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Reformas Borbónicas en el Virreinato:
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· En 1700 muere
Carlos II de Habsburgo, comienza la Guerra
de Sucesión en Europa, entre los Habsburgo
y los Borbones de Francia. Finaliza con
la paz de Utrecht en 1713.
· Los Habsburgo
recibieron los Países Bajos, Cerdeña, Milán
y Nápoles.
· Inglaterra
(aliada desde un primer momento de los primeros)
obtuvo algunas posesiones en Europa y América.
Además obtuvo el privilegio del comercio
de esclavos en el virreinato durante 30
años, más la posibilidad de ingresar un
barco anualmente con 500t. de mercancías
para comerciar con las colonias.
· Los Borbones
consiguieron la corona de España y su imperio
de ultramar.(Rey Carlos III de España)
La nueva dinastía decidió aplicar una serie de
medidas para revertir la decadencia del
imperio español y por lo tanto aplicaron
algunas reformas políticas, militares y
eclesiásticas.
La principal preocupación del grupo de ministros encargados
de la recuperación del país, fue el progreso
económico de las colonias y el país.
· Se promovió
y protegió la industria manufacturera dentro
de España.
· Se desarrolló
la marina de guerra, con nuevos barcos y
armas.
· Se aprovisionó
y reorganizó el ejército.
· Se fomentó
la agricultura, producto de las nuevas ideas
francesa sobre la fisiocracia. También se
incentivó la actividad ganadera.
· Se crearon
nuevos monopolios, como por ejemplo el del
tabaco.(se fijaba una zona de plantación
de tabaco, y se obligaba a los cultivadores
a venderlos solamente a España)
· Se aumentó
la presión sobre los tributos exigidos a
los indígenas.
· Se aumentó
la explotación y exportación de productos
coloniales tales como el azúcar de Cuba,
el cacao de Venezuela , la plata extraída
del Potosí y el cuero del Río de la Plata.
· Se separaron
dos territorios dentro del virreinato del
Perú llamado virreinato uno, Río de la Plata,
con 8 intendencias internas con capital
en Buenos Aires; y otro llamado virreinato
de Nueva Granada. La intensión de esta medida
era la de asegurar un mejor dominio
y defensa de esta zona austral, contra las
potencias extranjeras, como Inglaterra y
Portugal, que amenazaban con el contrabando
de diversas mercancías. Se creó el primer
consulado para el fomento del comercio colonial.
El primer cónsul fue el abogado Manuel Belgrano.
· Se ampliaron
a 24 la cantidad de puertos abiertos al
comercio con la metrópoli que hasta ese
entonces eras sólo dos. La intensión era
conseguir una relación comercial más fluida
con las colonias, de tal manera que el comercio
ilegal disminuyera.
Resultados y Consecuencias de la Reforma:
· Descontento
de una gran parte de la población como los
criollos y mestizos debido a la gran presión
tributaria.
· Conflictos
internos en las colonias porque los criollos
seguían sin poder acceder a cargos administrativos
y de gobierno.
· Las colonias
seguían desabastecidas porque las potencias
extranjeras dominaban los mares y asaltaban
los barcos españoles.
· España consiente
de la imposibilidad de abastecer las colonias
permite el ingreso de mercadería desde otra
procedencia distinta de la metrópolis. Esto
mostraba cierto grado de debilidad de la
potencia española sobre sus colonias.
· Aumento importante
de los ingresos fiscales para la colonia.
· Mejoramiento
del ejército español. Se recuperó la Colonia
de Sacramento en manos de los portugueses.(otro
centro de contrabando comercial)
· Había evidencias
del debilitamiento en el control metrópolis
- colonias, por lo tanto las potencias veían
una buena oportunidad para ampliar su comercio
ultramarino.
Para contrarrestar estos conflictos España trata
de dominar la situación por medio de la
fuerza a través de sus ejército, con la
intención de someter a todas las instituciones
que ofrecen resistencia a la reforma imperial,
y una de ellas fue la iglesia. Como muestra
de esta medida, se tiene la expulsión de
las misiones jesuíticas de toda la América
española en 1767.
Contexto Internacional:
· Desde la
instalación de los Borbones en el trono
español, España estuvo aliada a Francia
por lazos familiares.
· Ambos países
se unieron para competir con Inglaterra.
· Napoleón
inicia una lucha territorial en todo Europa
tratando de conseguir el control comercial
del continente y de sus colonias.
· Inglaterra
también tenía las mismas intenciones monopólicas.
· Ambas potencias
se encuentran en 1805 en la batalla
de Trafalgar, donde los ingleses tiene una
importante victoria frente a los españoles,
quedando dueños únicos de los mares.
· Inglaterra
bloquea todos los puertos de Europa que
quieran comerciar con Francia.
· Napoleón
responde con un bloqueo a la isla
anglosajona, quedando ésta aislada.
· Portugal,
antigua aliada de Inglaterra trata de auxiliar
a los ingleses. Napoleón pide a la corona
de España para pasar por su país y poder
atacar a los portugueses.
· En 1808,
estando las fuerzas de Francia dentro
de España, estas se vuelven contra la corona
española y toma cautivo al rey Carlos IV.
Aquí comienza la crisis colonial y el movimiento
de independencia de los territorios del
Río de la Plata.
Otros Movimientos Importantes Simultáneos:
Existieron varios conflictos dentro y fuera de Europa
que crearon una visión mas clara de las
formas tradicionales de gobierno, poniendo
en duda la legitimidad de las monarquías.
1776 Las colonias de América del Norte se
emancipan de Inglaterra, mostrándole a otras
colonias que la gran potencia inglesa también
tenía fisuras y debilidades para controlar
y someter sus otros asentamientos.
1780 En Perú los indígenas y mestizos se
sublevan contra la Corona, comandados
por Tupac Amaruc. Reclamaron contra la total
explotación en los régimen de mita y encomienda.
Este conflicto ganó total adhesión de miles
de indígenas de no soportaban el sistema.
La rebelión fue sofocada y el cuerpo de
Tupac Amaruc fue descuartizado y sus partes
diseminadas por varias plazas de la región.
1789 Estalla en Francia la Revolución Francesa,
el gran triunfo de la burguesía sobre un
sistema opresor y totalitario como era la
monarquía de Luis XVI. Se difunden nuevas
ideas sobre la libertad, igualdad y fraternidad
de los pueblos, cuyos promotores habían
sido los hombres de la ilustración francesa.
1791 Se sublevan los esclavos negros de
la colonia francesa de Santo Domingo. Luego
de años de lucha en 1804 se independizan
formando el estado de Haití, el primer país
negro en América.
1808 La monarquía de Carlos IV de España
permite el paso de los ejércitos de Napoleón
por su territorio para atacar a Portugal.
Esta actitud hace que el pueblo español
se rebele contra la Corona y obligue a abdicar
al rey colocando a su hijo Fernando VII
en el trono de España.
1809 En Chuquisaca estalló
un movimiento revolucionario, que más tarde
se extendió hasta La Paz, y adquirió matices
netamente antipeninsulares, antimonárquicos
e independentistas. Esta oposición fue revertida
por la acción en conjunto de Cisneros y
el virrey del Perú.
Invasiones Inglesas Al Río De La Plata:
1806 Primera Invasión
Inglesa: La Reconquista
Sobremonte es virrey. El gobernador de Montevideo
avisa del peligro inminente, pero el virrey
convencido de que los buques de gran calado
no podrían llegar a Bs.As., se limitó a
enviar sólo 300 milicianos a Montevideo,
sin proteger adecuadamente la ciudad de
Bs.As. Santiago de Liniers no pudo defender
la ciudad, y Beresford la toma sin grandes
esfuerzos. Ante la gravedad de la situación
el virrey Sobremonte y otros funcionarios
huyen hacia Córdoba. Los ingleses se instalaron
en el fuerte local, enarbolando la bandera
inglesa. Más tarde Liniers,(un oficial francés
al servicio de la corona española) organiza
la reconquista, con la ayuda de Martín de
Pueyrredón. Luego de vencidos los ingleses,
Liniers es proclamado como nuevo virrey,
pidiendo que Sobremonte no regrese a la
ciudad, ya que se había resuelto privarlo
de todo mando militar y administrativo.
1807 Segunda Invasión
Inglesa: La Defensa
Los ingleses a fines de 1806 recibieron
un importante refuerzo y atacaron Montevideo,
al mando del general Whitelocke, dominando
a los españoles. En junio 1807 entraron
a la ciudad, pero el pueblo al mando del
alcalde Martín de Alzaga, junto a la milicia
(que había sido vencida dos veces pocos
días antes), se prepararon para ofrecer
una enconada resistencia, porque no estaban
dispuestos a ser avasallados. Dos meses
después los ingleses debieron abandonar
el Río de la Plata. Estos triunfos abrieron
el camino a los criollos para comenzar a
pensar seriamente en la emancipación de
España.
Consecuencias:
· Dejó a las
claras que las tropas metropolitanas eran
incapaces de defender las colonias.
· Hubo un resentimiento
popular en repudio a la actitud de
los funcionarios de gobierno que habían
escapado del ataque inglés.
· Creció un
espíritu guerrero en la gente (criollos)
que habían colaborado en la defensa de la
ciudad. Como así también crecieron
ideas de unión y fraternidad entre los ciudadanos
porteños.
· Se
gestaron ideas revolucionarias de independencia
de España.
· Se creó una
nutrido ejército formado por criollos para
la defensa local.
·
El gobierno seguía en manos de los peninsulares,
que eran los grandes comerciantes monopolistas
y los criollos seguían sin poder acceder
a estos cargos.
LAS REFORMAS BORBÓNICAS
Arturo Gómez Alarcón
Se denomina
así al conjunto de grandes cambios económicos,
políticos y administrativos que impulsaron
los reyes borbones de España, durante el siglo XVIII, para la metrópoli y
sus colonias.

Estas
reformas fueron iniciadas por Felipe V (1700-1746), continuadas por Fernando VI (1746-1759) y desarrolladas principalmente por Carlos III (1759-1788). Los objetivos fueron, básicamente, recuperar
la hegemonia comercial y militar de España,
y explotar y defender mejor los ingentes
recursos coloniales.
Las
Reformas Borbónicas y las colonias en América
El fuerte incremento de la población
colonial durante el siglo XVII creó nuevas
necesidades y problemas que los monarcas
habsburgos no pudieron resolver. La lentitud
y la corrupción administrativa caracterizaban
la administración colonial. Las potencias
rivales, Inglaterra y Portugal, se expandían
impunemente e inundaban Sudamérica con mercancías
de contrabando. A todo esto hay que añadir
el excesivo poder que habían adquirido la
aristocracia criolla y el clero, quienes
se atrevían a desafiar las disposiciones
reales que llegaban al Virreinato
del Perú.
Los reyes borbones, principalmente Felipe
V y Carlos III, emprendieron la colosal
tarea de renovar la vieja estructural colonial
que habían dejado los habsburgos. Apoyados
por ministros y asesores ilustrados llevaron
adelante las famosas Reformas Borbónicas.
Los borbones implementaron nuevas unidades
administrativas en América. Crearon virreinatos,
como Nueva Granada y Río de la Plata; capitanías,
como Venezuela y Chile; y comandancias como
Maynas. En 1784 se suprimieron los corregimientos
y se implantó el sistema de intendencias,
buscando mayor eficiencia en los gobiernos
locales. De esta manera se consiguió mejorar
la explotación de las riquezas coloniales
y la recaudación tributaria.
Los borbones hicieron grandes esfuerzos
por contrarrestar la hegemonía comercial
y marítima de potencias rivales como Inglaterra
y Holanda, prósperos países impulsados por
la Primera
Revolución Industrial.
El proyecto borbón contempló la renovación
del sistema mercantil para que sus colonias
sean proveedoras eficientes de materias
primas y consumidoras de las manufacturas
españolas. La Corona apoyó a la burguesía
penínsular favoreciendo la industria y protegiendo
sus mercados. En este contexto se fue liberalizando
el comercio entre los puertos españoles
y americanos, lo que se consagró cuando
Carlos III dio el decreto de Libre Comercio
en 1778.
Esta política debía complementarse combatiendo
el contrabando y mejorando la recaudación
fiscal a favor de la metrópoli española.
Esto provocó fuertes tensiones y guerras
principalmente contra los poderosos ingleses
y lusitanos.
Los conflictos contra los contrabandistas
y corsarios británicos, holandeses y portugueses
hizo necesario un mayor presupuesto para
la armada, el ejército y las milicias. También
se construyeron poderosas fortalezas y murallas
para defender los principales puertos y
ciudades de las colonias. El más importante
ejemplo fue la construcción de los castillos
del Real Felipe en el Callao.
El reformismo borbónico privilegió a los
españoles europeos, “los chapetones”, en
el acceso a los principales puestos de confianza
en el aparato burocrático. Esto fue un duro
golpe para la aristocracia criolla, pero
el despotismo de los borbones reprimió duramente
todo intento de resistencia.
Una de los instituciones afectadas
por el despotismo
ilustrado español fue
la Iglesia Católica. La Corona pretendió
afirmar el poder secular sobre el religioso.
Esto incluía la restricción de los privilegios
y exoneraciones fiscales que gozaban las
ordenes católicas. Fueron los jesuitas los
que más se opusieron al proyecto centralizador
de los borbones, es por ello que fueron
expulsados de España y sus colonias en 1767.
EL REINADO DE FELIPE V (1700-1746)
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Durante
los siglos XVI y XVII gobernaron España,
los monarcas de la Casa de Habsburgo ("los
austrias"). El último de estos fue
Carlos II "el hechizado", quien
murió sin dejar descendencia; antes de morir
cedió los derechos al trono a su sobrino
Felipe, el Duque de Anjou, un nieto del
Rey
Luis XIV de Borbón,
el poderoso Rey Sol de Francia.
LA
GUERRA DE SUCESIÓN ESPAÑOLA
El reinado de un borbón en España rompía
el equilibrio geopolítico en Europa. Potencias
como Inglaterra, Portugal y Austria no se
resignaban a que Francia tenga tanta influencia
sobre España y alentaron al Archiduque Carlos
de Habsburgo para tomar el poder. La guerra
estalló en 1702 y tuvo varios frentes. Francia
utilizó todos sus recursos para sostener
a Felipe V en el trono español.
Después de una década de guerra, la Corona
Británica se mostró dispuesta a terminar
una guerra que la agotaba económicamente
y que causaba gran descontento en su población
por la elevación de impuestos que sufría,
por ello firmó en 1711 con Francia los preliminares
de paz, en los que reconocía a Felipe V
como rey de España. El agotamiento de los
bandos en conflicto aceleró la firma de
la paz definitiva en el famoso Tratado
de Utrecht
de 1713. Sus principales acuerdos fueron:
Inglaterra conserva Menorca y Gibraltar,
ocupadas durante la guerra (cedidas por
España), Nueva Escocia, la bahía de Hudson
y Terranova (cedidas por Francia), la isla
de Saint Kitts en el Caribe, el derecho
de Asiento de negros (un monopolio de treinta
años sobre el tráfico de esclavos negros
con la América española) y el Navío de Permiso
(concedidos por España).
Portugal
obtiene la devolución de la Colonia del
Sacramento (Uruguay), ocupada por España
durante la guerra.
Austria obtiene los Países Bajos españoles,
Milán, Nápoles y la Isla de Cerdeña (cedidos
por España). El Archiduque Carlos de Austria,
ahora emperador, renuncia a cualquier reclamación
del trono español.
Felipe V obtiene el reconocimiento como
rey de España por parte de todos los países
firmantes en tanto que renuncia a cualquier
derecho al trono francés, España conserva
sus posesiones americanas y asiáticas.
La potencia más beneficiada con este Tratado
fue Inglaterra que además de sus ganancias
territoriales, obtuvo grandes ventajas económicas
que le permitieron romper el monopolio comercial
de España con sus colonias. Además, pudo
contener las ambiciones territoriales y
dinásticas de los borbónes franceses.
PRINCIPALES
REFORMAS EN EL REINADO DE FELIPE V
Este reinado se puede dividir en dos etapas.
La primera (de 1700 a 1724) de fuerte influencia
francesa e italiana; y la segunda (de 1724
a 1742) de gran protagonismo de estadistas
y ministros españoles.
En el primer periodo se vivió los dificiles
años de la Guerra de Sucesión Española.
Aún así, gracias al gran apoyo de su esposa
y regente María Luisa de Saboya, se inició
la renovación cultural en España; se fundó
la Librería Real ( después Biblioteca Nacional),
la Academia de la Lengua y, más tarde, las
de Medicina e Historia.
Tras la muerte de su primera esposa, María
Luisa de Saboya, adquirió protagonismo el
Cardenal Julio Alberoni, quien impulsó la
reorganización de Estado con el objetivo
de fortalecer el absolutismo real; se abolieron
viejos privilegios feudales, se centralizó
la administración, otorgándose mayor poder
al Rey.
En el aspecto económico, se restauró la
Hacienda y se protegió a la burguesía buscando
el crecimiento de industria nacional. En
este sentido se implementó una política
económica fuertemente proteccionista. El
impulsó a la producción nacional se reflejó
en la creación de una Real Fábrica en Guadalajara
para fabricar tejidos de lujo que llegó
a contar con varios centenares de telares
y unos miles de trabajadores. Se estimuló
el comercio interior, suprimiendo las aduanas
internas, y se impulsó al comercio exterior
trasladándose en 1717 la Casa de
Contratación
de Sevilla a Cádiz, cuyo puerto ofrecía
mejores posibilidades al calado de los buques.
En el aspecto militar, reorganizó la milicia
dotándola de disciplina, buscando la profesionalización
de sus miembros, estableciendo una sólida
jerarquía en los cuadros y un método de
reclutamiento obligatorio entre la población
nacional. La Armada se fortaleció con la
construcción de una base naval en Ferrol,
mejorando la infraestructura portuaria de
importantes ciudades, construyendo numerosos
barcos y activando las industrias auxiliares
de la navegación.
En
enero de 1724, Felipe V abdicó a favor de
su hijo Luis I, sin embargo, la prematura
muerte de éste, en agosto del mismo año
(víctima de la viruela), le obligó a ocupar
el trono nuevamente.
En la segunda parte de su reinado destaca
el papel desempeñado por los ministros españoles.
Entre ellos, los ilustrados: José Patiño,
político, diplomático y economista; José
del Campillo, hacendista; y, luego, el marqués
de la Ensenada, gran político y magnífico
planificador de la economía.
Con estos eficientes colaboradores se acentuó
este proceso de reconstrucción nacional:
se expandió la flota, mercante y de guerra;
se reactivó el comercio, nacional y colonial,
y se siguió protegiendo la industria nacional.
Para el suministro de materias primas se
crearon varias compañías comerciales con
América y se persiguió severamente el contrabando.
El
ascenso de Felipe V a la corona española
trajo consigo, en primer término, un fuerte
intercambio comercial con Francia. En 1701,
el Rey autorizó la apertura de los puertos
hispanos a los navíos franceses.
En 1705 llegó a Lima Manuel de Oms y Santa
Pau, marqués de Castell dos Rius, el primer
Virrey enviado por los borbones al Perú.
Hasta 1710 gobernó este Virrey que al permitir
la presencia de naviós franceses en el Callao,
encontró gran resistencia del Tribunal del
Consulado, cuyos miembros acusaron al Virrey
de fomentar el contrabando.
Según el historiador Jonh Fisher, los franceses
saturaron el mercado local con miles de
toneladas mercancías que desembarcaban por
Pisco, sin pagar almojarifazgo. Esto con
el aval del virrey que tenía familiares
involucrados en las empresas contrabandistas.
A semejanza de las famosas academias francesas,
el Virrey Castell dos Rius, amante de la
poesía y el teatro, fundó una Academia Literaria
en 1709, la misma que funcionaba en el propio
palacio de Lima. Entre los contertulios
amigos del Virrey estaba el prestigioso
erudito criollo Pedro Peralta y Barnuevo.

En 1710 asumió el poder Don Diego Ladrón
de Guevara, Obispo de Quito, pues su nombre
figuraba en el Pliego de Providencia (llamado
tambien Pliego de Mortaja), traido por el
virrey anterior. Durante este gobierno llegó
la noticia de la firma del Tratado de Utrecht
(1713) que ratificó a Felipe V como Rey
de España y permitió la llegada de los
Navíos de Permiso con 500 toneladas de mercadería británica a
la Feria de Portobello, perteneciente al
Virreinato del Perú.
En 1716 inició su gobierno Don Carmine Nicolás
Caracciolo, Príncipe de Santo Buono. Este
Virrey recibió la noticia de la creación
del Virreinato de Nueva Granada en 1717, con lo cual se segregaban al Perú
las audiencias de Bogotá, Quito y Panamá.
Su duración fue efímera pues a los pocos
meses su corte fue desmantelada y sus territorios
volvieron a jurisdicción del Virreinato
peruano.
En 1720 llegó a la Lima el Virrey Diego
Morcillo, Arzobispo de Charcas, quien gobernó
sin mayores sobresaltos hasta 1724 en que
tomó el poder José de Armendáriz, marqués
de Castelfuerte. Este Virrey era un experimentado
militar y su nombramiento obedece precisamente
a los planes de defensa y paz colonial que
impulsaron los borbones en el siglo XVIII.
La carrera militar se convirtió en un requisito
para el nombramiento de los virreyes, principalmente
desde 1745.
El marqués de Castelfuerte fortificó todos
los puertos del virreinato, incrementó las
tropas. Asimismo, pudo derrotar diversas
rebeliones como la de los indios de Cochabamba
y la del criollo José de Antequera en el
Paraguay.

En 1735 la corona española creó el sistema
de Navíos de Registro, autorizando que españoles e ingleses comercien
con los puertos españoles de América por
iniciativa propia. El único requisito era
pagar los derechos aduaneros (almojarifazgo)
en el puerto de Cádiz. En la práctica se
suprimía el sistema de flotas y galeones
y se derrumbaba la famosa feria de Portobelo.
De 1736 a 1745 gobernó el Perú Don José
Antonio de Mendoza, marqués de Villagarcía.
Sucesos importantes marcaron este periodo.
En 1739 estalló una guerra con los ingleses
en el Mar Caribe. Ante la grave situación
el Rey Felipe V decidió restablecer inmediatamente
el Virreinato de Nueva Granada. Aparte de Bogotá, Quito, Panamá y Venezuela, se anexaron al nuevo virreinato los territorios peruanos de Maynas, Jaen,
Tumbes y Guayaquil.
En 1741 llegó una poderosa escuadra británica
al mando del corsario George Anson. Los
invasores saquearon e incendiaron Paita.
Al año siguiente miles de nativos ashánincas
y shipibos se sublevaron en el Gran Pajonal
(Selva Central). Su líder era Juan Santos Atahualpa quien pretendía expulsar a los españoles y
restaurar un gobierno incaico para el Perú.
Las fuerzas del virrey no pudieron derrotar
a los rebeldes.

El siglo XVIII también se caracteriza por
el impulso a las expediciones científicas
auspiciadas por los reyes borbónicos. Una
de las más importantes fue la que encabezó
el sabio francés Carlos María de la Condamine.
Cosmógrafos, naturalistas y etnólogos integraron
el equipo que llegó al Perú en 1737, entre
quienes se encontraban dos ilustrados españoles:
Jorge Juan y Antonio Ulloa. Ellos tenían la misión de elaborar un informe
con los pormenores de la desorganización
colonial, corrupción de los funcionarios
y comercio ilegal que caracterizaban al
Virreinato. El informe fue publicado más
tarde con el título de "Noticias Secretas
de América".

En 1746 murió el Rey Felipe V. Pocos meses
antes había nombrado como nuevo Virrey del
Perú a José Antonio Manso de Velasco.
REINADO
DE FERNANDO VI (1746-1759)
Este monarca continuó la política de su
padre, de reorganización política y administrativa
de España. Su principal ministro fue el
eficiente marqués de la Ensenada.
Este reinado se caracteriza por su pacifismo.
Se mantuvo neutral en medio de diversos conflictos de aquellos años. Tal vez lo
más trascendental fue la firma del Tratado de Madrid
(1750) con Portugal, por la cual solucionaron
provisionalmente conflictos de la región
amazónica. Portugal renunció a la colonia
de Sacramento (Uruguay) a favor de España,
que cedió vastos territorios guaraníes colonizados
por los jesuitas.
Otros hechos dignos de mención son: la fundación
de la Academia de Bellas Artes y el impulso
a la ampliación de los puertos y la construcción
de barcos.
Fernando VI falleció el 10 de agosto de
1759 sin dejar descendientes; entonces fue
coronado su hermano Carlos III.
EL
VIRREINATO DEL PERÚ EN EL REINADO DE FERNANDO
VI
Mientras reinaba Fernando VI, en el Perú gobernó el virrey José Antonio
Manso de Velasco, conde de Superunda (1745-1761).
Éste era un experimentado y enérgico militar
que antes de venir a Lima ejerció el cargo
de gobernador de Chile durante siete años.
El 28 de octubre de 1746 Lima sufrió un
devastador terremoto que ocasionó la muerte
de 10000 personas. Además, el Callao fue arrasado por un tsunami que provocó la muerte de casi todos sus 5000
habitantes; sólo sobrevivieron 200 personas.
Arduos fueron los trabajos de reconstrucción.
Cientos de palacios, iglesias y casas se
habían derrumbado. El matemático Luis Godín,
de la Academia de Ciencias de Paris, elaboró
los nuevos planos de las nuevas edificaciones
de la capital. Para el Callao, Godín diseñó
un gran ciudadela militar. Su construcción
fue iniciada en 1747 y fue bautizada con
el nombre de Fortaleza del Real
Felipe.
Durante
este prolongado gobierno se continuó la
lucha contra Juan Santos Atahualpa, hasta
la misteriosa muerte del Inca en 1756. El
Virrey también reprimió enérgicamente a
los indígenas y mestizos alzados en Huarochiri,
en 1750.
En 1759 murió el rey Fernando VI. El
nuevo monarca, Carlos III, en 1761 nombró
como nuevo Virrey del Perú a Manuel Amat
y Juniet.
EL REINADO DE CARLOS III (1759-1788)
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Carlos
III tenía experiencia de gobierno, pues
había sido Rey de Nápoles. Al llegar al
trono español se instaló con una corte de
ministros y asesores de origen italiano,
entre quienes destacaba el marqués de Esquilache. Más tarde se rodeó de eficientes ministros
ilustrados españoles como Aranda, Campomanes y Floridablanca.
El nuevo monarca llegó a Madrid dispuesto
a iniciar grandes reformas modernizadoras.
Su gobierno tuvo el espíritu característico
del Despotismo Ilustrado, por lo tanto tuvo
que enfrentar la resistencia de la aristocracia
y el clero. Su carácter enérgico y el apoyo
de la burguesía y los intelectuales ilustrados
permitieron llevar adelante el proceso reformista.
Carlos III restringió viejos privilegios
feudales, dividió latifundios, repartió
tierras comunales, construyó canales de
regadío y liberó el comercio y las aduanas.
Apoyó la industria privada e impulsó la
navegación y el comercio con las colonias
americanas. La burguesía fue favorecida,
también, con la creación del Banco de San
Carlos y la creación de la Orden del Sol.
El proceso reformista afectó los intereses
eclesiásticos, ya que el clero poseía grandes
latifundios y tenía estrechos vínculos con
la vieja aristocracia feudal. Carlos III
buscó el nombramiento de nobles y religiosos
abiertos a las reformas. En este contexto
decretó la expulsión de la Compañía de Jesús.
Los religiosos jesuitas y su poderosa clientela,
educada en los colegios de la orden, controlaban
gran parte del poder administrativo tradicional
y eran firmes opositores de las reformas
ilustradas.
La investigación científica y la difusión
de los nuevos conocimientos recibió gran
impulso de este monarca y sus ministros.
Esto contribuyó a renovar la mentalidad
de los españoles. Viejas costumbres y supersticiones
fueron combatidas; España debía modernizarse
y esto sólo era posible extendiendo la educación,
alentando el desarrollo de la ciencia.
Con
respecto a las colonias, Carlos III emprendió
una serie de reformas destinadas a racionalizar
la administración, liberalizar el comercio,
incrementar la recaudación de rentas y mejorar
las defensas.
EL
VIRREINATO DEL PERÚ EN EL REINADO DE CARLOS
III
El
rey Carlos III puso especial interés en
renovar el sístema administrativo de las
colonias. El Virreinato del Perú sufrió
importantes cambios que conmocionaron a
sus habitantes y provocaron la rebelión
de los indígenas, mestizos y criollos afectados.
Las reformas de mayor trascendencia fueron:
la creación del Virreinato del Río de la
Plata (1776), el decreto de Libre Comercio
(1778) y las medidas fiscales del visitador
Areche (1778-1780).
Además, las reformas carolinas reforzaron
la presencia hispana en la alta burocracia
estatal. El predominio criollo en la maquinaria
estatal llegó a su fin. La corona los relegó
gradualmente en el acceso a las audiencias,
gobernaciones, corregimientos y las fuerzas
armadas; favoreciendo a los "chapetones"
de rango militar.
GOBIERNO
DEL VIRREY
MANUEL AMAT Y JUNIET
(1761-1776)
El
Virrey Manuel Amat continuó la reconstrucción
de Lima. Su objetivo era convertir a la
capital del Perú en una de las ciudades
más hermosas y seguras de América.
Los principales monumentos arquitectónicos
ordenados por el Virrey tuvieron como modelo
el estilo rococó, muy en boga en Francia del siglo XVIII. Entre
las obras más destacadas tenemos a la plaza de toros de Acho, el paseo de Aguas, un coliseo de gallos, la alameda de los Descalzos, el convictorio
de San Carlos,
la iglesia de las Nazarenas y las torres
de la iglesia de Santo Domingo. En el Callao
se culminó la impresionante fortaleza del
Real Felipe. La renovación urbana de Lima
incluyó la construcciones de bellos cafés
y nuevos hospitales.
En 1767 llegó la orden de expulsión de los jesuitas del Perú. Fue una Pragmática Sanción decretada
por el Rey Carlos III, ésta se cumplió el
9 de setiembre de 1767. Todas la propiedades
de los religiosos expulsados pasaron a poder
de la Oficina de Temporalidades, institución
que remató gran parte de los bienes. Al
clausurarse los colegios jesuitas, Amat
fundó el Real Convictorio de San Carlos
y construyó un bello edificio para su sede.
No se puede dejar de lado la famosa relación
amorosa del sexagenario Virrey con la joven
y bella actriz Micaela Villegas, con quien tuvo un hijo llamado Manuel Amat
y Villegas. Este amor escandalizó Lima,
principalmente, por el origen plebeyo de
la muchacha, una mujer ilustrada y caritativa,
a quien las lenguas envidiosas llamaban
Perricholi.
GOBIERNO DEL VIRREY MANUEL GUIRIOR (1776-1780)
Antes
de llegar al Perú, ejerció el cargo de Virrey
de Nueva Granada durante cuatro años. Recibió
con beneplácito su traslado al Perú, llegando
a Lima a mediados de 1776.
Apenas
instalado en el palacio recibió la noticia
de la creación del Virreinato
del Río de la Plata, hecho que afectó notablemente la economía peruana.
Todo el rico Alto Perú, incluyendo los corregimientos
de Puno, pasaron a poder de Buenos Aires.
Además, Lima fue obligada a financiar los
gastos de la instalación del nuevo Virreinato.
En
1777 llegó a Lima José Antonio de Areche,
Visitador General de la Real Hacienda y
Tribunales del Reino, con la expresa misión
de aumentar las rentas de la Corona y sanear
la administración pública. El Visitador
incrementó las alcabalas, creó las aduanas
terrestres y empadronó a los mestizos para
que paguen tributo como los indios. Su maneras
autoritarias y su menosprecio por los funcionarios
criollos le valieron serios enfrentamientos
con el Virrey Guirior. El Visitador emprendió
una campaña e desprestigio contra Guirior
ante la Corte, logrando su destitución en
1780.
El
incremento de los impuestos y los repartos
mercantiles de los corregidores ocasionaron
muchas rebeliones en diversas provincias
como Chumbivilcas (Cusco), Huamalies (Huanuco),
Huaylas y Conchucos (Ancash). Las agitaciones
y protestas se propagaron en todo Arequipa
y en el Cusco se descubrió la Conspiración
de los Plateros, dirigidas por Lorenzo Farfán
de los Godos y Bernardo Tambohuacso, el
cacique de Písac. Las autoridades reprimieron
a sangre y fuego todos estos movimientos
rebeldes donde estaban involucrados indígenas,
mestizos y criollos; todos afectados por
las reformas fiscales implementadas por
Areche y auspiciadas por la Corona.
Uno de los hechos más importantes
del rey Carlos III fue la liberalización
del comercio colonial. El decreto de Libre
Comercio de 1778 legalizó el tráfico mercantil
entre trece puertos españoles y 22 puertos
americanos. El objetivo era favorecer el
crecimiento económico de las regiones descuidadas
por las viejas rutas monopólicas y convertirlas
en nuevas fuentes de materias primas y mercados
para las manufacturas españolas.
El comercio entre la metrópoli y las colonias se
quintuplicó en una década. En América los
más favorecidos fueron los mercaderes afincados
en Buenos Aires y Valparaiso. Aunque el libre comercio fue
resistido por los comerciantes limeños,
no significó la destrucción de la importancia
comercial del Callao o de Lima.
Según
Jhon Fisher, aún con la fuerte competencia
de los bonaerenses y chilenos, el Perú mantuvo
su hegemonía comercial en Amércia del Sur
hasta el ocaso de la etapa colonial. A pesar
del gran crecimiento mercantil de otros
puertos sudamericanos, el Perú controló
casi el 15 º/o de las exportaciones a España,
superando al Río de la Plata que tenía el
12 º/o, y a Venezuela con el 10 º/o.
Como ya mencionamos,
los reyes borbones favorecieron las expediciones
de carácter científico a las colonias. En
1778 echó anclas en el Callao el navío "El
Peruano" que traía a los renombrados
naturalistas Hipólito
Ruiz
y José Pavón acompañadosde otros sabios
ilustrados españoles. El objetivo era hacer
estudios botánicos, zoológicos y minerológicos
en el Perú y Chile.
Después
de diez años de intensas investigaciones
los científicos retornaron a España llevandose
53 cajones con especies vegetales y animales,
800 dibujos. Ruiz y Pavón luego publicaron
en España la famosa obra "Flora peruviana
et chilensis".
En
1780 el virrey Guirior fue relevado de su
cargo y tuvo que regresar a España, para
beneplácito del poderoso visitador Areche.
El mismo año desembarcó en el Callao el
sucesor, Agustín de Jauregui.
GOBIERNO
DEL VIRREY AGUSTÍN DE JÁUREGUI (1780-1784)
El
20 de julio de 1780 Lima recibió al virrey
Agustín de Jáuregui y Aldecoa, un militar
de brillante carrera que, antes de venir
al Perú, había gobernado Chile durante siete
años.
Todavía
no terminaban en Lima los agasajos de recepción
al nuevo virrey cuando estalló en Tungasuca
(al sur del Cusco) la gran rebelión del
cacique José Gabriel Condorcanqui, Túpac
Amaru II.
El
jefe rebelde era descendiente directo de
los incas del Tahuantinsuyo. Túpac Amaru I, su antepasado, fue el último Inca de Vilcabamba,
el mismo que fuera decapitado por orden
del virrey Toledo en 1572. Túpac Amaru II,
en 1780, era cacique de Tungasuca, Surimana
y Pampamarca, y gozaba de propiedades, negocios
y prestigio en la región del Cusco. Se sublevó
a los 40 años, cansado de los excesos de
los despóticos corregidores -los repartos
mercantiles- y las imposición de las reformas
del Visitador Areche (aduanas, alacabalas,
tributos).
El
espacio sur andino había sido la región
más afectada con la creación del Virreinato
del Río de la Plata y la liberalización
del comercio decretada por Carlos III. En
este contexto el incremento de la presión
fiscal agudizó las contradiciones sociales.
Desde 1778 José Gabriel Condorcanqui organizó
una red de conspiración con objetivos cada
vez más radicales.
El
4 de noviembre de 1780 estalló la sublevación.
Túpac Amaru capturó y condenó a la horca
al corregidor de Tinta, Antonio de Arriaga;
el mismo día, delante de miles de seguidores
en Tungasuca, anunció la abolición de las
mitas, alcabalas y corregimientos. Además,
liberó a miles de indios de los obrajes
y decretó el fin de la esclavitud de los
negros.
El
corregidor del Cusco, Tiburcio Landa, emprendió
campaña contra el cacique, dirigiendo una
fuerza de tres mil hombres. Túpac Amaru
lo destruyó sus tropas en la batalla de
la batalla de Sangarará. Sin embargo, extrañamente,
emprendió campaña al Alto Perú, cuando tenía
practicamente en sus manos a la ciudad del
Cusco.
En
Lima las autoridades coloniales se aprestaron
para el combate. El Virrey Jauregui envió
tropas al mando del capitán Gabriel de Avilés.
Estas fuerzas tomaron el Cusco y repelieron
el ataque tupacamarista en enero de 1781.
Poco después llegaron el visitador Areche
y el brigadier José del Valle quienes, apoyados
por el cacique Mateo Pumacahua, vencieron
a los rebeldes en Checacupe y Combapata
(Tinta, Cusco).
La
represión fue indiscriminada y llegó a su
punto culminante cuando el 18 de mayo de 1781, el Inca, su esposa Micaela
Bastidas
y otros dirigentes fueron descuartizados.
El Perú fue pacificado a sangre y fuego.
Los últimos líderes indígenas del levantamiento
-Túpac Katari, Diego Cristobal Túpac Amaru y Pedro Vilca Apaza-
fueron torturados y asesinados horrendamente
entre 1781 y 1783.
GOBIERNO DE TEODORO
DE CROIX
(1784-1790)
Asumió
el gobierno en abril de 1784, cuando el
nuevo visitador general, Jorge de Escobedo
y Alarcón, se aprestaba a implementar en
el Perú un nuevo sistema administrativo:
las intendencias.
Escobedo,
por encargo del Ministro de Indias José
de Gálvez, abolió los aborrecidos corregimientos.
Los corregidores con su corrupción y despotismo
habían provocado muchas rebeliones en América,
incluyendo la que lideró Túpac Amaru II.
Eran urgente la renovación del sistema administrativo
en el Perú con el nombramiento de magistrados
selectos y con salarios adecuados.
En
1784 el Perú fue dividido en 7 intendencias
(tipo departamentos): Lima, Trujillo, Tarma,
Huancavelica, Huamanga, Arequipa y Cusco.
Estas juridicciones de gobierno estaban
a cargo de los Intendentes, quienes debían
velar por la recaudación tributaria y el
mantenimiento del orden. La Corona les asignó
buenos sueldos, pero les prohibió hacer
negocios o repartos mercantiles.
Cada
intendencia se dividía en partidos (tipo
provincias) que eran administradas por los
subdelegados. Estos también estaban prohibidos
de hacer repartos mercantiles; sin embargo,
la mayor parte de ellos incumplían la ley
y cometían tantas tropelías como los antiguos
corregidores.
El
visitador Escobedo estableció que la Superintendencia
de la Real Hacienda pase a manos del Intendente
de Lima. Este hecho provocó la reacción
del Virrey De Croix, quien consiguió restituir
este importante título a su autoridad en
1787.
Otro
hecho de gran trascendencia fue la creación
de la audiencia del Cusco. Un nuevo tribunal
de justicia anhelado por los habitantes
sur andinos, reclamado, inclusive, por
Túpac Amaru II. Al fin se establecía un
órgano de gobierno y de justicia que atendiera
las necesidades del Perú meridional. A
la vez, la Corona podía controlar la convulsionada
y estratégica región.
En
marzo de 1790, Teodoro de Croix consiguió
el permiso para retornar a España. Antes
de partir le entregó el mando al nuevo
virrey del Perú, don Francisco Gil de
Taboada.
VI. LAS REFORMAS BORBÓNICAS
Y LA INDEPENDENCIA, 1767-1821
ANTES
DE SEGUIR con el hilo de la
historia de la gobernación de Sinaloa y
Sonora es necesario referirnos, aunque sea
brevemente, a los acontecimientos que sacudieron
al imperio español entre 1767 y 1821, que
tuvieron una relación muy estrecha con lo
que sucedió en la metrópoli. La sociedad
del noroeste ya estaba integrada al imperio
español, y lo que ocurría en el imperio
afectaba a nuestra región.
Desde el siglo
XVI, la casa reinante en España
era de la familia Habsburgo, de origen austriaco,
pero en 1700 falleció el último rey de la
dinastía, Carlos II, sin dejar descendencia
directa. Después de no pocos conflictos,
la sucesión recayó en el príncipe francés
Felipe de Anjou, sobrino nieto del difunto
rey, quien asumió el trono de España con
el nombre de Felipe V e inició una nueva
dinastía, la de los Borbón, por el apellido
de la familia a la que pertenecía, y que
era la misma que reinaba en Francia. Los
reyes de la casa de Borbón comenzaron una
profunda reforma en España porque consideraban
que el país estaba muy atrasado en comparación
con los demás países europeos. Efectivamente,
los cambios modernizadores que transformaban
a Europa no habían tenido cabida en España,
y en el siglo XVIII
estaba en desventaja económica y tecnológica
respecto del mundo occidental. Cuando las
reformas borbónicas quedaron consolidadas
en la península ibérica, los monarcas decidieron
extenderlas también a las colonias del imperio,
lo que ocurrió en la segunda mitad del siglo
XVIII por iniciativa del rey Carlos III
quien gobernó el imperio español de 1759
a 1788. En este capítulo nos ocuparemos
de las reformas borbónicas que afectaron
a la Nueva España, y en especial de las
consecuencias que tuvieron en las provincias
del noroeste.
Las reformas aplicadas en
la Nueva España y en otras colonias del
imperio tenían por principal objetivo recuperar
para la corona el poder que los reyes de
la familia Habsburgo habían ido delegando
en algunas corporaciones de las colonias,
como la iglesia católica y los consulados
de comerciantes, así como al menos moderar
la creciente corrupción de todas las esferas
del gobierno. Ejercer el poder sin la interferencia
de estas corporaciones también significaba
canalizar hacia la corona los beneficios
económicos que éstas acaparaban. La batalla
fue muy reñida porque se afectaron muchos
y muy fuertes intereses creados desde tiempo
atrás.
Para ejemplificar la situación
que Carlos III quería reformar, examinemos
lo que ocurría en el noroeste novohispano,
según lo hemos descrito. Las funciones de
gobierno que debían ejercer el gobernador
y los alcaldes mayores estaban orientadas
a proteger intereses que no eran los del
rey. Así, los alcaldes mayores, que al mismo
tiempo eran mercaderes, estaban muy comprometidos
con los comerciantes almaceneros de la ciudad
de México, de modo que dichos alcaldes anteponían
los intereses de los almaceneros —que también
coincidían con sus propios intereses— al
provecho del rey y de sus súbditos. Con
su fuerza política, la Compañía de Jesús
intervenía en los asuntos de gobierno y
en defensa de sus propias ventajas. La riqueza
producida en el noroeste beneficiaba a los
comerciantes, a los locales, pero sobre
todo a los almaceneros, y la Compañía de
Jesús se llevaba también una buena porción.
La Real Hacienda era la menos beneficiada
por las riquezas del noroeste, pues sólo
recibía lo recaudado en impuestos. Para
el gobierno imperial, pues, era muy conveniente
eliminar a quienes interferían en los asuntos
de gobierno y se llevaban la mayor parte
de los rendimientos económicos.
Para llevar a cabo las reformas
en la Nueva España, Carlos III envió a un
funcionario de la más alta burocracia de
la corte de Madrid, José Bernardo de Gálvez
Gallardo, con el nombramiento de visitador
general del reino de la Nueva España y con
atribuciones superiores a la autoridad del
virrey. Desembarcó en Veracruz el 18 de
julio de 1765 y allí mismo empezó a ejercer
sus funciones interviniendo en todos los
asuntos, lo mismo militares que de gobierno,
fiscales, de comercio e incluso mineros.
El virrey en funciones, el marqués de Cruillas,
no aceptó la injerencia del visitador, pero
el rey respaldó la autoridad de Gálvez y
el virrey tuvo que someterse. Al año siguiente,
el marqués de Cruillas fue remplazado por
el nuevo virrey Carlos Francisco, marqués
de Croix, un enérgico militar cuya virtud
era la adhesión sin reservas a su rey Carlos
III. El marqués de Croix fue el mejor colaborador
de José de Gálvez en la difícil tarea de
reformar la Nueva España.
En general, las profundas
reformas impuestas en las provincias del
noroeste afectaron a la iglesia católica,
a la organización política y militar, a
la economía y al fisco. Empezaremos por
la expulsión de los jesuitas, porque fue
la primera manifestación del reformismo
borbónico en el noroeste novohispano.
La
expulsión de los jesuitas y las comunidades
indígenas
El
visitador en el noroeste novohispano
La
reforma política y administrativa
Las
reformas en la economía
La
población
La
Alta California
El
obispado de Sonora
El
significado de las reformas borbónicas
La
crisis de la Independencia
La expulsión de los jesuitas
y las comunidades indígenas
En el capítulo
anterior dijimos que la expulsión de los
misioneros jesuitas de las provincias del
noroeste fue un acontecimiento con profundas
repercusiones en la historia de la región.
La expulsión de estos religiosos del imperio
español fue una de las reformas borbónicas,
y la primera que afectó al noroeste. La
Compañía de Jesús había provocado la animadversión
y desconfianza del rey Carlos III tanto
en España como en diversas colonias del
imperio. Esta orden era en extremo poderosa
por las propiedades acumuladas y por la
influencia política que había alcanzado.
Los jesuitas fueron los educadores de las
elites del imperio español y sus alumnos
les guardaban respeto y admiración. Además,
el rey recelaba de la fidelidad de los jesuitas
porque no aceptaban la política de imponer
la voluntad del rey sobre la Iglesia, aun
por encima de la autoridad del papa.
Los monarcas de Portugal y
de Francia también tuvieron conflictos con
la Compañía de Jesús, que resolvieron expulsando
a los religiosos y confiscando sus bienes.
Carlos III optó por la misma vía y, el 27
de febrero de 1767, firmó la orden de expulsión
de los jesuitas de todos los dominios de
España y la confiscación de sus propiedades.
En México y en otras ciudades de la Nueva
España la orden se cumplió entre el 25 y
el 28 de junio del mismo año, pero en las
provincias remotas se realizó más tarde,
a mediados de julio en el noroeste: 52 misioneros
fueron concentrados en Guaymas y 10 meses
más tarde deportados por mar a San Blas,
salieron por Veracruz hacia el destierro
en diversos países europeos.
La expulsión de los misioneros
fue súbita y violenta en las provincias
de Sinaloa, Ostimuri y Sonora, lo que provocó
efectos inmediatos en las comunidades indígenas.
Los jesuitas daban coherencia y unidad al
sistema de misiones que, con una administración
centralizada, presentaba un solo frente
a los colonos que buscaban su desaparición.
La salida de los misioneros desarticuló
la organización de los pueblos indígenas
y los redujo a comunidades aisladas y vulnerables
al asedio de los colonos. Desapareció también
la disciplina misional que normaba la vida
interna de las comunidades y, aunque esta
supresión gustó a muchos indios, la falta
de dirección provocó la pérdida de los bienes
de comunidad.
Se había previsto secularizar
las misiones luego de la expulsión de los
jesuitas, pero el obispo de Durango, a cuya
diócesis pertenecía la gobernación de Sinaloa
y Sonora, sólo tuvo suficientes clérigos
para atender las 14 misiones de Sinaloa
y Ostimuri. Para administrar las 25 misiones
de la provincia de Sonora hubo que llamar
a los frailes franciscanos, pero ni los
clérigos ni los religiosos recibieron autorización
para intervenir en la vida económica y política
de las comunidades, como lo habían hecho
los jesuitas.
Sobre estas comunidades desarticuladas
y en su mayor parte carentes de dirección
incidieron otras disposiciones del gobierno
colonial que resultaron muy perjudiciales
para los indios. El 23 de junio de 1769,
el visitador general José de Gálvez ordenó
que las tierras de las misiones, que eran
propiedad colectiva de cada comunidad, se
fraccionaran en parcelas y se repartieran
en propiedad privada. Los primeros adjudicatarios
serían los indios, pero también los españoles
y mestizos podrían recibir tierras si deseaban
quedarse a vivir en los pueblos de indios.
El intendente Pedro Corbalán (1770-1778)
aplicó la disposición de Gálvez, con cierto
éxito en la provincia de Sonora, pero con
fuerte resistencia de los indios cahitas
de Ostimuri y Sinaloa. El comandante Pedro
de Nava, con objeto de obligar a los indios
a que aceptaran la propiedad privada, en
1794 declaró abolida la propiedad comunitaria
de la tierra y el agua; es decir, las comunidades
indígenas quedaron desprovistas del título
legal que amparaba la propiedad de sus tierras
y aguas; si no aceptaban la propiedad privada
las tierras pasaban a ser realengas, o sea
propiedad del rey, y podían ser entregadas
a quien las solicitase.
Los cambios que trataban de
imponer las autoridades coloniales en las
comunidades indígenas fueron graves y de
profundas consecuencias. La introducción
de españoles mestizos y mulatos en las comunidades
tendía a promover la aculturación de los
indios, es decir, a debilitar la identidad
cultural de las comunidades. En la tradición
de los indígenas la tierra y el agua no
eran patrimonio individual y menos aun mercancías
susceptibles de compraventa. Por otra parte,
faltaba saber si los indios podrían conservar
la tierra y el agua, aunque les expidieran
un título de propiedad privada. Lo previsible
era que, desprovistos del apoyo de su comunidad,
fueran obligados por los colonos a vender
su tierra o que por fraude o violencia fueran
despojados, y que así la tierra y el agua
pasaran a manos de blancos y mestizos. Así,
en este periodo (1767-1821) comenzó la destrucción
de las comunidades indígenas, la pérdida
de la propiedad de la tierra y del agua,
la pérdida incluso de la cultura propia.
Desprovistos de su comunidad, de su tierra
y de su cultura, los indígenas no tuvieron
otra alternativa que alquilarse como peones
al servicio de los colonos. Éste es el profundo
cambio social que se inició a raíz de la
expulsión de los misioneros jesuitas.
El visitador en el noroeste
novohispano
En los
planes del visitador general José de Gálvez,
el noroeste novohispano ocupaba un lugar
preferente, y había para ello varias razones.
Tenía una exagerada opinión sobre las riquezas
minerales de la región y quería terminar
con la inseguridad que privaba en la zona
a causa de los indios insumisos. El visitador
soñaba con un noroeste completamente colonizado
por los españoles, sin las angustias que
los pobladores sufrían a causa de los seris,
los pimas, los apaches y los yaquis. A esto
se añadía el inminente peligro de una invasión
extranjera, ya por parte de los rusos que
navegaban el Pacífico norte, o bien por
parte de los ingleses, franceses o estadunidenses,
muy interesados en aprovechar el Océano
Pacífico, donde el imperio español tenía
enormes y desprotegidos litorales.
El visitador dispuso varias
acciones importantes en relación con las
provincias del noroeste, como el envío de
una expedición militar de grandes proporciones
para la pacificación de los indios rebeldes,
la cual, al mando del coronel Domingo Elizondo,
partió para Guaymas en 1767. Era tan impresionante
el despliegue de soldados, armas y pertrechos
que se pensaba que su sola presencia bastaría
para disuadir a los rebeldes y lograr la
sumisión. En el mismo año el visitador ordenó
la habilitación del puerto de San Blas en
las costas de Nayarit, así como el establecimiento
de un astillero y de una base naval.
A principios de 1768, José
de Gálvez y el virrey marqués de Croix sometieron
al rey un proyecto para crear una nueva
entidad gubernativa con jurisdicción sobre
todas las provincias del norte de la Nueva
España, desde California hasta Texas, del
cual nos ocuparemos más adelante. Era tal
el interés de De Gálvez por el noroeste
que decidió recorrerlo personalmente para
disponer las medidas reformadoras. Partió
de la ciudad de México en abril 1768, pasó
por Guadalajara y llegó a San Blas, donde
se embarcó hacia Baja California. En el
curso del viaje desembarcó en Mazatlán,
donde estuvo una semana y concedió privilegios
a los mulatos de la guarnición del presidio,
como la exención de impuestos al comercio,
el aumento del número de plazas para presidiales
y cierta autonomía del alcalde mayor de
Copala, del cual dependían por estar el
presidio en este territorio.
José de Gálvez estuvo en el
sur de Baja California por espacio de 10
meses y se dedicó a organizar minuciosamente
a la nueva sociedad peninsular. Repartió
las escasas tierras cultivables que pertenecían
a las antiguas misiones jesuíticas y amplios
sitios para la cría de ganado mayor; puso
en funcionamiento unas minas por cuenta
del rey y creó un almacén con fondos de
la Real Hacienda para agilizar el comercio
y el abastecimiento de los colonos, quienes
importaban desde el continente todas sus
mercancías. Los actos del visitador que
tuvieron mayor trascendencia fueron la decisión
de colonizar la Alta California y la organización
de las dos primeras expediciones que participaron
en esta empresa. De este asunto hablaremos
con mayor detenimiento en otro apartado
de este capítulo.
En mayo de 1769, De Gálvez
salió de Baja California y desembarcó en
Santa Bárbara, pequeña ensenada cercana
a la desembocadura del Río Mayo, en la provincia
de Sinaloa. Al llegar al continente se enteró
de algunos asuntos enojosos. El ejército
del coronel Elizondo llevaba un año en la
provincia de Sonora emprendiendo campañas
contra los indios seris, pero con ínfimos
resultados, sobre todo tomando en cuenta
los gastos que la expedición militar causaba
al real erario. El ejército español no disuadía
a los rebeldes seris, sino que estimulaba
su astucia para eludirlo. En el mismo mes,
los indios cahitas del Río Fuerte se sublevaron
contra autoridades y colonos y fueron reprimidos
por la tropa española con violencia inmoderada.
Las fuerzas de coronel Elizondo estuvieron
dos años más en la región y se retiraron,
a mediados de 1771, sin haber logrado el
objetivo de pacificar a los indios insumisos.
Antes de partir a Baja California,
De Gálvez había comisionado al doctor Eusebio
Ventura Beleña para que recorriera las provincias
de El Rosario, Maloya, Copala, Culiacán
y Sinaloa e iniciara la organización de
la Real Hacienda, esto es, el aparato burocrático
para la recaudación fiscal, que hasta la
fecha no existía en el noroeste. El comisionado
debía poner las bases para la fundación
de una real caja y el establecimiento de
los "estancos" del tabaco, la
pólvora, los naipes y la sal. La real caja
era una oficina recaudadora en la que los
mineros pagaban el impuesto del quinto real
y marcaban sus barras de plata con el sello
del rey para poder comercializarlas. Los
estancos eran monopolios del rey, de modo
que sólo las oficinas de la Real Hacienda
podían vender los productos. El comisionado
también estableció una oficina para "rescatar"
el oro y la plata que producían los mineros
y cambiar estos metales por plata acuñada,
medida que afectó a los comerciantes locales
porque esta oficina pagaba mejor precio
que ellos. Pero el visitador desaprobó las
gestiones de Ventura Beleña, lo destituyó
y lo puso en prisión.
José de Gálvez permaneció
tres meses y medio en el real de los Álamos,
provincia de Sinaloa, desde donde dispuso
importantes medidas para el desarrollo de
la región. Estableció la real caja para
el quintado de los metales de la gobernación
y venta del azogue a precios reducidos asimismo,
ordenó la formación de padrones de todas
las provincias para el cobro de diezmos
y tributos, expidió un reglamento de salarios
y jornales, y ordenó la formación de milicias
de españoles y de indios para la defensa
de los pueblos. Una de las más importantes
disposiciones, a la cual ya nos referimos,
fue la repartición de las tierras misionales
entre indios y no indios, para que la propiedad
privada sustituyera a la colectiva y para
que indios y no indios vivieran juntos en
los mismos pueblos.
Posteriormente, De Gálvez
partió al presidio del Pitic, en la provincia
de Sonora, y a las misiones de Ures y Arizpe.
Cuando se encontraba en Ures mostró señales
de una enfermedad que perturbaba sus facultades
mentales, por lo que sus servidores y el
gobernador Claudio de Pineda procuraron
retirarlo sigilosamente para que no se difundiera
la noticia del penoso estado de tan ilustre
funcionario, y lo trasladaron a Chihuahua,
a donde llegó ya en su sano juicio. José
de Gálvez volvió a España en 1772; el rey
Carlos III recompensó sus servicios con
el nombramiento de ministro universal de
Indias y le concedió el título nobiliario
de marqués de Sonora.
El visitador José de Gálvez
pasó por el noroeste novohispano con la
celeridad y la fuerza de los ciclones de
verano. No se había visto en la región a
un funcionario imperial de tan alta investidura
y que dictara tantas y tan diversas disposiciones
reformadoras. En los siguientes apartados
seguiremos el curso de los acontecimientos
posteriores a la visita de De Gálvez para
evaluar el efecto que tuvieron las reformas
borbónicas sobre la sociedad regional
La reforma política y administrativa
Páginas
atrás vimos cómo José de Gálvez y el marqués
de Croix concibieron un proyecto para formar
una nueva entidad política que comprendiera
a todas las provincias del norte. novohispano;
el rey lo aprobó en 1769 y se puso en práctica
en 1776. Esta entidad recibió el nombre
de Comandancia General de las Provincias
Internas. La palabra "comandancia"
indicaba el carácter preponderantemente
militar de la nueva institución, cuyo titular,
llamado "comandante general",
debía ser un militar de alta graduación
porque una de sus principales funciones
sería defender la frontera norte del imperio
español. El término "provincias internas"
era el nombre genérico de todas las provincias
situadas al norte de Zacatecas; se consideraba
que estaban "en el interior del territorio",
como lo indicaba también el nombre "camino
de tierra adentro" aplicado a la vía
que conducía a ellas, a partir de la ciudad
de México.
El caballero Teodoro de Croix,
sobrino del virrey, fue designado primer
comandante general con órdenes de establecer
en el pueblo de Arizpe, provincia de Sonora,
la sede de su gobierno. De Gálvez había
planeado la fundación de una ciudad en las
márgenes del Río Gila, que se llamaría San
Carlos, para que fuera la capital de la
Comandancia, pero mientras ocurría esto,
la sede estaría en Arizpe. Es curioso observar
que provincias como Texas y Nuevo Santander
(Tamaulipas) quedaban a mayor distancia
de Arizpe que de México y, sin embargo,
serían gobernadas desde esta remota capital
que, además, presentaba muchos problemas
de comunicaciones.
Las atribuciones del comandante
general fueron superiores a las de un gobernador,
y en ciertos ramos como hacienda, gobernación
y guerra, sus facultades eran equiparables
a las del virrey de Nueva España; no así
en el ramo de justicia, porque estaba sujeto
a la Audiencia de Guadalajara. El comandante
general dependía directamente del rey de
España sin que debiera rendir cuentas al
virrey de la Nueva España.
Teodoro de Croix permaneció
cinco años en Arizpe tratando de organizar
el gobierno de la Comandancia General, sin
muchos aciertos. Eran numerosos los obstáculos
que impedían su consolidación: el territorio
tenía enormes dimensiones, la población
era muy escasa y estaba diseminada, las
vías de comunicación eran deficientes, había
indígenas insumisos dentro de las fronteras
e invasiones de apaches desde el exterior.
En pocas palabras, las necesidades presupuestales
de la Comandancia General fueron muchas,
y muy escasos los productos fiscales que
recababa, de aquí que debiera recurrir al
apoyo financiero del virrey.
Los sucesores del marqués
de Croix en la Comandancia General tampoco
pudieron establecer el gobierno, y su principal
actividad fue la de garantizar la seguridad
de las provincias. La Comandancia General
duró hasta después de la independencia,
sí bien con varias transformaciones: en
1786 se dividió en tres comandancias, la
del poniente, la del centro y la del oriente;
en 1788 se redujo a dos y, en 1790, volvió
a la comandancia única. Sufrió nuevos cambios
en 1791, 1792 y 1804, mas, a pesar de tantos
ajustes, nunca fue una institución sólida.
El proyecto era adecuado en cuanto a crear
un gobierno militar que fortaleciera la
frontera, pero no hubo los medios necesarios
para llevarlo a la práctica.
La
Intendencia de Arizpe
La Intendencia de Arizpe
Otra de
las reformas impulsadas por José de Gálvez
fue la implantación en la Nueva España de
una institución de origen francés, la intendencia,
cuyo principal objetivo era aumentar el
control de la administración de todas las
provincias, tanto en la recaudación de impuestos
como en el fomento de las actividades productivas
de cada región, de modo que el resultado
final fuera el incremento de ingresos de
la Real Hacienda. La primera intendencia
erigida en la Nueva España fue la de Arizpe,
en el año 1770, y esta ciudad fue la sede
del intendente. El catalán Pedro Corbalán
fue nombrado intendente provisional mientras
el rey confirmaba el plan de De Gálvez y
otorgaba los nombramientos definitivos.
La Intendencia de Arizpe sirvió
como laboratorio para adecuar la institución
a las circunstancias de la colonia. Cuando
Corbalán inició su gestión tuvo muchos problemas,
como la falta de un reglamento que señalara
sus funciones con precisión y los conflictos
con el gobernador de Sinaloa y Sonora, porque
ambos actuaban en el mismo territorio, no
estaban delimitadas las funciones de cada
uno e incluso había confusión sobre qué
autoridad era superior, la del gobernador
o la del intendente. Estos problemas se
resolvieron cuando se decidió que los cargos
de intendente y de gobernador recayeran
en la misma persona. Más tarde, en 1786,
el rey promulgó la "real ordenanza
para el establecimiento e instrucción de
intendentes de ejército y provincia en el
Reino de la Nueva España". Ese año
se extendió a todo el virreinato el sistema
de intendencias; se erigió una intendencia
general en la ciudad de México y 10 de provincia
que, además de la de Arizpe, fueron las
de Mérida, Veracruz, Oaxaca, Puebla, Guanajuato,
Guadalajara, Valladolid (Morelia), San Luis
Potosí, Zacatecas y Durango.
La real ordenanza de 1786
modificó profundamente la organización política
y administrativa de la Nueva España. De
hecho, desapareció la antigua división en
reinos, gobernaciones y provincias e incluso
la figura del virrey quedó muy limitada.
La nueva división territorial estaba pensada
en función de la mejor administración de
las regiones y en cada intendencia había
una única autoridad superior en la persona
del intendente. La ordenanza indicaba que
éste tenía competencia en cuatro ramos:
justicia, hacienda, guerra y "policía".
El intendente era juez supremo en su territorio,
pero supeditado a la correspondiente audiencia.
En Arizpe, la dependencia era de la Audiencia
de Guadalajara. En el ramo de hacienda el
intendente tenía injerencia en todos los
asuntos fiscales y de gastos públicos, pero
nominalmente estaba subordinado al intendente
general de México. En el ramo de guerra
estaba sujeto al comandante general, y sólo
si era militar podía ejercer a plenitud
su autoridad en este ramo; si no lo era,
sencillamente se ocupaba de los asuntos
administrativos del ejército. El ramo de
policía, que hoy llamaríamos "de Fomento",
consistía en ejercer las acciones convenientes
para estimular las actividades productivas
del territorio, es decir, fortalecer la
economía para hacer crecer la recaudación
fiscal. La ordenanza preveía que las intendencias
se subdividieran en partidos, con un subdelegado
como autoridad principal, que tenía las
mismas atribuciones del intendente, pero
dentro de su partido. Tanto el intendente
como el subdelegado tenían prohibido inmiscuirse
en asuntos de comercio, pues se deseaba
eliminar la mala imagen que los alcaldes
mayores y algunos gobernadores habían dejado
en la población por estar coludidos con
comerciantes.
La Intendencia de Arizpe,
que es la que directamente nos interesa
porque territorios que hoy son de Sinaloa
formaron parte de su jurisdicción, fue erigida
por De Gálvez en 1770, pero quedó consolidada
hasta 1777 cuando Pedro Corbalán reunió
en su persona los nombramientos de intendente
y gobernador, cargos que ya no se separaron.
El territorio de la Intendencia de Arizpe
fue el mismo de la antigua gobernación de
Sinaloa y Sonora, pero la subdivisión en
partidos no fue la misma que antes. En 1787
había en esta intendencia 11 partidos, a
saber: Cieneguilla, San Antonio de la Huerta,
Ostimuri, Álamos, El Fuerte, Sinaloa, Culiacán,
Cosalá, Copala, Maloya y El Rosario. Cada
partido tomó el nombre de la población,
villa o real de minas en donde residía el
subdelegado (mapa VI.1).
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Partidos
1.- Cieneguilla
2.- San Antonio de la Huerta
3.- Ostimuri
4.- Álamos
5.- El Fuerte
6.- Sinaloa
7.- Culiacán
8.- Cosalá
9.- Copala
10.- Maloya
11.- Rosario
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MAPA
VI.1 La intendencia de
Arizpe en 1787.
A Pedro Corbalán tocó la tarea
de organizar la Real Hacienda en la intendencia,
porque no había en las provincias del noroeste
ninguna dependencia de este organismo fiscal.
Durante la visita de José de Gálvez se inició
el establecimiento de los estancos y el
mismo visitador fundó nominalmente, en 1769,
la Real Caja de Álamos. Corbalán puso en
funcionamiento la caja para que quintaran
sus metales todos los mineros de la intendencia
y para la distribución del azogue, que también
era estanco del rey. Los mineros del sur
de la intendencia no aceptaron esta disposición
porque se les obligaría a viajar a Álamos
para quintar sus metales, pero su plata
salía hacia México y era más fácil quintarla
en Guadalajara o en la misma capital del
virreinato. En atención a las objeciones
de los mineros de El Rosario, las autoridades
superiores acordaron trasladar la Real Caja
a El Rosario y establecer en Arizpe una
pagaduría, esto es, una oficina subalterna
de la Real Caja, cuya principal función
era atender al pago de los situados de los
presidios y de los sínodos de los misioneros.
La Real Caja de El Rosario empezó a funcionar
en 1783, mientras que la pagaduría de Arizpe
lo hizo desde 1780.
CUADRO VI.1. Intendentes
de Arizpe
Los sucesores de Pedro Corbalán
consolidaron la estructura de la Real Hacienda.
La administración principal de los estancos
reales estaba en la Real Caja de El Rosario,
pero tenía ocho administraciones subalternas,
que en 1790 eran las de Arizpe, San Miguel
de Horcasitas, San Antonio de la Huerta,
Cieneguilla, Álamos, Sinaloa, Culiacán y
Cosalá. Para estas fechas habían aumentado
los ramos fiscales manejados en la intendencia,
pues ahora eran tabaco, pólvora, naipes,
papel sellado, alcabalas, sal, mezcal, correo,
diezmos, reales quintos, media anata, tributos
y azogue. El tabaco, la pólvora, los naipes,
la sal y el azogue eran productos monopolizados
por el rey, como ya se dijo: estaban "estancados"
y sólo la administración correspondiente
podía producir y comercializar estas mercancías.
El papel sellado consistía en hojas con
el sello del rey que debían usarse en todo
asunto público, so pena de invalidez de
las gestiones. La alcabala era un impuesto
al comercio y consistía en el pago de un
porcentaje del valor de las mercancías introducidas
a la Intendencia. Sólo en algunas intendencias
estaba permitida la producción y venta de
mezcal y aguardiente, entre ellas la de
Arizpe, pero por cuenta del rey. El diezmo
era un impuesto eclesiástico que consistía
en donar a la iglesia la décima parte de
los productos agrícolas y pecuarios; en
el noroeste no se había cobrado por ser
indios de misión la mayor parte de los productores,
pero hecha la secularización de las misiones
tanto los indios como los mulatos y mestizos
debían pagarlo, así como el tributo; el
diezmo lo cobraba la Real Hacienda. El correo
era un servicio público operado por el gobierno,
y quienes lo usaban pagaban el correspondiente
derecho. De los impuestos del real quinto
de los mineros y la media anata de los funcionarios
reales ya hemos hablado. El tributo era
un impuesto personal que pagaban los indios,
mulatos y mestizos como reconocimiento del
vasallaje que debían al rey de España.
Es indudable que los intendentes
de Arizpe pusieron mucho empeño en la estructuración
de la Real Hacienda y en el cobro de los
impuestos, ya que ésta era una de sus funciones
esenciales. Efectivamente, entre 1767 y
1821 se creó una infraestructura fiscal
que antes no existía y se inició la tarea
de acostumbrar a los pobladores a pagar
impuestos que antes no pagaban. De los ramos
fiscales citados sólo se pagaban con regularidad
los reales quintos de los mineros y la media
anata de los funcionarios del rey, así como
los derechos sobre el azogue, ya que sólo
la Real Hacienda lo importaba y lo distribuía.
Los demás cobros se impusieron poco a poco
y vencieron muchas resistencias de la población,
especialmente de los antiguos indios de
misión que eludían el pago del diezmo y
del tributo. Fue en este ramo donde menos
se logró, excepto en Culiacán, porque aquí
el tributo se cobraba desde el siglo XVI.
Algunos historiadores piensan
que el excesivo crecimiento del aparato
burocrático necesario para cobrar los impuestos
fue más costoso que el producto de la recaudación.
En un estudio reciente titulado La aplicación
regional de las reformas borbónicas. Sonora
y Sinaloa, 1768-178 7, el historiador
Ignacio del Río examina a profundidad este
asunto para concluir que la reforma fiscal
sí rindió beneficios a la Real Hacienda,
pues una región que antes recibía subsidios
de ésta se transformó en autofinanciable,
aunque se trataba de una intendencia con
grandes gastos militares ocasionados por
los presidios fronterizos que, además, eran
improductivos desde el punto de vista económico.
Las reformas en la economía
De las
reformas efectuadas por los monarcas borbones
en el campo de la economía, dos fueron las
que mayores repercusiones tuvieron en el
noroeste novohispano: la liberalización
del comercio y los incentivos a la minería.
Antes de las reformas el comercio exterior
de la Nueva España era un monopolio de los
comerciantes del consulado de Sevilla, en
España, y de los consulados de cada colonia
americana, en nuestro caso el Consulado
de Comerciantes de la ciudad de México.
Sevilla era el único puerto español que
estaba autorizado a manejar el comercio
trasatlántico (después lo fue Cádiz) y sólo
un puerto novohispano, Veracruz, podía recibir
la flota que una vez al año venía de España
cargada de mercaderías europeas y volvía
con plata y oro, principalmente. En el Océano
Pacífico ocurría algo similar, pues sólo
los consulados de México y de Manila podían
hacer el comercio por medio de un galeón
que anualmente viajaba de las islas Filipinas
a Acapulco —único puerto autorizado para
el comercio— con mercancías sobre todo chinas,
y volvía a Manila con plata novohispana.
Este comercio monopólico, establecido desde
el siglo XVI
por concesiones del rey a los comerciantes,
producía grandes ganancias a los mercaderes
almaceneros, pero perjudicaba a los consumidores
porque estaban sujetos a los precios que
fijaban los monopolistas.
Las reformas llamadas del
"libre comercio" tenían por objeto
romper el monopolio de los consulados, porque
estos poderosos mercaderes eran los que
acaparaban las utilidades del comercio y
con su riqueza lograban influir en no pocas
decisiones de las autoridades del virreinato.
Los principales cambios en el sistema de
comercio fueron la habilitación de nuevos
puertos para el comercio ultramarino, lo
mismo en España que en América; la sustitución
de la flota anual por navíos sueltos que
podían viajar sin someterse a un calendario;
la ampliación de los permisos para comerciar
con más productos, tanto de la metrópoli
con las colonias como de las colonias entre
sí, porque antes de estas reformas estaba
restringido el comercio entre las colonias.
A estas reformas hay que añadir la supresión
de los alcaldes mayores, a la que ya nos
referimos, porque estos funcionarios eran
un eslabón muy importante en el control
del comercio en el interior de la Nueva
España.
El libre comercio quebró las
bases del monopolio que mantenían los almaceneros
de México; algunos de estos comerciantes
prefirieron retirarse de esta actividad
y dedicar sus capitales al crédito o a la
compra de haciendas. La ciudad de México
dejó de ser el único centro del comercio
ultramarino y surgieron otros dos consulados,
el de Veracruz y el de Guadalajara. El libre
comercio favoreció a un nuevo tipo de comerciantes
que fincaban sus ganancias en el volumen
de las ventas más que en los precios exageradamente
altos; de esta manera creció el tráfico
comercial y por ende la recaudación fiscal
de las alcabalas.
El libre comercio tuvo amplias
repercusiones en la Intendencia de Arizpe,
pues al fracturarse el monopolio de los
almaceneros y al desaparecer los alcaldes
mayores quedó desmantelada la estructura
que durante casi dos siglos había sustentado
la forma de hacer el comercio entre el noroeste
y el centro de la Nueva España. Otros cambios
importantes se produjeron en las rutas comerciales
al abrirse las comunicaciones marítimas
en el Pacífico que, a partir de Acapulco
y de San Blas, llegaban a Mazatlán, Altata,
Guaymas, Loreto, La Paz, San Diego, Monterrey
y San Francisco. Estos tres últimos puertos
eran de Alta California, que fue colonizada
a partir de 1769, como más tarde expondremos.
En 1768 el visitador José de Gálvez había
autorizado la celebración de ferias francas,
esto es, sin pago de impuestos, en Guaymas
y en Loreto, con objeto de intensificar
el comercio marítimo en el noroeste. Cuando
en 1795 surgió el Consulado de Guadalajara,
los comerciantes tapatios quedaron en mejor
posición que los de México para abastecer
las importaciones de la Intendencia de Arizpe
y se intensificó el comercio entre estas
intendencias vecinas que tenían comunicación
marítima.
Debemos referirnos a otro
acontecimiento que incidió sobre la Intendencia
de Arizpe a fines del siglo XVIII.
No se trata de alguna de las reformas borbónicas
porque este hecho fue ajeno al Imperio español,
pero coincidió en tiempo con ellas: la apertura
de las rutas comerciales en el Pacífico
norte. En efecto, hacia 1765, los comerciantes
rusos establecidos en Alaska empezaron a
cruzar el Pacífico para llevar a China las
pieles de nutria que obtenían en las costas
de América del Norte. En 1784, navegantes
ingleses y estadunidenses de Boston empezaron
también a navegar el Pacífico para llegar
al mercado chino y participar en el comercio
de pieles finas. Entraban al Pacífico por
el estrecho de Magallanes, luego recorrían
las costas del Imperio español hasta Alta
California y el actual Canadá, donde obtenían
las pieles de nutria que llevaban a China
por la ruta de Hawai. Recordemos que fue
la presencia de los rusos en el Pacífico
norte lo que decidió al gobierno español
a ocupar la Alta California antes de que
éstos lo hicieran.
En este nuevo mapa de las
rutas de navegación, la Intendencia de Arizpe
ocupó un lugar estratégico. Los barcos ingleses
y estadunidenses costeaban el litoral de
la Intendencia, en donde había plata, así
que no tardaron en detenerse para intercambiarla
por los productos que transportaban, tanto
europeos como estadunidenses y asiáticos.
Este comercio era de contrabando, porque
las autoridades españolas ni con el libre
comercio habían autorizado el trato con
extranjeros, pero fue imposible de evitar,
ya que la intendencia carecía de medios
para alejar a los extranjeros y, por otra
parte, era un negocio atractivo para los
comerciantes locales y muy beneficioso para
los consumidores así que las autoridades
prefirieron disimular y negaban que hubiera
contrabando en sus partidos.
Los comerciantes de México
y Guadalajara, que abastecían a la Intendencia
con productos importados, protestaban ante
las autoridades superiores por ese tráfico
ilícito que afectaba sus intereses, y éstas
emitían prohibiciones, pero el contrabando
continuaba. Al principio, los comerciantes
mayoristas se inconformaron porque el contrabando
mermaba sus negocios, puesto que los artículos
introducidos eran de mejor calidad y menor
precio que los traídos de México o de Guadalajara;
sin embargo, terminaron por participar también
porque obtenían buenas utilidades y no necesitaban
compartirlas con los proveedores que desde
aquellas ciudades los surtían. Por otra
parte, resultaba prácticamente imposible
competir con los bajos precios del comercio
ilícito, así que para estos comerciantes
la disyuntiva era participar en el contrabando
o quedar fuera del comercio,
Las circunstancias que favorecieron
el contrabando se acentuaron en las primeras
décadas del siglo XIX; una de ellas fue la insuficiencia de la marina
novohispana del Pacífico, que obligaba a
utilizar barcos extranjeros para el transporte
de la carga destinada a la Intendencia de
Arizpe o a las Californias. Otra fue la
guerra insurgente que interrumpió las comunicaciones
con el centro del virreinato. La conjunción
de estos elementos no sólo incrementó el
volumen del comercio ilegal, sino que amplió
su radio de acción a la Intendencia de Durango.
Las autoridades locales contemporizaron
con el contrabando y cobraron las alcabalas
correspondientes,
Muy importantes fueron los
cambios que se gestaron en el comercio de
Sinaloa y de todo el noroeste en el periodo
de las reformas borbónicas, porque tuvieron
hondas repercusiones. Por una parte, se
aflojó el nudo que ataba a la Intendencia
de Arizpe con los almaceneros de México;
se desarticuló el mecanismo por el que la
riqueza de la región salía para México en
forma de plata. Por otra parte, se esbozaba
otra forma de realizar el comercio exterior:
el trato directo con los comerciantes extranjeros,
que al correr del tiempo llegara a ser determinante
en la historia de la economía sinaloense,
Asimismo, las comunicaciones marítimas empezaron
a cumplir una función relevante en el comercio
del noroeste, aunque —y es preciso señalarlo—
el comercio exterior conservó el mismo defecto
que Rodríguez Gallardo señalara 70 años
antes: los comerciantes del exterior sólo
querían plata en pago de sus mercancías,
por lo que muchos otros productos regionales
siguieron inexplotados por falta de mercado.
La
minería
La minería
La política
de los monarcas de la casa de Borbón en
la Nueva España tendió a impulsar el desarrollo
de la minería con el propósito de incrementar
la producción de plata. Las principales
medidas prácticas en apoyo a los mineros
fueron las siguientes: disminución a la
mitad del precio del azogue y una mejor
distribución de esta materia prima para
la producción de la plata; organización
del gremio de los mineros en el Tribunal
de Minería y sus diputaciones provinciales;
creación de un banco para el financiamiento
de los mineros y de una escuela para la
formación de los jóvenes en el arte de la
minería. Para la intendencia de Arizpe,
en particular, hubo un frustrado pero interesante
proyecto de José de Gálvez, que consistió
en crear una compañía por acciones para
invertir en las "ricas minas de Sonora
y Sinaloa", como el visitador lo publicó.
El proyecto fracasó porque los comerciantes
a quienes propuso la empresa no quisieron
secundarla, tal vez porque las reformas
que De Gálvez impulsó habían lesionado sus
intereses.
En la Intendencia de Arizpe
llegó a haber alrededor de 150 reales mineros
de muy diferente capacidad productiva y
duración de su bonanza, pero los más consistentes
fueron los mismos que desde el siglo anterior
producían la mayor parte de la plata en
el noroeste: Álamos, Cosalá y El Rosario.
Para este periodo tenemos registros sobre
la producción de plata, en los montos de
la plata quintada en la Real Caja de Álamos,
después trasladada a El Rosario, que podemos
estimar como la plata producida en la intendencia.
La información se resume en el cuadro VI.2.
CUADRO VI.2. Plata
quintada en el noroeste y total de Nueva
España, 1771-1810 (valor en pesos)
FUENTE: John TePaske
y Herbert S. Klein, "Sumario general
de carta cuenta de Los Álamos/Rosario/Cosalá",
en Ingresos y egresos de la Real Hacienda
de Nueva España, V. 2.
Los datos del cuadro permiten
observar que la recaudación de quintos reales
sobre la plata creció notablemente en la
intendencia de Arizpe y en toda la Nueva
España. En el quinquenio 1801-1805 la plata
quintada en la intendencia alcanzó casi
10% del total de la Nueva España. ¿Fue el
resultado de la política de incentivos a
la minería? Probablemente, aunque también
intervinieron los factores que señala Peter
Bakewell, y que son los siguientes. En la
segunda mitad del siglo
XVIII creció el número de
mineros en toda la Nueva España, aunque
muchos de ellos trabajaban a niveles muy
reducidos, pero la suma de pequeños montos
aumentó la cifra de producción. Además,
en este periodo aumentó el registro de "plata
de fuego", es decir, refinada por fundición,
que era el método que podían usar los pequeños
mineros. Por último, según Bakewell el uso
de la pólvora en el laboreo subterráneo
de las minas trajo un importante avance
tecnológico en la explotación. Este procedimiento
se empleó en las minas mayores, como las
de Guanajuato y Zacatecas, pero es posible
que se usara también en las minas de El
Rosario y de Álamos.
Así, pues, las reformas borbónicas
aplicadas en el noroeste dieron por resultado
el crecimiento de la producción de plata,
la mercancía más importante que fortalecía
el comercio interno y exterior. No tenemos
información de la producción en otros ramos
de la economía, pero es muy probable que
al crecer la población de la Intendencia,
como luego veremos, haya aumentado también
la producción de alimentos y el volumen
de las importaciones, por vía legal y por
contrabando.
La población
Los datos
de población de la Intendencia de Arizpe
en el periodo 1720-1821 aparecen en los
cuadros VI.3 y VI.4
Las cifras del cuadro VI.3
indican el acelerado crecimiento de la población
total de la intendencia, debido aumento
de la población no indígena que se triplicó
entre 1750 y 1821, lo que indica que hubo
inmigración de mestizos, mulatos y españoles
provenientes de otras regiones de la Nueva
España; es decir, el noroeste novohispano,
antaño desdeñado por falta de atractivos
económicos, era ahora una región más integrada
a la sociedad colonial y apetecible para
quienes buscaban mejores oportunidades para
sobrevivir o progresar.
CUADRO VI.3. Población
total de la Independencia de Arizpe (individuos)
FUENTE: Peter
Gerhard, La frontera norte de Nueva España,
p. 39.
En el cuadro VI.4 se presentan
los datos referentes a la población indígena.
Nótese que se hace referencia a los mismos
territorios de las provincias anteriores
a la implantación de la intendencia; esto
se debe a que la división en partidos cambió
varias veces entre 1770 y 1821, y sólo señalo
entre paréntesis los nombres de los partidos
en que se dividió cada provincia según la
distribución de 1787. Se observa en el cuadro
que el total de la población indígena no
tuvo cambios apreciables en el periodo de
las reformas borbónicas, aunque fijándonos
en la población por provincias se aprecia
un incremento en Culiacán (ahora partidos
de Culiacán y Cosalá) y una sensible disminución
en la antigua provincia de Sonora (ahora
partidos de Cieneguilla y San Antonio de
la Huerta). En Culiacán, la población indígena
se cuadruplicó entre 1720 y 1790, cambio
que es muy notable pero no tenemos razones
para explicarlo. ¿Sería alguna migración
de la sierra a la planicie, como la hubo
en el siglo XVI? En la antigua
provincia de Sonora la población indígena
se redujo a la mitad entre 1720 y 1790.
En este caso vemos ya claramente la tendencia
que en adelante se impondría, la constante
disminución de la población indígena. Este
fenómeno no implica necesariamente la muerte
de los indios, sino que puede ser la expresión
del mestizaje o de la pérdida de la cultura
indígena que, en ambos casos, transforma
al indio en mestizo. Este cambio no es extraño,
pues como dijimos, fue una consecuencia
de la desaparición de las comunidades indígenas
por la privación de sus tierras y aguas
y por la introducción de mestizos y mulatos
en sus pueblos.
CUADRO VI.4. Población
indígena de la Intendencia de Arizpe (individuos)
FUENTE: Peter
Gerhard, La frontera norte de Nueva España,
p. 310.
También se observa en el cuadro
VI.4 que la población indígena de la intendencia
estaba concentrada en Sinaloa y Ostimuri,
es decir, eran los grupos yaqui y mayo los
más numerosos desde el siglo XVII. Este hecho también muestra
una situación que se prolongará a lo largo
de los siglos XIX y XX: la presencia
de estos grupos cahitas en la zona agrícola
más codiciada del noroeste. Estas comunidades
fueron las más tenaces en la lucha por conservar
su patrimonio ancestral, sus tierras, sus
aguas y su cultura. En los siguientes capítulos
veremos esta larga y dramática historia
de los indios del noroeste, que aún no ha
concluido, y que pone en evidencia las contradicciones
de la sociedad mestiza, porque quisiera
destruir a los indios para quedarse con
sus tierras, pero que no puede prescindir
de su trabajo.
La Alta California
Páginas
atrás nos referimos a uno de los proyectos
borbónicos cuya realización inició José
de Gálvez cuando visitó Baja California:
la ocupación de la Alta California por los
españoles. Este acontecimiento tuvo profundas
repercusiones en la historia de todo el
noroeste, pero aquí destacaremos la participación
de las provincias que hoy forman el estado
de Sinaloa.
De Gálvez se propuso llevar
a cabo la ocupación de la Alta Califonia
con los mismos medios que desde el siglo XVII habían servido para la conquista del noroeste,
esto es, la misión y el presidio; sin embargo,
para prever la preponderancia de las misiones
—en el caso de Sinaloa y Sonora— dispuso
que se promoviera la colonización civil,
que se crearan pueblos españoles de manera
simultánea a la formación de las misiones,
para que sirvieran de contrapeso económico
y político a las comunidades misionales.
El comandante general de la
empresa fue el militar catalán Gaspar de
Portolá con el nombramiento de "gobernador
de ambas Californias". Las misiones
se confiaron a los frailes franciscanos
del Colegio de San Fernando de México, bajo
la dirección de fray Junípero Serra. Se
integraron dos expediciones marítimas que
partieron de San Blas en enero y febrero
de 1769, y dos expediciones terrestres formadas
en Baja California, las cuales partieron
en marzo y mayo del mismo año llevando ganado,
semillas, instrumentos de trabajo, armas,
provisiones, soldados e indios auxiliares.
Las cuatro expediciones confluyeron en donde
hoy está la ciudad de San Diego, y que en
aquel tiempo fue la misión de San Diego
de Alcalá, la primera de las fundaciones
franciscanas. Así empezó la colonización
de la Alta California el sábado 16 de julio
de 1769. A partir de este punto, la ocupación
del territorio avanzó de manera pausada
pero sostenida a lo largo de la costa, en
una franja que empezaba en San Diego —en
su extremo sur— y terminaba en la Bahía
de San Francisco, que fue su límite norte.
Este territorio, que alcanzó su máxima extensión
el año 1823, comprendía 20 misiones, cuatro
presidios, tres pueblos y nueve ranchos.
En la primera expedición de
Portolá iban algunos soldados originarios
de la provincia de Sinaloa. Esto no es extraño,
porque el poblamiento de Baja California
se inició con hombres reclutados en la contracosta,
desde Sonora hasta El Rosario; de aquí salieron
los soldados del presidio de Loreto y los
mineros del Real de Santa Ana, única población
civil que había en la península.
Como las autoridades españolas
habían ordenado la colonización civil, los
gobernadores de la Alta California y otros
funcionarios reales hicieron diversas campañas
de reclutamiento de voluntarios que desearan
poblar las nuevas tierras para trabajar
principalmente como agricultores y criadores
de ganado. Por razones obvias los reclutamientos
se realizaron en las provincias de la gobernación
de Sinaloa y Sonora. Se ofrecía a los colonos
el traslado gratuito junto con sus familias,
la manutención por cinco años, la adjudicación
gratuita de tierras para cultivo y para
la ganadería, donación de animales, semillas
y aperos de labranza, más otras prestaciones.
Estos ofrecimientos eran atractivos para
muchos colonos de la gobernación, mestizos,
mulatos y algunos españoles, que se enrolaron
en la aventura californiana. De varias de
estas campañas de reclutamiento tenemos
suficiente información.
En el año de 1773, el gobernador
de las Californias, Fernando Rivera y Moncada,
condujo una expedición de 51 colonos sinaloenses
que se asentaron en las misiones, porque
aún no se iniciaba la fundación de pueblos.
En 1774, el capitán del presidio de Tubac
en la Pimería Alta, Juan Bautista de Anza,
exploró la ruta terrestre para comunicar
Tubac con la misión de San Gabriel en la
Alta California; como la empresa tuviera
buen éxito, en 1776 el capitán realizó su
segundo viaje en el que condujo a 200 pobladores
de Sinaloa y Sonora, y con 19 de estas familias
se fundó el primer pueblo californiano,
San José de Guadalupe; otros colonos del
grupo fundaron el pueblo de San Francisco
en la bahía del mismo nombre. En el año
de 1781 se formó una nueva expedición que
constaba de 14 familias y 42 soldados, todos
ellos de Sinaloa y Sonora, que se asentaron
en otros pueblos recién fundados.
Antonio Nakayama Arce, el
historiador de Sinaloa, estudió los padrones
de los pobladores de los pueblos y presidios
de la Alta California y mostró, con sus
nombres y apellidos, quiénes fueron estos
pioneros de la Alta California. En su libro
Pioneros sinaloenses en California, publicado
por la Universidad Autónoma de Sinaloa en
1980, don Antonio expuso los resultados
de su investigación. Afirma que, en 1790,
80% de la población no indígena de la Alta
California procedía de Sinaloa, Sonora y
Baja California, y que la mitad era sinaloense.
Estos pobladores eran originarios, en su
mayor parte, de la villa de San Felipe y
Santiago de Sinaloa, pero los hubo también
de San Miguel de Culiacán, de El Fuerte,
de Chametla, de El Rosario, de El Tule,
de San Javier de Cabazán, de Mazatlán y
de Cosalá.
La historia de la Alta California
no es materia de este libro, pero es preciso
señalar que su colonización se hizo, en
general, con recursos y con gente del noroeste
y, en particular, con los de las provincias
sinaloenses, y es un episodio que no podemos
olvidar. Los vínculos culturales y de sangre
entre Sinaloa y la Alta California no se
extinguieron, ni siquiera cuando este territorio
pasó a ser parte de los Estados Unidos,
En los subsecuentes capítulos relataremos
cómo la Alta California tuvo importante
influencia en la vida de los sinaloenses,
y hasta el presente la sigue teniendo
El obispado de Sonora
Parte del
plan de José de Gálvez en el noroeste novohispano
era la creación de un obispado. Las provincias
del noroeste dependían de la diócesis de
Durango, que era de dimensiones dilatadas.
Allí el prelado poco podía ocuparse de lugares
remotos de la cabecera del obispado. Al
poner un obispo en este lugar, De Gálvez
también buscaba mantener a los religiosos
franciscanos bajo estricto control para
que no se repitiera lo ocurrido con los
jesuitas. En la época colonial el obispo
era un pastor para el servicio espiritual
de los fieles, pero también era un funcionario
del rey, y como tal debía velar por que
los cristianos a su cuidado fueran vasallos
dóciles y sumisos al soberano. El patronato
que sobre la iglesia ejercía el rey de España
le otorgaba el derecho de escoger a las
personas que el papa designaría como obispos
en todas las diócesis del imperio.
Durante la época de las reformas
borbónicas el rey colocó como obispos a
los adictos a la política de la corona.
Estos obispos actuaron más como ministros
del rey que como pastores, pues respaldaron
la política del monarca incluso cuando agredía
a la misma Iglesia; por ejemplo, cuando
Carlos III expulsó a los jesuitas los obispos
novohispanos apoyaron el cumplimiento de
esta orden y condenaron a quienes opinaron
que el rey estaba invadiendo el campo de
la disciplina eclesiástica que sólo competía
al papa. Hubo también otros casos en que
los obispos de la Nueva España prefirieron
sujetarse a la voluntad del rey cuando éste
se oponía a la autoridad del papa. Un episcopado
de esta naturaleza era muy útil para calmar
a la población cuando se imponían reformas
que agredían los intereses de muchos. La
erección de un obispado en el noroeste,
pues, era un elemento más para el control
político de la región.
A solicitud del rey Carlos
III, el papa Pío IV erigió el obispado de
Sonora, nombre oficial que recibió la nueva
diócesis el 7 de mayo de 1779. Comprendía
los territorios de la intendencia de Arizpe
—segregados de la diócesis de Durango— y
de ambas Californias, separadas de la diócesis
de Guadalajara (mapa VI.2). La sede del
obispado sería la ciudad de Arizpe, y como
primer obispo fue designado el religioso
franciscano fray Antonio de los Reyes, antiguo
misionero de la Pimería Alta y muy fiel
a la política regalista de Carlos III y
de José de Gálvez. Fray Antonio estaba en
España cuando fue designado obispo, y, tras
de jurar fidelidad al rey, partió para la
Nueva España y llegó a Arizpe en septiembre
de 1783.
MAPA
VI.2 El obispado de Sonora
en 1790.
En la mayor parte del territorio
del obispado aún había misiones. En la provincia
de Sonora estaban los franciscanos; en la
Alta California había misioneros de la misma
orden, y en Baja California había dominicos
y franciscanos. La intención del gobierno
español era que las misiones fueran secularizadas
lo antes posible, pero las circunstancias
no lo permitieron. En la Alta California
y en la Pimería Alta (que era el territorio
que hoy ocupa el estado de Arizona) los
misioneros eran necesarios para mantener
sometidos a los indios. En Baja California
ya casi no había indios, pero los misioneros
se oponían a la secularización y no había
clérigos disponibles que quisieran ir a
la desolada península. Según la legislación
vigente los misioneros no estaban del todo
sujetos a la jurisdicción del obispo, sino
que seguían dependiendo de su propia institución
religiosa, como el Colegio franciscano de
San Fernando de México o la provincia franciscana
de Jalisco. Esta situación causó conflictos
de autoridad que fray Antonio de los Reyes
no pudo resolver.
En el resto del territorio
diocesano, desde Ostimuri hasta El Rosario,
había parroquias a cargo de clérigos seculares
que dependían únicamente del obispo. En
Ostimuri funcionaron las antiguas parroquias
de San Ildefonso de Ostimuri, San Francisco
de Río Chico y Nuestra Señora de Loreto
de Baroyeca, y a partir de la expulsión
de los jesuitas se formó una parroquia en
los pueblos del Yaqui, atendida por cuatro
clérigos seculares. En la provincia de Sinaloa,
además del curato de Álamos, al secularizarse
las misiones se formaron las parroquias
de Mocorito, Chicorato, Tehueco, Mochicahui,
San Miguel Zapotitlán, Camoa, Conicari,
Batacosa, Navojoa, Guasave, Ocoroni, Toro
y Santa Cruz, pero un buen número de ellas
no tenían párroco y eran atendidas por algún
cura de las inmediaciones. En Culiacán y
Cosalá se encontraban seis parroquias; en
Copala había cuatro curatos, uno en Maloya
y otro en El Rosario. En 1819, el obispo
contaba con 68 clérigos para la administración
religiosa del obispado, que eran insuficientes
dada la extensión del territorio y lo disperso
de los poblados.
A excepción de algunas parroquias
como Álamos, El Rosario y Cosalá, que producían
buenas rentas a sus curas, las demás eran
muy pobres y no producían ni el sustento
del cura, por lo que en algunas de ellas
el gobierno pagaba sínodo al párroco, como
si fuera misionero. La recaudación del diezmo
también fue deficiente en el obispado, por
lo que la Real Hacienda daba al obispo una
compensación para su sustento y los gastos
de administración de la diócesis.
Durante el periodo que nos
ocupa (1767-1821) hubo cinco obispos en
la diócesis de Sonora. El primero, como
ya dijimos, fue fray Antonio de los Reyes
(1783-1787), español originario de Alicante,
franciscano, que ocupó su tiempo y esfuerzos
en tratar de imponer su autoridad sobre
los misioneros de su misma orden. Aunque
fray Antonio inició su gestión episcopal
en Arizpe, al poco tiempo cambió su residencia
a Álamos, donde vivió hasta su muerte en
marzo de 1787. Los tres inmediatos sucesores
de fray Antonio fueron también franciscanos
y españoles, aunque sólo dos eran peninsulares.
Fray José Joaquín Granados (1788-1794) era
malagueño, igual que José de Gálvez, y había
sido guardián de un convento franciscano
de Michoacán; en 1794 fue trasladado como
obispo a la diócesis de Durango. Fray Damián
Martínez de Galinzoaga (1794-1796), originario
de Murcia y antiguo guardián del convento
de San Francisco de México, fue promovido
en 1796 al obispado de Tarazona en España.
El cuarto obispo franciscano fue fray Francisco
Rousset de Jesús y Rosas (1798-1814), originario
de Cuba, quien murió en Imala en diciembre
de 1814.
El último obispo de Sonora
durante la época colonial fue el religioso
carmelita fray Bernardo del Espíritu Santo
Martínez y Ocejo (1817-1825), español nacido
en Santander que llevó al extremo su fidelidad
a los reyes borbones y se opuso, con más
ardor que doctrina, a la independencia de
México, como ocurrió con todos los obispos
de la Nueva España. Fray Bernardo murió
en San Sebastián en julio de 1825.
Aunque la sede oficial del
obispado era la ciudad de Arizpe, ninguno
de estos obispos radicó aquí de manera permanente.
Fray Antonio de los Reyes y fray José Joaquín
Granados residieron en Álamos; fray Damián
Martínez de Galinzoaga mudó la sede a la
ciudad de El Rosario, y fray Francisco Rousset
de Jesús pasó a radicar a la ciudad de San
Miguel de Culiacán, donde permaneció la
sede del obispado de Sonora hasta el año
de 1883, cuando se creó el obispado de Sinaloa.
El significado de las reformas
borbónicas
En el presente
capítulo hemos expuesto con algún detenimiento
cuáles fueron los cambios que el visitador
José de Gálvez inició en el noroeste de
la Nueva España y que hemos llamado las
reformas borbónicas. En este apartado presentaremos
algunas reflexiones sobre el fenómeno histórico
considerado en su conjunto, porque se trata
de una combinación de acontecimientos que
incidieron profundamente en la sociedad
regional y modificaron el rumbo de su evolución
al alterar las relaciones entre sus grupos
internos y también las relaciones con las
sociedades regionales vecinas y con la capital
del virreinato e, incluso, con el extranjero.
Fueron tan importantes los cambios inducidos
por las reformas borbónicas que podemos
considerarlas como un hito en el proceso
histórico regional del noroeste en general
y de Sinaloa en particular.
Las reformas borbónicas llegaron
del exterior, concretamente de la corte
imperial de Madrid; llegaron de fuera como
llegó la conquista en el siglo XVI. Afectaron
todo el imperio, pues no eran sólo para
la Nueva España y menos privativas del noroeste.
El objetivo último de los monarcas de Borbón
era la sujeción de las colonias para beneficio
económico de la metrópoli: corregir las
fugas fiscales y promover la producción
para aumentar así la recaudación de impuestos.
Para lograrlo se necesitaba reformar instituciones
y procedimientos viciados —a juicio de los
reformadores— que se habían incrustado en
las sociedades coloniales y con los que
ciertos grupos de privilegiados medraban
al amparo de la debilidad de los gobernantes
de la casa de Habsburgo. El Consulado de
Comerciantes, algunas corporaciones religiosas
como la Compañía de Jesús y la misma institución
del virreinato fueron el blanco de los golpes
de los reformadores.
Los cambios llamados de "libre
comercio" minaron las bases en las
que se apoyaba el monopolio de los comerciantes
almaceneros del Consulado de México y resquebrajaron
su poder económico y político. La otrora
corporación más poderosa de la Nueva España
vino a menos; siguió como la asociación
más importante en la Colonia, pero ya no
fue la única, ni la rectora de la política
comercial del virreinato ni la acaparadora
de la riqueza colonial. La expulsión de
los religiosos de la Compañía de Jesús eliminó
de la política imperial a un opositor temible
por su poder económico y su influencia en
los estratos ilustrados de la sociedad;
además, la confiscación de sus bienes produjo
considerables ingresos a la hacienda del
rey.
La implantación del sistema
de intendencias pretendía que, desde la
metrópoli, se ejerciera un control más directo
y efectivo sobre las regiones del imperio.
El intendente era un funcionario de la más
alta jerarquía, con un sueldo equiparable
al del virrey y revestido de amplios poderes
en todos los ramos de la administración
pública dentro del territorio de su intendencia.
El intendente era nombrado por el rey y
a él debía responder de su gestión. Aunque
no se dijo de manera expresa, de hecho el
sistema de intendencias venía a suplantar
la antigua institución del virreinato; o,
en otras palabras, en el sistema de intendencias
el virrey no era necesario. Resulta muy
interesante observar que Antonio María de
Bucareli y el segundo conde de Revillagigedo,
virreyes de intachable lealtad al monarca,
respondieron con disgusto a la limitación
de su autoridad y la disminución de sus
funciones. Ciertamente, la ley seguía otorgándoles
los omnímodos poderes que sus antecesores
ejercieron en todo el virreinato, pero ahora
sólo a través de los intendentes podían
hacer uso de tales poderes, y los intendentes
no dependían del virrey. Por esto, los virreyes
consideraron al intendente como una cuña
que había puesto el monarca para minar su
poder.
La creación del ejército profesional
fue también una de las reformas mas borbónicas,
y su objetivo fue contar con una fuerza
represiva disciplinada y leal al rey. Las
reformas lesionaron muchos y muy fuertes
intereses, así que el monarca debía tener
a mano el instrumento para reducir a los
inconformes. El ejército profesional fue
objeto de los máximos privilegios concedidos
por el rey, y era tanta su confianza en
los altos cuadros del ejército que casi
todos los intendentes fueron oficiales de
alta graduación.
Veamos la magnitud de los
cambios producidos en la gobernación de
Sinaloa y Sonora que se transformó en la
Intendencia de Arizpe. La primera reforma
de consideración fue la expulsión de los
jesuitas que eliminó de tajo una de las
más importantes fuerzas económicas y políticas
de la región, con el aplauso de mineros,
alcaldes mayores y comerciantes, pues quedaba
despejado el campo para que los ricos de
la región recibieran más trabajadores indígenas
y tuvieran acceso a la propiedad de la tierra
y el agua. La política de incentivos a la
minería también benefició a este grupo social,
que aumentó la producción de plata en forma
considerable.
La creación de la Intendencia
de Arizpe dotó a la región de un aparato
burocrático que no tenía; una autoridad
superior en la persona del intendente y
un grupo de subdelegados nombrados por él
y sólo dependientes de él, a través de los
cuales podía ejercer su autoridad en todos
los puntos de la intendencia; un aparato
para la recaudación fiscal que extendió
su campo de acción hasta el cobro de diezmos
y tributos (y el intendente tenía injerencia
en la administración de estos ingresos).
Por medio de esta burocracia, el intendente
podía también ejercer funciones militares,
judiciales y de fomento de la economía regional.
Y es de notar que este aparato burocrático
se articuló en la misma región, del intendente
hacia abajo; ya no hubo alcaldes mayores
cuya lealtad estaba comprometida con los
comerciantes de México. A pesar de las fallas
y confusiones, cosa explicable en un organismo
nuevo y sin antecedentes en la región, este
aparato sirvió bien al desarrollo de los
intereses locales.
La ruptura del monopolio comercial
de la ciudad de México puso término al más
gravoso mecanismo de explotación de la región.
De manera simultánea, la llegada de comerciantes
extranjeros abrió la oportunidad para que
los comerciantes locales, antes sujetos
a los almaceneros de México, pudieran operar
por su propia cuenta y evitar que las ganancias
generadas por el comercio fluyeran hacia
la ciudad de México. Los capitales mercantiles
acumulados podrían invertirse en la región
para estimular el crecimiento de las actividades
productivas.
El gobierno de los intendentes
de Arizpe favoreció al grupo regional privilegiado,
como se puede observar en la política de
privatización de la tenencia de la tierra,
tanto de la baldía como la de las comunidades
indígenas. El empeño por repartir las tierras
comunales conducía a favorecer también a
ese grupo, pues si bien la tierra se entregaba
a indios y mestizos a la larga pasaría a
manos de los ricos, ya por compraventa o
por despojo. Saúl Jerónimo Romero ha estudiado
este fenómeno en su libro De las misiones
a los ranchos y haciendas. La privatización
de la tierra en Sonora, 1740-1860, en
el que muestra con detalle el acaparamiento
de las tierras y aguas por un reducido grupo
de pudientes en lo económico e influyentes
en lo político. La actitud de los intendentes
fue muy favorable con los comerciantes,
como se observa con claridad en la tolerancia
o permisividad del contrabando de ingleses
y estadunideneses, a despecho de las leyes
que prohibían el comercio con extranjeros.
Este comportamiento de los
intendentes resulta explicable si consideramos
que necesitaban una base de sustentación
regional si querían conservar su puesto
y ejercer sus funciones. El intendente era
un forastero que llegaba a la región respaldado
por la autoridad de un rey muy lejano y
amenazado por la enemistad de un virrey
más cercano, así que al hacer causa común
con los importantes de la intendencia de
Arizpe encontraba un sólido asidero que
le permitía desafiar incluso la autoridad
del virrey.
Esta cadena de cambios en
la política y la economía del noroeste novohispano
produjo el debilitamiento de las relaciones
comerciales y políticas con la ciudad de
México, y por consiguiente la organización
de la economía tendió a reforzar su sentido
regional, para beneficio de quienes habitaban
la región o al menos para cierto grupo.
Antes, la zona dependía de México en todos
los aspectos: las decisiones políticas,
económicas y religiosas para la región se
tomaban allá. Los gobernantes regían al
noroeste, principalmente, para beneficio
de ciertas gentes de la capital; el noroeste
era una "colonia" de los almaceneros
del Consulado de México. En este periodo
se debilitó mucho esta asimétrica relación
que supeditaba nuestra región a los intereses
de algunas personas del centro. Éste es
un hecho que no debemos perder de vista
en el curso de los sucesos posteriores.
En capítulos anteriores dijimos
que a finales del siglo XVII se habían
delineado con precisión los tres principales
grupos sociales surgidos de la conquista
y colonización de las provincias del noroeste.
Un grupo de prominentes, pequeño en número
pero grande en poder económico y político,
formado por autoridades, comerciantes, mineros,
capitanes de presidio y religiosos jesuitas,
todos ellos españoles aunque sólo algunos
peninsulares. El segundo grupo, el más numeroso,
formado por los indios, especialmente aquellos
que estaban integrados en comunidades misionales,
que eran propietarios colectivos de la tierra
y del agua y cuya organización les daba
fuerza económica y política, bajo la tutela
de los jesuitas. El tercer grupo social,
el de los mestizos, mulatos y negros, era
el intermedio por el número de sus integrantes,
que vivían del alquiler de su trabajo a
los dueños de las minas y de las tierras
o bien eran artesanos independientes.
Con la repercusión de las
reformas borbónicas se inició una transformación
profunda en el concierto de estos grupos
sociales. Del grupo de los españoles desapareció
el poderoso sector de los religiosos jesuitas,
se integraron otros clérigos, como los párrocos
seculares, los misioneros franciscanos y
el nuevo obispo, pero su influencia no alcanzó
el grado que había tenido el poder de los
jesuitas. Los integrantes de este grupo
(autoridades de la intendencia, propietarios
de tierras, mineros y otros empresarios)
trabajaron en armonía y con sus intereses
más centrados en la región que en México.
El segundo grupo, el de los
indios de comunidad, resultó muy afectado
por las reformas borbónicas que aniquilaron
el sistema de misiones jesuíticas. La política
reformista tendía a la anulación de la propiedad
comunitaria y a la implantación de la propiedad
privada de los recursos de la comunidad.
Se inició un lento pero irreversible proceso
de cambio que tendía a la destrucción de
las comunidades y a la asimilación de los
indios al tercer grupo social, el de los
desposeídos.
El grupo de los mestizos y
mulatos fue el que creció más entre 1767
y 1821, pero no resultó beneficiado por
las reformas borbónicas, sino que fue mejor
controlado y objeto de las exacciones fiscales
de una burocracia más amplia y eficiente.
La crisis de la Independencia
Para cerrar
este capítulo, examinaremos los hechos ocurridos
en la etapa final del periodo, de 1808 a
1821, y que llamamos la crisis de la independencia,
porque el resultado fue la ruptura del lazo
que ligaba a la Nueva España con la metrópoli.
Los acontecimientos que desataron la crisis
ocurrieron fuera de la intendencia de Arizpe
concretamente en el centro del virreinato,
pero fue tal su magnitud que repercutieron
en todo el ámbito de la Colonia. Examinaremos
brevemente en qué consistieron y cómo influyeron
en nuestra región. Nos referiremos a tres
hechos principales: el conflicto criollos
y gachupines de la ciudad de México en 1808;
la revolución insurgente de 1810 acaudillada
por Miguel Hidalgo, y el movimiento trigarante
de 1821 encabezado por Agustín de Iturbide.
En 1808 Napoleón Bonaparte
invadió España, apresó al rey y al heredero
y nombró a su hermano José Bonaparte monarca
de España. El pueblo español respondió con
una insurrección general en contra de los
franceses. Cuando en la Nueva España se
supo que el reino estaba acéfalo, los "criollos"
de la ciudad de México, encabezados por
el ayuntamiento, trataron de ganar la participación
política que los reyes borbones les habían
negado. Los criollos, los españoles nacidos
en Nueva España, estaban en conflicto con
los gachupines llegados de la península
para el desempeño de los puestos del gobierno
colonial. Los reyes borbones habían postergado
a los criollos al negarles la participación
en el gol de su propia patria —como ellos
decían— y otorgar los puestos importantes
a los peninsulares. Éstos respondieron con
un armado que dominó a los criollos, pero
que no resolvió el conflicto político.
Hasta donde tenemos noticia,
el enfrentamiento entre criollos gachupines
no se dio en la Intendencia de Arizpe, pues
no se mostró esa escisión del grupo dominante,
lo que indica que los intereses de los miembros
de la elite estaban mejor concertados que
en la ciudad de México. Podemos señalar
que aquí la política de los borbones favoreció
al grupo de españoles, tanto criollos como
peninsulares; los mercaderes perjudicados
por los cambios estaban fuera de la Intendencia,
principalmente en México y Guadalajara.
Los ricos de la Intendencia de Arizpe no
habían sido tan maltratados por el rey como
los de otras regiones.
En 1810 estalló la revolución
social protagonizada por indios y castas
que afectó una amplia zona de la Nueva España
que prendía las intendencias más pobladas
del centro, occidente y sur del virreinato:
Guanajuato, Valladolid, Guadalajara, Puebla,
Oaxaca, Veracruz y México. En la guerra
insurgente también participaron algunos
criollos, sobre todo clérigos y militares,
que actuaron como caudillos y guerrilleros.
La rebelión fue sofocada en 1817 por el
ejército borbónico, pero no extinguida.
El movimiento insurgente no
tuvo importantes adhesiones en la Intendencia
de Arizpe. Si bien Miguel Hidalgo comisionó
a José María González de Hermosillo para
propagar la insurrección en estos territorios,
fue poco lo que logró. Las fuerzas insurgentes
ocuparon El Rosario el 24 de diciembre de
1810 y saquearon la Real Caja tras vencer
a las fuerzas realistas comandadas por el
coronel Pedro de Villaescusa. Luego avanzaron
hacia el norte con la intención de tomar
Cosalá y en el trayecto recibieron la adhesión
de los mulatos del presidio de Mazatlán.
González de Hermosillo atacó San Ignacio
Piaxtla el 7 de febrero de 1811, pero fue
completamente derrotado por las fuerzas
realistas al mando del brigadier Alejo García
Conde, intendente de Arizpe. González de
Hermosillo, con los restos de su tropa,
volvió a Jalisco. En el noroeste dejó su
nombre a la ciudad que hoy es la capital
del estado de Sonora.
En la zona serrana, en Badiraguato,
hubo otro movimiento de indígenas y mestizos
capitaneado por Apolonio García, levantado
en armas a principios de marzo de 1811.
El día 13 los insurrectos enfrentaron a
los realistas en Charay, donde fueron derrotados
y se desbandaron. Queda aún por averiguar
si este movimiento tuvo relación directa
con los insurgentes de González de Hermosillo
o fue una rebelión provocada por los problemas
sociales propios de la región. El obispo
de Sonora, fray Francisco Rousset de Jesús,
había condenado al movimiento insurgente
en 1810, y del clero de su diócesis sólo
fray Agustín José Chirlín trabajó en favor
de la difusión de las ideas insurgentes.
Los efectos más notables de la guerra insurgente
en la Intendencia de Arizpe fueron de tipo
económico, pues las comunicaciones terrestres
entre México, Guadalajara y la intendencia
quedaron interrumpidas entre 1810 y 1817,
dado que no había seguridad para los arrieros
transportistas. Esta circunstancia provocó
el aumento del comercio de contrabando en
toda la costa de la intendencia.
La lucha del pueblo español
contra los invasores franceses tuvo otra
importante faceta que fue el combate por
los derechos políticos de los individuos,
que la monarquía española desconocía. En
ausencia del rey, se reunieron en la ciudad
de Cádiz las Cortes, el Congreso de Representantes
del reino, y elaboraron una constitución
liberal que consagraba los derechos políticos
de los españoles de todo el imperio. Esta
constitución se llamó "de Cádiz"
o "de 1812" porque fue promulgada
en marzo de dicho año. Cuando Fernando VII
volvió de su prisión en Francia fue reconocido
como legítimo rey de España, pero se encontró
con una constitución vigente en la península
y en las colonias americanas.
De los ordenamientos de la
Constitución de Cádiz, dos fueron los que
mayor repercusión tuvieron en las colonias:
la restauración del régimen municipal y
la creación de la Diputación de Provincia,
que era un cuerpo formado por diputados
electos en cada provincia y cuya función
era proponer a las autoridades las medidas
convenientes para el buen orden de los asuntos
locales. La vigencia de la constitución
fue breve, porque el rey la desconoció en
1814, y no hubo tiempo para aplicarla en
la Intendencia de Arizpe; pero en 1820 se
restauró y con ella se inició la creación
de ayuntamientos en las ciudades de la intendencia
y la instalación de una diputación de provincia
en Arizpe con jurisdicción local y sobre
ambas Californias. Este hecho es importante
porque tanto los ayuntamientos como la diputación
fueron los instrumentos con los cuales los
mineros, comerciantes y otros personajes
importantes empezaron a ejercer funciones
políticas reconocidas por la autoridad.
El año de 1821 surgió en el
centro de la Nueva España el movimiento
trigarante que acaudilló Agustín de Iturbide.
Fue un proyecto nacido de un sector de la
elite novohispana de la región central que,
con una débil concertación entre las diversas
fuerzas sociales, logró imponerse el 27
de septiembre de 1821 y desde la capital
proclamó la independencia de México. Cuando
el movimiento trigarante aún no triunfaba,
ya en la Intendencia de Arizpe hubo adhesiones
al Plan de Iguala que Iturbide había proclamado,
cosa que también ocurrió en muchos otros
lugares de la Nueva España. El 16 de julio
de 1821, el teniente coronel Fermín de Tarbé
y el párroco fray Agustín José Chirlín juraron
el Plan de Iguala en el real de El Rosario.
A fines del mes de agosto, el brigadier
Alejo García Conde, que ahora era comandante
general de las provincias internas, también
lo respaldó. En septiembre lo juraron el
teniente coronel Arvizu, en Tucsón, y Antonio
Narbona, en Arizpe. Antonio Cordero era
intendente de Arizpe por estas fechas, pero
prefirió renunciar a su cargo para no jurar
el Plan de Iguala. Como la aceptación del
plan se generalizó en la Intendencia, el
ahora obispo de Sonora, fray Bernardo del
Espíritu Santo, ordenó a los párrocos de
la diócesis que no se opusieran a la proclamación
de las adhesiones.
Así, en menos de tres meses
la gente importante de la intendencia de
Arizpe se había adherido al Plan de Iguala.
Es sorprendente la rapidez con que se difundió
la información sobre el movimiento trigarante
y su plan, y no menos extraordinaria la
celeridad con la que fue aceptado en la
Intendencia. Más que una decisión de las
autoridades parece que fue una opción de
las personas importantes de la intendencia,
que del poder económico habían pasado a
ejercer el poder político. Estas personas,
que se llamaban "los notables",
desempeñarían un papel muy importante en
la historia de Sinaloa y de Sonora durante
el siglo XIX.
Este punto de la historia
sinaloense no está suficientemente investigado.
Falta encontrar la razón que ayude a explicar
el cómo y el porqué de la aceptación del
movimiento trigarante por los notables de
la Intendencia de Arizpe. La investigadora
Rina Cuéllar Zazueta propone la hipótesis
de que los masones, que se habían extendido
en la intendencia por lo menos desde 1816,
desempeñaron un papel en la difusión de
la información y actuaron como organización
política para concertar las decisiones de
sus miembros, Esta explicación parece factible
y convincente porque coincide con los hechos
posteriores, que examinaremos en los siguientes
capítulos.
VII. LOS NOTABLES Y EL ESTADO
INTERNO DE OCCIDENTE, 1821-1830
AGUSTÍN
DE ITURBIDE culminó la campaña
militar por la independencia de México el
21 de septiembre de 1821, cuando el ejército
trigarante entró en la capital. Un mes y
medio antes, a principios de agosto, había
llegado a Veracruz el último gobernante
de Nueva España nombrado por la metrópoli,
Juan de O'Donojú, con quien Iturbide había
firmado el Tratado de Córdoba por el que
este jefe político reconocía la independencia,
pero, según el Plan de Iguala, quedaban
a salvo los derechos de la casa real española,
porque se invitaría, en primer término,
a Fernando VII para que ocupara el trono
de México, o, en su defecto, a alguno de
los príncipes españoles. Sólo en el caso
de que no se cumplieran estas previsiones,
el trono sería ocupado por la persona que
el Congreso designara. Es importante recordar
esta circunstancia porque nos ayuda a entender
la relativa facilidad con que fue aceptado
el Plan de Iguala en toda la Nueva España,
pues la independencia no significaba el
rechazo del rey Fernando VII, a quien la
mayor parte de la población profesaba lealtad.
Lo que se exigía en el Plan de Iguala era
que la Nueva España no fuera más una colonia,
sino un reino independiente de España, gobernado
por Fernando VII o algún príncipe español.
México y España serían dos reinos diferentes,
sin que uno estuviera sujeto al otro, aunque
tuvieran el mismo rey. Fue por esto que
el obispo de Sonora, fray Bernardo del Espíritu
Santo, aceptó el Plan de Iguala, porque
no implicaba deslealtad contra su rey, al
que siempre defendió con ardor. Otra circunstancia
importante del movimiento trigarante fue
que reconoció la vigencia de la constitución
española de 1812 en todo aquello que no
se opusiera a la independencia del país.
Como la monarquía mexicana
nació fiel a la casa real de España y a
la constitución de 1812, quienes ocupaban
los puestos de gobierno no tuvieron inconveniente
en continuar ejerciendo sus funciones bajo
el nuevo régimen independiente. Excepto
el intendente Antonio Cordero, quien prefirió
renunciar a su cargo, en la intendencia
de Arizpe permanecieron en sus puestos los
subdelegados, los alcaldes y los capitanes
de presidio. El mismo comandante general
de las Provincias Internas de Occidente,
el brigadier Alejo García Conde, continuó
como tal hasta mediados de 1822.
Como la constitución de 1812
permaneció vigente, los ayuntamientos constitucionales
y las diputaciones de provincia quedaron
confirmadas en sus funciones. Recién instalada
en México la junta de Regencia, dispuso
que las diputaciones de provincia fueran
renovadas mediante elecciones, que en el
noroeste se realizaron el 24 de febrero
de 1822. La diputación de Arizpe quedó integrada
por las siguientes personas: Antonio Narbona,
Rafael Montes, Manuel Íñigo, Antonio Almada,
Julián Moreno, Manuel Gómez de la Herrán
y el obispo fray Bernardo del Espíritu Santo;
como suplentes quedaron los sacerdotes Santiago
Domínguez Escobosa, Juan Elías González
y Salvador Salido. Antonio Narbona y el
obispo fray Bernardo eran autoridades de
la época virreinal, y los demás diputados
eran miembros de las familias distinguidas
de la región, eran "notables".
Fue también en este momento cuando se abandonó
el nombre de intendencia de Arizpe y se
aceptó el de provincia de Sonora y Sinaloa,
y se cambió el título de intendente por
el de jefe político superior, Para ocupar
este puesto fue designado Antonio Narbona.
Por estas fechas, los nombres
"Sinaloa" y "Sonora"
se aplicaban a territorios más amplios
de lo que fueron las respectivas provincias
coloniales. "Sinaloa" designaba
en este momento a la villa de San Felipe
y Santiago, al partido de que esta villa
era cabecera y, además, al territorio
comprendido entre los ríos de las Cañas
y Mayo. "Sonora" se aplicaba
únicamente a la zona ubicada entre los
ríos Mayo y Gila, porque en esta provincia
no había algún partido o ciudad que llevaran
ese nombre.
Las reformas borbónicas
y sus efectos en la nueva España
A mediados del siglo XVIII, el virreinato de la Nueva España presentaba
características muy distintas de las que
se dieron en la primera mitad del siglo.
En la metrópoli, los monarcas se sentían
seguros en el trono y sabían que había llegado
el momento de romper definitivamente con
las estructuras políticas y económicas impuestas
por los Habsburgo. En el caso particular
de España, los cambios obedecieron a la
necesidad de la nueva administración borbónica
que tomó el poder a partir de 1700, con
el propósito de corregir la situación de
progresiva decadencia que se manifestó en
el transcurso del siglo XVII.
En la Nueva España, los visitadores y virreyes, así como los obispos
nombrados por Carlos III, fueron los primeros
y más destacados abanderados del pensamiento
fisiocrático y del absolutismo regalista,
fueron los agentes de una "revolución
desde arriba" tendiente a transformar
el sistema colonial, para sujetarlo a la
Corona de una manera más eficaz, mediante
la aplicación de los conocimientos científicos
de la fisiocracia.
De acuerdo con el principio de que no podían existir poderes corporativos
o privados que rivalizaran con los del monarca,
ni privilegios que atentaran contra el interés
supremo del Estado, la principal tarea de
los funcionarios borbónicos en el virreinato
fue la de recuperar las atribuciones que
los Habsburgo habían delegado en corporaciones
y grupos.
Todo lo anterior implicaba eliminar la oposición de los grupos de
poder locales americanos, y liberar los
factores de producción monopolizados por
algunos de esos grupos. Por ello, los reformistas
se plantearon los siguientes propósitos:
·
Crear cuadros administrativos y burocráticos leales a las ideas colonialistas,
eliminando el peso de los criollos.
·
Adecuar la legislación a las nuevas necesidades de la Metrópoli.
·
Contar con una fuerza militar que defendiera y protegiera el programa
de remodelación presentado, como un ejército
defensor de las fronteras ante las agresiones
extranjeras.
·
Reducir la autonomía de gestión y control económico de los consulados
de comerciantes.
·
Poner en circulación los bienes de la Iglesia.
·
Favorecer la reducción de precios de las importaciones para erradicar
los sectores productivos competitivos, como
los obrajes, que desarrollados en la colonia
competían con cierto éxito, limitando las
ganancias de los comerciantes, fieles a
la corona y desarrollando grupos con intereses
económicos distintos a la metrópoli.
El encargado de promover estas reformas en América fue José de Gálvez,
nombrado visitador de la Nueva España por
Carlos III entre 1765 a 1771. La misión
de Gálvez era establecer diversos mecanismos
que recuperara los hilos que con independencia
de la metrópoli se movían desde hacía más
de un siglo en los asuntos económicos, políticos
y administrativos de la colonia y colocarlos
bajo la dirección y vigilancia de funcionarios
fieles a la metrópoli. Una de las primeras
instituciones contra las que el visitador
Gálvez dirigió sus ataques fue el virrey,
por considerar peligroso para la metrópoli
la centralización de tanto poder, así como
la ineficacia administrativa que entorpecía
la solución de todos los asuntos que concentraba.
El instrumento recomendado por Gálvez para
buscar la solución a este problema fue una
nueva división territorial en intendencias
que venía a sustituir el sistema de provincias
y reinos vigente en ese momento, que permitiría
una mejor administración evitando los abusos
de la centralización del poder en el virrey,
los alcaldes mayores, delegados y subdelegados.
El establecimiento del sistema de intendencias enfrentó fuertes resistencias
que impidieron su aplicación completa; en
un primer momento el rechazo provino de
los virreyes mismos, quienes se opusieron
a ceder parte de su poder. Más tarde a sus
protestas se unieron los integrantes de
la Real Audiencia, los altos jerarcas eclesiásticos
y los miembros de las principales corporaciones,
que sentían limitado su poder por las reformas.
En 1776 la Corona creó el puesto de regente, de rango inmediatamente
inferior al del virrey, con facultades para
asumir ese cargo en su ausencia o cuando
quedara vacante. La Real Audiencia, institución
civil más poderosa después del virrey, también
fue objeto de cambios, uno de los cuales
consistió en que había de ser presidida
por el regente, quien estaba facultado para
intervenir en asuntos judiciales, generales
o específicos. Esta disposición, fundamentada
en la idea de que la burocracia colonial
necesitaba de mas conexiones entre los diversos
sectores, afectó directamente la relación
entre el virrey y la Audiencia. En la época
en que llego José Gálvez, la gran mayoría
de los miembros de la Audiencia eran del
grupo criollo, por lo que se propuso modificar
esta situación en primer lugar, y puso en
práctica medidas tendientes a reducir la
participación de los criollos en la Real
Audiencia; además, en la Ordenanza de Intendentes
de 1786, se le restaron facultades a esta
institución, al disponer que muchos asuntos
de índole económica, antes manejados por
ella, pasaran a ser de la competencia de
la Real Hacienda. De esta manera, el antes
poderoso tribunal perdió poder y sobre todo
dejó de constituir un bastión del grupo
criollo.
También fueron sustituidos casi todos los tesoreros y oficiales encargados
de manejar las cajas reales donde se acumulaban
los impuestos del virreinato, y sus cargos
fueron ocupados por personas adictas a la
nueva administración de los Borbones, enviadas
desde España.
Otra disposición fue la de suprimir a los alcaldes mayores y corregidores
de los pueblos de indios, porque suponía
que las bajas recaudaciones de impuestos
tenían origen en la corrupción de estos
administradores locales y en la práctica
generalizada de controlar la producción
y el consumo de los indígenas mediante el
repartimiento del comercio, pues de este
modo sólo se beneficiaban los comerciantes
y los alcaldes, pero no la Corona ni sus
súbditos indígenas. Para acabar con esa
situación se recomendó la abolición total
de los alcaldes mayores, y se proyectó la
creación de un nuevo rango de oficiales
subordinados al intendente: los subdelegados,
que mediante el pago de un salario, se encargarían
de las funciones gubernamentales antes en
manos de los alcaldes, y tendrían prohibida
toda práctica comercial y monopólica. Este
plan fue aceptado por el gobierno metropolitano
en el año de 1769, y confirmado luego por
la Ordenanza de Intendentes.
Además fue creada una nueva institución, el ejército, como instrumento
destinado a vigilar el cumplimiento de las
disposiciones del gobierno borbónico. La
nueva estructura del ejercito se componía
de tres niveles: un pequeño número de unidades
regulares bien adiestradas, un grupo más
grande de regimientos de la milicia y una
extensa red de compañías de reserva. Sin
embargo, el reclutamiento enfrentó varias
dificultades y creó algunos problemas sociales
y económicos, sobre todo por la resistencia
de los pobladores a ingresar al ejército.
Los reclutadores atribuían su fracaso a
la ausencia de valores marciales entre los
mexicanos, y además, dadas las circunstancias
de sujeción colonial no era posible inculcar
virtudes patrióticas para defender los intereses
de la Corona.
Tampoco fue posible cumplir con los propósitos de orden racial, de
acuerdo con los reglamentos, los elegibles
para el servicio deberían ser individuos
de origen europeo o mestizos, tener entre
16 y 36 años de edad, medir por lo menos
metro y medio de estatura y tener buena
salud. Los negros y los indígenas estaban
exentos del servicio militar, pero eran
aceptables los de "sangre mixta".
Ante el rechazo al reclutamiento, los oficiales tuvieron que recurrir
a prácticas de leva, sin importar el origen
racial de quienes eran reclutados a la fuerza.
Estas medidas trajeron consigo problemas
de orden social y económico porque provocaron
un ambiente de tensión que comúnmente ocasionaba
la fuga de los hombres hacia las montañas,
abandonando su trabajo y su familia. La
Corona, para hacer más atractivo el servicio,
otorgó privilegios militares (fueros) a
los miembros del ejército, pero esta medida
fue mal interpretada por quienes abusaron
del fuero al suponer que se les otorgaba
inmunidad contra el castigo penal.
El proyecto de reformas afectó a la más poderosa de las corporaciones:
la Iglesia. Los ataques contra la Compañía
de Jesús, considerada como la orden religiosa
mas desafiante no sólo por su cuantiosa
riqueza y su poderosa influencia como educadora
de los criollos, sino por su adhesión al
papa Clemente XIII, quien luchaba contra
el regalismo en defensa de los derechos
de la Santa Sede. En junio de 1767 el gobierno
español decretó de manera sorpresiva la
expulsión de los jesuitas de todas las tierras
bajo su dominio. En la Nueva España se vieron
afectados 7()() miembros de la orden; su
arresto y posterior destierro ocurrió cuando
la influencia jesuita se encontraba en su
punto más alto, pues además de ejercer una
influencia incuestionable sobre la élite
criolla, gozaban de un elevado prestigio
entre otros sectores de la población novohispana.
Pero todos estos cambios e implicaciones en la vida social constituían
sólo una parte del conjunto de grandes transformaciones
operadas en el mundo occidental a lo largo
del siglo XVIII, etapa pletórica de acontecimientos
trascendentales, los cuales se manifestaron
con toda su fuerza durante el llamado "Siglo
de las Luces", y revolucionaron al
mundo introduciéndolo a una era de modernidad
sin precedentes.
El cumplimiento de estos propósitos implicaba a su vez contar con
medios económicos financieros adecuados,
para lo cual se programó una política fiscal
encaminada a suprimir las deshonestidades,
crear nuevos estancos y ampliar la base
social tributaria, dándole a la colonia
su carácter real de territorio sometido
a una metrópoli imperialista.
Algunas de esas reformas se sometieron a estudio, pues su aplicación
se consideraba asunto delicado, por las
protestas que pudiera ocasionar el rompimiento
de los antiguos esquemas pero como quiera
estas reformas dieron comienzo en el año
de 1765, con la llegada de José de Gálvez
como visitador general. A partir de ese
momento se produjeron cambios tan violentos
que es posible afirmar que fue entonces
cuando la Nueva España adquirió, en un sentido
real y estricto, su estatus colonial, porque
nunca antes su dependencia y sometimiento
fueron mayores.
Sistema de Intendencias
Entre las primeras funciones del visitador español José Gálvez, estuvo
la de establecer una centralización administrativa
orientada a fortalecer el control de la
Corona sobre el virreinato. Dentro de este
propósito se buscaba tomar medidas encaminadas
a romper el monopolio que tenían las élites
locales en el gobierno municipal, y establecer
un sistema de división territorial similar
al creado por el gobierno de Francia, y
ya adoptado en España.
La implantación de este sistema exigió la división del virreinato
en juridicciones político administrativas
denominadas intendencias, las cuales habrían
de estar bajo la dirección de un funcionario
que fungía como gobernador general o intendente,
quien ejercía todos los atributos del poder:
justicia, guerra, hacienda, fomento de las
actividades económicas y obras públicas.
Los intendentes debían utilizar su autoridad
para movilizar la economía de sus provincias,
y debían solicitar la colaboración del pueblo
a fin de tener éxito; se consideraba necesario
mejorar la participación pública en los
asuntos comunales para que hubiese contacto
entre gobernantes y gobernados, y lograr
con ello una mayor estabilidad.
Los intendentes debían estimular la actividad económica directa e
indirectamente, por medio de obras publicas.
Se esperaba que los intendentes, adictos
a la Corona y bien pagados acabarían con
la corrupción y con los abusos de los alcaldes
mayores, para ello serían los encargados
de producir las reformas, y estimular el
rendimiento colonial que debía comenzar
por la agricultura. El intendente repartiría
baldíos a los indios y españoles que carecieran
de tierras, supervisando que las hicieran
producir, además debía favorecer la artesanía
y fomentar el comercio y la minería.
Transcurrieron 19 años entre 1767, fecha en que Gálvez presentó su
plan original de intendencias, y 1786, año
en que la Corona española promulgó las Ordenanzas
de Intendentes, que daban carácter legal
y definitivo al sistema de intendencias.
Las Ordenanzas establecían la nueva división
territorial en 12 intendencias, cuyas capitales
serían México, Puebla, Oaxaca, Mérida, Veracruz,
San Luis Potosí, Guanajuato, Valladolid,
Guadalajara, Zacatecas, Durango, y Arizpe
(Sonora-Sinaloa). No formaban parte de las
intendencias de esta Ordenanza los territorios
de California, Nueva Vizcaya, Nuevo México,
Coahuila y Texas, quizá por tratarse de
provincias que constituían la Comandancia
General de Provincias Internas; además las
ordenanzas mencionan aparte otras regiones
como el Nuevo Reino de León y Nuevo Santander,
donde el gobernador debía tener el mando
en las causas de Hacienda y de guerra.
Descontento contra las
reformas borbónicas
Antes de tomar medidas para con la Nueva España, el gobierno español
decidió, primero que nada, organizar una
inspección militar (1764) y una visita general
a las oficinas virreinales (1765), aunque
estas dos medidas provocaron una división
entre las autoridades coloniales. Con la
llegada de José Gálvez, con carácter de
visitador general las tensiones aumentaron,
hasta que sale en 1771 de la Nueva España.
De su visita resultó la nueva división política
del territorio en intendencias y comandancias
de provincias internas, el aumento al triple
de las rentas públicas, la reducción de
restricciones al comercio, la fundación
del obispado de Sonora y la Academia de
Bellas Artes. El virrey-inspector general
inicia una segunda reorganización del ejército
e intenta establecer una nueva modalidad
en las milicias. Toma medidas intrascendentes
que fracasan y sólo hacen perder dinero.
La economía de la Nueva España es cargada
con los cuantiosos gastos que provocaban
los preparativos militares para el conflicto
en América del Norte. La recuperación de
La Habana (1763) y las medidas para modernizar
sus defensas se transformarían en la insaciable
boca que engulle cuanto Nueva España no
se basta para producir: dinero, hombres,
pólvora, carne, maíz, arroz, habas y harina.
En Veracruz enfermaban los cientos de reos
que esperaban para ser llevados a trabajar
en la isla. Se calcula que las obras de
fortificación de la isla requirieron del
envío de más de 5 mil trabajadores novohispanos.
La quiebra del erario se fue agudizando
debido al aumento de los gastos, provocados
por el mantenimiento de las tropas y trabajadores
en La Habana. Ante esto, las tensiones sociales
aumentan y comienza a organizarse la oposición.
El Gobierno de Carlos III recibe desde 1766
noticias, las que considera sin fundamento,
sobre el supuesto espíritu de rebeldía existente
en la nueva España, y sobre un plan de insurgencia
que contaba con el apoyo de Inglaterra.
Efectos socioeconómicos
de las reformas borbónicas
Como es de suponerse, las reformas económicas trajeron consigo múltiples
efectos y consecuencias, tanto positivas
como negativas. El gobierno español tomó
diversas medidas para explotar al máximo
los recursos de la colonia, con el propósito
de generar mucha más materia prima para
la metrópoli. Con las reformas borbónicas
se tocaron todas las áreas principales en
la Nueva España, entre ellas se encontraba
la minería. También estaban la agricultura,
el comercio (pequeño) y algunas empresas
de manufactura. Obviamente hubo beneficios,
se permitió ampliar los negocios entre ciertas
colonias (Trinidad, Margarita, Cuba, Puerto
Rico).
La medida que mayores desajustes provocó en la Nueva España fue la
real cédula de 1804 sobre la enajenación
de bienes raíces de las corporaciones eclesiásticas,
que desató reacciones violentas en contra
del gobierno español. Esto se debió a que,
con excepción de los comerciantes más ricos,
aquella disposición afectó a los principales
sectores productivos del virreinato (agricultura,
minería, manufacturas y pequeño comercio),
y en particular a los agricultores, pues
la mayoría de los ranchos y haciendas estaban
gravados con hipotecas y censos eclesiásticos,
que los propietarios se vieron obligados
a cubrir en un plazo corto, a fin de que
ese capital fuera enviado a España. De esta
manera, no sólo la Iglesia se vio afectada
por la real cédula, sino también casi toda
la clase propietaria y empresarial de la
Nueva España, así como los trabajadores
vinculados con sus actividades productivas.
Por ello, se levantó un reclamo y por primera
vez en la historia del virreinato todos
los sectores afectados expusieron al monarca
por escrito sus críticas contra el decreto
en cuestión. A pesar de todo, la cédula
se aplicó desde septiembre de 1805 hasta
enero de 1809, produciendo un ingreso de
alrededor de 12 millones de pesos para la
Corona.
Para la Nueva España , la aplicación de la cédula aparte de provocar
una severa crisis de capital, agrietó considerablemente
las relaciones entre la Iglesia y el Estado;
desde entonces esos dos poderes no sólo
rompieron los lazos de unión que tuvieron
en el pasado, sino que se convirtieron en
facciones antagónicas. Las reformas borbónicas
también afectaron al Consulado de Comerciantes
de la ciudad de México; esta corporación,
que había acaparado el comercio exterior
e interior del virreinato por medio del
sistema de flotas y del control de los puertos,
perdió su enorme monopolio con la expedición
de las leyes sobre la libertad de comercio.
Al mismo tiempo, la supresión de los alcaldes
mayores, agentes comerciales del Consulado
en los municipios del país y en las zonas
indígenas, acabó con la red de comercialización
interna y rompió el lazo político que permitía
a los comerciantes de la capital controlar
los productos indígenas de mayor demanda
en el mercado exterior e interior.
Al parecer los reformadores borbónicos, encabezados por Gálvez, no
tenían una visión completa del funcionamiento
del sistema económico en la Nueva España.
Aunque es cierto que muchos alcaldes mayores
eran corruptos y abusaban de su autoridad,
el repartimiento del comercio era mucho
más que un mero mecanismo de explotación;
constituía el más importante sistema de
crédito para las comunidades indígenas y
los pequeños agricultores. Los alcaldes
mayores se beneficiaban porque proporcionaban
a crédito servicios necesarios: distribuían
semillas, herramientas y otros bienes agrícolas
básicos; facilitaban la compra o la venta
de ganado, y con frecuencia vendían los
productos de algunos grupos que quizá no
hubieran encontrado otra forma de colocar
su producción. Todo esto fue interrumpido
con el decreto que suprimía las funciones
de los alcaldes mayores.
El Comercio Exterior
El comercio de la Nueva España fue limitado por la corona española
para asegurar para sí los máximos beneficios.
El comercio con España se hacía por el puerto
de Cádiz en el que se reunían, para la inspección
de la Audiencia y la casa de contratación
de Sevilla, todos los artículos destinados
a América. El comercio con la Nueva España
se hacía por el puerto de Veracruz, que
era el único autorizado, y el de Acapulco
que recibía los artículos importados por
Filipinas.
Los comerciantes de España y Nueva España tenían un acuerdo en común
para mantener el monopolio comercial para
su beneficio exclusivo. Estos comerciantes
monopolizaban los productos importantes
y controlaban el mercado colonial. Se estableció
un Consulado, que tenía como objetivo defender
los intereses de los grandes comerciantes
y excluyendo a los que realizaban el comercio
de menudeo. El gobierno otorgó el cobro
de impuestos y de la alcabala a todo artículo
que se comerciara. El transporte de las
mercancías europeas a Nueva España y el
envío de caudales a la metrópoli fue cuidadosamente
reglamentado por la corona española. Los
navíos cargados de géneros (la flota) debían
atravesar el océano protegidos por otros
de guerra (la armada o los galeones). La
inspección para verificar el buen estado
de las embarcaciones, que tenían que ser
fuertes y veleras, era rigurosa. La dotación
de los navíos también estaba cuidadosamente
regulada y los navegantes, capitán y oficiales,
pasaban estrictos exámenes y para cada travesía
habían de recabar licencia. Tanto cuidado
y vigilancia tenían por objeto que la mercancía
estuviera expuesta al menor número de riesgos
posibles.
La plata era la principal mercancía que se enviaba a España en forma
de moneda acuñada. Las monedas de plata
novohispanas estimularon la economía europea
y el comercio entre los dos continentes.
Además de plata, la Nueva España exportaba
oro, cueros, grana, que era una pintura
roja que los indios sacaban de la cochinilla.
La Nueva España tenía relaciones comerciales con diferentes partes
del mundo. Barcos españoles llegaban al
puerto de Veracruz. Traían fierro, papel,
vino, fruta seca, telas, y ropa fina. El
comercio con las Filipinas y el Oriente
se hacía a través de la Nao de China, que
cada año llegaba a Acapulco con finas telas
de algodón y de seda, piezas de marfil y
de porcelana. Estas mercancías se pagaban
con monedas de plata, muy cotizadas en todo
el mundo y de la Nueva España salían productos
europeos.
Algunas regiones del virreinato de Nueva España comerciaban entre
sí durante la época colonial. De Nueva España,
por Veracruz, se enviaba harina a las islas
del Caribe y a las costas de Venezuela.
De esos lugares venía cera, tabaco y cacao.
Los monopolios de las aduanas de Veracruz y Cádiz se eliminaron con
las reformas borbónicas del siglo XVIII
y buscaron diversificar los cauces comerciales
en el interior de la Nueva España; sin embargo
siguieron las restricciones con países extranjeros,
por ejemplo España prohibió el comercio
con Inglaterra, con quien mantenía una rivalidad
ancestral, sin embargo el contrabando de
productos ingleses era frecuente en la colonia.
El control del comercio exterior de la Nueva España fue un rasgo
del sistema mercantilista vigente en España
en el siglo XVI, cuando inicia el dominio
que por trescientos años establecería en
territorios americanos.
La agricultura, la minería
y las manufacturas en la Nueva España.
Acorde con los lineamientos de la política económica mercantilista,
la corona española promovió el desarrollo
de la minería, los primeros fundos mineros
importantes se crearon en el siglo XVI al
descubrirse importantes yacimientos de plata
en Zacatecas, Guanajuato, Taxco y Pachuca,
que aunados a nuevos descubrimientos en
el siglo XVIII colocaron a la Nueva España
como el mas importante productor de plata.
Estos centros mineros se convirtieron mas
tarde en detonantes de otras actividades
económicas al desarrollarse centros agrícolas,
pueblos y ciudades, donde se crearon obrajes
para producir herramientas, utensilios y
textiles que requería la cada vez más creciente
población. Junto a estas actividades productivas
se desarrolló un activo comercio al que
se dedicaron un buen número de criollos,
grupo que habiendo nacido en la Colonia
desarrollaría de esta forma, intereses económicos
y políticos que los llevaría más tarde a
apoyar la lucha por la independencia.
Reformas para impulsar la minería:
La medida inicial consistió en reducir el precio del mercurio en
una tercera parte, y mas tarde, como esta
disposición provocó un aumento inmediato
de la producción, se decidió bajar el precio
hasta la mitad de su valor anterior. Al
mismo tiempo, los mineros fueron beneficiados
con exenciones de impuestos en la introducción
de maquinaria y materias primas.
Por último, se crearon tres instituciones que transformaron
la situación de la minería:
Un consulado que agrupó a todos los mineros
en una organización con privilegios y derechos
especiales, un tribunal que se convirtió
en un activo órgano de difusión de conocimientos
técnico y científico, y un Colegio de Minería,
creado en 1792, primera escuela secular
y técnica altamente especializada, en donde
se impartieron por primera vez cursos de
metalurgia, mineralogía y química, así como
aquellas materias de estudio acordes con
el pensamiento ilustrado, como matemática
y lengua francesa.
Mediante estos tres organismos, los mineros pudieron manejar por
ellos mismos los problemas inherentes a
sus actividades, organizaron y sistematizaron
los aspectos técnicos y administrativos
que antes dificultaron el progreso de la
minería, lo cual les permitió adquirir fuerza
y autonomía. Pero la Corona no puso el mismo
interés en impulsar otras actividades industriales
o manufactureras, sino al contrario, estas
fueron desalentadas y hasta prohibidas.