| ÍTHACA
(Discurso para un doctorado honoris causa)* por
Arthur Lehning
Las palabras de aprecio que tú, excelentísimo
Promotor, me dirigiste, me emocionaron mucho.
En tu discurso mencionaste una serie de actividades
de mis años mozos y, en forma adecuada,
las relacionaste con las de mis años maduros.
No expusiste ese desarrollo con fragmentos aislados,
tal como se manifiesta en una película,
sino que diseñaste la continuidad y señalaste
que esos aspectos diferentes de mi vida siempre
tuvieron para mí, aunque a veces en forma
inconsciente, una coherencia como diferentes aspectos
de un mismo modelo. Esa coherencia siempre fue
evidente para mí, tanto que nunca sentí
la necesidad de explicitarla, de forma tal, que
otros no siempre la percibieron.
Por eso tus palabras me llegaron al corazón.
Ya que en tu alocución hablaste sobre la
forma en que uní mi trabajo científico
a mi convicción militante, no me parece
que en esta ceremonia solemne estaría fuera
de lugar decir algo sobre mí mismo.
En relación a eso, me alegra mucho que
el doctorado me haya sido concedido sea de Ciencias
Sociales. Fue el profesor (Nicolaas W.) Posthumus
el cual, ya durante la II Guerra Mundial, tomó
la iniciativa para crear esta Facultad. En 1947,
con la colaboración de su colega, el historiador
Jan Romein, consiguió fundar, con mucho
esfuerzo, la Facultad de Política Social
no sin grandes peripecias tanto en cuanto al nombramiento
de los docentes de esa ciencia nueva como a la
nomenclatura de ella y la caracterización
de sus tareas.
A veces parece que este último problema
continúa subsistiendo hasta el día
de hoy. Evidentemente, resulta difícil
definir a la Ciencia Política y tampoco
nos podemos espejar en los ejemplos foráneos.
La mejor definición es, sin lugar a dudas,
la del actual catedrático de Ciencia Política
de esta Universidad que dijo (o parece haber dicho):
"Lo que es politicología lo determino
yo".
Pero el objetivo de la Séptima Facultad
era claro. Servía para corregir -cito la
Memoria de su Fundación- "la extrema
ingenuidad política y la ignorancia social
de la intelligentsia holandesa". No me corresponde
a mí juzgar si este objetivo se cumplió
en los 30 años de su existencia. De Posthumus,
jurista e historiador económico, se dijo
lo que se dijo también de Oldenbarneveldt:
"Un hombre de gran actividad, preocupación,
memoria y dirección; singular en todo".
Sin duda alguna, su nombre y fama como organizador
de la ciencia sobrevivirán. Fuera de la
ya mencionada Séptima Facultad, fue el
creador de la Biblioteca Económica-Histórica,
del Archivo Real de Documentación sobre
la Guerra y, last but not least, del Instituto
Internacional de Historia Social, todos ellos
unidos a la ciudad de Ámsterdam y a su
Universidad.
Destaqué el nombre de Posthumus, porque
lo llegué a conocer hace más de
medio siglo atrás (exactamente hace 56
años), en Rotterdam, cuando fui su alumno
de historia económica. Cuando me fui de
Rotterdam, mantuve contacto con él y fue
él que me invitó, en 1935, a colaborar
con la fundación del Instituto Internacional
de Historia Social y más tarde, como profesor
emérito y director de la editorial Brill
de Leiden, tomó la iniciativa de editar
el Archivo Bakunin.
Me hubiera encantado -y estoy convencido que a
él también- que Posthumus estuviera
presente en esta solemnidad.
Después de Rotterdam continué mis
estudios en la Universidad Friedrich Wilhelm de
Berlín, donde seguí los cursos del
famoso economista Werner Sombart que, de forma
extremadamente escueta, enseñaba sobre
capitalismo y capitalismo primitivo con el método
de "capítulo, sección y párrafo";
de Kurt Breysig, el filósofo cultural,
autor de Los valores históricos; y sobretodo
de Gustav Mayer, el biógrafo de Friedrich
Engels, titular de la primera cátedra alemana
de Historia Social. Él activó y
concretizó mi interés para la historia
social -interés que ya se había
despertado en Rotterdam por la lectura de la obra
Los Socialistas del docente y banquero de Amsterdam,
H.P.G. Quack, una serie a veces algo ampulosa
y literaria pero, a pesar de ello, un clásico
aunque, hoy en día, podría multiplicarse
la bibliografía de esta obra comenzada
hace 100 años. Muchas veces pensé
que debería ser lectura obligatoria para
todos los estudiantes que ingresan en ciencias
sociales aunque sólo fuera por la razón
que, aún con una lectura superficial, quedaría
claro para todo el mundo que la ciencia socialista
no se restringe (y menos aún se identifica)
al, así llamado, socialismo científico.
A comienzos de los años 20 conocí
en Berlín a un grupo de revolucionarios
rusos que, después del desarrollo contrarrevolucionario
de la Revolución Rusa, alrededor de 1921,
emigraron o fueron expulsados de Rusia. Me uní
a ellos en una amistad duradera y ellos tuvieron
una gran influencia en mis ideas políticas.
Poco después cambié mis estudios
universitarios por lo que otro amigo llamó
"la universidad de la vida" , o por
lo que después llamaría mi "trabajo
de campo", con perdón de los sociólogos
aquí presentes. No con objetivos de observación
e interpretación científicas, sino
por necesidad y convicción me identifiqué
con el movimiento político. Con una militancia
intensa de 15 años participé de
los acontecimientos políticos del período
de entreguerras, desde la República de
Weimar hasta la Guerra Civil española,
no como un observador interesado, sino con un
compromiso consciente de la "presencia de
la historia" .
Schiller una vez escribió que no había
que traicionar los sueños de la juventud.
Por eso, excelentísimo Promotor, quedé
vivamente impresionado de que hayas enfatizado
que mi "trabajo de campo" encontró
su continuidad en mi campo de estudio ulterior;
que mis experiencias adquiridas en la práctica;
o sea, en otras palabras, que el compromiso social
y la objetividad científica no se contradicen,
más bien todo el contrario.
Por otra parte, también durante los años
de mi actividad política, mantuve siempre
mi interés por la historia. Mi primer folleto
"La Social Democracia y la Guerra",
publicado en Berlín en 1924, consistió
tanto en una investigación histórica
sobre el papel jugado por la social democracia
en el proceso trágico que llevó
a 1914, como en un documento político que
denunciaba el peligro de una Segunda Guerra Mundial.
Siempre quise servir a dos señores y no
tuve problemas con ello: la política y
la historia: la historia como acontece y la historia
como se escribe.
Por lo demás, ¿cómo se podría
juzgar los complejos fenómenos sociales
y sus procesos de cambio, si no se tiene un norte.
Los hechos verificables, respetados por todos
los investigadores, son los mismos pero cada persona
los observa desde su punto de vista, según
categorías que se desprenden, no de los
hechos en sí, sino de las concepciones
éticas y políticas. En otras palabras:
se desprenden de juicios de valor, que no necesariamente
se identifican con preconceptos, pero que sí
determinan la elección del método
de investigación, la selección de
acontecimientos, la organización del material
y las hipótesis formuladas, por el hecho
que el investigador forma parte de la sociedad
que investiga. Sus motivos y objetivos son una
parte del proceso y no podemos excluir de nuestros
análisis aquello que debería acontecer
o ser. Sin un objetivo la mayoría de las
operaciones no tienen sentido. Sería un
camino que no conduce a nada.
A parte de valorizar la concesión de este
doctorado, me alegro también por el hecho
de que implica un reconocimiento del interés
por la importancia del trabajo que me interesó
por décadas y al cual me dediqué
intensivamente en los últimos quince años
en forma más específica. Me estoy
refiriendo a la, ya mencionada por Ud. Excelentísimo
Promotor, edición histórica-crítica
de la obra de Bakunin, el cual, después
de todo, forma parte de las siete u ocho grandes
figuras de los movimientos revolucionarios democráticos
y sociales de la Europa del siglo XIX, junto a
Manzini, Garibaldi, Proudhon, Blanqui, Lasalle,
Marx y Engels. Además fue el mayor revolucionario
ruso de ese siglo XIX y, desde mi punto de vista,
el mayor teórico del anarquismo. Ha quedado
un tanto en la penumbra de la historia social
y ha sido -algo que ya has mencionado, en tu alocución,
excelentísimo Promotor- desfigurado de
alguna manera por la historiografía marxista,
a pesar que sus ideas son de gran relevancia inclusive
para comprender la sociedad actual. Un amigo y
compañero de lucha de Bakunin, el célebre
geógrafo Eliseo Reclus, una vez dijo de
él, con un neologismo propio, que era un
prévivant, expresión que podría
traducirse como alguien que se adelantó
a su tiempo y que anticipando personifica el futuro.
Por lo demás, esto mismo podría
aplicarse también a Eliseo Reclus. Pienso
que con esta caracterización estamos tocando
un fenómeno importante.
Una vez Hegel mencionó, en sus Lecciones
de Filosofía de la Historia, que un gran
acontecimiento histórico sólo se
sanciona en la concepción de las personas
cuando se repite. Sin embargo, otro filósofo
alemán, el ahora nonagenario Ernst Bloch
de Tubinga, donde alguna vez Hegel, Schelling
y Hölderlin acompañaron ansiosamente
los acontecimientos de la Revolución Francesa,
escribió hace treinta años: "La
historia no se repite. Al contrario, lo que sí
se repite es aquello donde algo no se hizo historia
y no hizo historia". En otras palabras: la
utopía, una visión del futuro que
juega un papel activo en el presente, y sobre
cuyo principio, lo utópico, la ciencia
social todavía no le dedicó la atención
merecida.
Aquí no hablo de utopías sociales,
las descripciones de comunidades ideales, según
el ejemplo clásico de Utopía de
Tomás Moro de 1516; en efecto ese sería
un objeto de investigación social. Tampoco
hablo del, así llamado, socialismo utópico,
de los socialistas franceses de la primera mitad
del siglo XIX, que fueron denominados así
por el Manifiesto Comunista cuando, en realidad,
analizaban de forma extremadamente realista a
la sociedad de su tiempo y no sólo pretendían
esclarecer la situación social sino cambiar
el mundo. La confusión terminológica
que esta expresión originó fue,
nuevamente, popularizada por Engels cuando, treinta
años después, publicó Del
socialismo utópico al socialismo científico.
Según esas publicaciones, el socialismo
no se realizaría como el objetivo perseguido
de una idea filosófica o de una construcción
teórica, sino como el resultado final de
un proceso de desarrollo del cual Marx había
descubierto las leyes: una dialéctica nomológica
que, como lo formuló Kautsky, llevaría
con una necesidad férrea al socialismo.
Por su parte Lenin, un maestro en reformular drásticamente
la doctrina marxista concluía: "No
sueños sino ciencia".
Como se sabe, estos pronósticos, envueltos
en ideología, no se realizaron. Así
que algo anduvo errado y podemos vincularlo a
una conclusión decisiva ya que esa profecía
formaba parte de la esencia del sistema marxista.
Si esas leyes ahora, un siglo después,
se revelaron como erróneas, llevándonos
a conclusiones muy diferentes, entonces también
los medios prácticos señalados por
la teoría para alcanzar el objetivo socialista,
se volvieron dudosas. Y dudosa se vuelve la táctica
que quiere apoderarse del poder estatal mediante
el partido político.
Sería una concepción perversa del
socialismo querer realizar sus postulados en una
dictadura estatal o partidaria o en un estado
burocrático, tecnocrático y jerárquico
de funcionarios públicos donde, de a poco,
una mitad de la población controla a la
otra -un escenario tétrico que ya había
vislumbrado Fourier. Bakunin, el gran adversario
de Marx, vaticinó las consecuencias de
la concepción socialista estatal, profecía
que, desgraciadamente sí se cumplió.
Se declaró abiertamente enemigo de aquellos
revolucionarios los cuales, aún antes de
haber destruido el poder estatal existente, "ya
sueñan con la creación de estados
revolucionarios nuevos, tan centralistas como
el actual, y más despóticos aún";
de aquellos que, aún antes que la revolución
pudiese manifestar su potencial creativo, sueñan
con sofrenarla con una nueva autoridad, "que
sólo comparte con la revolución
su nombre cuando, en realidad no significa otra
cosa que una nueva reacción". Para
la masa popular gobernada por decreto, escribe,
se trata de una nueva condenación "a
la esclavitud y explotación por una aristocracia
seudo-revolucionaria".
El pronóstico de Marx no es entonces una
utopía en la forma que a mí me gusta
entenderla. También en su obra se encuentran
elementos utópicos anticipadores, como
la eliminación de la alienación
el pasaje del reino de la necesidad al reino de
la libertad, de la sociedad socialista a la asociación
de personas libres. Pero en la práctica
marxista, todo esto no juega ningún papel.
De hecho el marxismo es, en el mejor de los casos,
un mito social.
La utopía de la cual estoy hablando, no
es sólo una fórmula para el futuro,
sino que está relacionada dialécticamente
con el pasado y el presente. Un docente en matemáticas
una vez dijo: "Los grandes escritores realizan
una mejor caracterización de la sociedad
que las encuestas Gallup". De esta plusvalía
utópica, que supera el límite del
simple registro de hechos, se podría afirmar:
Cuanto más utopía, tanto más
agudo será el análisis de la sociedad
y sus procesos de cambio; cuanto más utopía,
más agudo será la comprensión
del significado de los sueños de una dictadura
seudo-socialista. Sólo la utopía
hace posible la formación de una imagen
unitaria sobre la sociedad, su cultura y su desarrollo.
Es natural que esa utopía se fundamenta
en consideraciones subjetivas, sobre una opción
personal; por otra parte, posee, a causa de su
compromiso con la realidad, valores de una validez
objetiva que trasciende lo personal.
No expondré aquí la utopía
que defiendo. Todo el mundo la conoce. Podría
ser formulada como una sociedad caracterizada
por un mínimo de autoridad y poder. El
poder político organizado, el así
llamado estado, debería ser remplazado
por una red de libres asociaciones de grupos y
asociaciones que se organizan, internacionalmente,
por oficios y regiones a fines de responder a
las necesidades de la producción y del
consumo.
Y aquí aparecen varios problemas; en primer
lugar las dudas sobre la posibilidad de su aplicación
real. Pero debemos considerar que la concepción
que considera que este ideal sea imposible, también
se encuentra condicionada por el statu quo. El
desarrollo del futuro no se realiza como un proceso
necesario sino que se encuentra ante una serie
de posibilidades. Hoy en día se comprobaron
muchas cosas que antes eran consideradas como
imposibles. Hasta se realizó una vieja
utopía como lo era el viaje a la luna.
Como, con razón, escribió Bakunin:
"No sería la primera vez que personas
prácticas y racionales, partidarios de
asuntos prácticos y posibles de repente
se manifiestan como utopistas y que, al contrario,
personas consideradas hoy como utópicas,
al día siguiente son consideradas prácticas".
Mayo del 68 hizo, nuevamente, relevante esta frase.
Se dice que una sociedad no puede existir sin
Estado. Pero en un sistema estatal como el nuestro,
rígidamente reglamentado, a millones de
personas se les quita la oportunidad de utilizar
su inteligencia y buena voluntad. En cuanto el
poder estatal se derrumba, o se encuentra bloqueado,
surgen espontáneamente nuevas formas de
convivencia social. Un ejemplo reciente pudo observarse
en Portugal: no en el desarrollo político,
del cual me abstengo de comentar, sino en el hecho
que durante una revolución por todas partes,
en las oficinas y fábricas, en los suburbios
y el campo, surgen, de forma espontánea,
centenares de comunas. El mismo fenómeno
aconteció cuando estalló la Revolución
Rusa en 1917 y en los primeros meses de la Guerra
Civil española. Los politicólogos
podrían considerar este fenómeno
como su "modelo" de revolución.
Con referencia al análisis del presente
y el pasado, creo haber desprendido de esas ideas
utópicas una cierta lucidez. No sería
tan inmodesto de manifestar esto sino sería
evidente de que se trata, no de mi persona sino
de esas ideas. Me parece que gracias a ellas tengo
la impresión, que comprendí los
acontecimientos de las últimas cinco décadas
y que pocas veces me sorprendí. Esto es,
bien considerado, es bastante poco y hubiera sido
preferible haber evitado ciertos desarrollos y
promocionado otros. Pero tal vez hemos progresado
en los últimos diez años en el sentido
de que la creencia en la autoridad y la inamovibilidad
de las convenciones se encuentran cuestionadas
y están dando lugar a una visión
más realista. Una visión más
acabada sobre la realidad es una condición
para la libertad.
Pero sobre el futuro no se puede ser optimista.
Estamos obligados a preguntarnos si el estado
moderno, en cualquiera de sus dimensiones políticas,
no llegó a una fase donde se encuentra
bloqueada todo desarrollo democrático real
desde adentro en cuanto que, para fuera, la paz
ya no es más posible. De una manera increíble
se aumentó en todas partes la violencia
estatal; hace poco señaló el cardenal
Alfrink (me encuentro, entonces, en buena compañía)
que con un presupuesto mundial de 210.000 millones
de dólares para un arsenal armamentista
perfeccionado, apenas si se evitará el
desastre apocalíptico. A veces se tiene
la impresión que los gobiernos de los estados
más poderosos se parecen más a una
mafia política que a una dirección
en apariencia democrática. La humanidad
parece estar hipnotizado por la violencia y el
poder y los crímenes más gigantescos
son aceptados y legitimados por una "razón
de estado". Parecería que la humanidad
se encuentra enredada en un laberinto sin retorno.
En los últimos años se habló
mucho de la arrogancia del poder, pero nos podemos
cuestionar si no habría que hablar también
de la arrogancia y las pretensiones de la ciencia.
Ya Bakunin -si se me permite mencionarlo una vez
más- se enfrentaba al "despotismo
científico" que, en su opinión,
era más desmoralizador que el despotismo
de la violencia por el hecho de corromper el pensamiento
humano a partir de su fuente misma. Una sociedad
dirigida por sabios, escribió, sería
la peor humillación que podría sufrir
la humanidad: ser esclavos de sabios maestros
de escuela: ¡Qué futuro para la humanidad!
En la geografía de este "mundo encantado"
cabe la sentencia de Oscar Wilde: "Un mapa
donde falta el país Utopía, no vale
la pena ser mirado". La utopía no
es sólo un postulado del socialismo, sino
que es inherente a todas las religiones y filosofías
y tan vieja como el mundo. Pero la utopía
concreta de la cual hablé, no es sólo,
ni tanto, una creencia en un futuro ideal o en
un cielo donde cantan los angelitos. No es tanto
la creencia de que el paraíso está
delante o detrás de nosotros o que la edad
de oro volverá, lo que para Percy Bysshe
Shelly era el Hellas inmortal ("The world´s
great age begins anew, the golden years return".
"La gran edad del mundo recomienza/ los años
dorados vuelven"); y para Emmanuel Kant la
paz eterna; no se trata tanto de la nueva Jerusalén
celestial, el reino de Dios en la tierra, en resumen
la Civitas Dei.
En todo esto se encuentra el elemento utópico,
como el suelo que alimenta toda gran obra de arte.
Pero la utopía concreta a que aludo es
algo diferente. Es el Principio Esperanza de la
filosofía de Ernst Bloch; no una fata morgana
sino, más bien una estrella fija en el
firmamento que acompaña a la humanidad
en su viaje. No es una ensoñación
ni una imagen deseada, sino la unidad real de
la teoría y la práctica. Lo que
vive en la humanidad como inconsciencia o sueño
se hace consciente por el utopicum, no como una
esperanza salvadora escatológica, sino
como una fuerza creadora de cultura, un proceso
que inspira a la acción. En última
instancia, la utopía es aquello que le
da sentido a la historia.
Con estas breves indicaciones, algo esquemáticas
dada la naturaleza de las circunstancias, sobre
algunos aspectos de la política, historia
y ciencia, debo concluir.
Me gustaría terminar, señor Rector
Magnífico, con algunos versos que, según
mi sentir, expresan de otra manera, más
alegórica y simbólica pero en el
fondo igual, aquello que yo quería decir.
Es un poema del poeta griego Constantino Kaváfis
-también una utopía, pero esta vez
también una isla realmente existente, una
de las tantas que a Byron le inspiraron las palabras
extáticas: "esas islas de Grecia,
esas islas de Grecia".
Pero también es la isla de La Odisea del
mundo de Homero. El poeta habla de lestrigones
y cíclopes, de monstruos y brutos devoradores
de carne humana de La Odisea, pero, dice, no los
encontrarás en tu viaje a Íthaca,
si no los llevas en tu alma, si no lo invocas
ante tu espíritu.
ÍTHACA
Cuando emprendas tu viaje a Íthaca
Ruega que el camino sea largo
A los lestrigones y cíclopes
Al salvaje Poseidón no le temas;
No hallarás tales cosas en tu camino
Si tu pensamiento es elevado, si una gran emoción
te llena el espíritu y tu cuerpo.
A los lestrigones y cíclopes
Al salvaje Poseidón no encontrarás
Si no los llevas en tu alma
Si no los invocas ante tu espíritu
Ruega que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas estivales
En que, lleno de placer y alegría,
Entres a puertos nunca vistos;
Detente en las factorías fenicias
Y adquiera mercancías especiales
Nácar y coral, ámbar y ébano,
Y toda clase de perfumes lujosos
Visita muchas ciudades egipcias
Para aprender de los sabios.
Pero siempre mantén en tu mente y corazón
a Íthaca.
Llegar allí es tu destino
Mas no apresures tu viaje.
Mejor que dure muchos años
Y que desembarques en la isla ya de viejo
Rico con lo que ganaste en el camino
Sin esperar que Íthaca te dé riquezas.
Íthaca te dio un viaje hermoso
Sin ella no habrías emprendido el camino
Y más no te dará.
Y si piensas que es poco: Íthaca no te
engañó.
Tan sabio como te volviste, con tanta experiencia,
Seguro que entendiste qué significa Íthaca.
LA ESTRUCTURA DEL TEXTO SEGÚN DE ALGUNOS
HISTORIADORES
AUTOR Párrafos x página Líneas
x párrafo Frases x párrafo Palabras
x frase
Peter BURKE 3, 2 9,4 4 28
Edward THOMPSON 2,4 16,1 5,3 36
HALPERIN DONGHI 1,8 20 3,7 54
Felipe PIGNA 3,8 9 2,7 32
A. DOESWIJK 4,8 8,5 2,7 41
NB1. Párrafos x página es el promedio
de todo un capítulo/ artículo analizado
y el resto sólo un muestreo de algunas
páginas de esos textos. (Por eso se da
una cierta distorsión)
NB2. El tamaño de las páginas no
coinciden ni el número de líneas
por página. Es decir: trátase de
una impresión general.
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