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SCOTT por Mariano Chiappe
I. EL AZUCAR Y LA ESCLAVITUD.
La esclavitud, constituyó en Cuba, la base
de una industria azucarera tecnológicamente
avanzada y productiva hasta bien entrado el último
tercio del siglo XIX. En 1868 la isla reducía
720.250 toneladas métricas de azúcar,
más de 40 % de la caña de azúcar
llegaba al mercado mundial. Pero justo cuando
Cuba alcanzaba este nivel de producción,
se inició la abolición de la esclavitud.
La emancipación requirió casi dos
decenios para completarse. Cuba era un baluarte
esclavista, hasta el decenio de 1880. Más
tarde la producción azucarera cubana creció
más aún y alcanzó la marca
del millón de toneladas, justo seis años
después de la abolición final.
Esta congruencia en los acontecimientos plantea
algunos interrogantes acerca de la relación
existente entre la esclavitud y el desarrollo
de la producción azucarera en Cuba.
Este análisis debe comenzar por la propia
sociedad cubana. La composición de la población
determinaba las relaciones sociales y el mercado
de trabajo. La población blanca era sobre
todo criolla, aunque había una minoría
sustancial y desproporcionadamente poderosa de
españoles, mucho de ellos comerciantes
o empleados públicos. Había una
tensión frecuente entre españoles
y criollos por cuestiones de política y
comercio
La elite criolla se había desarrollado
en gran medida durante el curso de la revolución
azucarera del siglo XIX. Los comerciantes españoles
se habían beneficiado también del
crecimiento económico de la isla en su
papel de proveedores de esclavos y de crédito
y en su papel de vendedores en el protegido mercado
cubano.
Los hacendados estaban con frecuencia endeudados
con los comerciantes españoles, y resentían
tal situación, pero los dos grupos se unían
generalmente en los referente al mantenimiento
de la esclavitud. Sin embargo, los plantadores
de azúcar constituían sólo
una pequeña minoría dentro de la
sociedad blanca, y una parte considerable de la
población no tenía una relación
directa con la economía azucarera.
La población de color libre de la isla
incluía a los descendientes de esclavos
liberados varias generaciones atrás, así
como a los manumitidos liberados hacia porco tiempo.
La gran proporción de mujeres que se encontraba
entre los que lograban obtener su libertad contribuyó
a que la tasa de crecimiento del grupo fuese relativamente
elevada. La mayoría de las personas de
color libres vivían en pueblos y ciudades,
donde solían trabajar como jornaleros,
artesanos y sirvientes, aunque algunas alcanzaban
posiciones profesionales y semiprofesionales.
Aunque legalmente podían tener propiedades
(incluso los esclavos) (esto no me queda muy claro),
los negros y mulatos libres padecían una
discriminación social generalizada, incluido
el acceso limitado a las reuniones públicas
y la prohibición del matrimonio interracial.
A pesar de un sistema de clasificación
étnica generalmente más flexible
que el prevaleciente en el sur de Estados Unidos,
el concepto de una "mancha" africana
continuaba estigmatizando a los cubanos descendientes
de esclavos.
Como ocurría en casi todas las sociedades
esclavista, los mulatos libres habían tratado
a menudo de distanciarse de los negros en un esfuerzo
por evitar la "mancha" del pasado esclavo
común. Sin embargo, al mismo tiempo, en
la medida en que hubiese un proceso continuo de
manumisión, era improbable que se desarrollaran
barreras absolutas parecidas a las de un sistema
de castas.
La elite blanca reconocía a los esclavos
de la isla como la base de la prosperidad de Cuba
y al mismo tiempo los percibía como una
amenaza potencial para su seguridad. La experiencia
de la esclavitud misma variaba ampliamente dentro
de Cuba, de las ciudades y los pueblos, donde
los esclavos desempeñaban una gran variedad
de ocupaciones, a los ambientes rurales con características
y ritmos de trabajo diferentes. Los esclavos rurales
que no estaban empleados en la industria del azúcar
trabajaban en diversas clases de plantaciones,
fincas y haciendas. La diversidad de situaciones
en que vivían los esclavos cubano y el
conjunto de sus actividades sugieren que debemos
se muy cautos al imputar un "carácter"
general a la esclavitud cubana. Algunos investigadores
anteriores veían a Cuba como un ejemplo
de esclavitud moderada en el Nuevo Mundo, fuertemente
influido por la iglesia católica. Las autoridades
estaban bien conscientes de los preceptos de la
moral católica, pero no se sentían
atados por ellos, por el contrario, manipulaban
estos valores de acuerdo con las circunstancias
y por regla general los subordinan a los intereses
de Estado.
Una institución citada a menudo como distintiva
de la posición del esclavo cubano frente
a la de los esclavos de otras partes era la de
"coartación" o autocompra gradual.
Bajo la ley española, un esclavo que hacía
un abono sustancial sobre su precio de compra,
volviéndose así un coartado, ganaba
ciertos privilegios. Este no podía venderse
por un precio mayor que el del valor estimado
en el momento de la coartación, y tenía
derecho a una parte de la renta si era contratado.
En teoría, la coartación proveía
una ruta para la autoemancipación y creaba
una posición intermedia entre el esclavo
y el hombre libre.
Los propietarios de esclavos de Cuba y en varias
otras partes del Caribe habían otorgado
tradicionalmente a sus esclavos parcelas o "conucos"
donde pudieran cultivar sus propios alimentos,
pero la economía del auge azucarero aconsejaba
que los amos dedicaran la tierra al cultivo de
la caña e importaran alimentos para alimentar
a los esclavos. Sin embargo, a mediados del siglo
XIX, los conucos parecen haber resurgido y fueron
alentados incluso en los ingenios grandes por
los defensores de un "mejor trato" como
un recurso para atar a los esclavos a la plantación,
mejorando su salud y longevidad y desalentando
el sabotaje por incendios. La clave de tales cambios
era el hecho de que, considerando todas las circunstancias,
le resultara conveniente a la plantación
que los esclavos produjeran en forma relativamente
independiente una parte de sus alimentos. El análisis
se aleja así de los "derechos"
otorgados por la esclavitud católica y
se aproxima a las circunstancias bajo las cuales,
a pesar de un régimen de plantación
riguroso, los esclavos obtenían acceso
a la tierra y podían producir sus cosechas.
El cultivo de conucos representaba una oportunidad
para la iniciativa, el trabajo relativamente carente
de supervisión, y una fuente de fondos:
una economía personal limitada.
Un núcleo familiar dentro del ingenio era
un cuerpo extraño, sin embargo, no debemos
confundir la ausencia del matrimonio legal con
una ausencia de responsabilidad familiar percibida,
ni suponer que las condiciones hostiles imposibilitaban
la formación de familias.
Un símbolo predominante de la plantación
esclavista cubana en su apogeo fue el "barracón",
una barraca semejante a una prisión, descrita
a menudo como un lugar donde se separaba a los
hombres de las mujeres. Es obvio que tal institución
desalentaría, en gran medida, la formación
de familias. A pesar de aquello, dentro de los
barracones, los esclavos encontraban maneras de
reducir el carácter carcelario de sus celdas,
y los sexos no estaban invariablemente separados.
Si insistimos en que la vida familiar era imposible
dentro del ingenio, resultará difícil
el entendimiento de los esfuerzos de los esclavos
para comprar la libertad de sus esposas, esposos
e hijos. Si insistimos en que los esclavos de
la plantación carecían de toda responsabilidad
económica y de experiencia en la actividad
económica privada, resultaría difícil
entender cómo reunían los fondos
necesarios para realizar estas compras.
EL AZUCAR.
El proceso de producción del azúcar
variaba ampliamente en Cuba desde las enormes
empresas que empleaban a centenares de esclavos
y producían miles de toneladas de azúcar
por cosecha, hasta los trapiches con unos cuantos
esclavos, que producían menos de un centenar
de toneladas.
Los dos departamentos de Cuba, el Oriental y el
Occidental, diferían radicalmente en cuanto
al nivel de desarrollo de sus plantaciones azucareras.
Las características botánicas del
azúcar y el nivel de la tecnología
empleada en el ingenio determinaban en gran medida
el ritmo del trabajo. La caña debía
ser cortada cuando la proporción de sacarosa
en el jugo alcanzara su máximo nivel; sobre
todo, el jugo debía extraerse en el lapso
de 24 a 48 horas para impedir que se echara a
perder. Por lo tanto, los hacendados debían
movilizar grandes cantidades de trabajadores durante
un período específico. (No pueden
decir que esto no es fundamental para entender
el proceso histórico) La cosecha duraba
varios meses en las plantaciones cubanas durante
el invierno y el principio de la primavera, y
era el período de mayor demanda de mano
de obra. Durante el resto del año, los
jornaleros laboraban en la siembra, la escarda,
el cultivo de alimentos y el cuidado de los animales,
así como en las tareas de mantenimiento
y construcción.
Pero la temporada de la producción de azúcar
creaba otros problemas para los hacendados. Los
esclavos representaban una inversión de
capital y debían ser mantenidos durante
todo el año. Por razones de seguridad,
también debían estar ocupados en
alguna clase de trabajo. Toda innovación
que aumentara la cantidad de caña que podría
procesarse por día en el ingenio, y que
aumentara en consecuencia el número de
cortadores y cargadores de caña requeridos
durante la molienda, planteaba en potencia el
problema del mantenimiento de tales esclavos durante
el resto del año. En términos económicos,
la adición de trabajadores libres hubiera
ofrecido la ventaja de que tales trabajadores
podrían ser despedidos después de
la cosecha, suponiendo que de algún modo
pudieran atender a su propio mantenimiento durante
el tiempo muerto. Pero en el decenio de 1860 pocos
trabajadores libres estaban dispuestos a trabajar
en la caña o se sometían a las exigencias
de una plantación de esclavos durante la
zafra. Las plantaciones alquilaban esclavos durante
la cosecha, lo que les daba cierta flexibilidad
al mismo tiempo que dejaba la carga de su mantenimiento
a sus propietarios.
Varios escritores del siglo XIX, así como
algunos investigadores modernos, han sostenido
que la esclavitud era incompatible con adoptar
una tecnología más avanzada. En
su forma más sencilla, el argumento sostiene
que los esclavos eran incapaces de manejar una
maquinaria compleja. Esta idea se basa en al noción
de que solo el trabajo libre es compatible con
la mecanización y se justifica en términos
del bajo nivel de la educación el adiestramiento
y la motivación de los individuos mantenidos
en servidumbre.
Existen dos elementos dudosos en la aseveración
de una contradicción entre la esclavitud
y la tecnología. Uno de ellos es la noción
de que los esclavos no podían o no querían
adquirir la habilidad necesaria para manejar la
maquinaria. Las pruebas existentes refutan esta
idea. El segundo elemento es la idea de que toda
mecanización requiere un aumento general
en el nivel de habilidad de la fuerza de trabajo,
algo que se cree posible sólo con una fuerza
de trabajo libre. Esto no es teóricamente
convincente ni empíricamente correcto.
Es un error suponer que el avance tecnológico,
requiere por fuerza que los trabajadores sean
legalmente libres o que la fuerza de trabajo sea
en general más altamente calificada. Bajo
la industrialización capitalista, la división
del trabajo puede asumir la forma de una separación
de los procesos de trabajo en tareas sencillas
y coordinadas. (Un plantador azucarero podría
emplear a pocos especialistas y muchos trabajadores
menos calificados, esclavos o libres).
Este era, en parte, el modelo de los ingenios
mecanizados de Cuba. Los trabajadores enteramente
libres formaban una fracción minúscula
del total de la fuerza de trabajo de la industria
azucarera, incluso en las plantaciones más
desarrolladas, y estaban por lo general aislados
del resto de la dotación. La presencia
de mecánicos y técnicos asalariados,
al lado de los administradores y contadores tradicionales,
no afectaba la demanda total de mano de obra ni
minaba en forma significativa el régimen
de la plantación de esclavos. Por los tanto,
resulta difícil entender cómo, en
una industria tal como la azucarera, al yuxtaposición
de una tecnología podría ser contradictoria
en sí misma y conducir inevitablemente
a una crisis, aunque podría argüirse
que los efectos producidos por la esclavitud sobre
la sociedad más amplia obstruirían
el desarrollo económico en un sentido más
general.
Reconociendo que los trabajadores blancos libres
eran escasos en la industria del azúcar,
incluso en las plantaciones más avanzadas,
varios autores sugieren que la clave de la mecanización
se encontraba más bien en los chinos, (hombres
libres traídos a Cuba en forma legal bajo
contrato). Afirmando que las plantaciones altamente
mecanizadas estaban llenas de chinos.
Resulta difícil apreciar en que forma habrían
sido sustancialmente diferentes las motivaciones
económicas del hacendado y el trabajador
chino contratado en sus relaciones de trabajo,
de las del amo y el esclavo; esto arroja una duda
adicional sobre la idea de que los chinos eran
esenciales para la mecanización. De hecho
muchos de los chinos no trabajaban en absoluto
con la maquinaria, sino que se empleaban como
trabajadores agrícolas, realizando las
mismas tareas que los esclavos.
En teoría, los hacendados podrían
haber tratado a los chinos como trabajadores asalariados
libres bajo contrato a largo plazo. Pero en su
mayor parte los trataban como virtuales esclavos.
En 1873, cuando China envió una comisión
de investigación para que determinara la
condición de los chinos en Cuba, el informe
resultante describía una severa situación
de azotes, suicidios, trabajadores encadenados,
estipendios retrasados, trabajo gratuito en obras
públicas y recontratación forzada.
(o sea un trabajo forzado y no libre).
Por lo tanto se incurriría en un error
si se hiciera gran hincapié en su posición
formal de trabajadores asalariados para explicar
su aportación a la mecanización
de las plantaciones.
Puede afirmarse que el trabajo de esclavos era
incompatible con el desarrollo tecnológico
por razones distintas de la estructura de las
motivaciones y el comportamiento de los esclavos.
La esclavitud requería una gran inversión
fija en mano de obra, inmovilizando recursos que
podrían haberse empleado de otro modo en
la compra de maquinaria necesaria y de tierra
para cultivar la caña que habría
de abastecer a la nueva maquinaria. Por lo tanto,
de acuerdo con este argumento, se inhibía
el desarrollo, se reducía la competitividad
y desminuía la rentabilidad.
De acuerdo con las pruebas cubanas, no se puede
hacer una comparación empírica directa
ente la rentabilidad de los trabajadores esclavos
y la de los trabajadores libres. Algunos pequeños
agricultores y colonos producían caña
y la vendían a los ingenios para su molido;
algunos chinos trabajaban en la elaboración
de azúcar en fincas donde los esclavos
cortaban la caña; pero en el decenio de
1860 no se empleaba en la isla exclusivamente
a trabajadores libres en el proceso total de la
producción de azúcar, excepto en
algunos pocos casos de la región oriental,
a escala tan pequeña que resultaba incomparable
con las grandes plantaciones de esclavos de los
distritos occidentales.
La abolición de la esclavitud en Estados
Unidos no afectó sólo al tráfico
de esclavos hacia Cuba, sino también las
perspectivas de la institución a largo
plazo dentro de la isla. El principal socio comercial
de Cuba había abolido la esclavitud, eliminando
la esperanza latente de algunos plantadores de
que Cuba se anexara a Estados Unidos como un estado
esclavista. Además, tanto los propietarios
de esclavos como los funcionarios públicos
temían, con cierta justificación,
que el ejemplo de Estados Unidos provocara una
perturbación del orden interno de la esclavitud
cubana.
Varios reformistas cubanos consideraban ahora
el trabajo libre como la esperanza de la isla
a largo plazo. Tales reformistas buscaban por
lo general el progreso económico, sobre
todo mediante la inmigración de blancos
y creían que mientras exista la esclavitud,
no habrá aquí ningún gobierno
establecido en el que ellos puedan tener una voz;
la isla seguirá gobernada por un sistema
represivo, de censura, bajo el pretexto de preservar
el orden.
En 1866, cuando el gobierno español llamó
a una reunión, incluyendo a algunos delegados
de las colonias, el debate sobre la esclavitud
se puso sobre la mesa. La respuesta de los delegados
cubanos reveló las ambigüedades de
su reformismo. En teoría, creían
en la extinción de la esclavitud en un
futuro indefinido, y en teoría creían
también en la superioridad del trabajo
libre. Pero insistían en que la esclavitud
debería mantenerse por el momento para
impedir el colapso de la industria azucarera.
Los reformadores cubanos apoyaban la represión
del tráfico de esclavos, ya que el comercio
de contrabando les parecía un arma de los
comerciantes españoles contra los hacendados
cubanos, y la llegada de africanos parecía
una amenaza para el equilibrio racial de la isla.
Sobre la esclavitud misma, sólo podían
llegar a apoyar una emancipación gradual.
Buscando fórmulas para la abolición
gradual, los delegados a la comisión de
reformas hicieron algunas sugerencias: la liberación
de todos los hijos de esclavos, la liberación
de los esclavos mayores de 60 años, loterías
para la compra de la libertad, tutela para los
liberados, etc.
El concepto de la "abolición gradual"
tenía connotaciones especiales. No se veía
como una alternativa a la preservación
indefinida de la institución ahora bajo
ataque, sino como un medio para evitar la emancipación
inmediata. La adhesión a una abolición
gradual reflejaba así una aceptación
estratégica de la transición hacia
el trabajo libre y una táctica para demorar
esa transición.
Pero ni siquiera tales propuestas moderadas para
la terminación de la esclavitud se aceptaron.
Al terminar las reuniones de la comisión,
se hizo evidente que había una oposición
extensa, dentro de Cuba, a toda medida tendiente
a la emancipación. La mayoría de
los hacendados cubanos rechazaban los cambios
drásticos en el sistema laboral y adoptaban
una postura de todo consistente con su interés
inmediato: el mantenimiento de la esclavitud y
de la estructura social que la sostenía,
la protección continua de su propiedad
por parte de España y la evasión
de la "cuestión social". La mayoría
prefirió no considerar la cuestión
en absoluto.
CONFLITO, ADAPTACIÓN Y DESAFÍO,
1868-1879
II. INSURRECCIÓN Y ESCLAVITUD.
El 10 de octubre de 1868 en la parte oriental
de Cuba, Carlos Manuel Céspedes y un grupo
de conspiradores se rebelaron contra la dominación
española.
La oposición común al colonialismo
español no implicaba en modo alguno la
unanimidad sobre los objetivos de la revuelta.
Algunos de los insurrectos favorecían la
anexión a estados Unidos, mientras que
otros buscaban la independencia completa. Muchos
eran hostiles a la institución de la esclavitud,
en parte por su resentimiento contra los grandes
hacendados esclavistas occidentales, en parte
porque la ayuda para el mantenimiento de la esclavitud
era un componente del control ejercido por España
sobre la isla. Sin embargo, los líderes
de la insurgencia en un principio se alejaron
de la abolición total. Querían evitar
el distanciamiento de los partidarios potenciales
entre los propietarios de esclavos y obtener ingresos
y bienes para el esfuerzo bélico en la
continuación de la producción agrícola.
Al mismo tiempo, trataban de adoptar, con respecto
a la esclavitud, una postura que promoviera la
insurrección aumentara su prestigio popular
e internacional. Así pues, los rebeldes
tomaron medidas parciales hacia la abolición
formal, al mismo tiempo que trataban de de evitar
la perturbación de las relaciones sociales
de la esclavitud.
Al inicio de la rebelión, Céspedes
aconsejaba una emancipación gradual, con
pago de indemnizaciones. Los principales líderes
de la revuelta tenían en la esclavitud
una inversión económica directa
menor que la de los hacendados del oeste, pero
respetaban el principio básico de la posesión
de esclavos, de modo que Céspedes decretó
en noviembre de 1868 la pena de muerte para quien
incitara a los esclavos a la rebelión.
En diciembre, los líderes enunciaron su
política: la abolición seguiría
al triunfo de la revolución. Los esclavos
de los hacendados que se habían unido a
la rebelión no serían aceptados
en el ejército sin el permiso de sus dueños.
Esta posición era consistente con el antiguo
objetivo reformista de la eliminación futura
de la esclavitud, y con el deseo de los insurgentes
orientales de agradar a ciertos propietarios de
esclavos del oeste.
En febrero de 1869, la Asamblea Revolucionaria
del Departamento Central, rechazando el liderazgo
de Céspedes, pidió la abolición
de la esclavitud, prometiendo una indemnización
en el futuro. Cuando los diversos grupos rebeldes
se unieron en la Asamblea de Guáimaro en
abril de 1869, emitieron una declaración
en el sentido de que "todos los habitantes
de la República son enteramente libres".
En adelante todos los esclavos deberían
considerarse libertos, hombres y mujeres liberados.
El reglamento volvía obligatorio el trabajo
para los libertos. Si los libertos dejaran a sus
amos, tendrían que reportarse a una oficina
gubernamental que los asignaría luego a
un nuevo amo, cuya finca no podrían abandonar
sin permiso. Los patronos tendrían que
entregar a los libertos, tierra en usufructo para
su cultivo, en la que los libertos podrían
construir cabañas para ellos y sus familias
en un lugar fijado por el amo. Los amos podrían
disciplinar a los libertos, si fuese necesarios,
negándoles sus días de descanso.
Pero Céspedes consideró excesivo
incluso este grado de libertad. Aconsejaba que
el Reglamento se promulgara, pero no se aplicara
de inmediato. Permaneció en vigor el Reglamento
gasta fines de diciembre de 1870, cuando fue revocado
a favor de la libertad plena. Así pues,
puede decirse, que la revolución fue inequívocamente
abolicionista sólo a partir de 1871.
Los blancos de clase alta y media educados en
una sociedad esclavista una vez colocados en posiciones
de autoridad, tenían también una
fuerte tendencia a considerar a los negros como
trabajadores, antes que como personas. Las exigencias
de la guerra y los prejuicios clasistas y culturales
llevaron a los líderes insurgentes a ver
a los libertos como elementos útiles pero
potencialmente peligrosos, y a restringir por
consiguiente su libertad.
Las mujeres negras eran consideradas a menudo
como sirvientas sin sueldo y así eran tratadas.
Planteaban además otro problema, ya que
algunas de ellas querían acompañar
a sus esposos, hijos y hermanos al servicio militar.
En 1870 se expidió una política
general: se ocuparán sin tardanza en las
faenas agrícolas, toda mujer que antes
se empleaba en ellas. Servirían a la revolución
permaneciendo en el trabajo.
Pero los antiguos esclavos tenían sus propias
ideas acerca de la manera como podrían
servir mejor a la revolución. Aunque es
claro que muchos oficiales rebeldes pretendían
seguir tratando a los libertos como esclavos,
también lo es que muchos libertos no tenían
ninguna intención de continuar comportándose
como esclavos. Algunos fueron a para en el monte,
donde formaron pequeñas comunidades. La
vida de estas comunidades giraba alrededor de
las actividades artesanales y la agricultura.
Cada uno es dueño absoluto de los que junte
y distribuye como mejor le parece el resultado
de su trabajo.
La política insurreccionista había
tratado de evitar la perturbación, pero
de hecho creó varios problemas. El esfuerzo
para lograr la abolición nominal sin ningún
cambio en la situación de los libertos
creaba con rapidez nuevos conflictos que las autoridades
estaban obligadas a resolver. La revolución
generó una ambivalencia para los libertos;
se les mostraban alternativas nuevas, pero al
mismo tiempo se les decía que no las aprovecharan.
Los sirvientes se encontraban en una situación
particularmente ambigua, todavía bajo la
autoridad personal directa de los amos pero algunos
derechos nuevos. Para otros libertos, el grado
de libertad que ganaban dependía en gran
medida del lugar que ocuparan en la economía
y el esfuerzo bélico. Quienes trabajaban
en fincas tenían grandes probabilidades
de verse obligados a permanecer en su trabajo.
El extremo oriental de la isla, donde brotó
y luego se afianzó la insurrección,
no había sido un área azucarera
predominante, sin embargo los insurgentes deseaban
mantener la producción de las fincas tanto
de azúcar como de alimentos y esperaban
que continuarían empleando a quienes habían
trabajado siempre en ellas.
El temor de convertir a los esclavos en enemigos
declarados parece haber restringido a algunos
capataces.
Permanece en duda la composición social
y étnica precisa de la insurgencia, ya
que no tenemos un registro completo de los participantes
ni una idea clara de las tasas de participación
de diversos grupos. Es posible que observadores
estadounidenses hayan definido las categorías
del color de manera diferente que los cubanos,
de modo que hayan sobrestimado la proporción
de negros y mulatos. Los trabajadores chinos que
se unieron a la insurrección provenían
probablemente sobre todo de los distritos centrales;
ya que había muy pocos en el este. Los
chinos eran más leales a España
que los esclavos y en consecuencia eran comunes
las tensiones entre asiáticos y esclavos
en las plantaciones, y en algunos casos eran alentadas
para impedir su alianza contra los amos. Pero
bajo las circunstancias de la guerra, las diferencias
de posición social y étnicas, aparentemente
podían ser superadas por los agravios compartidos.
Dentro de la categoría de los libertos
a veces se hacía otra distinción
entre criollos y africanos. La mayoría
de los esclavos que alcanzaban altos rangos eran
criollos. Los oficiales rebeldes por lo general
consideraban a los africanos como un grupo especia,
apto sobre todo par ala agricultura y el servicio
como ayudantes. Estas diferencias étnicas
y culturales se relacionaban con una distinción
más amplia, generalmente no explicitada,
la de quien debía ser considerado como
auténtico cubano. Los líderes blancos
de la rebelión a menudo no consideraban
cubanos a los africanos y algunos no consideraban
cubanos ni siquiera a los criollos negros. La
mayoría de los propagandistas rebeldes
se enorgullecían de la unidad interracial
manifestada dentro de la fuerza de combate pero
la presentaban como una alianza de cubanos y negros,
no simplemente como una alianza de diversos grupos
de cubanos.
La abolición alentaba a quienes ahora se
llamaban libertos a resistirse ante los malos
tratos y presionar a favor de mayores derechos.
La presión de negros, mulatos y blancos
antiesclavistas del ejército rebelde impulsaba
la política insurgente hacia la mayor libertad
para los libertos. La guerra facilitaba a los
esclavos cercanos al combate de condiciones que
les parecían intolerables. Los libertos
que se unían al ejército adquirían
una nueva concepción de sí mismos
y de su relación con quienes habían
sido sus amos y sus superiores sociales. Sin embargo,
la insurrección no se arraigó en
las ricas áreas azucareras del oeste. Los
propios insurgentes estaban divididos en lo referente
a las tácticas, y los hacendados occidentales
que simpatizaban con la insurrección no
estaban dispuestos a incitar a los esclavos al
levantamiento. En la mayor parte del occidente
de la isla, la disciplina coercitiva de un régimen
de plantación esclavista se combinó
con la fuerza militar española para crear
un ambiente poco propicio para una insurgencia
efectiva.
IV. LA ADAPTACIÓN, 1870-1877
Puede afirmarse que la parte media del decenio
de 1870 represento un punto de inflexión.
Esta revolución industrial en el azúcar
exigió también, en un periodo de
unos 30 años, transformar las relaciones
de trabajo, planteando definitivamente la crisis
del sistema esclavista sobre el cual había
descansado el antiguo ingenio.
Una crisis de la industria azucarera no era por
fuerza lo mismo que una crisis de la esclavitud,
y no traería necesariamente consigo la
abolición. A fin de determinar las conexiones
existentes entre el estado económico de
la industria azucarera y el proceso efectivo de
la emancipación de los esclavos, debemos
examinar directamente la estructura de la población
esclava y el comportamiento de plantadores, esclavos
y otros trabajadores. Las pruebas sugieren que,
a pesar de las numerosas presiones experimentadas
por los hacendados azucareros y por la esclavitud,
la institución de la esclavitud se mostró
muy resistente y adaptable en las fincas azucareras
de las regiones centrales y occidentales. Parece
ser que el número de esclavos en los grupos
de edad más productivos no bajó
en forma drástica, por lo menos en las
plantaciones más grandes, de modo que los
hacendados más prósperos no afrontaron
una crisis inmediata de la oferta de mano de obra.
Además, la introducción de tecnología
no había vuelto automáticamente
indeseable la esclavitud para los hacendados,
quienes no se comportaban como si bebiesen renunciado
a su gusto por el trabajo servil. Cuando necesitaban
trabajadores adicionales o de repuesto, usaban
diversas formas del trabajo además de la
esclavitud, sin repudiar esta última.
Es evidente que la esclavitud persistió
allí donde el azúcar prosperó.
En consecuencia, la esclavitud se concentró
en mayor medida en las principales zonas azucareras.
De igual modo, una proporción creciente
de los esclavos de Cuba residía en el campo
Así, durante los decenios de 1860-1870,
cuando las contradicciones existentes dentro de
la esclavitud cubana se estaban volviendo en teoría
más evidentes, las principales áreas
azucareras estaban reteniendo la mayoría
de sus esclavos, o adquiriendo esclavos nuevos
para reponer los que se perdían. Sin embargo
la persistencia de altos niveles de la población
esclava de las principales áreas de producción
de azúcar, no significaba que el azúcar
de tales áreas se produjera enteramente
con mano de obra esclava. A pesar de la disminución
de la población esclava total, la producción
de azúcar había aumentado, gracias
a la adición de trabajadores no esclavos
o mediante incrementos de la productividad, o
ambas cosas.
Abundan las pruebas de la adición de nuevos
trabajadores. La población china había
aumentado 35 %. La existencia de la esclavitud
no era incompatible, por lo menos a corto plazo,
con el avance tecnológico y con la adición
de formas de trabajo complementarias.
La estrategia de los grandes plantadores parece
haber sido la de mantener el control sobre sus
esclavos, al mismo tiempo que expandían
su fuerza de trabajo en otras formas. Por lo tanto,
las contradicciones de la esclavitud cubana (la
más urgente de las cuales surgía
del hecho de que la población esclava no
mantuvo su número) no impulsaban por sí
solas la abolición.
Así pues, la característica más
distintiva de la fuerza de trabajo de la plantación
a mediados del decenio de 1870 era su diversidad.
Esclavos de la plantación, esclavos alquilados,
asiáticos contratados, asalariados negros,
blancos y mulatos, laboraban en las fincas. Los
empleadores de las plantaciones no afrontaban
una oferta de mano de obra homogénea sino
segmentada, con diferentes formas y cantidades
de pago para diferentes tipos de trabajadores.
Los salarios se pagaban por día, por tarea,
por mes, por trimestre, por año; la suma
pagada variaba ampliamente; lo trabajadores recibían
a veces mantenimiento; la compensación
se hacía en efectivo, vales, crédito,
bienes o participaciones.
Esta es la situación que ha sido interpretada
como caótica, sintomática del colapso
interno de la esclavitud. Pero debemos examinar
con cuidado el argumento de que la diversidad
de las formas de trabajo en el decenio de 1870indicaba
una desintegración de la esclavitud cubana
en la presencia de contradicciones insuperables.
El argumento tiene dos partes, por lo menos. La
primera parte se refiere a la reapuesta de los
plantadores ante la declinación del tráfico
de esclavos. Conscientes de que su abasto de esclavos
nuevos se reducía, alguno de los plantadores
cubanos empezaron a cuidarlos mejor y a alentar
su reproducción. Pero se ha sostenido que
esta política de "buen tratamiento"
condujo inevitablemente a una declinación
de la productividad de la fuerza de trabajo esclava
a medida que aumentaba la proporción de
los muy jóvenes y los muy viejos, de modo
que al final dejaría de ser rentable la
empresa. Pero subsiste el interrogante: en vista
de la cesación más tardía
del tráfico de esclavos de contrabando
hacia Cuba ¿hasta donde había avanzado
efectivamente este proceso en las plantaciones
cubanas para el momento de la abolición?
Otra parte del argumento de la disolución
interna de la esclavitud se basa en el concepto
de los esclavos como instrumentos de la producción
cuya productividad dependía sólo
del vigor bruto y la coacción, de modo
que no eran adecuados para ciertas clases de trabajo
calificado y perdían rápidamente
su valor a medida que disminuía su capacidad
física. ¿Pero es así como
se comportaban en efecto los esclavos o siquiera
como los consideraban los plantadores?
En un folleto dirigido al ministro de Ultramar
de España en 1868, un propietario de 300
esclavos de Cuba estimaba el valor medio de los
esclavos varones de 31 a 50 años de edad
por encima del valor de los esclavos de 16 a 30
años, y destacaba que en el grupo de mayor
edad se encontraban los esclavos dotados de habilidades
especiales, tales como los maquinistas, carpinteros,
albañiles, herreros, etc. La corroboración
de esta descripción sugiere que los plantadores
no consideraban invariablemente el trabajo esclavo
como trabajo "bruto".
Pero no hay duda de que los hacendados se estaban
adaptando. Necesitaban trabajadores nuevos para
contrarrestar la declinación de la fuerza
de trabajo esclava, y si estos trabajadores pudieran
contratarse para tareas específicas, incluidas
las de carácter técnico, en lugar
de comprarlos, mejor aún. Sin embargo,
esto no equivalía al deseo de contar con
trabajadores asalariados completamente libres
para la ejecución de estas tareas, y distaba
mucho del deseo por una fuerza de trabajo asalariada
enteramente libre o la renuncia a los esclavos
ya comprados. A lo largo del periodo advertimos
un conflicto entre la búsqueda de nuevas
formas de trabajo y el apego a los métodos
antiguos para tratar con los trabajadores, un
apego que no derivaba del mero tradicionalismo
sino de una necesidad y un deseo de mantener ciertas
clases de control social y económico
Tanto la esclavitud como el uso de trabajadores
chinos contratados hacían de los costos
laborales, en gran medida, una forma de capital
fijo, mantenido durante todo el año, independientemente
de la variación estacional en la necesidad
de mano de obra. Un procedimiento para modificar
la estructura de los costos de la mano de obra
sin poner en peligro los arreglos existentes era
el uso más flexible de los esclavos existentes
alquilando esclavos a cualquier otro propietario.
El alquiler de esclavos de campo permitía
cambiar a los trabajadores a las áreas
más rentables pero no debilitaba la esclavitud
como una institución ni aflojaba las restricciones
impuestas a los esclavos, aunque sí minaba
las pretensiones de un lazo paternalista entre
amo y esclavo.
Otro procedimiento que combinaba la flexibilidad
económica del trabajo libre con la coerción
de la esclavitud era el alquiler de convictos
del gobierno. Abundan las pruebas del uso de convictos
en las plantaciones. Pero el trabajo de los convictos
planteaba muchos de los mismos problemas de control
que el trabajo de los esclavos. La hostilidad
de los convictos hacia el trabajo en las plantaciones
se reflejaba en sus reiterados intentos de fuga.
En el decenio de 1870 había numerosas formas
de trabajo alrededor de un núcleo declinante
de trabajadores esclavos: cada vez se pagaban
más "gratificaciones" a los esclavos,
el alquiler de esclavos y la contratación
de asiáticos proveía una flexibilidad
adicional. Pero ninguna de estas adaptaciones
sugiere un repudio franco de la esclavitud, sino
sólo una adaptación gradual a medida
que los amos se veían obligados a buscar
formas de trabajo complementarias y algunas modificaciones
del régimen esclavista.
A fines del decenio de 1870, los propietarios
de esclavos cubanos mostraban un apego emocional
decreciente a la institución formal de
la esclavitud, y la posibilidad de la abolición
ya no los hacía recurrir a las armas. No
había suficientes trabajadores esclavos
futuros para abastecer al sistema; había
necesidad de encontrar nuevas fuentes y formas
de trabajo. Sin embargo esta declinación
de la esclavitud en el decenio de 1870 debe interpretarse
con gran cuidado. Los esclavos muy jóvenes
y muy viejos eran liberados por decreto; otros,
sobre todo en las ciudades y en el Oriente, obtenían
su libertad mediante el litigio o la autocompra,
y muchos esclavos morían o se volvían
libres como resultado de la guerra. Las brecha
así creadas se llenaban a menudo con trabajadores
libres. Pero aunque eran comunes las fuerzas de
trabajo mixtas, no parece observarse que las plantaciones
se inclinaran por lo general a repudiar el trabajo
que no fuera libre a causa de una declinación
en la calidad de su fuerza de trabajo esclava.
En vista del modelo regional de la declinación
de la esclavitud, y de la continuación
de la dependencia de las plantaciones altamente
mecanizadas y capitalizadas frente al trabajo
esclavo, también parece que debiera verse
con cierto escepticismo la noción de una
rígida contradicción tecnológica
que impulsara la abolición. En efecto,
es posible que el mayor peligro de la idea de
tal contradicción sea la falsa imagen que
puede crear de una fuerza que produce mecánicamente
la destrucción de un sistema social. Aunque
sean notorias las contradicciones existentes dentro
del sistema esclavista, es claro también
que el proceso de emancipación ocurrió
a cierta distancia de tales contradicciones.
Obreros chinos bajo contrato, otros trabajadores
contratados, jornaleros convictos, esclavos alquilados:
tales son los elementos citados a menudo como
prueba de la disolución del sistema esclavista
en el decenio de 1870. pero tales elementos prueban
igualmente la capacidad para adaptarse del sistema
den cuestión. Es notable que tales combinaciones
de las formas de trabajo pudieran coexistir sin
que se abandonara la esclavitud. Y el hecho de
que los hombres que operaban estas plantaciones
mixtas en muchos casos continuaran oponiéndose
a la emancipación prueba también
la diferencia existente entre la percepción
de las "contradicciones" de la esclavitud
y la identificación de las fuerzas que
en efecto impulsaban la abolición.
Todo esto no quiere decir que la sociedad esclavista
cubana permitiera, o hubiese permitido el desarrollo
económico en su sentido más amplio.
Pero la esclavitud cubana permitió un grado
importante de innovación tecnológica,
y todavía no se ha comprobado el papel
específico de la esclavitud en la obstaculización
de un desarrollo ulterior.
Los argumentos de Moreno Fraginals y otros autores
no agotan las posibles variaciones sobre el tema
de las "contradicciones internas" que
conducen a la abolición. Podemos considerar
algunas formas del argumento que destaquen factores
distintos de la demografía y la tecnología,
tales como la estructura de clase o la ideología.
Lo que he tratado de demostrar aquí, son
las limitaciones de la forma más familiar
del argumento, sin dejar de reconocer algunos
de sus méritos. Subsiste en la hipótesis
de la contradicción interna una idea importante
acerca de la dificultad de alcanzar el desarrollo
intensivo en capital con trabajo forzado, comprado
a precio alto y mantenido durante todo el año.
Pero incluso esta contradicción, percibida
por algunos hacendados cubanos, distaba mucho
de impulsarlos a abandonar la esclavitud. Los
plantadores trataban de obtener mayor flexibilidad
mediante el alquiler de esclavos, de añadir
trabajadores mediante la inmigración, y
de mantener el mayor control posible sobre los
esclavos que ya tenían. El trabajo libre
y el trabajo bajo contrato eran en un nivel económico,
complementarios de la esclavitud. Pero el uso
de estas formas de trabajo complementarias, tuvo
efectos indirectos sobre la estructura social
necesaria para le sostenimiento del trabajo forzado.
Los plantadores encontraron ciertos procedimientos
para adaptarse a las inflexibilidades de la esclavitud,
pero estos procedimientos tuvieron consecuencias
sociales imprevistas. Aunque sólo deseaban
obtener los trabajadores libres necesarios para
compensar la declinación de la población
esclava, esta táctica tenía sus
propios riesgos. La esclavitud en la plantación
como un sistema social dependía en gran
medida del aislamiento, como lo reconocieron los
propios plantadores, por ejemplo, cuando establecieron
y defendieron explícitamente las tiendas
de las plantaciones como instrumentos de control
social. La incorporación de trabajadores
libres, además de los empleados y los artesanos
separados en forma rígida y tradicional
de la "dotación", acabó
en parte con ese aislamiento. Tal medida volvió
obvia para los esclavos la existencia de alternativas,
creó nuevas fuentes de información
y permitió nuevas alianzas, tanto de individuos
como de grupos.
No se debe concluir necesariamente de esto que
la esclavitud era siempre intrínsecamente
frágil, desde el punto de vista social,
en Cuba. Pero en este contexto político
específico, cuando la abolición
estaba ya en el orden del día, cuando la
insurgencia era una realidad y cuando había
divisiones dentro de la población blanca,
las innovaciones y las adaptaciones llevaban consigo
graves riesgos.
LOS LÍMITES DEL GRADUALISMO, 1880-1886
VI. EL PATRONATO.
El concepto del patronato, de una situación
intermedia entre la esclavitud y la libertad,
revelaba una creencia en el cambio gradual. Los
defensores del patronato elevaban el gradualismo
a la calidad de una virtud mayor, el único
camino para que los esclavos se volvieran hombres
y mujeres libres y responsables, y para que la
sociedad soportara el choque de la transformación.
La noción de una institución que
acallara los conflictos y así sirviera
en última instancias a los intereses de
los poderosos ayuda a explicar el atractivo del
patronato
Por supuesto la promulgación de tal ley
no eliminaba el conflicto ni transformaba fundamentalmente
las actitudes sociales. Pero en el contexto específico
de la cuba del decenio de 1880, la ley tuvo sin
embargo una repercusión sustancial. Esta
repercusión se manifiesta en la rápida
evolución de la interpretación y
la aplicación de la ley por parte del gobierno,
en el cambio de las interacciones de amos y esclavos
y en la inesperada terminación anticipada
del patronato en 1886.
La ley se promulgó en Madrid, el 13 de
febrero de 1880, dejando en pie las relaciones
legales fundamentales de la esclavitud. Aunque
los legisladores llamaban ahora al propietario
"patrono", y al esclavo "patrocinado",
el amo seguía teniendo derecho al trabajo
del antiguo esclavo, y habaría que representarlo
en todos los actos civiles y judiciales. El amo
podría transferir estos derechos a otro
patrono, sujeto a ciertas condiciones, por los
medios legales usuales, incluidos la venta y el
legado. Podría aplicar castigos corporales
or la mala conducta o la falta de trabajo. Los
prófugos le serían devueltos, y
en caso de severa resistencia a su autoridad en
la finca podría llamar a fuerzas externas
para que restablecieran el orden. Estos eran los
mismos derechos convencionales que habían
ejercido los propietarios de esclavos durante
siglos. Sin embargo los deberes de los amos hacia
los patrocinados eran ligeramente mayores que
en el caso de los esclavos. Los amos no estaban
obligados sólo a alimentar y vestir a los
patrocinados y sus hijos, sino también
a educar a los jóvenes. No podrían
separar a las familias ni enviar a los sirvientes
domésticos al campo en contra de su voluntad,
y tendrían que pagar un estipendio mensual
a cada patrocinado de 18 años y más.
La relación no era estrictamente contractual.
En primer lugar, los esclavos no contrataban a
voluntad sus "tutelas". Además,
los patrocinados tenían pocos de los derechos
de un trabajador libre. No podrían abandona
sin permiso la finca de su amo, negarse a trabajar,
o buscar otro amo por su propia voluntad. Al mismo
tiempo, padecían algunas de las desventajas
de los trabajadores libres, ya que se pagapodría
suspenderse durante el tiempo en que estuvieran
enfermos o castigados. A excepción de los
menores, los ancianos y los enfermos, los patrocinados
podrían ser legalmente expulsados de sus
residencias en cualquier momento, si el patrono
"renunciaba" a sus derechos sobre ellos.
A pesar de todo esto, en algunos sentidos fundamentales,
esta nueva forma se alejaba de las provisiones
convencionales de un código de eslavos.
Primero: establecía una fecha de expiración
para la servidumbre legal. La cuarta parte de
los patrocinados de cada amo en 1884 tendrían
que ser liberados al final de cada año
sucesivo, por orden de edad descendiente. (Cuando
varios patrocinados del mismo amo tuviesen la
misma edad, habría un sorteo). Cada propietario
perdería así la cuarta parte, luego
la tercera, luego la mitad de sus patrocinados
restantes en 1885, 1886 y 1887. La esclavitud
terminaría por completo en 1888, aunque
cada uno de los antiguos esclavos tendría
la obligación de certificar que estaba
lucrativamente empleado durante cuatro años
después de la fecha de su liberación.
Segundo: la ley y el Reglamento que la siguió
establecían un conjunto de juntas locales
y regionales, encargadas de supervisar la operación
del patronato.
Tercero: la ley concedía el derecho de
autocompra, que se llamaría "indemnización
de servicios".
Cuarto: la ley especificaba que las infracciones
del Artículo 4, que se referían
a las obligaciones de los amos, se castigarían
con la liberación del patrocinado. Mientras
que el código penal vigente bajo la esclavitud
había establecido la transferencia de la
propiedad como castigo contra el abuso de un esclavo,
y exigía la manumisión sólo
en casos extremos, la ley del patronato otorgaría
en teoría la libertad por la simple violación
de los reglamentos.
Por supuesto, para que estos cambios legales surtieran
efecto, tendrían que aplicarse.
Para el gobierno colonial de Madrid, el mantenimiento
del orden parecía requerir la abolición
de la esclavitud. Era importante que España
estableciera una distinción entre la esclavitud
y el patronato y que aplicara, o pareciera aplicar
la ley de 1880. Pero la aplicación efectiva
de las leyes se dejaba en gran medida en manos
de los funcionarios residentes en Cuba.
Las juntas de patronatos locales y provinciales,
de las que había más de un centenar,
eran responsables de la aplicación diaria
de la ley. En la práctica las Juntas de
Patronato no mostraban ninguna fuerte inclinación
a favor de los derechos de los patrocinados.
Era muy fuerte la posible existencia de una tendencia
consciente e inconsciente en contra de los patrocinados.
Los miembros de las juntas habían sido
hombres de poder y distinción en una sociedad
esclavista. Los abolicionistas llegaron a sostener
que la mayoría de las juntas estaban integradas
por hombres de reconocidas tendencias proesclavistas,
y que fácilmente los amos podían
arreglar las cosas a su conveniencia con las juntas.
En el comportamiento de las juntas, había
una diferencia rural - urbana que generalmente
significaba un trato mejor para los patrocinados
en la ciudad. Era más probable que las
juntas de los pueblos grandes estuviesen integradas
por funcionarios menos ligados a los intereses
de antiguos propietarios de esclavos y estuviesen
así menos sujetos a la influencia de los
patronos. También funcionaban las juntas,
en este último caso, a la vista de la prensa
y de políticos de la oposición ávidos
de censurar el maltrato de los patrocinados.
Algunos políticos, profesionales y periodistas
blancos, y algunas personas libres de color, integraron
un pequeño grupo que estaba abiertamente
a favor de la abolición. Su crítica
de la esclavitud no era sólo moral sino
también económica, social y política.
Por lo general la percibían como una institución
atrasada, que debía ser sustituida por
un régimen moderno de trabajo libre. Algunos
consideraban la libertad de los cubanos negros
como algo esencial para la libertad de los cubanos
blancos, una condición necesaria para la
armonía social y el progreso económico.
En suma, el apego a la aplicación de la
ley de 1880 variaba entre los diferentes nivele
del gobierno. Madrid simpatizaba en abstracto
con los derechos de los patrocinados y estaba
profundamente preocupado por la estabilidad social,
pero en todo caso conocía pocas causas.
Los gobernadores de las provincias eran sensibles
a las necesidades de la agricultura en sus áreas
y temían en extremo la perturbación
de la producción o de la paz social. El
gobernador general de la isla y el Consejo de
Administración tendían a simpatizar
con los intereses de los patronos y los hacendados
y apoyaban el cumplimiento de algunas disposiciones
en mayor medida que otras. Las juntas locales
estaban implicadas en los asuntos locales y ofrecían
una audiencia y un blanco para las quejas, pero
sin ninguna garantía de justicia.
Los abolicionistas contemporáneos veían
al patronato simplemente como otra forma de esclavitud.
Sin embargo para entender lo que realmente ocurría
entre los antiguos esclavos y los antiguos amos
durante los años del patronato, debemos
reconocer que, aunque el patronato era en algunos
sentidos otra forma de la esclavitud, no era sólo
otra forma de la esclavitud. Debido a la ambigüedad
de la institución, ni los patronos ni los
patrocinados pensaban que funcionaba plenamente
a su favor, pero ambos trataban de usarla para
defender o promover sus posiciones.
XII. CONCLUSIÓN Y EPILOGO
La abolición gradual de la esclavitud en
Cuba implicaba un estado intermedio y una transición
prolongada hacia el trabajo libre, derivaba de
las circunstancias especiales de la esclavitud
cubana y su particular contexto interno e internacional.
La economía azucarera cubana necesitaba
trabajadores nuevos para compensar la terminación
del tráfico internacional de esclavos,
al mismo tiempo que los hacendados querían
mantener el control sobre su fuerza de trabajo
esclava. La estrategia gradual funcionó
hasta cierto punto ya que se evitó en gran
medida la perturbación de la oferta de
trabajo.
El gradualismo logró también parcialmente
su meta de incorporara a los esclavos a procesos
legalistas ara obtener su libertad. Muchos patrocinados
fueron atraídos a la "cultura legal"
mediante los procedimientos de la queja, la apelación
y la autocompra.
Sin embargo, no debeos exagerar la importancia
y el éxito final del gradualismo para lograr
una incorporación de los antiguos esclavos
a las reglas del juego. Los patrocinados tenían
pocas alternativas. La fuga seguía siendo
una opción difícil y peligrosa bajo
el patronato, y la resistencia colectiva al trabajo
era considerada virtualmente como un motín.
Casi todos sabían que el gradualismo sólo
ocultaba o imponía una represión
continua.
Aunque el patronato empujaba a muchos antiguos
esclavos los procedimientos legales y la autocompra,
quizá en formas que evitaban el conflicto
abierto, también proveía oportunidades
para el desafío y la contienda.
Los afrocubanos que presionaban a favor de los
derechos civiles plenos tras la abolición
final, no eran esclavos de campo recientemente
liberados. Pero entre ellos había sin duda
algunos negros y mulatos que ya eran libres y
estaban aliados a los patrocinados, individuos
que habían aprendido en las juntas las
tácticas de la queja, el desafío
y la apelación.
Si la abolición hubiese estado acompañada
de mejoras sustanciales, es concebible que pudiera
haber provocado una incorporación voluntaria
de los antiguos esclavos a la sociedad existente.
Pero tales mejoras fueron pocas. Ahora podían
hacerse ciertas elecciones que antes no existían;
algunas familias se reunieron, surgieron nuevos
modos de vida. Pero la enorme mayoría de
los antiguos esclavos seguía careciendo
de tierra y de poder.
La esclavitud era a la vez un sistema laboral
y un sistema social. Así pues, no es en
modo alguno fácil una comparación
entre la emancipación en Cuba y la emancipación
en otras partes. Podemos comparar aspectos específicos
del proceso, pero la variedad de los modelos existentes
en Cuba y en otras sociedades esclavistas desafía
todo intento de generalización.
El contexto político de la abolición
en Cuba fue distintivo en muchos sentidos. Al
ser la principal colonia que le quedaba a España
en el nuevo mundo, y también una isla que
albergaba un movimiento anticolonial cada vez
más vigoroso, Cuba planteaba para su metrópoli
un problema político que a menudo opacaba
el problema mismo de la esclavitud. En consecuencia,
la legislación de la emancipación
se diseño y aplicó tomando en cuenta
su efecto sobre los rebeldes efectivos y sobre
los esclavos y los amos. Al mismo tiempo, en virtud
de que la industria azucarera de la isla era una
importante fuente de ingresos par España,
la política colonial sobre la esclavitud
era muy sensible a los efectos reales o anticipados
de la abolición sobre la producción.
El ambiente ideológico de España.
Los liberales de España habían estado
dispuestos desde largo tiempo atrás a pasar
por alto la aparente anomalía de la existencia
de la esclavitud en las colonias de España,
y en la propia España no surgió
un movimiento abolicionista sino hasta los decenios
de 1860 y 1870. Aun entonces, la eficacia del
movimiento se vio debilitada por la importancia
fundamental de la situación colonial. Los
imperativos morales se oponían a los intereses
coloniales y por lo tanto tenían un peso
limitado.
Es evidente que el gobierno no hizo ningún
esfuerzo por influir y mediar en la integración
de los antiguos esclavos a la nueva sociedad.
Aunque las relaciones raciales en Cuba inmediatamente
después de la esclavitud no mostraban por
lo general el virulento racismo que diera mala
fama a Estados Unidos, los afrocubanos tampoco
tenían grandes aliados entre los funcionarios
locales para impulsar sus esfuerzos tendientes
a mejorar su situación social y económica.
Escapa a los límites de ese estudio el
análisis detallado de la historia de la
guerra de independencia cubana y su base social.
Sin embargo, hay aspectos de ese conflicto que
son pertinentes para le tema de la emancipación
y la sociedad posterior a la emancipación.
El concepto de una "Cuba libre" (no
piensen en el trago que al ritmo que vamos, si
llegamos a tomar algo con alcohol no alcanza el
acabose), defendido por los líderes insurgentes
atraía a los afrocubanos a través
del nacionalismo y de una ideología de
sufragio universal y de igualdad racial. La propia
fuerza insurgente era claramente multirracial
y multiclasista, dotada de un carácter
popular muy marcado. Los afrocubanos ascendían
a menudo a puestos de liderazgo dentro de las
fuerzas rebeldes experimentaban una igualdad con
los soldados blancos que trascendía todo
lo que había sido posible durante la guerra
de los diez años.
Así pues una vez en las zonas azucareras,
lo insurgentes podían recurrir a las poblaciones
de las fincas en busca de diversas clases de apoyo,
lo que constituía por lo tanto un cambio
decisivo en relación con la guerra de los
diez años.
La simpatía de los empleados de las fincas
era decisiva para la estrategia insurgente de
quemar los cañaverales para parar la cosecha.
En algunos casos, los trabajadores mismos iniciaban
los incendios. En toros casos la deserción
de los trabajadores impedía la defensa
contra los ataques.
Sólo después de que la nueva insurrección
había avanzado mucho y se había
extendido por toda la isla, implantó el
gobierno controles directos sobre los trabajadores.
Pero ahora formaban parte tales controles de un
esfuerzo brutal de pacificación rural mediante
el movimiento forzado de la población a
los campos controlados por los españoles,
o sea la "reconcentración", una
estrategia tan perturbadora del trabajo normal
como aterrorizante para la población. Aunque
esta política estaba dirigida en gran parte
contra la dispersa población rural de pequeños
agricultores, también creaba conflictos
entre los propietarios de algunas fincas y el
gobierno español, ya que sus fincas se
quedaban sin trabajadores y a merced de los ataques
insurgentes. El requerimiento de que los residentes
de las fincas se trasladaran a campos de concentración
y salieran a trabajar sólo con pases otorgados
a diarios por el gobierno, obstruía el
funcionamiento normal del cultivo, la cosecha
y la molienda.
Durante la guerra de los diez años, la
estructura represiva de la plantación esclavista
ya existente, había reforzado la estrategia
militar española al facilitar el aislamiento
y la fortificación de las fincas; al mismo
tiempo, esta estrategia militar posibilitaba la
continuación de la producción en
la mayor parte de la isla. Ahora en cambio, uno
de los aspectos principales de la estrategia militar
para asegurar el territorio y obstruir el acceso
insurgente a la población (la reconcentración)
se encontraba en conflicto potencial con la continuación
de la actividad económica, incluso en el
caso de los hacendados que simpatizaban a fondo
con la causa española. El resultado fue
un debilitamiento de la estrategia y de la economía.
Creció la simpatía por los insurgentes
y se contrajo la producción a medida que
se combinaban la rebelión y la reconcentración
para detener el trabajo en las fincas.
De uno u otro modo, la emancipación había
transformado la sociedad cubana, destruyendo una
de las barreras más rígidas que
habían separado a blancos y negros: la
institución de la esclavitud. No se eliminó
en modo alguno el racismo, pero había desaparecido
el sistema laboral de castas en el que había
descansado en un principio, y había sido
sustituido por un modelo de tenencia de la tierra
y trabajo asalariado en el que las distinciones
raciales eran menos importante. Las adaptaciones
posteriores a la emancipación habían
alterado las relaciones de autoridad entre los
antiguos amos y los antiguos esclavos, mientras
que el desarrollo del colonato había creado
un grupo social intermedio, un grupo que compartía
algunas de las preocupaciones de los hacendados
pero que a menudo estaba más estrechamente
ligado por lazos sociales a otros pequeños
agricultores y jornaleros que a los grandes procesadores
y vendedores de azúcar. Por lo tanto, aunque
persistían el prejuicio y la desigualdad,
surgían también nuevas posibilidades
de alianzas, las que empezaron a advertirse al
emerger el nuevo movimiento de independencia.
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