San Carlos de Bariloche - -
 

Nuevo mundo mundos nuevos

Número 1 - 2001 - Materiales de seminarios

El lenguaje de la memoria a través de los monumentos históricos
en la ciudad de México (Siglo XIX)

Verónica Zárate Toscano

Historique

Séminaire: "Cultures et sociétés de l'Amérique coloniale, XVIe-XXe siècle" (Serge Gruzinski)

EHESS, 28 fevrier 2001

Table des matières
El Paseo Monumental de La Reforma
Los otros héroes –o antihéroes
Reflexiones finales

En este seminario expondré ante ustedes los avances de una investigación en proceso sobre el lenguaje de la memoria en el México del siglo XIX. A pesar de que trabajo el siglo XIX, hay una problemática que me une a este seminario: la que se ocupa de la transformación del imaginario y la elaboración de las nuevas memorias, fenómeno que está presente en prácticamente todas las épocas históricas y el siglo XIX no es la excepción.

La historiografía sobre México ha privilegiado el estudio de ciertas épocas y ha sumido casi en el olvido a otras más, dependiendo precisamente de los intereses y preocupaciones de cada momento. El XIX se ha ganado a pulso la etiqueta de ser un siglo convulso en el que desfiló un elevado número de gobernantes, representantes de facciones políticas opuestas y defensores de sus intereses. Sólo para dar una idea, hay que mencionar que durante la primera mitad del siglo, entre 1821 y 1854, hubo 45 periodos presidenciales, cerca de 100 pronunciamientos y tres constituciones. Asimismo, a lo largo de su primer siglo de vida independiente, México fue víctima de tres invasiones extranjeras por parte de españoles, norteamericanos y franceses, vivió bajo dos imperios, dos dictaduras, gobiernos centralistas y federalistas, de conservadores y liberales. Todos estos hechos, netamente políticos, se unieron a una crisis económica prolongada, a una modificación en las relaciones entre la Iglesia y el Estado y, en términos sociales, a una serie de reacomodos y redefinición de las clases. Sin embargo, bajo este aparente caos, subyacen algunos elementos permanentes que, analizados en la larga duración, nos hablan de un país que precisamente buscaba la manera de construirse y consolidarse.

Los trescientos años que duró la dominación colonial por parte de España, vínculo roto a través de la consumación de independencia en 1821, no podían borrarse de un plumazo, las costumbres no podían modificarse mediante un decreto, las relaciones sociales no podían estructurarse en una clasificación rígida, la secularización no se podía conseguir en forma irreductible y la cultura no podía librarse de una búsqueda constante.

La interpretación histórica del siglo XIX se ha visto condicionada, en buena medida, por las fuentes documentales de las que se ha echado mano. En una enumeración no necesariamente exhaustiva, podríamos decir que se han aprovechado las leyes, decretos, debates en los congresos, planes políticos, manifiestos, periódicos, folletos, libros de cuentas, registros de impuestos, contratos notariales, archivos de empresas, registros parroquiales, actas notariales, censos y padrones, catecismos, sermones, relaciones de conflictos, producción escrita, imágenes, manifestaciones materiales de la cultura y un largo etcétera. Durante un largo tiempo, estas fuentes se han utilizado para estudiar hechos en forma parcial atendiendo a lo político, lo económico, lo social, lo religioso, lo estético. Ha sido hasta fechas recientes que los estudiosos del siglo XIX han procurado dar explicaciones en términos más globales y menos reductivos, y también están buscando nuevas formas de análisis. Afortunadamente cada vez crece más el número de investigadores sobre este siglo y se le está quitando el carácter de olvidado.

Dentro de este contexto, en los últimos años me he dedicado a analizar la conformación de la memoria histórica a lo largo del siglo XIX y la manera en la que ésta se materializa en la ciudad de México a través del sentido simbólico de las transformaciones urbanas y las conmemoraciones cívicas. En este sentido, la ciudad se entiende como el depósito de las representaciones culturales que reproducen la identidad nacional.

Cabría preguntarse ¿por qué estudiar la memoria si no existe una memoria única?. Cada cual tiene una percepción del pasado, la memoria es selectiva e incluye el olvido. Pero el Estado se ha dado a la tarea de homogeneizar la memoria, de seleccionar los hechos sobre los que quiere que se base su presente, sobre los que se fundamente su razón de ser, excluyendo todos aquellos que cuestionan su legitimidad e intereses. Es por ello que busca homogeneizar la memoria para oficializarla, con todas las implicaciones de exclusión de todos aquellos elementos culturales que contribuyan a la diferenciación. Sin embargo, se incorporan los rasgos que buscan construir la identidad nacional.

Considero que los lieux de mémoire, como los ha llamado Pierre Nora, son un elemento esencial para entender la vida política del conjunto de la sociedad mexicana. A través de ellos pueden visualizarse las múltiples relaciones que existían entre la clase gobernante y la sociedad. En el ámbito político, les "lugares de memoria" son los indicadores de gran trascendencia y con gran raigambre para analizar la formación de la nación, las disputas por el poder así como los apoyos y consensos. Durante todo el siglo XIX, la clase gobernante mexicana construyó un orden legal, un estado de derecho. En este largo proceso, los lieux de mémoire fueron una pieza clave en la edificación de la identidad nacional que fue definida a partir del mito fundacional -como nación independiente- y apoyada por todos aquellos hechos que ayudaron a la conservación de México como un país libre.

Los "lugares de la memoria" fueron utilizados como una vía para construir la historia de una nueva nación. En este sentido, contribuyeron a difundir, mediante una pedagogía bien estructurada, aquellos elementos culturales que conforman la identidad, la filiación política y los valores cívicos. Todo ello tiene como fin participar en la invención de una tradición que recuerda sólo aquellos hechos históricos que son considerados claves en cada época. De esta forma, la memoria colectiva es encaminada hacia una homogeneización que responde a intereses corporativos y/o individuales en cada momento. La conformación de los lieux de mémoire es un proceso muy dinámico y selectivo, incluye y excluye ciertos acontecimientos, espacios, rasgos, expresiones, instituciones que pueden resultar fundamentales para lograr la identidad nacional. En general, reproducen los logros y fracasos del gobierno pero siempre patentizan una idea del progreso. Por esta razón, apelan a las raíces históricas y, teniendo en cuenta la coyuntura política del momento, las acomodan según sus conveniencias.

Durante el siglo XIX los gobiernos en turno favorecieron la materialización de ciertos aspectos de la memoria con el fin de formar la nación. Así pueden analizarse los resultados de este esfuerzo desde una doble perspectiva: en tanto exaltación y selección de la raíz histórica y como la concreción de un hecho político inmediato. Se retoma la raíz histórica de manera simbólica y se le funde con un hecho de la memoria inmediata y, por tanto, los "lugares de memoria" adquieren una doble connotación de vital importancia para asegurar su ingreso en el recuerdo o para sumirse en el olvido.

Dos aspectos fundamentales del estudio son el espacio y el lenguaje de la memoria. El espacio está en función de las ciudades y su geografía simbólica, aprovechando espacios abiertos y cerrados, cargados de connotaciones políticas e incluso religiosas, o la creación de nuevos lugares acordes con la intencionalidad política de cada momento. El incremento de sitios simbólicos tiene que ver con el crecimiento natural de la ciudad pero también con la inserción de algunos espacios en tanto escenarios de nuevos hechos históricos. Los espacios adquieren un significado particular ya que convocan a la población y la hacen partícipe de la vida política. Pero al mismo tiempo, por sus dimensiones físicas, pueden ser tan selectivos como excluyentes.

El lenguaje de la memoria se expresó a través de múltiples medios. Entre ellos, privilegiaré en esta sesión el análisis de las formas monumentales y las obras conmemorativas. Las formas monumentales están ligadas a la pedagogía cívica; la ciudad se vuelve una fuente de educación con el fin de inculcar aquellos valores que construyan la identidad nacional.

Para lograrlo, establece vías triunfales que surgen con una intencionalidad política específica y se van transformando de acuerdo a las necesidades de exaltación del régimen en turno hasta convertirse en algo incuestionable, en un pilar del estado. La colocación de monumentos en los lugares de un significado histórico, los nombres de las calles, responden a una intencionalidad conmemorativa y en un momento dado, adquieren una carga política y simbólica determinante.

La vía triunfal de París, de la pirámide del Louvre al Arco de la Defensa guarda una similitud con el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México donde los monumentos reflejan un discurso pedagógico en torno a la historia de México. Y también podemos pensar en la intención de colocar en la Place de la Concorde estatuas que representen a las principales ciudades francesas y sobre el Paseo de la Reforma a los héroes que representen a cada estado de la República Mexicana.

Por otro lado, las obras conmemorativas tienen un carácter más inmaterial y tangible. Buscan la participación de la población y, a través de diversos medios culturales, logran que ésta asimile los mensajes y se apropie del lenguaje. Las obras musicales y teatrales son algunos de los vehículos de la divulgación de todos aquellos elementos que constituyen la identidad nacional, como también podrían serlo los discursos cívicos, los artículos periodísticos y los libros de historia.

El Paseo Monumental de La Reforma
Como ya mencioné, a lo largo del siglo XIX, las autoridades políticas en turno intentaron construir un orden legal, un estado de derecho. En este proceso, las fiestas tuvieron gran importancia porque se convirtieron en un mecanismo para inculcar una identidad nacional basada en el mito fundacional y apoyada por todos aquellos hechos que ayudaran a la conservación de México como un país independiente. En este sentido, la fiesta podría considerarse como un acto político que ayudaba a ritualizar las formas de poder, permitía establecer un acercamiento entre la clase política y la población, y al mismo tiempo rendía cuenta de las metas alcanzadas y de las perspectivas futuras. Así pues, durante todo el siglo se trabajó en la conformación de un calendario festivo que contribuyera a reforzar la identidad nacional.

También era necesario plasmar en la memoria de los habitantes a los héroes y sucesos que habían participado en el proceso de creación de un país independiente y por ello se recurrió a la construcción de monumentos. Y dada la importancia de la guerra de independencia como mito fundacional, podría pensarse que el primer interés sería consolidar en la historia el lugar de este hecho y de sus héroes. Sin embargo, como veremos, la concreción de sus respectivos monumentos tardó muchos años en realizarse.

El primer proyecto de que se tiene noticia es el que buscaba colocar un monumento a los héroes de la independencia en la plaza principal de la ciudad de México. Por decreto de 27 de junio de 1843, el presidente Antonio López de Santa Anna convocó a un concurso para la construcción de un monumento que habría de erigirse "para perpetuar la memoria de nuestra gloriosa independencia". Una junta general de la Academia de San Carlos seleccionó, en agosto de ese mismo año, el proyecto de monumento presentado por Lorenzo De La Hidalga. Este arquitecto español, residente en México, manifesto su intención de convertir al arte en el "libro abierto de la historia", pero sobre todo la intención de utilizar a la historia como ejemplo de generaciones futuras y como modelo para el "pueblo". Y cabe resaltar el hecho de que fuera un extranjero quien hiciera la primera propuesta para un monumento que conmemoraba, precisamente, el rompimiento de México con España.

El proyecto de De la Hidalga se concretaba en una gran columna de orden corintio, rematada por la figura de un ángel, símbolo de la gloria. Un hecho que vale la pena destacar es que se proponía utilizar el material que se estaba extrayendo del derrumbe del Parián. Este era el nombre que se daba a un mercado que existía en la Plaza Mayor, frente al Ayuntamiento, y que representaba la principal actividad de los "gachupines": el comercio. El Parián fue saqueado en un motín en 1828 y Santa Anna ordenó que fuera derruido en ese mismo año de 1843. Así, los materiales que habían albergado el último reducto de la dominación española se utilizarían para conmemorar la guerra de independencia que había liberado a México de su dependencia de España. Con esta idea se rememoraba la acción de los conquistadores, quienes habían utilizado los materiales de las pirámides que habían arrasado para construir los templos católicos.

El monumento quedaría al centro de la plaza mayor, la cual había logrado su forma cuadrada gracias precisamente a la demolición del Parián. Cabe señalarse que el proyecto no llegó a concluirse, aunque se colocó la primera piedra, un macizo de mampostería y luego un basamento o zócalo sobre el que se colocaría el monumento. Es por eso que, a partir de entonces, los habitantes de la ciudad comenzaron a dar a esta plaza el nombre de "Zócalo", con el que se le conoce hasta la fecha. Y también hay que mencionar que el monumento a la independencia nunca se llegaría a construir en este lugar, como ya veremos.

La idea del dictador Santa Anna quedó irrealizada y sería Maximiliano de Habsburgo, segundo emperador de México, quien la retomaría. Este hecho puede sonar paradójico puesto que un extranjero que había usurpado la corona mexicana era quien tomaba la iniciativa de rememorar la independencia nuevamente perdida. Enterado de que se planeaba erigir un arco de mármol en honor de la emperatriz Carlota, manifestó lleno de agradecimiento que eso los hacía "ser más que nunca mexicanos" pero pensaba que esos materiales tendrían un mejor uso: un monumento a la independencia que tuviera estatuas en marmol de los principales héroes como Hidalgo, Morelos, Iturbide. Su intención era que la primera piedra se colocara el 16 de septiembre de 1864 y por lo tanto convocaba a un concurso bastante libre en el que las únicas condiciones eran que el monumento estuviera revestido de mármol, que la estatua superior fuera de bronce, de dimensiones colosales.

Como Maximiliano no pudo estar en la ciudad de México el gran día, encargó a la emperatriz Carlota que, a su nombre, diera inicio oficial a la construcción del monumento. Por ello, la mañana del 16 de septiembre, después "de cantado el Te-Deum, Su Majestad se dirigió al zócalo, en que se había levantado una vistosa tienda, para colocar la primera piedra del monumento que se elevará en memoria de nuestra Independencia". En 1867 terminó la aventura imperial con el fusilamiento de Maximiliano y el proyecto quedó trunco una vez más. Sin embargo, al año siguiente, el gobernador del Distrito Federal, Gustavo Baz, no sólo propuso "perpetuar la memoria de la Independencia y de los héroes que han muerto por tan sagrada causa", sino que invitó a los gobernadores de los estados para que participaran en la construcción del monumento "con auxilios pecuniarios y con materiales y mármoles exquisitos". Todavía en 1868, se informaba en la prensa que existía ya un modelo ejecutado por el escultor José M. Miranda y por la descripción se hace evidente que la idea de la columna, propuesta por De la Hidalga seguía imperando, como también continuaba la propuesta de los materiales hechos por Maximiliano pero tampoco se llegó a concretar el proyecto.

El 23 de agosto de 1877, siendo presidente Porfirio Díaz, se expidió un decreto que manifestaba su intencion de embellecer el Paseo de la Reforma y por tanto proponía la construccion de un monumento a Cuauhtémoc, a los demás caudillos que se distinguieron en la defensa de la patria, en la siguiente otro a Hidalgo y demás héroes de la Independencia y en la inmediata, otro a Juárez y demás caudillos de la Reforma y de la segunda independencia. Lo que me interesa por ahora es destacar la idea de construir un eje artístico-monumental en el Paseo de la Reforma que incluyera la conmemoración de los que se consideraban los principales sucesos históricos.

En 1877 se aprobó un proyecto de Ramón Rodríguez Arrangoyti pero nunca se materializó. Posteriormente, en 1886, "se expidió una convocatoria para la formación de uno nuevo en que salió triunfante el de los arquitectos norteamericanos Cluss y Schultze, de Washington, pero tampoco se llevó a cabo". Así como en el caso de la propuesta de los extranjeros De la Hidalga y Maximiliano, ésta de dos naturales del vecino país del norte tampoco sería susceptible de ser aceptada por la población, aunque aparentemente sí lo fue por parte de las autoridades.

Finalmente, en 1900, se encomendó el proyecto al arquitecto Antonio Rivas Mercado, poniéndose la primera piedra el 2 de enero de 1902. La columna de la Independencia fue inaugurada durante las fiestas del centenario de la gesta revolucionaria el 16 de septiembre de 1910. Al centro del conjunto escultorico está una estatua en mármol de Miguel Hidalgo, a cuyos pies se encuentran dos figuras que representan a "la historia, en actitud reposada y noble, consignando en un libro las hazañas, el sacrificio y gloria de los héroes" y del otro lado "la Patria ofreciendo a Hidalgo un laurel". En los cuatro ángulos del basamento se colocaron las estatuas que representan a José María Morelos y Pavón, Vicente Guerrero, Xavier Mina y Nicolás Bravo, todos ellos insignes insurgentes rescatados para la historia y la posteridad. Corona la columna una figura alada de bronce dorado que sujeta con la derecha una corona de laurel y con la izquierda un pedazo de cadena. Es el que da nombre al monumento, conocido como "El Ángel".

Dentro del eje monumental del Paseo de la Reforma, hablaré ahora del que se dedicó a Cristóbal Colón. La primera propuesta que se conoce para construirlo provino también de Maximiliano. Su idea era que fuera un obsequio del rey Leopoldo pero que fuera elaborado por un mexicano, pero este proyecto del Emperador también quedó inconcluso. Más adelante, en 1871, el empresario Antonio Escandón, conocido mecenas y filántropo, encargó un nuevo proyecto a Ramón Rodríguez Arrangoiti. Pese a que éste había puesto manos a la obra, Escandón aprovechó uno de sus viajes a Europa y estando aquí en París "en 1873 encargó la realización de otro proyecto al escultor francés Enrique Carlos Cordier". Según explicó el propio Escandón al Ministro de Fomento, dicha estatua, una vez concluida, había estado expuesta algunos días "en los Campos Elíseos de esta capital, frente al Palacio de la Industria" en la exposición de Bellas Artes y posteriormente se trasladó a México.

Hasta ahora, los monumentos mencionados y los que referiré a continuación, habían sido ideados, convocados y financiados por el Estado pero en este caso especial, fue gracias al donativo de un particular que se erigió un conjunto escultórico cívico que rememorara al "descubridor" del Nuevo Mundo. En la Revista de Sociedad, Arte y Letras se expresó la opinión de que debía destacarse la participación de Escandón "porque él fue quien cumplió, en nombre de toda la República, con su deber que no había podido cumplir el país". En 1875 llegaron a Veracruz las cajas que contenían las diferentes piezas que lo componían y finalmente, en julio de 1877, quedó colocado en su ubicación actual, en el cruce del Paseo de la Reforma con las calles de Morelos y Versalles, aunque hubo diversas propuestas, como por ejemplo, la de sustituir la estatua de Carlos IV.

Sobre un basamento en forma de pentágono, se erige un primer cuerpo en el que se colocaron bajorrelieves con algunas escenas del "descubrimiento" y otros hechos relacionados con el suceso histórico. Enseguida se encuentran las estatuas de cuatro religiosos, dos franciscanos y dos dominicos, los padres Antonio de Marchena, guardián del Monasterio de Santa María de la Rábida, y Diego Dehesa, confesor de Fernando el Católico, y dos que vinieron a América: fray Pedro de Gante y fray Bartolomé de las Casas, ambos ampliamente reconocidos por su labor evangelizadora. Coronando el conjunto, está la figura de Colón en actitud de correr el velo que cubría al Nuevo Mundo. Cabe señalar que este monumento, año con año, el 12 de octubre, es víctima de vejaciones y vandalismo por parte de grupos neoindigenistas y, a la fecha, la cantera de su base está cubierta de varias capas de pintura que cubren los graffitis de que constantemente es objeto.

Por otro lado, la construcción de un monumento que honrara la memoria de Cuauhtémoc, el último emperador azteca, tiene un antecedente en 1869 cuando el Ayuntamiento le erigió un monumento en el Paseo de la Viga, el cual, según Justino Fernández "posiblemente no satisfizo a los que deseaban honrar la memoria del héroe azteca". Porfirio Díaz retomó esta idea y, de esta manera, dio inicio al plan de convertir al Paseo de la Reforma, ya oficialmente, en un libro abierto de la historia.

Mediante el decreto ya citado del 23 de agosto de 1877, se convocaba a un concurso para que, en la glorieta que tenía un diámetro de 90 metros, se colocara un monumento de mármol rematado con la figura en bronce del "Águila que cae". Un jurado de cinco profesores seleccionó el proyecto del ingeniero Francisco M. Jiménez, quien propuso utilizar formas inspiradas en la arquitectura del antiguo mundo indígena. La primera piedra se colocó en la glorieta el 5 de mayo de 1878, ya que, como parte de los actos complementarios a las festividades cívicas nacionales, las autoridades aprovechaban para colocar la primera piedra de alguna obra pública o para inaugurar alguna ya concluida. Con esta acción se conjuntaban las ideas de rememorar el pasado pero al mismo tiempo construir para el futuro. Se hizo un contrato para encomendar la elaboración de la estatua a Miguel Noreña, profesor de Escultura en la Escuela de Bellas Artes.

Una vez concluida la obra, se decidió inaugurarla con gran pompa el 21 de agosto de 1887, convocando para ello a las autoridades y a la población en general. Las comitivas, provenientes de las distintas poblaciones que conformaban al Distrito Federal, se dieron cita al pie del monumento y a lo largo de todo el Paseo de la Reforma. Sabemos que algunas de ellas hicieron fuertes gastos para dar mayor lucimiento a la inauguración. El presidente Díaz encabezó un desfile desde su residencia en Chapultepec y después de una salva de 21 cañonazos y la ejecución del Himno Nacional, tiró de un cordón que retiró el velo que cubría la estatua de Noreña. Completaron el acto una serie de discursos, poemas y piezas musicales.

La ubicación actual del monumento es en el cruce de la Avenida de los Insurgentes y el Paseo de la Reforma, a donde fue trasladada el 15 de septiembre de 1949, pero originalmente estuvo en una glorieta que se encontraba unos metros hacia el oriente. Sin embargo, el proyecto modernizador de la ciudad, en el cual se incluía la apertura de una gran avenida, provocaron la modificación del emplazamiento original. El monumento de piedra, y no de mármol, está cargado de símbolos, emblemas, insignias y relieves de bronce, así como de los nombres de los cuatro reyes de las tribus aliadas a los aztecas. En la cumbre, el "joven abuelo" con vestimenta militar y penacho, tiene elevado el brazo derecho desafiando a los invasores y en actitud de lanzar una flecha o lanza.

Dentro de esta corriente de exaltación a los indígenas, sabemos que en 1891, se instalaron también en el Paseo de la Reforma dos estatuas monumentales que representaban a unos guerreros aztecas, fundidas en bronce por Alejandro Casarín pero en 1902 fueron "desterradas" al Canal de la Viga y en 1960 al inicio en la parte norte de la Avenida de los Insurgentes y son llamadas los "Indios Verdes" por la gente.

Para concluir lo relacionado con el Paseo de la Reforma, me ocuparé ahora del proyecto para colocar estatuas de héroes de los estados. La iniciativa provino de Francisco Sosa, natural de Campeche, poeta y periodista liberal quien en septiembre de 1877 propuso invitar a cada estado de la República a que colocara las estatuas de dos personajes destacados por cada entidad "que se hubieran distinguido entre sus conciudadanos por actos en beneficio de la comunidad, ya fuera en las armas, en la ciencia, en las bellas artes, en las letras o por su obra humanitaria".

El presidente Díaz, en vista de la aceptación que había tenido la iniciativa hecha pública en la prensa, apoyó la idea insistiendo en que impulsaria el arte “escultórico de México, sino que contribuirá muy eficazmente a fomentar en los ciudadanos el noble estímulo para hacerse acreedores en el porvenir a la honra que se discierne, levantándoles estatuas a los que por sus virtudes cívicas, por su ciencia o por sus obras, merecen que su memoria sea perpetuada en un monumento artístico”. Las estatuas debían realizarse en tamaño natural y ser fundidas en bronce o esculpidas en mármol y debían representar personajes ya fallecidos "a fin de otorgarles la honra de estar presentes en el paseo". Llama la atención que haya sido durante un régimen netamente centralista como el de Díaz cuando se haya propuesto la presencia de los estados de la federación a través de sus héroes.

Asimismo, se tomaba en consideración el elevado costo que tendrían para el gobierno federal, así que se conminaba a los estados que fueran ellos quienes las financiaran. En lo que se refiere a las estatuas de los hijos pródigos del Distrito Federal, se apeló a la ayuda económica de las municipalidades.

Las primeras estatuas en colocarse fueron precisamente las del Distrito Federal que representaban al general Leandro Valle y a Ignacio Ramírez "El Nigromante", obras ambas del escultor Primitivo Miranda, elaboradas, como todas las demás, en bronce. Para la develación se escogió el 5 de febrero de 1889, "aniversario de la Carta Fundamental de nuestro Ser Político". Para tal ceremonia, se convocó a todos los ayuntamientos a fin de que se presentaran en la Calzada de la Reforma, a las ocho de la mañana, "acompañados del mayor número posible de vecinos, con estandartes y insignias, con objeto de honrar la ceremonia de la inauguración de la estatuas de dicho paseo". Dichas estatuas quedaron colocadas al terminar la glorieta que, en ese momento, servía de marco al monumento a Carlos IV, conocido como "El Caballito". En los años subsecuentes, se aprovecharían las festividades cívicas para inaugurar las estatuas de los otros estados.

Entre 1887 y 1899, los dos kilómetros del Paseo de la Reforma, comprendidos entre el cruce con Bucareli y el cruce con Florencia, quedarían salpicados con 36 monumentos de 18 de los 29 estados y territorios en que se dividía la República Mexicana en ese entonces. De esta forma, la amplia avenida, que a muchos les recuerda Les Champs Elisées parisinos, se ha convertido en lo que proyectaba Porfirio Díaz: en un libro abierto de la historia de México.

Sin embargo, se han suscitado algunas polémicas en torno a la colocación de otros monumentos alusivos a diversos hechos y personajes no siempre históricos. Falta, por ejemplo, algún monumento representativo de la época colonial, de esos 300 años en que el virreinato de Nueva España dependía de la corona española, pero como esa parte de la historia fue considerada como oscura por el pensamiento liberal del siglo XIX, entonces no tenía razón de ser en la monumentalidad. El "Caballito", es decir, la Estatua de Carlos IV que he mencionado, que podría representar esa época, fue desplazado de su lugar en el Paseo de la Reforma, para colocarse en la llamada "Plaza Manuel Tolsá", frente al Palacio de Minería, obra también de este arquitecto español, y se ha conservado atendiendo a su calidad artística y no en cuanto a la figura que representa.

Por lo que respecta a la época de la Reforma, aunque da su nombre al Paseo, no tiene tampoco un monumento específico en él. Su máximo representante, Benito Juárez, cuenta con un hemiciclo en la Alameda, sobre la avenida que lleva su nombre. La etapa de la Revolución es recordada con un monumento que originalmente era la parte central del Palacio Legislativo, situado en la llamada Plaza de la República y que al quedar inconcluso, se utilizó para rememorar la gesta de principios del siglo XX.

Sobre el Paseo de la Reforma se encuentra también la fuente de la "Diana Cazadora", obra del siglo XX que aparentemente rompe con la intención histórico monumental, aunque bien podría ser representativa de este siglo. Pero ha sido trasladada tantas veces de lugar, vestida y desvestida, que suele estar en boca y pluma de muchos críticos, entre ellos el historiador Silvio Zavala, defensor eterno de la monumentalidad del Paseo.

Los otros héroes –o antihéroes
No todos los que participaron en la independencia y modernización de México aseguraron por ese hecho el convertirse en sujetos susceptibles de "monumentalizarse". La historia ha sido muy selectiva en ese sentido y aunque la lista podría ser interminable, sí ha registrado al menos los nombres de algunos de los principales líderes. En este contexto, me ocuparé ahora de los monumentos destinados a honrar la memoria de tres personajes que desempeñaron un rol de suma importancia en el movimiento que culminó con el nacimiento de México como país independiente.

En primer lugar, habría que hacer referencia a José María Morelos y Pavón, el humilde cura que durante años trajo en jaque al ejército realista. La importancia de su persona fue claramente percibida, una vez más, por Maximiliano. Así, el 30 de septiembre de 1865, centésimo aniversario de su nacimiento, se procedió a la inauguración de una estatua en su honor. La estatua, "con un carácter de grandeza [...] realzaba la merecida honra tributada por la iniciativa del emperador al insigne ciudadano, al hábil caudillo que tanto luchó por la independencia de su patria" y lo representaba "en una actitud digna e imponente".

Para tal acto ceremonial, se estableció un rígido protocolo. A las ocho de una mañana fría y lluviosa, los Emperadores se dirigieron acompañados de tres coches a la Plazuela de Guardiola, que cambiaría su nombre a la de Morelos. Está ubicada en la actual calle de Madero, esquina con el Eje Central, frente a la famosa Casa de los Azulejos. El monumento estaba rodeado por una valla de tropas de la guarnición de la ciudad de México.

A la llegada de los Emperadores, se interpretó el Himno Nacional y una vez que se instalaron los asistentes e invitados, el licenciado Miguel Hidalgo y Terán pronunció un discurso alusivo en que hacía vivos deseos por que la estatua sirviera "de estímulo a las nuevas generaciones para que aprendan del gran ciudadano las cualidades que forman la fuerza y lo invencible de nuestra nación". El propio Maximiliano respondió a su vez con otro discurso. Comenzó diciendo: "Celebramos hoy la memoria de un hombre que salió de las más humildes clases del pueblo, que nació en la oscuridad”. Esta frase, el discurso y el acto en general provocaron cínicos comentarios de los editores del periódico La Orquesta, el cual en su número correspondiente al 4 de octubre siguiente, publicó un artículo y una caricatura, realizada por Constantino Escalante. Al pie de la caricatura se lee la siguiente inscripción: "Un Conde: Puesto que ahí se celebra la memoria de un hombre que salió de la más humilde clase del pueblo, que nació en la oscuridad, en fin, la memoria del representante de las razas mixtas, nosotros no debemos estar ahí, somos nobles". Con esto aludían claramente a la molestia que provocaba entre los conservadores el hecho de que Maximiliano escogiera como emblema a los héroes liberales mexicanos y por tanto se habían negado a asistir a la ceremonia. Cabe señalar que la escultura "había sido encargada en 1857 por Mariano Riva Palacio al escultor italiano Piatti para ser colocada en San Cristóbal Ecatepec" y el emperador había aprovechado para colocarla haciendo gala una vez más de su deseo de mostrar a los mexicanos sus buenas intenciones y su sentimiento de pertenencia al país que ahora gobernaba.

Una vez concluidos los discursos, cuatro veteranos de la Independencia, que se hallaban en los cuatro ángulos del monumento, descorrieron el velo que lo cubría al compás del Himno Nacional, y asi el cura de Carácuaro dominó la vista de una plazuela importante en la ciudad.

Pero, como diría la sabiduría popular, el gusto no duró más que lo que dura al triste la alegría y tan pronto como 1869, la estatua fue retirada de la Plaza Morelos y trasladada a la de San Juan de Dios que, a partir de entonces, cambió también de nombre.Tal vez lo que resultaba odioso, ya en plena república restaurada, no era el hecho de honrar a Morelos, sino de que hubiera sido precisamente Maximiliano quien lo eligiera como uno de los principales héroes de la independencia. A la fecha, existe una estatua en su honor, colocada en Jardín de la Ciudadela, la cual fue inaugurada hasta 1912.

Siguiendo con su proyecto de honrar a los héroes de la Independencia, Maximiliano dirigió su atención hacia Vicente Guerrero. En una visita que realizó a la Academia de San Carlos en noviembre de 1865, notó una estatua en yeso elaborada por Miguel Noreña y dispuso que se vaciara en bronce y se colocara en la calle de Corpus Christi. Pero, una vez más, el proyecto imperial quedó trunco por el momento. Sin embargo, en 1868, el director de la propia Academia, Ramón Alcaraz propuso que se hiciera en bronce y se colocara en la plaza de San Fernando, que se llamaría en lo sucesivo Plaza Guerrero. La idea fue acogida por el Ayuntamiento y se abrió una "suscripción popular" para llevarla a cabo. El redactor del periódico El Siglo XIX comentaba que era de esperarse "que la suscripción se extienda por toda la República, y que la plaza de Guerrero sea un magnífico parque que embellezca a la capital y recuerde a las generaciones futuras las virtudes, la gloria y el martirio del héroe del Sur."

En la ceremonia oficial efectuada en 1869 para conmemorar la batalla del 5 de mayo contra los franceses, se planeó realizar la inauguración del monumento a Guerrero ya que el Ayuntamiento de México había deseado “reunir en este aniversario las glorias de dos mexicanos inmortales "Guerrero y Zaragoza" como la personificación de las dos grandes épocas de la historia de México; la guerra de Independencia del poder español, y la guerra de independencia sostenida contra el poder francés.”

El monumento se conserva a la fecha y en su pedestal se lee: "Vicente Guerrero. Mantuvo el fuego de la guerra de independencia. Vivir por la patria o morir por la libertad. Fue sacrificado el 14 de febrero de 1831". Al menos uno de los dos protagonistas del llamado "Abrazo de Acatempan", que preparó la consumación de la independencia de México en 1821, aún se mantiene vivo en la memoria gracias a su representación plástica en bronce.

El otro protagonista, Agustín de Iturbide, en cambio, parece sumirse en el olvido. Dentro de la historiografía mexicanista, ha llegado a ser tildado como "la no-persona más importante" de su época y tal vez de los años posteriores. Los juicios y opiniones que en su momento se emitieron sobre él, se fueron repitiendo hasta convertirse en una verdad casi incuestionable. La imagen del caudillo militar con frecuencia se eclipsa por la del déspota emperador. La historia del Primer Imperio, desde el siglo XIX, se calificaba con un largo rosario de juicios de valor, sin detenerse a analizar las fuentes, declaraciones oficiales y opiniones de los historiadores de la época. El proceso histórico fue sustituido por una visión reduccionista, que se inclinó por destacar la lucha entre héroes y villanos, ganadores y vencidos.

El momento en que Iturbide traspasó el umbral de la muerte, parecería el adecuado para ingresar a la historia. La opinión pública jugó un papel importante en el intento de justificar su muerte, de criticar sus errores y al mismo tiempo de crear la leyenda del "Héroe de Iguala". Aparecieron multitud de folletos que lo mantenían vivo sin importar la tendencia que siguieran y el tratamiento que le dieran. El nombre del consumador estaba en boca de la gente de cualquier facción y a la menor provocación era sacado a relucir para atacar o defender sus acciones. Los iturbidistas no quitaron el dedo del renglón y paulatinamente fueron obteniendo muestras de reconocimiento para su líder espiritual. Aunque se consideren logros aislados, parecen encaminados al reconocimiento de los triunfos de ese grupo y puestos en perspectiva, apuntan precisamente hacia la formación de una tradición inventada.En ese sentido? el principal logro fue que en 1838, sus restos se trasladaron a la ciudad de México para ser depositados en la Catedral en medio de una suntuosa ceremonia promovida por el presidente conservador Anastasio Bustamante. Adelantándome un poco diré que, a la fecha, los restos de los demás héroes de la independencia reposan en el "Ángel", mientras que Iturbide permanece dentro del principal templo católico de la ciudad de México.

Dentro de este proyecto de rescate de Iturbide se pensó también en su monumentalización. Resulta interesante que los proyectos para erigir un monumento al "héroe de Iguala" provinieran de dos particulares destacados en el arte de la escultura: Manuel Vilar y el señor Piatti. Ambos buscaron el apoyo del gobierno para concretizar sus propuestas y resulta aún más llamativo que lo hicieran casi simultáneamente.

Desde 1849, Vilar trabajó en la elaboración de cuatro estatuas "de tema mexicano con la esperanza de atraerse una clientela presuntamente interesada". Así, le comunicó a su hermano que estaba "modelando una figura de Iturbide en el momento de proclamar la Independencia de México. Es del grandor de cinco palmos y vestida de traje militar, y envuelta con la capa". Vilar representó al héroe de Iguala de pie en el acto de anunciar "con entusiasmo a sus compatriotas que la independencia está consumada y enarbolando la enseña tricolor." Para fines de 1850, en la exposición de fin de año de la Academia de San Carlos, exhibió el modelo en yeso.

Ante la ausencia de encargos particulares, Vilar decidió dar un giro a su idea y buscó una comisión oficial. Reconoció que había elaborado tanto la figura de Iturbide como otra de Moctezuma, "para probar si el gobierno mejicano me encargaba la ejecución de estas obras". Y efectivamente, un par de años después la junta de la propia Academia le solicitó que presentara un proyecto. El escultor "proponía dos posibles soluciones: una, la de ejecutar una versión monumental de la misma estatua anteriormente expuesta, sobre un pedestal apropiado; la otra, la de erigirle a Iturbide una estatua ecuestre." La Academia se decidió por esta última y todavía en 1856 Vilar se encontraba trabajando sobre este proyecto pero los tiempos políticos ya no eran los propicios y eso impidió su culminación. Vale la pena destacar que en los tres modelos elaborados por Vilar, se le evocaba en su aspecto de "libertador" y no en su figura de emperador.

De igual forma, en 1854, el Ayuntamiento convocó a la erección de un monumento en el Paseo Nuevo y Piatti propuso una obra toda de mármol, con estatuas, ornamentos y bajorrelieves de bronce, "y constará de dos fuentes, una estatua ecuestre, que sería de desear fuese la de Iturbide, y otra de Cristóbal Colon. Por la fecha en que se hizo esta propuesta, se hace evidente que el escultor buscaba obtener el favor de Santa Anna, promotor de la memoria de Iturbide. Pero el tiempo, implacable, no perdonó a Iturbide el haber ceñido una corona y le negó la posibilidad de la monumentalización.

Y ya que hablamos de antihéroes, no podríamos dejar de mencionar al propio Porfirio Díaz, cuya prolongada permanencia en el poder no le permitió la honra de morir y ser monumentalizado, como a los héroes. La costumbre no permitía entonces honrar a los que aún vivía mediante esculturas. Y claro, la caída del dictador mediante un movimiento revolucionario tampoco aseguró su ingreso al panteón de los héroes.

Sin embargo, en 1900, Adamo Boari proyectó un monumento a Porfirio Díaz en el que combinaba “elementos de la arquitectura indígena, en forma piramidal, con otros clasicistas, lograba un pedestal monumental, adornado con guirnaldas, musas, paños y aún con nopales y magueyes, y rematado por la estatua ecuestre del general y presidente.” El proyecto nunca llegó a realizarse pero es una muestra de esa idea que imperaba en el siglo XIX de fusionar lo viejo (el pasado indígena) con la nueva modernidad, olvidando una vez más el espacio intermedio y sobre todo los tres siglos de dominación española.

Reflexiones finales
Después de este rosario de imágenes y datos sobre los monumentos del siglo XIX en la ciudad de México, conviene finalizar con una serie de reflexiones que, a su vez, pueden dar pie a nuevas interpretaciones. Y la mención del "rosario" no es inocente sino plenamente intencionada. Uno de los aspectos que valdría la pena destacar es el afán del Estado de apoyarse en prácticas culturales de probado éxito. En ese sentido, existe una clara relación con las enseñanzas de la Iglesia Católica. Varios críticos percibieron muy bien este fenómeno y sugirieron que se imitaran las prácticas religiosas sacralizando a los héroes. El estado encontraría así elementos en los que fincar su poder mediante una ritualización a través de ceremonias cívicas, discursos, estatuas laicas, etcétera. Al eternizar en bronce o mármol a los héroes se cumplía así con la función pedagógica de los monumentos que servirían de ejemplo a las generaciones presentes y futuras. Porque no hay que olvidar la contemplación inevitable de un monumento que se desea permanente.

La permanencia del monumento tiene que ver con diversos factores: el político y el material. La vertiente política, es decir, la que vincula el monumento conmemorativo con las concepciones sociales del poder en la época, resulta un parámetro capital para explicar la razón de ser de cualquier monumento público.

Ya hemos visto que por las decisiones tomadas en la cumbre del poder, los héroes aparecen y desaparecen de acuerdo a la función que cumplen de materializar la ideología dominante. En cuanto a lo material, son construidos, en contraposición con la arquitectura efímera, con componentes imperecederos o que al menos resistan el paso del tiempo. De ahí la reiterada utilización del mármol y el bronce, materiales que realzan la suntuosidad.

Pero, además, no hay que pasar por alto el impacto psicológico que producen en el espectador. La empatía, es decir, la proyección imaginaria o mental de sí mismo que el espectador proyecta en una obra de arte y su identificación mental con lo que se representa, resulta fundamental.

En ese sentido, es importante dotar a los personajes de una actitud social y culturalmente aceptada, pero también hay que echar mano de un repertorio iconográfico que, aunque por lo general resulta bastante estereotipado, implica la elección de unos u otros motivos que nos permite asomarnos a los valores más elevados de una época que, en realidad, las figuras conmemorativas no hacían más que trasladar al imprescindible plano expresivo de lo concreto.

La forma misma de las esculturas, su tamaño, implican una dualidad de lejanía y cercanía con el que las contempla. La idea de colocarlas en un pedestal, en una columna, "como altar inaccesible para los nuevos dioses del siglo", como dijera Louis Veuillot, se puede disminuir cuando se van llenando de esculturas que generan un diálogo directo entre el espectador y el punto culminante del monumento. Pero también hay pedestales intencionadamente elevados que generan una distancia y una inaccesibilidad física con el monumento, la cual es aumentada con la colocación de una reja o verja que en ocasiones los rodea.

También en ese sentido, hay que tomar muy en cuenta el espacio físico donde se les coloca ya que es fundamental tomar en cuenta la distancia perceptiva. Por ello, es frecuente que los monumentos se ubiquen en el punto de confluencia de varias calles, de manera que son éstas las que canalizan la mirada del mismo. El emplazamiento de los monumentos no sólo condiciona el punto de vista de los mismos, sino que la percepción resultante varía en relación con el entorno paisajístico o arquitectónico en el que se ubiquen. Por eso los problemas de colocación precisa de un monumento fueron decisivos. El fondo se convierte, pues, en un marco. Además, la escultura del siglo XIX también formó parte integral de un nuevo e importante discurso, el de ornato público.

Y por supuesto no hay que pasar por alto que la construcción de monumentos está íntimamente relacionada con la traza urbana. No es gratuito, pues, que el Paseo de la Reforma se dirigiera hacia el poniente ya que el crecimiento de la ciudad estaba dirigido hacia este punto cardinal. El fraccionamiento de terrenos para la construcción y los proyectos de algunos arquitectos, dieron nacimiento a las colonias Arquitectos, Juárez, Roma, Cuauhtémoc, Anzures, Verónica Anzures, etc. La decisión del emperador Maximiliano de instalar su residencia en el castillo de Chapultepec fue fundamental para la ciudad en términos de la urbanización porque la construcción del Paseo del Emperador abrió la vía hacia el oeste. Asimismo, hay que subrayar que los gobiernos liberales se aprovecharon de esta calle, la bautizaron como Paseo de la Reforma y la inauguraron en 1872 en el mes de mayo. El Paseo de la Reforma parecía ganar una batalla simbólica. Después de haber sido concebido por el emperador impuesto por los franceses, se le utilizaba para conmemorar al emperador azteca, al descubridor del Nuevo Mundo, la independencia, la derrota de tan poderosa armada. También hay que decir que, durante el porfiriato, la residencia del presidente era el Castillo de Chapultepec y este hecho podría ayudarnos a explicar la concurrencia de rutas y de lugares de la memoria hacia esa dirección.

Para la construcción de los monumentos se recurrió a diversos mecanismos entre los que destaca la iniciativa de las autoridades, las cuales promovieron un concurso público. Y los problemas de financiamiento pudieron resolverse mediante la aportación directa del gobierno o a través de donativos de la población a la que, de esta manera, se involucró en el proceso de toma de conciencia de la historia patria.

Finalmente, la inauguración de los monumentos se hizo aprovechando las fechas que habían logrado establecerse como fijas en el calendario cívico que paulatinamente fue conformándose a lo largo del siglo XIX. Estas ceremonias, con su carácter netamente propagandístico. Como toda obra pública, debía entregarse formalmente a la sociedad, lo cual constituía "un momento privilegiado para la cristalización de cualquier pensamiento político o social, avalado por lo que se consideraba, por aclamación, un bien común. Nada menos que ahí radica la importancia de la inauguración". Sin embargo, ésta no significó que el monumento permaneciera para siempre, aunque sí abrió la posibilidad de utilizarlo como sitio privilegiado para las conmemoraciones que año con año, buscaban la consolidación de México como país independiente.

Pour citer cet article
Verónica Zárate Toscano, « El lenguaje de la memoria a través de los monumentos históricos en la ciudad de México (Siglo XIX) », Nuevo Mundo Mundos Nuevos, Número 1 - 2001, mis en ligne le 3 février 2005, référence du 11 mars 2008, disponible sur : http://nuevomundo.revues.org/document214.html.
Acerca de : Verónica Zárate Toscano
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