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VAZQUEZ, JOSEFINA. El origen de la guerra
con Estados Unidos.
By Marianchi Chiappe
VAZQUEZ, JOSEFINA. El origen de la guerra con
Estados Unidos.
De manera general hoy se acepta que la causa
principal de la guerra fue el expansionismo estadounidense,
aunque varían las interpretaciones sobre
sus detonantes. Las revisiones superficiales de
la guerra todavía mencionan justificaciones
contemporáneas al suceso: la necesidad
estadounidense de evitar que Gran Bretaña
se apoderara de California, el belicismo mexicano
y la torpeza del gobierno mexicano de negarse
a vender un territorio que de todas formas iba
a perder. Sin embargo, el aspecto más desconocido
y peor representado es el de la compleja situación
mexicana.
Los historiadores mexicanos han visto siempre
en el expansionismo, el origen de la guerra, con
la independencia y anexión de Texas como
causa inmediata y la infiltración estadounidense
en California como agravante.
Para 1821, mientras la economía y la población
de Estados Unidos habían crecido gracias
a cuatro décadas de gobierno estable, dominado
por una minoría ilustrada, México
había perdido su santiguo dinamismo. La
división social era profunda, la población
se había reducido con la pérdida
de unas 600.000 vidas (la mitad de la fuerza de
trabajo) y la lucha había fragmentado las
redes administrativas y económicas. La
grandeza novo hispana del siglo XVIII heredaría
gran vulnerabilidad a la nueva nación al
despertar ambiciones europeas y estadounidenses,
tanto es así que México se convirtió
en el país más amenazado del continente
durante gran parte del siglo XIX. Todo se asoció
para obstaculizar su recuperación y la
consolidación de un gobierno estable.
Así en 1804 los dos países tenían
un territorio y una población semejantes,
para 1821 empezaba a notarse una asimetría
que para la década de 1840 se había
ampliado: el país del norte tenía
ya casi 20.000.000 de habitantes y México
apenas comenzaba a recuperarse de las pérdidas
sufridas y contaba con poco más de 7.000.000.
Era natural que la cuestión de Texas afectara
las relaciones entre México y estados Unidos.
La dudosa neutralidad del presidente Andrew Jackson
permitió la libre entrada de una avalancha
de voluntarios estadounidenses y de armas a Texas,
acompañada de la movilización de
tropas al mando del general E. P. Gaines hacia
la frontera del río Sabinas para evitar
que indios, texanos y mexicanos violaran territorio
estadounidense.
Aunque Jackson no se atrevió de inmediato
a anexar Texas, antes de abandonar la presidencia
el 7 de marzo de 1837, extendió el reconocimiento
a la República de Texas. La depresión
económica que enfrentó Estados Unidos,
lo llevó a aceptar la oferta mexicana de
someter las reclamaciones a arbitraje internacional.
Fue complicado negociar criterios y condiciones
del arbitraje, pero en 1839 se acordó que
el tribunal sería constituido por dos mexicanos,
dos estadounidenses y un representante del rey
de Prusia.
Gran Bretaña reconoció a la República
de Texas en 1840, con lo que se incrementó
su insistencia ante el gobierno mexicano para
pactar con éste. Tanto Francia como Gran
Bretaña deseaban detener un expansionismo
estadounidense que atentaba contra el equilibrio
de poderes en el Nuevo Mundo, e insistieron en
este reconocimiento. Sin embargo no era fácil
superar los problemas que planteaban los texanos
al exigir una frontera injusta, al grado de reclamar
Nuevo México como parte de Texas. Aunque
el convencimiento general era que la provincia
se había perdido, era difícil admitir
las solicitudes texanas presentadas a través
de los británicos, cuando éstas
iban acompañadas de amenazas marítimas
en los puertos del Golfo e intentos de conquista
de Nuevo México.
En noviembre de 1844, bajo presión británica
y un mes antes de ser destituido, Santa Anna (vuelve
"el inmortal") había aceptado
fijar las condiciones del reconocimiento a la
independencia de Texas. Estados Unidos estaba
interesado en más territorio. California
contaba con sólo una población de
24.800 mexicanos y los extranjeros la habían
invadido por todos lados, por ende el gobierno
mexicano era pesimista sobre su destino y tuvo
la certeza de que la guerra era inevitable. Con
plena conciencia de que sin recursos ni armas,
con un ejército de apenas de 30.000 hombres,
incapaz a todas luces de defender una frontera
tan extensa, y en un territorio casi deshabitado,
se encontraba en una encrucijada.
La única esperanza mexicana estaba en
que el deterioro de relaciones entre Gran Bretaña
y Estados Unidos desembocara en una guerra. Pero
ésta se desvaneció a mediados de
1846 con la firma de un tratado entre Gran Bretaña
y Estados Unidos. El gobierno mexicano al darse
cabal cuenta de la imposibilidad de enfrenta la
guerra, trataron de evitarla. Esta debilidad dio
como resultado que la diplomacia mexicana se refugiara
en el derecho y la justicia, una base débil
de defensa ante un enemigo decidido a todo para
obtener el territorio.
Aunque el escenario político estadounidense
estaba también asediado por el faccionalismo
y aun por el secesionismo, la ambición
territorial fue capaz de neutralizarlos durante
la guerra. La situación internacional volvió
a favorecer esta situación y Gran Bretaña
y Francia, que estaban empeñadas en preservar
el equilibrio de poderes, impidieron cualquier
intervención a favor de México.
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