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Trabajo Práctico de América
por Gloria Rubesa
Desde el comienzo del estado Premial y en medio
del proceso "Choque cultural" y de "Gran
Debate", los españoles, en función
de su situación y condición en el
contexto, construyeron diferentes imágenes
acerca del Indígena.
En tal sentido, analizar y diferenciar la percepción
del otro indígena a través de la
mirada de:
1. Conquistadores (Cortés y Pizarro)
2. Cronistas de la conquista (Francisco de Jerez,
Gonzalo de Oviedo y Pedro Cieza de León)
3. Clero (Bartolomé de las Casas)
4. Intelectuales (Juan Givés de Sepúlveda)
5. Encomenderos
Elaborar una conclusión final
Dentro del proceso determinado por el "choque
cultural", es la construcción de la
imagen del "otro" lo que determinará
el tipo de relaciones que se conformarán
en la interacción de estos dos mundos tan
dispares. Y aún dentro del mundo Europeo,
la posición de España durante la
época del Humanismo será, para mí,
uno de los factores más influyentes en
esta elaboración de la imagen del indio
americano. La característica fundamental
del Humanismo español fue el predominio
de la filosofía aristotélica, tanto
entre los escolásticos como entre los humanistas.
La presencia de una importante comunidad judía,
impulsó el estudio de la lengua y la cultura
hebrea y, en consecuencia, del Antiguo Testamento.
La historia Española fue interpretada como
el resultado de un plan divino de salvación,
y, por consiguiente, el combate contra todo pueblo
que no profesara la fe católica (Paradinas
Fuentes). Como se verá más adelante,
este concepto va a ser uno de los pilares justificatorios
de la conquista y poblamiento del Nuevo Mundo.
Pero aún dentro de este concepto generalizador,
hay visiones particulares que ilustran la complejidad
de esta relación.
Los primeros en entrar en contacto con el "otro",
fueron los conquistadores. Es interesante observar
las diferentes miradas de los dos principales
arquetipos que llegaron a estas tierras, y que
lograron dominar a las dos civilizaciones más
importantes del suelo americano: Hernán
Cortés, en la zona de Nueva España
y Francisco Pizarro, en Perú.
Cortés es una persona instruída,
un diplomático nato, que, sabiéndose
en infracción al iniciar la conquista,
redacta sus "Relaciones" como una forma
de justificación de sus actos, pero a partir
de las cuales podemos analizar sus primeras impresiones
ante la civilización que encuentra. Lo
que llama la atención, en primer lugar,
es su permanente comparación de la arquitectura
azteca con la arquitectura morisca, una relación
continua con un "otro" ya conocido.
Describe las grandes ciudades, dominadas por altos
templos, los grandes palacios, la práctica
de la agricultura intensiva, los jardines y los
zoológicos, tanto de animales como de humanos.
Hay una referencia constante a las mezquitas como
punto de comparación con los templos, relaciona
Chlolula con Granada y Sevilla, y la ciudad de
Tenochtitlán, por sus canales, con la ciudad
de Venecia.
Pero frente a la admiración arquitectónica
y cultural, se recalca el horror por los sacrificios
humanos. (Brading, D. ;1991; pp.41). Y junto a
ese sentimiento, hay una desvaloración
del otro como ser humano, no se lo reconoce en
un mismo plano de igualdad (Todorov, T.; 2005).
Los considera vasallos naturales de Carlos V,
y como tales, intenta salvaguardar los indios
contra la explotación indebida por parte
de los encomenderos, al mismo tiempo que trata
de impedir los saqueos de poblaciones indias (Brading,
D. ;1991; pp.44/45). El interés que posee
es simplemente el de preservar al indígena
como mano de obra, ya que había observado
la experiencia en la isla La Hispaniola, donde
casi el total de la población nativa había
sido diezmada por las enfermedades y el mal trato.
En el caso de Francisco Pizarro, en cambio, nos
encontramos con un tipo de conquistador totalmente
diferente. Para él, la población
aborigen estaba conformada por enemigos a los
que habían que eliminar (Brading, D.; 1991;
pp.45). El único interés es la obtención
del botín que le permita regresar a la
madre patria con una fortuna suficiente para poder
ascender en la escala social. No existe ningún
tipo de interés por la cultura indígena,
ni un sentimiento de admiración. El asesinato
de Atahualpa es un claro ejemplo del tipo de relación
con el indio, y la total desvaloración
de su condición humana.
Para la gran mayoría de los conquistadores,
los indios eran simplemente un medio para recobrar
multiplicado el importe de gastos y deudas. Este
es uno de los argumentos que se esbozan para justificar
la implantación de la encomienda en los
territorios conquistados. La pregunta era "..¿cómo
han de querer ir los cristiano a reducillo (a
los indios) sin algún interés en
su trabajo?¿Con qué quiere V.M.
que compren el caballo que les matan, y las armas,
y el comer, el vestido y calzar, y otros gastos
muchos que se ofrecen? Y las heridas que les dan,
¿con qué las han de curar?.."
(Carrasco, P.; 1995; pp.344).
En el caso de los Cronistas de la Conquista, fueron
muchos los que asentaron sus impresiones, tanto
por haber participado en forma directa, como aquéllos
que escribieron en base a los relatos e historias
de otros.
Entre los cronistas de la Conquista del Perú,
se encuentra Francisco de Jerez. Escribiente de
Pizarro, se muestra orgulloso por la conquista
de un territorio tan vasto con tan pocos, alegando
que sólo podía haber sido efectuada
por españoles, ensalzando su valor (Brading,
D.; 1991; pp.46). En sus escritos, manifiesta
muy poca simpatía hacia la sociedad aborigen.
Realiza la defensa de la captura de Atahualpa
y la matanza de su séquito por Pizarro,
justificándola por el no acatamiento del
Inca de Carlos V como soberano, y su no aceptación
de la religión católica. Considera
además a Atahualpa como el "..mayor
carnicero y cruel que los hombres vieron"
(Brading, D.; 1991; pp.46) por haber mandado matar
a su medio hermano Huáscar.
Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés
(1478-1557) fue cronista desde los primeros viajes
de Colón hasta las guerras civiles del
Perú. Consideraba a las Indias como un
medio entregado por Dios a la corona española
para obtener riquezas con las que financiar la
guerra que liberaría Jerusalén de
mano de los infieles (Brading, D.; 1991;, pp.48-50)
. Sin embargo, no vacila en criticar la crueldad
de los españoles y su codicia, lo que impediría
"no convertir ni hacer a ningún indio
cristiano ni amigo" (Brading, D.; 1991; pp.53).
Estos conceptos no impiden que en su descripción
del indígena no denigre a los naturales
del Nuevo Mundo, considerándolos culpables
de canibalismo y sodomía. Tenía
la teoría, además, que el cráneo
del indio americano era cuatro veces más
grueso que el europeo, por lo que aconsejaba no
golpearlos en la cabeza. Con referencia a sus
características morales, consideraba que
"de su natural es ociosa e viciosa, e de
poco trabajo, e melancólicos e cobardes,
viles e mal inclinados e de poca memoria e de
ninguna constancia
tienen el entendimiento
bestial y mal inclinado" (Brading, D.; 1991;
pp.56). Es interesante aclarar que Oviedo era
propietario de esclavos, siendo poseedor de una
encomienda en el Darién, dedicada a la
búsqueda de oro.
A tres años de estar en las Indias, decía
no conocer un aborigen auténticamente cristiano,
considerando que la conversión era una
farsa, una impostura perpetrada por frailes mentirosos
a costillas de los naturales. En las últimas
secciones de su crónica insertó
comentarios más favorables sobre el carácter
y la calidad de los indios, ya que reconoció
que los naturales de Perú "es gente
limpia e de mejor razón e las mujeres honestas".
Este concepto no modifica una opinión francamente
hostil hacia los indios. Atribuye la destrucción
de la población aborigen al castigo de
Dios por sus pecados, considerando que los españoles
solo habían sido instrumentos de la cólera
divina.(Brading, D.; 1991; pp.56/7). Consideraba
además que la desaparición de los
indios iba a ser una gran ventaja, ya que gracias
a ello se iban a poder extirpar todas las formas
de idolatría. Es uno de los principales
detractores de las ideas de Fray Bartolomé
de las Casas, contra el cual redactó un
sarcástico relato del fracaso de Cumaná,
acusando a Las Cases de la responsabilidad de
la muerte de los colonos a manos de indios hostiles.
Consideraba que la prédica del Evangelio
debía estar precedida por la conquista
armada.(Brading, D.; 1991; pp.58)
Francisco López de Gómara era el
capellán de Cortés. Sus escritos
se basan en escritos de otros cronistas, no habiendo
pisado suelo americano, pero se maneja con los
mismos conceptos relativos a los indios que Oviedo,
del cual copia muchos de los argumentos. Considera
como demostración de la falta de civilidad
indígena el que "no tienen letras
ni monedas, ni bestias de cargo; cosas principalísimas
para la policía y vivienda del hombre"
"Son mentirosos, ladrones, crueles, somélicos,
ingratos, sin honra, sin vergüenza, sin caridad
ni virtud" (Brading, D.; 1991; pp.64). Basado
en relatos de fray Toribio de Benavente (Motolinía),
misonero franciscano y partidario de Cortés,
coloreó la sociedad india mostrándola
como una sociedad que adoraba al Demonio, sobre
todo por sus diarios sacrificios humanos y canibalismo
ritual. Ponderaba la ventaja de ser a partir de
ese momento súbditos libres de un rey cristiano,
gobernados por leyes justas, gracias a las cuales
tenían asegurada su propiedad y la remuneración
de su trabajo por un salario. Alegaba que se habían
liberado de la esclavitud civil y salvado del
peligro terrible de los sacrificios humanos.
La enseñanza de las letras los habían
convertido en verdaderos hombres, junto con el
uso de monedas de plata en lugar de las cuentas
de cacao (Brading, D.; 19941; pp. 64/66). También
establecía una diferencia entre los indios
del Perú, a los que consideraba célebres
por su recalcitrante indiferencia, y la devoción
de los naturales de la Nueva España. (Brading,
D.; 1991; pp. 66). Siempre manifestó su
desprecio por Moctezuma "hombre sin corazón
y de poco debía ser Moctezuma, pues se
dejó prender, y ya preso, nunca procuró
la libertad
"(Todorov, pp.63). Asimismo,
acorde con el humanismo español, proclamaba
que "quien no poblare, no hará buena
conquista, y no conquistando la tierra, no se
convertirá la gente: así que la
máxima del conquistador ha de ser poblar"
(Elliot, John; 1990; pp.125)
Bernal Díaz del Castillo; joven seguidor
de Cortés, participó junto con éste
en la conquista azteca. Durante los últimos
años de su vida, escribe la "Historia
Verdadera de la conquista de la Nueva España"
para refutar los escritos de Gómara, a
fin de dar a conocer los hechos tal como ocurrieron.
En su relato, se manifiesta un respeto por los
adversarios indios, sobre todo por su valor en
las batallas. Realiza un atractivo retrato de
Moctezuma y el valor y los servicios de Doña
Marina, gracias a los cuales se allanaron muchos
caminos para la conquista. Pondera además
la habilidad e inteligencia de los indios al adquirir
y aplicar las artes y artesanía europeas,
notando que muchos miembros de la nobleza ya habían
aprendido a leer y escribir. Es el único
en mencionar y dar su valor justo al apoyo dado
por los pueblos enemigos de los aztecas, indispensables
en vista de las pocas fuerzas de que contaban
los españoles. También recuerda
con nostalgia la grandeza de Tenochtitlan, luego
de su destrucción y remodelación
como centro del Virreynato de Nueva España
(Brading, D. ;1991; pp. 68-69)
Alonso de Ercilla fue un conquistador que llegara
a las tierras del Perú con la expedición
de Pizarro. La búsqueda de nuevas tierras
pero, sobre todo, de mano de obra indígena
para su explotación, lo lleva al sur del
Imperio Incaico, en los actuales territorios del
centro de Chile, estableciendo un contacto íntimo
en la zona de frontera con el pueblo araucano.
Es durante este período que escribe una
epopeya compuesta y publicada en tres partes.
En ella combina sus experiencias de combate y
las técnicas literarias del Renacimiento
italiano. Su estilo se encuentra influenciado
por la epopeya El Cid Campeador, introduciendo
alusiones frecuentes a héroes y escenas
clásicas. Sin embargo, el eje central de
la obra se desenvuelve alrededor de los relatos
de las guerras de Chile, sobre todo desde la óptica
del aborigen, celebrando a Lautaro y a Caupolicán,
jefes araucanos, como héroes de la misma.
En su poema, aclama a los araucanos como una nación
de valerosos guerreros bárbaros, amantes
de la libertad, con un "estado" gobernado
por una confederación de jefes de guerra
reunidos en un "senado" para preparar
la defensa de su "patria" contra la
dominación extranjera, ya sean incas o
españoles. Vivían para el combate,
relacionándolos con los héroes primitivos,
casi homéricos, adornándolos de
cualidades que recordaban las virtudes bárbaras
de los antiguos germanos. Alaba la castidad y
devoción a sus esposos por parte de las
hijas de los jefes. Y, sobre todo, reconoce la
justicia de la lucha de los indios para conservar
su libertad, deplorando el trato recibido por
los indígenas a manos de los españoles.
En su relato, los convierte en dueños de
las virtudes del republicanismo clásico,
como ser amor a su libertad y a s u patria (Brading,
D.; 1991; pp.72-74)
Pedro Cieza de León llega a América
a los trece años, viviendo en estas tierras
hasta los treinta. Moralmente es un criollo y
observador imparcial. Posee un gran respeto por
fray Bartolomé de las Casas, con el cual
comparte muchos de sus puntos de vista. En sus
escritos, alaba a los incas como un pueblo civilizador
sobre los otros pueblos del Imperio incaico, por
lo que realiza su defensa, sobre todo con el pecado
de sodomía (Dolger, L.N.; 1964; pp.475).
Recalca la importancia del uso de la lengua cuzqueña
en todo el territorio, lo que permite una mayor
comprensión entre sus habitantes. Pondera,
además, que "entre ellos hay muchos
de gran memoria, sutiles de ingenio, y de vivo
juicio, y tan abastados de razones" (ibid.pp.468).
También considera su sistema contable (quipos-camayos)
superiores a los de los mexicas, y su concepto
de solidaridad con el traslado de los mitimaes,
a fin de obtener todos los beneficios de las diferentes
clases de cultivos. Uno de sus lamentos es que,
siendo gentiles e idólatras, tuvieron buen
orden para saber gobernar y conservar las tierras,
" y nosotros, siendo cristianos, hayamos
destruido tantos reinos" (ibid.pp.474).
Sin embargo, trata a los indios como elementos
económicos, colocándolos por momentos
en un mismo plano de igualdad que sus descripciones
del paisaje. (ibid.pp.462). A pesar de esto, justifica
la victoria española sobre los nativos
como un castigo de Dios por sus pecados (sobre
todo antropofagia) aunque no "por nuestros
merecimientos, pues somos tan pecadores, sin por
querer a Dios castigarlos por nuestra mano"
(ibid.pp.479). En su análisis del factor
que facilitara la conquista, es el primero en
considerar como motivo de aceptación del
conquistador, al miedo a perder su lugar en los
valles fértiles, por lo que prefieren resignarse
al dominio español antes que morir en los
desiertos y las punas. Es por ello que considera
que el peruano se convierte en un ser temeroso
de su libertad: la costumbre de la obediencia
al Inca facilita la obediencia al gobernante que
lo reemplaza: el español. Esta teoría
del miedo a la libertad, fue desarrollada por
Eric Fromm en la época actual (Espinoza
Soriano, W.; 1973; pp.20). También, al
igual que Díaz del Castillo, da gran importancia
al apoyo de grupos descontentos a la dominación
incaica (ibid.pp.21), que permitieron un rápido
dominio del Imperio.
Juan Ginés de Sepúlveda era un humanista
y erudito en lengua griega, y tutor del príncipe
Felipe. Fue uno de los principales defensores
de la esencial compatibilidad de la moral cristiana
y del código guerrero. Siempre que la causa
fuera justa, la profesión de las armas
y la busca de la gloria militar eran honorables
y cristianas. Escribió alabanzas de los
grandes guerreros y reyes, sirviendo sus escritos
a la causa de la expansión imperial española.
Acérrimo defensor de la justicia de las
conquistas de España y su Imperio en el
Nuevo Mundo, basó sus escritos en Oviedo
y Cortés, reanimó el argumento de
John Mair y Palacios Rubios, demostrando que los
indios eran esclavos por naturaleza. Hablaba de
los indígenas en términos contrastantes
y particularmente ofensivos, afirmando que: "Estos
bárbaros del Nuevo Mundo
en prudencia,
ingenio, virtud y humanidad son tan inferiores
a los españoles como los niños a
los adultos y las mujeres á los varones,
habiendo entre ellos tanta diferencia como la
que va de gentes fieras y crueles á gentes
clementísimas, de los prodigiosamente intemperantes
á los continentes y templados, y estoy
por decir que de los monos á hombres"(Brading,
D.; 1981; pp.106). Los considera homunculi, homúnculos,
más cerca de las bestias que de los hombres
racionales, que sólo poseían "vestigios
de humanidad".
Aplicó normas humanistas para evaluar a
los indios, recalcando su desconocimiento de las
letras, su falta de monumentos como recordatorios
de su historia, el no tener leyes escritas. Las
descripciones de las ciudades y Estados de Nueva
España y Perú simplemente lo establece
como privativo del ser humano, pero despreciando
su importancia al compararlo con la laboriosidad
de las hormigas y de las arañas. Refuerza
la compilación de Oviedo recalcando los
pecados de incesto, sodomía, canibalismo
y sacrificio humano perpetrados por los indígenas.
Estas ofensas eran un insulto a la humanidad y
exigían el castigo más severo. Para
él, el primer paso para suprimir estos
vicios era la conquista armada y la pacificación.
Considera la bula alejandrina de concesión
de tierras como una ley confirmatoria, subordinada
a los derechos ganados por el descubrimiento y
la conquista. Estas campañas colocaban
a España por encima de sus vecinos europeos.
No creía que la naturaleza india fuese
transformada por el gobierno español. Consideraba
que los indios podían mejorar a través
de la domesticación, pero necesitaban ser
gobernados por orden, y no mediante la libre observancia
de la ley, a la cual no se encontraban capacitados.
Entre los clérigos, el más importante,
no tanto por la originalidad de sus ideas sino
por el haber podido hacerlas públicas y
generar, con ello, un debate trascendental para
la categorización del indio en la mentalidad
europea, fue Fray Bartolomé de las Casas.
Para él, los indios vivían en un
estado prístino, en el Paraíso anterior
a la caída. La falta de moneda y el desconocimiento
de los valores materiales manejados por los europeos,
muchas veces establecidos como indicadores de
su falta de civilización, lo ve este sacerdote
como una virtud codiciada por los franciscanos
y dominicos, considerando que viven de acuerdo
a los dictados de la pobreza evangélica
(Brading, D.; 1981). Sin embargo, a pesar de sus
años en América y de su admiración,
no aprendió ningún idioma indígena
ni se dedicó a catequizar a los indios
(Brading, D.;1981; pp.96). En su intento de justificar
al indio, realiza una comparación sistemática
entre la civilización de "Las Indias"
y el desarrollo cultural del Antiguo Mundo. Era
partidario de un determinismo ambiental que influía
sobre la humanidad. Tomó de Cicerón
la afirmación de que los hombres de todas
la naciones son esencialmente los mismos en naturaleza,
siendo todos los hombres capaces de alcanzar casi
la misma gama de conocimientos, habilidades y
religiones, poniendo por ejemplo el hecho que
los habitantes de México pronto copiaron
artesanías españolas, y algunos
hasta aprendieron el latín. A través
de los seis requisitos aristotélicos de
una ciudad: agricultura, artesanos, guerreros,
hombres ricos, religión organizada y gobierno
legítimo, demostró que tanto las
sociedades incas como aztecas las poseían.
La idolatría la considera un proceso natural
derivado del desorden original del alma humana,
aprovechada por el Demonio para pervertir el deseo
del hombre. Con referencia al sacrificio humano,
lo presenta como la más alta expresión
del deseo humano de servir a Dios. La redistribución,
era particularmente elogiada, estableciendo su
práctica de bienestar para los súbditos
como una lección a ser aprendida aun por
los Reyes Católicos. Considera como única
razón para llamar bárbaros a los
indios es su ignorancia del cristianismo, condición
que compartían con los moros y los turcos.
Su premisa básica, deriva de la insistencia
de Cicerón en la naturaleza común
y la evolución de toda la humanidad, y
en el dogma cristiano de que todos los hombres
son hijos de Adán, creados a imagen de
Dios. Negaba toda intervención armada a
fin de combatir el pecado, ya que, acertadamente,
consideraba que sólo provocaría
más pecado y destrucción que lo
que trataba de evitar. El evangelio a punta de
espada era una herejía digna de Mahoma.
La única fuente de legitimidad política
para él era el donativo papal de 1493.
Basaba esta autoridad papal espiritual, para despojar
a los príncipes infieles de sus reinos,
pero, como Vicario de Cristo, tenía como
parroquia al mundo entero y era responsable de
predicar el Evangelio a todas la naciones. Poseía,
por tanto, autoridad para la conversión
de todas la naciones a la fe cristiana, pudiendo
suspender toda autoridad de los monarcas infieles
para asegurar la conversión pacífica
de sus súbditos. (Brading, D.; 1981)
El dominico Francisco de Vitoria consideraba a
los indios racionales, que poseían propiedades
y leyes y eran gobernados por monarcas constituidos.
La idolatría no era motivo para despojarlos
de su autoridad. Consideraba que la teoría
aristotélica no era justificativa del esclavismo.
El derecho de descubrimiento sólo podía
ser aplicado a tierras despobladas. En búsqueda
de una justificación para la conquista,
la encuentra en los principios del derecho natural,
que implicaba derechos universales de comunicación
y comercio entre todos los pueblos. Además,
en el derecho cristiano de predicar el Evangelio
y proteger de persecución a los correligionarios.
Derecho de suprimir prácticas nefandas
que ofendieran la ley natural, para proteger al
inocente víctima de las mismas. La invitación
por libre voluntad a los españoles a intervenir,
creaba un derecho de gobernar. En sus escritos,
reconoce de todas formas que había motivos
para sugerir que los indios en realidad no poseían
tales leyes, instituciones políticas o
nivel de conocimiento suficiente para mantener
una verdadera república. En razón
de sus bárbaras costumbres y de su deficiente
educación, se asemejaban al campesinado
europeo, se dejaban gobernar más por sus
pasiones que por su razón, incapaces de
discernir plenamente los dictados de la ley natural.
Este es el argumento por el cual el rey de España
tiene derecho a nombrar a gobernadores que fueran
protectores e instructores, enseñando a
los indios la fe cristiana y las artes de la civilización.(ibid.
pp.103/4).
Entre los Intelectuales, podemos incluir a Juan
Ginés de Sepúlveda, el cual fue
sumamente elogiado por Gómara por sus escritos
justificando la justicia en las conquistas. Su
forma de pensar ya fue analizada dentro de los
cronistas, aunque cabe acotar que fue, junto con
Fray Bartolomé de las Casas, protagonizaron
el "Gran Debate" en el cual cada uno
defendió sus puntos de vista en referencia
al indígena americano.
Acosta consideraba que la caída del imperio
indígena se había producido como
castigo por sus pecados. Consideraba que la orden
de Dios era la de acabar con la idolatría
e implantar la religión católica.
(Espinoza Soriano, W.; 1973; pp.15). Sin embargo,
realza la ayuda de grupos indígenas, que
se encontraban en conflicto con las jefaturas,
ya que "sin ellos fuera imposible ganarla
ni aún sustentarse en la tierra" (ibid.pp.18)
Juan López de Palacios Rubios (1450-1524),
juez y catedrático, afirmaba el concepto
que los indios eran tan bárbaros que se
los podía clasificar como "esclavos
por naturaleza" de acuerdo a la Política
de Aristóteles, por lo que se les debía
corregir y gobernar a través de hombres
aptos para dar órdenes. Los consideraba
espíritus gobernados por pasiones físicas.
A este autor debemos el aporte del texto del "Requerimiento".
Éste era una exhortación formal
que se leía a los indígenas a la
llegada de los conquistadores. En él se
establecía que debían someterse
al rey de España y abrazar la fe cristiana,
y, caso contrario, serían considerados
rebeldes y podían, por tanto, ser castigados
por las armas y convertidos en esclavos. En este
escrito hay un implícito desdén
del autor a los indios y al Evangelio cristiano,
ya que la mayoría de las veces el indio
no entendía lo que se decía, por
no tener un traductor, y aún así,
difícilmente comprendería la magnitud
de las ideas encerradas en ese escrito, por ser
totalmente contrarias a la cultura que poseían.
(Brading, D.; 1981 pp.99/100).
Uno de los personajes más importantes
en el desarrollo de la colonización americana
fueron los encomenderos. Sin embargo, no es mucho
lo que tenemos de su forma de pensar. Sí
se pueden inferir algunas diferencias en base
a las regiones en las que asentaron.
En México, la densidad poblacional, lo
avanzado de la sociedad nativa y su organización
política, junto con la visión de
Cortés, permitió mitigar los peores
excesos de los conquistadores. En la zona de México,
los encomenderos fundaban una ciudad española
como capital de sus distritos. La encomienda no
entrañaba derechos de jurisdicción
sobre el indígena, pero el control de las
magistraturas les permitían extensos poderes
sobre la población nativa (Brading, D.;
1991; pp.44)
En el caso del Perú, en una primera etapa
los encomenderos establecieron relaciones de trabajo
favorables con sus kurakas, consolidando de las
alianzas con favores y regalos ( Stern,S.; 1986;
pp.64). Diego Maldonado, uno de los encomenderos
más ricos, prefería negociar acuerdos
con los kurakas, utilizando e implementando el
ejemplo de la redistribución y el empleo
de yanaconas para su propio provecho (ibid.pp
67-8). El manejo de las encomiendas se favorece
por medio de alianzas con las elites y las sociedades
locales, a cambio de concesiones y regalos, estableciéndose
una relación similar al período
Incaico (ibid. pp. 77-8). Esto se implementó
en la zona cuzqueña, donde las encomiendas
eran amplias, y el control gubernamental era cercano.
Cuando las exigencias de mano de obra en las minas
(sobre todo en Potosí), comenzó
a desarrollarse en una mayor escala, la vulnerabilidad
política de los encomenderos, sobre todo
con las Leyes Nuevas, y la probable disposición
de los neoincas a encabezar una revuelta, conformaron
una coyuntura que obligó a replantearse
las alianzas postincaicas. (ibid. pp 91-2).
En las zonas alejadas del centro incaico, en las
zonas periféricas, la relación entre
el indio y el encomendero fue totalmente distinta.
La escasa población, la presencia de grupos
resistentes a la dominación incaica primero
y a la española, después, hizo que
las encomiendas, en contra de lo que pudiera pensarse,
se redujeran en tamaño. El control y dominación
del indio fue más cruenta, exigiéndose
sobre todo el servicio personal. La consigna del
conquistador era la de obtener beneficios, y la
mentalidad humanista española imperante
era totalmente negativa para el indígena.
La Ley de Burgos intenta promover un mejor trato
de los indios, limitando la cantidad de trabajo
y exigiendo que el encomendero los informen e
instruyan en las cosas de la fe. Los indios son
considerados vasallos de la corona y ésta
es dueña de distribuirlos a su antojo.
Una vez distribuidos, no pueden ser desplazados
de ese lugar de trabajo, cosa que en la realidad,
no fue cumplida.
1-. CONCLUSIÓN
Como había dicho en un principio, muchas
de las ideas que determinaron la relación
español-indígena, estuvieron concebidas
a partir de una filosofía humanística
particular de España. La conquista americana
fue, en cierta medida, continuación de
la conquista de la península ibérica.
La importancia de la propagación de la
fe fue el motor justificatorio de este accionar,
pero la conquista de bienes primó con creces.
En su relación con una cultura diferente,
el español poseía una ventaja. En
primer lugar, la unión de la cultura latina
con la cultura judeo-cristiana le permite reconocer
distintas formas de pensar. El contacto con el
mundo musulmán a través de la conquista,
les permite ser más dúctiles para
descubrir las características esenciales
del "otro" y poder, así, aprovechar
sus virtudes y defectos. En contrapartida, la
relación con el "otro" en el
mundo Americano antes de la conquista, se encontraba
siempre dentro de parámetros conocidos.
No estaban preparados para el enfrentamiento con
una cultura totalmente distinta.
El choque entre estas dos culturas fue cruento.
No solamente en cuanto a las pérdidas de
vida en el continente, sino también en
cuanto a la forma de supervivencia de los que
quedaron vivos.
La imagen del indio fue negativa. Aún en
el caso de Bartolomé de las Casas, la posición
en la que deja al indígena es, básicamente,
la de un niño al que no se le puede dejar
solo, ya que podría lastimarse. En ningún
caso, se establece el derecho del indígena
a autogobernarse en forma totalmente libre, ya
que el condicionamiento religioso prima. Pero
este concepto es totalmente aceptable si lo relacionamos
con los de la mayoría de los otros autores.
El afán de riquezas es también,
a mi entender, uno de los factores a tener en
cuenta en la forma de ver al indio. Cuanto más
afín a una herramienta, a un "animal
parlante" (según el concepto Aristotélico
del esclavo), menores son los cuestionamientos
morales para la sobreexplotación.
También me resultó interesante ver
que, aquellos que más denigraban la condición
indígena, eran los que jamás habían
estado en contacto con ellos, como Sepúlveda,
cuyos escritos están basados en escritos
y relatos. Sin embargo, los que sí estuvieron
en un contacto directo, aquellos que no poseían
un puesto jerárquico, o que se encontraban
en zonas de frontera, como Ercilla o Díaz
del Castillo, poseen una visión elogiosa
del nativo americano.
¿Encuentro o Choque Cultural? Ambos conceptos
tienen su visa de realidad. El encuentro determinó
una cultura especial, propia del continente, que
cambió, en muchos aspectos, la cultura
europea que heredamos en la actualidad. Pero fue
un choque, un enfrentamiento sangriento y desestructurador
de un mundo que estaba en plena evolución.
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