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JOSEFINA VAZQUEZ by Mariano Chiappe
EL FEDERALISMO MEXICANO 1823-1847
La federación fue la opción que
salvaguardó la unidad en 1824 al responder
al regionalismo. Comentaristas contemporáneos
y posteriores han elogiado el acta constitutiva
y la constitución de 1824 como respuesta
original que había resuelto en forma adecuada
las pruebas que las circunstancias le planteaban,
pues la compleja situación hacía
difícil encontrar fórmulas que consiguieran
atenuar las tensiones que se venían expresando
entre las regiones y el centro.
Los liberales en el mundo hispánico, en
su mayoría unitarios, se habían
dividido en exaltados y moderados; en México
se convirtieron en federalistas y centralistas,
éstos no necesariamente conservadores,
pues hubo centralistas liberales. Además
hubo federalistas que abogaron por un centralismo
de transición para fortalecer al nuevo
Estado.
Un contexto cambiante.
Varios elementos contribuyeron a crear una situación
compleja en la Nueva España en vísperas
de la independencia. El establecimiento del régimen
de intendencias entre estos. Esta reforma sufriría
diversos ajustes y un nuevo cambio con la aplicación
de la constitución española de 1812,
que instauraba ayuntamientos en toda población
de más de mil almas y siete diputaciones
provinciales, que participarían en la administración.
Las amplias facultades del virrey, reducidas con
la reforma de las intendencias, quedaban circunscriptas
ahora a la jefatura política de la provincia
de la Nueva España. Todos estos cambios
en un tiempo reducido provocaron la desarticulación
en la administración.
El malestar generado explica la facilidad con
que Agustín de Iturbide logró una
amplia coalición en 1821 para efectuar
la consumación de la independencia. De
esa manera Iturbide logró conjugar intereses
heterogéneos alto y bajo clero, ejército
realista e insurgente, grupo empresarial y comercial,
y comunidades cansadas de los excesos de los insurgentes
y realistas.
Pero un punto esencial que removió la tensión
entre las provincias y el centro, lo iba a constituir
el intento imperial de establecer impuestos directos
y verse forzado a imponer préstamos forzosos.
Esto fue suficiente para satisfacer la convicción
general de que la independencia no significaba
la liberación total de los viejos impuestos.
El carácter corporativo de las elecciones
de 1822 hizo temer a las élites provinciales,
y seguramente hasta a las comunidades, que volverían
a quedar bajo la tiranía del centro. Uno
de los problemas de fondo había sido la
titularidad de la soberanía, pues mientras
el Congreso "se empeñaba" en
asumir la soberanía, Iturbide insistía
en que le correspondía por voluntad nacional.
La cuestión de la soberanía quedó
pendiente, lo que creó un vació
de poder que permitió a las diputaciones
tener un papel creciente. Las diputaciones coligieron
que por el desconocimiento español de los
tratados de Córdoba y la ilegalidad del
imperio, la soberanía había revertido
al pueblo, del que eran representantes.
El papel creciente de las diputaciones en las
provincias estratégicas contó con
el apoyo de los comandantes militares nombrados
por Iturbide, de manera que los dos órganos
importantes, el civil provincial y el militar
regional, desobedecieron a la "representación
nacional". No obstante, si exceptuamos el
caso de Guatemala, no había ánimo
de fragmentación. Chiapas, que había
formado parte de esa Capitanía, intentó
constituir una confederación e invitó
a Yucatán y a Oaxaca, sin éxito.
Mientras las provincias se constituían
en estados libres, independientes y soberanos,
el Congreso nombró un Ejecutivo provisional
en mayo. Los generales que formaron el triunvirato
ejecutivo simbolizaban un cambio de fuerzas. En
contraste con el iturbidismo que había
privilegiado a los realistas, ahora de sus tres
propietarios y tres suplentes solo uno era realista.
El Congreso ordenó al supremos Poder Ejecutivo
evitar el establecimiento de gobiernos provinciales
al tiempo que para calmar los ánimos ampliaba
las facultades de las diputaciones provinciales
y elaboraba un plan de la constitución
política de la Nación Mexicana.
El Congreso constituyente y la Constitución
de 1824
De acuerdo con la exigencia provincial, la convocatoria
para las elecciones se hizo atendiendo la petición
de que los diputados se eligieran con base en
la población, aunque representando a la
nación entera. La proporcionalidad aseguró
una preponderancia de las provincias centrales,
México (21) y Puebla (14), frente a las
federalistas, Jalisco (9), Guanajuato (8), Yucatán
(5) y Zacatecas (4). El resultado unionista estaba
asegurado.
El congreso se instaló el 7 de noviembre
de 1823 y a diferencia de su antecesor se apresuró
a redactar el Acta Constitutiva. Aunque se aceptó
el federalismo, todavía se provocó
una polémica y sus enemigos lograron que
la definición de nación mexicana
desconociera la existencia de los estados establecidos,
al declararla constituida por las provincias de
la Nueva España, la Capitanía de
Yucatán y las comandancias de las Provincias
internas; de esa manera la nación asumía
la soberanía, pero la compartía
con estados libres, soberanos e independientes
en los que exclusivamente tocara a su administración
y gobierno interior. Pero el fondo de la cuestión
continuó siendo la titularidad de la soberanía.
La Constitución de 1824 reconoció
20 estados, 4 territorios y 1 distrito federal.
Sabemos por la propia introducción a la
constitución, que la ley suprema del vecino
del norte sirvió de modelo, pero los antifederalistas
combatieron el federalismo con el argumento de
que si bien en el caso del norte había
unido lo desunido, en México haría
lo contrario. El federalismo mexicano no era una
simple copia del norteamericano, puesto que el
gobierno federal no gobernaría a ciudadanos,
sino a estados. La diferencia radica que en la
convención de Estados Unidos de 1787 no
existía desconfianza hacia un centro que
no existía y que todos reconocían
como necesario, lo que existía era el temor
de los estados pequeños a ser tiranizados
por los grandes. Así la constitución
norteamericana aprobó que la federación
cobrara impuestos a los individuos, lo que la
liberaba de la dependencia de un contingente estatal.
En México la tensión entre las regiones
y el centro hizo que se aceptara el unitarismo
gubernamental, pero con un gobierno federal debilitado.
El estado solo podía recaudar de las aduanas,
parte de los diezmos que antes correspondían
al rey, de los monopolios del tabaco, pólvora,
sal, correo, lotería y una cantidad fija
que pararían los diferentes estados que
solo existió en un comienzo, durante el
momento de los buenos sentimientos.
De esta manera la relación que se establece
entre la federación y los estados asume
la forma de un pacto, dando como resultado una
soberanía menoscabada de la federación.
Tanto la constitución de 1824 como las
constituciones estatales establecieron la supremacía
del legislativo y consideraron a los otros poderes
como sus agentes
"el supremo poder
del estado reside en su Congreso"
En las constituciones estatales se garantizaron
los derechos de igualdad, seguridad, libertad
de imprenta y propiedad. El derecho de igualdad
se relacionó sobre todo con el de los ciudadanos
ante la ley, pero manteniéndose los fueron
militar y eclesiástico. No obstante, los
resabios de Cádiz expresaban un empeño
por limitar la acción del ejército
permanente en los estados y por someter a la Iglesia
a la soberanía estatal.
La Constitución no solucionó puntos
importantes: las relaciones entre el gobierno
federal y los estados, y entre aquél y
las dos corporaciones importantes, el ejército
y la iglesia, por lo que al enfrentarse a la práctica,
se interpretaría de diversas maneras por
los diferentes estados.
Dentro del contexto de los acontecimientos, resultó
milagroso que se consolidara el compromiso federal
en 1824 y que Chiapas se decidiera a anexarse.
Los estados tuvieron que abstenerse de enfrentarse
a un centro que contaba con el apoyo de la mayoría
del ejército. El ejército del gobierno
central ocupó Guadalajara, acción
que facilitó que las disidencias de Oaxaca
y Yucatán se solucionaran de manea pacífica.
Pero sin duda, la amenaza española que
se expresaba en la ocupación de San Juan
de Ulúa fortaleció un sentido de
unidad nacional, lo que permitió que, a
pesar del autonomismo regional, todos los estados
expresaran la voluntad de mantener la unión.
De la teoría a la práctica
Al independizarse, México no contaba con
un grupo naturalmente destinado a gobernar. La
iglesia y el ejército estaban divididos
y a pesar de la preeminencia alcanzada por el
último, los aspirantes a su liderazgo se
multiplicaban, sin lograr imponerse.
El ejército se había constituido
en garante de la independencia y, más tarde,
con el apoyo de los poderes territoriales en el
de la federación.
El legado gaditano (de Cadiz) había dejado
el monopolio de la fuerza militar en manos del
ejército permanente, dependiente desgobierno
nacional y el papel de policía en manos
de la milicia cívica, controlada por los
estados, cuyo servicio era temporal y su organización
democrática. Pero los pronunciamientos
harían que a partir de 1830 el ejército
se comprometiera más con el orden interior
que con la defensa nacional, que hasta 1829 había
cumplido.
La iglesia, el poder regulador durante gran parte
de la Colonia, entró en la vida independiente
muy debilitada. Su organización también
era jerárquica, pero ahora dependía
de un gobierno extranjero, lo que la haría
vulnerable ante los nuevos conceptos de soberanía.
Como organizadora original del espacio novohispano,
sus 10 diócesis habían dejado de
coincidir con la organización espacial.
Su división no respondía a la organización
que la Constitución de 1824 hizo del espacio
de la República y tampoco era idónea
para cumplir con los servicios religiosos en muchas
zonas apartadas. Esto provocó una constante
solicitud de nuevas diócesis. La iglesia
no contó con la fuerza ni con la unidad
para defender eficientemente sus intereses.
Las elecciones no eran secretas, sino cantadas.
Se leía la lista de electores, acordada
previamente, y por lo general incompleta. Se votaba
abiertamente, lo que permitía intimidar
a los votantes. Podría pensarse que el
gobierno dominaba las elecciones, pero no era
así, pues aun durante la dictadura de Santa
Anna en 1842, los federalistas lograron elegir
a sus candidatos, por eso siempre se imponían
los compromisos en el Congreso. Apenas instalado
el gobierno federal, resultó obvio que
las facultades del Ejecutivo eran insuficientes
para "sostener el sistema" y el 23 de
diciembre de 1824 el Congreso aprobó que
el gobierno ejerciera las facultades "extra
constitucionales" que concedía la
constitución en circunstancias especiales,
en este caso para conservar el orden y la ley.
Estas facultades se mantuvieron durante parte
de la primera presidencia y se concedieron a las
siguientes en diversas modalidades. El caso fue
imitado por todas las legislaturas de los Estados
que concedieron amplias facultades a los gobernadores.
El poder judicial, que había sufrido transformaciones
tan profundas desde 1812, sería el más
débil, y fue blanco de la intervención
de los otros dos, en especial del legislativo,
tanto nacional como estatal, que muchas veces
se adjudicó la solución de casos
judiciales.
Durante todo el tiempo de la Republica Federal,
el gobierno federal y el de los Estados se invadieron
mutuamente, lo que mostraba el deterioro profundo
del sistema federal.
El cambio al centralismo.
Los estados aceptaban la necesidad de una reforma,
sólo objetaban que fuera a costa de su
autonomía.
El problema iniciado en 1828 con la renuncia de
Gomez Pedraza (presidente electo en 1828) planteaba
una serie de cuestiones constitucionales: ¿era
renunciable la presidencia?, ¿tenía
autoridad la Cámara de Diputados de 1829
para admitir una renuncia del Ejecutivo?, ¿tenía
derecho para hacer una nueva elección?
Un movimiento militar abrió paso a los
radicales a casi todas las legislaturas y al Congreso
nacional. El gobierno no parecía intentar
el cambio de sistema político, sino una
reforma constitucional que fortaleciera al gobierno
nacional. Todos estaban de acuerdo en eliminar
la vicepresidencia y extender los poderes del
Ejecutivo. Se consideraba indispensable reducir
las milicias estatales. La resistencia a esta
medida fue mínima y solo se negaron a respetar
el decreto Coahuila, Texas y Zacatecas que fue
tomada por Santa Anna convirtiéndola en
Aguascalientes y en territorio de la federación.
Con la fuerza que dio al gobierno federal haber
doblegado la resistencia del estado más
fuerte, Santa Anna hizo una consulta a vecinos
notables, y temeroso de no poder controlar otras
elecciones, favoreció que el Congreso ordinario
se convirtiera en constituyente. Aunque Santa
Anna venía buscando la dictadura, el temor
a la fragmentación territorial con que
amenazaba la secesión de Texas empujó
al general a favorecer el centralismo para salvaguardar
la unidad nacional. Así el 3 de octubre,
una ley sancionaba el establecimiento del centralismo
y el 23 se expedían las bases constitucionales.
La redacción de las siete leyes llevó
15 meses. Las siete leyes establecieron un complicado
mecanismo que contenía novedades; incluía
una lista clara de derechos del mexicano (libertad,
seguridad, igualdad y propiedad), que significaba
un avance sobre la de 1824 y creaba un cuarto
poder, el Conservador, destinado nada menos que
a impedir los abusos de los otros tres.
Al legislativo se le arrebató toda atribución
gubernativa y se redujeron los puestos elegibles
de diputados y senadores. Se eliminó la
vicepresidencia y se aumentó el período
presidencial a ocho años. Para la elección
del Ejecutivo se estableció un complicado
sistema en que participaban los tres poderes y
las juntas departamentales, con objeto de evitar
asaltos.
Las siete leyes hicieron una nueva reorganización
del espacio. El territorio quedó dividido
en departamentos, distritos y partidos. Los territorios
de California y Nuevo México, así
como el de Texas (sin reconocer su independencia),
se convirtieron en departamentos. Tlaxcala quedó
unida al departamento de México, que también
incluiría el Distrito Federal.
Apenas puestas en vigor las siete leyes, el apoyo
al centralismo se evaporó. Los grupos gobernantes
de los departamentos perdían la autonomía
en los presupuestos. Las comandancias generales
del ejército se descentralizaron al depender
para sus pagos de las comisarías departamentales,
a las que se les ordenó pagarles con preferencia.
De esa manera, así como el federalismo
había favorecido a la s élites provinciales,
el centralismo lo hizo con la alta jerarquía
del ejército, debido al estado constante
de guerra y a las revueltas federalistas.
Los federalistas se dividieron en dos grupos.
El dirigido por Gómez Pedraza utilizó
medios pacíficos, mientras que el grupo
radical decidiría que no había otra
vía que la revolución.
Después del fracaso de Texas, el ejército
resultó cada vez más incapaz de
enfrentar las amenazas externas y se concentró
en la lucha contra los federalistas. Texas, independiente,
y Yucatán, Sonora y California, separadas,
demostraban que el centralismo no había
logrado el control territorial. Así, en
1839 el movimiento de reforma pareció cobrar
fuerza, lo que alimentó el convencimiento
general de que no habría otra solución
que la violencia.
El ejército y los comerciantes patrocinaron
el pronunciamiento que logró un extenso
apoyo de ayuntamientos y federalistas moderados
y, a fines de 1841, las Bases de Tacubaya, firmadas
por los generales, suspendían el orden
constitucional y establecían la dictadura
de Santa Anna, "mientras se redactaba una
nueva constitución". Las elecciones,
a pesar del control ejercido por el ejército,
dieron la mayoría a los federalistas moderados,
lo que selló su destino. La mayoría
moderada del Congreso de 1842 trató de
establecer un federalismo moderado, sin ese nombre,
que garantizara libertades, derechos y la mínima
autonomía departamental. Como una minoría
realmente federalista presentó un proyecto
radical, con garantías a los derechos del
hombre, se redactó un documento de transacción,
que retuvo parte de ese espíritu que se
venía imponiendo ante los asaltos que sufrían
la libertad, la propiedad y la seguridad por parte
de las autoridades y el ejército. No obstante
el compromiso, el Congreso no pudo coronar su
obra porque fue disuelto, y una Junta de Notables
redactó al año siguiente las Bases
Orgánicas.
A pesar de que estas Bases conservaron algunos
cambios, no aceptaron la descentralización
administrativa de los departamentos, propuesta
en el proyecto de 1842, pero al derecho de las
asambleas legislativas de proponer al presidente
candidatos para gobernador, se agregó el
de elegir dos terceras partes de los 73 senadores.
Es de mencionar que sólo el proyecto minoritario
mantenía la denominación de Constitución
de los Estados Unidos Mexicanos; los otros proyectos
y las Bases Orgánicas, al igual que las
Siete Leyes, se referían a la República
Mexicana, es decir, subrayaban el carácter
unitario. Es más, las Bases volvían
en su artículo 2º a la definición
territorial del Acta Constitutiva.
En los proyectos de 1842 las Bases ampliaban el
Poder Ejecutivo hasta el grado de poder iniciar
leyes excepcionales. También se sometió
a las asambleas departamentales al veto del gobernador,
nombrado por el presidente, quien tenía
la última palabra si las asambleas insistían,
por eso definió a las Bases como "despotismo
constitucional", a pesar de lo cual "resultó
estrecho para el general Santa Anna". Sin
embargo, su violación fue aprovechada por
la mayoría moderada del Congreso para desaforarlo
y, mediante una revolución cívica,
establecer un gobierno constitucional que no se
atrevió a reestablecer el federalismo por
temor a debilitar al país, amenazado ya
por Estados Unidos, aunque descentralizó
en parte la administración en 1845. Pero
la conspiración monarquista, la debilidad
ante la amenaza exterior y la crisis endémica
de la hacienda proporcionaron pretextos para una
nueva dictadura militar en 1846, esta vez encabezada
por el general Paredes y Arrillaga.
En vísperas de la guerra con Estados Unidos,
Paredes trató de rescatar al país
de tan crítica situación combatiendo
la corrupción y el contrabando, e imponiendo
un orden de hierro y reduciendo electores y elegibles
a "las clases propietarias". Pero todo
fue inútil, y ya en medio de la invasión
norteamericana, los federalistas se pronunciaron
en el sur de México. El 22 de agosto se
restableció la Constitución de 1824,
que el Congreso reformó al año siguiente.
CONCLUSIÓN: FEDERALISMO y CENTRALISMO,
1824-1847
Desde el triunfo liberal, la historiografía
subrayó los enfrentamientos entre centralistas
y federalistas como la principal fuente de tensión
y causa de la inestabilidad durante la primera
etapa independiente. Entonces y después
se pasó por alto que el establecimiento
de los dos sistemas había sido producto
de compromisos entre facciones opuestas y que
su aplicación había tenido mucho
en común. En el afán de caracterizar
a todo el periodo como caótico y dominado
por la "dictadura" de Santa Anna (cuyo
gobierno, en conjunto, apenas sobrepasó
los seis años, algo menos que los de Anastasio
Bustamante), se pasó por alto la estabilidad
que le dio al gobierno, la acción de un
grupo de funcionarios públicos que sirvieron
a los dos sistemas, sobre todo los oficiales mayores,
quienes garantizaron una continuidad.
La adopción del centralismo, hasta ahora
atribuida a Santa Anna, resultó del desprestigio
que había sufrido el federalismo y del
temor de que el desafío de Zacatecas en
1835 y la amenaza de independencia de Texas el
mismo año desembocaran en una fragmentación
de la nación.
Un grupo de federalistas moderados estuvo dispuesto
a hacer una transacción con los centralistas
que habían capitalizado el descontento
popular por los excesos del Congreso radical de
1833 a fin de fortalecer al Estado.
El derecho de representación se arraigó
a través de la difusión no sólo
de periódicos y catecismos, sino por el
mecanismo mismo de los pronunciamientos. Una vez
promulgado un plan político, se enviaba
hasta los poblados más apartados, solicitando
adhesiones. Las reuniones de las guarniciones;
ayuntamientos o vecinos leían los planes,
y de esa manera se difundía una serie de
principios políticos, protestas y propuestas.
Con ello no sólo se politizaba la población,
sino que se fortalecía el sentido de unidad,
puesto que también se mencionaban las amenazas
extranjeras a la nación.
Al caracterizar el periodo, hasta ahora se ha
subrayado la dictadura, a pesar de haber sido
un fenómeno transitorio, pues en sentido
estricto sólo estuvo en vigor entre octubre
de 1841 y julio de 1843 y del 1 de enero al 4
de agosto de 1846. En todo el periodo, el Legislativo
fue el poder más estable e influyente.
De 1821 a 1847 hubo 19 congresos que sesionaron
casi sin interrupción, salvo en cinco ocasiones.
De esos Congresos, siete fueron constituyentes
autores de cinco constituciones diferentes, de
las cuales tres tuvieron vigencia (la de 1824
también con las reformas de 1847). En ellos
predominó el espíritu de transacción,
a excepción de breves momentos en que un
grupo radical fue mayoritario. Lo que resultó
constante fue el enfrentamiento del Congreso con
el Ejecutivo.
Los gobiernos bajo dos sistemas se empeñaron
en encontrar la fórmula para imponer su
autoridad sobre el territorio que constituía
la República, sin lograrlo. La desarticulación
entre el gobierno nacional y los estatales o departamentales
persistió durante el periodo, sin importar
el sistema de gobierno y sólo se moderó
después de la invasión norteamericana,
lo que explica que el gobierno lograra restablecer
el funcionamiento del Estado a fines de 1847,
a pesar de que se había desvertebrado con
la renuncia de Santa Anna a la entrada del ejército
norteamericano y el traslado del gobierno a Querétaro.
La actitud de colaboración de los gobiernos
de los estados en 1848 contrasta con la desconfianza
hacia el centro, en plena guerra. Tanto Zacatecas
como el Estado de México habían
negado sus efectivos militares al gobierno nacional,
reservándolos para el momento en que ellos
estuvieran en peligro.
Por lo demás, la debilidad del gobierno
durante el sistema federalista se mantuvo durante
el centralismo. Si la dictadura de Santa Anna
logró efectividad durante el primer año
(1842) se debió a la esperanza de una nueva
constitución, pero al establecerse la dictadura
constitucional, volvió a encenderse el
descontento. El centralismo acudió a hombres
de empresa para encontrar soluciones hacendarias,
pero el tamaño de la deuda interna rebasó
su creatividad. El ejército no se profesionalizó
y tuvo problemas para mantener su número
por la resistencia de los departamentos a proveerle
remplazos.
La antigua provincia de Nueva España, el
territorio más habitado de la República,
fue la única base firme para defender el
unitarismo político. Esto era natural;
había sido el núcleo fundamental
de la Nueva España, que temía el
desplazamiento de las redes de decisión
a áreas con las que no tenía familiaridad.
En los departamentos alejados, las élites
favorecían un gobierno central débil
y resistieron a los comandantes generales, que
representaban al gobierno del centro, o los convirtieron
en sus aliados para defender intereses locales.
Y aún durante el centralismo, cuando los
gobernadores eran nombrados por el presidente,
una vez instalados en sus sedes, se veían
obligados a responder a los intereses locales.
En el caso de gobernadores federalistas, para
mantenerse en el poder optaron por una actitud
conciliadora con el gobierno del centro. La restauración
de la Constitución de 1824, en plena guerra
con Estados Unidos, sin duda dificultó
la organización de la defensa, pero el
hecho de que se impusiera el grupo que sostenía
no sólo su restauración sino también
su reforma, indica el grado de difusión
que habían alcanzado las ideas liberales
desde 1842, seguramente como reacción al
intento monarquista de 1846. Esto permitió
poner en práctica el proyecto minoritario
de 1842 con todo y la declaración de los
derechos del hombre.
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