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BAZANT by Mariano Chiappe
CAPITULO 3
MEXICO.
El brigadier realista Agustín de Iturbide
proclamó la independencia de México
el 24 de febrero de 1821 en Iguala, una pequeña
ciudad en el corazón del sur, en la tropical
tierra caliente. Iturbide, es su manifiesto hizo
un llamamiento a favor de la independencia, de
la unión de los mexicanos y los españoles
y del respeto a la iglesia Católica Romana.
El sistema de gobierno sería una monarquía
constitucional en la que el emperador sería
elegido entre los miembros de una familia real
europea, preferiblemente la española. Por
otro lado un congreso elaboraría la constitución
nacional. Así, con la primera de las llamadas
"tres garantías", Iturbide ganó
el apoyo de los viejos guerrilleros que luchaban
por la independencia, sobre todo el del general
Guerrero, que por entonces operaba no muy lejos
de igual. La segunda garantía ofreció
seguridad a los españoles nacidos en la
península pero que residían en México,
y con la tercera buscó atraerse al sector
eclesiástico prometiéndoles conservar
los privilegios que en España desde hacía
poco estaban amenazados por el régimen
liberal revolucionario. El ejército tomaría
a su cargo la defensa de las tres garantías.
El llamamiento de Iturbide resultó un éxito.
El 30 de julio desembarcó en Veracruz el
recién designado capitán general
O`Donojú, al que se le había encargado
asegurarse que la colonia continuara dentro del
imperio español; pero al tomar contacto
con la realidad, la independencia mexicana se
le presentó como un hecho consumado y,
decidió entrevistarse con Iturbide. Se
encontraron el 24 de agosto en Córdoba
y firmaron un tratado que reconocía al
"imperio mexicano" como una nación
soberana e independiente.
La aceptación de la independencia por parte
de O`Donojú facilitó la transferencia
del poder en la capital. Iturbide entró
en la ciudad de México el 27 de septiembre,
a la mañana siguiente escogió a
los treinta y ocho miembros de la junta gubernativa.
Esta junta declaró la independencia de
México en un acto formal. Presidida por
Iturbide, la junta se componía de bien
conocidos eclesiásticos, abogados, jueces,
miembros de la nobleza mexicana y unos pocos oficiales.
Desde el principio la actitud española
hacia la independencia mexicana fue hostil. Aunque
la mayor parte del ejército español
estacionado en México juró lealtad
a al nueva nación, un grupo de realistas
intransigentes se retiraron a San Juan de Ulúa,
una fortaleza en una isla frente al puerto de
Veracruz, y esperó refuerzos con los que
poder reconquistar el país. El gobierno
de Madrid no desaprobó su conducta, ya
que el 13 de febrero las cortes españolas
rechazaron el tratado de Córdoba. La noticia
del rechazo de la independencia de México
por parte de la madre patria llegó a la
ciudad de México varios meses más
tarde. La independencia en 1821 no produjo cambios
revolucionarios inmediatos en al estructura social
y económica del país. El primer
y principal efecto fue que el poder político
antes ejercido por la burocracia real fue transferido
al ejército.
El congreso se reunió en la capital el
24 de febrero de 1822 para tratar la cuestión
de la recesión económica y del déficit
presupuestario. Ante la desagradable sorpresa
de Iturbide, la mayoría de los diputados
eran "borbonistas", es decir, monárquicos
pro españoles, o republicanos. Desde el
primer día estuvieron en desacuerdo con
él acerca de diferentes cuestiones, y la
noticia de que los españoles no habían
aceptado el acuerdo de Córdoba llegó
mientras las relaciones entre Iturbide y los diputados
se deterioraban rápidamente. El resentimiento
y la desilusión consiguientes dieron paso
a preguntarse por qué México no
podía elegir a su propio monarca. En la
noche del 18 de mayo de 1822, la guarnición
local proclamó emperador a Iturbide con
el nombre de Agustín I que fue coronado
por el presidente del congreso el 21 de julio
en la catedral de la capital.
La nobleza mexicana anhelaba un príncipe
europeo y miraba con desagrado a Iturbide, el
hijo de un comerciante. Por esto no es de extrañar
que la caída de Iturbide haya sido más
rápida que su ascenso.
Los ambiciosos oficiales del ejército tampoco
estaban satisfechos: mientras que podían
tolerar un príncipe extranjero, les resultaba
en cambio difícil aceptar a uno de su propia
clase como emperador; si no se podía conseguir
traer a un príncipe extranjero, entonces
la solución estaba en la república,
que por lo menos era un sistema con el cual podían
llegar a ser presidentes.
El puerto de Veracruz era especialmente importante
para la seguridad de Iturbide. Estaba situado
justo en frente de la fortaleza de San Juan de
Ulúa, que permanecía en manos de
los españoles. Desconfiando del ambicioso
y joven comandante militar de Veracruz, Antonio
López de Santa Anna, Iturbide lo envió
a Jalapa a cien kilómetros de del puerto,
donde le destituyó de su cargo; pero Santa
Anna no tenía la más mínima
intención de obedecer al emperador y a
la mañana siguiente y antes de que la noticia
de su destitución llegara a Veracruz, el
2 de diciembre de 1822, acusó públicamente
a Iturbide de tirano. Proclamó la república
y apeló por la reinstauración del
Congreso y la formulación de una constitución
basada en la religión la independencia
y la unión.
La palabra república también sonaba
demasiado revolucionaria, así pues, Santa
Anna revisó su posición y cuatro
días más tarde publicó un
manifiesto más moderado y detallado. Sin
hacer mención a una república, el
manifiesto apelaba por la destitución del
emperador. "la verdadera libertad de la patria
para los republicanos significaba la república
y para los borbonistas y los españoles
una monarquía constitucional. De este modo
se urgía a los dos bandos a que se unieran
para luchar contra Iturbide.
El 8 de abril el Congreso anuló el manifiesto
de Igual, así como también el tratado
de Córdoba, y decretó que México
desde entonces era libre de adoptar el sistema
constitucional que quisiera. La república
era un hecho real.
Así pues Santa Anna desató un movimiento
que produjo la caída del imperio de Iturbide
y que terminó por implantar la república.
Aunque el nuevo sistema político fue concebido
por los intelectuales, fue el ejército
el que lo hizo posible y a al vez quien se convirtió
en su dueño.
Como ahora la república se consideraba
lo apropiado y los principios monárquicos
se consideraban casi una traición, se adoptaron
nuevas etiquetas. Los antiguos sostenedores de
un imperio mexicano dirigido por un príncipe
europeo se convirtieron en republicanos centralistas
que abogaban por un régimen fuerte y centralizados,
una reminiscencia del virreinato. La mayoría
de los republicanos que se opusieron a Iturbide
se convirtieron en federalistas y abogaban por
una federación de estados según
el modelo de los Estados Unidos. La vieja destructiva
batalla entre realistas e independentistas, que
en 1821 se habían convertido respectivamente
en borbonistas republicanos y que se aliaron temporalmente
par derrocar a Iturbide, reapareció en
1823 con lemas diferentes. Tras la abdicación
de Iturbide el poder pasó, por un corto
tiempo, a manos de los borbonistas, pero después
una serie inesperada de sucesos ayudaron a la
causa republicana. Culpando a los borbonistas
de haber derrocado a Iturbide, los antiguos seguidores
del emperador se unieron ahora a los republicanos
y las elecciones para el nuevo congreso constitucional
dio la mayoría a los federalistas.
El congreso constitucional se reunió en
noviembre de 1823, y casi un año más
tarde adoptó una constitución federal
que se parecía mucho a la de los Estados
Unidos. La constitución mexicana de 1824
dividió al país en 19 estados, que
debían elegir sus gobernadores y sus legislaturas,
y en cuatro territorios que estarían bajo
la jurisdicción del congreso nacional.
Se estableció la división de poderes
(ejecutivo, legislativo y judicial), pero la constitución
mexicana se diferenció del modelo del norte
en un punto importante, ya que solemnemente declaró
que "la religión de la nación
mexicana es y será siempre la Católica,
Apostólica y Romana. La nación la
protege con leyes y justas y prohíbe ejercicio
de cualquier otra". De las tres garantías
del manifiesto de Iguala sólo se mantenían
dos: la independencia y la religión. La
tercera, la unión con los españoles
(que implicaba la existencia de una monarquía
con un príncipe europeo) había sido
sustituida por la república federal.
La constitución de 1824 no mencionaba la
igualdad ante la ley; esta omisión pretendía
salvaguardar la permanencia de los fueros o inmunidades
legales y exenciones que los religiosos y los
militares disfrutaban ante la ley civil.
México también adopto la práctica
estadounidense de elegir a un presidente y a un
vicepresidente. Los dos jefes del ejecutivo podían
pertenecer a partidos políticos diferentes
u opuestos. El primer presidente fue un federalista
liberal, el general Guadalupe Victoria y el vicepresidente
un conservador centralista, el general Nicolás
Bravo, un rico propietario. Aún no había
partidos políticos, pero los dos grupos
recurrían a las sociedades masónicas
como medio de organizar sus actividades y propaganda.
Las logias fueron la base sobre la que un cuarto
de siglo después se erigirían los
partidos conservador y liberal.
España era el único país
importante que no había reconocido la independencia
mexicana y a raíz de esto el nacionalismo
mexicano se convirtió en un arma conveniente
y eficaz que los federalistas usaron para atacar
a los centralistas de quienes de forma muy extendida
se pensaba que estaban a favor de España.
Bravo, el líder centralista y vicepresidente,
finalmente recurrió a la insurrección
en contra del gobierno; pronto fue derrotado por
el general Guerrero, un antiguo compañero
de armas y se le envió al exilio.
La principal consecuencia política fue
la próxima elección presidencial
programada para 1828. La revuelta de Bravo había
echado a perder las oportunidades de los centralistas
que ni siquiera pudieron presentar un candidato.
Entonces los federalistas se dividieron en moderados
y radicales. Los centralistas o conservadores
siguieron al candidato moderado, el general Manuel
Gómez Pedraza, y su oponente era el general
Guerreo. Pedraza fue elegido presidente, pero
Guerrero se negó a aceptar el resultado
y Zavala, en su nombre, organizó una revolución
que triunfó en la capital en diciembre
de 1828. Guerrero fue debidamente "elegido"
en enero de 1829 y recibió el cargo de
manos de Victoria el 1 de abril. A los cuatro
años ya se había roto el orden constitucional.
Guerrero, un héroe popular de la guerra
contra España, era un símbolo de
la resistencia mexicana a todo lo español.
Pronto se decretó la expulsión de
los españoles que aún vivían
en la república y se empezó a preparar
la resistencia a una invasión española
que se esperaba hacía tiempo. Zavala, ministro
de Hacienda de Guerrero, encontró el tesoro
casi vacío, y busco la manera de aumentar
los ingresos. Obtuvo algunos fondos al vender
los bienes de la iglesia y decretó un impuesto
progresivo. Sus acciones en contra de la propiedad
eclesiástica le hicieron impopular ante
la iglesia, y sus intentos de reforma social,
con los que buscaba el apoyo de las clases sociales
más bajas, le reportaron el odio de todos
los sectores de propietarios.
A finales de julio de 1829 tuvo lugar la tan largamente
esperada invasión de tropas españolas
y sirvió para calmar el conflicto político
entre los partidos, puesto que la nación
se congregó a la llamada de la unión.
El general Santa Anna corrió desde su cuartel
general de Veracruz a Tampico, donde habían
desembarcada los invasores, y rápidamente
los aplastó. En un instante se convirtió
en un héroe de guerra y el país
disfrutó de la alegría de la victoria.
Pero la euforia fue breve y, al haber desaparecido
la amenaza exterior, el grupo católico
y conservador renovó su campaña
contra la administración de Guerrero. Aún
no se atrevían a tocar al presidente, que
aún era un héroe de la independencia
y ahora había salvado a la nación
de la agresión española. Los objetivos
fueron, en cambio, el protestante Poinsett y el
demócrata Zavala. Los ataques en contra
suyo fueron tan fuertes que Zavala fue obligado
a renunciar el 2 de noviembre y Poinsett, una
víctima fácil y propicia, abandonó
México poco después.
Privado del apoyo de Zavala y de Poinsett, al
poco tiempo Guerrero perdió el cargo, cuando
el vicepresidente Bustamante se levantó
con la ayuda del general Bravo. Bustamante, actuando
como presidente, fue abiertamente conservador.
Algunas medidas no gustaron a Guerrero, y por
ello se levantó de nuevo en el sur a la
cabeza de un grupo de guerrilleros. El general
Bravo permaneció leal a Bustamante y fue
designado para dirigir el ejército en contra
de Guerrero, que fue capturado en enero de 1831
y ejecutado a las pocas semanas por orden del
gobierno central.
El cruel trato que se dio a Guerrero tiene una
explicación. La razón está
en que era un mestizo y que la oposición
a su presidencia provenía de los grandes
propietarios, los generales, los clérigos
y los españoles residentes en México.
A pesar de su pasado revolucionario, el rico criollo
Bravo pertenecía a este "club de caballeros",
al igual que el culto criollo Zavala a pesar de
su radicalismo. Por esto la ejecución de
Guerrero fue una advertencia para que los hombres
considerados tanto social como étnicamente
inferiores no soñaran con ser presidentes.
Bustamante no era lo suficientemente fuerte como
par imponer una república permanente centralizada
y pronto surgieron los grupos políticos
rivales. José María Luis Mora, un
pobre profesor de teología, justificó
el desmantelamiento de la propiedad eclesiástica
y así puso las bases teóricas de
la ideología y el movimiento liberal y
anticlerical. La esencia del liberalismo radicaba
precisamente en la destrucción de la propiedad
de la iglesia y, a la vez, en el fortalecimiento
de la propiedad privada.
Mora era más un teórico que un hombre
de acción, y le tocó a Gómez
Farías organizar la oposición contra
Bustamante. Como la milicia de voluntarios de
Zacatecas era tan sólo una fuerza local,
necesitaba disponer de un aliado en el ejército
profesional. El general Santa Anna se había
rebelado contra Bustamante en enero de 1832; su
ideología era poco clara, pero ante la
gente estaba estrechamente relacionado con Guerrero,
a quien había apoyado decididamente. Por
ello ahora se le presentaba la oportunidad de
beneficiarse de la ejecución de Guerrero,
que había sido una medida muy impopular.
Además, como que él aún era
un héroe nacional (tras alcanzar la gloria
por haber aplastado la invasión española
de 1829), podía intentar ocupar el lugar
de Guerrero como figura popular favorita y a finales
de 1832 Bustamante tuvo que aceptar la derrota.
En marzo de 1833 Santa Anna fue elegido presidente
y Gómez Farías vicepresidente, empezando
formalmente su mandato el 1 de abril. Gómez
Farías estaba ansioso de emprender reformas
liberales y Santa Anna prefirió dejar,
por el momento el ejercicio del poder a su vicepresidente,
mientras él continuaba en su estado de
Veracruz esperando la reacción de la opinión
pública.
Gómez Farías, su gabinete y el Congreso
liberal intentaron reducir el tamaño del
ejército, y no pasó mucho tiempo
antes de que los jóvenes oficiales militares
imploraran a Santa Anna que interviniera. Al final,
cuando varios oficiales y sus tropas se rebelaron
en mayor de 1834 y cuando la rebelión se
expandió, decidió abandonar su hacienda
y asumir la autoridad presidencial en la capital.
Las consecuencias de esta decisión pronto
se hicieron patentes. Las reformas se dejaron
de lado y en enero de 1835Gómez Farías
fue expulsado de su cargo de vicepresidente. Dos
meses más tarde, un nuevo congreso aprobó
una moción para modificar la constitución
de 1824 a fin de implantar una república
centralista. Santa Anna, sabiendo que Zacatecas
era el bastión del federalismo, invadió
el estado, derrotó a su milicia y depuso
al gobernador García. El 23 de octubre
de 1835 el congreso elaboró una constitución
centralista provisional según la cual los
estados serían sustituidos por departamentos
y sus gobernadores serían designados desde
entonces por el presidente de la república.
Poco después de la derrota de Zacatecas,
en el norte se produjeron una complicaciones imprevistas,
tanto para México como para Santa Anna.
La provincia de Texas se negó a aceptar
el centralismo y finalmente se levantó
en armas; Santa Anna decidió dirigir en
persona lo que él consideraba una simple
expedición punitiva, pero fue derrotado
y hecho prisionero. Entonces los tejanos ya habían
declarado su independencia. Santa Anna siendo
prisionero de los tejanos, firmó un tratado
que garantizaba la independencia de Texas y reconocía
a Río Grande como frontera entre ambos
países. Después se le dejó
en libertad y en febrero de 1837 volvió
a México, pero cayó en desgracia
ya que entretanto el gobierno mexicano no había
aceptado el tratado y se negó a renunciar
a sus derechos sobre la antigua provincia.
En cierta manera, México logó contrarrestar
su derrota en el norte con un triunfo en el frente
diplomático europeo, ya que España
y la Santa Sede finalmente reconocieron la independencia
de la nación a finales de 1836. Con la
esperanza de dar al país la estabilidad
que tanto necesitaba se alargó el mandato
presidencial de cuatro a ocho años. Bustamante
había vuelto a ocupar su cargo como nuevo
presidente y mostraba una fuerte inclinación
creciente hacia los federalistas que pretendían
que se reimplantara la constitución de
1824.
Santa Anna también estaba descontento con
la constitución de 1836, que había
introducido un curioso "poder conservador
supremo" para limitar el poder del presidente.
Yucatán declaró su independencia
y Bustamante no fue capaz de volverlo a hacer
entrar en al república. El incremento de
los impuestos, los aranceles y los precios, sólo
sirvió para que el descontento se extendiera
aún más. El país estaba a
punto de iniciar una nueva revolución.
Así pues, en agosto de 1841 acaeció
la destitución de Bustamante y Santa Anna
(una vez más apareciendo en escena) actuó
como intermediario convirtiéndose en presidente
provisional en octubre de 1841. Las elecciones
al nuevo congreso fueron lo suficientemente libres
como para dar una mayoría de diputados
federalistas o liberales. En 1842 trabajaron sobre
una nueva constitución a la sombra de la
presidencia de Santa Anna e hicieron dos borradores;
en el segundo se incluía la declaración
de los derechos humanos o garantías; en
concreto, se especificaba que la ley sería
la misma para todos y que no habría tribunales
especiales. En otras palabras, ello quería
decir que se aboliría la inmunidad ante
la ley civil y que se terminaría con los
monopolios gubernamentales. Además la educación
sería gratuita.
En diciembre de 1842 el ejército disolvió
el congreso cuando estaba discutiendo las reformas
constitucionales y, en ausencia de Santa Anna,
el presidente Bravo nombró un comité
de propietarios, eclesiásticos, oficiales
del ejército y abogados conservadores que
unos meses después elaboró una constitución
aceptable para Santa Anna. En el documento, centralista
y conservador, no se hacía referencia a
los derechos humanos, sobre todo a la igualdad.
Los poderes presidenciales se vieron acrecentados
por la omisión del "poder conservador
supremo" introducido en la constitución
de 1836. Pero el poder del presidente no podía
se absoluto porque, si bien los autores de la
nueva constitución querían un jefe
de Estado fuerte, en cambio, no querían
un déspota.
Continuando con el proceso, las extorsiones fiscales
de Santa Anna se volvieron insoportables y fue
otra vez destituido a finales de 1844. El congreso
eligió al general José Joaquín
Herrera (respetado moderado) como presidente.
Texas fue anexada por Estados Unidos y aprobada
por el congreso de ese mismo país en febrero
de 1845 y al ver Herrera que el estado económico
financiero del país no le permitía
oponer resistencia y que no llegaría ayuda
de Europa, intento llegar a un acuerdo.
En diciembre de 1845, el general Paredes se rebeló
con el pretexto de que "el territorio de
la república se iba a disgregar".
Herrera dimitió y Paredes se convirtió
en presidente a principio de 1846.
Las hostilidades estallaron en abril de 1846 y,
en dos o tres meses, el ejército estadounidense
derrotó a las fuerzas mexicanas y ocupó
parte del norte de México. La inhabilidad
de Paredes para defender al país y sus
simpatías monárquicas desplazaron
la opinión pública al otro extremo;
se pensó que quizás el viejo federalista
Gómez Farías y el otrora héroe
nacional Santa Anna, conocidos los dos por su
odio a los Estados Unidos, podrían ser
más eficaces. Santa Anna en su exilio cubano
con su verborrea acostumbrada sugirió que
podrían trabajar conjuntamente. Posiblemente
pensando que el ejército necesitaba a Santa
Anna y que lo podría controlar, Gómez
Farías aceptó.
Gómez Farías se dirigió hacia
México y a principios de agosto, ocupó
la capital y se restaruó la constitución
de 1824. El gobierno de los Estados Unidos entonces
permitió que Santa Anna cruzara el bloqueo
y desembarcara en Veracruz. Su relación
quedó formalizada en diciembre cuando el
Congreso nombró a Santa Anna presidente
y a Gómez Farías vicepresidente.
Santa Anna pronto se marchó para dirigir
al ejército y Gómez Farías,
a fin de poder cubrir las urgentes necesidades
del ejército, nacionalizó propiedades
de la iglesia hasta un valor de 15 millones de
pesos. La iglesia protestó y Santa Anna
al regresar el 21 de marzo, una semana más
tarde, repudió los dos decretos confiscatorios.
Como Farías se resistió a ser destituido,
el 1 de abril se abolió la vicepresidencia.
La segunda sociedad de los dos dirigentes políticos
del período se terminó para siempre.
El 9 de marzo, mientras la capital del país
se sumergía en la guerra civil, el ejército
estadounidense bajo la dirección del general
Scout, desembarcó cerca de Veracruz, y
el puerto se rindió el 29 de marzo. Santa
Anna dimitió como presidente (pero no como
comandante en jefe) y salió del país.
La derrota generalmente se atribuyó a la
incompetencia y traición de Santa Anna.
Se constituyó el nuevo gobierno, se negoció
el tratado de paz y finalmente se firmó
el 2 de febrero de 1848. México perdió
lo que en realidad ya había perdido: Texas,
Nuevo México y California. Los negociadores
mexicanos consiguieron obtener la devolución
de territorios que los Estados Unidos creían
que habían ocupado sólidamente,
como por ejemplo la Baja California. Incluso así,
las provincias perdidas constituían cerca
de la mitad del territorio mexicano, aunque sólo
contaban con un 1 o un 2 % de la población
total y por entonces sólo se conocían
unos pocos de sus recursos naturales. Por lo tanto,
su pérdida no destrozó la economía
mexicana y a cambio recibió una indemnización
de 15 millones de dólares.
La condición de los indios mexicanos en
1847 no había cambiado nada. Algunos vivían
en las haciendas de las zonas rurales (que eran
grandes empresas, establecimientos o propiedades
agrícolas) y otros en las tierras comunales,
formando verdaderas comunidades. Los peones generalmente
obtenían dinero de su cuenta para comprar
en el almacén de la hacienda. Incluso si
no debían anda, los peones no eran completamente
libres de abandonar su empleo cuando quisieran.
Las leyes sobre la vagancia, heredadas también
del período colonial, hacían difícil
a los peones sin tierra dar vueltas por el país
buscando otro trabajo. Los indios que vivían
en los pueblos estaban mejor porque podían
trabajar como temporeros en las haciendas vecinas.
Hubo otros grupos de población rural que
se han de diferenciar de los peones y los campesinos
residentes en pueblos. Había ocupantes
de tierras, rentistas, arrendatarios y aparceros
que vivían en los límites de la
hacienda generalmente en pequeñas parcelas.
Como sólo en raras ocasiones podían
pagar una renta en metálico, a menudo eran
forzados a pagar con su propio trabajo o el de
su hijo, y si se resistía se le confiscaba
sus animales, o quizás unas cuantas cabezas
de ganado. También podían, por descontado,
se expulsados, pero probablemente era raro que
sucediera porque al propietario le convenía
que estuvieran allí como peones potenciales.
Obviamente, el hacendado era el señor de
su territorio. Las diferencias sociales y étnicas
parece que eran aceptadas por todos y los peones,
los campesinos y los arrendatarios no parece que
se resintieran de su estado inferior. Se limitaban
a protestar por los abusos de los poderosos, de
quienes era difícil, sino imposible, obtener
una reparación a través de los canales
normales.
Yucatán abrazó al federalismo y
en 1839 se rebeló en contra de México
con la ayuda de los soldados mayas, convirtiéndose
en un Estado independiente.
A cambio de servir como soldados, los blancos
habían prometido a los indios abolir o
al menos reducir, los impuestos, pero obviamente
no se cumplió la promesa y los mayas se
rebelaron en el verano de 1847 con el deseo de
exterminar o al menos expulsar a la población
blanca. La revuelta pronto se convirtió
en una guerra a gran escala, conocida desde entonces
como guerra de las Castas. En la cruel guerra
que siguió, los indios casi consiguieron
echar a sus enemigos al mar. Después de
varios años de lucha en el Yucatán,
en la que los terratenientes locales habían
buscado el apoyo de sus peones y también
pagaron a mercenarios estadounidenses, la insurrección
de los mayas gradualmente se fue apaciguando.
Los criollos yucatecos salvaron su piel y sus
propiedades, pero perdieron para siempre toda
esperanza de independizarse de México.
Por otro lado, la población del Yucatán
había quedado reducida a casi la mitad.
Los últimos meses de 1850 presenciaron
la celebración de nuevas elecciones presidenciales
en México. Un liberal moderado de nombre
Arista fue elegido presidente. Esta fue la primera
ocasión desde la independencia en que un
presidente no sólo pudo terminar su mandato,
sino también entregar el cargo a un sucesor
elegido legalmente. Sin embargo, el proceso constitucional
pronto iba a romperse de nuevo.
La marea avanzaba en contra de los liberales moderados
que, según el sentir popular, habían
traicionado a la nación al haber firmado
el tratado de paz y por "vender" la
mitad de su territorio; eran los responsables
del desastre existente.
En julio de 1852, en Guadalajara, de nuevo una
revuelta militar se extendió por los otros
estados. Arista dimitió y los militares,
creyéndose incapaces para mandar, acordaron
llamar al antiguo dictador que entonces vivía
en Colombia. El 17 de marzo de 1853, el congreso
eligió debidamente a Santa Anna como presidente,
y el gobierno le pidió que regresara. Santa
Anna tomó posesión de la presidencia
el 20 de abril de 1853. En esta ocasión
contaba con un apoyo más amplio que en
1846, cuando sólo los liberales radicales
organizados en grupos políticos le habían
pedido que volviera. Ahora tanto los conservadores
como los liberales se inclinaban por su liderazgo.
Lo primero que hizo fue suspender la constitución
y por lo tanto gobernó sin una constitución.
El régimen de Santa Anna se fue volviendo
cada vez más reaccionario y autocrático.
Amaba la fastuosidad y la pompa del cargo, pero
despreciaba el trabajo administrativo cotidiano.
Durante sus diversos anteriores períodos
como jefe de Estado, resolvió esta cuestión
dejando la tarea presidencial en manos del vicepresidente
civil, reservando los asuntos del ejército
y la gloria para sí mismo. En 1853, con
el país dividido en dos partidos hostiles
y una vez más al borde de la desintegración,
se encontró con que debía cargar
con todo el peso de la presidencia. Sin embargo,
lo embelleció con tal variedad títulos
y prerrogativas que se convirtió de hecho
en un monarca a excepción del nombre.
De acuerdo con su posición reaccionaria,
también favoreció mucho a la iglesia;
permitió el regreso de los jesuitas y abolió
la ley de 1833 que había anulado el reconocimiento
civil de los votos monásticos. Limitó
la libertad de prensa y envió a varios
liberales a prisión y al exilio. Pero fue
demasiado lejos. En febrero de 1854, varios oficiales
del ejército del sur conducidos por el
coronel Villarreal se sublevaron. Luego este coronel
fue sustituido por el coronel retirado Comonfort,
que era muy amigo del general Juan Álvarez,
cacique del siempre revoltoso sur. El poder de
Álvarez, que era un hacendado, se basaba
en el apoyo de los indios cuyas tierras protegía.
La revuelta se extendió irresistiblemente
y en agosto de 1855 Santa Anna abandonó
la presidencia y se embarco hacia el exilio (de
donde no regreso hasta 1874 para terminar sus
días en su patria, cosa que ocurrió
2 años después).
Como la ciudad estaba en manos de los soldados
indios de Álvarez, no debe sorprender que
fuera elegido presidente por los representantes
que él había elegido de entre los
líderes de la insurrección. Álvarez
nombró a Benito Juárez para el ministerio
de justicia.
En noviembre de 1855, Juárez promulgó
una ley que restringió la jurisdicción
de los tribunales eclesiásticos a las cuestiones
religiosas. También propuso arrancar algunos
privilegios a los militares. Pensando quizá
que ya había hecho demasiados cambios irreversibles,
o impulsado quizá por la tormenta de protestas
que levantó la llamada "ley de Juárez",
Álvarez nombró a Comonfort como
presidente sustito a principios de diciembre y
dimitió unos días después.
Aunque su presidencia fue corta (sólo dos
meses), fue decisiva para el fututo del país.
Comonfort nombró un gabinete de liberales
moderado. Un grupo armado pidió la destitución
de Comonfort y la reimplantación de la
constitución conservadora de 1843. En enero
de 1856, tomaron la ciudad de Puebla y allí
establecieron un gobierno. Comonfort a finales
de marzo logró la rendición de Puebla.
El obispo de esta ciudad intentó desvincularse
de los rebeldes, pero Comonfort culpó a
la iglesia de los hechos y decretó el embargo
de las propiedades. Ante este hecho el ministro
de Hacienda Lerdo de Tejada, en 1856, tuvo la
oportunidad de llevar a cabo un programa de anticlericalismo
radical. La principal característica de
la llamada "ley Lerdo" fue que la iglesia
debía vender todas sus propiedades urbanas
y rurales a quienes las tenían arrendadas
y establecidas a un precio que las hiciera atractivas
a los compradores. Si éstos no las querían
comprar, el gobierno las vendería en subasta
pública. Las órdenes regulares fueron
las instituciones religiosas más afectadas
por la ley. Los monasterios poseían grandes
propiedades en el campo y también casas
en las ciudades, y los conventos eran propietarios
de las mejores fincas urbanas. Como consecuencia
las autoridades eclesiásticas protestaron
y se negaron a cumplir la ley. La ley Lerdo entró
en efecto inmediatamente; muchos arrendatarios
devotos se abstuvieron de reclamar la propiedad,
que entonces era comprada por los ricos especuladores.
Los arrendatarios leales a la iglesia no aceptaban
a los nuevos propietarios y continuaban pagando
sus rentas a sus antiguos propietarios.
Mientras Lerdo se estaba ocupando de los bienes
de la iglesia, su colega José María
Iglesias, el nuevo ministro de justicia, estaba
trabajando en una ley para limitar los aranceles
parroquiales. La "ley iglesias", estableció
como válidos los aranceles que se pagaban
en el período colonial, los cuales eran
muy bajos. Prohibió que se cobraran a los
pobres, que como la mayoría de los parroquianos
eran pobres, ello significaba el final de los
ricos curatos. La ley establecía severas
multas a aquellos párrocos que cobraban
los servicios prestados a los pobres o que se
negaban a bautizarlos, casarles o enterrarles
sin pagar nada. La iglesia también condenó
esta ley como ilegal e inmoral, y se negó
a cumplirla.
Mientras tanto, en el congreso, unos 150 diputados,
la mayoría liberales procedentes de los
grupos profesionales (abogados, funcionarios del
gobierno o periodistas), debatía la nueva
constitución.
La nueva constitución, aprobada el 5 de
febrero de 1857 tras un año de discusiones,
conservó la estructura federal pero, significativamente,
mientras que el título oficial del documento
de 1824 había sido el de Constitución
Federal de los Estados Mexicanos, ahora se llamaba
Constitución Política de la república
Mexicana.
Ahora que el federalismo había perdido
su significado, la iglesia se convirtió
en el principal problema entre los liberales y
los conservadores. Los liberales deseaban introducir
la libertad de cultos, o en otras palabras, la
tolerancia religiosa. La propuesta resultó
ser demasiado avanzada. La población mexicana
estaba básicamente constituida por campesinos
fieles a su iglesia. La propuesta fue retirada
pero, a la vez, se omitió la tradicional
afirmación de que México era una
nación católica romana, dejando
así un curioso agujero en al constitución.
Sin embargo, los delegados incluyeron en la constitución
todas las otras medidas anticlericales, especialmente
los conceptos básicos de la ley Juárez
(1855) y de la ley Lerdo (1856).
Finalmente, la nueva constitución reconocía
la plena libertad a todos los ciudadanos. Por
primera vez desde la constitución de Apatzingán
en 1814, todos los mexicanos, por pobres que fueran
(si bien excluyendo a los vagabundo y a los criminales),
disfrutaban del derecho de votar y de ser elegidos;
también se declararon los derechos humanos,
incluso el principio de la inviolabilidad de la
propiedad privada.
Muchos liberales consideraron la constitución
de 1857 como la realización de los sueños
de toda su vida.
Parecía obvio que para llegar a un compromiso
con la iglesia y los conservadores habría
que anular los artículos más extremos
de la constitución. Comonfort había
sido elegido presidente y consideraba esta vía
la única posible para evitar la guerra
civil. Pero no se llegó a ningún
acuerdo. En la guerra civil que siguió,
los conservadores tomaron la iniciativa. Unidades
reaccionarias del ejército de la capital,
conducidas por el general Félix Zuloaga,
se rebelaron en diciembre de 1857. Zuloaga destituyó
a Comonfort y asumió la presidencia él
mismo.
Juárez se dirigió a Guanajuato y,
alegando que el orden constitucional había
sido destruido, se proclamó presidente
de la república.
Así, con un presidente conservador en la
ciudad de México y un presidente liberal
en Guanajuato, empezó la guerra de los
tres años. El país pronto se dividió
en dos zonas de igual fuerza. Desde el principio,
ambos contendientes tuvieron que buscar fuentes
para financiar la guerra y no se veía ninguna
salida. El país estaba dividido en dos
campos irreconciliables.
Había llegado el momento de que los liberales
expusieran sus deseos a la nación. Así,
el gobierno constitucional de Veracruz publicó
un manifiesto el 7 de julio de 1859. El documento,
firmado por el presidente Juárez, Ocampo
y Lerdo, dos de los miembros más prominentes
del gabinete, culpaba de la guerra a la iglesia
y anunciaba una serie de reformas: la confiscación
de los bienes eclesiásticos, tanto de las
propiedades inmobiliarias como de los capitales;
el pago voluntario de las tasas parroquiales;
la separación completa entre iglesia y
Estado; la supresión de los monasterios
y la abolición de los noviciados y conventos
de monjas. La medida se tomó para atraer
a la causa liberal tanto a los antiguos compradores
como a otros potenciales, sobre todo a los conservadores
que ocupaban la parte central de México
donde se concentraban las propiedades eclesiásticas
más importantes. Las reformas liberales
revolucionarias de julio de 1859 llevaron a las
pasiones políticas a su punto máximo.
A principios de diciembre de 1860, la victoria
era tan clara que el gobierno liberal de Veracruz
finalmente decretó la tolerancia religiosa
total. Ya no tenía ninguna importancia
lo que pudieran pensar los curas que adoctrinaban
a los indios. Los liberales habían ganado
la guerra.
El presidente Juárez llegó de Veracruz
tres semanas más tarde. Con las ciudades
en manos de los liberales, y los conservadores
desparramados, México era libre para disfrutar
de una campaña política y la competición
para la presidencia empezó.
En junio de 1861, el Congreso declaró a
Juárez presidente de México. Los
problemas que Juárez tenía que afrontar
le hacían tambalearse cada vez más.
Rehusó reconocer la responsabilidad de
los actos del gobierno conservador: él
simplemente no tenía dinero. Su gobierno
tuvo que suspender todos los pagos en julio. Los
acreedores europeos se sintieron engañados
y presionaron a sus gobiernos para obtener una
indemnización. El 31 de octubre de 1861,
Francia, Gran Bretaña y España firmaron
en Londres la convención tripartita para
intervenir militarmente en México. Sus
tropas desembarcaron en Veracruz poco después.
Sin embargo, pronto quedó claro que Napoleón
tenía otros intereses y previsiones para
México. Entonces Inglaterra y España
se retiraron, dejando la empresa en manos de los
franceses.
Estos acontecimientos ofrecieron a los monárquicos
mexicanos que vivían en Europa la oportunidad
que habían estado buscando. La ocupación
francesa de México permitiría realizar
el sueño de toda su vida de crear un imperio
mexicano bajo la protección europea (ahora,
Francia). Se encontró un candidato apropiado
para la corona en la persona del archiduque de
Austria Maximiliano.
La invasión dio lugar a sentimientos patrióticos
no sólo entre los liberales. La cuestión
no era liberalismo frente a conservadurismo, como
había sido en 1858-1860, sino la independencia
de México frente a la conquista de una
potencia extranjera. Los franceses pudieron tomar
la capital y desde allí extendieron su
dominio a otras partes del país. El gobierno
republicano de Juárez aún controlaba
el norte de México y las guerrillas republicanas
luchaban contra las fuerzas invasoras.
Maximiliano llegó tan lejos como a esbozar
una constitución liberal. La conquista
y el imperio casi triunfaron. En 1866 la situación
militar se volvió en contra del imperio
a consecuencia de la decisión de Napoleón
de retirar sus tropas. El ejército republicano
rodeó al tambaleante imperio que retenía
el control sobre el centro de México. Durante
la invasión francesa de 1862-1866, las
ejecuciones de prisioneros civiles y militares
habían sido un hecho corriente. ¿Por
qué se debía perdonar la vida a
Maximiliano? Su sangre azul no hacía el
caso diferente. Juárez pretendía
advertir al mundo que no se podía intentar
conquistar México, fuera con el objetivo
que fuera y así, Maximiliano fue fusilado
el 19 de junio de 1867. Después de haber
estado ausente durante más de cuatro años,
el presidente Juárez volvió a la
capital el 5 de julio de 1867.
Tras la marcha de los franceses, volvió
a estallar una guerra entre los conservadores
mexicanos y los liberales mexicanos.
Restaurada por Juárez, la república
liberal duró hasta 1876, cuando el general
Díaz, un hombre de la patriótica
guerra contra los franceses destituyó al
presidente civil Sebastián Lerdo, un hermano
menor de Miguel Lerdo y el sucesor de Juárez
una vez que éste había muerto. Recurriendo
a algunos componentes de la maquinaria política
de su predecesor, Díaz construyó
otra nueva con la que pudo retener el poder en
sus manos durante 35 años. Dio una estabilidad
considerable a México, haciendo posible
un desarrollo económico sin precedentes.
Sin embargo, controlaba totalmente los cargos
políticos, lo que para la mayoría
de los jóvenes de entonces constituía
la gran tiranía del régimen y fue
lo que finalmente provocó su caída
en 1911 en lo que fuel el primer episodio de la
revolución mexicana.
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