|
|
|
|
|
| |
ROSEMARY THORP: "Las
economías latinoamericanas, 1939-1950"
By Curaka Pukas
En los años treinta, el funcionamiento
económico de América Latina estaba
aún basado en la exportación de
bienes primarios; aunque la industria había
experimentado un pequeño crecimiento. La
política económica de esos años
permitió estimular, al mismo tiempo, las
exportaciones primarias y el desarrollo industrial.
Pero hacia los años cincuenta, América
Latina se encontraba totalmente aferrada a la
industrialización de sustitución
de importaciones (ISI) (se había descuidado
el sector exportador). ¿Cómo y por
qué se pasó de esa política
coherente de los años treinta a las contradicciones
de los años cincuenta? Se analizará:
1) el impacto de la Segunda Guerra Mundial (SGM)
en las economías latinoamericanas y 2)
la evolución de las políticas económicas
posteriores. La conclusión es que el rechazo
explícito al viejo modelo del crecimiento
basado en las exportaciones y la consolidación
del nuevo modelo de crecimiento de la ISI y de
desarrollo económico hacia adentro, ocurrieron,
al menos en los países más grandes,
entre finales de los cuarenta y mediados de la
década de 1950.
La segunda guerra mundial
Hacia 1918 el viejo sistema centrado en Londres
y en el patrón oro estaba en descomposición,
y el dominio de Estados Unidos en los circuitos
comerciales y de capital era evidente. Como ahora
existían más de un centro financiero
y una oferta mucho más amplia de fondos,
inconstantes a corto plazo, el sistema se hizo
peligrosamente inestable. Estados Unidos no adoptó
la conducta del "acreedor cauto" (que
sí tenía Gran Bretaña) que
importa bienes para permitir el pago a los deudores
y presta prudentemente para proyectos que fomenten
la capacidad de pago. Adoptó en cambio,
políticas proteccionistas y buena parte
del capital exportado por banqueros privados inexperimentados
adoptó la forma de préstamos que
financiaron proyectos aventurados y extravagantes.
El crac del 29 puso en evidencia la debilidad
del sistema, y por eso durante la década
del treinta la mayoría de los gobiernos
implementaron políticas proteccionistas
y de controles de cambio que sólo permitieron
un crecimiento lento del comercio mundial, reduciéndose
notablemente las inversiones extranjeras .
Sin embargo, el período 1913-1939 no fue
para América latina de depresión
generalizada. Por el contrario, en la década
de 1930 se logró un crecimiento significativo
mediante la ISI y la ASI. Con la industrialización
y el intervencionismo estatal, tomó forma
un nuevo modelo de desarrollo diferente al basado
en las exportaciones. No obstante, las exportaciones
tradicionales aún eran importantes.
Con el inicio de la guerra en 1939, se vieron
afectados las fuentes de suministro, los mercados
de exportación, los servicios de trasporte
y los recursos financieros que abastecían
a Latinoamérica. Las importaciones británicas
se concentraron únicamente en los bienes
esenciales: azúcar y petróleo. A
su vez, Gran Bretaña tenía menos
para exportar. El principal problema económico
para América Latina comenzó a ser
la acumulación de grandes excedentes de
exportación (trigo, maíz, aceite,
café, cacao, azúcar y bananas),
cuyos precios descendieron inevitablemente. Pasó
lo mismo con las pieles, maderas, algodón,
nitratos y metales. Japón trató
de aprovechar esta situación para abastecerse
de materias primas, pero no tenía para
exportar los bienes que América latina
deseaba y que antes los países europeos
proporcionaban.
Estados Unidos era muy conciente de los peligros
que las dificultades económicas de América
latina planteaban para la solidaridad panamericana.
Por lo tanto, aquel país implementó
medidas económicas que permitieron el crecimiento
del comercio entre ambas regiones, que repercutieron
además, en un aumento del comercio interlatinoamericano
[¡qué vocablo!]. Como consecuencia
de estas nuevas políticas comerciales,
hacia fines de los 40, el balance comercial de
América Latina era totalmente negativo
con respecto al país del norte [no hay
manera, ¡siempre estamos cagados!]. Con
la entrada de Estados Unidos a la guerra, América
latina quedó aún más gravemente
afectada [no te digo
]. Estados Unidos, entonces,
comenzó a presionar a los países
latinoamericanos para que se declarasen a su favor
en la guerra y en contra de los países
del eje [los contrarios a Estados Unidos en la
guerra: Alemania, Italia, Austria, con los que
aún se mantenían algunos vínculos
comerciales]. Los países que sí
lo hicieron, pronto obtuvieron grandes beneficios
ya que Estados Unidos les compraba algunos materiales
estratégicos (estaño boliviano y
otros en México, Perú, Chile, Brasil,
Argentina) y realizó una importante inversión
pública y privada especialmente en las
áreas de trasporte y comunicaciones [como
cien años antes lo hicieron los ingleses:
¡sólo para llevarse los recursos
naturales!]. Los países que no se aliaron
a Estados Unidos se vieron apartados de estos
beneficios. Este sistema de "premios y castigos"
implementado por Estados Unidos afectó
notablemente al desarrollo económico latinoamericano
durante la Segunda Guerra.
¿Qué significó entonces esta
guerra para el proceso de transición económico
en Latinoamérica? En primer lugar, fue
un nuevo golpe para el modelo basado en las exportaciones,
que además dejaba ver el problema de disponibilidad
de las importaciones y de transporte, y la inestabilidad
del comercio mundial de bienes primarios frente
a los conflictos internacionales. Segundo: NO
aumentó la autonomía latinoamericana,
por el contrario, aumentó notablemente
la dependencia con Estados Unidos. De las economías
más grandes, sólo Argentina logró
resistir la influencia estadounidense. Tercero:
aumentaron paulatinamente la intervención
económica de Estados Unidos en América
latina, junto con el papel de los gobiernos nacionales.
En gran parte de esta región, los intereses
del sector privado comenzaron a estar más
ligados a los del gobierno. Estos dos elementos
serán clave para el posterior desarrollo
del nuevo modelo de crecimiento de posguerra.
El cuarto, y el más sobresaliente, fue
el crecimiento de las exportaciones como respuesta
a la creciente demanda de productos primarios;
sin embargo, la capacidad de cada país
para beneficiarse de esto, fue muy variada (por
ejemplo el bajo precio de los minerales no dejó
grandes ganancias). Quinto: en la industria operaron
fuerzas contradictorias: la escasez de artículos
importados alentaba nuevos proyectos de sustitución,
pero éstos estaban limitados por la escasez
de bienes de capital esenciales importados. Por
este motivo, la nueva industria se orientó
hacia la producción de los bienes de capital
(maquinarias, herramientas) y los insumos básicos).
Esta situación permitió la transformación
de varios talleres en fábricas, y permitió
el inicio en el continente de la exportación
de manufacturas. Por último, la entrada
de una gran cantidad de divisas (moneda extranjera)
gracias al aumento de las exportaciones, pero
la imposibilidad de utilizarlas en importaciones,
generó, inevitablemente un proceso inflacionario.
Sin embargo, el excedente de divisas fue aprovechado
por algunos países para el pago de la deuda
externa (por ejemplo México y Brasil).
Las consecuencias de la guerra
En los años posteriores a la guerra se
percibió claramente que el sistema se había
resquebrajado y que se requería un gran
cambio institucional. Estados Unidos era indudablemente
la mayor potencia del mundo, y ellos decidieron
cuáles cambios eran necesarios implementarse:
Los principales fueron la eliminación de
los controles del estado en la economía
(establecidos en la década del 30 y profundizados
durante la guerra) y el control de la inflación.
El convenio de Bretton Woods de 1944 estableció
volver a un sistema de cambios estable y a una
oferta constante de capital a largo plazo para
propósitos productivos. Para ello se crearon
el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.
Se restauró el "patrón oro",
pero rápidamente evolucionó al "patrón
dólar" como moneda (divisa) oficial
de cambio internacional. Ambos organismos presionaron
para la liberación del comercio y del capital,
al menos, en todo el mundo occidental ("Fue
el comienzo del fin", destacó Andreas).
En 1947, Estados Unidos lanzó el "Plan
Marshall", que consistió en un plan
de recuperación económica para los
países europeos. América latina,
en cambio, no recibió ayuda alguna. Sin
embargo, aquel país yo no se opuso a que
sus empresas invirtiesen directamente en manufacturas
en el extranjero, ya que el crecimiento económico
fue visto como una protección para los
sistemas democráticos; además, el
desarrollo industrial de los países del
Tercer Mundo traería aparejado nuevos mercados
y nuevas oportunidades para la producción
y la inversión estadounidenses. Sin embargo,
el flujo de capitales hacia América latina
fue escaso y concentrado únicamente en
el azúcar cubana y el petróleo mexicano;
sólo luego de la guerra de Corea en 1955,
aumentó significativamente la entrada de
capitales estadounidenses para el desarrollo de
algunos minerales estratégicos (hierro
en Brasil, cobre y plomo en México y Perú,
cobre en Venezuela, bauxita en el Caribe). América
Latina no era importante para Estados Unidos,
ni en términos políticos, ni económicos.
Sin embargo, desde la perspectiva latinoamericana,
la guerra había puesto de manifiesto el
nivel de poder e influencia de Estados Unidos
tanto en términos políticos, como
económicos. El comercio de exportaciones,
había pasado a ser mayoritariamente con
los Estados Unidos, quedando relegada Europa a
un segundo lugar; en cambio el comercio interregional
entre los países latinoamericanos, era
totalmente marginal (cuadro pág 59).
En el Acta Económica de las Américas,
como parte de la Conferencia Interamericana sobre
los Problemas de la Guerra y la Paz, celebrada
en 1945 en Chapultepec, Estados Unidos exigió
a los demás países americanos a
reducir los aranceles y a dar acogida al capital
extranjero, condenando además el nacionalismo
económico y desalentando la empresa pública
[no querían nada
]. Sin embargo, el
documento final condenó sólo el
nacionalismo económico, dejando sin tratar
la cuestión de las empresas estatales.
Hasta 1948 América latina esperó
un Plan Marshall para la región; sin embargo
en la novena conferencia de la OEA quedó
claro que no sucedería tal cosa. Entonces,
la Comisión Económica para América
Latina (CEPAL), creada ese mismo año y
formada por un grupo de jóvenes economistas,
dio a conocer en 1949 la "tesis Prebisch"
que representaba el "punto de vista latinoamericano"
y que desafiaba al pensamiento ortodoxo de la
época dominado por la Teoría de
la Dependencia [esta teoría postulaba que
las diferencias entre los países desarrollados
(o centrales) y subdesarrollados (o periféricos)
se debían al distinto grado de desarrollo
industrial; en consecuencia, la brecha social
y económica entre ambos grupos de países
podría ser salvada mediante el desarrollo
industrial, para lo cual era "necesario"
que los países subdesarrollaron aceptaran
los "consejos" económicos de
los países desarrollados -que incluía
la llegada de las empresas multinacionales que
"traían" consigo el "desarrollo
técnico e industrial", sí,
claro-] Andreas dijo que la Teoría de la
Dependencia fue elaborada en 1949 por Cardoso
y Faletto en oposición a la teoría
imperialista porque recibían fondos estadounidenses
para su trabajo . La "Tesis Prebisch",
por su parte, afirmaba que las mejoras en la productividad
del progreso técnico en la industria en
los países centrales NO se reflejaban en
precios más bajos, sino que eran retenidas
(las mejoras) allí (en los países
centrales), mientras que en la periferia las mejoras
de la productividad en el sector primario eran
menos significativas y los salarios se mantenían
bajos por el excedente de mano de obra [es decir,
mientras que los países centrales aplicaban
el desarrollo tecnológico a la producción
industrial, los países subdesarrollados
la aplicaban a la producción primaria -cuyos
productos eran aprovechados por los países
centrales- sin que provocara mejoras en la situación
salarial por el exceso de mano de obra]. Versiones
posteriores de la teoría destacaron además
la cuestión de la demanda y el comportamiento
de los términos de intercambio: [la asimetría
de la capacidad industrial hacía que los
países centrales exportaran productos industriales
(con mayor valor agregado) e importaran productos
primarios (con un valor agregado prácticamente
nulo); mientras que en los países periféricos
era exactamente al revés: vendían
barato y compraban caro, lo cual generaba un círculo
vicioso en el cual los países ricos eran
cada vez más ricos, y los países
pobres eran cada vez más pobres]. Teórico
de Andreas: entonces, los cepalinos argumentaron
que la brecha no era solamente económica,
sino más bien estructural. Las decisiones
se toman en el Primer Mundo. Sólo una revolución
llevaría al cambio. Seguimos con Thorp.
Las economías latinoamericanas no respondían
de forma automática a las señales
del precio de los términos de intercambio
debido a "rigideces estructurales".
Las economías latinoamericanas, por tanto,
requerían una promoción deliberada
del gobierno a la industrialización. El
capital extranjero era necesario para el desarrollo,
pero los cepalinos creían que debía
tratarse de capitales públicos [del estado].
La industrialización permitiría
generar una independencia respecto de las exportaciones
(que eran de productos primarios inestables y
estancadas).
Sin embargo, dice Thorp, hacía falta algo
más que las racionalizaciones previstas
por los cepalinos; era necesaria una evolución
de dos factores políticos para que el modelo
de desarrollo basado en la ISI se estableciera
de manera estable: 1) el capital extranjero fue
privado (mediante las inversiones extranjera directa),
no público; 2) el capital extranjero exigía
una fuerza laboral "controlada". Aquí
el autor analiza el caso de Brasil y el debate
Simonsen-Godin (páginas 62 y 63).
El proteccionismo estatal de los años posteriores
a la guerra incrementaron las relaciones empresariales
estatales "clientelistas" en todas las
economías industrializantes de América
Latina de modo tal que, según un teórico
de la época "lo que proponen (las
empresas) es más bien la intervención
empresarial en el gobierno que la intervención
gubernamental en la empresa" (página
64, arriba). El sistema era tal que casi siempre
la manera de aumentar las ganancias era operar
a nivel político antes que con las variables
técnicas convencionales que determinan
la productividad [en Morón, a todo esto,
le decíamos "corrupción"].
Pero las fuerzas en conflicto también operaban,
en la década de 1950, respecto al capital
extranjero. Nuevos grupos surgieron durante esta
década cada vez más asociados a
este tipo de capital. Se constituyó, finalmente,
una triple alianza entre el Estado, las multinacionales,
y la burguesía nacional, en la cual esta
última era, sin dudas, el socio menor [bueno,
tampoco deberían quejarse mucho
].
País por país, paulatinamente, los
principales rasgos de la política económica
de las décadas de la posguerra se consolidaron:
se definió la relación con el capital
extranjero y se redujo el uso de algunos controles
directos (en las páginas 65 y 66, el autor
analiza algunos casos particulares).
Pese al crecimiento de la ISI en el período
1940-1945, el resto de la década mostró
un retroceso, incluso en las economías
grandes: nuevamente se redujo la participación
estatal (ante la presión de Estados Unidos)
y se debilitó el impulso de las industrias
básicas, a la vez que el temor a las tendencias
inflacionistas acrecentó la dependencia
de los controles a la importación; esto
fue percibido como un medio hostil para los inversores
extranjeros. Aquí la autora analiza varios
casos (págs 67-81). En Argentina, Perón
implementó una enérgica política
de promoción del sector industrial para
el mercado interno mediante créditos amplios
y baratos, pero las exportaciones de bienes manufacturados
durante la guerra se redujeron, como así
también las exportaciones de carne y granos,
por lo que las divisas rápidamente comenzaron
a escasear. Cerrado el comercio con Estados Unidos
por no declarase en contra de los países
del Eje durante la guerra, los excedentes de divisas
obtenidos del comercio con Europa no podían
utilizarse para las importaciones de Estados Unidos.
La industria se estancó. Brasil, en cambio,
no experimentó un descenso de la producción
industrial. En México, la industrialización
se convirtió en un rasgo esencial de la
política económica de Ávila
Camacho y de Alemán. Sin embargo, no existió
una verdadera planificación, ni un programa
global de desarrollo económico nacional.
Chile es el único caso entre de las cinco
economías grandes, cuyas exportaciones
crecieron, aunque en forma limitada. Sin embargo,
debió pagar el costo de la inflación.
Colombia disfrutó del auge de la exportación
del café, pero creció muy lentamente.
No obstante se destacó por ser el único
país en desarrollar un sistema proteccionista
tanto para la producción industrial como
para la agricultura. Uruguay, ya industrializado
antes de la guerra, a partir del proteccionismo
batlista, no contó con una política
de desarrollo a largo plazo, y a mediados de 1950
su crecimiento industrial se detuvo y el atraso
en la producción agropecuaria originó
problemas en la obtención de materias primas
y de divisas, dejando ver las limitaciones del
mercado. Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia
y Paraguay, estaban menos preparados para la industrialización
y su avance fue muy lento. En Venezuela, la acogida
al capital extranjero fue total y los grupos nacionales
se identificaron totalmente con el Estado; así
desarrolló la industria metalúrgica
y la agroindustria. Ecuador creció en base
a las exportaciones de café, cacao y bananas
producidas en la región costera, por lo
que la industria (localizada en la sierra), descendió.
Perú llevó a cabo una política
claramente favorable al capital extranjero, pero
la industria recién se desarrolló
en los años sesenta, para paliar el desempleo
y la agitación rural. El estancamiento
de Bolivia se relaciona con el mercado internacional
del estaño y con las políticas interna
condicionada por este mismo mineral. Paraguay,
dominado por la elite exportadora de carne y tabaco
hasta el inicio de la dictadura de Stroessner
en 1954, vivó una fuerte presencia del
capital extranjero en la tierra y en la infraestructura.
En América Central crecieron rápidamente
las exportaciones (especialmente café y
bananas), por lo cual el modelo tradicional de
exportación se mantuvo sólido y
entonces no fue discutido. Recién en los
años sesenta la influencia cepalista promovería
la idea de una industrialización deliberada
dentro del contexto de un Mercado Común
Centroamericano. Cuba se mantuvo dependiente de
la exportación azucarera.
Dos casos extremos de la economía política
de la posguerra para América Latina en
relación a la discriminación que
la agricultura sufrió en relación
a la ISI, son México y Argentina: el primero
logró alcanzar el desarrollo agrícola,
mientras que en el segundo, la desinversión
durante el peronismo, fue fatal.
En la mayoría de los países, donde
las políticas fueron menos extremas, la
agricultura destinada al mercado interno resultó
descuidada. El sector agrícola siempre
estuvo forzado a vender a precios más bajos
que los que tenía el mercado mundial. La
única excepción fue Colombia, que
desarrolló una "protección
integral" para el campo y la industria.
Con respecto a la distribución de la renta,
sólo está debidamente documentada
en México, donde el empeoramiento de la
misma está relacionada con el desigual
acceso a las ganancias de la productividad agrícola.
Thorp cree que el "argumento negativo"
[que la distribución de la renta empeoró,
es decir que se volvió más desigual,
es decir que aumentó la brecha entre ricos
y pobres] es válido puesto que al no haberse
implementado reformas agrarias, el acceso a los
medios de producción siguió sendo
desigual.
Conclusión
La década de 1930 había sido un
período de crecimiento para América
Latina luego del desastre inicial de la depresión
de 1929. En una combinación inusitada y
fugaz, el Estado había permitido el crecimiento
de las exportaciones tradicionales y había
iniciado el desarrollo industrial (para sustituir
los bienes importados).
La Segunda Guerra Mundial generó efectos
positivos y negativos: mejoró los ingresos
de exportación, pero no había en
qué gastarlos, con lo cual se generó
una fuerte inflación interna. El papel
de Estados Unidos fue paradójico: aumentó
su influencia en la región, pero promovió
el desarrollo industrial. Por otro lado, aumentó
el papel del Estado, pero aumentó también
su relación con el sector privado, que
comenzó a tener una creciente ingerencia
en las decisiones políticas.
En relación a la tensión entre la
necesidad constante de una fuente de divisas y
la necesidad de diversificar la economía;
de reducir la dependencia y desarrollar fuentes
internas de dinamismo; la guerra dejó como
consecuencia un tipo de cambio sobrevaluado y
presiones inflacionarias aceleradas. El miedo
a la inflación llevó, primero al
gasto de las divisas acumuladas en importaciones
[calculo que improductivas], y luego, al uso de
controles para restringir la importación
[no entendí].
Dos modelos entraron en juego para orientar la
reforma: la concepción estructuralista
naciente propugnaba por una industrialización
inducida por el Estado, mediante una protección
modesta y eficientemente dirigida, y confiada
en los flujos de capital público extranjero.
La segunda visión respondía a los
intereses de Estados Unidos y a los intereses
más conservadores de América latina,
con orientaciones liberales, y a favor del capital
extranjero privado. Cuando estuvo claro que el
capital público extranjero no iba a llegar,
se adoptó una posición intermedia
entre ambos modelos, buscando desesperadamente
capital privado extranjero, pero que fue atraído
por mercados internos protegidos y una legislación
[muy] favorable. La idea de exportar nuevos bienes
manufacturados desapareció rápidamente
[chau, nos garcaron de nuevo], y la eficiencia
se subordinó a las oportunidades de ganancia
a corto plazo [es decir, nunca se implementaron
políticas de desarrollo a largo plazo y
que pudieran sostenerse en el tiempo]. La idea
durante la guerra de desarrollar la industria
básica, también se esfumó
frente a la producción de bienes de consumo
duradero [que no permiten avanzar en el desarrollo
industrial]. Los dirigentes descuidaron la importación
de tecnología inapropiada y el prejuicio
implícito contra la agricultura y las exportaciones
no fue analizado (oculto por el desarrollo industrial),
y sus resultados se sufrieron más tarde.
Hubo importantes contradicciones y tensiones en
el nuevo modelo. Fue creciente el papel del Estado,
creciente la demanda de los nuevos grupos sociales,
y acelerados el crecimiento demográfico,
la urbanización, y la industrialización.
La actitud ambigua del sector privado se resolvió
mediante el clientelismo. Las tendencias de la
etapa bélica de estímulo al comercio
intrarregional y a la industria básica,
desaparecieron. El capital público extranjero
fue insuficiente. La conducción de la ISI
fue ineficiente, la inversión extranjera
descontrolada, hubo un creciente desequilibrio
sectorial entre la industria y la agricultura,
y el modelo de acumulación dependiente
de una confianza casi siempre tenue entre el Estado
y el sector privado fue frágil.
Algunos de estos problemas se solucionaron a finales
de la década de 1950 con la disminución
de los controles comerciales, con una reducción
del sesgo antiexportador y con una aceptación
completa del capital extranjero [debe ser por
esta afirmación de Thorp que Andreas dijo
en clase que "Thorp pertenece a una generación
de economistas liberales-progresistas que no cuestionan
al capitalismo"]. Sigue la autora. Pero esto
estaba lejos de una solución real, y quedó
evidenciado en el crecimiento del mercado mundial
en los años sesenta y por la mayor disponibilidad
de crédito extranjero durante los setenta.
Finalmente, sin embargo, las tensiones se hicieron
abrumadoras, cuando las implicancias en el sistema
fiscal y en la balanza de pagos del modelo subyacente
se hicieron evidentes [esto último tampoco
lo entendí].
|
| |
ALAIN ROUQUIE: "Los
militares en la política latinoamericana
desde 1930"
Re-resumen (texto de interpretación personal)
By Curaka Pukas
Depresión del 29: formación de
nuevos ejércitos profesionales, de carrera,
copiados de Europa. Sin embargo, es difícil
generalizar. Antes de la Segunda Guerra Mundial,
la mayoría de los países de la Latinoamérica
estaban gobernados por militares. ¿Es posible
encontrar principios de comprensión comunes
en todos los fenómenos a los que hicimos
referencia? Para ello s importante destacar un
contexto externo común y homogéneo.
La evolución de las Fuerzas Armadas
Dos regiones: Sudamérica (más Guatemala
y El Salvador) y América Central (menos
esos dos). En las segundas fue más tardía
la aparición del estado y seguían
inmersas en las guerras entre clanes y caudillos;
además fueron ocupadas por Estados Unidos
que creó las Guardias Nacionales. En las
primeras, la evolución del estamento militar
y su papel en la política, atravesaron
por tres etapas:
1) 1860-1920: creación de los ejércitos
modernos (formación estados nacionales)
2) 1920-1960: era militar: las fuerzas armadas
profesionales comienzan a desempeñar un
papel en la vida política.
3) 1960-1990: el papel de los militares adquiere
un tono internacional, en el marco de hegemonía
de los Estados Unidos y bajo el efecto de la Guerra
Fría. Contra el peligro comunista.
1. Los ejércitos modernos nacieron como
parte del proceso de modernización del
estado. Para modernizarse debieron copiar los
modelos europeos de moda: Francia y Alemania.
La modernización de los ejércitos
nacionales latinoamericanos llevó aparejadas
dos reformas claves: 1) el reclutamiento de oficiales
por medio de academias militares especializadas
y su formación en ellas, y 2) la instauración
del servicio militar moderno. Ejército
viejo y ejército nuevo: tenía que
inculcar un sentido cívico y moral en los
futuros ciudadanos que eran puestos a su cargo
y fomentar su espíritu nacional. Los nuevos
oficiales, reclutados por sus méritos y
formados en un molde común por las academias
militares, asumieron una posición especial
en el estado. Cooptados por sus iguales, y en
teoría independientes de los personajes
influyentes de la política y la sociedad,
estos oficiales constituyeron un conjunto de funcionarios
estables y permanentes con una carrera regulada,
en contraste con los aficionados intercambiables
que predominaban en el resto de la maquinaria
del estado. Empezaron a participar de la política.
2. En las décadas de 1920 y 1930 el activismo
político de los militares como institución,
totalmente distinto a los pronunciamientos tradicionales
de generales ambiciosos y descontentos, aumentó
de manera notable en un gran número de
países. Generalmente, aunque no siempre
progresistas, se levantaron contra el status quo
y por ello se puede decir que los militares entraron
a la política por la izquierda del escenario:
se buscaba alcanzar la justicia social, reforzar
el potencial humano, económico, y por ende,
militar de las naciones respectivas Argentina
fue la nota discordante por su carácter
claramente conservador. Contexto crisis y de sustitución
de importaciones y nacionalismo. Progresistas,
si era con orden social. Crisis del sistema liberal
y elites tradicionales incapaces de conducir la
nueva sociedad y la crisis. Nacional-militarismo.
3. El tercer período se subdivide en dos
etapas:
En la primera, en el contexto de la hegemonía
absoluta de los Estados Unidos sobre el continente,
y a partir del desarrollo de la Guerra Fría
de la Revolución, ante el peligro de la
"subversión comunista", las fuerzas
armadas del continente se prepararon para la guerra
contrarrevolucionaria. Aparece la guerrilla en
varios países. La seguridad nacional sustituyó
a la defensa nacional. De esta forma, entre 1962
y 1966, los nuevos "cruzados" de la
Guerra fría desencadenaron una serie de
nueve golpes de estado en la región. La
idea un tanto mal definida del "Occidente
cristiano" parecía haber sustituido
al estado nación en la jerarquía
de las lealtades militares.
La segunda etapa se inicia en 1968 cuando empezó
a tomar forma una coyuntura nueva que haría
sentir sus efectos en las orientaciones políticas
de los militares latinoamericanos hasta 1973:
Cuba, encerrada sobre sí misma, y Estados
Unidos, enfrascado en sus guerras de Vietnam y
en los conflictos de Medio Oriente, generaron
un clima de distensión que permitió
a los militares que se hicieron con el poder en
varios estados entre 1968 y 1972, volver al las
políticas del militarismo nacionalista
y reformista (sucedió con fuerza en Perú,
Panamá, Bolivia, Ecuador y Honduras; con
menor intensidad en Argentina y Uruguay).
Los regímenes militares
1. Dictaduras patrimoniales o sultánicas,
o Guardias Pretorianas. En América Central
y el Caribe, durante el período de entreguerras.
Su carácter militar es dudosa, más
bien caudillismo. Se caracterizan por confundir
el patrimonio público con el privado y
el estado es considerado como un botín.
2. Tres modos dominantes de poder militar:
1) La más característica es la que
constituye una tutela militar virtualmente permanente,
aunque no estable, en la cual la excepción
en términos constitucionales se ha convertido,
de hecho, en la regla: en Argentina, Brasil, Salvador,
y Guatemala (hasta la década de 1980).
Se denominan Repúblicas pretorianas.
2) El militarismo catastrófico de Uruguay
y Chile después de 1973: unos militares
que antes respetaban una tradición democrática
intentaron fundar el estado contrarrevolucionario.
3) Las revoluciones militares reformistas y nacionalistas
del decenio de 1970, sin participación
de las masas, pero de carácter populista
en Perú, Bolivia, Panamá, y en menor
medida también en Ecuador y Honduras.
3. Los límites del militarismo: los estados
civiles (o excepciones): donde el gobierno civil
ha predominado durante períodos relativamente
largos. A fines de 1980 cuatro países hacía
al menos treinta años que gozaban de un
gobierno civil y subordinación militar
ininterrumpidos: Costa Rica, Venezuela, México
y Colombia. Había habido intentos de golpes
militares, pero éstos habían fallado.
¿Por qué esta supremacía
civil? Costa Rica, de hecho, no tiene fuerzas
armadas desde 1948. Venezuela, desde 1958, cuando
fue derrocado el último gobierno militar,
disfruta de gobiernos civiles bajo un sistema
bipartidario. La vida política del México
posrevolucionario está controlado por el
PRI (Partido Revolucionario Institucional) que
es el único partido oficial, de donde salen
todos los presidentes. El partido controla también
a los militares. Desde principios de siglo, Colombia
disfruta de un sistema bipartidario que garantizó
la continuidad constitucional. Las fuerzas armadas
colombianas tradicionalmente fueron débiles,
pobres y carentes de prestigio; además,
el ejército siempre ha estado dividido
en unidades pequeñas y dispersas por el
país, patrullando y rastreando las zonas
inseguras, rebeldes u hostiles. Acostumbrado a
las guerras anti-subversivas, no ha sido el ejército
que organiza golpes de estado. Una vez modernizado,
el ejército se dedicó a liquidar
toda oposición política que no fuera
absorbida por el sistema. ¿Cuáles
son los principales factores que tienden a limitar
el militarismo? 1. El factor militar podría
ser la profesionalización débil
o tardía; 2. El factor político
podría ser la fuerza y la coherencia del
sistema de partidos. 3. Un tercer factor podría
ser la existencia de un régimen político
en el cual la oposición esté institucionalizada,
en el cual las fuerzas políticas progresistas
y las sindicales sean débiles y en el cual
la participación de las masas sea controlada
y encauzada, o marginada. Sin embargo, no puede
hablarse de métodos infalibles, ni para
evitar los golpes militares, ni para asegurar
el ascendente civil.
1) Las repúblicas pretorianas
Las fuerzas armadas constituían verdaderas
fuerzas políticas; una vez en el poder,
tendían a invadir el estado. El autoritarismo
entraña invariablemente una expansión
de la burocracia política responsable de
la vigilancia y la represión de los disidentes
y de los adversarios. Pero la inclinación
natural de los tecnócratas uniformados,
sean cuales sean los objetivos y la ideología
que proclamen, hacen que, además, en la
mayoría de los casos, sean partidarios
del aumento de la planificación gubernamental
y de la expansión del papel económico
del estado. La colonización del aparato
del estado por parte de los militares es uno de
los rasgos más destacados de las repúblicas
pretorianas de América Latina.
2) El estado contrarrevolucionario
En 1973, a pesar de su larga tradición
de estabilidad democrática y de sumisión
militar a la autoridad civil, sufrieron de forma
virtualmente simultánea, feroces y duraderas
intervenciones militares. En lo económico,
el régimen seudocivil uruguayo adoptó
una lógica ultraliberal parecida a la de
Chile. Las nuevas medidas neoliberales tenían
como fin promover (mediante la drástica
reducción del gasto público, la
apertura de las fronteras del país y la
concentración de la renta) la especialización
del Uruguay (y Chile) en las industrias que pudieran
competir eficazmente en los mercados internacionales.
3) Revoluciones militares o "dictaduras
reformistas o nacionalistas": Perú,
Bolivia, Panamá, Ecuador (y Honduras).
Los golpes de estado que se autoproclamaron progresistas,
con líderes que afirman estar del lado
del pueblo, no son muy creíbles en América
latina. Los observadores han tendido a atribuir
la nueva postura de las fuerzas armadas a una
estrategia del "imperialismo" o al oportunismo
de los militares. Este reformismo militar parece
una especie de retorno a las fuentes (años
20 y 30) del militarismo latinoamericano contemporáneo.
Todas ellas fueron revoluciones fracasadas: culminaron
bruscamente o terminaron transformándose
en contrarrevoluciones declaradas. Estos gobiernos
se caracterizaron por represiones bruscas, inesperadas
oscilaciones, y giros de 180 grados.
Estos diversos gobiernos de reformismo militar
tuvieron muchas cosas en común. Eran paternalistas:
invitaban al pueblo a ser meros espectadores d
los cambos que lo beneficiaban. ¿Cómo
y por qué estas minorías radicales,
dentro de las mayoritarias tendencias conservadoras,
lograron hacerse con el poder? Se debieron indudablemente
al clima de distensión que se dio hasta
1973 en el continente. Sin embargo vale destacar
que generalmente es sólo una facción
de las fuerzas armadas la que toma el poder, NO
son institucionales.
Los años ochenta y después
En otros momentos del siglo XX, las dictaduras
militares latinoamericanas habían dado
paso a instituciones civiles, representativas;
sin embargo, es raro presenciar una retirada militar
del poder como la que se produjo durante el decenio
de 1980. En efecto, a mediados de 1990 en ningún
país de América seguía en
el poder un gobierno militar en el sentido riguroso
de la expresión. Sólo en Paraguay
había aún un general en la presidencia,
pero se trataba de un general que había
puesto fin al largo reinado del general Stroessner
en Paraguay, y había iniciado un proceso
de liberación. El gobierno civil fue restaurado
en once naciones latinoamericanas (doce con Paraguay)
entre 1979 y 1990. Además en 1989 cayó
el régimen de Duvalier en Haití.
En estos países, el traspaso del poder
de los presidentes civiles a sucesores también
civiles y elegidos libremente, puede interpretarse
como uno de los indicios de la solidez de la desmilitarización.
El reflujo de la marea militar en América
latina fue fruto de factores mundiales, regionales,
y locales. Las características nacionales
desempeñaron un papel clave en este proceso,
así como las condiciones y las consecuencias
de la retirada militar. Pueden identificarse dos
elementos contextuales principales a favor de
la desmilitarización:
1) la crisis económica mundial, destacándose
la crisis de la deuda externa de 1982.
2) La política regional de los Estados
Unidos a favor del predominio de las formas civiles,
representativas y democráticas. Carter,
Reagan y Bush (hijo).
Pero pese a estos dos factores generales, el proceso
en cada país siguió distintos caminos
en su regreso a los regímenes democráticos.
En Perú y Ecuador los regímenes
salientes (dictaduras progresistas), intentaron
guiar la elección del primer presidente
civil y consiguieron retirarse a sus cuarteles
en buen orden, manteniendo mucha autonomía
y siendo un actor político al que había
que tener en cuenta. En Argentina, Brasil, Chile
y Uruguay, regímenes militares de signo
conservador se habían hecho con el poder
para "proteger" la democracia de peligrosos
movimientos "subversivos". Se propusieron
llevar a cabo programas de reorganización
nacional que restaurarían la autoridad
del estado, pondrían fin al "desorden"
social, y superarían el estancamiento económico,
con lo que eliminarían de forma permanente
toda futura amenaza izquierdista. La salida de
cada gobierno militar varió con cada país:
en Argentina el régimen estaba ya muy debilitado
interiormente, y la derrota de Malvinas fue determinante
para su rendición. En Brasil, el régimen
semi-autoritario y semi-competitivo que se había
instalado en 1964 nunca había abolido por
completo los procedimientos representativos ni
prohibido los partidos políticos. En 1974
el gobierno inició un "deshielo"
(la dicta"dura" y la dicta"blanda"
de Andreas), que sumado a la bonanza económica,
permitió al régimen militar subsistir
por diez años más. Sin embargo,
la crisis económica de la década
de 1980, terminó precipitando su caída.
En Uruguay y en Chile, como en Argentina, los
regímenes habían sido extremadamente
represivos. No obstante, las sólidas tradiciones
democráticas de ambos países continuaron
existiendo, e influyeron en la transición
al gobierno civil. En Uruguay, en 1980, la izquierda
armada ya había sido eliminada y una constitución
propuesta por el gobierno fue rechazada. Entonces
se acordó una retirada negociada que quedó
plasmada en el Pacto del Club Naval, el cual garantizó
la autonomía de las fuerzas armadas. Las
elecciones se celebraron en 1971. En Chile, la
personalización del poder en manos de la
fuerte figura de Pinochet, evitó que hubiera
divisiones internas en las fuerzas armadas, otorgando
coherencia y continuidad al régimen. La
propia Constitución dictada por los militares
en 1980 determinó la caída del régimen:
en 1988, Pinochet fue derrotado en el plebiscito
presidencial, y al año siguiente, Patricio
Aylwin resultó electo presidente. En Bolivia,
el proceso de vuelta al gobierno civil fue caótico.
Entre 1964 y 1982 se sucedieron 17 presidentes,
y los traspasos de poder eran mediante el golpe
de estado. Hugo Bánzer Suárez consiguió
gobernar durante siete años desde 1971,
y su caída (derrota electoral) marcó
el final del gobierno militar coherente. Entre
1978 y 1982, se produjo una nueva anarquía
política (325-326). En Paraguay, el general
Alfredo Stroessner, cayó en 1989 después
de 34 años en el poder, sustentado en el
aparato estatal, el Partido Colorado (con base
en las masas), y las fuerzas armadas (326-327).
En América Central, la influencia del gobierno
estadounidense fue el principal factor del regreso
de los regímenes civiles (327). Más
detalles generales: páginas 321-327.
Podría decirse que en los países
en donde se restauró el gobierno civil
entre 1979 y 1990, los regímenes acabados
de instaurar no siempre dominan por completo sus
fuerzas armadas. El período inicial solía
caracterizarse por la fricción declarada
entre autoridades civiles y militares. Donde la
represión había sido más
dura, el asunto más delicado que debían
afrontar los nuevos gobiernos, era determinar
las sanciones que debían imponerse por
las violaciones de los derechos humanos perpetradas
durante los regímenes militares. Esta decisión
dependía de la solidez de la posición
política, de la gravedad de los crímenes
cometidos, y de la presión pública;
pero también dependía de los nuevos
líderes. En Argentina, Alfonsín
adoptó una posición muy severa al
principio, pero luego de algunas rebeliones militares,
su posición aflojó mucho. Luego,
Menem, terminó por flexibilizar el proceso
perdonando a todos los oficiales que habían
recibido sentencias condenatorias, sin olvidar
a los líderes del régimen anterior,
y absteniéndose de llevar a cabo nuevos
enjuiciamientos. En Brasil, Uruguay y Chile, los
militares se encontraban en una posición
más fuerte al momento de dejar el poder:
en los tres casos [casi como en Argentina] terminó
imponiéndose una amplia amnistía.
En América Central el tratamiento de los
derechos humanos en El Salvador y Guatemala presenta
un contraste revelador (329). En El Salvador se
pudo enjuiciar y castigar a los militares que
cometieron delitos contra los derechos humanos;
en Guatemala, no se pudo terminar con las violaciones
de los derechos humanos, ni procesar a los responsables.
Además del asunto de los derechos humanos,
cabe preguntarse qué grado de influencia
política en general tuvieron los militares
en los países donde se eligieron presidentes
y asambleas legislativas civiles. En Argentina,
el poder político de los militares se encontraba
en su punto más bajo cuando dejaron el
gobierno; su función se vio restringida
a la defensa exterior. En Brasil, las fuerzas
armadas conservaron gran influencia bajo la presidencia
de Sarney; incluso el presupuesto en defensa fue
incrementándose. Sin embargo, el papel
preponderante de las fuerzas armadas fue perdiéndose
con el paso del tiempo; así, Color de Mello,
en 1990 restringió la representación
militar en su gabinete. Por otra parte, la nueva
Constitución de 1988, asignó a las
fuerzas armadas un papel político aún
más restringido, pero no tanto como reducirlas
a la defensa exterior. En Chile fue excepcional:
solo aquí los militares se fueron del poder
sin perder un ápice de confianza en sí
mismos, absolutamente orgullosos de sus 17 años
de gobierno. Además, dejaron como herencia
la Constitución militar de 1980, que otorga
gran poder, tanto a las fuerzas armadas como a
los carabineros (policía). El carácter
restrictivo de dicha Constitución aún
merman la capacidad de los nuevos gobiernos democráticos
para llevar a cabo sus programas (332-333). En
Perú, el rumbo de las relaciones entre
civiles y militares estuvo marcado por la aparición
del movimiento revolucionario Sendero Luminoso.
Ausentes del escenario político, a cambio
del mantenimiento de su autonomía y de
generosas asignaciones presupuestarias, los militares
volvieron al ruedo para combatir al nuevo grupo
revolucionario a principios de la década
de 1980. Tanto Alan García como Alberto
Fujimori, dejaron las manos libres a los militares
para decidir la estrategia y tácticas para
combatir al grupo guerrillero. Sin embrago, aquellos
no tuvieron éxito (334). En 1992, Fujimori
disolvió el Congreso y asumió personalmente
el poder en un "autogolpe", seguramente
con el apoyo y el consentimiento de las fuerzas
armadas. Evidentemente los militares no querían
hacerse con los problemas del poder.
Estos últimos cuatro casos ilustran el
hecho de que la desaparición del gobierno
militar no garantiza automáticamente la
extinción de la influencia política
ni la autonomía de las fuerzas armadas.
No es posible afirmar que los militares latinoamericanos
se hayan resignado a desempeñar un papel
político secundario. Sin embargo, es probable
que Estados Unidos siga apoyando a los regímenes
democráticos. Pero también puede
ocurrir que en la lucha contra el narcotráfico
necesite de las fuerzas armadas. De todos modos,
pareciera que la vuelta de los militares fuera
a depender de la solidez de los sistemas políticos
democráticos que los gobiernos civiles
logren establecer, y en especial de su capacidad
para limitar de forma apropiada las aspiraciones
populares.
En los países sudamericanos donde los militares
gobernaron entre 1960 y 1990 parece difícil
que vuelvan a oírse voces pidiendo la intervención
directa de las fuerzas armadas en la política:
el fracaso económico y el recuerdo vivo
y punzante del autoritarismo y las violaciones
de los derechos humanos, dificultarían
su regreso. En relación a la actitud de
los militares ante su propio papel político
en el futuro, allí donde han gobernado
recientemente (dado el fracaso recién mencionado)
las fuerzas armadas en general no parecen ansiosas
de cargar otra vez con la tarea de resolver asuntos
políticos y socio-económicos complejos.
No obstante, parece que los militares de América
Latina siguen creyendo que son el baluarte y la
encarnación de sus respectivas naciones,
los guardianes de sus fronteras, pero también
de sus instituciones, de su modo de vida, y trascendentalmente,
de su alma misma.
Conclusión
¿Por qué los regímenes militares
en América Latina? Andreas habla de cuatro
causas incompletas, ninguna está mal, pero
todas son insuficientes para explicar el fenómeno.
1) Herencia colonial (española y portuguesa):
dado que América Latina fue colonizada
por España y Portugal, los regímenes
totalitarios en estos países, habrían
determinado la aparición de regímenes
militares en sus ex colonias. La existencia de
regímenes similares en otras partes del
mundo subdesarrollado, anularían esta tesis.
2) Herencia del caudillaje: serían una
continuación de los caudillos de antaño
surgidos con las guerras de la independencia.
La independencia negociada y pacífica de
Brasil negarían también esta hipótesis.
Además, en muchos países no se observa
una continuidad entre los caudillos y los militares,
y las características de uno y otro distan
mucho de semejarse (militares aficionados, guerreros
improvisados, regionalistas, que usan la violencia
privada contra el estado, los primeros; oficiales
profesionales de carrera al servicio del estado,
burocratizados y con el monopolio técnico
del uso de la violencia legal, los segundos).
3) Andreas habla de una tercera causa: la modernización,
el despegue económico. Los militares intervienen
para modernizar económicamente el país.
Es una modernización por la fuerza, sin
elecciones, sin demagogia. Se desarrolla un proyecto
industrialista sin tener en cuenta la opinión
pública (pone como ejemplo a Brasil del
64) Yo hablaría de las dictaduras revolucionarias.
Teorías conspirativas de la historia (Imperialismo
para Andreas) [Pukas' theory para mí]:
según Rouquie van acompañadas de
cierto economicismo desprovisto de sentido crítico.
Después del golpe de estado en Brasil en
1964 y en Chile en 1973, ha ganado adeptos la
idea de que las fuerzas armadas latinoamericanas
son manipuladas desde el extranjero como si fueran
simples prolongaciones del aparato militar estadounidense;
algo más que meros "partidos políticos
del capital internacional". La instauración
de regímenes autoritarios desde los años
sesenta a los años ochenta respondería
a las necesidades de la fase contemporánea
del desarrollo capitalista [¡SÍ!],
ya fuera porque el capital multinacional y la
nueva división internacional del trabajo
requerían gobiernos fuertes y represivos
que frenasen los movimientos sociales y garantizasen
las inversiones, o porque la transición
de la industria ligera a la producción
de bienes intermedios y bienes de capital no era
posible dentro de un marco civil y democrático.
Según esta hipótesis, los militares
latinoamericanos habrían sido "programados"
para garantizar la "profundización"
del proceso de industrialización [¡no
es tan lineal, Rouquie1].
Andreas:
¿Por qué intervienen los militares?
En las guardias pretorianas por una cuestión
de lucrar a partir del control del estado.
En las repúblicas pretorianas, llegan al
poder en un momento de crisis socioeconómico.
La fachada sería "salvar al país
del comunismo", pero también hay que
terminar con los populismos (en Argentina y Brasil,
en Chile con un gobierno socialista que está
llevando a cabo reformas en el campo y en la ciudad).
En las dictaduras reformistas no están
de acuerdo con el liberalismo que no lleva a la
reforma económica.
La guerrilla no es determinante: el Brasil no
la combate, la crea; en Uruguay se mantienen en
el poder, una vez liquidada la guerrilla; combatir
la guerrilla es otra fachada, el fin último
es torcer el rumbo económico e implantar
el neoliberalismo: en todos los casos (menos Pinochet)
los salarios bajan y aumentan las ganancias de
las multinacionales.
¿Por qué se van?
Rouquie no lo explica muy bien. No tiene en cuenta
la lucha popular (dejaron muy pocos documentos).
Acuerdan salidas diferenciadas: El caso más
negociado es Chile; en Brasil también salen
de manera negociada, pero en menor medida; y en
Argentina es la salida menos negociada de todas.
En Uruguay, se van por la crisis económica
(es la principal causa entre otras).
Otros puntos:
No hay dictaduras fascistas en América
latina
Los golpes de estado son protagonizados por la
institución "Fuerzas Armadas"
(no son sólo los militares) y son apoyados
por sectores de la sociedad civil (no obstante,
es sólo es un apoyo pasivo)
|
| |
GIANOTTI, V. Del golpe del
64 a la explosión de las huelgas (1964-1979).
By Curaka Pukas (en base a la traducción
de Ana)
El Mariscal Castello Branco (1964-1967) inició
el ciclo dictatorial de los presidentes-generales,
lo siguieron Costa e Silva, Garrastazu Médici,
Ernesto Geisel y Joao Baptista Figueiredo. Se
propusieron desalentar los movimientos sociales,
principalmente los de izquierda, alineando el
país con EEUU y garantizar una economía
internacional al servicio del gran capital. Para
que el proyecto de la derecha pudiera implantarse,
era necesaria una dictadura que apresara y eliminara
a todos los posibles opositores, entre ellos también
los estudiantes.
La dictadura impuso varios mecanismos políticos
para garantizar sus planes: decretos, SIN: represión
a los subversivos, Ley de SN, censura, supresión
partidos políticos y bipartidismo, no elección
de presidente y gobernadores, intervención
de sindicatos, prohibición huelgas, persecución
de intelectuales de izquierda y estudiantes universitarios,
depreciación de salarios, despidos de funcionarios
públicos. Al mismo tiempo, el nuevo gobierno
militar implementó mecanismos económicos
que agradaban al imperialismo y al gran capital
nacional, provocando una suerte de crecimiento
industrial: entrada de capitales extranjeros irrestricto,
revocación de las nacionalizaciones petroleras
y reforma agraria, privilegios fiscales y crediticios
a las grandes empresas, Todas esas medidas, políticas
y económicas, fueron la base del llamado
"milagro brasileño" o "milagro
económico", que se inició en
1969. Ya en 1967, la tasa anual de crecimiento
del PBI pasó de 2,9 a 4,8%.
La izquierda se organiza. Varios grupos pasan
a defender la lucha armada, a través de
varias formas de guerrilla, urbana o rural, para
derribar la dictadura. La década del 60
fue la época de la guerra de guerrillas
en casi toda América Latina. A fines de
1968, se endurece la represión y la clase
obrera es totalmente amordazada. De 1969 a 1974,
prácticamente todas las organizaciones
armadas fueron exterminadas. Decenas de miles
de personas fueron encarceladas durante los años
de la dictadura. Entre 1964 y 1984, se habla de
entre 80 y 100.000 presos políticos, de
10 a 20.000 exiliados, los muertos y desaparecidos,
dependiendo del criterio usado, llegarían
a los 500. Pero, de a poco, construirá
nuevas formas de resistencia y lucha en los 70's.
El cuadro político mundial de 1960 a 1970
Mientras el mundo vivía en esa efervescencia,
en Brasil los militares implantaban un régimen
dictatorial que iba en el sentido contrario a
toda esa ola de rebeldía mundial. En los
60s se instalan dictaduras militares en varios
países donde también aplastan movimientos
de protesta: Bolivia en 1964, Chile y Uruguay
en 1973, Argentina en 1976. En todos esos países,
las burguesías fueron asesoradas y coordinadas
por militares y especialistas en represión
y torturas norteamericanos.
La falta de resistencia al golpe era el resultado
de tres factores. El primero, fue una confusión
ideológica que el PCB se alineara con la
política de alianza de clases, por la cual
la burguesía sería aliada del proletariado
en una lucha antiimperialista y anti-latifundio.
El segundo fue la falta de arraigue de una política
obrera de base. El tercer elemento fue la aceptación
en la práctica de la estructura sindical
creada por Vargas, en la década de 1930.
Esa estructura sindical despolitizaba las luchas,
creaba un sindicalismo sin base, adosado al Estado
y a sus patrones. Esa visión crítica
fue la base de la reorganización del movimiento
de los trabajadores en los años de resistencia
a la dictadura y se amplió con la explosión
de huelgas de 1978. Esas ideas fueron los elementos
clave de lo que vino a ser conocido como "nuevo
sindicalismo" y que dará origen, en
el umbral de los 80, a la construcción
de un nuevo proyecto sindical.
Las luchas obreras de 1964 a 1970
Gracias al A-5, a partir de 1969, fueron siendo
destruidas o desarticuladas las principales organizaciones
revolucionarias guerrilleras, cuyas acciones más
comunes habían sido el secuestro de embajadores,
cónsules y aviones, para exigir rescate
o la liberación de presos políticos.
Los años de plomo y el "milagro económico"
(1969-1974)
Se llega, así, a la década del 70
con un movimiento obrero amordazado y organizaciones
de izquierda fuertemente golpeadas. El general
Emilio Garrastazu Médici consolidó
y profundizó la represión de la
dictadura militar implantada en 1964. Su gobierno
fue considerado como el reino del terror y de
la falta de libertad. Para la mayoría de
la población, entretanto, representó
un momento de crecimiento económico y de
pleno empleo. Los primeros años, completaron
la destrucción de la protesta armada y
la dictadura consiguió un gran salto en
la economía al servicio del capital nacional
e internacional. La libre entrada y, sobre todo,
la libre salida de dólares garantizaban
un repunte económico. El capital internacional
miraba a Brasil, cuya dictadura le garantizaba
la superexplotación de una clase trabajadora
paralizada por la represión. En 1969, se
inicia el "milagro brasileño".
La economía crece a un promedio del 10%
anual. El desempleo disminuye fuertemente. Las
empresas imputaban horas extras y el ritmo de
producción aumentaba cada día.
Todo este cuadro se fortalecía con el endurecimiento
de la censura y con la propaganda del gobierno.
Radios, televisoras, periódicos y revistas
hablaban del "Brasil grande", del "Brasil
potencia". Ese clima estaba envuelto por
las músicas Eu te amo, meu Brasil y por
el Hino da Seleçao, que eran los himnos
al régimen militar y eran tocadas diariamente
en los medios de comunicación y cantadas
en las escuelas. Mostraban un país alegre,
fuerte y firme y escondían la realidad
del pueblo. Millones de adhesivos invadirían
el país con el lema "Brasil, ámelo
o déjelo". Quien manifestase cualquier
crítica al gobierno, no amaba a Brasil.
Era un "subversivo". En la televisión,
la victoria brasileña en la copa del mundo
de 1970 fue usada y abusada por la dictadura..
Su canal oficial era la Red O Globo, que, favorecida
por los militares, fue una voz casi oficial del
régimen. En su pantalla no aparecía
la oposición, la miseria, las epidemias
o cualquier noticia que pudiera indisponer al
pueblo contra los militares. La prensa alternativa
fue totalmente censurada. Los periódicos
de la gran prensa se autocensuraban. Sólo
publicaban lo que tenían certeza que los
militares dejarían salir. Muchos periodistas
de izquierda fueron encarcelados, asesinados o
amenazados y, muchas veces, despedidos de sus
empleos. Sin embargo, luego de la promulgación
del AI-5, en 1968, y de la censura de prensa,
comienza a crecer la prensa alternativa. Era la
única fuente de información no oficial,
cuyo discurso no estaba al servicio del régimen.
La resistencia a la dictadura de 1975 a 1979
El Brasil vivió el inicio de los años
70 con su clase obrera dominada y en silencio.
Pero, en la segunda mitad de la década,
una explosión de huelgas y la lucha de
varios sectores de la sociedad cambiaron totalmente
el panorama político del país. Las
empresas extranjeras crecían y remitían
ganancias astronómicas a sus casas centrales,
debido al crecimiento vertiginoso del país.
Hubo casos de multinacionales que cubrían
sus pérdidas en el resto del mundo con
sus ganancias de la filial brasileña. Contrariamente
a la propaganda del gobierno, la realidad de los
trabajadores era bien distinta. El tal "milagro
económico" que era la alegría
del FMI y del Banco Mundial, aumentaba la concentración
de la renta, o sea, los ricos se volvían
más ricos y los pobres cada vez más
pobres. La situación del pueblo era dramática.
Las favelas crecían día a día
y los salarios adquirían uno de los mayores
niveles de desigualdad del mundo. La diferencia
entre el mayor y el menor salario llegaba a 150
veces.
Se fueron creados varios decretos-ley, que dieron
otra función al sindicalismo brasileño,
transformándolo en un sindicalismo de prestación
de servicios y no de lucha: la meta de los militares
era transformar a los sindicatos en centros de
recreación y en máquinas asistenciales.
Pero, a contramano de lo que los militares querían,
sobre todo a partir de 1973, comenzaron a repetirse
en las fábricas de varios estados pequeñas
paradas de algunas secciones por mejores condiciones
de trabajo o por aumento salarial. También
se organizaban boicots. Mientras que el PBI había
crecido un 11,4% en 1973, y las fábricas
de montaje de automóviles producían
casi un millón de autos por año;
los datos mostraban que 40millones de brasileños
estaban en estado de subnutrición y que
el 46% de las familias tenían una renta
insuficiente para sobrevivir. Se crea el PIS.
El "milagro brasileño" estaba
llegando a su fin. El mundo comenzaba a sentir
los efectos de la crisis del petróleo.
A partir de 1974, la inflación había
vuelto a crecer y el gobierno buscaba, cada vez
más, préstamos en el exterior. El
hundimiento salarial continuaba.
En enero de 1974, el general Geisel sucede, en
una elección indirecta, al general Médici.
Fue el año de la elección para el
Congreso y para las Asambleas estaduales. La insatisfacción
popular se reflejó en las elecciones de
noviembre, que se transformaron en un plebiscito:
era sí o no a la dictadura. De los 24 Estados,
el gobierno militar perdió en 16. Era cada
vez más evidente que el pueblo no quería
continuar con el gobierno dictatorial. Esta derrota
electoral modificó el discurso de los militares,
llevándolos a hablar de una "apertura
lenta, gradual y segura". La sociedad civil
también volvía a manifestarse y
a organizar movimientos opositores. Se reúnen,
en esos movimientos, desde los familiares de los
presos y exiliados políticos hasta organizaciones
políticas que, diez años antes,
habían apoyado tranquilamente al golpe
y al régimen militar. Al mismo tiempo,
aumentan las marchas estudiantiles y las manifestaciones
de intelectuales, artistas y otros profesionales
contra el régimen.
La sociedad se agita: curas, artistas y estudiantes
vuelven a escena
Gradualmente, a partir de 1973, muchos sectores
de la sociedad aglutinan fuerzas para enfrentar
a la dictadura. Muchos de ellos habían
apoyado, en 1964, a los golpistas, pero ahora,
con otra comprensión, se colocaban a favor
del pueblo, contra los militares.
El caso de la iglesia católica es bastante
complejo. Históricamente su jerarquía
siempre estuvo íntimamente ligada al poder.
En las vísperas del golpe, la inmensa mayoría
de los obispos estaba a favor de dar el famoso
"basta" a las izquierdas. Pero, rápidamente,
el número de curas, frailes y obispos que
pasaron a oponerse a la dictadura se hizo cada
día mayor, viendo la miseria creciente
del pueblo y el avasallamiento de la libertad.
Los estudiantes también se vuelven a manifestar.
Se volvió famoso el III Encuentro Nacional
de los Estudiantes por la reorganización
de la UNE, en San Pablo, en 1977, violentamente
disuelto por las fuerzas de la represión.
En 1978, en la periferia del gran San Pablo, el
"movimiento de costo de vida" exige
del gobierno una reducción del costo de
vida, congelamiento del precio de los artículos
de primera necesidad, refuerzo salarial del 20%
y aumento salarial. En todo Brasil, fueron recogidas
casi 1,5 millones de firmas. En 1979, ese movimiento,
rebautizado como "movimiento contra la carestía",
realiza un gran acto en San Pablo, que fue reprimido
por la policía. En el exterior, los miles
de exiliados representaban un factor más
de presión sobre los militares que no querían
dejar la escena, exigiendo el fin de la dictadura
y el derecho de regresar a su tierra. En las grandes
capitales, la población se movilizaba y
discutía sobre las torturas a los presos
políticos, exigiendo el fin de la dictadura
y de las violaciones a los derechos humanos y
promoviendo manifestaciones con cada viaje de
autoridades brasileñas al exterior.
La recuperación de los movimientos y la
explosión de las huelgas en 1978
A partir de 1975, aún con todas las restricciones
impuestas por el régimen, los metalúrgicos
de San Bernardo se tornan un referente dinámico
de la actividad sindical del país. Allí
nació el liderazgo de Lula, el tornero
mecánico que se tornó famoso. Algunos
sindicatos, en agosto de 1977, liderados por los
metalúrgicos de San Bernardo, inician una
movilización por la reposición del
34, 1% actualizado. El año 1978 comenzó
recalentado por la reivindicación del 34,1%
del año anterior. Luiz Inácio da
Silva, Lula, es entonces electo presidente del
Sindicato de los metalúrgicos de San Bernardo.
En varias fábricas de ese sindicato, grupos
de activistas comienzan a preparar una huelga
reivindicando el 21% de aumento salarial. De mayo
a junio, la ola de huelgas se extendió
a todo el estado de San Pablo. Las huelgas eran
lideradas, en las fábricas, por militantes
organizados en grupos clandestinos. Los trabajadores
entraban en las fábricas, como si fuesen
a trabajar, pero se quedaban junto a las máquinas
con los brazos cruzados. Eran huelgas aisladas,
fábrica por fábrica, de corta duración,
o de, como máximo, una semana. Las reivindicaciones
comenzaban por la recomposición salarial
y se extendían hacia otras exigencias,
como la legalización de las comisiones
o por mejores condiciones de trabajo. Casi todas
esas huelgas resultaron exitosas.
En septiembre de 1978, en la ciudad de Cabo de
San Agostinho, ocurre la primera huelga de cortadores
de caña, desde el golpe del 64. Fue exitosa
y mostró la insatisfacción de los
trabajadores del campo con sus condiciones de
vida y ganancias miserables
En 1979, la clase obrera vuelve a la escena política
del país. Periódicos, radio y televisión,
contra la voluntad de la dictadura, no pueden
ya esconder este movimiento. Fueron más
de 430 huelgas, con 3,2 millones de huelguistas
de varias categorías. Reivindicaban aumento
salarial, reajuste semestral, estabilidad en el
empleo y una semana de trabajo de 40 horas. Además
tenían reivindicaciones políticas:
derecho de huelga, libertad de organización
en los lugares de trabajo, libertad y autonomía
sindical, amnistía para los presos políticos
y fin de la dictadura. La dirigencia sindical,
comprometida con los intereses de la clase trabajadora,
promovía grandes asambleas diarias con
la presencia de 30, 50 y hasta 100.000 metalúrgicos.
En la primera huelga de 1979, el gobierno intervino
el sindicato y colocó miles de policías
en las calles para reprimir a los huelguistas.
Pero ninguna intervención conseguía
debilitarlos. A partir de esas huelgas el liderazgo
de Lula se esparce por el país y se torna
conocido nacionalmente.
En 1979, también los bancarios de varios
estados, liderados por la oposición o por
nuevas dirigencias, entran en escena y pasan a
ser uno de los motores de la movilización
de trabajadores. En Porto Alegre y San Pablo,
aparecen líderes que, en el futuro, tendrán
un gran papel en la política nacional.
Los profesores fueron otra categoría que
inició una larga serie de movilizaciones
y huelgas en San Pablo, Río de Janeiro
y otros estados. De esas huelgas en el sector
de la educación, surgen los primeros sindicatos
de funcionarios públicos, hasta entonces
no permitidos por la ley. La clase trabajadora
había roto con la corriente de miedo.
Las huelgas de 1979 tuvieron una organización
diferente a las de 1978. Fueron de toda categoría
y no solo fábrica por fábrica. Casi
todas tuvieron una larga duración. Una
novedad fue la creación, en muchas de ellas,
de Comandos de huelga. Estos eran una forma de
democratizar las decisiones, por fuera de la estructura
sindical oficial. La mayoría de las asambleas,
siguiendo el ejemplo de los metalúrgicos
de San Bernardo, eran realizadas en estadios o
locales públicos. En Porto Alegre, Belo
Horizonte, Recife y muchas capitales, la televisión
local mostraba estadios llenos de trabajadores
en huelga. Otra característica de esas
huelgas fueron los Fondos de huelga, que permitieron
recaudar alimentos para los huelguistas y sus
familias. La represión policial fue muy
fuerte. En 1979, fueron asesinados por la policía,
muchos obreros en piquetes o manifestaciones.
Las huelgas fueron de enfrentamiento directo contra
los patrones y contra la dictadura militar que
los protegía. Al mismo tiempo, los huelguistas
se enfrentaban con los pelegos y sus nuevos aliados,
los "reformistas" del PCB y del MR-8,
que, por entender que las huelgas, en ese momento,
trababan la apertura política a ser negociada
con la dictadura, estaban contra ellas o, como
mínimo, pretendían limitar su alcance.
Así, la clase obrera, después de
romper la barrera del miedo, llegó al año
1980 representando un gran peso político
en el escenario nacional. La ley de huelga estaba
siendo derrumbada en la práctica y los
trabajadores se politizaban rápidamente.
Nuevas exigencias, como la libertad de organización
partidaria y las elecciones directas para presidente
de la república, comenzaron a aparecer
en boletines y periódicos sindicales.
Entre 1965 y 1980, ocurre una "modernización
conservadora" de la agricultura, impuesta
y patrocinada por el gobierno. Una modernización
sin reforma de los fundos, esto es, sin reforma
agraria. La dictadura favoreció todo tipo
de crédito rural subsidiado para la mecanización
y la expansión de la comercialización
de abonos y pesticidas. Los resultados fueron
el crecimiento de la cultura de la exportación
y del crecimiento de la propiedad rural. Para
los campesinos, ningún beneficio. La expulsión
de los agricultores de las haciendas y de las
pequeñas propiedades hacia las ciudades
y hacia las villas, generó una explosión
de desempleo y de los "boias-frias".
En este ambiente, en 1985, nacerá el Movimiento
de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST),
una respuesta a esa modernización capitalista
hecha por los militares.
|
| |
RESUMEN ORIGINAL (By Curaka
Pukas)
ALAIN ROUQUIE: "Los militares en la política
latinoamericana desde 1930"
(Incluye aportes teóricos de Andreas)
El trastorno económico y político
mundial provocado por la Depresión de 1929,
inició un período de intensa turbulencia
política en Latinoamérica, durante
el cual aparecieron los ejércitos modernos
organizados y pertrechados a imitación
de los modelos europeos más prestigiosos
y mandados por oficiales de carrera, profesionales.
Entre febrero y diciembre de 1930, los militares
tomaron el poder en Argentina, Brasil, República
Dominicana, Bolivia, Perú y Guatemala;
y hubo cuatro intentos fallidos; en 1931 Ecuador,
y en 1932 Chile, se sumaron a esta lista.
Sin embargo, la diversidad de situaciones no permite
hacer generalizaciones fáciles. Al hacer
un análisis comparativo, es necesario atender
los matices, reservas y excepciones (281).
En el continente soplaba un viento militar. Antes
de la Segunda Guerra Mundial, la mayoría
de los países de la Latinoamérica
estaban gobernados por militares; Uruguay y México
tenían a un general por presidente; y Brasil
y Argentina estaban gobernados por regímenes
fruto de "revoluciones" en la cual los
militares había tenido mucho peso. En este
punto debemos preguntarnos si, en estos casos,
la categoría "militar" es suficientemente
homogénea o siquiera pertinente. Los diferentes
gobiernos militares habían llegado al poder
de forma muy variada y además eran muy
distintos los regímenes que presidían.
Un gobierno "militar" no puede definirse
meramente por la profesión del jefe del
ejecutivo. Los generales podían ser, tanto
los civiles devenidos en tales, como ofíciales
de carrera formados en academias militares (nacionales
o extranjeras).
Atendiendo a esto, ¿es imposible descubrir
principios de comprensión comunes en todos
los fenómenos a los que hicimos referencia?
Es posible siempre y cuando no se intente reducir
todos los casos a un mismo modelo. Es importante
además destacar un contexto externo común
y homogéneo.
LAS FUERZAS ARMADAS: EVOLUCIÓN HISTÓRICA
Y EXPERIENCIAS NACIONALES
Las instituciones militares toman forma a imagen
de las naciones en las cuales aparecen; reflejan
las particularidades de la cultura nacional, y
la naturaleza y el grado de complejidad del estado
nacional.
Las fuerzas armadas de la mayoría de los
países sudamericanos se distinguen de las
naciones caribeñas o centroamericanas,
no sólo por su diferencia de tamaño,
sino sobre todo debido a la tardía aparición
del estado en estas naciones, y del contexto colonial
donde aparecieron. Nicaragua, República
Dominicana, Cuba y Haití (no Guatemala
ni El Salvador) empezaron tarde la construcción
del estado, y a comienzos del siglo XX apenas
habían salido de las guerras entre clanes
y caudillos. Todas estas naciones fueron ocupadas
largamente por Estados Unidos, que antes de retirarse
creó cuerpos de policía uniformada
local cuyos oficiales pertenecían a la
infantería de marina estadounidense. Estas
guardias nacionales debían poner freno
a los ejércitos privados para garantizar
el orden, la paz, y la defensa de los intereses
de los Estados Unidos.
En los países sudamericanos y en Guatemala
y El Salvador se distinguen tres etapas principales
en la evolución del estamento militar y
su papel en la política (aunque siempre
teniendo en cuenta las vicisitudes locales):
1) 1860-1920: creación de los ejércitos
modernos
2) 1920-1960: era militar: las fuerzas armadas
profesionales comienzan a desempeñar un
papel en la vida política.
3) 1960-1990: el papel de los militares adquiere
un tono internacional, en el marco de hegemonía
de los Estados Unidos y bajo el efecto de la Guerra
Fría.
Las fuerzas armadas son símbolo de su soberanía
nacional. A finales del siglo pasado y comienzos
del presente [este tipo escribió en el
siglo XX] eran también emblema de progreso
tecnológico y de modernidad. La creación
de fuerzas armadas permanentes y dotadas de una
oficialidad profesional formaba parte de una modernización
de cara al exterior vinculada de manera inseparable
al crecimiento hacia fuera de las economías
nacionales. En este contexto, las fuerzas armadas
de estos países dependientes y no industrializados
sólo podían transformarse, y en
particular elevar su nivel tecnológico,
imitando prototipos europeos. Llevaron a cabo
su modernización dependiente no sólo
comprando armas a los países europeos,
sino también adoptando modelos de organización
y formación, e incluso las doctrinas militares,
de los países avanzados. A fin del siglo
XIX existían sólo dos grandes ejércitos,
dos modelos militares universalmente válidos:
el de Alemania y el de Francia. Después
de la guerra franco-prusiana (1870) y hasta la
Primera Guerra Mundial, ambos países lucharon
despiadadamente en pos de influencia en América
Latina. Había mucho en juego, ya que al
escoger un modelo militar, la nación latinoamericana
fundaba una relación especial en la esfera
diplomática, pero sobre todo en el comercio
armamentístico (Así, por ejemplo,
Argentina y Chile copiaron el modelo alemán,
y Perú y Brasil, el modelo francés:
285).
La modernización de los ejércitos
nacionales latinoamericanos llevó aparejadas
dos reformas claves: 1) el reclutamiento de oficiales
por medio de academias militares especializadas
y su formación en ellas, y 2) la instauración
del servicio militar moderno. En el "ejército
antiguo" los hombres eran generalmente soldados
profesionales que en un principio había
sido reclutados, o que a veces se alistaban en
el ejército por orden de los tribunales
para cumplir sentencia por algún delito,
mientras que los oficiales solían ser hijos
de familias respetables, provistos de la recomendación
de algún patrocinador influyente, que aprendían
su profesión sobre la marcha. La instauración
del servicio militar obligatorio cambió
la situación. En lo sucesivo, la tropa
estuvo constituida por "civiles", mientras
que los profesionales permanentes con instrucción
técnica fueron los oficiales. Además,
el servicio militar universal creó responsabilidades
especiales para el "ejército nuevo":
tenía que inculcar un sentido cívico
y moral en los futuros ciudadanos que eran puestos
a su cargo y fomentar su espíritu nacional.
El servicio militar obligatorio precedió,
en la mayoría de los países, al
sufragio universal: el ciudadano fue pues, primero
soldado y luego votante. Además, los nuevos
oficiales, reclutados por sus méritos y
formados en un molde común por las academias
militares, asumieron una posición especial
en el estado. Cooptados por sus iguales, y en
teoría independientes de los personajes
influyentes de la política y la sociedad,
estos oficiales constituyeron un conjunto de funcionarios
estables y permanentes con una carrera regulada,
en contraste con los aficionados intercambiables
que predominaban en el resto de la maquinaria
del estado.
Debido a sus responsabilidades cívicas
y nacionales, así como a la independencia
de que gozaban sus oficiales, los nuevos ejércitos
no estaban predispuestos a permanecer callados
en lo que se refería a la política.
Los oficiales, que eran técnicos muy preparados
que perfeccionaban constantemente su formación,
eran ahora responsables del contingente anual
de reclutas, y por lo tanto, según su propia
óptica, de la juventud del país
y del porvenir de éste. Además,
¿no eran los más indicados también
para juzgar la situación internacional,
dado que su misión específica consistía
en escudriñar el horizonte por si aparecía
alguna amenaza exterior? Patriotas profesionales
y precursores de la modernización del estado,
estos nuevos oficiales adquirieron una "conciencia
de competencia" que los llevó a intervenir
con todo su peso en la vida política.
En las décadas de 1920 y 1930 el activismo
político de los militares como institución,
totalmente distinto a los pronunciamientos tradicionales
de generales ambiciosos y descontentos, aumentó
de manera notable en un gran número de
países. Generalmente, aunque no siempre
progresistas, se levantaron contra el status quo
y por ello se puede decir que los militares entraron
a la política por la izquierda del escenario
(ejemplos varios: Chile, Brasil, Ecuador, Bolivia,
286-288). Argentina fue la nota discordante por
su carácter claramente conservador (Uriburu,
con el apoyo de la oligarquía, en 1930
derrocó al gobierno de Irigoyen -apoyado
por las clases media y baja-; la restauración
de las elites conservadoras estuvo a la orden
del día).
El nacionalismo era tal vez, en este período,
el común denominador que podía identificarse
en las orientaciones políticas de los diversos
países latinoamericanos. No sin cierta
ambigüedad, se buscaba alcanzar la justicia
social, reforzar el potencial humano, económico,
y por ende, militar de las naciones respectivas.
Esta orientación concordaba con la política
de desarrollo autárquico, encerrado en
sí mismo, por medio de la industrialización
por sustitución de importaciones, que empezaba
a adoptarse en aquel tiempo. Parece que predominaba
en las fuerzas armadas esta corriente nacional-militarista
que no se oponía al cambio si éste
se llevaba de forma ordenada, ni a la mejora de
las condiciones de las clases trabajadoras si
ésta se efectuaba bajo la tutela del estado
(el Estado Novo de Brasil y Bolivia son buenos
ejemplos de esto: 288-289).
La recurrente decisión de los militares
de diversos países latinoamericanos, en
este período y más adelante, de
"liberar al estado" de la sociedad civil,
también estaba vinculada a la situación
internacional y a la consiguiente crisis de las
clases gobernantes locales. Las perturbaciones
que a la sazón sufría el sistema
económico liberal habían desacreditado,
entre las fuerzas armadas continentales, tanto
al liberalismo político como a las metrópolis
capitalistas que lo practicaban. Por otro lado,
el afianzamiento del poder militar, también
estuvo favorecido por la división existente
hacia el interior de las clases gobernantes sobre
cómo había que afrontar la crisis
y las transformaciones económicas y sociales
que se estaban produciendo. Las clases dominantes
fueron quedando cada vez más aisladas y
perdieron progresivamente su capacidad de organizar
el asentimiento de los grupos sociales subordinados.
Las elites socio-económicas estaban divididas
sobre el modo de industrialización que
debía adoptarse y sobre la actitud que
había que mostrar hacia una clase trabajadora
en expansión y cada vez más combativa.
Desorientadas, conmocionadas, en algunos casos
totalmente fragmentadas, carecían de los
medios necesarios para imponer un liderazgo y
un proyecto propio al conjunto de la sociedad.
Había llegado el momento propicio para
el nacional-militarismo. A falta de la definición
de un interés general claro por parte de
la burguesía, el interés de los
generales ocuparía su lugar. Durante un
tiempo serían los militares quienes, de
acuerdo con sus propios valores de orientación
estatal y autoritarios, definirían lo que
era mejor para la nación, en nombre de
la seguridad misma, y por ende, la defensa de
los elementos esenciales del status quo.
La Segunda Guerra Mundial Había consagrado
la hegemonía absoluta de los Estados Unidos
sobre el continente. Entonces, América
Latina no representaba para Washington una zona
militar de gran prioridad a pesar de la alarma
guatemalteca de 1954. Sin embargo, a principios
del decenio de 1960, la sombra del conflicto entre
Occidente y Oriente cayó con retraso sobre
América latina. La revolución cubana,
la ruptura del régimen de Castro con los
Estados Unidos en 1960 y la instauración
de un régimen comunista a 140 kilómetros
de Florida, crearon una situación política
totalmente nueva en la región. Un "gran
terror" al castrismo recorrió el continente
entero al reactivarse la izquierda y aparecer
la guerrilla en numerosos países. Los Estados
Unidos modificaron sus conceptos estratégicos.
A partir de entonces, ante el peligro de "subversión
comunista", las fuerzas armadas del continente
se prepararon para la guerra contrarrevolucionaria.
La seguridad nacional sustituyó a la defensa
nacional. Veían el comunismo en todas partes.
Cualquier intento de cambio, en especial si era
apoyado desde la izquierda, era tachado indiscriminadamente
de revolucionario. De esta forma, entre 1962 y
1966, los nuevos "cruzados" de la Guerra
fría desencadenaron una serie de nueve
golpes de estado en la región. Como medida
preventiva, las fuerzas armadas derrocaron a los
gobiernos considerados "blandos" con
el comunismo, o tibios en su solidaridad con los
Estados Unidos. En este período, de acuerdo
con la teoría de las fronteras ideológicas,
la idea un tanto mal definida del "Occidente
cristiano" parecía haber sustituido
al estado nación en la jerarquía
de las lealtades militares. El régimen
cubano, por su parte, intentó convertirse
en un foco mundial de influencia y acción
revolucionarias. Sin embargo, el fracaso en Bolivia
y el asesinato del "Che" Guevara en
1967, hicieron que Cuba se retirara de esta lucha.
En 1968 empezó a tomar forma una coyuntura
nueva que haría sentir sus efectos en las
orientaciones políticas de los militares
latinoamericanos hasta 1973: Cuba, encerrada sobre
sí misma, y Estados Unidos, enfrascado
en sus guerras de Vietnam y en los conflictos
de Medio Oriente, generaron un clima de distensión
que permitió a los militares que se hicieron
con el poder en varios estados entre 1968 y 1972,
volver al las políticas del militarismo
nacionalista y reformista (sucedió con
fuerza en Perú, Panamá, Bolivia,
Ecuador y Honduras; con menor intensidad en Argentina
y Uruguay: 292, abajo).
REGÍMENES MILITARES: MODELOS Y MECANISMOS
DEL MILITARISMO CONTEMPORÁNEO
Los regímenes militares latinoamericanos
entre los años treinta y ochenta, si bien
con algunos elementos en común, eran, de
hecho, muy diversos. No obstante es posible elaborar
una tipología atendiendo a un reducido
número de criterios clave. Para ello, dejaremos
de lado las dictaduras patrimoniales o sultánicas
de América Central y el Caribe, durante
el período de entreguerras, ya que su naturaleza
militar es como mínimo discutible. Aunque
el primer Somoza (Nicaragua), Trujillo (República
Dominicana) y Batista (Cuba) dependieran de guardias
pretorianas bajo su mando para instaurar sus dictaduras
personales, el origen militar de su poder no bastaba
para conferirles una naturaleza rigurosamente
militar. Los regímenes nicaragüense
y dominicano en particular, con su práctica
del "gansterianismo de estado" y el
enriquecimiento familiar, están más
cerca del caudillismo tradicional que del militarismo
moderno. Andreas considera a estas dictaduras
como el primer tipo: las dictaduras patrimoniales
o "Guardias pretorianas". Agrega en
este grupo a Stroessner (Paraguay) y a Banzer
(Bolivia). Se caracterizan por confundir el patrimonio
público con el privado ("pretoriano"
quiere decir "Ladrón"). El estado
es considerado como un botín.
Podemos distinguir entre militarismo reiterado,
casi institucionalizado, y autoritarismo llamado
"cataclísmico" o "de ruptura",
así como entre regímenes militares
con proyectos socioeconómicos conservadores
o contrarrevolucionarios, y ciertas formas de
militarismo reformista o progresista. En la América
latina contemporánea, podemos identificar
tres modos dominantes de poder militar:
1) La más característica es la que
constituye una tutela militar virtualmente permanente,
aunque no estable, en la cual la excepción
en términos constitucionales se ha convertido,
de hecho, en la regla: en Argentina, Brasil, Salvador,
y Guatemala (hasta la década de 1980).
2) El militarismo catastrófico de Uruguay
y Chile después de 1973: unos militares
que antes respetaban una tradición democrática
intentaron fundar un estado contrarrevolucionario.
3) las revoluciones militares reformistas y nacionalistas
del decenio de 1970, sin participación
de las masas, pero de carácter populista
en Perú, Bolivia, Panamá, y en menor
medida también en Ecuador y Honduras.
Repúblicas pretorianas: Argentina y Brasil
El militarismo latinoamericano contemporáneo
se ha caracterizado por el dominio estable que
los militares han ejercido sobre el estado más
que por golpes de estado aislados y devastadores.
La hegemonía militar duradera databa en
su mayor parte de los años treinta. La
tutela militar, que duró medio siglo, quedó
prácticamente institucionalizada y el "factor
militar" consiguió la categoría
de socio político casi legítimo.
Este papel militar recurrente transformó
tanto el estado como las fuerzas armadas, y éstas,
cuya participación ya era cosa corriente,
constituían verdaderas fuerzas políticas.
Esta clase de institución no necesitaba
seguir el modelo canónico de "partido
de los coroneles" que dominase la política
y legitimase las ambiciones corporativistas de
los militares. Incluso era posible que los militares
no ejercieran el poder directamente (Brasil hasta
1964) o que periódicamente devolvieran
el gobierno a los civiles (Argentina entre 1930
y 1983). Luego cuenta ambos casos (294-297).
En las repúblicas pretorianas, las fuerzas
armadas, una vez en el poder, tendían a
invadir el estado, sin que importase el respeto
que sus líderes siguieran concediendo a
las instituciones representativas (más
ejemplos de ambos países: 297-298).
El autoritarismo entraña invariablemente
una expansión de la burocracia política
responsable de la vigilancia y la represión
de los disidentes y de los adversarios. Pero la
inclinación natural de los tecnócratas
uniformados, sean cuales sean los objetivos y
la ideología que proclamen, hacen que,
además, en la mayoría de los casos,
sean partidarios del aumento de la planificación
gubernamental y de la expansión del papel
económico del estado. La colonización
del aparato del estado por parte de los militares
es uno de los rasgos más destacados de
las repúblicas pretorianas de América
Latina.
Dos páginas más para Argentina y
Brasil (298-299).
El estado contrarrevolucionario: Chile y Uruguay
después de 1973 (no antes)
En 1973, a pesar de su larga tradición
de estabilidad democrática y de sumisión
militar a la autoridad civil, sufrieron de forma
virtualmente simultánea, feroces y duraderas
intervenciones militares. Ambos casos son estudiados
minuciosamente de las páginas (300 a la
306). Muy brevemente, en el caso chileno, la llegada
al poder de los militares se debió a la
radicalización de los movimientos sociales
campesinos y obreros, que se vieron favorecidos
por una serie de medidas sociales que tomó
el presidente demócrata-cristiano Eduardo
Frei en el período (1964-70). En las elecciones
de 1970 se impuso Salvador Allende, líder
del Partido Socialista, que pretendía implantar
una vía pacífica al socialismo;
el miedo a la "amenaza comunista" se
incrementó. Las fuerzas armadas chilenas,
al mando del general Pinochet, y con el apoyo
[¡documentado!] de los Estados Unidos y
de los sectores burgueses (que por la radicalización
vieron amenazados sus intereses económicos),
el 11 de setiembre, llevaron a cabo un violento
golpe de estado. El nuevo régimen contrarrevolucionario,
en nombre de la cruzada contra el comunismo, rechazó
la culpable debilidad de la democracia representativa
e impuso su propio proyecto económico:
la deificación del mercado. A los ojos
de Pinochet, una "revolución capitalista"
garantizaría un futuro libre de preocupaciones.
Las empresas estatizadas por Allende, y las tierras
repartidas durante la reforma agraria impulsada
también por él, fueron restituidas
al sector privado, de la misma manera que las
empresas que históricamente habían
pertenecido al estado, como la sanidad pública,
la educación, y el sistema de pensiones.
La liberación del comercio hizo daño
a la industria, pero tuvo el efecto de reducir
el tamaño del proletariado.
En Uruguay, la tradicional alianza entre las grandes
propiedades agrarias (el latifundio era la base
del estado de bienestar uruguayo) y una especie
de socialismo urbano, había logrado la
estabilidad política y social, pero a cambio
unos bajos niveles de eficiencia productiva y
una mediocre capacidad de adaptación a
los cambios del entorno económico. El descenso
de la demanda de la lana, y la caída de
los precios de los principales productos de exportación
del país, revelaron estas contradicciones,
y pusieron en peligro el consenso social. Los
sectores sociales que controlaban los medios de
producción (los grandes terratenientes
y el sector financiero y exportador) intentaron
desde el gobierno implementar un plan de estabilización
y recuperación de la economía que
incluía arbitrarias rebajas salariales.
En oposición, surgió un movimiento
de carácter clandestino y extraparlamentario,
formado por jóvenes, que se denominó
Movimiento de Liberación Nacional (más
conocidos como tupamaros), y que desataron una
ola de actos de "violencia simbólica"
que contaron con el apoyo popular, debilitando
la autoridad del gobierno. El clima político
degeneró rápidamente.
El presidente hasta 1971, Pacheco Areco, les había
asignado a las fuerzas armadas, nuevas atribuciones
con el fin de combatir la guerrilla. Derrotados
en las elecciones por Juan María Bordaberry,
los tupamaros intensificaron su lucha armada,
atacando a la policía y los militares.
La respuesta gubernamental fue otorgarle aún
más atribuciones a las fuerzas armadas,
que terminaron implementando una ofensiva indiscriminada
y extremadamente mortífera contra los rebeldes.
En setiembre de 1972, el PLN ya estaba desmantelado,
pero las fuerzas armadas, lejos de abandonar el
escenario político, incrementaron sus pretensiones.
Finalmente, el 23 de junio de 1973, dieron el
golpe. Con un sumiso Bordaberry todavía
en la presidencia, el orden militar conservó
una fachada civil. Una serie de "leyes institucionales"
reestructuró por completo el sistema político,
militarizándolo en nombre de la "lucha
contra la sedición". Toda la oposición
fue aplastada sin piedad. La inseguridad generalizada
reinaba en nombre de la seguridad nacional. Un
estado-guarnición había sustituido
al estado de bienestar. En lo económico,
el régimen seudocivil uruguayo adoptó
una lógica ultraliberal parecida a la de
Chile. Las nuevas medidas neoliberales tenían
como fin promover (mediante la drástica
reducción del gasto público, la
apertura de las fronteras del país y la
concentración de la renta) la especialización
del Uruguay en las industrias que pudieran competir
eficazmente en los mercados internacionales.
Revoluciones militares: Perú, Bolivia,
Panamá, Ecuador (y Honduras). Andreas las
denomínó "dictaduras reformistas
o nacionalistas"
Los golpes de estado que se autoproclamaron progresistas,
con líderes que afirman estar del lado
del pueblo, no son muy creíbles en América
latina. Los observadores han tendido a atribuir
la nueva postura de las fuerzas armadas a una
estrategia del "imperialismo" o al oportunismo
de los militares. Los representantes de este grupo
son: Velasco Alvarado en Perú (1968), Torrijos
en Panamá (1968), Torres en Bolivia (1970),
Guillermo Rodríguez Lara en Ecuador (1972),
y son analizados con más detalle de las
páginas 306 a 312. También se puede
considerar a Honduras dentro de este grupo.
Este reformismo militar parece una especie de
retorno a las fuentes del militarismo latinoamericano
contemporáneo. Pero no dejaron de ser ambiguos.
Todas ellas fueron revoluciones fracasadas: culminaron
bruscamente o terminaron transformándose
en contrarrevoluciones declaradas. Estos gobiernos
se caracterizaron por represiones bruscas, inesperadas
oscilaciones, y giros de 180 grados.
Estos diversos gobiernos de reformismo militar
tuvieron muchas cosas en común. Eran paternalistas:
invitaban al pueblo a ser meros espectadores de
los cambos que lo beneficiaban. ¿Cómo
y por qué estas minorías radicales,
dentro de las mayoritarias tendencias conservadoras,
lograron hacerse con el poder? Se debieron indudablemente
al clima de distensión que se dio hasta
1973 en el continente (ver página 4).
Para Andreas, estos golpes se produjeron en democracias
formales liberales que no lograban modernizar
la sociedad. Responde a la crisis oligárquica.
Tienen causas diferentes. Generalmente es sólo
una facción de las fuerzas armadas, no
son institucionales.
LOS LÍMITES DEL MILITARISMO: "ESTADOS
CIVILES"
Andreas denomina a este grupo "excepciones".
Existió un número reducido de países
[¡cuatro!] donde el gobierno civil ha predominado
durante períodos relativamente largos.
A fines de 1980 cuatro países hacía
al menos treinta años que gozaban de un
gobierno civil y subordinación militar
ininterrumpidos: Costa Rica, Venezuela, México
y Colombia. Había habido intentos de golpes
militares, pero éstos habían fallado.
¿Por qué esta supremacía
civil? Costa Rica no tiene golpes de estado desde
1917, y de hecho no tiene fuerzas armadas desde
1948. Venezuela, que durante el primer tercio
de siglo fue un ejemplo de tiranía tropical,
cambió en 1958 cuando fue derrocado el
último gobierno militar; desde entonces
disfruta de gobiernos civiles bajo un sistema
bipartidario. La vida política del México
posrevolucionario está controlado por el
PRI (Partido Revolucionario Institucional) que
es el único partido oficial, de donde salen
todos los presidentes. El partido controla también
a los militares. Desde principios de siglo, Colombia
disfruta de un sistema bipartidario que garantizó
la continuidad constitucional tan extraña
en el continente. Las fuerzas armadas colombianas
tradicionalmente fueron débiles, pobres
y carentes de prestigio; además, el ejército
siempre ha estado dividido en unidades pequeñas
y dispersas por el país, patrullando y
rastreando las zonas inseguras, rebeldes u hostiles.
Acostumbrado a las guerras anti-subversivas, no
ha sido el ejército que organiza golpes
de estado. Una vez modernizado, el ejército
se dedicó a liquidar toda oposición
política que no fuera absorbida por el
sistema. (Para más precisiones, ver páginas
312 a 318).
¿Cuáles son los principales factores
que tienden a limitar el militarismo? El factor
militar podría ser la profesionalización
débil o tardía; el factor político
podría ser la fuerza y la coherencia del
sistema de partidos. Un tercer factor podría
ser la existencia de un régimen político
en el cual la oposición esté institucionalizada,
en el cual las fuerzas políticas progresistas
y las sindicales sean débiles y en el cual
la participación de las masas sea controlada
y encauzada, o marginada. Sin embargo, no puede
hablarse de métodos infalibles, ni para
evitar los golpes militares, ni para asegurar
el ascendente civil.
¿DESMILITARIZACIÓN? LOS AÑOS
OCHENTA Y DESPUÉS
En otros momentos del siglo XX, las dictaduras
militares latinoamericanas habían dado
paso a instituciones civiles, representativas;
sin embargo, es raro presenciar una retirada militar
del poder como la que se produjo durante el decenio
de 1980. En efecto, a mediados de 1990 en ningún
país de América seguía en
el poder un gobierno militar en el sentido riguroso
de la expresión. Sólo en Paraguay
había aún un general en la presidencia,
pero se trataba de un general que había
puesto fin al largo reinado del general Stroessner
en Paraguay, y había iniciado un proceso
de liberación. El gobierno civil fue restaurado
en once naciones latinoamericanas (doce con Paraguay)
entre 1979 y 1990. Además en 1989 cayó
el régimen de Duvalier en Haití
(ver el cuadro de la página 319). En estos
países, el traspaso del poder de los presidentes
civiles a sucesores también civiles y elegidos
libremente, puede interpretarse como uno de los
indicios de la solidez de la desmilitarización.
El reflujo de la marea militar en América
latina fue fruto de factores mundiales, regionales,
y locales. Las características nacionales
desempeñaron un papel clave en este proceso,
así como las condiciones y las consecuencias
de la retirada militar. Pueden identificarse dos
elementos contextuales principales a favor de
la desmilitarización:
1) la crisis económica mundial, destacándose
la deuda externa.
2) La política regional de los Estados
Unidos a favor del predominio de las formas civiles,
representativas y democráticas. La presidencia
de Carter dio más importancia que sus predecesores
a la causa de los derechos humanos. Igualmente,
Reagan y Bush, pese a no coincidir en la actitud
moralista del primero orientada a los derechos
humanos, se mantuvieron en oposición a
los regímenes militares. (Más detalles,
página 320).
Pero pese a estos dos factores generales, el proceso
en cada país siguió distintos caminos
en su regreso a los regímenes democráticos.
En Perú y Ecuador los regímenes
salientes (dictaduras progresistas), intentaron
guiar la elección del primer presidente
civil y consiguieron retirarse a sus cuarteles
en buen orden, manteniendo mucha autonomía
y siendo un actor político al que había
que tener en cuenta. En Argentina, Brasil, Chile
y Uruguay, regímenes militares de signo
conservador se habían hecho con el poder
para "proteger" la democracia de peligrosos
movimientos "subversivos". Se propusieron
llevar a cabo programas de reorganización
nacional que restaurarían la autoridad
del estado, pondrían fin al "desorden"
social, y superarían el estancamiento económico,
con lo que eliminarían de forma permanente
toda futura amenaza izquierdista.
La salida de cada gobierno militar varió
con cada país: en Argentina el régimen
estaba ya muy debilitado interiormente, y la derrota
de Malvinas fue determinante para su rendición.
En Brasil, el régimen semi-autoritario
y semi-competitivo que se había instalado
en 1964 nunca había abolido por completo
los procedimientos representativos ni prohibido
los partidos políticos. En 1974 el gobierno
inició un "deshielo" (la dicta"dura"
y la dicta"blanda" de Andreas), que
sumado a la bonanza económica, permitió
al régimen militar subsistir por diez años
más. Sin embargo, la crisis económica
de la década de 1980, terminó precipitando
su caída. En Uruguay y en Chile, como en
Argentina, los regímenes habían
sido extremadamente represivos. No obstante, las
sólidas tradiciones democráticas
de ambos países continuaron existiendo,
e influyeron en la transición al gobierno
civil. En Uruguay, en 1980, la izquierda armada
ya había sido eliminada y una constitución
propuesta por el gobierno fue rechazada. Entonces
se acordó una retirada negociada que quedó
plasmada en el Pacto del Club Naval, el cual garantizó
la autonomía de las fuerzas armadas. Las
elecciones se celebraron en 1971. En Chile, la
personalización del poder en manos de la
fuerte figura de Pinochet, evitó que hubiera
divisiones internas en las fuerzas armadas, otorgando
coherencia y continuidad al régimen. La
propia Constitución dictada por los militares
en 1980 determinó la caída del régimen:
en 1988, Pinochet fue derrotado en el plebiscito
presidencial, y al año siguiente, Patricio
Aylwin resultó electo presidente. En Bolivia,
el proceso de vuelta al gobierno civil fue caótico.
Entre 1964 y 1982 se sucedieron 17 presidentes,
y los traspasos de poder eran mediante el golpe
de estado. Hugo Bánzer Suárez consiguió
gobernar durante siete años desde 1971,
y su caída (derrota electoral) marcó
el final del gobierno militar coherente. Entre
1978 y 1982, se produjo una nueva anarquía
política (325-326). En Paraguay, el general
Alfredo Stroessner, cayó en 1989 después
de 34 años en el poder, sustentado en el
aparato estatal, el Partido Colorado (con base
en las masas), y las fuerzas armadas (326-327).
En América Central, la influencia del gobierno
estadounidense fue el principal factor del regreso
de los regímenes civiles (327). Más
detalles generales: páginas 321-327.
Podría decirse que en los países
en donde se restauró el gobierno civil
entre 1979 y 1990, los regímenes acabados
de instaurar no siempre dominan por completo sus
fuerzas armadas. El período inicial solía
caracterizarse por la fricción declarada
entre autoridades civiles y militares. Donde la
represión había sido más
dura, el asunto más delicado que debían
afrontar los nuevos gobiernos, era determinar
las sanciones que debían imponerse por
las violaciones de los derechos humanos perpetradas
durante los regímenes militares. Esta decisión
dependía de la solidez de la posición
política, de la gravedad de los crímenes
cometidos, y de la presión pública;
pero también dependía de los nuevos
líderes. En Argentina, Alfonsín
adoptó una posición muy severa al
principio, pero luego de algunas rebeliones militares,
su posición aflojó mucho. Luego,
Menem, terminó por flexibilizar el proceso
perdonando a todos los oficiales que habían
recibido sentencias condenatorias, sin olvidar
a los líderes del régimen anterior,
y absteniéndose de llevar a cabo nuevos
enjuiciamientos. En Brasil, Uruguay y Chile, los
militares se encontraban en una posición
más fuerte al momento de dejar el poder:
en los tres casos [casi como en Argentina] terminó
imponiéndose una amplia amnistía.
En América Central el tratamiento de los
derechos humanos en El Salvador y Guatemala presenta
un contraste revelador (329). En El Salvador se
pudo enjuiciar y castigar a los militares que
cometieron delitos contra los derechos humanos;
en Guatemala, no se pudo terminar con las violaciones
de los derechos humanos, ni procesar a los responsables.
Además del asunto de los derechos humanos,
cabe preguntarse qué grado de influencia
política en general tuvieron los militares
en los países donde se eligieron presidentes
y asambleas legislativas civiles. En Argentina,
el poder político de los militares se encontraba
en su punto más bajo cuando dejaron el
gobierno; su función se vio restringida
a la defensa exterior. En Brasil, las fuerzas
armadas conservaron gran influencia bajo la presidencia
de Sarney; incluso el presupuesto en defensa fue
incrementándose. Sin embargo, el papel
preponderante de las fuerzas armadas fue perdiéndose
con el paso del tiempo; así, Color de Mello,
en 1990 restringió la representación
militar en su gabinete. Por otra parte, la nueva
Constitución de 1988, asignó a las
fuerzas armadas un papel político aún
más restringido, pero no tanto como reducirlas
a la defensa exterior. En Chile fue excepcional:
solo aquí los militares se fueron del poder
sin perder un ápice de confianza en sí
mismos, absolutamente orgullosos de sus 17 años
de gobierno. Además, dejaron como herencia
la Constitución militar de 1980, que otorga
gran poder, tanto a las fuerzas armadas como a
los carabineros (policía). El carácter
restrictivo de dicha Constitución aún
merman la capacidad de los nuevos gobiernos democráticos
para llevar a cabo sus programas (332-333). En
Perú, el rumbo de las relaciones entre
civiles y militares estuvo marcado por la aparición
del movimiento revolucionario Sendero Luminoso.
Ausentes del escenario político, a cambio
del mantenimiento de su autonomía y de
generosas asignaciones presupuestarias, los militares
volvieron al ruedo para combatir al nuevo grupo
revolucionario a principios de la década
de 1980. Tanto Alan García como Alberto
Fujimori, dejaron las manos libres a los militares
para decidir la estrategia y tácticas para
combatir al grupo guerrillero. Sin embrago, aquellos
no tuvieron éxito (334). En 1992, Fujimori
disolvió el Congreso y asumió personalmente
el poder en un "autogolpe", seguramente
con el apoyo y el consentimiento de las fuerzas
armadas. Evidentemente los militares no querían
hacerse con los problemas del poder.
Estos últimos cuatro casos ilustran el
hecho de que la desaparición del gobierno
militar no garantiza automáticamente la
extinción de la influencia política
ni la autonomía de las fuerzas armadas.
No es posible afirmar que los militares latinoamericanos
se hayan resignado a desempeñar un papel
político secundario. Sin embargo, es probable
que Estados Unidos siga apoyando a los regímenes
democráticos. Pero también puede
ocurrir que en la lucha contra el narcotráfico
necesite de las fuerzas armadas. De todos modos,
pareciera que la vuelta de los militares fuera
a depender de la solidez de los sistemas políticos
democráticos que los gobiernos civiles
logren establecer, y en especial de su capacidad
para limitar de forma apropiada las aspiraciones
populares.
En los países sudamericanos donde los militares
gobernaron entre 1960 y 1990 parece difícil
que vuelvan a oírse voces pidiendo la intervención
directa de las fuerzas armadas en la política:
el fracaso económico y el recuerdo vivo
y punzante del autoritarismo y las violaciones
de los derechos humanos, dificultarían
su regreso. En relación a la actitud de
los militares ante su propio papel político
en el futuro, allí donde han gobernado
recientemente (dado el fracaso recién mencionado)
las fuerzas armadas en general no parecen ansiosas
de cargar otra vez con la tarea de resolver asuntos
políticos y socio-económicos complejos.
No obstante, parece que los militares de América
Latina siguen creyendo que son el baluarte y la
encarnación de sus respectivas naciones,
los guardianes de sus fronteras, pero también
de sus instituciones, de su modo de vida, y trascendentalmente,
de su alma misma.
CONCLUSIÓN
¿Por qué los regímenes militares
en América Latina? Andreas habla de cuatro
causas incompletas, ninguna está mal, pero
todas son insuficientes para explicar el fenómeno.
1) Herencia colonial (española y portuguesa):
dado que América Latina fue colonizada
por España y Portugal, los regímenes
totalitarios en estos países, habrían
determinado la aparición de regímenes
militares en sus ex colonias. La existencia de
regímenes similares en otras partes del
mundo subdesarrollado, anularían esta tesis.
2) Herencia del caudillaje: serían una
continuación de los caudillos de antaño
surgidos con las guerras de la independencia.
La independencia negociada y pacífica de
Brasil negarían también esta hipótesis.
Además, en muchos países no se observa
una continuidad entre los caudillos y los militares,
y las características de uno y otro distan
mucho de semejarse (militares aficionados, guerreros
improvisados, regionalistas, que usan la violencia
privada contra el estado, los primeros; oficiales
profesionales de carrera al servicio del estado,
burocratizados y con el monopolio técnico
del uso de la violencia legal, los segundos).
3) Andreas habla de una tercera causa: la modernización,
el despegue económico. Los militares intervienen
para modernizar económicamente el país.
Es una modernización por la fuerza, sin
elecciones, sin demagogia. Se desarrolla un proyecto
industrialista sin tener en cuenta la opinión
pública (pone como ejemplo a Brasil del
64) Yo hablaría de las dictaduras revolucionarias.
4) Teorías conspirativas de la historia
(Imperialismo para Andreas) [Pukas' theory para
mí]: según Rouquie van acompañadas
de cierto economicismo desprovisto de sentido
crítico. Después del golpe de estado
en Brasil en 1964 y en Chile en 1973, ha ganado
adeptos la idea de que las fuerzas armadas latinoamericanas
son manipuladas desde el extranjero como si fueran
simples prolongaciones del aparato militar estadounidense;
algo más que meros "partidos políticos
del capital internacional". La instauración
de regímenes autoritarios desde los años
sesenta a los años ochenta respondería
a las necesidades de la fase contemporánea
del desarrollo capitalista [¡SÍ!],
ya fuera porque el capital multinacional y la
nueva división internacional del trabajo
requerían gobiernos fuertes y represivos
que frenasen los movimientos sociales y garantizasen
las inversiones, o porque la transición
de la industria ligera a la producción
de bienes intermedios y bienes de capital no era
posible dentro de un marco civil y democrático.
Según esta hipótesis, los militares
latinoamericanos habrían sido "programados"
para garantizar la "profundización"
del proceso de industrialización [¡no
es tan lineal, Rouquie1].
Hay que reconocer, dice Rouquie, que en tales
interpretaciones hay algo de verdad [gracias,
Alain]. Sus defensores [entre ellos, yo] recalcan
el hecho de que los militares latinoamericanos
han dependido del Pentágono y recuerdan
la influencia que Washington ejerció sobre
las fuerzas armadas por medio de los programas
de instrucción en la Zona del Canal de
Panamá. Insisten en el ascendiente de la
doctrina de la seguridad nacional (donde el enemigo
interno era la amenaza principal) y, a partir
de 1960, la definición del objetivo más
importante: la guerra ideológica contra
el comunismo. Finalmente, la forma en que ciertas
multinacionales han actuado con los gobiernos
democráticos reformistas [calculo que en
contra] y la afinidad activa con las dictaduras
por parte de importantes sectores económicos
extranjeros, son una demostración suficiente
del papel directo que las multinacionales desempeñaron
en el advenimiento de los regímenes militares
del período. No obstante, sigue diciendo
Rouquie, estas interpretaciones instrumentalistas
tienen sólo un alcance analítico
muy limitado [acá el único limitado
es Alain], en la medida que no toman en cuenta
los mecanismos específicos que intervienen
en los procesos políticos.
Los regímenes militares nacieron mucho
antes de la "internalización de los
mercados nacionales" [acá se olvida
que está hablando de la década del
60] y no entiende, si el capital internacional
es realmente capaz de instaurar regímenes
a su gusto, porqué es incapaz de aprovecharse
de ellos: ¿por qué no hubo inversiones
internacionales en Chile, en el Uruguay "liberalizado"
o en la Argentina de Martínez de Hoz? [buenas
preguntas] ¿Por qué el número
de dictaduras disminuyó tan drásticamente
a partir de los años 80?
La influencia militar de los Estados Unidos en
las fuerzas armadas latinoamericanas es innegable,
pero hay cierta ingenuidad en la afirmación
de que el éxito de este proyecto fue total
y que todos los militares latinoamericanos [sólo
Rouquie habla de "todos"], víctimas
de una "estrecha solidarización"
en beneficio del imperio norteamericano [no, de
sus propios bolsillos], repudiaron sus valores
nacionales [¿valores?].
El militarismo contemporáneo no fue un
fenómeno preordenado, ni histórica
ni geográficamente. Y tampoco el determinismo
cultural o la manipulación extranjera son
suficientes para explicar el fenómeno complejo
en el cual se entremezclan factores nacionales
y transnacionales. Al intentar evaluar el papel
político de los militares latinoamericanos
a largo plazo, vemos claramente que las fuerzas
armadas de la región muy raras veces han
sido instrumentos pasivos de fuerzas nacionales
o extranjeras, aunque tales fuerzas con frecuencia
hayan intentado aprovechar el poder de los militares
para sus propios fines. El papel político
de las fuerzas armadas del continente ha variado
en el espacio y el tiempo. No lo ha determinado
una sola causa ni causas sencillas. Ha reflejado
configuraciones sociales y modelos de desarrollo
que no eran propicios a la democracia representativa,
pero también ha dependido de la naturaleza
de las fuerzas armadas latinoamericanas, de su
inserción en la sociedad y en el estado.
Por supuesto, las raíces más profundas
de la hegemonía militar no están
en la sociedad militar, del mismo modo que no
se puede considerar que las fuerzas armadas sean
las principales responsables de la inestabilidad
crónica de ciertas regiones. Pero la naturaleza
de su poder en América Latina en el período
que empieza en 1930 sigue siendo ininteligible
si no se presta debida atención a coyunturas
históricas determinadas, y si no rehace
ningún esfuerzo por comprender a las propias
fuerzas armadas latinoamericanas, su formación
original, su posterior evolución y su modo
de actuación específicamente política.
¿Por qué intervienen los militares?
En las guardias pretorianas por una cuestión
de lucrar a partir del control del estado.
En las repúblicas pretorianas, llegan al
poder en un momento de crisis socioeconómico.
La fachada sería "salvar al país
del comunismo", pero también hay que
terminar con los populismos (en Argentina y Brasil,
en Chile con un gobierno socialista que está
llevando a cabo reformas en el campo y en la ciudad).
En las dictaduras reformistas no están
de acuerdo con el liberalismo que no lleva a la
reforma económica.
La guerrilla no es determinante: el Brasil no
la combate, la crea; en Uruguay se mantienen en
el poder, una vez liquidada la guerrilla; combatir
la guerrilla es otra fachada, el fin último
es torcer el rumbo económico e implantar
el neoliberalismo: en todos los casos (menos Pinochet)
los salarios bajan y aumentan las ganancias de
las multinacionales.
¿Por qué se van?
Rouquie no lo explica muy bien. No tiene en cuenta
la lucha popular (dejaron muy pocos documentos).
Acuerdan salidas diferenciadas: El caso más
negociado es Chile; en Brasil también salen
de manera negociada, pero en menor medida; y en
Argentina es la salida menos negociada de todas.
En Uruguay, se van por la crisis económica
(es la principal causa entre otras).
Otros puntos:
No hay dictaduras fascistas en América
latina
Los golpes de estado son protagonizados por la
institución "Fuerzas Armadas"
(no son sólo los militares) y son apoyados
por sectores de la sociedad civil (no obstante,
es sólo es un apoyo pasivo)
|
|
|