta del Estado. Dicho de otra manera, el Estado
absoluto fue la última forma política
que adquirió el feudalismo, sólo que el
punto de referencia ya no fue el señorío
sino que se amplió a los marcos territoriales
del reino. Según Anderson: "La dominación
del Estado absolutista fue la dominación de la
nobleza feudal en la época de la transición
al capitalismo. Su final señalaría la
crisis del poder de esa clase: la llegada de las revoluciones
burguesas y la aparición del Estado capitalista."
Pero en las ciudades medievales de occidente se había
desarrollado un nuevo antagonista al señor feudal:
la burguesía mercantil que, tras una serie de
avances técnicos y comerciales, estaba desarrollando
ya las manufacturas preindustriales en un volumen considerable.
A esta no pudo controlar y, además, tubo que
adaptarse.
La aparente paradoja del absolutismo en occidente fue
que presentaba fundamentalmente un aparato para la protección
de la propiedad y los privilegios aristocráticos,
pero que, al mismo tiempo, los medios por los que se
realizaba, esta protección podían asegurar
los simultáneamente intereses básicos
de las nacientes clases mercantil manufacturera.
Si en el Oeste el Estado absolutista fue una compensación
por la desaparición de la servidumbre, en el
Este el absolutismo fue un instrumento para la consolidación
de la servidumbre. En un paisaje limpio por completo
de vida urbana, era necesario implantar desde arriba
y por la fuerza un mundo nuevo. El espacio al este del
Elba es el lugar de la "segunda servidumbre".
Perry Anderson aclara que parte del desarrollo del absolutismo
en el Este se debe a la presión internacional
del absolutismo occidental, que obligó a crear
un aparato estatal igualmente centralizado para poder
sobrevivir, antes de haber alcanzado un estadio comparable
de transición económica hacia el capitalismo,
sobre todo a causa de la terrible presión expansionista
militar de Suecia sobre los territorios de Prusia, Rusia,
Polonia, etc. La guerra les dio una característica
diferente a estos Estados absolutos: se transformaron
en monarquías militares.
Pero este absolutismo estuvo también sobredeterminado
por el desarrollo de la lucha de clases dentro de las
formaciones sociales del Este. A medida que se desarrollaba
el centralismo, la monarquía pactaba con la nobleza
las maneras de "atar" al campesinado a la
tierra, obligándolos al servicio militar. Absolutismo
a cambio de servidumbre. Al mismo tiempo y a falta de
una clase burguesa fuerte, la autonomía de las
ciudades fue aplastada, instituyendo un férreo
control sobre ellas, asegurando la supremacía
política de la nobleza: los zares controlaban
el comercio y administraban las ciudades. Esto conllevó
una diferencia fundamental con occidente: no había
posibilidad de ascenso social, entonces no se generó
venta de cargos. En todo caso, su correlato fue la nobleza
de servicio.
Por eso, el primer motivo fundamental del absolutismo
en el Este, es detener la movilidad del aldeano y fijarlo
a la tierra. La geografía y la baja demografía
ayudaba a que este pudiera escaparse sin problemas a
zonas marginales. La falta de mano de obra generaba
conflictos internos entre la nobleza que sólo
pudieron superarse con el establecimiento de una autocracia
central. El Estado era la policía y el juez que
necesitaba la nobleza, principalmente porque había
que detener a las grandes revoluciones de masas campesinas
de las zonas marginales, capaces de presentar ejércitos
organizados contra la aristocracia feudal. Estas masas
campesinas pudieron desbaratarse con los programas colonizadores
de Potemkin que cerraron las fronteras ucraniana y siberiana.
En último término, la ascensión
del estado absolutista responde al miedo social: su
aparato coactivo político-militar era la garantía
de la estabilidad de la servidumbre.
Las resistencias al Estado absolutista: sublevaciones
campesinas y revoluciones burguesas
El Estado absolutista constituyó básicamente
un modelo al que las distintas monarquías intentaban
acercarse lográndolo con distintos grados de
éxito. En rigor, la coincidencia con el modelo
nunca fue total por la existencia de poderosos obstáculos.
Cuerpos como los Estados Generales (que representaban
a los tres órdenes: el clero, la nobleza y el
estado llano), en Francia; las Cortes, en España;
el Parlamento, en Inglaterra, constituían límites
al poder real. Estos cuerpos estaban todavía
muy lejos de ser instituciones representativas de carácter
moderno; por el contrario, tenían aún
un fuerte espíritu medieval: constituían,
en última instancia, la institucionalización
del "consejo" que los vasallos debían
prestar al señor. Aun la designación de
Pares dada a la alta nobleza guardaba la memoria de
la imagen del rey como el "primero entre los iguales".
En este sentido, constituían un fuerte obstáculo
a la consolidación del absolutismo.
Es cierto que, a lo largo del siglo XVI, las monarquías
se impusieron sobre esos cuerpos: en Francia, los últimos
Estados Generales, antes de la Revolución Francesa
(1789), se reunieron en 1615; en España, antes
de las guerras napoleónica, las últimas
corres se reunieron en 1665; en Inglaterra, la corona
disolvió al Parlamento en 1629. Pero no podía
borrarse fácilmente la larga tradición
que señalaba que el monarca debía gobernar
con el consejo de los grandes nobles, de los pares del
reino. Esta cuestión de la participación
de la nobleza en el poder se hacía evidente,
sobre todo, en los períodos de minoridad del
rey: el reino quedaba a cargo de un Regente, muchas
veces tío del monarca, asesorado por un Consejo
Real. Cuando el rey alcanzaba su mayoría de edad,
resultaba muy difícil quitar a los nobles esa
participación que habían tenido en el
poder.
Pero los límites al Estado absolutista también
se debieron a las resistencias que partían de
la sociedad: nobles que pugnaban ante la pérdida
de su poder político, pero fundamentalmente campesinos
sublevados y burguesías que resistían
a favor de las autonomías urbanas. Henry Kamen
distinguirá tres tipos de sublevaciones: revueltas
urbanas, revueltas campesinas y bandolerismo social,
aunque en muchas ocasiones estos actores podían
unirse en un solo movimiento. En 1548, por ejemplo,
estalló la "gran sublevación"
de la Guyena que unió a 10.000 campesinos. Ante
un nuevo impuesto que cargaba la sal, elemento vital
para la economía doméstica, los sublevados
pusieron en fuga a los recaudadores reales y sitiaron
las ciudades en las que se refugiaron; algunas de estas
ciudades, como Burdeos, incluso fueron tomadas y los
cuerpos destrozados de los recaudadores arrojados al
río. La represión no se hizo esperar:
se apresó a los cabecillas, sé los juzgó
y ajustició, y se quitaron las campanas de las
aldeas.
Como señala Oscar Di Simplicio, esta sublevación
campesina puede considerarse un "modelo" ya
que presentó todos los elementos que caracterizaron
las revueltas posteriores, incluso fuera de Francia:
malestar social, fiscalidad en aumento (tallas y diezmos),
frente unido de aldeas en lucha, cabecillas de diferente
extracción social, hostilidad a la burguesía
y a la ciudad en su conjunto, y por último, represión
de la corona. Se debe agregar otro elemento: las crisis
alimentarias y las posteriores hambrunas. Muchas de
las exigencias básicas que formulaban era una
vuelta a sus "antiguos derechos", cada vez
más lejos de la exacción actual. Algunos
movimientos rebeldes se organizaron democráticamente,
tomando las decisiones en asambleas participativas,
llamándose "hermanos" entre ellos y
prohibiendo toda discriminación religiosa, en
un mundo que se sacudía por las guerras de religión.
Tenían como principio "no matar, incendiar,
ni robar" en las aldeas o ciudades a donde ingresaban,
oponiéndose así al hacer de los soldados
del Estado.
El descontento popular también se expresaba en
el recurso a la delincuencia: el bandolerismo que podía
ser aristocrático o popular. En sí mismo
no producía crisis pero era el producto de ella.
En el caso del feudalismo aristocrático su objetivo
era plantear un reto puramente feudal al estado. El
bandolerismo popular solía originarse como protesta
contra la miseria, y parece haber florecido más
en los momentos de crisis económica. Pero siempre
contaron con la simpatía y el apoyo local por
practicar la redistribución de la riqueza entre
los pobres (al mejor estilo Robin Hood) y un fuerte
culto al héroe al mismo tiempo. Muchos bandoleros
terminaron ofreciendo sus servicios mercenarios como
alternativa al castigo y terminaron muriendo traicionados.
También las burguesías resistieron. Dentro
de ese "feudalismo reorganizado" que fue el
Estado absoluto, la burguesía también
pudo consolidar sus posiciones, dentro de los límites
que imponía una sociedad mayoritariamente rural.
El crecimiento del comercio a través de las empresas
coloniales y las compañías mercantiles,
el desarrollo de las manufacturas, las nuevas formas
de inversión creadas por el mismo Estado fueron
los medios por los que la burguesía pudo imponer
al dinero, cada vez más, como medida de la riqueza.
En este sentido, el resurgimiento del derecho romano
también puede vincularse con el ascenso de la
burguesía. En efecto, ésta había
puesto en marcha un tipo de economía que difícilmente
se ajustaba al viejo derecho consuetudinario. En cambio,
el derecho romano proporcionaba principios, como el
de propiedad privada absoluta, que se ajustaba más
adecuadamente a sus actividades.
Pero el Estado absolutista también imponía
límites. Dentro de una concepción centralizada
del poder no había márgenes para ningún
tipo de autonomía, ni para los señoríos,
ni para las ciudades. De allí, las sublevaciones
burguesas en defensa de los privilegios urbanos. Pero
también dentro de las ciudades, el abuso de poder
de las oligarquías urbanas era factor de conflicto:
artesanos y pequeños comerciantes exigían
una mayor participación. De este modo las revueltas
urbanas -como la de Bourdeos en 1635, Rouen y Caen en
1639 o de Moulins en 1640- tuvieron una composición
diversificada. El dominio numérico era, sin duda,
de los sectores populares urbanos, pero también
participaban miembros del clero, intelectuales, burgueses
acaudalados e incluso algunos miembros de la pequeña
nobleza. En estas revueltas, como en el caso de las
sublevaciones campesinas, el conflicto social estaba
presente pero el componente político constituía
su signo distintivo. Por su propia naturaleza las revueltas
urbanas eran más frecuentes y más breves
que las campesinas.
Los resultados de estas resistencias sociales señalaron
caminos divergentes para las monarquías en Francia
y en Inglaterra. En Francia, el movimiento conocido
como "La Fronda" (de inspiración burguesa),
que estalló en París a partir de 1648,
y que pronto se extendió a otras provincias,
sumó distintas protestas: desde las resistencias
de la nobleza ante el aumento del poder monárquico
hasta el descontento generalizado de campesinos, burguesía
y sectores populares urbanos por los altos impuestos
destinados a saldar las deudas contraídas durante
la Guerra de los Treinta Años. El movimiento,
que creció alentado por los sucesos que estaban
ocurriendo en Inglaterra, alcanzó una magnitud
sin precedentes hasta que finalmente fue sofocado por
los ejércitos reales. Como resultado, el poder
del rey quedó indudablemente fortalecido.
En Inglaterra, en cambio, el proceso fue inverso. Los
intentos de implantar una monarquía absoluta
durante los reinados de Jacobo I y de Carlos I -sumados
a los conflictos religiosos- provocaron una agitación
social que desembocó en una guerra civil, en
la que Carlos I fue derrotado, tomado prisionero y ejecutado
(1648). Fue una lucha -dice Hill- por el poder político,
económico y religioso, emprendida por la burguesía,
en defensa del libre desarrollo del capitalismo. ¿Qué
había sucedido para que la burguesía liderara
una revolución que transformara el sistema imperante?
En los períodos anteriores la producción
campesina había comenzado a venderse fuera de
la aldea; los hilanderos y agricultores se convertían
en productores de mercancías para el mercado
nacional; algunas áreas se especializan y comienza
la división del trabajo; la moneda domina las
relaciones entre trabajador y patrón; la tierra
se convierte en un espacio de inversiones de capital.
Surge una clase de agricultores capitalistas (oligarquía)
interesada en obtener ganancias y prestigio social.
Pero la estructura de la sociedad era todavía
esencialmente feudal, y lo mismo sus leyes e instituciones;
y el centro activo de esta sociedad -feudal- era la
corte, la más grande de todos los terratenientes.
La nobleza no estaba acostumbrada a hacer producir sus
posesiones, y los manejos capitalistas del mercado los
habían puesto en una situación desfavorable.
Debían reaccionar para evitar el crecimiento
de un mercado que los estaba dejando afuera, y el poder
del Estado se utilizó con ese fin.
Pero el auge industrial y la expansión de las
exportaciones permitieron el desarrollo de una burguesía
urbana que veía obstaculizado su crecimiento
por las restricciones de la corona que limitaban su
expansión en el interior. Unidos en el Parlamento,
burgueses campesinos y urbanos, atacaron a la monarquía
y a su intención de regular la vida económica
del país a través de los Estancos.
La venta de tierras deja sin posibilidad de sustento
a miles de campesinos que se transforman en asalariados
o proletarios en la ciudad. Los gremios, vinculados
a la estructura social del feudalismo, se ven desarticulados
por la competencia de la industria capitalista. Terminan
entonces unidos a los señores feudales en el
clamor contra la "usura". La Iglesia también
estaba de parte de la Corona. Pero las medidas financieras
del gobierno de Carlos I perjudicaron sobre todo a las
clases más pobres, generando así su oposición.
En 1640 casi todas las clases estaban unidas contra
la Corona. En el período de 1640 al 1660 se produjo
la destrucción de una clase de gobierno y la
introducción de una nueva estructura política,
en la cual el capitalismo podría desarrollarse
libremente.
Durante un período, gobernó Oliverio Cromwell
como Lord Protector y se instauró la República,
iniciando un período que asentó la futura
supremacía marítima y comercial de Gran
Bretaña al firmarse las Leyes de Navegación
(1651) que protegía los intereses navales ingleses.
Si bien posteriormente se restauró la monarquía
con Carlos II, durante el gobierno de su sucesor, Jacobo
II, volvieron a reanudarse los conflictos entre el monarca
y el Parlamento. Tras la "gloriosa Revolución"
(1688), los nuevos monarcas, Guillermo y María,
debieron aceptar la Declaración de Derechos.
Allí se establecía que el rey debía
pertenecer a la Iglesia anglicana y que no podía
convocar ejércitos, ni establecer o suspender
leyes o cobrar nuevos impuestos sin autorización
del Parlamento. En síntesis, se establecieron
los principios de la monarquía limitada, sobre
la que construyó su teoría política
el filósofo inglés John Locke (1632-1702),
y que se transformó en modelo para aquellos que
lucharon contra el poder absoluto de los reyes.
La Rusia de 1645 corrió una suerte parecida a
Francia. Boris Morozov, regente de Alejo Romanov, intentó
reforzar la economía urbana frente a la poderosa
influencia de las zonas rurales y su economía
feudal, buscando el apoyo de la burguesía y la
baja nobleza. Pero gran parte de la alta nobleza tenía
su fuerza de trabajo en las ciudades, lo que le aseguró
una fuerte resistencia al cambio. Los problemas fiscales
obligaron a Morozov a aumentar las cargas impositivas
en las ciudades asegurándose ahora las resistencias
de la burguesía. La escasez de alimentos de 1648
reveló al populacho moscovita que peticionaron
ante el zar, azuzados por la alta nobleza boyarda. Ante
la negativa del gobernante estalló el motín
y se originó un gran saqueo en Moscú.
Todos los jefes de la administración rusa fueron
sustituidos por agentes de la alta nobleza. El gobierno
convocó el Zemski Sobor que promulgó un
nuevo código legal, la Ulozhenie, que confirmaba
en todo los deseos de los propietarios feudales. Rusia
quedó así sujeta aún más
firmemente al yugo del feudalismo, dando inicio a la
"segunda servidumbre". El poder del zar quedó
indudablemente fortalecido.
Y en estos caminos divergentes que recorrieron Francia
e Inglaterra puede encontrarse una de las claves de
la evolución posterior que configurará
el carácter de las "revoluciones burguesas".
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