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Guerra,"Rev. Francesa y Rev
por Ricardo y Ana María
El texto de Guerra analiza la relación
entre la revolución francesa e Hispanoamérica,
planteando que los principios de la primera no
eran necesaria y únicamente los que habían
provocado la independencia americana. Las ideas
francesas no fueron las únicas implicadas;
muchos historiadores destacan el papel del pensamiento
clásico español. La independencia
tampoco puede explicarse solo por causas ideológicas,
hubo causas sociales y económicas también.
Guerra plantea separar dos fenómenos que
se producen al mismo tiempo y que están
interconectados: la independencia de las metrópolis
("crisis política que afecta a una
unidad política hasta entonces de una extraordinaria
coherencia") y la revolución ("adopción
brusca de un sistema de nuevas referencias políticas
y sociales que intentan hacer tabula rasa con
el pasado").
Para explicar la revolución "hay que
utilizar tanto una historia cultural, que capte
la especificidad de la ilustración ibérica,
como una historia social y política que
analice, en el tiempo largo, las relaciones entre
el Estado y la sociedad en el mundo ibérico."
Guerra pone el énfasis en este último
punto, ya que para él la ilustración
no implica, necesariamente, la revolución.
Señala como característico de ambos
procesos, independencia y revolución, su
simultaneidad y su semejanza, por lo que se hace
necesario "adoptar una perspectiva global
que no separe la península de América".
Dada la diversidad hispanoamericana, no son suficientes
las causas locales, es necesario estudiar los
aspectos comunes que hacen de la región
un conjunto cultural y político, y esto
incluye la España peninsular, no como una
causa externa, "sino como un elemento necesario,
y en ciertas épocas central, de estos procesos."
Plantea los diferentes caminos por los que Francia
e Hispanoamérica, por un lado, e Inglaterra,
por el otro, alcanzaron la modernidad. Los primeros,
por la vía revolucionaria; Inglaterra,
a través de un "proceso evolutivo".
La victoria absolutista fue el fenómeno
clave del siglo XVIII franco e ibérico,
como una respuesta a la pugna entre el Estado
moderno en formación y las instituciones
representativas de la sociedad. En el siglo XVII
se habían producido graves crisis políticas
en todas las grandes monarquías: primera
revolución inglesa, rebeliones de Cataluña
y Portugal, la Fronda, con diferentes resultados:
"victoria del poder del rey en Francia; victoria
definitiva del Parlamento en Inglaterra, empate
provisional en la monarquía hispánica
de los Austrias." Con la asunción
de los borbones, la monarquía española
tiende a parecerse más a la francesa. De
esa manera quedan definidas, en el XVIII, dos
áreas políticas "claramente
determinadas: la primera, la inglesa, en la que
las instituciones representativas del reino han
triunfado sobre el poder del rey; la segunda,
constituida por Francia, España y Portugal,
en la que tiende a imponerse el absolutismo real".
El avance del absolutismo va desplazando las funciones
y competencias de los cuerpos estamentales en
que estaba organizada la sociedad, con una ofensiva
contra los privilegios corporativos y un intento
de homogeneización de la sociedad. Paralelamente,
se da la "gran mutación cultural"
conocida como la Ilustración ("victoria
del individuo, considerado como valor supremo
y criterio de referencia con el que deben medirse
tanto las instituciones como los comportamientos").
"nace la opinión pública moderna,
producto de la discusión y del consenso
de sus miembros".
Pero las consecuencias de la Ilustración
no son las mismas en todos los lugares. En el
mundo anglosajón, en el que las elites
culturales participaban del ejercicio del poder
en instituciones representativas de tipo antiguo,
la evolución hacia las instituciones democráticas
modernas es más lenta, pero evita "la
ruptura con un pasado del que se conservan muchos
elementos".
En Francia y España, donde las elites han
sido desplazadas del centro del poder y permanecen
subordinadas, surge un modelo ideal: "una
sociedad contractual e igualitaria, de una nación
homogénea, formada por individuos libremente
asociados, con un poder salido de ella misma y
sometido en todo momento a la opinión o
a la voluntad de los asociados". El contraste
entre realidad e ideal es tal que la única
salida parece ser "una ruptura, una nueva
fundación, un nuevo pacto social".
Sin embargo, no se puede oponer, tan simplemente,
la Ilustración al absolutismo, hay matices.
Comparten "una misma hostilidad hacia los
cuerpos y sus privilegios, un concepto unitario
de soberanía, el ideal de una relación
binaria y sin intermediarios entre el poder y
los individuos". Estos elementos explican,
en parte, las alianzas que existieron entre las
elites "modernas" y el "despotismo
ilustrado" contra enemigos comunes: "el
tradicionalismo y la inercia de la sociedad".
Debido a su debilidad, las elites modernas "prefirieron,
durante una buena parte del siglo XVIII, escudarse
en la autoridad del rey para realizar sus proyectos
de reforma", por lo que existe una continuidad
entre el reformismo absolutista y el del liberalismo
posrevolucionario.
Guerra encuentra ilusorio derivar la revolución,
directamente, de "la modernidad de las ideas
o de las medidas de reforma social de la época
de la Ilustración. Una buena parte de las
elites modernas de finales del XVIII era a la
vez ilustrada y profundamente adicta a un absolutismo
que constituía para ellas el instrumento
fundamental de las reformas."
Pero el Estado absolutista "no podía
llegar hasta los últimos límites
de la reforma que el nuevo imaginario exigía".
Progresivamente, el poder omnímodo del
rey y de sus ministros empezó a verse como
"poder arbitrario. Aunque el rey mismo no
fue al principio discutido, si lo fue el despotismo
ministerial".
En "vísperas del principio del proceso
revolucionario, 1789 en Francia y 1808 en el mundo
hispánico, la aspiración al <gobierno
libre> toma la forma de una nostalgia de las
antiguas instituciones representativas".
Para algunos es una "máscara"
para legitimar la conquista de una nueva libertad,
para otros una vuelta a la armonía entre
el rey y el reino. Ambos grupos confluyen en "la
necesidad de una representación de la sociedad
ante el Estado, en lo que difieren es en la imagen
de la sociedad representada: nación moderna
formada por individuos para unos, nación
antigua, o reino, formada por cuerpos, para otros."
Existen otras posibilidades de alianza y de conflicto:
"las posiciones políticas pueden esquematizarse
como un triángulo, en los vértices
del cual se encuentran los modernos, los absolutistas
y los constitucionalistas históricos",
cada uno de ellos comparte con los otros dos una
serie de visiones, conceptos y aspiraciones, al
tiempo, que diverge en formas e ideas. Si bien
modernos y constitucionalistas coinciden en "el
rechazo al poder absoluto y en la necesidad de
una representación en la sociedad",
esa alianza no podía durar mucho. Las viejas
instituciones no eran, al contrario que en Inglaterra,
representativas de la sociedad, por lo que deberán
ser una creación nueva, no una restauración.
Por eso la "libertad a la francesa"
difiere de la inglesa, es una "libertad nueva
y abstracta que hay que construir según
un modelo ideal". La revolución francesa
implica un nuevo pacto social, con nuevos actores
en la vida social y política, el nuevo
soberano es la nación. "La competición
por el poder entre grupos, limitada antes al ámbito
privado, sale a la calle y crea el espacio público,
la escena en la que van a competir los nuevos
actores." La revolución es una "mutación
cultural" y debe ser pedagógica, la
sociedad no es todavía una sociedad ideal.
Los nuevos grupos se radicalizan como consecuencia
del nuevo sistema, se van imponiendo "aquellos
que se proclaman más cerca de la pureza
de los principios". A esto se suma que las
nuevas ideas se difunden hacia los sectores más
bajos y desplazados de la sociedad, abriendo las
reivindicaciones tanto hacia los intereses de
grupo como hacia utopías sociales y revueltas
igualitarias. Todo el que se opone a este mundo
ideal es un enemigo de la libertad, "no pueden
ser del pueblo". La sociedad francesa debió
establecer los nuevos límites para asegurar
su supervivencia. Se mantuvo la revolucionaria
soberanía del pueblo, pero trató
de buscar nuevas vías más moderadas
de transformación.
En cuanto a la relación entre el proceso
francés y el hispanoamericano, tienen semejanzas
que se "manifiestan en instituciones parecidas,
un universo cultural análogo y en una evolución
política similar, aunque desfasada en el
tiempo." Una diferencia se da en el campo
religioso, ya que no hay, en el mundo hispánico,
un conflicto religioso y los nuevos principios
coexisten con la exclusividad del catolicismo.
Otra diferencia se da en el carácter plural
de la monarquía española, constituida
por reinos variados con su propia identidad. Para
una parte importante de la sociedad, la "nación"
es un conjunto de reinos, por lo que la soberanía
del pueblo en la época revolucionaria será
"la de los pueblos, las de esas comunidades
de tipo antiguo que son los reinos, las provincias
o las municipalidades."
También difieren en los conceptos acerca
de la nobleza, ya que en España este estamento
conserva parte de su prestigio y es diverso en
su composición. Tampoco hay un pueblo urbano
numeroso. Diferentes son también las circunstancias
políticas, mientras en Francia se combatió
al rey, "la revolución hispánica
se hizo en buena parte en su ausencia y combatiendo
en su nombre".
"El desfase cronológico, que concierne
tanto al grado de modernidad de los dos Estados
como a la anterioridad de la Revolución
francesa" añaden otras diferencias:
"la sociedad española, y aún
más la americana, se muestran más
corporativas y tradicionales y con menos elites
modernas que la francesa". El hecho de que
la revolución francesa ya tenga veinte
años, hace que las revoluciones hispánicas
dispongan de un conjunto de nuevas referencias
que pueden combinar de manera diferente. "
los
actores conocen de antemano adónde puede
llevar la lógica revolucionaria".
"Por eso los revolucionarios hispánicos,
obsesionados por un posible terror, cortarán
por lo sano toda sociabilidad o discurso revolucionarios
que pudiesen llevar al <jacobinismo>, se
mostrarán prudentes en la movilización
del pueblo urbano en sus querellas intestinas
y utilizarán con mucha moderación
el lenguaje de la libertad para evitar la aparición
de un nuevo Haití." La ausencia de
una movilización popular moderna y de fenómenos
de tipo jacobino, dan su especificidad a las revoluciones
hispánicas.
El impacto de la revolución francesa se
percibió rápidamente en España,
por la proximidad geográfica, por los lazos
comerciales y por la constante emigración
francesa. Esto favoreció la propaganda
revolucionaria que también alcanzó
a las principales metrópolis americanas,
principalmente a través de sus puertos
y capitales. En primer lugar, alcanzó a
las elites culturales ("la alta administración
pública, el clero superior, los profesores
y estudiantes de seminarios y universidades, los
profesionales, la nobleza española y la
aristocracia criolla"). La reunión
de los Estados Generales se aparecía a
una parte de las elites "como una restauración
de las antiguas libertades a las que ellas mismas
aspiraban".
Pero, con el tiempo, esta simpatía inicial
va a transformarse en desconfianza y luego en
hostilidad, contribuyendo para ello la ejecución
de Luis XVI y la persecución religiosa.
Así reaccionaron igualmente España
y América, donde la propaganda oficial
hizo especial hincapié en la anarquía
y en la disolución social, a lo que se
sumaba el temor de una revuelta indígena.
A pesar de la alianza posterior entre Francia
y la corona española, no se borrará,
sobre todo del imaginario popular, esta idea de
anarquía e impiedad.
Hubo también diferencias generacionales,
los mayores habían puesto su esperanza
en un poder absoluto para realizar reformas, por
eso, "la reforma política, para la
que el país no estaba todavía preparado,
vendría después de la reforma social".
Los más jóvenes, que se educó
en la época revolucionaria, invertía
el orden: primero reforma política, luego
social.
Pero durante los primeros 20 años de la
revolución francesa, sus simpatizantes
fueron una minoría: la censura del Estado
español "y el tradicionalismo de la
sociedad fueron unos obstáculos eficaces
para la propagación masiva de las nuevas
referencias". Excepciones significativas
las constituyen las conjuraciones de negros y
pardos en sociedades esclavistas, incluyendo,
a veces, a blancos pobres. Como resultado de esas
revueltas, las elites locales extremarán
su prudencia al aplicar los nuevos principios.
Aunque hay un deseo de cambio, sobre todo entre
los miembros jóvenes de las elites, "la
revolución no empezará en el mundo
hispánico por maduración interna,
sino por la crisis de la monarquía provocada
por la invasión" de Napoleón.
Aunque una parte de la elite española se
alía con los franceses en la esperanza
de reformar la monarquía "de acuerdo
con los principios revolucionarios, pero, desde
arriba, sin revolución", el levantamiento
contra la invasión es masivo, tanto en
España como en América. Paradójicamente,
la resistencia contra el invasor francés
va a ser la que dé origen a la revolución
en el mundo hispánico inspirada en los
principios franceses. Al desaparecer la legitimidad
real y no aceptarse la del invasor, el único
camino para "la resistencia española
y la lealtad americana" era "apelar
a la soberanía del reino, del pueblo o
de la nación. Los términos empleados
son fluctuantes y extremadamente variados, como
lo es también el carácter de la
reversión de la soberanía".
Se constituyeron juntas en España, y también
en América, como una forma improvisada
de representación de la sociedad. Pero
dado el carácter imperfecto de su representatividad,
prontamente aparecieron peticiones de Juntas Generales,
Congresos o Cortes. En mayo de 1809, la Junta
Central convoca a las Cortes y lanza una consulta
sobre la forma de reunirlas y los fines de su
reunión, intensificando el debate público
sobre la representación. Este debate implica
dos temas claves que abrirán la puerta
a la independencia americana: "¿Qué
es la Nación? ¿Cuál es la
relación entre la España peninsular
y América?"
Según la respuesta que se dé a la
primera pregunta, "las Cortes serán
una restauración de las viejas instituciones,
con la representación de los reinos y estamentos,
o una Asamblea nacional única de representantes
de la nación." Primero se da una coalición
entre constitucionalistas históricos y
revolucionarios para convocar a las Cortes, pero
luego se da una pugna sobre quien debe estar representado
(estamentos o solo el "estado llano")
y sobre las modalidades de reunión y de
votos (con distinción o no de estamentos).
Otro tema de discusión fue la representación
de los americanos, discutiéndose la identidad
misma de las Indias, ¿reinos de pleno derecho,
reinos subordinados o colonias? "El rechazo
práctico por parte de los peninsulares
de la igualdad proclamada será la causa
esencial de la independencia de América."
A partir de 1808 es cuando comienzan los movimientos
revolucionarios en Hispanoamérica con la
difusión masiva de las ideas de la revolución
francesa. Con la caída del absolutismo
se acaban las limitaciones a la libertad de prensa
y comienza la difusión de todo tipo de
panfletos y de impresos, arengando a rechazar
al invasor, pero donde también se infiltran
las nuevas ideas. Aunque en América no
hay libertad de prensa, sí llegan estos
folletos y gacetas que son reimpresos o son publicados
por la prensa. Con el temor de ser dejada de lado
en el proceso de reforma, América participa
del debate y, aunque los que adhieren claramente
a las nuevas referencias siguen siendo una minoría
dentro de una sociedad extremadamente tradicional,
comprenden "la mayoría de los miembros
más jóvenes de las elites culturales,
ellos serán el motor de la revolución".
Surgen nuevas formas de sociabilidad donde se
forman y reúnen los miembros de la elite
revolucionaria: tertulias, reuniones en cafés,
sociedades literarias, etc.
Pero la revolución francesa sigue siendo
un tabú, para muchos "la encarnación
de la impiedad y la ideología del invasor".
Por eso los liberales españoles usarán
el traje del constitucionalismo histórico,
aunque sigan la "vía francesa":
adopción de un nuevo imaginario social
en el que la nación se compone de individuos-ciudadanos,
ruptura con las viejas leyes fundamentales, una
nueva constitución, proyectos educativos,
etc. Las elites americanas siguen a las españolas
en su evolución hasta que el debate por
la igualdad conduce a las primeras insurrecciones
y a la guerra civil. "El proceso de ruptura
precede en América unas veces a la revolución,
y en otros casos la sigue." Hay regiones
leales, Nueva España, América central,
Perú, que evolucionan junto con el liberalismo
español. Las regiones insurgentes van más
allá adoptando más francamente el
nuevo sistema de referencias, y en búsqueda
de una nueva identidad, adoptan "el lenguaje,
los símbolos y la iconografía, las
fiestas y ceremonias, las sociabilidades y las
instituciones de la Francia revolucionaria."
Aunque está por verse la difusión
masiva de estos ideales, esta es una época
profundamente creativa con elementos revolucionarios
mezclados con el fondo hispánico y las
raíces autóctonas que van dando
formas y ritmos diferentes al proceso. Y, contrariamente
a lo que sucederá en Europa donde vuelve
a discutirse la restauración de la monarquía,
en Hispanoamérica no se discutirá
la adopción de la vía francesa para
el acceso a la modernidad. Cuando toda Europa
había vuelto a los regímenes monárquicos,
los países hispanoamericanos continuaron
siendo repúblicas con constituciones y
libertades modernas. Toda instauración
de la monarquía fracasará, aun cuando
una parte de las elites se tentara con esta posibilidad,
porque no había un "señor natural"
del reino, al romperse el vínculo con la
península se rompió el vínculo
con el rey. Situación paradójica,
ya que esta modernidad legal "coexistía
con un tradicionalismo social incomparablemente
mayor que el de la Europa latina". De este
contraste entre la modernidad de las elites y
el Estado y el arcaísmo social surgen una
serie de problemas no resueltos que siguen influyendo
toda la época contemporánea.
El primero, la desintegración territorial.
La independencia se basaba en la soberanía
nacional, pero cómo resolverlo cuando todavía
no existía una nación, sino un conjunto
de comunidades políticas de tipo antiguo
solamente unidas había sido la unión
al rey.
La nueva legitimidad está basada en la
soberanía del pueblo, pero, en el sentido
moderno de la palabra, el pueblo está constituido
por quienes han experimentado una mutación
cultural y eso sólo lo han hecho las elites.
Entonces, "¿cómo construir
un verdadero régimen representativo, fundado
en el voto de los individuos-ciudadanos, cuando
estos son una minoría? O cómo evitar,
si se aplica una representatividad real, que se
impongan el tradicionalismo de la sociedad. Para
resolver estas contradicciones se fabricaron diversas
"ficciones democráticas": redefinición
del pueblo, limitación del sufragio, alternancia
de partidos, etc. Esto dio por resultado regímenes
políticos inestables, pronunciamientos,
golpes de estado, levantamientos y querellas constitucionales.
Para colmar "el abismo cultural" entre
las elites y la sociedad se ensayan diversos caminos
para crear una nación moderna "por
medio de la historia, los símbolos y la
iconografía", así como a través
de la educación. Pero las tentativas aceleradas
de construcción de un modelo ideal llevan
a resistencias sociales, no sólo en América
sino en Francia o España.
Para Guerra, el principal problema es "la
concurrencia entre la lógica representativa
y la de la construcción de un mundo ideal",
problema que le llevó 100 años a
Francia desde la revolución, y que está
aún sin resolver en buena parte de América
latina.
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