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LEMPÉRIERE, A., República y publicidad
a finales del antiguo régimen (Nueva España),
en "Los espacios públicos en Iberoamérica",
México, FCE, 1998.
por Ricardo y Ana María
La palabra público solía emplearse
abundantemente en el antiguo régimen, asociada
a palabras como utilidad, beneficio, servicio;
formando, además, parte de un "trilogía
sagrada: Dios, el Rey, el Público".
Con la ausencia del monarca y la aparición
de nuevas ideas, fue necesario reformular el vocabulario
que "había perdido su claridad y se
había vuelto ambiguo y controvertido".
La libertad de imprenta desencadenó "un
conflicto de palabras y de conceptos no menos
enconado que la lucha institucional o la guerra
de insurgencia."
Antes de la revolución liberal, público
tenía dos significaciones principales:
por una parte, era el pueblo, el conjunto de habitantes
de una ciudad o de un pueblo; por otra, "público"
era lo que se hacía a la vista de todos
o era conocido por todos "voz pública",
la publicidad. Semántica y culturalmente,
se trataba en realidad de una misma cosa: la comunidad
política como un sistema de reciprocidad
moral en el cual lo "individual" y lo
"particular" estaban subordinados al
"bien común".
Desde el inicio, la palabra "república"
formaba parte del vocabulario jurídico
y político de la monarquía española,
constituyendo la "comunidad perfecta".
La palabra público asociada a servicio,
utilidad, beneficio, o perjuicio, remitía
siempre al pueblo de la república.
La corporación urbana era la expresión
acabada de todos los demás cuerpos que
componían la república: consulado,
universidad, colegios, cofradías, hospitales,
recogimientos (todos ellos gobernados por juntas
propias y, solo en algunos casos, tutelados por
el Patronato Real).
"El público era una totalidad que
no podía concebirse sin la existencia de
su gobierno, el ayuntamiento." El ayuntamiento
o cabildo estaba integrado por alcaldes y regidores,
comisionados para desempeñar los cargos
de "utilidad pública". Administraba
los bienes materiales "en común"
que pertenecía al "público"
y el buen orden, la policía de la ciudad.
Por lo tanto, alcaldes y regidores "eran
los ojos y los oídos de la comunidad",
eran llamados, a veces, "Padres de la Patria".
Estos cargos eran parte de las obligaciones de
servicio público que no podían ser
eludidas.
Las juntas de gobierno escogían a los individuos
que estimaban dignos de asumir los cargos y la
elección estaba vinculada al estatus social
y a la reputación moral. Ser distinguido
con un cargo concejil era a la vez un honor y
una carga porque implicaba no solo total disponibilidad
sino numerosos gastos personales, aunque, en ejercicio
de sus funciones, se otorgaban "recompensas"
que se agregaban a las retribuciones honoríficas
del puesto, siendo difícil, muchas veces,
diferenciar entre beneficios legítimos
y casos de corrupción a secas. Lo que nosotros
llamamos corrupción no se concebía
como tal, a menudo se trataba simplemente de favoritismo,
de premios por el buen desempeño de la
función. "El ayuntamiento olvidaba
a veces que era el gobierno del público,
no el público por sí mismo".
Al mismo tiempo, el ayuntamiento invocaba el bien
público para negociar con las autoridades
reales y, en estos casos, desempeñaba el
papel de representante y apoderado de los intereses
de la república urbana. Estas ambigüedades
no fueron remediadas por los administradores ilustrados
y reformistas de finales del siglo XVIII, ni siquiera
después de la independencia.
"Mientras el vocablo república, empleado
para designar a la comunidad política de
los habitantes, tuvo siempre una significación
positiva, aun cuando el "servicio público"
pudo encubrir algunos abusos, publicidad, palabra
utilizada comúnmente para conceptuar la
idea de que se hace "a la vista de todos"
o es conocido de todos, encerraba en sí
un riesgo para la comunidad.": la posibilidad
del escándalo. Se consideraba escandalosa
cualquier conducta fuera de lo aceptable en el
campo de las costumbres, tanto colectivas como
individuales. "la publicidad, en la medida
en que amenazaba con disolver los vínculos
morales que unían a la comunidad y la alejaban
de su salvación espiritual, era extremadamente
vigilada."
La publicidad más legítima era la
de la práctica religiosa, que exigía
manifestaciones públicas y colectivas,
con el fin atraer "la misericordia y la gracia
divinas" y contribuir al aumento de la piedad
de los miembros más tibios. Colectividad
e individuos eran recíprocamente responsables
de la salvación, de allí las ceremonias
colectivas de expiación y oración
en épocas de catástrofe, interpretadas
como castigos divinos a la comunidad por los pecados
de "todos y cada uno de sus miembros".
Pero esta responsabilidad moral del público
no se restringía al campo religioso, todos
los comportamientos, sociales o domésticos,
entraban en el mismo sistema de reciprocidad moral.
La moral pública no toleraba los vicios
"privados", eran ofensas para la comunidad
que era necesario prevenir y, llegado el caso,
castigar. Se observa claramente en los bandos
de policía que hacer referencia a todo
lo que podía corromper o atentar contra
la moral y la decencia pública (la más
escandalosa, la ebriedad pública, pero
también vicios como los juegos prohibidos,
las palabras escandalosas y obscenas, las acciones
indecentes, la blasfemia y la profanación).
La cultura ilustrada tuvo muy en consideración
actitudes y conductas tradicionales que atentaban
contra la decencia del culto o contra el decoro
requerido por la "urbanidad" y la "civilidad".
Los ilustrados se distinguieron por su afán
moralizador y, aunque siguió "siendo
una moral pública en el sentido antiguo
de la palabra, hacía menos hincapié
en el ahondamiento de los valores colectivos y
más en lo que exigía de los individuos",
era menos sensible con las debilidades individuales,
condenando tanto las apariencias como las intenciones
de los comportamientos. La persecución
de la indecencia corporal en las ciudades traduce
la complejidad de la moral pública en la
época de las Luces, la "indecente
y vergonzosa desnudez de la plebe" fue condenada
como un "indicio de ociosidad o malas costumbres".
Se dictaron normas para obligar al vestido "decente",
cerrando, inclusive, las puertas de las iglesias
a los más miserables en los días
de ceremonia. "La prensa ilustrada sirvió
de enlace entre la voluntad reformadora y la sociedad".
Un publicista del Diario de México sugirió
el fomento para la fabricación de tejidos,
que proporcionaría no solo trabajo a los
artesanos sino "ropa barata a los miserables
indecentes". Como una muestra de su almita
buena, propuso que los mal vestidos pudieran entrar
a venerar a los santos en hora tempranas cuando
aún no asistía "la gente decente".
Los bandos de la policía emitidos por el
virrey o por el ayuntamiento se hacían
públicos por los carteles fijados en las
esquinas y la lectura en voz alta en la plaza
mayor y las parroquias. Nadie podía ignorar
la ley. Pero la publicación era privilegio
exclusivo de las autoridades que, en algunos casos,
juzgaba innecesario dar a conocer ciertas disposiciones.
Cuando no existían los periódicos,
se anunciaban de este modo nacimientos, defunciones,
llegadas de galeones, indulgencias, sentencias,
etc. La publicación no pertenecía
al campo de la opinión sino al de la información
útil y necesaria de las celebraciones colectivas.
"Dado que el impreso formaba parte de la
publicidad, estaba vigilado severamente. Imprimir
era siempre un privilegio otorgado por el rey
o las autoridades." En América fue
unos de los asuntos en los que se afirmó
la autoridad soberana, ninguna obra podía
ser impresa hasta no ser avalada por magistrados
que fundamentaban su juicio en el criterio de
la utilidad para el público: "todo
lo que no perjudicaba la religión, la moral,
la obediencia, el respeto a las autoridades y
el honor de los particulares".
Cuando aparecieron los periódicos el privilegio
siguió siendo un requisito indispensable
para conseguir el derecho de impresión,
con los mismos criterios de moralidad y utilidad.
El periódico o anhelaba otro papel que
el de <servicio público>". Sin
embargo, y con la autorización de las autoridades
reales, se introdujeron novedades como la promoción
de las ciencias y el fomento de la industria,
el comercio y la agricultura. No se limitaba a
informar de las disposiciones de gobierno, sino
que sometía a la reflexión proyectos,
planes, hipótesis o proponía nuevas
finalidades para la acción caritativa (educación,
sanidad).
Por otra parte, el periódico escenificaba
opiniones (en general el editor era el único
autor) sobre problemas de policía o de
otros asuntos útiles, lo que introdujo
un procedimiento inaudito: publicación
de la opinión de individuos que no estaban
encargados de misiones de servicio público.
Surge una situación nueva: las opiniones
publicadas "adquieren en el público
una <autoridad> que puede competir con las
autoridades establecidas." Hasta este momento,
los impresos habían sido concebidos para
promover la obediencia y mejorar las costumbres,
ahora aparece la idea de que no todos los actos
de gobierno pueden ser acertados y que puede haber
opciones en el manejo de los asuntos públicos.
Mientras la publicación fue un privilegio
real, la publicidad, tanto en América como
en España, estaba limitada por los criterios
del absolutismo y por la utilidad y la moral.
El público era protegido de la publicidad
escandalosa o peligrosa para el orden establecido
por los individuos cuidadosamente escogidos para
tener el privilegio de publicar.
La situación cambió con la libertad
de imprenta decretada por las Cortes de Cádiz
que la impuso como un derecho político,
al mismo tiempo individual y universal. "Dentro
del nuevo orden jurídico, cada uno podía
no solamente publicar su opinión, sino
pretender que se trataba de la opinión
del público."Los temas políticos
y los debates que llevaban a cabo las mismas autoridades
se volvieron asuntos de publicación y de
discusión", con la multiplicación
de impresos. Estos pusieron en primer plano una
nueva autoridad, que se llamó a sí
misma "opinión pública"
que no necesitaba justificar sus aciertos. "El
impreso, desvinculado de las obligaciones del
privilegio, afirmaba el derecho de proponer opiniones
sobre cualquier cosa, podía invocar la
<opinión>, el juicio y la desaprobación
y, en última instancia, tenía el
poder de provocar la acción política,
la <revolución de los poderes>. (
)
Los poderes públicos hicieron esfuerzos
descomunales para reconquistar esta nueva autoridad:
en Nueva España, el virrey suspendió
la libertad de imprenta sólo algunos meses
después de promulgado el decreto de las
Cortes. Los gobiernos crearon sus propias gacetas
y trataron de restringir, lo más posible,
pero sin lograrlo, la libertad de publicar."
Desde luego estas medidas estaban en contradicción
con la Constitución de Cádiz en
la que el pueblo era una "asociación
voluntaria de individuos libres y provistos de
derechos iguales". "
en la era
constitucional y liberal, el nuevo orden de la
publicidad vio coexistir y mezclarse constantemente
las antiguas finalidades de la información
útil a la <causa pública>,
promovedoras de la obediencia y la piedad, las
metas reformadoras y educativas de los ilustrados
y la invocación de la opinión soberana,
tribunal de las autoridades establecidas."
A pesar de la moda de estudiar la vida privada
en tiempos pasados, Lempérière se
pregunta si existía una esfera privada
en una comunidad cuyos individuos estaban siempre
bajo la vigilancia de los demás. Por eso
trata de indagar que significaba el concepto de
"lo privado". De acuerdo a las definiciones
de la época, privado es lo opuesto a lo
público, es lo que se hace a la vista de
pocos, familiar y domésticamente, y sin
formalidad ni ceremonia alguna, o lo que es particular
y personal de cada uno. Pero la vida doméstica
no es lo que nosotros llamaríamos la vida
privada, ya que esta se definía como "la
que se pasa con quietud y sosiego, cuidando sólo
de su familia e intereses domésticos, sin
entremeterse en negocios ni dependencias públicas",
es decir, es la vida del individuo que se rehúsa
a participar de los negocios públicos,
no sugiere significaciones muy positivas. Para
indicar que unos intereses, negocios o bienes
son propios de un individuo o familia se utiliza,
preferentemente, el vocablo particular, ya que
privado sugiere la sustracción de esos
bienes a la república, al bien común.
Las expresiones "vida privada" o "propiedad
privada" no se encuentran en las fuentes
del Antiguo Régimen. No había una
tal intimidad familiar, las grandes casas patricias
albergaban al matrimonio, sus hijos, los parientes
pobres, los hijos naturales, las familias de los
sirvientes; y estaban abiertas a los clientes,
obligados, endeudados y menesterosos. Eran el
centro de una densa red de relaciones sociales
jerarquizadas. En cuanto a las viviendas más
modestas, su misma arquitectura los hacía
poco íntimos: simples cuartos rentados
en casas más grandes, viviendas dispuestas
alrededor de patios; el espacio doméstico
nunca estaba completamente cerrado. "En resumen,
confundir la vida cotidiana con la vida privada
de cada uno puede llevar a contrasentido cuando
se trata de la sociedad urbana hispanoamericana."
En cuanto a la "propiedad privada",
el reparto de los bienes fue, desde el principio,
una cuestión arbitraria manejada por el
poder de forma discrecional. La propiedad particular
era "accesible solo a una minoría
selecta y, más que un derecho, constituía
un privilegio asociado al rango social y honorífico
del dueño, a quien se le recordaba constantemente
su pertenencia a la república y la obligación
de servicio que esto implicaba." Además,
los particulares enriquecidos por el comercio
y la minería se sentían obligados
a sustraer parte de sus bienes a los herederos
para donarlos a obras pías: colegios, hospicios.
Estas donaciones daban lugar a una gran publicidad
y permitían asociar a la vida colectiva
estas propiedades corporativas que se reconocían
como un "bien común" junto con
los espacios comunales.
El liberalismo logró la destrucción
del mundo corporativo, las ciudades se vieron
amenazadas por la pérdida de su jurisdicción
y de sus bienes colectivos. La policía
urbana y su conjunto de servicios se vio poco
a poco absorbida por los gobiernos nacionales.
"La proclamación de la libertad y
de la igualdad entre los individuos, la libertad
de imprenta, las elecciones generales y la representación
en los congresos cambiaron también poco
a poco la idea del "servicio del público"
y la jerarquía de méritos que se
le asociaba en el mundo corporativo."
Hablar de la sociedad del Antiguo Régimen
como de una "sociedad tradicional" sugiere
que no había cambios ni "progreso"
y, en realidad, las famosas "costumbres"
cambiaban todo el tiempo. "Lo que no cambiaba
era el ideal del público: las idea, difícilmente
comprensible y admisible en las sociedades radicalmente
individualistas de finales del siglo XX, de que
la colectividad tenía el derecho de fiscalizar
las acciones de cada uno de sus miembros en nombre
de las finalidades del bien común."
El liberalismo no pudo librarse de esta herencia
y su cultura política conservó referencias
insistentes a la moral, la virtud y las buenas
costumbres a lo largo del siglo XIX.
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