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EL HUMANISMO RENACENTISTA Y
LA CIENCIA MODERNA
Jesús L. Paradinas Fuentes
1. Introducción
Cuando se estudia la ciencia española en
los siglos XVI y XVII surge inmediatamente la
pregunta de por qué los españoles
apenas participaron en el paso de la filosofía
natural a las ciencias físicas y, por lo
tanto, en el nacimiento de la ciencia moderna.
La tesis que quiere proponer este trabajo es
que una de las razones por las que España
estuvo prácticamente ausente de la llamada
"revolución científica"
fue el débil desarrollo y la peculiar evolución
del Humanismo español. En efecto, pensamos
que el desarrollo del movimiento humanístico,
al incorporar a su campo de trabajo la lengua
y la cultura griega, promovió la recuperación
de las tradiciones filosóficas y científicas
de dicha cultura, lo que hizo evolucionar el Humanismo
renacentista hasta el punto de convertirlo en
un movimiento de renovación no sólo
literario y educativo, sino también filosófico
y científico. Esta evolución se
produjo sobre todo en Italia, mientras que en
España, por las razones que después
indicaremos, el Humanismo, al interesarse principalmente
por la recuperación de las tradiciones
religiosas de la cultura judeocristiana, evolucionó
en otra dirección, configurándose,
sobre todo, como un movimiento de renovación
religiosa.
Nuestra propuesta se fundamenta en dos convencimientos
previos. En primer lugar, y en contra de la idea
defendida por algunos historiadores de la ciencia,
mantenemos que no existió una continuidad
entre el pensamiento científico de los
siglos XIII y XIV y el del siglo XVII; continuidad
que, según ellos, habría sido interrumpida
por el Humanismo, que sería el responsable
de la decadencia de la ciencia durante los siglos
XV y XVI. Creemos, por el contrario, que existió
una verdadera ruptura entre ambos pensamientos
científicos y que la ciencia moderna no
es el resultado de la evolución de la medieval,
sino de una verdadera "revolución".
El estancamiento científico de esos siglos,
en nuestra opinión, no se debió
tanto al movimiento humanístico cuanto
a la incapacidad de las teorías físicas
medievales, que habían sido propuestas
para intentar superar los evidentes fallos de
la física aristotélica, para hacer
avanzar la ciencia. La ruptura con la ciencia
medieval estuvo propiciada tanto por el resurgimiento
de la corriente neoplatónica de la filosofía,
que posibilitó la destrucción de
la visión aristotélica del cosmos
y su sustitución por una concepción
matemática del universo, como por la recuperación
de algunas teorías físicas y matemáticas
griegas desconocidas u olvidadas hasta entonces.
Como los humanistas intervinieron decisivamente
en ambos hechos, el Humanismo no fue un factor
negativo para el progreso de la ciencia, sino
positivo.
En segundo lugar, y rechazando en este caso la
interpretación de algunos historiadores
del Humanismo que lo conciben exclusivamente como
un movimiento de renovación literario y
pedagógico, sostenemos la idea de que el
movimiento humanista fue, igualmente, un movimiento
de renovación filosófico y científico.
Para nosotros, la postura de dichos historiadores
es claramente reduccionista porque, dejando a
un lado la verdadera naturaleza del Humanismo
y su desarrollo histórico, sólo
se fija en el significado de las palabras que
han servido para nombrarlo y en las manifestaciones
iniciales del movimiento.
En efecto, es cierto que los términos
"humanidades", "humanista"
y "humanismo" nacieron en el ámbito
literario y educativo. Los studia humanitatis,
las humanidades, se referían inicialmente
a unas determinadas materias de estudio: la gramática,
la retórica, la poética, la historia,
y la filosofía moral. Umanista fue creado
en el siglo XV en las universidades italianas,
por analogía con el de artista, jurista,
legista, canonista, etc., para designar a los
profesores que enseñaban esas materias.
Y humanismus fue un término acuñado
en 1808 por el pedagogo alemán F. J. Niethammer
para proponer un sistema de enseñanza en
el que se impartiera una educación predominantemente
literaria y centrada en los clásicos griegos
y latinos.
Sin embargo, ya desde su constitución
como movimiento de renovación, el Humanismo
fue mucho más que un programa de renovación
literaria y pedagógica. Fue una propuesta
de renovación intelectual y moral que pretendía
regenerar todos los saberes y valores de la humanidad.
Por lo tanto, aunque en sus inicios se centró
en la renovación de los saberes gramaticales,
retóricos, poéticos, históricos
y morales, con el paso del tiempo se extendió
también a los filosóficos y a los
científicos. Eso quiere decir que, para
comprender su verdadera naturaleza hay que atender
no sólo a los términos que sirven
para designarlo, ni tampoco a sus primeras manifestaciones,
sino a los presupuestos que lo constituyeron como
tal movimiento de renovación y a su desarrollo
y evolución histórica.
Ahora bien, tanto el desarrollo como la evolución
del Humanismo estuvieron condicionados por las
tradiciones culturales y por las circunstancias
históricas de cada país. Las italianas
promovieron el conocimiento de la lengua y de
la cultura griega, lo que llevó a sus humanistas
a interesarse también por la recuperación
de las tradiciones filosóficas y científicas
de la antigüedad pagana. Las españolas,
en cambio, favorecieron el conocimiento de la
lengua y de la cultura hebrea, lo que movió
a sus humanistas a dedicarse, sobre todo, a la
recuperación y estudio de las tradiciones
bíblicas y religiosas de la antigüedad
judeocristiana.
Expondremos a continuación, en primer
lugar, lo que se refiere al origen y naturaleza
del Humanismo y, a continuación, lo que
atañe a sus diferentes desarrollos y evoluciones,
limitándonos en este último punto,
dado nuestro propósito, a comparar el Humanismo
italiano con el español.
2. Origen y naturaleza del Humanismo
Durante los siglos XII y XIII se produjeron en
Europa importantes cambios que modificaron la
vida y la mentalidad de los seres humanos. Los
avances de la técnica, el desarrollo de
la economía monetaria, el desplazamiento
del centro económico a las ciudades, el
florecimiento del comercio, de la industria y
de la artesanía, fomentaron el aumento
de la población y la mejoría de
su nivel de vida. Se produjo entonces el ascenso
económico y social de las profesiones burguesas,
las que más habían contribuido a
crear la nueva situación y las que más
se habían beneficiado de ella: mercaderes,
ingenieros, artesanos, etc., que reclamaron su
participación en la vida política
de las ciudades. Consecuentemente, a partir del
siglo XIV, se revalorizaron los saberes prácticos
y productivos, dado que eran los que habían
conseguido aumentar la riqueza, el nivel de vida
y la comodidad de los seres humanos y disminuyó
la importancia de los especulativos. Apareció
un nuevo ideal del sabio, que no es ya el hombre
que contempla sino el que es capaz de transformar
la naturaleza, como el artesano y el ingeniero,
y un nuevo ideal del saber que es ahora el práctico
y el productivo. Triunfaron nuevos valores, distintos
de los medievales que habían favorecido
a la nobleza y al clero, que justificaban no sólo
la nueva posición socioeconómica
de la burguesía ascendente, sino también
sus pretensiones políticas y su nueva forma
de entender la vida.
La nueva situación vital de los seres
humanos y la nueva mentalidad nacida de ella dieron
origen a un movimiento de renovación, que
conocemos con el nombre de Humanismo, cuando en
la segunda mitad del siglo XIII, en algunas ciudades
italianas en las que había triunfado la
nueva economía basada en las actividades
artesanales y mercantiles, la nueva organización
social burguesa y el orden político republicano,
algunos intelectuales comenzaron a interesarse
por la antigua cultura romana como fuente de esos
nuevos saberes y valores. Así, en Padua,
por ejemplo, algunos profesionales del derecho,
como Lovato Lovati (1241-1309) y Albertino Mussato
(1262-1329), comenzaron a buscar y a coleccionar
textos procedentes de la antigua Roma.
Pues bien, el Humanismo, como dicen sus mejores
estudiosos, ha estado de tal forma marcado por
el que es considerado con unánime consenso
como el primero de los humanistas, es decir, por
Francisco Petrarca (1304-1374), que se puede afirmar
que el movimiento humanista es el desarrollo y
la revisión de sus enseñanzas. Conocer,
por lo tanto, sus presupuestos y sus ideas es
fundamental para comprenderlo debidamente.
Petrarca estaba convencido de vivir en un periodo
histórico caracterizado por una grave degeneración
intelectual y moral, tanto de los individuos como
de las sociedades, que se manifestaba sobre todo
en la crisis que sufría el cristianismo.
Como participaba de la concepción tradicional
del saber, es decir, que el saber se había
conseguido ya en la Antigüedad, que se hallaba
depositado en los libros y que tenía una
finalidad moral, Petrarca se propuso recuperarlo
de nuevo, algo que sólo podía conseguirse
acudiendo a los textos originales, porque las
malas traducciones de dichos textos y las peores
interpretaciones de los mismos impedían
conocer el auténtico saber de los antiguos.
Había, pues, que volver a las fuentes del
saber, tanto pagano como cristiano, poniendo entre
paréntesis las transmisiones medievales
de dichos saberes llevadas a cabo por los árabes
y por los escolásticos.
Ahora bien, dado que el fin que buscaba Petrarca
era de naturaleza moral, no erudita, se volvió
en un principio a las obras literarias e históricas
de la antigüedad clásica, aunque después,
convencido de los límites de las mismas,
se interesó también por la filosofía
moral y por la religión cristiana. Por
lo tanto, podemos distinguir en el Humanismo de
Petrarca tres momentos en los que predominan,
respectivamente, lo literario e histórico,
lo filosófico y lo religioso; aunque en
todas ellas lo que busca es encontrar los conocimientos,
las normas y los modelos de comportamiento que
conducirán a la mejoría moral del
hombre y de la sociedad, es decir, lo práctico,
prescindiendo de las teorías especulativas
de la filosofía y de las doctrinas dogmáticas
de la religión cristiana.
Ya en el mismo Petrarca el Humanismo se presenta
como un movimiento de renovación intelectual
que trata de recuperar el saber y los valores
de la Antigüedad, tanto de la clásica
como de la cristiana, con una finalidad moral.
Es decir, ya en el propio Petrarca hay un desarrollo
del Humanismo que lo lleva más allá
de los "saberes humanos", al extender
el campo de trabajo de los humanistas de los studia
humanitatis a los studia divinitatis. Esta extensión
no planteó ningún problema en el
movimiento humanista. Salutati (1331-1406), por
ejemplo, afirmaba que los studia humanitatis y
los studia divinitatis estaban tan estrechamente
conectados que el conocimiento completo y auténtico
de los unos no puede conseguirse sin los otros.
Ahora bien, los primeros humanistas siguieron
pensando que los saberes científicos, representados
para Petrarca por la filosofía natural
aristotélico-averroísta, no sólo
eran inciertos, sino sobre todo incapaces de promover
la regeneración moral del hombre y de la
sociedad.
El objetivo moral de Petrarca explica, como hemos
dicho, el hecho de que los humanistas, ya desde
la primera generación, se interesaran no
sólo por la tradición clásica
pagana, sino también por la cristiana.
Pero, como hemos dicho, es un interés limitado
en un principio a los saberes productivos y a
los prácticos. Propusieron, por lo tanto,
una nueva valoración de los saberes, contraria
al paradigma científico medieval que dependía
de la clasificación aristotélica
de las ciencias. Para Aristóteles, los
saberes productivos y los saberes prácticos
ocupaban los lugares inferiores en dicha clasificación,
que estaba encabezada por los saberes teoréticos.
En cambio, para los primeros humanistas, dichos
saberes, sobre todo los que se ocupan de la naturaleza,
son menos valiosos, pues se quedan en simples
nociones y distinciones, mientras que los productivos
(gramatical, retórico, pictórico,
edificatorio, etc.) y los prácticos (político,
económico, ético) mueven al hombre
a la acción, enseñan a hacer las
cosas bien y a hacer el bien, no simplemente a
conocer lo que es el bien y a distinguirlo del
mal.
Por la misma razón concedieron un gran
valor a un "saber nuevo", recuperado
por los humanistas, y que no estaba presente en
la clasificación aristotélica de
las ciencias: el saber histórico. La historia
servía para descubrir modelos de comportamiento
individual y social al narrar la vida y los hechos
de los grandes hombres y de los grandes imperios
de la Antigüedad.
El movimiento humanista supuso, igualmente, una
secularización del saber, no sólo
porque los humanistas se interesaron por los conocimientos
y los valores "humanos" de la tradición
grecolatina, es decir, los que tenían por
origen y objeto al hombre, sino porque dichos
humanistas eran en su mayoría laicos. El
movimiento humanista, por lo tanto, acabó
con el monopolio del saber ejercido por el clero
en el mundo medieval.
Los humanistas recuperaron los textos en los
que se habían conservado los saberes de
la Antigüedad, los restauraron, los tradujeron
y los interpretaron de nuevo. Fueron, por lo tanto,
ante todo y sobre todo, filólogos. El Humanismo,
por lo tanto, no se reduce a la docencia de las
letras humanas (gramática, retórica,
poética, historia y filosofía moral),
saberes que, según los humanistas, son
los que humanizan al hombre, ni al cultivo de
las lenguas clásicas, sino que es un programa
de renovación intelectual que pretende
conseguir la renovación moral del hombre
y la sociedad rescatando todos los saberes de
la Antigüedad, acudiendo para ello a todos
sus textos y a todas sus lenguas.
Pues bien, será la labor filológica
del Humanismo, al recuperar, restaurar, traducir
y comentar los textos filosóficos y científicos
de la Antigüedad la que contribuirá
al nacimiento de la ciencia moderna cuando los
humanistas extiendan su campo de trabajo a la
lengua griega y a los saberes teoréticos
de la cultura griega. La extensión a la
lengua griega es un desarrollo del Humanismo que
buscaron sus propios fundadores, pero la extensión
a los saberes teoréticos más que
un desarrollo debe entenderse como una auténtica
evolución del movimiento humanista, evolución
que, en nuestra opinión, estaba implícita
en los presupuestos constitutivos del Humanismo:
el auténtico saber se creó en la
Antigüedad y se puede recuperar si acudimos
a los textos en los que está depositado.
Hay que tener en cuenta que esa vuelta a la Antigüedad
no significó lo mismo en todos los lugares
en los que se desarrolló el movimiento
humanístico. Los italianos, por evidentes
razones nacionalistas, estaban interesados en
recuperar ante todo y sobre todo la lengua y la
cultura latina, dado que en la antigua Roma habían
alcanzado el momento más glorioso de su
historia y, en segundo lugar, la lengua y la cultura
griega, pues éstas también habían
formado parte de su cultura. Los españoles,
en cambio, no estaban tan interesados en recuperar
las lenguas y las culturas clásicas, sino
en exaltar su propia lengua y su propia cultura,
pues para ellos los tiempos modernos eran claramente
superiores a los antiguos.
Eso quiere decir que el desarrollo y evolución
del Humanismo fue diferente en cada nación,
dependiendo de las tradiciones culturales y de
las circunstancias históricas de cada una.
La revolución científica moderna
siguió el camino que había abierto
la evolución del Humanismo italiano y no
la del español. Una razón que explica,
entre otras, el que España apenas participara
en la creación de la ciencia moderna.
3. Desarrollo y evolución del Humanismo
en Italia
El desarrollo más decisivo del Humanismo
tuvo lugar también en Italia, en el siglo
XV, cuando los humanistas italianos, de acuerdo
con su tradición cultural, incorporaron
realmente la lengua y los saberes griegos a su
campo de trabajo, algo que había sido el
deseo no cumplido de los humanistas anteriores.
Este renacer de la cultura griega en Italia se
vio favorecido por una serie de circunstancias
históricas. El primer lugar, los frecuentes
contactos de Italia con Bizancio despertaron el
interés por la lengua griega, por lo que,
ya en 1397, se le ofreció a Manuel Crisoloras
una cátedra de griego en Florencia, por
iniciativa del canciller y humanista Salutati.
Después, a partir de 1439, con motivo de
la celebración del concilio de Ferrara-Florencia,
se trasladaron a Italia un buen número
de sabios bizantinos, como el filósofo
griego Gemisto Pletón (1389-1464), el cual
enseñaba una forma de filosofía
neoplatónica según la cual algunos
profetas de la Antigüedad, como Hermes, Zoroastro
y Orfeo, eran los fundadores del pensamiento filosófico
y teológico. Y, por último, en 1453,
la caída de Constantinopla en poder de
los turcos, movió a multitud de sabios
bizantinos a huir a Italia, llevando consigo una
gran cantidad de textos griegos. Estas circunstancias
históricas permitieron un gran desarrollo
del Humanismo de raíz griega en Italia.
El conocimiento de la lengua griega permitió
a Lorenzo Valla (1407-1457) extender el campo
de trabajo de los humanistas al texto del Nuevo
Testamento. Valla pensaba que así como
la filología permitía recuperar
la auténtica tradición clásica,
al restaurar los textos originales e interpretarlos
en su contexto histórico, también
permitiría recuperar la auténtica
tradición cristiana. Valla inició
en Nápoles, mientras era secretario de
Alfonso de Aragón, su Collatio Novi Testamenti.
En esta obra corrigió, a la luz de los
originales griegos, algunos términos y
pasajes de la traducción latina del Nuevo
Testamento, el texto de la Vulgata, a la que acusó
de estar llena de errores filológicos.
A partir de Valla, los humanistas se ocupan también
de someter a crítica filológica
los textos fundacionales del cristianismo, textos
que formaban parte de la Sagrada Escritura. Pero
es, todavía, una extensión limitada
a una lengua: el griego, y a una parte de la misma:
el Nuevo Testamento. Valla, que no sabía
hebreo, ni siquiera dominaba el griego con la
perfección del latín, a pesar de
reconocer la necesidad del conocimiento de la
lengua hebrea para entender la Biblia, no pudo
desarrollar por completo lo que estaba implícito
en los presupuestos del Humanismo: la extensión
del campo de trabajo de los humanistas a la lengua
hebrea y al Antiguo Testamento.
Esta extensión la llevó a cabo
en Italia el florentino Gianozzo Manetti (1396-1459),
el cual, convencido de que sin saber hebreo no
se podía entender el Antiguo Testamento,
estudió esta lengua durante dos años
y pudo leer dicho texto en su lengua original,
aunque sólo fue capaz de traducir el libro
de los Salmos. Sin embargo, la mayoría
de los humanistas italianos prefirieron seguir
el planteamiento de Bruni (1370/74-1444), para
quien aprender hebreo era un gasto inútil
de fuerzas y de tiempo, dado que las versiones
de los Setenta y de la Vulgata estaban también
inspiradas por el Espíritu Santo, por lo
que limitaron de hecho las lenguas del Humanismo
al latín y al griego. Sólo algunos
contados humanistas italianos, como el cardenal
Egidio de Viterbo (1469-1532), que se sirvió
del hermetismo griego y de la cábala judía
para interpretar la Sagrada Escritura, y el dominico
Santes Pagnino, que realizó una nueva traducción
del Antiguo Testamento que fue publicada en el
año 1528, tuvieron un conocimiento suficiente
de la lengua hebrea y se ocuparon de las cuestiones
bíblicas.
Los humanistas italianos se interesaron más
por la cultura griega que por la hebrea y, consecuentemente,
incorporaron a su campo de trabajo los saberes
teoréticos de dicha cultura. Por lo tanto,
si el Humanismo italiano del siglo XIV era un
Humanismo latino que privilegiaba los saberes
productivos y los prácticos, el del siglo
XV, sin olvidar lo anterior, es también
un Humanismo griego que se interesa por las tradiciones
filosóficas y científicas de la
Antigüedad.
En la recuperación de las tradiciones
filosóficas de la Antigüedad destaca
la Academia Florentina y la figura de Marsilio
Ficino (1433-1499), rector de la misma. Ficino,
de acuerdo con las enseñanzas de Gemisto
Pletón, introdujo en el Humanismo una versión
de la filosofía neoplatónica, que
recibirá más adelante el nombre
de neoplatonismo renacentista o florentino, en
la cual se integraban una serie de tradiciones
sapienciales de origen oriental. Ficino comenzó
traduciendo al latín, antes que las obras
del propio Platón, los Escritos herméticos,
los Oráculos caldeos y los Himnos órficos,
escritos atribuidos, respectivamente, al egipcio
Hermes Trismegisto, al persa Zoroastro y al tracio
Orfeo, a los que se tenía por fundadores
del pensamiento filosófico y teológico.
En dichas obras se incluían una serie de
enseñanzas mágicas, astrológicas
y alquímicas que son la base de las llamadas
"ciencias ocultas" del Renacimiento.
Toda esa sabiduría de origen oriental,
sobre todo egipcio, era para los humanistas más
antigua y, por lo tanto, superior a la griega.
Después de ello, tradujo Ficino las obras
completas de Platón, muchas de las cuales
eran desconocidas en la Edad Media, y algunos
escritos de Plotino, del Pseudo-Dionisio, de Porfirio,
de Jámblico y de Proclo.
La Academia de Florencia, defendió, por
lo tanto, una forma de pensamiento ecléctico
de raíz pitagórica y platónica
en la que se integraban casi todas las tradiciones
sapienciales de la Antigüedad pagana. Más
adelante otro miembro de la Academia, Pico de
la Mirándola, intentó fusionar este
neoplatonismo con la tradición sapiencial
judía recogida en la Cábala. Se
originó así una mentalidad naturalista
y animista, contraria a la cosmovisión
aristotélica, que preparará el camino
que conducirá a la ciencia moderna. Esa
nueva mentalidad está ya presente en las
obras de Nicolás de Cusa, Paracelso, Copérnico,
Bruno y Kepler.
La tradición científica griega
sobre la naturaleza también interesó
a los humanistas italianos en cuanto pudieron
recuperar, leer y traducir los textos originales
en los que estaba recogida. También en
este caso Leonardo Bruni se opuso a que los humanistas
extendieran su campo de trabajo a la recuperación
y estudio de los saberes científicos sobre
la naturaleza, arguyendo que los studia humanitatis
debían centrarse en lo humano, pero, en
este caso, la mayoría de los humanistas
italianos no aceptaron su planteamiento, como
lo demuestra el hecho de que muchos de ellos se
interesaran por la recuperación de los
textos latinos que trataban temas científicos.
Así, por ejemplo, Poggio Bracciolini (1380-1459)
descubrió en 1417 una copia del poema De
rerum natura de Lucrecio y Guarino de Verona (1370-1460)
encontró en 1426 un manuscrito del tratado
De arte medica de Celso.
Sin embargo, aunque a principios del siglo XV
Crisoloras tradujo la Geografía de Tolomeo,
será la llegada a Italia de los científicos
bizantinos, que huían primero del asedio
y después de la toma de Constantinopla
por los turcos, la circunstancia histórica
decisiva que permitirá a los humanistas
italianos, ya familiarizados con la lengua griega,
disponer de textos científicos escritos
en dicha lengua, traducirlos y editarlos de nuevo.
Además, como consecuencia del triunfo
social de la educación humanística,
se introdujo el estudio del griego en las universidades
y en las escuelas de gramática (equivalentes
a nuestros institutos de educación secundaria),
lo que aumentó el número de los
que podían acceder a la lectura directa
de los textos científicos griegos en su
lengua original. En las bibliotecas de dichas
universidades y escuelas se sustituyeron entonces
las antiguas compilaciones científicas
medievales, de origen árabe, por los textos
griegos originales o por sus nuevas traducciones.
A lo largo del siglo XV aumentó en Italia
no sólo la cantidad de textos científicos
griegos que estaban a disposición de los
estudiosos, sino el número de personas
capaces de leer dichas obras en su lengua original.
Esta nueva situación despertará
en muchos humanistas el interés por el
estudio de la naturaleza. Se recuperó entonces
la tradición científica jonia, traduciéndose
las obras de Epicuro y de Lucrecio, lo que permitió
el conocimiento de la física atomista de
Demócrito, tan diferente de la aristotélica.
Con el paso del tiempo, lo que fue en sus inicios
una simple recuperación y traducción
de los antiguos textos científicos griegos
por parte de los "humanistas científicos",
se convertirá en una nueva producción
científica a cargo de los que podemos llamar
ya "científicos humanistas".
Estos nuevos intelectuales, que son ya más
científicos que filólogos, no se
conforman con recuperar, restaurar y traducir
los antiguos saberes científicos, sino
que pretenden superarlos cuando se dan cuenta
de sus errores y limitaciones. Para ellos, por
lo tanto, la gramática, el método
filológico, no es ya el medio adecuado
para recuperar el saber, sencillamente porque
piensan que éste no se halla depositado
en los textos de la Antigüedad. Ya no participan
de la concepción tradicional del saber,
ni éste tiene para ellos una finalidad
moral. Los saberes de la Antigüedad son para
ellos fuente de inspiración, pero pretenden
ir más allá de los mismos.
Así, Ermolao Barbaro, ejemplo de humanista
científico, tradujo en 1481 la Materia
médica de Dioscórides para poder
identificar una serie de plantas citadas por Aristóteles
en sus libros de filosofía natural, e hizo
después una serie de comentarios a la misma.
En 1489 comentó la Historia natural de
Plinio, descubriendo ya algunos errores, aunque
los atribuyó a los copistas. Pues bien,
apenas tres años después, Niccolò
Leoniceno, profesor de medicina de la Universidad
de Ferrara, al que podemos considerar, por lo
tanto, como un científico humanista, publicó
un libro en el que demostraba que los errores
de la famosa obra de Plinio eran debidos a su
autor. A partir de este momento procuró
superar la Historia natural descubriendo nuevos
saberes sobre la naturaleza.
De una importancia decisiva para el nacimiento
y desarrollo de la ciencia moderna fueron las
traducciones y comentarios de los humanistas italianos
a las obras de los grandes matemáticos
griegos. En la Edad Media el conocimiento de la
matemática griega se limitaba a las obras
de Euclides y Arquímedes, cuyas traducciones
estaban llenas de errores. Los humanistas italianos
dispusieron de los textos griegos de ambos autores,
así como de los de Apolonio, Diofanto,
Proclo, Herón y Papo, y procedieron a realizar
nuevas y más perfectas traducciones de
sus obras ya en el siglo XVI.
Algunos humanistas italianos no se conformaron
con traducir y comentar a los matemáticos
griegos, sino que intentaron superarlos. Maurolico
(1494-1575), por ejemplo, no sólo tradujo
algunos de dichos textos advirtiendo de los numerosos
errores que contenían las versiones anteriores
y trató de reconstruir los libros perdidos
de Apolonio, sino que se propuso ir más
allá de los griegos en el desarrollo de
las matemáticas. Es ya, por lo tanto, un
"científico humanista", porque
no se conforma con recuperar, restaurar y traducir
los mejores textos matemáticos de la Antigüedad,
sino que propone nuevos avances en este campo
del saber. Tartaglia (1500-1557), por su parte,
además de traducir algunas obras de Euclides
y de Arquímedes, propuso un nuevo planteamiento
del problema de los proyectiles, abandonando el
tratamiento cualitativo propio de los filósofos
naturales de tendencia peripatética.
Con el paso del tiempo, las matemáticas
pasaron a ser consideradas como una auténtica
ciencia, incluso como alternativa a la demostración
silogística aristotélica e incluso
a la argumentación retórica humanística.
El método de análisis geométrico
se convirtió en el verdadero método
científico.
4. Desarrollo y evolución del Humanismo
en España
Los inicios del Humanismo en España se
remontan a siglo XIV, y se debieron a los contactos
de la Corona de Aragón con Bizancio, por
lo que fue un Humanismo helenista antes que latino.
En este sentido algunos consideran que Juan Fernández
de Heredia (1310/15-1398), Gran Maestre de la
Orden Hospitalaria de San Juan de Oriente, autor
de versiones al dialecto aragonés de algunos
clásicos griegos, sería el primer
humanista español y Bernat Metge (1340/46-1413),
secretario de Juan I de Aragón, el primer
filósofo humanista español. En cualquier
caso, el Humanismo aragonés tuvo una vida
efímera y fue rápidamente sustituido
por el modelo castellano, desarrollado en la corte
de Juan II de Castilla (1419-1454), que fue el
que se impuso en toda España.
En España, a diferencia de lo que ocurrió
en Italia, no existía una fuerte tradición
cultural que se interesara por las lenguas y los
textos clásicos, por lo que el desarrollo
del Humanismo de raíz grecolatina fue siempre
débil. Los españoles, en efecto,
tuvieron poco aprecio por el latín y por
el griego. Además, tampoco se dieron en
España las circunstancias históricas
que favorecieran el conocimiento de la lengua
y de los textos griegos. Crisoloras (1350-1415),
visitó en 1407 y en 1410 la ciudad de Barcelona,
pero, a diferencia de lo que ocurrió en
Florencia, no logró interesar a los catalanes
en el estudio de la lengua y la cultura griega.
No se produjo en España, consecuentemente,
la importante labor de traducción y comentario
de las obras filosóficas y científicas
griegas que se dio en Italia. Es más, durante
el siglo XVI el conocimiento de la lengua griega
llegó a ser peligroso, hasta el punto de
que muchos de sus cultivadores fueron vigilados
o perseguidos por la Inquisición como sospechosos
de favorecer la herejía protestante.
Consecuencia del poco interés mostrado
por los españoles por la lengua griega
y por las traducciones de las obras escritas en
esta lengua, fue que en España la filosofía
aristotélica siguió siendo la predominante,
no sólo entre los escolásticos sino
también entre los humanistas. Así
pues, apenas se produjo la recuperación
de la tradición platónica, partidaria
de una comprensión matemática de
la naturaleza, ni de la tradición científica
jonia, defensora de la física atomista,
tan importantes en la gestación de la llamada
"revolución científica".
Nada tiene de particular, por lo tanto, que la
mayoría de los humanistas españoles
que se dedicaron al estudio de la filosofía
natural y de las matemáticas, incluso en
el siglo XVI, sean aristotélicos que tratan
de renovar dichas disciplinas con los planteamientos
de las escuelas de Paris (Buridano y Oresme) y
de Oxford (Bradwardine y Swineshead).
Lo que sí existía en España
era una importante tradición cultural interesada
por la lengua y la cultura hebrea. En efecto,
en España, a diferencia de lo que ocurrió
en otras partes de Europa, debido a la presencia
de una importante comunidad judía, nunca
se abandonó el estudio del Antiguo Testamento
en su lengua original. Durante la Edad Media los
judíos estudiosos de la Biblia que vivieron
en España emplearon los avances de la filología
para analizar el texto hebreo del Antiguo Testamento.
En el siglo X el célebre Hasday ibn Saprut,
cuya familia era originaria de Jaén, estudió
lingüísticamente la Biblia, algo que
también hicieron, en el siglo XI, ibn Chiquitilla
y Yonah ibn Yanih, naturales de Córdoba.
En los siglos siguientes, podemos citar a Abraham
ibn Ezra (1092-1167), nacido en Tudela (Navarra),
comentador de la Biblia, defensor de la primacía
del sentido literal y del estudio filológico
del texto hebreo, a quien se considera el fundador
de la exégesis crítica e histórica
del Antiguo Testamento, y a David Quimhi (1160-1232),
nacido en Narbona, pero de origen andaluz, famoso
intérprete del Antiguo Testamento de acuerdo
con el método filológico.
Los cristianos, por su parte, mantuvieron frecuentes
contactos con la comunidad judía. Recordemos,
por ejemplo, las célebres disputas entre
judíos y cristianos, celebradas en Barcelona
en 1263 y en Tortosa en 1413, en las que estaba
en juego la interpretación del Antiguo
Testamento a partir de la versión hebrea
del mismo. Así se explica que las traducciones
al castellano del Antiguo Testamento tienen siempre
en cuenta los textos hebreos originales, más
incluso que el texto de la Vulgata, incorporando
en ellas, ya desde la época medieval, los
avances de la filología rabínica.
No hay que olvidar que fue en Castilla, más
de doscientos cincuenta años antes de que
lo hiciera Lutero al alemán, donde se realizaron
las primeras traducciones de los textos bíblicos
al romance. En efecto, ya en el siglo XIII se
tradujo del latín al castellano gran parte
del Antiguo Testamento y casi todo el Nuevo Testamento.
Una de estas traducciones es la llamada Biblia
de Alfonso el Sabio, que se recoge en la Grande
y General Storia (c. 1270). En el siglo XIV se
realizan ya traducciones directamente del hebreo
al castellano, aunque siguen siendo parciales.
En 1422, el gran Maestre de la Orden Militar
de Calatrava, Luis de Guzmán, encargó
al rabino Mosé Arragel de Guadalajara una
traducción de todo el Antiguo Testamento
del hebreo al castellano, que estuvo concluida
en 1433. Esta traducción, conocida hoy
como Biblia de Alba, contiene glosas judías
y cristianas que aclararan los pasajes oscuros.
También a finales de este siglo, el Maestre
de la Orden de Alcántara, Juan de Zúñiga,
que vivía en Zalamea, se rodeó de
sabios judíos y cristianos, de los que
se convirtió en mecenas, con el fin de
avanzar en el estudio de la Biblia. Entre ellos
estaba el más importante de nuestros humanistas:
Nebrija.
Tampoco las circunstancias históricas
favorecieron el desarrollo del Humanismo de raíz
grecolatina en España. En efecto, cuando
se estaba gestando en España el movimiento
humanista, dos conversos judíos al servicio
del rey Juan II de Castilla, Pablo de Santamaría
(1350-1435) y su hijo Alonso de Cartagena (1348-1456),
no recurrieron a la tradición romana, sino
a la gótica y a la judeocristiana para
legitimar histórica y religiosamente la
monarquía castellana. En efecto, los miembros
de la familia Santamaría se sirvieron de
la idea, surgida ya en el reino astur-leonés,
de que el rey castellano era el heredero legítimo
de la monarquía visigoda para justificar
la pretendida supremacía del monarca castellano
sobre los demás reinos peninsulares. La
antigüedad gótica, en consecuencia,
cobró en Castilla tanto o más valor
que la latina. Esta importante decisión
acabó imponiéndose en todos los
reinos peninsulares, porque para los españoles
la época oscura de su historia y su decadencia
cultural no coincidía, como para los italianos,
con el dominio de los godos, sino con el de los
musulmanes. Además, los conversos burgaleses
interpretaron la historia de España como
si ésta fuera el resultado de un plan divino
de salvación: la invasión árabe
fue un castigo por la infidelidad de los visigodos;
Pelayo sucedió a Rodrigo, el último
rey visigodo, por dispensación de Dios;
León y Castilla se reunieron bajo Fernando
II por voluntad divina; etc. La visión
providencialista de la historia, creación
del pueblo judío, la aplicaron los citados
conversos a Castilla, que pasó así
a ser la nación elegida por Dios para continuar
la expansión de la religión cristiana,
primero por toda la península ibérica
y, después, por todo el mundo.
Pablo de Santamaría y Alfonso de Cartagena
que, no lo olvidemos, fueron también obispos
de Burgos y Cartagena, promovieron una estrecha
alianza entre la Iglesia y la Corona con el fin
de salvaguardar sus respectivos intereses: la
religión cristiana y el sistema sociopolítico
monárquico. Ambas instituciones unieron
sus fuerzas para luchar contra cualquier tipo
de disidencia religiosa o política. El
Estado moderno, por lo tanto, nació en
España estrechamente ligado a la religión
cristiana, y se hizo depender la unidad política,
representada por la monarquía, de la unidad
ideológica, representada por la fe y la
moral de la Iglesia.
Esta alianza político-religiosa llevará
a los Reyes Católicos a expulsar a los
judíos, a Carlos I a guerrear continuamente
contra los protestantes, a Felipe II a prohibir
a los españoles salir a estudiar a las
universidades extranjeras para evitar la introducción
en España de ideas peligrosa, a Felipe
III a decretar la expulsión de los moriscos,
etc. Medidas todas que tuvieron nefastas consecuencias
y contribuyeron a aislar a España del movimiento
europeo de renovación filosófica
y científica.
Ahora bien, los conversos del judaísmo
no sólo intervinieron decisivamente en
el origen del Humanismo español, sino en
su desarrollo y evolución. En efecto, hay
que tener en cuenta, hecho importante y diferencial
de nuestro Humanismo, que muchos de los humanistas
españoles eran conversos o descendientes
de conversos, por lo que no tenían ningún
aprecio por la cultura clásica. En cambio,
estaban personalmente interesados en la cultura
judeocristiana, sobre todo en reivindicar la importancia
de la cultura hebrea y el valor del Antiguo Testamento
para el cristianismo. Es lógico, por lo
tanto, que dichos humanistas no sólo concedieran
mayor valor al estudio de la antigüedad judeocristiana
que al de grecolatina, sino que prefirieran dedicarse
al estudio de las tradiciones religiosas, en lugar
de hacerlo con las filosóficas y científicas.
En consecuencia, la evolución del Humanismo
que llevó, como dijimos, a los humanistas
a extender su campo de trabajo a los saberes especulativos,
no significó, como en Italia, un renovado
interés por los saberes filosóficos
y científicos, sino por los teológicos.
Esto explica, por ejemplo, la trayectoria humanística
de Elio Antonio de Nebrija (1444-1522). Nebrija
se formó en Italia y se interesó
por el nuevo Humanismo científico que allí
se estaba desarrollando, aunque, desde siempre,
su verdadera afición fue el estudio de
la teología, En efecto, cuando Nebrija
volvió a España siguió estudiando
y utilizando las obras de los científicos
grecolatinos, sobre todo las de Galeno, Tolomeo
y Plinio, e incluso supervisó la edición
latina del Dioscórides. Pero, en 1495,
en la dedicatoria a la reina Isabel de la tercera
edición de sus Introductiones latinae,
confiesa que su deseo es dedicar al estudio de
la Biblia todo lo que le quedara de vida. Es decir,
el más importante de nuestros humanistas
prefirió los estudios teológicos
a los científicos. Nada tiene, pues, de
particular, que las mejores aportaciones de España
al Humanismo se dieran en el campo de la teología,
renovando la escolástica medieval y editando
las primeras Biblias políglotas de la cristiandad:
la de Alcalá y la de Amberes.
Sin embargo, apenas hay contribuciones españolas
en el terreno de las ciencias de la naturaleza,
y cuando las hay no se refieren a las especulativas,
porque, a parte de lo anteriormente indicado,
también las necesidades del Imperio español
orientaron a nuestros científicos hacia
las ciencias prácticas. Es curioso que
una de las mayores aportaciones españolas
a la ciencia moderna, el descubrimiento de la
circulación de la sangre por Miguel Servet
(1511-1553), se exponga en un libro de teología,
que lleva por título Restitución
del cristianismo, y en un capítulo que
trata del Espíritu Santo.
Menos interés aún demostraron los
españoles en recuperar, traducir y comentar
las obras de los matemáticos griegos, ni
en desarrollar sus teorías, lo que será
decisivo, en nuestra opinión, para explicar
la poca contribución de los españoles
a la revolución científica desarrollada
a partir del siglo XVII que consistió,
como es sabido, en la matematización de
las ciencias. Los matemáticos españoles
más importantes del siglo XVI fueron Pedro
Sánchez Ciruelo (1465-1548) y Juan Martínez
Silíceo (1485-1557). Pues bien, ambos fueron
educados en Paris donde, a diferencia de lo que
ocurría en Italia, se enseñaban
dos escuelas matemáticas bajo-medievales:
la parisina de los nominalistas y la de Oxford
de los mertonianos o calculadores. Por si esto
fuera poco, cuando nuestros matemáticos
se propusieron traducir y editar obras de su especialidad,
eligieron las obras medievales de Suisseth, Bradwardine
y Sacrobosco, en lugar de dirigirse a las grandes
obras de los matemáticos griegos, como
estaban haciendo los humanistas italianos. Es
más, a finales del siglo XVI, cuando era
evidente la necesidad de matemáticos en
España, Felipe II se decidió a promover
la creación de una Academia de Matemáticas
(1583), pero no con la intención de promover
el desarrollo de las matemáticas teóricas
sino de las prácticas, que eran las que
necesitaba el Imperio español para su mantenimiento.
Nada tiene de particular, por lo tanto, que se
eligiera para dirigirla a un arquitecto, Juan
de Herrera, y que cuando hubo que sustituirlo,
se pensara en un cosmógrafo, el portugués
Juan Bautista de Lavaña.
5. Conclusión
La mayor parte de los humanistas españoles,
tal vez incluso podíamos decir los mejores,
dedicaron sus esfuerzos a la recuperación
y estudio de la tradición religiosa judeocristiana.
Por lo tanto, el saber que más se cultivó
en España fue la teología, tanto
la especulativa o escolástica como la positiva
o bíblica. Pero incluso el desarrollo del
Humanismo bíblico se vio frenado en España
por la intervención de la Inquisición.
Los humanistas españoles sintieron pronto
los peligros de dedicarse al estudio filológico
de la Biblia, por lo que muchos de ellos decidieron,
finalmente, abandonar el estudio del hebreo y
de la Sagrada Escritura. En consecuencia, Baltasar
de Céspedes, al publicar en el año
1600 su conocida obra Discurso de las letras humanas,
excluye del campo de los estudios de humanidad
tanto a la Biblia como a la lengua hebrea. Ambas
cosas quedan reservadas para los teólogos.
Más decisiva aún fue la intervención
de la Inquisición para acabar con el débil
desarrollo del Humanismo científico en
España. Al llegar el siglo XVII la Inquisición,
que hasta entonces había condenado sólo
a algunos científicos y por razones religiosas,
lo hizo ahora de forma masiva y por razones científicas.
En efecto, el Índice de Bernardo de Sandoval
(1612) y, sobre todo el Nuevo Índice de
Antonio Zapata (1632), incluyen entre los autores
condenados, de una u otra forma, a la mayoría
de los científicos importantes del momento
y lo hacen en cuanto tales.
En cualquier caso, con el paso del tiempo todo
el movimiento humanista será atacado en
sus fundamentos por aquellos que buscan un nuevo
saber y se sirven de un método nuevo para
alcanzarlo. Este nuevo saber, que no tiene ya
una finalidad moral, no se buscará en la
Antigüedad, ni en los libros, ni en el lenguaje
literario. Galileo, tal vez el primer hombre moderno,
busca ese nuevo saber en el presente, en el universo
y en el lenguaje matemático. El Humanismo,
por lo tanto, tenía los días contados,
pero con su desarrollo y evolución había
promovido el nacimiento de la ciencia moderna.
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