EL
ESTADO DE LOS LACEDEMONIOS
Diego Ruiz Galacho
GÉNESIS
El Estado espartano es uno de los más precoces
de la antigua Grecia. Fundado hacia el siglo
IX a.n.e., su formación se nos presenta como
resultado de un proceso que se inicia con la
invasión de las tribus dorias y concluye con
la conquista y sometimiento de Mesenia por los
espartanos.
La
migración doria
Hacia el año 1200 a.n.e.
se produjeron grandes desplazamientos de tribus[1] que afectaron a toda la
península balcánica y Asia Menor. Consecuencias
de estas migraciones fueron la destrucción de
los reinos de Micenas, de Creta y de la ciudad
de Troya, así como grandes cambios económicos,
sociales y culturales en la cuenca del Egeo.
Al parecer, el primer impulso de estas migraciones tuvo lugar en la llanura
húngara (Bengtson, 1986), y fueron los antepasados
de los ilirios, y de otros pueblos, los que
en la segunda mitad del segundo milenio se vieron
empujados hacia el sur. La presión de los ilirios
se transmitió a los dorios que habitaban el
norte de Grecia, motivando el desplazamiento
de estas tribus.
El pueblo dorio era una confederación de tres tribus (phylaí) –los hyleis, los dymanes y los pamphyloi –, cuya constitución tenía
la estructura institucional característica
de las democracias militares tribales: jefatura
militar (basileus), consejo de ancianos
y asamblea del pueblo.
Sigue siendo un problema
la determinación exacta de la patria original
de los dorios. Los autores antiguos hablan de
distintas comarcas montañosas de la parte septentrional
de Grecia como primitivos asentamientos de estas
tribus[2]; a la vez que insisten en
su falta de sedentarismo estable, lo que permite
suponer el carácter pastoril de sus economías
(Dekonski, 1966).
Struve supone[3]
que
la migración doria parte del sur de Macedonia
en dos oleadas. Una, la vanguardia de los emigrantes
se trasladó por mar a las islas de Creta y de
Rodas; y la otra, por tierra firme, bajó a la
Tesalia y al Epiro. Desde allí, atravesando
el desfiladero de la Termópilas, pasaron a ocupar
la Driópida a la que denominaron Dórida; de
aquí pasaron al Peloponeso. En un primer momento,
trataron de abrirse camino por tierra, a través
del istmo, pero el movimiento fracasó. Tras
este estropicio, según refiere la leyenda, los
invasores eligieron la vía marítima y tuvieron
pleno éxito. Atravesaron el Golfo de Corinto
y penetraron en la península; pasaron, sin detenerse,
por Acaya y Arcadia y ocuparon Argólida, Laconia,
Mesenia y el istmo.
Además del Peloponeso, los dorios invadieron una serie de islas –Creta,
Egina, Tera, Rodas y otras– y las costas suroccidentales
del continente minorasiático –Cnido, Halicarnaso
y otras ciudades–.
Junto a los dorios, formaban parte del movimiento migratorio tribus de
tesalios y de beocios. La tradición antigua
recuerda el movimiento de los tesalios del Epiro
a la región que recibió de ellos su nombre;
los invasores expulsaron a una parte de la población
eolia local y redujeron a los que quedaron a
un estado de servidumbre (penestai). Las tribus beocias invadieron
la Cadmea, se apoderaron de ella y la denominaron
Beocia.

Resultado de estas invasiones fue una transformación completa de la ubicación
de las tribus griegas.
Los aqueos se conservaron como grupo étnico aislado solo en la Arcadia,
región montañosa que no tiene salida al mar
y, por tanto, la más aislada de la Grecia meridional.
La masa fundamental de la población aquea del
Peloponeso fue asimilada por los dorios; mientras
que una parte de ellos emigraron hacia el Ática,
las islas de Creta y de Chipre.
Los jonios, ubicados primitivamente, según la tradición, en el Ática y
en la Acaya fueron desplazados de esta última
región por los aqueos. Lo que intensificó el
asentamiento de los jonios en la parte sur del
Ática, donde al principio habían existido gran
cantidad de pelasgos. Posteriormente los jonios
poblaron casi todas las islas del mar Egeo y
parte de las costas de Asia Menor.
Los eolios, que antes de la migración doria ocupaban Tesalia y Beocia,
fueron en parte asimilados por sus invasores,
y en parte emigraron a la isla de Lesbos y la
Eólida.
Fundación de Esparta
Hacia el año 1000 a.n.e.
llegaron los dorios a Lacedemonia, la fértil
llanura del río Eurotas. Según relata Eforo[4], inicialmente se fortificaron
en la parte superior del valle, en el distrito
que más tarde se denominó Aygitis; desde donde,
moviéndose de forma masiva, de norte a sur,
invadieron Laconia y los territorios adyacentes
por el este.
Los aqueos, entonces dueños
del territorio, no pudieron sostenerse más que
en algunos asentamientos; aguantaron durante
largo tiempo en la fuerte Amyklai, colocada
junto al Eurotas como una barrera. Al parecer
el conflicto terminó con un acuerdo entre dorios
y aqueos, resultado del cual la nobleza aquea
fue admitida en la confederación de tribus[5].
Las tierras del valle del Eurotas y sus cultivadores pasaron a ser propiedad
del pueblo dorio. Los campos fueron divididos
en parcelas (klêroi) iguales que se distribuyeron
entre las familias de los conquistadores –Dekonski
estima unas 10.000 de 20 hectáreas cada una.
Como era tradicional entre estos pueblos, la
parte más productiva del valle fue asignada
a los jefes y guerreros más distinguidos, mientras
que las tierras de la periferia, menos feraces,
se distribuyeron entre el resto de los guerreros.
Los campesinos sometidos, la masa de la población
predórica que antes era tributaria de la nobleza
aquea, fueron “fijados” a las parcelas y obligados
a entregar a sus nuevos amos una parte de las
cosecha anual; fueron llamados ilotas
(o hilotas).
Distinta suerte corrieron las comunidades de periecos (períoikoi, “habitantes de los alrededores”),
que pasaron a ser tributarias de los dorios,
conservando su autonomía.
Hacia el siglo IX, los dorios se habían concentrado en un lugar estratégicamente
adecuado del valle –precisamente en su parte
más ancha– y se establecieron allí en cinco
poblaciones: Limnai, Mesoa, Kynosura, Pitane
y Amyklai. De la unión de estas aldeas surgió
Esparta, un gran campamento militar, sin amurallar,
desde el que los espartiatas (spartiâtai) –que se autodenominaron
lacedemonios (lakedaimónioi)–
ejercían su dominio sobre una masa de ilotas
mucho más numerosos que sus conquistadores.
Esta especie de sinecismo tuvo lugar no después del
año 800 a.n.e.. El pueblo dorio, hasta entonces
dividido en tres phylaí, se subdividió territorialmente
en cinco grupos que recibieron los nombres de
los cinco poblados que formaron Esparta. En
estrecha relación con esta subdivisión, se distribuyó
el territorio de Laconia según distintos distritos
(obaí), cuya cantidad y organización
no se conocen. Esta nueva distribución territorial
de la población no se basaba en las relaciones
consanguíneas gentilicias, sino que estuvo determinada
por la organización político-militar, por la
sujeción de los ilotas y por el surgimiento
del Estado.
La conquista de Mesenia
Según las tradiciones históricas,
la fértil y populosa Mesenia fue invadida por
los dorios. Allí, Cresfonte, heredero directo
de Heracles, y, por tanto, consanguíneo de los
reyes espartanos, había fundado la dinastía
de los Epítidas (nominada así por su hijo Epites).
Datos históricos y arqueológicos permiten suponer
que los invasores dorios destruyeron grandes
centros de la cultura micénica; sin embargo,
la población aquea no fue subyugada; al parecer,
aqueos y dorios se fusionaron parcialmente y
se distribuyeron las tierras.[6]
Ya en el siglo VIII, el
desequilibrio entre el crecimiento de la población
y el de la producción engendró entre los espartanos
una persistente lucha interna en torno a un
nuevo reparto de la tierras. Esta endémica necesidad
de tierras dominó la política espartana hasta
la mitad del siglo VI. Para resolver el problema,
el Estado lacedemonio adoptó dos tipos de medidas:
una, fue la de enviar colonos al exterior[7]; la otra, consistió en lanzarse
a la conquista de las tierras limítrofes de
Mesenia, Argólida y Arcadia.
Así, en el último tercio
del siglo VIII, –hacia el año 730 a.n.e.–, los
lacedemonios emprendieron la conquista de la
Mesenia. Tras una serie de derrotas, la resistencia
de los mesenios quedó concentrada en la región
montañosa limítrofe con la Arcadia, en el monte
Ithome; allí fueron finalmente derrotados[8], en
el año 710, y Mesenia quedó obligada a tributar
la mitad de cada cosecha anual. Sin embargo,
los mesenios no se sometieron definitivamente
y los espartiatas tuvieron que emplear grandes
contingentes para mantenerlos en obediencia.
Al finalizar la guerra
mesenia, se sublevaron
los partenios[9] (parthéniai, “hijos de una virgen”),
grupo de espartanos que había sido excluido
de la distribución de los tributos recién conquistados.
La insurrección fue aplastada y los partenios fueron obligados a salir
de Esparta; emigraron a las costas meridionales
de Italia, donde fundaron la colonia de Tarento.
Este hecho pone de manifiesto que las desigualdades
económico-políticas existentes en el seno de
la comunidad espartana se habían desarrollado
hasta materializarse en una guerra declarada
entre dos fracciones: una, la formada por los
espartanos con plenos derechos; y, otra, compuesta
por los que no gozaban de aquella plenitud,
es decir, por los que eran considerados “inferiores”.
La lucha entre estas dos fracciones, presente
en toda la historia del régimen espartano[10], dejó su impronta en la
constitución del Estado lacedemonio.
Hacia la segunda mitad
del siglo VII a.n.e. se sublevaron los mesenios.
En esta ocasión los sublevados estaban dirigidos
por el rey Aristómenes, de la dinastía de los
epítidas, y contaban con Arcadia, Elída y Argos
como aliados. En los primeros años de la guerra,
los espartiatas sufrieron sucesivas derrotas.
En parte debido a que Esparta se encontraba
en medio de una crisis interna; era insistente
la reclamación de un nuevo reparto de tierras,
y el prestigio militar del ejército espartano
había sufrido un duro revés tras los éxitos
de los sublevados. Cambios en la situación interna[11]
y externa [12] modificaron
la correlación de fuerzas a favor de Esparta,
y al décimo año de guerra, en una batalla decisiva,
los mesenios fueron derrotados. Sin embargo,
fortificados en el monte Hira, sus resistencia
perduró once años. Finalmente capitularon a
condición de poder marcharse libremente a la
Arcadia y otras regiones de la Hélade; los que
se quedaron fueron convertidos en ilotas y,
junto con sus respectivas parcelas, distribuidos
entre los espartanos. Al norte y al sur se crearon
en las poblaciones de periecos guarniciones
espartanas de afianzamiento y el territorio
mesenio quedó cercado.
La guerra entre Esparta y Argos tuvo por motivo el territorio de la Cinuria,
situado entre el Parnón y el Golfo de Argos.
Tras largas batallas de cambiantes resultados,
los espartanos se quedaron definitivamente con
las tierras en discordia. Ya a mediados del
siglo VI, también arrebataron a los argivos
la Tireatide, territorio limítrofe por el norte
con el anterior. Por el contrario, toda la bravura
espartana resultó inútil ante los muros de Tegea.
Aquí Esparta hubo de conformarse con el compromiso
de los tegeatas de expulsar a los mesenios refugiados
en su territorio y el de enviar contingentes
militares a los lacedemonios.
Resulta así que a finales del siglo VII a.n.e., el régimen socioeconómico
y político de los lacedemonios estaba formado
en lo fundamental. A su descripción están dedicadas
las líneas que siguen.
RÉGIMEN SOCIOECONÓMICO
El régimen espartano estaba basado en la propiedad agrícola estatal y en
la explotación fiscal –directa e indirecta–
de las comunidades de periecos.
El Estado era propietario de la tierra y de sus cultivadores, los ilotas.
La superficie cultivable se hallaba dividida
en lotes iguales (klêroi) distribuidos entre las familias
que formaban la comunidad espartana, inicialmente
a cada familia le fue asignado un klêros.
El contenido de esta asignación consistía en
el derecho a recibir una parte de la cosecha
anual producida en su parcela por los ilotas
a ella fijados. No existía la propiedad privada
plena sobre la tierra ni sobre los ilotas. La
familia ilota no podía ser separada del klêros
al que había sido fijada, por consiguiente,
a la familia titular de la parcela no le estaba
permitido despedir, vender o matar a “sus” ilotas;
además, la titularidad del klêros era hereditaria
y no podía ser vendida, ni cedida, ni legada.
Finalmente, hay que señalar la separación existente
entre la propiedad y la posesión; a los espartiatas
les estaba prohibido cultivar la tierra, dedicarse
al comercio o a la artesanía, tampoco se les
autorizaba la dirección o administración de
“sus” explotaciones.
En lo que concierne a los periecos, éstos estaban obligados a
pagar impuestos y a servicio militar obligatorio.
Las relaciones descritas
dividían a la población del Estado espartano
en tres clases sociales: espartanos, ilotas y periecos. Estas clases vivían obligadamente
en territorios separados[13], lo que hace aparecer al
régimen espartano como la articulación de tres
comunidades o pueblos, donde la comunidad espartana,
organizada en Estado, dominaba y explotaba a
las otras dos.
Espartanos
La comunidad espartana vivía
en Esparta o Lacedemonia. Como hemos referido
anteriormente, esta comunidad estaba fraccionada
en dos categorías socio-políticas: los ciudadanos
espartanos con plenos derechos (hómoioi,
“los iguales”) y los que carecían de plenitud
de derechos (hypomeíones, “los inferiores”).
La propiedad de un klêros estaba biunívocamente relacionada con la ciudadanía
espartana; sólo los padres de familia titulares
de una parcela gozaban de plenos derechos políticos
y civiles.
Liberados del “trabajo necesario”, los ciudadanos espartanos dedicaban
toda su vida al arte militar. Tras un prolongado
periodo de formación (Agogé), a los veinte años, el espartiata
ingresaba en el ejército, donde permanecía hasta
la edad de sesenta años; diariamente, acudía
a las formaciones y participaba en los ejercicios
militares.
Su vida civil, complemento
de la militar, estaba organizada en unas asociaciones,
especies de “fraternidades”, llamadas syssítiai. Cada syssítia disponía de
un local en el que los asociados hacían sus
comidas en común (andreía, phidítia)[14]
y
celebraban fiestas y reuniones; normalmente,
iban armados a estas reuniones y, por los general,
permanecían en estos locales casi todo el tiempo
que les permitían sus obligaciones militares,
incluso dormían con frecuencia en el mismo dormitorio.
Para ser miembro de un syssítia se exigía, además de haber
superado la Agogé,
una aportación mensual para financiar las comidas.
Pertenecer a una de estas asociaciones era condición
necesaria para gozar de la ciudadanía de plenos
derechos. Así, cuando algún espartano era expulsado
de su syssítia –por no pagar su cuota mensual,
por ejemplo– perdía la plena ciudadanía.
Dividida su vida entre sus obligaciones militares y sus comidas en la syssítia,
al espartano varón le quedaba poco tiempo para
la vida familiar, reducida casi toda ella a
la función reproductora.
Además de los hómoioi
vivían en Esparta toda una jerarquía de espartanos
que, aunque libres, carecían de plenos derechos.
Unos, porque no alcanzaron la ciudadanía, como
les ocurría a todos los que no superaban la
Agogé o a los que eran discutidos como
herederos; otros, perdieron sus derechos, como
les ocurría a los que no podían cumplir con
las contribuciones a los syssítiai o a los sobrevivientes vencidos
en la guerra. Todos ellos formaban la categoría
de los “inferiores”.
Ilotas
Formaban la masa de la población vencida y subyugada por los espartanos;
campesinos laconios y mesenios que fueron “fijados”
–como apéndices vivientes– a la tierra que originariamente
les perteneció. Habitaban en asentamientos dispersos
– valles mesenios y del Eurotas.
Cada klêros era cultivado por varias familias
de ilotas
bajo el control de funcionarios especialmente
designados por el Estado. Tenían que entregar
una cantidad dada de productos (trigo, vino,
aceite, queso, etc.) a la familia “propietaria”
del klêros, y la parte de la cosecha restante
quedaba a su plena disposición. Apoyándose en
los versos de Tirteo[15], la mayoría de los autores
estiman que los ilotas entregaban a los espartanos
la mitad de la cosecha anual. En cualquier caso,
la cantidad de productos que quedaban en manos
de los ilotas es denunciada como apenas suficiente
para alimentar a sus familias; a pesar de trabajar
“como asnos sobrecargados” caían en precariedad
extrema cuando llegaban las malas cosechas o
tenían que engrosar las levas decretadas por
el Estado.
Dado que los espartanos no dirigían –directa ni indirectamente– la explotación
de las parcelas, los ilotas eran los poseedores efectivos
de su trabajo y de los medios de producción
empleados, entre los que se encuentra la tierra
que cultivaban. Esto explica que los ilotas
tuviesen “autonomía” en su trabajo, y que se
les permitiese la propiedad de aperos, ganado
y enseres domésticos. La posesión es una relación
económica que diferencia al ilota
del resto de los esclavos griegos, ya que éstos,
en lugar de poseedores, eran poseídos (o empleados)
como medios de producción vivientes.
Además de la explotación económica a la que estaban sometidos, los ilotas eran obligados, en algunos casos,
a participar en las campañas militares en calidad
de convoyantes, cargadores, asistentes e incluso
como infantería ligera.
No eran propiedad privada
de la familia titular del klêros al que estaban fijados. Sólo
el Estado espartano tenía derechos sobre la
vida y la muerte de los ilotas, de ahí que sean
considerados como esclavos “públicos”. Pero
hechos tales como su “autonomía económica”,
ser propietarios de sus instrumentos y enseres,
participar en las campañas militares y el serles
permitido contraer matrimonio y tener familia
(inseparable del klêros), diferencian apreciablemente
la condición del ilota
del resto de los esclavos griegos[16].
El antagonismo entre ilotas y espartanos constituye el hilo conductor de
la política interior y exterior del Estado lacedemonio.
Tucídides dice que toda la atención de los poderes
espartanos estaba dirigida al aplastamiento
de los ilotas.
Explotados y explotadores
vivían en una situación de guerra declarada
permanente. Los ilotas, caracterizados, en la
tradición histórica, por su irreductible odio
hacia los espartanos, mantenían a éstos bajo
la constante amenaza de una insurrección[17]. Por su parte, los espartanos,
para mantener en orden a los ilotas y debilitar
su capacidad combativa, habían institucionalizado
la krypteía. Anualmente declaraban la
guerra a los ilotas; los guerreros espartanos
se dispersaban por las regiones rurales y atacaban,
durante la noche, los villorrios ilotas para
matar a los sospechosos y a los más fuertes.
Periecos
Los periecos lacedemonios[18]
habitaban en el litoral
marítimo, en las estribaciones occidentales
del Parnón y en la región de la Escíritida,
en la parte septentrional del valle lacónico;
también existen referencias de comunidades de
periecos situadas al norte y sur de la Mesenia.
Vivían en grandes poblados
–al parecer en un número cercano a los cien
– formando comunidades que gozaban de autonomía,
o autogobierno, bajo el control de funcionarios
espartanos llamados harmostas (harmostaí).
Eran individuos libres, propietarios de tierras
y bienes, dedicados principalmente a la artesanía
y al comercio. Estas comunidades eran tributarias[19]
de
Esparta, además estaban obligadas al servicio
militar (levas), pero hasta el siglo V servían
en contingentes separados. A pesar de su condición
de hombres libres, los periecos carecían de
derechos políticos[20], estaban excluidos de
la Apélla
y de la Agogé.
La importancia de las comunidades de periecos para el régimen espartano
es debida al papel que jugaban en la división
social del trabajo y a su condición de tributarios.
Los periecos eran los proveedores fundamentales
de objetos manufacturados e importados necesarios
para el Estado y su población, así mismo concentraron
en sus manos la actividad comercial de todo
el sistema económico; estas funciones se consolidaron
y desarrollaron a partir del momento
en que los espartanos se prohibieron
así mismos toda actividad económica. Como comunidades
tributarias aportaban la mayor parte de los
ingresos ordinarios del Estado, además las levas
de soldados periecos llegaron a convertirse
en el grueso más numeroso del ejército espartano.
Sus obligaciones tributarias y militares fueron
haciéndose cada vez más pesadas debido a la
progresiva disminución de los hómoioi.
EL RÉGIMEN POLÍTICO
Según la leyenda, el régimen político espartano fue establecido por rhétra (sentencia) del oráculo de Delfos
al mítico legislador Licurgo.
La tradición refiere que
a partir de la tercera generación los reyes
espartanos entraron en rivalidad con la aristocracia.
Durante dos siglos hubo una serie de luchas
que hicieron de Esparta una de las ciudades
más agitadas de Grecia[21]. En este ambiente tiene
su entrada Licurgo que, según su biógrafo Plutarco,
fue encargado de las funciones de Legislador
durante un motín que obligó al rey Carilao a
buscar asilo en un templo. Con su reforma limitó
el poder de los reyes –obligándolos a prestar
juramento– a favor de la comunidad de los “iguales”[22], poniendo así fin a las
discordias internas.

Para la historiografía actual está fuera de toda duda que la figura de
Licurgo es legendaria y carente de realidad
histórica, dándose como un hecho seguro que
la ordenación del Estado espartano, tal como
se presenta hacia final del siglo VI, no fue
la obra de un único legislador; más bien fue
el resultado de larga lucha que la comunidad
espartana mantuvo consigo misma y contra una
población sometida mucho más numerosa, frente
a las que la minoría de los “iguales” se encontraba
en permanente “estado de sitio.” En el transcurso
de sus conquistas –primero de Laconia y después
de Mesenia– fueron surgiendo las instituciones
básicas del régimen espartano: ilotismo, ejército hoplita, reparto igualitario de las
tierras, comunidad de los iguales, etc.
La rhétra, el más antiguo
documento de la historia de Grecia[23]
–datado entre finales del
siglo VIII y principios del VII a.n.e.– menciona
algunas de las instituciones del Estado: la
diarquía, el senado y la asamblea del pueblo;
pero no hace mención alguna sobre el eforado,
el ejército o la agogé[24].
La Diarquía
Esparta siempre tuvo dos
reyes[25], llamados arqueguetas (archagétai); eran los basilee de los
Agiadas y los Euripóntidas, familias que hacían
remontar su estirpe a los “hijos de Heracles”.
Los arqueguetas
se hallaban a la cabeza[26]
de
la comunidadespartana en calidad de jefes militares
supremos y de sacerdotes de Zeus.
Según Herodoto (Murray, 1981), ambos reyes poseían iguales poderes y privilegios:
-
Eran sacerdotes de los
diferentes cultos rendidos a Zeus. Como tales
celebraban los sacrificios públicos, ocupando
el primer puesto en el banquete sagrado, siendo
los primeros en ser servidos y reciben doble
ración. También son los primeros en hacer la
libación, y les pertenece la piel de la víctima.
-
Eran los jefes militares
permanentes. Con anterioridad a la rhétra, detentaban el derecho de declarar
la guerra. Ambos podían salir de campaña juntos
o por separado.
-
Desde la rhétra, eran miembros natos y permanentes
de la Gerousía.
-
Podían proponer asuntos
a la Asamblea, y vetar sus decisiones.
-
Tenían el derecho de nombrar
próxenoi
(representantes extranjeros).
-
Estaban protegidos por
un cuerpo especial de guardias.
-
Cada uno disponía de dos
pýthioi,
oficiales que eran los responsables de consultar
al oráculo de Delfos y de preservar las respuestas,
únicos registros del Estado.
-
Inspeccionaban la justa
distribución y utilización de las parcelas.
- Ordenaban
los matrimonios de las doncellas herederas de
los klêroi familiares y hacían efectivas
las adopciones.
La función era hereditaria por línea del varón primogénito mientras el
rey detentaba el poder. Los herederos reales
eran los únicos espartanos que no estaban sujetos
a la educación estatal obligatoria; durante
su minoría de edad, el pariente varón más cercano
y de más edad era regente.
Desde siempre, la comunidad espartana ejerció un determinado control sobre
sus arqueguetas
por presuntas irregularidades de nacimiento
o de conducta, y tuvo capacidad para deponerlos
o exiliarlos. Esto estuvo institucionalizado
mediante un antiquísimo ritual, según el cual
cada nueve años los éforos (éphoroi, “veedores”) observaban el
cielo por la noche: si veían una estrella fugaz,
los reyes eran suspendidos hasta que se consultara
el oráculo de Delfos.
Con la institución del Eforado los reyes estuvieron sujetos
a una mayor vigilancia y responsabilidad en
el ejercicio de sus funciones.
La Gerousía
La Gerousía,( o Senado)
es una modificación del antiguo Consejo de Ancianos.
Antes de la rhétra, tal consejo estaba formado
por los jefes de las familias más importantes,
era el juzgado supremo y el órgano consultivo
de los reyes.
A partir de Licurgo, la gerousía pasa a estar formada por 30
miembros, los arqueguetas
(miembros natos), más 28 ancianos o gerontes. Estos últimos son elegidos
por la Asamblea entre los hómoioi no menores de 60 años. La función
de los gerontes
era vitalicia.
La Gerousía monopoliza la iniciativa legislativa,
tiene la potestad y la obligación de convocar
regularmente a la Asamblea y puede vetar las
decisiones de esta última[27]. Hasta la introducción del
Eforado
conservó el poder judicial supremo.
El poder de los reyes quedó
parcialmente sometido al Senado en lo concerniente
al gobierno del Estado, y sólo fueron los presidentes
de la Gerousía y los ejecutores de sus decisiones.
Antes de la existencia del Eforado los gerontes gobernaban conforme al procedimiento
habitual de los cuerpos aristocráticos: los
magistrados anuales, cuya elección les pertenecía
indirectamente (virtud a la iniciativa legislativa
y a su derecho al veto), ejercían en su nombre
una autoridad absoluta[28].
Con la creación del Eforado el gobierno del Estado pasa
prácticamente a manos de dicha magistratura.
En lo referente a la administración de justicia,
la Gerousía
mantiene su competencia en los asuntos de índole
criminal, pasando a ser competencia del Eforado
los delitos civiles.
La
Apélla
El órgano supremo del Estado espartano era la Asamblea militar, llamada
Apélla.
Estaba formada por todos los hómoioi,
espartanos con plenos derechos, que habían cumplido
30 años (padres de familia).
La importancia de la rhétra
consiste en trasladar la toma de decisiones
a la comunidad de los espartiatas. Su función
consistía en aprobar o rechazar las propuestas
llevadas por los gerontes,
los arqueguetas, y posteriormente por los
éforos.
Le estaba vedado[29]
el
debate y la iniciativa legislativa, y como se
ha dicho anteriormente, gerontes y reyes tenían la potestad
de vetar discrecionalmente sus decisiones.
En su discusión sobre el Estado lacedemonio, Aristóteles dice que las decisiones
de la Apélla
se efectuaban de un modo “pueril”; sin voto,
la Asamblea reaccionaba por medio de clamores
cuya violencia revelaba su actitud negativa
o positiva hacia la propuesta que se le hacía.
Es decir, según el método de las más antiguas
democracias militares.
El
Eforado
El Eforado estaba compuesto
por cinco éphoroi,
elegidos anualmente por la Apélla.
Esta función no figura
en la rhétra[30]. Al parecer, el Eforado
había surgido como órgano representativo de
las cinco aldeas en que se hallaba dividida Esparta, y
progresivamente pasó a ser la magistratura más
importante[31]
y
característica del Estado espartano. Los éforos,
de “observadores del cielo”, se convirtieron
en los magistrados dirigentes de toda la política
interior y exterior del Estado. He aquí una
relación de sus funciones más importantes:
-
Tenían la presidencia de
la Asamblea. Podían hacer propuestas a la Gerousía y a la Apélla.
-
Como exponentes del de
la comunidad espartana, tomaban juramento a
los arqueguetas[32]. Tenían derecho a juzgar
a los reyes, de aprehenderlos y de condenarlos.
-
Ejercían la “suprema inspección”
sobre la responsabilidad de todos los magistrados,
incluidos los gerontes.
-
Con el dictamen del Senado,
declaraban la guerra o redactaban los tratados
de paz.
-
Decretaban las levas de
soldados. En tiempos de guerra, dos éforos acompañan
y vigilan al rey. Al parecer, ellos fijaban
el plan de campaña y dirigían, junto con los
polemarcas, todas las operaciones.
-
Tenían la suprema magistratura
de justicia en los asuntos civiles[33].
-
Era función principal del
Eforado mantener en obediencia a ilotas y periecos.
Cada vez que los éforos se hacían cargo de la
magistratura, hacían una declaración formal
de guerra[34]
a
los ilotas (krypteía).
Éstos se convertían así en polemios
(polemioi),
enemigos del Estado, y se les podía matar, discrecionalmente
y sin previo juicio, sin acarrear a los espartanos
contaminación religiosa.
El
Ejército
Fueron los espartanos,
espoleados por la crisis de la segunda guerra
mesenia, quienes revolucionaron el modo de hacer
la guerra. Encontraron la fórmula de transición
para pasar de las formas del combate singular,
basado en la caballería aristocrática, al combate
en formación cerrada basado en las falanges
de hoplitas (hoplitai). Otros griegos siguieron
a los espartanos, y ya antes del año 600 a.n.e.
el invento militar había penetrado en casi todos
los estados griegos[35].
La nueva organización militar repercutió en todos los demás ámbitos de
la sociedad griega. En Esparta abrió el camino
a la formación de un estado marcadamente militar,
formado por ciudadanos-soldados –los homoioi– ; en otros lugares del resto
de Grecia dio lugar a la formación del “Estado
hoplita”, representado por los ciudadanos “que
llevan armas”, o sea por aquellos que pueden
costearse las armas que componían el equipo
de un hoplita.
LAS ARMAS
[36]
El
ejército hoplita estaba formado por guerreros
armados con un equipo modelo:
Yelmo. Diseñado
para lograr una máxima protección compatible
con una óptima visión. La forma más común era
la corintia: realizado con una sola lámina de
bronce moldeada para cubrir toda la cabeza y
con una abertura en forma de T para los ojos
y la boca.
Escudo. Arma de
la que procede la denominación de hoplita. Redondo
y convexo, era de madera; en sus principios
tenía un borde de bronce, y posteriormente estaba
totalmente cubierto con una lámina de dicho
metal. A menudo estaba decorado con dibujos
geométricos o figurativos, pintados o aplicados
en bronce. Su diferencia esencial respecto a
los escudos anteriores era el agarrador único,
doble, para el antebrazo y la mano. Su diámetro
era una dos veces la longitud del antebrazo;
aunque pesado, se sostenía con mayor firmeza
y más cerca del cuerpo, siendo más apto para
empujar que para proteger.
Coselete. De bronce, articulado
a un lado, atado con lazos al otro y sostenido
sobre los hombros. Se moldeaba a medida, según
la talla de su portador, y tenía una convexidad
en la cintura para facilitar los movimientos
del infante.
Grebas. De
bronce, se sostenían por sí mismas y cubrían
la rodilla.
Lanza.
Con pesadas puntas de hierro y no arrojadizas.
Su longitud era una vez y media la talla del
guerrero.
Espada. De hierro y corta.
LA TÁCTICA
La escasa movilidad y visibilidad,
achacables al pesado equipo del hoplita, eran
compensadas por la lucha en formación cerrada.
El escudo de cada soldado cubría una distancia
a su izquierda más o menos igual a la que quedaba
delante de él, así protegía al compañero que
estaba a su izquierda tanto como a él mismo[37].
Las filas de guerreros se disponían en profundidad para lograr el máximo
impulso y evitar el ser flanqueados. Lo normal
eran las formaciones de cuatro a ocho filas.
Orden, disciplina y valor controlado eran cualidades
esenciales para conseguir la cohesión de la
falange. Para alcanzar este objetivo era necesario
un entrenamiento conjunto y organizar las brigadas
según la localidad, la consanguinidad u otro
tipo de relación entre los guerreros de una
misma fila, de modo que los compañeros se conociesen
y ayudasen.
El combate consistía en un avance concertado, con la defensa del escudo
y lanzando golpes con la lanza o la espada.
Unas filas empujaban a las otras. Cuando los
guerreros de la vanguardia caían, eran pisoteados
por los de la fila de atrás que pasaban a ocupar
las primeras posiciones. Terminaba la batalla
cuando uno de los bandos se rompía o echaba
a correr. En ausencia de caballería no había
persecución, dada la dificultad que suponía
correr largos trechos sin desorganizar su formación
tanto como los que huían. Por lo general, los
ejércitos vencedores se contentaban con la posesión
del campo de batalla, despojar a los cadáveres,
matar o retener –para pedir rescate o vender
como esclavos– a los heridos y posteriormente
enterrar a sus muertos. Por lo general, eran
raras las pérdidas masivas, ya que sólo las
filas de vanguardia estaban en peligro y la
huída, –que suponía caer en desgracia pública–,
era fácil.
Esta forma de combatir,
resultó efectiva contra tropas más numerosas
y bien armadas debido a la disciplina y cohesión
habituales de los hoplitas; también era peligrosa
y brutal cuando se embestían dos ejércitos hoplitas.
Los enfrentamientos más comunes ocasionaban
grandes heridas[38].
Sin embargo la formación hoplita era poco adecuada para el terreno quebrado
y montañoso; tampoco era muy efectiva en los
asedios.
LA ORGANIZACIÓN MILITAR
Todos los espartanos, en la edad comprendida entre los veinte y sesenta
años, eran guerreros y asistían diariamente
a los ejercicios de entrenamiento.
Después de haber tenido
en sus orígenes una organización basada en su
constitución tribal[39], el ejército fue reorganizado
de acuerdo con el principio territorial. Pasando
a estar formado por cinco agrupaciones de combate
–llamadas lóchos (división)– una por cada una
de las cinco aldeas en que se hallaba dividida
Esparta.
Cada una de estas divisiones se componía de destacamentos unidos por un
juramento, los llamados enomotias (enomotíai), cuyos miembros llevaban,
incluso en tiempos de paz, un modo de vida en
común, agrupados en la misma syssitia.
El constante ejercicio y la preparación permanente hicieron del ejército
espartano un instrumento de fuerza numéricamente
pequeño pero tan activo como el mundo antiguo
no lo había visto más que en los ejércitos asirios.
La infantería espartana era considerada como
invencible, siendo raros los que conseguían
detener sus ataques.
La
Agogé
A partir de los siete años de edad todos los niños, exceptuados los herederos
reales, comenzaban una educación organizada
por el Estado. Los niños eran encuadrados en
destacamentos especiales llamados ágeles (literalmente “rebaños”), bajo
el mando de un jefe, supervisados por magistrados
(paidónomos) y otros jóvenes de mayor
edad, los que, mediante un riguroso adiestramiento,
trataban de hacer de los niños buenos guerreros.
En su educación y enseñanza, el primer puesto
correspondía a los ejercicios gimnásticos: lucha,
carrera, lanzamiento de disco y jabalina, etc.,
que contribuyen al desarrollo físico de los
niños. Para endurecerles, se les acostumbraba
a caminar con los pies desnudos y casi sin vestidos
en todas las estaciones del año, y se procuraba
hacerles hábiles, ingeniosos y obedientes.
Los niños asistían ordinariamente a las comidas en común (syssitía) y a reuniones en las que
oían hablar de distintos asuntos y hazañas.
La educación moral de los espartanos se ajustaba
al arte militar: durante los ejercicios gimnásticos,
las comidas comunes y en las campañas militares
se cantaban himnos a la gloria de la patria
y de los guerreros famosos.
A los catorce años, los adolescentes ingresaban en la clase de los eírenes. El rigor en la educación era
reforzado. Se intensifican las privaciones e
inclemencias a que venían siendo sometidos.
Se les da una dieta deliberadamente insuficiente
para incitarlos a robar comida, y los que eran
sorprendidos recibían duros castigos para que
aprendieran a mejorar sus habilidades. Acompañan
a los guerreros a través del país, para acostumbrarse
a la vida de campaña y a las privaciones. Los
guerreros que los instruían ejercían un control
casi absoluto sobre ellos, y solían aplicarles
torturas físicas
y mentales para endurecerlos.
Además, se les enseña a expresar sus
ideas y deseos de la forma más breve posible,
“lacónicamente”, como correspondía a un
buen soldado.
A los veinte años, los que habían superado los grados de la agogé, obtenían el equipo completo
de hoplita, ingresaban en los syssitía y pasaban a formar parte de
la comunidad de los guerreros. A partir de este
momento, debían, también, participar en el entrenamiento
de las generaciones más jóvenes.
La educación de las niñas estaba también bajo control del Estado. Tenía
por objetivo el armonioso desarrollo de las
futuras madres de una prole sana. Aprendían
danza, música y canto; realizaban ejercicios
gimnásticos, mezcladas con los muchachos y,
como ellos, se ejercitaban desnudas –hecho que
solía escandalizar a los observadores extranjeros.
Mientras que en el resto de Grecia las mujeres
vivían recluidas, en Esparta eran educadas igual
que los hombres y disfrutaban de una libertad
bastante grande, así como del respeto de los
espartiatas. Sin embargo, al igual que en toda
Grecia, las mujeres espartanas carecían de derechos
políticos.
LAS REVOLUCIONES
Tal fue desde Licurgo, y sobre todo a partir del establecimiento del Eforado,
el régimen espartano: una república aristocrática
en la que la minoría de los “iguales” subyugaba
y explotaba a ilotas, periecos e “inferiores”.
Así se mantuvo durante cinco siglos, hasta el
momento en que los romanos aparecieron en Grecia.
El régimen espartano murió
a manos de una revolución impulsada por el “demos”[40]. Como todas las revoluciones,
la espartana se desarrolló en dos actos: el
primero, consistió en la conquista del poder
político; después, tras la derrota política
de la oligarquía, se procedió a la revolución
social: abolición de las deudas, reparto de
las tierras confiscadas y –lo más importante–
la emancipación de ilotas y periecos, base económica
del régimen espartano. Esta revolución maduró
durante todo el siglo IV, siglo en el que la
hegemonía espartana en la Hélade, tras alcanzar
su máximo apogeo, inicia su irreversible decadencia.
Ya en la segunda mitad del siglo III, las fuerzas
revolucionarias irrumpen abiertamente y asestan
el golpe definitivo al régimen lacedemonio.
El movimiento insurgente se desarrolló en dos
fases. En un primer momento, la dirección del
proceso estuvo a cargo de arqueguetas
“demagogos”, que pretendieron volver a los tiempos
de Licurgo; aunque asestaron duros golpes a
la oligarquía, no la liquidaron definitivamente
y la contrarrevolución volvió a entronizarla.
Finalmente la dirección de la insurrección cayó
en manos del tirano Nabis que la condujo a su
triunfo definitivo.
Las
crisis
La guerra del Peloponeso
causó grandes destrucciones[41]
en
toda la Hélade, especialmente afectados fueron
los campesinos del Ática, debido a las asoladoras
campañas de Arquidamo y a la devastación sistemática
que llevaron a cabo los ejércitos espartanos,
a lo largo de casi una década. Simultáneamente
se observaba en Grecia, una concentración de
riquezas, jamás vista hasta entonces, en las
manos de poquísimas personas.
Esparta fue la menos afectada por los destrozos y la más favorecida por
el flujo de riquezas generado por la guerra.
Enormes cantidades de metales preciosos inundaron
Esparta: una parte era la formada por los subsidios
persas recibidos por Alcibíades, por Lisandro,
por los círculos gobernantes espartanos, inclusive
por los jefes segundones; además, estaba el
enorme botín de guerra de oro y plata, en monedas,
en lingotes, en alhajas, que trajeron los navarcas y harmostes espartanos.
Gran parte de estas riquezas
fueron empleadas en el acopio de los klêroi de las familias empobrecidas
y arrojadas a la orfandad por la guerra. Esta
presión fue tan grande que, hacia el año 400
a.n.e., el éforo Epitadeos hizo pasar una ley
que legalizaba las ventas de klêroi.
Esto aceleró la concentración de tierras a un
ritmo tal, que ya en la primera mitad del siglo
IV el número de “iguales” se había reducido
a 1500 personas, y en la segunda mitad sólo
quedaban unos 1000[42]; un siglo después de Aristóteles
este número quedó reducido a cien. La gran mayoría
de antiguos ciudadanos habían sido reducidos
a la situación de “inferiores”. Para el cultivo
de las grandes posesiones, los espartanos comenzaron
a adquirir esclavos en gran cantidad.
Otra parte considerable
de las nuevas riquezas fue invertida en toda
clase de fantasías, antojos, caprichos y lujos;
esto puso fin a la tan renombrada sencillez
y severidad de las costumbres espartanas. Laconia
y Mesenia fueron cubriéndose de lujosas viviendas
y fincas[43], las frecuentes fiestas
se convirtieron en el principal pasatiempo de
la oligarquía espartana.
La otra cara de este proceso de concentración de las riquezas fue el empobrecimiento
general de la mayoría de la población espartana,
su progresivo endeudamiento y dependencia.
Así mismo, la pronunciada
disminución de los ciudadanos-guerreros tuvo
sus efectos sobre la organización militar: las
levas de periecos
llegaron a ser cada vez más numerosas, con el
consiguiente descontento de estas comunidades;
igualmente crece el número de contingentes cubiertos
por los “inferiores” –neodamodes
y epeunactes–. Sin embargo, el cambio militar más importante
fue la institucionalización del ejército mercenario[44].
Debido a su masivo aumento
y a su mayor empobrecimiento, los “inferiores”
empiezan a formar agrupaciones hostiles para
conspirar contra el orden existente. La novedad
de estas nuevas confabulaciones es que pretenden
incorporar a su movimiento a ilotas y periecos. Una de estas conspiraciones
se ha hecho famosa gracias al relato de Jenofonte
que, en sus Helénicas, refiere la conjuración de
un tal Cinadon que tuvo lugar allá por el año
399.
Cinadón era un joven espartano que no pertenecía a la clase de los “iguales”.
Consideraba como
enemigos del pueblo a los espartanos
con plenos derechos y pretendía su destrucción.
Cuando pretendía afiliar a un hombre a la conspiración,
le llevaba a la plaza pública y le hacía contar
a los ciudadanos, que escasamente llegaban a
la cifra de setenta; tras el recuento, Cinadón
les decía:
“Esos sujetos son nuestros enemigos; al contrario, los otros que llenan
la plaza en número de más de cuatro mil son
nuestros aliados”
y añadía :
“Cuando encuentres en el campo a un espartano, ve en él a un enemigo y
a un amo; los demás hombres son amigos”
Continúa Jenofonte:
“Los conjurados sabían que
sus proyectos coincidían con las tendencias
de todos los ilotas, neamodos, hipomeyones y
periecos: pues todos sentían tal odio por sus
amos que no había ni uno solo entre ellos que
no confesase serle agradable devorarlos crudos”
En lo referente a las armas necesarias para la insurrección, cuenta Jenofonte:
“.. Cinadon, en lugar de contestar a esta pregunta, lo llevó a las filas
de tiendas de ferretería, donde le enseñó una
multitud de cuchillos, sables, asadores, segures,
hachas y hoces. Y le dijo Cinadón en esta oportunidad:
armas de esta índole existen en las manos de
todos aquellos que se ocupan de labrar la tierra,
la madera y las piedras; y también en la mayor
parte de toda clase de oficios se usa una cantidad
suficiente de instrumentos que pueden servir
como armas para las personas que carecen de
las mismas”.
La propaganda y la agitación de los conjurados les dio tal popularidad,
que los éforos “se habían atemorizado”, y no
se atrevieron a detener a Cinadón en la misma
ciudad. Se le envió con una misión secreta,
deteniéndoselo en el caminos. Sometido a tortura,
Cinadón entregó a sus cómplices y junto con
los mismos fue ajusticiado en secreto.
Sólo en el año 396, después
de haber aplastado el movimiento de Cinadón,
Esparta se encontró en condiciones de consolidar
su hegemonía en toda la Hélade; tras la guerra
de Corinto, el poderío espartano había llegado
a su apogeo, y hacia el año 379 casi toda Grecia
se inclinaba ante ella. Esta situación duraría
poco, en el año 371 a.n.e. el ejército espartano
–formado por más de 10.000 soldados– fue derrotado, en Leuctra[45], por siete mil guerreros
beocios mandados por Epaminondas[46]. La consecuencia de esta
derrota fue el declinar de la antigua grandeza
espartana y de su hegemonía en toda Grecia.
Fue la señal para el desmembramiento de la confederación
peloponésica y para el surgimiento de amplios
movimientos sociales que se extendieron por
la mayoría de los estados del Peloponeso; las
sublevaciones del demos
se generalizaron durante el año 370, la lucha
entre pobres y ricos alcanzó su máximo antagonismo
en ciudades como Argos, Corinto, Sicción, Figala,
Tegea.
En esta situación, Epaminondas asestó a Esparta un golpe aún más grave.
Reunió en torno suyo a los ejércitos de todos
los estados democráticos del Peloponeso que
se habían sublevado contra Esparta e invadió
la Laconia hasta el golfo. Los ilotas se amotinaron,
uniéndose masivamente a los invasores. Los periecos
se negaron a alistarse en el ejército espartano;
facilitaron guías a los invasores y, cuando
éstos aparecían, se unían a ellos. Sin embargo
Epaminondas no tomó Esparta, se dirigió hacia
el sur y, tras asolar el país, llegó hasta la
costa; allí se apoderó del puerto principal
de Laconia, Giteión, donde estaban los astilleros
lacedemonios. Posteriormente Epaminondas acudió
en ayuda de Mesenia, que se había sublevado
contra Esparta, contribuyendo a su liberación.
Una vez expulsados los espartanos se distribuyeron
las tierras y se fundó, en las laderas del mítico
monte Ithome, la polis de Mesena.
La
pérdida de Mesenia, la región más fértil del
Estado espartano, asestó a éste un duro golpe
del cual no logró reponerse. En los dos años
que siguieron a la batalla de Leuctra las relaciones
políticas y sociales en Grecia cambiaron bruscamente.
La oligarquía espartana fue reducida a un estado
de completa disgregación. Perdió una gran parte
de sus tierras y fueron emancipados la mayoría
de sus ilotas. La liga peloponésica se disgregó
y Arcadia se convirtió en un Estado independiente,
con Megalópolis, construida con dicho fin, como
capital.
El
asalto final
Agis IV, nombrado rey en
el año 245, a la edad de 19 años, fue educado
en el espíritu de la filosofía estoica y creyó
posible regenerar la comunidad espartana volviendo
al régimen establecido por el legendario Licurgo.
El plan de Agis consistía en expropiar las tierras
de la oligarquía y dividir las tierras confiscadas
en 4500 klêroi que pasarían a manos de los
“inferiores” y de periecos que hubiesen recibido
una “buena educación”; los nuevos propietarios
pasarían a engrosar las filas de la ciudadanía
espartanas. Esto permitiría restablecer un ejército
basado en ciudadanos-guerreros y no en mercenarios.
También se proponía restablecer antiguas instituciones
y costumbres, especialmente los syssítiai y la agogé. En un primer momento, Agis intentó
realizar estas reformas utilizando la vía legal:
presentó a la Gerousía dos proposiciones de
ley para abolir las deudas y repartir las tierras;
las propuestas fueron aceptadas. Pero la puesta
en práctica encontró la oposición de los éforos,
hasta tal punto que Agis se vio forzado al uso
de métodos ilegales: depuso a los éforos y nombró
a otros por su propia autoridad. Más tarde armó
a sus partidarios y estableció un régimen de
terror contra la oligarquía; durante este periodo
aplicó la ley sobre las deudas y quemó todos
los títulos de los acreedores en la plaza pública.
Cuando el demos exigió el reparto de tierras,
Agis vaciló, y la deseada distribución quedó
en suspenso.[47] El pueblo se consideró
traicionado y dejó caer a Agis en manos de sus
adversarios; aunque buscó refugio en un templo,
los éforos lo prendieron y decapitaron, era
el año 241 a.n.e.. El gobierno de la oligarquía
quedó restablecido.
Cleomenes III, que subió al trono en el
año 235, continuó los proyectos de su antecesor
Agis, pero fue más expeditivo en su ejecución.
Formó un poderoso ejército mercenario y derrotó
a la Liga Aquea.[48]
Habiendo
así fortalecido su posición en el exterior,
regresó a Esparta y dio un golpe de estado:
acuchilló a los éforos y sus sillones fueron
tirados a la calle en señal de abolición de
la magistratura más odiada por el demos y los arqueguetas; suprimió la Gerousía; ejecutó a una parte de los
defensores de la oligarquía y desterró al resto.
Tras la victoria política, hizo la revolución,
decretó el reparto de las tierras expropiadas
y concedió la ciudadanía a cuatro mil laconios.
Esparta se convirtió en un foco revolucionario,
los demos del Peloponeso intentaron seguir el
ejemplo y la ayuda de Cleomenes para lograr
la abolición de sus deudas y el reparto de las
tierras. Para conjurar el peligro de tales insurrecciones,
las oligarquías peloponésicas no dudaron en
pedir ayuda al rey macedonio. Aqueos y macedonios
vencieron a Cleomenes en Selasia (221 a.n.e.);
el rey huyó a Egipto, y en Esparta fueron anuladas
las reformas y restablecida la oligarquía.
Sin embargo, la oligarquía no podía sostenerse y hubo grandes perturbaciones.
Un año, tres éforos favorables al partido popular
acuchillaron a sus dos colegas; al año siguiente,
los éforos fueron partidarios de la oligarquía,
el pueblo tomó las armas y los decapitó a todos.
La crisis revolucionaria
tomó nuevas dimensiones cuando se unieron los
“inferiores” a los ilotas (Dekonski, 1966). El año 207,
el demos
adoptó un nuevo tirano, Nabis, que se puso a
la cabeza de los desposeídos y los condujo a
la victoria sobre la oligarquía. Nabis concedió
la ciudadanía a todos los hombres libres, elevó
a los periecos al mismo rango que los espartanos,
emancipó a los ilotas,
desterró a los ricos[49]
y
repartió las tierras. El tirano estableció en
Laconia un nuevo orden: reorganizó el ejército,
reclutando a numerosos mercenarios; sometió
a Mesenia, parte de Arcadia, y la Élida, se
apoderó de Argos; formó una flota, con la que
dominó todas las islas que rodeaban el Peloponeso
y extendió su influencia sobre Creta.
La Liga Aquea logró que Flaminio, en nombre
de Roma, declarase la guerra a Nabis. Diez mil
laconios, sin contar a los mercenarios, tomaron
las armas para defender al tirano. Vencedor
Flamino, redujo su poder, dejándole reinar en
Laconia. Nabis fue asesinado más tarde por un
etolio, pero su muerte no restableció el antiguo
régimen. n
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