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Trabajo Práctico de América por Gloria Rubesa

Desde el comienzo del estado Premial y en medio del proceso "Choque cultural" y de "Gran Debate", los españoles, en función de su situación y condición en el contexto, construyeron diferentes imágenes acerca del Indígena.
En tal sentido, analizar y diferenciar la percepción del otro indígena a través de la mirada de:
1. Conquistadores (Cortés y Pizarro)
2. Cronistas de la conquista (Francisco de Jerez, Gonzalo de Oviedo y Pedro Cieza de León)
3. Clero (Bartolomé de las Casas)
4. Intelectuales (Juan Givés de Sepúlveda)
5. Encomenderos
Elaborar una conclusión final

Dentro del proceso determinado por el "choque cultural", es la construcción de la imagen del "otro" lo que determinará el tipo de relaciones que se conformarán en la interacción de estos dos mundos tan dispares. Y aún dentro del mundo Europeo, la posición de España durante la época del Humanismo será, para mí, uno de los factores más influyentes en esta elaboración de la imagen del indio americano. La característica fundamental del Humanismo español fue el predominio de la filosofía aristotélica, tanto entre los escolásticos como entre los humanistas. La presencia de una importante comunidad judía, impulsó el estudio de la lengua y la cultura hebrea y, en consecuencia, del Antiguo Testamento. La historia Española fue interpretada como el resultado de un plan divino de salvación, y, por consiguiente, el combate contra todo pueblo que no profesara la fe católica (Paradinas Fuentes). Como se verá más adelante, este concepto va a ser uno de los pilares justificatorios de la conquista y poblamiento del Nuevo Mundo. Pero aún dentro de este concepto generalizador, hay visiones particulares que ilustran la complejidad de esta relación.

Los primeros en entrar en contacto con el "otro", fueron los conquistadores. Es interesante observar las diferentes miradas de los dos principales arquetipos que llegaron a estas tierras, y que lograron dominar a las dos civilizaciones más importantes del suelo americano: Hernán Cortés, en la zona de Nueva España y Francisco Pizarro, en Perú.
Cortés es una persona instruída, un diplomático nato, que, sabiéndose en infracción al iniciar la conquista, redacta sus "Relaciones" como una forma de justificación de sus actos, pero a partir de las cuales podemos analizar sus primeras impresiones ante la civilización que encuentra. Lo que llama la atención, en primer lugar, es su permanente comparación de la arquitectura azteca con la arquitectura morisca, una relación continua con un "otro" ya conocido. Describe las grandes ciudades, dominadas por altos templos, los grandes palacios, la práctica de la agricultura intensiva, los jardines y los zoológicos, tanto de animales como de humanos. Hay una referencia constante a las mezquitas como punto de comparación con los templos, relaciona Chlolula con Granada y Sevilla, y la ciudad de Tenochtitlán, por sus canales, con la ciudad de Venecia.

Pero frente a la admiración arquitectónica y cultural, se recalca el horror por los sacrificios humanos. (Brading, D. ;1991; pp.41). Y junto a ese sentimiento, hay una desvaloración del otro como ser humano, no se lo reconoce en un mismo plano de igualdad (Todorov, T.; 2005). Los considera vasallos naturales de Carlos V, y como tales, intenta salvaguardar los indios contra la explotación indebida por parte de los encomenderos, al mismo tiempo que trata de impedir los saqueos de poblaciones indias (Brading, D. ;1991; pp.44/45). El interés que posee es simplemente el de preservar al indígena como mano de obra, ya que había observado la experiencia en la isla La Hispaniola, donde casi el total de la población nativa había sido diezmada por las enfermedades y el mal trato.

En el caso de Francisco Pizarro, en cambio, nos encontramos con un tipo de conquistador totalmente diferente. Para él, la población aborigen estaba conformada por enemigos a los que habían que eliminar (Brading, D.; 1991; pp.45). El único interés es la obtención del botín que le permita regresar a la madre patria con una fortuna suficiente para poder ascender en la escala social. No existe ningún tipo de interés por la cultura indígena, ni un sentimiento de admiración. El asesinato de Atahualpa es un claro ejemplo del tipo de relación con el indio, y la total desvaloración de su condición humana.

Para la gran mayoría de los conquistadores, los indios eran simplemente un medio para recobrar multiplicado el importe de gastos y deudas. Este es uno de los argumentos que se esbozan para justificar la implantación de la encomienda en los territorios conquistados. La pregunta era "..¿cómo han de querer ir los cristiano a reducillo (a los indios) sin algún interés en su trabajo?¿Con qué quiere V.M. que compren el caballo que les matan, y las armas, y el comer, el vestido y calzar, y otros gastos muchos que se ofrecen? Y las heridas que les dan, ¿con qué las han de curar?.." (Carrasco, P.; 1995; pp.344).

En el caso de los Cronistas de la Conquista, fueron muchos los que asentaron sus impresiones, tanto por haber participado en forma directa, como aquéllos que escribieron en base a los relatos e historias de otros.
Entre los cronistas de la Conquista del Perú, se encuentra Francisco de Jerez. Escribiente de Pizarro, se muestra orgulloso por la conquista de un territorio tan vasto con tan pocos, alegando que sólo podía haber sido efectuada por españoles, ensalzando su valor (Brading, D.; 1991; pp.46). En sus escritos, manifiesta muy poca simpatía hacia la sociedad aborigen. Realiza la defensa de la captura de Atahualpa y la matanza de su séquito por Pizarro, justificándola por el no acatamiento del Inca de Carlos V como soberano, y su no aceptación de la religión católica. Considera además a Atahualpa como el "..mayor carnicero y cruel que los hombres vieron" (Brading, D.; 1991; pp.46) por haber mandado matar a su medio hermano Huáscar.

Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés (1478-1557) fue cronista desde los primeros viajes de Colón hasta las guerras civiles del Perú. Consideraba a las Indias como un medio entregado por Dios a la corona española para obtener riquezas con las que financiar la guerra que liberaría Jerusalén de mano de los infieles (Brading, D.; 1991;, pp.48-50) . Sin embargo, no vacila en criticar la crueldad de los españoles y su codicia, lo que impediría "no convertir ni hacer a ningún indio cristiano ni amigo" (Brading, D.; 1991; pp.53). Estos conceptos no impiden que en su descripción del indígena no denigre a los naturales del Nuevo Mundo, considerándolos culpables de canibalismo y sodomía. Tenía la teoría, además, que el cráneo del indio americano era cuatro veces más grueso que el europeo, por lo que aconsejaba no golpearlos en la cabeza. Con referencia a sus características morales, consideraba que "de su natural es ociosa e viciosa, e de poco trabajo, e melancólicos e cobardes, viles e mal inclinados e de poca memoria e de ninguna constancia… tienen el entendimiento bestial y mal inclinado" (Brading, D.; 1991; pp.56). Es interesante aclarar que Oviedo era propietario de esclavos, siendo poseedor de una encomienda en el Darién, dedicada a la búsqueda de oro.

A tres años de estar en las Indias, decía no conocer un aborigen auténticamente cristiano, considerando que la conversión era una farsa, una impostura perpetrada por frailes mentirosos a costillas de los naturales. En las últimas secciones de su crónica insertó comentarios más favorables sobre el carácter y la calidad de los indios, ya que reconoció que los naturales de Perú "es gente limpia e de mejor razón e las mujeres honestas". Este concepto no modifica una opinión francamente hostil hacia los indios. Atribuye la destrucción de la población aborigen al castigo de Dios por sus pecados, considerando que los españoles solo habían sido instrumentos de la cólera divina.(Brading, D.; 1991; pp.56/7). Consideraba además que la desaparición de los indios iba a ser una gran ventaja, ya que gracias a ello se iban a poder extirpar todas las formas de idolatría. Es uno de los principales detractores de las ideas de Fray Bartolomé de las Casas, contra el cual redactó un sarcástico relato del fracaso de Cumaná, acusando a Las Cases de la responsabilidad de la muerte de los colonos a manos de indios hostiles. Consideraba que la prédica del Evangelio debía estar precedida por la conquista armada.(Brading, D.; 1991; pp.58)

Francisco López de Gómara era el capellán de Cortés. Sus escritos se basan en escritos de otros cronistas, no habiendo pisado suelo americano, pero se maneja con los mismos conceptos relativos a los indios que Oviedo, del cual copia muchos de los argumentos. Considera como demostración de la falta de civilidad indígena el que "no tienen letras ni monedas, ni bestias de cargo; cosas principalísimas para la policía y vivienda del hombre" "Son mentirosos, ladrones, crueles, somélicos, ingratos, sin honra, sin vergüenza, sin caridad ni virtud" (Brading, D.; 1991; pp.64). Basado en relatos de fray Toribio de Benavente (Motolinía), misonero franciscano y partidario de Cortés, coloreó la sociedad india mostrándola como una sociedad que adoraba al Demonio, sobre todo por sus diarios sacrificios humanos y canibalismo ritual. Ponderaba la ventaja de ser a partir de ese momento súbditos libres de un rey cristiano, gobernados por leyes justas, gracias a las cuales tenían asegurada su propiedad y la remuneración de su trabajo por un salario. Alegaba que se habían liberado de la esclavitud civil y salvado del peligro terrible de los sacrificios humanos.

La enseñanza de las letras los habían convertido en verdaderos hombres, junto con el uso de monedas de plata en lugar de las cuentas de cacao (Brading, D.; 19941; pp. 64/66). También establecía una diferencia entre los indios del Perú, a los que consideraba célebres por su recalcitrante indiferencia, y la devoción de los naturales de la Nueva España. (Brading, D.; 1991; pp. 66). Siempre manifestó su desprecio por Moctezuma "hombre sin corazón y de poco debía ser Moctezuma, pues se dejó prender, y ya preso, nunca procuró la libertad…"(Todorov, pp.63). Asimismo, acorde con el humanismo español, proclamaba que "quien no poblare, no hará buena conquista, y no conquistando la tierra, no se convertirá la gente: así que la máxima del conquistador ha de ser poblar" (Elliot, John; 1990; pp.125)

Bernal Díaz del Castillo; joven seguidor de Cortés, participó junto con éste en la conquista azteca. Durante los últimos años de su vida, escribe la "Historia Verdadera de la conquista de la Nueva España" para refutar los escritos de Gómara, a fin de dar a conocer los hechos tal como ocurrieron. En su relato, se manifiesta un respeto por los adversarios indios, sobre todo por su valor en las batallas. Realiza un atractivo retrato de Moctezuma y el valor y los servicios de Doña Marina, gracias a los cuales se allanaron muchos caminos para la conquista. Pondera además la habilidad e inteligencia de los indios al adquirir y aplicar las artes y artesanía europeas, notando que muchos miembros de la nobleza ya habían aprendido a leer y escribir. Es el único en mencionar y dar su valor justo al apoyo dado por los pueblos enemigos de los aztecas, indispensables en vista de las pocas fuerzas de que contaban los españoles. También recuerda con nostalgia la grandeza de Tenochtitlan, luego de su destrucción y remodelación como centro del Virreynato de Nueva España (Brading, D. ;1991; pp. 68-69)

Alonso de Ercilla fue un conquistador que llegara a las tierras del Perú con la expedición de Pizarro. La búsqueda de nuevas tierras pero, sobre todo, de mano de obra indígena para su explotación, lo lleva al sur del Imperio Incaico, en los actuales territorios del centro de Chile, estableciendo un contacto íntimo en la zona de frontera con el pueblo araucano. Es durante este período que escribe una epopeya compuesta y publicada en tres partes. En ella combina sus experiencias de combate y las técnicas literarias del Renacimiento italiano. Su estilo se encuentra influenciado por la epopeya El Cid Campeador, introduciendo alusiones frecuentes a héroes y escenas clásicas. Sin embargo, el eje central de la obra se desenvuelve alrededor de los relatos de las guerras de Chile, sobre todo desde la óptica del aborigen, celebrando a Lautaro y a Caupolicán, jefes araucanos, como héroes de la misma. En su poema, aclama a los araucanos como una nación de valerosos guerreros bárbaros, amantes de la libertad, con un "estado" gobernado por una confederación de jefes de guerra reunidos en un "senado" para preparar la defensa de su "patria" contra la dominación extranjera, ya sean incas o españoles. Vivían para el combate, relacionándolos con los héroes primitivos, casi homéricos, adornándolos de cualidades que recordaban las virtudes bárbaras de los antiguos germanos. Alaba la castidad y devoción a sus esposos por parte de las hijas de los jefes. Y, sobre todo, reconoce la justicia de la lucha de los indios para conservar su libertad, deplorando el trato recibido por los indígenas a manos de los españoles. En su relato, los convierte en dueños de las virtudes del republicanismo clásico, como ser amor a su libertad y a s u patria (Brading, D.; 1991; pp.72-74)

Pedro Cieza de León llega a América a los trece años, viviendo en estas tierras hasta los treinta. Moralmente es un criollo y observador imparcial. Posee un gran respeto por fray Bartolomé de las Casas, con el cual comparte muchos de sus puntos de vista. En sus escritos, alaba a los incas como un pueblo civilizador sobre los otros pueblos del Imperio incaico, por lo que realiza su defensa, sobre todo con el pecado de sodomía (Dolger, L.N.; 1964; pp.475). Recalca la importancia del uso de la lengua cuzqueña en todo el territorio, lo que permite una mayor comprensión entre sus habitantes. Pondera, además, que "entre ellos hay muchos de gran memoria, sutiles de ingenio, y de vivo juicio, y tan abastados de razones" (ibid.pp.468). También considera su sistema contable (quipos-camayos) superiores a los de los mexicas, y su concepto de solidaridad con el traslado de los mitimaes, a fin de obtener todos los beneficios de las diferentes clases de cultivos. Uno de sus lamentos es que, siendo gentiles e idólatras, tuvieron buen orden para saber gobernar y conservar las tierras, " y nosotros, siendo cristianos, hayamos destruido tantos reinos" (ibid.pp.474).

Sin embargo, trata a los indios como elementos económicos, colocándolos por momentos en un mismo plano de igualdad que sus descripciones del paisaje. (ibid.pp.462). A pesar de esto, justifica la victoria española sobre los nativos como un castigo de Dios por sus pecados (sobre todo antropofagia) aunque no "por nuestros merecimientos, pues somos tan pecadores, sin por querer a Dios castigarlos por nuestra mano" (ibid.pp.479). En su análisis del factor que facilitara la conquista, es el primero en considerar como motivo de aceptación del conquistador, al miedo a perder su lugar en los valles fértiles, por lo que prefieren resignarse al dominio español antes que morir en los desiertos y las punas. Es por ello que considera que el peruano se convierte en un ser temeroso de su libertad: la costumbre de la obediencia al Inca facilita la obediencia al gobernante que lo reemplaza: el español. Esta teoría del miedo a la libertad, fue desarrollada por Eric Fromm en la época actual (Espinoza Soriano, W.; 1973; pp.20). También, al igual que Díaz del Castillo, da gran importancia al apoyo de grupos descontentos a la dominación incaica (ibid.pp.21), que permitieron un rápido dominio del Imperio.

Juan Ginés de Sepúlveda era un humanista y erudito en lengua griega, y tutor del príncipe Felipe. Fue uno de los principales defensores de la esencial compatibilidad de la moral cristiana y del código guerrero. Siempre que la causa fuera justa, la profesión de las armas y la busca de la gloria militar eran honorables y cristianas. Escribió alabanzas de los grandes guerreros y reyes, sirviendo sus escritos a la causa de la expansión imperial española. Acérrimo defensor de la justicia de las conquistas de España y su Imperio en el Nuevo Mundo, basó sus escritos en Oviedo y Cortés, reanimó el argumento de John Mair y Palacios Rubios, demostrando que los indios eran esclavos por naturaleza. Hablaba de los indígenas en términos contrastantes y particularmente ofensivos, afirmando que: "Estos bárbaros del Nuevo Mundo…en prudencia, ingenio, virtud y humanidad son tan inferiores a los españoles como los niños a los adultos y las mujeres á los varones, habiendo entre ellos tanta diferencia como la que va de gentes fieras y crueles á gentes clementísimas, de los prodigiosamente intemperantes á los continentes y templados, y estoy por decir que de los monos á hombres"(Brading, D.; 1981; pp.106). Los considera homunculi, homúnculos, más cerca de las bestias que de los hombres racionales, que sólo poseían "vestigios de humanidad".

Aplicó normas humanistas para evaluar a los indios, recalcando su desconocimiento de las letras, su falta de monumentos como recordatorios de su historia, el no tener leyes escritas. Las descripciones de las ciudades y Estados de Nueva España y Perú simplemente lo establece como privativo del ser humano, pero despreciando su importancia al compararlo con la laboriosidad de las hormigas y de las arañas. Refuerza la compilación de Oviedo recalcando los pecados de incesto, sodomía, canibalismo y sacrificio humano perpetrados por los indígenas. Estas ofensas eran un insulto a la humanidad y exigían el castigo más severo. Para él, el primer paso para suprimir estos vicios era la conquista armada y la pacificación. Considera la bula alejandrina de concesión de tierras como una ley confirmatoria, subordinada a los derechos ganados por el descubrimiento y la conquista. Estas campañas colocaban a España por encima de sus vecinos europeos. No creía que la naturaleza india fuese transformada por el gobierno español. Consideraba que los indios podían mejorar a través de la domesticación, pero necesitaban ser gobernados por orden, y no mediante la libre observancia de la ley, a la cual no se encontraban capacitados.

Entre los clérigos, el más importante, no tanto por la originalidad de sus ideas sino por el haber podido hacerlas públicas y generar, con ello, un debate trascendental para la categorización del indio en la mentalidad europea, fue Fray Bartolomé de las Casas. Para él, los indios vivían en un estado prístino, en el Paraíso anterior a la caída. La falta de moneda y el desconocimiento de los valores materiales manejados por los europeos, muchas veces establecidos como indicadores de su falta de civilización, lo ve este sacerdote como una virtud codiciada por los franciscanos y dominicos, considerando que viven de acuerdo a los dictados de la pobreza evangélica (Brading, D.; 1981). Sin embargo, a pesar de sus años en América y de su admiración, no aprendió ningún idioma indígena ni se dedicó a catequizar a los indios (Brading, D.;1981; pp.96). En su intento de justificar al indio, realiza una comparación sistemática entre la civilización de "Las Indias" y el desarrollo cultural del Antiguo Mundo. Era partidario de un determinismo ambiental que influía sobre la humanidad. Tomó de Cicerón la afirmación de que los hombres de todas la naciones son esencialmente los mismos en naturaleza, siendo todos los hombres capaces de alcanzar casi la misma gama de conocimientos, habilidades y religiones, poniendo por ejemplo el hecho que los habitantes de México pronto copiaron artesanías españolas, y algunos hasta aprendieron el latín. A través de los seis requisitos aristotélicos de una ciudad: agricultura, artesanos, guerreros, hombres ricos, religión organizada y gobierno legítimo, demostró que tanto las sociedades incas como aztecas las poseían.

La idolatría la considera un proceso natural derivado del desorden original del alma humana, aprovechada por el Demonio para pervertir el deseo del hombre. Con referencia al sacrificio humano, lo presenta como la más alta expresión del deseo humano de servir a Dios. La redistribución, era particularmente elogiada, estableciendo su práctica de bienestar para los súbditos como una lección a ser aprendida aun por los Reyes Católicos. Considera como única razón para llamar bárbaros a los indios es su ignorancia del cristianismo, condición que compartían con los moros y los turcos. Su premisa básica, deriva de la insistencia de Cicerón en la naturaleza común y la evolución de toda la humanidad, y en el dogma cristiano de que todos los hombres son hijos de Adán, creados a imagen de Dios. Negaba toda intervención armada a fin de combatir el pecado, ya que, acertadamente, consideraba que sólo provocaría más pecado y destrucción que lo que trataba de evitar. El evangelio a punta de espada era una herejía digna de Mahoma. La única fuente de legitimidad política para él era el donativo papal de 1493. Basaba esta autoridad papal espiritual, para despojar a los príncipes infieles de sus reinos, pero, como Vicario de Cristo, tenía como parroquia al mundo entero y era responsable de predicar el Evangelio a todas la naciones. Poseía, por tanto, autoridad para la conversión de todas la naciones a la fe cristiana, pudiendo suspender toda autoridad de los monarcas infieles para asegurar la conversión pacífica de sus súbditos. (Brading, D.; 1981)

El dominico Francisco de Vitoria consideraba a los indios racionales, que poseían propiedades y leyes y eran gobernados por monarcas constituidos. La idolatría no era motivo para despojarlos de su autoridad. Consideraba que la teoría aristotélica no era justificativa del esclavismo. El derecho de descubrimiento sólo podía ser aplicado a tierras despobladas. En búsqueda de una justificación para la conquista, la encuentra en los principios del derecho natural, que implicaba derechos universales de comunicación y comercio entre todos los pueblos. Además, en el derecho cristiano de predicar el Evangelio y proteger de persecución a los correligionarios. Derecho de suprimir prácticas nefandas que ofendieran la ley natural, para proteger al inocente víctima de las mismas. La invitación por libre voluntad a los españoles a intervenir, creaba un derecho de gobernar. En sus escritos, reconoce de todas formas que había motivos para sugerir que los indios en realidad no poseían tales leyes, instituciones políticas o nivel de conocimiento suficiente para mantener una verdadera república. En razón de sus bárbaras costumbres y de su deficiente educación, se asemejaban al campesinado europeo, se dejaban gobernar más por sus pasiones que por su razón, incapaces de discernir plenamente los dictados de la ley natural. Este es el argumento por el cual el rey de España tiene derecho a nombrar a gobernadores que fueran protectores e instructores, enseñando a los indios la fe cristiana y las artes de la civilización.(ibid. pp.103/4).

Entre los Intelectuales, podemos incluir a Juan Ginés de Sepúlveda, el cual fue sumamente elogiado por Gómara por sus escritos justificando la justicia en las conquistas. Su forma de pensar ya fue analizada dentro de los cronistas, aunque cabe acotar que fue, junto con Fray Bartolomé de las Casas, protagonizaron el "Gran Debate" en el cual cada uno defendió sus puntos de vista en referencia al indígena americano.

Acosta consideraba que la caída del imperio indígena se había producido como castigo por sus pecados. Consideraba que la orden de Dios era la de acabar con la idolatría e implantar la religión católica. (Espinoza Soriano, W.; 1973; pp.15). Sin embargo, realza la ayuda de grupos indígenas, que se encontraban en conflicto con las jefaturas, ya que "sin ellos fuera imposible ganarla ni aún sustentarse en la tierra" (ibid.pp.18)

Juan López de Palacios Rubios (1450-1524), juez y catedrático, afirmaba el concepto que los indios eran tan bárbaros que se los podía clasificar como "esclavos por naturaleza" de acuerdo a la Política de Aristóteles, por lo que se les debía corregir y gobernar a través de hombres aptos para dar órdenes. Los consideraba espíritus gobernados por pasiones físicas. A este autor debemos el aporte del texto del "Requerimiento". Éste era una exhortación formal que se leía a los indígenas a la llegada de los conquistadores. En él se establecía que debían someterse al rey de España y abrazar la fe cristiana, y, caso contrario, serían considerados rebeldes y podían, por tanto, ser castigados por las armas y convertidos en esclavos. En este escrito hay un implícito desdén del autor a los indios y al Evangelio cristiano, ya que la mayoría de las veces el indio no entendía lo que se decía, por no tener un traductor, y aún así, difícilmente comprendería la magnitud de las ideas encerradas en ese escrito, por ser totalmente contrarias a la cultura que poseían. (Brading, D.; 1981 pp.99/100).

Uno de los personajes más importantes en el desarrollo de la colonización americana fueron los encomenderos. Sin embargo, no es mucho lo que tenemos de su forma de pensar. Sí se pueden inferir algunas diferencias en base a las regiones en las que asentaron.
En México, la densidad poblacional, lo avanzado de la sociedad nativa y su organización política, junto con la visión de Cortés, permitió mitigar los peores excesos de los conquistadores. En la zona de México, los encomenderos fundaban una ciudad española como capital de sus distritos. La encomienda no entrañaba derechos de jurisdicción sobre el indígena, pero el control de las magistraturas les permitían extensos poderes sobre la población nativa (Brading, D.; 1991; pp.44)

En el caso del Perú, en una primera etapa los encomenderos establecieron relaciones de trabajo favorables con sus kurakas, consolidando de las alianzas con favores y regalos ( Stern,S.; 1986; pp.64). Diego Maldonado, uno de los encomenderos más ricos, prefería negociar acuerdos con los kurakas, utilizando e implementando el ejemplo de la redistribución y el empleo de yanaconas para su propio provecho (ibid.pp 67-8). El manejo de las encomiendas se favorece por medio de alianzas con las elites y las sociedades locales, a cambio de concesiones y regalos, estableciéndose una relación similar al período Incaico (ibid. pp. 77-8). Esto se implementó en la zona cuzqueña, donde las encomiendas eran amplias, y el control gubernamental era cercano. Cuando las exigencias de mano de obra en las minas (sobre todo en Potosí), comenzó a desarrollarse en una mayor escala, la vulnerabilidad política de los encomenderos, sobre todo con las Leyes Nuevas, y la probable disposición de los neoincas a encabezar una revuelta, conformaron una coyuntura que obligó a replantearse las alianzas postincaicas. (ibid. pp 91-2).
En las zonas alejadas del centro incaico, en las zonas periféricas, la relación entre el indio y el encomendero fue totalmente distinta. La escasa población, la presencia de grupos resistentes a la dominación incaica primero y a la española, después, hizo que las encomiendas, en contra de lo que pudiera pensarse, se redujeran en tamaño. El control y dominación del indio fue más cruenta, exigiéndose sobre todo el servicio personal. La consigna del conquistador era la de obtener beneficios, y la mentalidad humanista española imperante era totalmente negativa para el indígena.

La Ley de Burgos intenta promover un mejor trato de los indios, limitando la cantidad de trabajo y exigiendo que el encomendero los informen e instruyan en las cosas de la fe. Los indios son considerados vasallos de la corona y ésta es dueña de distribuirlos a su antojo. Una vez distribuidos, no pueden ser desplazados de ese lugar de trabajo, cosa que en la realidad, no fue cumplida.


1-. CONCLUSIÓN


Como había dicho en un principio, muchas de las ideas que determinaron la relación español-indígena, estuvieron concebidas a partir de una filosofía humanística particular de España. La conquista americana fue, en cierta medida, continuación de la conquista de la península ibérica. La importancia de la propagación de la fe fue el motor justificatorio de este accionar, pero la conquista de bienes primó con creces. En su relación con una cultura diferente, el español poseía una ventaja. En primer lugar, la unión de la cultura latina con la cultura judeo-cristiana le permite reconocer distintas formas de pensar. El contacto con el mundo musulmán a través de la conquista, les permite ser más dúctiles para descubrir las características esenciales del "otro" y poder, así, aprovechar sus virtudes y defectos. En contrapartida, la relación con el "otro" en el mundo Americano antes de la conquista, se encontraba siempre dentro de parámetros conocidos. No estaban preparados para el enfrentamiento con una cultura totalmente distinta.

El choque entre estas dos culturas fue cruento. No solamente en cuanto a las pérdidas de vida en el continente, sino también en cuanto a la forma de supervivencia de los que quedaron vivos.
La imagen del indio fue negativa. Aún en el caso de Bartolomé de las Casas, la posición en la que deja al indígena es, básicamente, la de un niño al que no se le puede dejar solo, ya que podría lastimarse. En ningún caso, se establece el derecho del indígena a autogobernarse en forma totalmente libre, ya que el condicionamiento religioso prima. Pero este concepto es totalmente aceptable si lo relacionamos con los de la mayoría de los otros autores.
El afán de riquezas es también, a mi entender, uno de los factores a tener en cuenta en la forma de ver al indio. Cuanto más afín a una herramienta, a un "animal parlante" (según el concepto Aristotélico del esclavo), menores son los cuestionamientos morales para la sobreexplotación.

También me resultó interesante ver que, aquellos que más denigraban la condición indígena, eran los que jamás habían estado en contacto con ellos, como Sepúlveda, cuyos escritos están basados en escritos y relatos. Sin embargo, los que sí estuvieron en un contacto directo, aquellos que no poseían un puesto jerárquico, o que se encontraban en zonas de frontera, como Ercilla o Díaz del Castillo, poseen una visión elogiosa del nativo americano.
¿Encuentro o Choque Cultural? Ambos conceptos tienen su visa de realidad. El encuentro determinó una cultura especial, propia del continente, que cambió, en muchos aspectos, la cultura europea que heredamos en la actualidad. Pero fue un choque, un enfrentamiento sangriento y desestructurador de un mundo que estaba en plena evolución.


BIBLIOGRAFÍA:

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BRADING, DAVID: "El profeta desarmado". Ibd.1981
BRADING, DAVID: "El gran debate". Ibd.
CARRASCO, PEDRO y CÉSPEDES, GUILLERMO: Historia de Amèrica Latina I. América Indígena. La conquista. Madrid, Alianza, 1985. Segunda parte
DOLGER, L.M.: "Pedro Cieza de León". En: Cronistas de las culturas precolombinas. México, Bs.As., F.C.E., 1964
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ESPINOZA SORIANO, WALDEMAR: "Teorías y opiniones sobre la caída del Imperio. Nuevas fuentes documentales". En: La destrucción del Imperio de los Incas. La rivalidad política y señorial de los curacazgos andinos. Lima, Retablo de papel, 1973
STERN, STEVE: "Ascención y caída de las alianzas postincaicas". En: Los pueblos indígenas del Perú y el desafío de la conquista española. Barcelona, Alianza, 1986
TODOROV, TZVETAN: La conquista de América. El problema del otro. En:Siglo XXI, Edi. Argentinas, 2003


ISSN 1853-5593
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