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De
una curiosidad sin límites, Nora siempre
pensó que, en un mundo presa de la inmediatez,
la mejor forma de transmitir la historia de una
nación es a partir del presente. De esa
convicción nacieron, entre 1984 y 1993,
una obra monumental y un concepto: les lieux de
mémoire (sitios de la memoria).
Durante más de diez años, con la
ayuda de 130 historiadores, estableció
la geografía sentimental de la nación
francesa.
En
esa obra, reunida en tres tomos, se combinan libros,
hombres, parajes y conceptos: la catedral de Reims,
la batalla de Waterloo, el libro de Proust "En
busca del tiempo perdido", Vichy, Versalles,
Juana de Arco, Víctor Hugo, "La Marsellesa",
la República, el Tour de Francia, la Torre
Eiffel y las
Galerías Lafayette.
Una
mitología francesa sobre la cual su autor
dice: "Lo novedoso de esta manera de escribir
la historia es que rompe con el hábito
cronológico. Partimos del presente para
hacer un inventario de aquellos objetos, hombres
o lugares que pertenecen a la herencia colectiva".
Pierre
Nora nació en 1931, en una familia judía
de la burguesía parisiense. Hijo de un
reputado cirujano, a los 12 años salvó
su vida tirándose por una ventana para
escapar de la Gestapo. Para olvidar, consagró
su vida al estudio: es doctor en historia, en
letras y en filosofía; profesor universitario;
ensayista, y miembro de la Academia Francesa.
En
1980 fundó la revista académica
Débat, que todavía dirige. Desde
1966, cuando comenzó a colaborar con Gallimard,
es considerado el editor de ciencias humanas más
importante de su generación: publicó,
entre otros, a Pierre Foucault, Raymond Aron,
Jacques Le Goff, George Dumézil, Elias
Canetti y George Duby.
¿Quién
mejor que él para explicar las razones
de la crisis de identidad que atraviesa Francia
en estos momentos? ¿Por qué este
país se debate entre las reivindicaciones
de todas sus minorías -étnicas,
religiosas o sexuales- que tratan de imponer sus
propias memorias a la mayoría nacional?
En un mundo
globalizado, el problema no es exclusivamente
francés: las respuestas del historiador
tienen alcance universal.
-La
agitación de los últimos meses en
Francia da la sensación de que la gente
ya no sabe muy bien la diferencia que existe entre
memoria e historia.
¿Cuál es esa diferencia?
-Memoria
e historia funcionan en dos registros radicalmente
diferentes, aun cuando es evidente que ambas tienen
relaciones estrechas y que la historia se apoya,
nace, de la memoria. La memoria es el recuerdo
de un pasado vivido o imaginado. Por esa razón,
la memoria siempre es portada por grupos de seres
vivos que experimentaron los hechos o creen haberlo
hecho. La memoria, por naturaleza, es afectiva,
emotiva, abierta a todas las transformaciones,
inconsciente de sus sucesivas transformaciones,
vulnerable a toda manipulación, susceptible
de permanecer latente durante largos períodos
y de bruscos despertares. La memoria es siempre
un fenómeno colectivo, aunque sea psicológicamente
vivida como individual. Por el contrario, la historia
es una construcción siempre problemática
e incompleta de aquello que ha dejado de existir,
pero que dejó rastros. A partir de esos
rastros, controlados, entrecruzados, comparados,
el historiador trata de reconstituir lo que pudo
pasar y, sobre todo, integrar esos hechos en un
conjunto explicativo. La memoria depende en gran
parte de lo mágico y sólo acepta
las informaciones que le convienen. La historia,
por el contrario, es una operación puramente
intelectual, laica, que exige un análisis
y un discurso críticos. La historia permanece;
la memoria va demasiado rápido. La historia
reúne; la memoria divide.
-¿Por
qué ese abandono de una conciencia colectiva
nacional en beneficio de esas reivindicaciones
de la memoria?
-Hubo
un cambio en la naturaleza misma del trabajo del
historiador. Los historiadores fueron durante
mucho tiempo los depositarios de la memoria comunitaria
en la medida en que tenían, casi, el monopolio
de la interpretación, que, de paso, no
era libre, porque con frecuencia el historiador
era instrumento del poder. Con el tiempo, el historiador
se independizó, para asumir una actitud
científica. Pero casi al mismo tiempo apareció
una vida mediática densa, que contribuyó
a crear una forma de memoria colectiva, independiente
del poder puramente científico. Las tragedias
del siglo XX contribuyeron, en gran medida, a
democratizar la historia, es decir, a hacerla
vivir. El hombre comenzó a sentir que lo
que vivía era la historia, contrariamente
a lo que sucedía en las sociedades campesinas
tradicionales. Cuando un campesino vivía,
no tenía el sentimiento de que lo que hacía
se inscribía en una gran corriente o tenía
un significado que superaba su propia vida y la
de su familia. Todo cambió cuando el hombre
comenzó a decirse que no vivía en
la tradición, sino en la historia.
-¿En
qué momento comenzó ese proceso?
-Simbólicamente,
cuando Goethe dijo en Valmy: "Usted podrá
decir "yo estuve" [se refiere a una
frase del autor alemán en su libro "Campañas
de Francia y de Maguncia", publicado en 1817,
sobre la batalla de Valmy entre franceses y prusianos]".
En otras palabras: "No crea usted que está
viviendo un hecho
anodino; está viviendo una batalla de gran
importancia histórica". Desde entonces
el mundo comenzó a valorar al testigo.
El testigo se transformó en aquel que conserva
la memoria viva para hablar del drama europeo
de 1914, del drama comunista, de la guerra de
colonización, de la colonización
mundial. El problema es que ese personaje tiene
un gran valor histórico, pero no decisivo.
Allí es donde comenzó el drama actual.
Lo que vivimos desde hace 20 años es el
paso de una memoria modesta, que quería
hacerse reconocer, de una cantidad de víctimas
que querían que sus penas y sufrimientos
fueran tenidos en cuenta, a una memoria que se
pretende dueña de la verdad histórica,
más que toda otra forma de historia, y
que está dispuesta incluso a querer cerrarles
la boca a los mismos historiadores. En 20 años,
hemos pasado de la defensa del derecho a la memoria
a la defensa del derecho a la historia.
-¿Esto
quiere decir también que las sociedades
de los países occidentales -Francia, por
ejemplo- estarían en vías de dejar
de vivir su historia para vivir numerosas y diferentes
historias?
-El
ejemplo francés es muy apropiado. Creo
que Francia es, en este momento, una especie de
caldo de cultivo particularmente sensible por
numerosas razones. La primera es que siempre tuvo
una relación particularmente intensa con
la historia. Desde el siglo X, la relación
de Francia con su pasado se intensificó
cada vez más, porque la historia fue el
instrumento formador de la conciencia cívica
y nacional. La historia fue la disciplina prioritaria
que hacía de los niños unos auténticos
franceses. De esta manera, la historia cumplió
un papel capital, porque consiguió reprimir
las memorias, limitarlas al seno de las familias,
al ejercicio privado. Un niño podía
ser hijo o nieto de un aristócrata asesinado
en la Revolución, hijo de un obrero asesinado
en la Comuna, judío emancipado desde hacía
poco, inmigrante o bretón? Pero cuando
estaba en la escuela era un pequeño francés
como cualquier otro, que recitaba "nuestros
ancestros, los galos". Lo que sucedió
en los últimos 40 años es que se
rompió ese doble registro privado/público
y que esas memorias particulares de las minorías
en vías de emancipación y de integración
en el colectivo nacional reclaman ser como las
demás, reconocidas por la mayoría
nacional, y, a la vez, conservar algo de sus identidades.
Algo que llaman "su" memoria.
-Y
que lo es...
-Sí.
Cada comunidad tiene su propia historia. Los obreros
tienen una memoria obrera que comenzó a
establecerse cuando la clase obrera estaba desapareciendo.
Comenzamos a hablar de memoria campesina en los
años 70, cuando no había más
campesinos en Francia. Por entonces, el porcentaje
de la población activa ocupada en la agricultura
cayó por debajo del 10%, mientras que después
de la Segunda Guerra Mundial alcanzaba el 45%.
Se comenzó a hablar de memoria femenina
sólo con la emancipación y la integración
de la mujer en la sociedad francesa.
-En
otras palabras, ¿la memoria sectorial o
comunitaria aparece después de una conmoción
o de una tragedia?
-En
cierto sentido. Las guerras, los genocidios, los
totalitarismos? La Shoa es el ejemplo perfecto
de la matriz memorial. Fue justamente Auschwitz
lo que dio origen a la expresión "deber
de memoria".
-Esta
necesidad de memoria particular parece estar provocando
una crisis de identidad nacional en Francia.
-Porque
el sujeto nacional portador de esa ideología
de la nación está en grave crisis.
A las guerras, a la reducción del poderío,
a la crisis del modelo, a la dificultad de la
transmisión del mensaje se agregaron cantidad
de cosas en los últimos 40 años.
Francia tiene, desde entonces, una historia en
migajas que provocó una profunda fisura
en el nivel de su memoria. Piense en la Segunda
Guerra Mundial y en el gobierno colaboracionista
de Vichy. Francia salió de esa experiencia
trágicamente dividida: había una
memoria de los resistentes, una memoria de los
racistas, una memoria colaboracionista, una de
los ocupados y otra de los no ocupados, de los
prisioneros...
-¿Por
qué ese desgarramiento?
-Porque cada uno creía encarnar una parte
real de este país.
-¿Fue
en ese momento cuando la historia oficial de Francia
comenzó a ser
difícilmente transmitida?
-En
efecto. En las escuelas comenzó a ser muy
difícil transmitir una memoria oficial.
A eso se agregó el drama de la descolonización
amplificada por la guerra de Argelia, porque,
a diferencia de los ingleses, los franceses manejamos
muy mal ese proceso. Y porque teníamos
en esas colonias una verdadera población
francesa. Argelia, por ejemplo, no era simplemente
una colonia, sino mitad colonia y mitad departamento
francés. La descolonización fue
una auténtica guerra civil. Los franceses
vivimos la guerra de Argelia como los norteamericanos
vivieron la Guerra de Secesión.
-Un
nuevo desgarramiento.
-Fue
un traumatismo nacional, un desgarramiento de
la conciencia, al mismo tiempo que el fin de la
proyección mundial de Francia y un regreso
a las fronteras nacionales. En ese mismo momento
comenzaron a nacer las obligaciones europeas,
que disminuyeron las libertades y soberanías
de los
franceses.
-En
los últimos años hay en Francia
una tendencia a dictar leyes que sacralizan las
memorias sectoriales: la ley Gayssot, que considera
crimen toda actitud negacionista; la ley Taubira,
que califica la trata de negros de crimen contra
la humanidad; por fin, un artículo de ley,
en 2005, que preconizaba la "necesidad de
enseñar en las escuelas el papel positivo"
de la colonización francesa (artículo
que acaba de ser anulado por el Consejo Constitucional).
Muchos historiadores siempre estuvieron en contra.
Usted en primer lugar.
-Porque
la historia no puede ser dictada por los legisladores.
Eso sucede sólo en los países totalitarios,
no en una democracia. Si cada hecho histórico
se vuelve intocable tras haber sido declarado
por ley genocidio o crimen contra la humanidad,
se está condenando a muerte la investigación
histórica y, por ende, cristalizando la
historia de una nación. Cuando, en 1990,
se comenzó a discutir la ley Gayssot, yo
me opuse. Por entonces trabajaba sobre la memoria
y, a pesar de las buenas intenciones de ese
texto, pensaba que estábamos poniendo el
dedo en un engranaje del que no podríamos
salir. Comenzaríamos con los judíos
y continuaríamos con todas las demás
comunidades.
-Y
así fue.
-Sí.
Si no conseguimos poner freno a esta desviación,
mañana veremos en Francia a los protestantes
venir a reclamar al Estado una ley en nombre del
"genocidio" por la masacre de San Bartolomé
en 1572, o a los habitantes de la Vendée
por las víctimas de la contrarrevolución
entre 1793 y 1796. Nunca terminaríamos.
Lo que en realidad es preocupante es un peligroso
aumento de la ideologización de "la"
víctima en todo el mundo.
-¿Cuál
es la diferencia entre lo que usted llama ideologización
actual de las víctimas y la posición
de la izquierda europea en los años 60,
cuando comenzó a denunciar la colonización,
la marginación y otras formas de explotación?
-El
problema es que esa izquierda ha dejado de existir.
La actual ya no tiene más nada que decir
y nada más para hacer. Le queda una sola
cosa: indicar lo que está bien y lo que
está mal. Entonces se apodera de los temas
históricos y trata de convertir la historia
en purgatorio de la humanidad.
-Pero
¿por qué la gente es ahora sensible
al ejercicio de la memoria sectorial en vez de
pensar en la historia?
-Debido
a la supremacía del presente. En el mundo
actual, el presente se ha vuelto el juez supremo.
Es el registro de temporalidad con el que vivimos
nuestro cuerpo, nuestra vida familiar, nuestro
placer y nuestro juicio del pasado. En Francia,
el peso del presente se traduce, por ejemplo,
en algo tan simbólico como haber permitido
a las parejas dar a los niños el apellido
paterno o materno indistintamente. Eso es una
ruptura de la genealogía y de la filiación.
Dentro de dos o tres generaciones, nadie sabrá
de quién desciende. Y nadie parece darse
cuenta del significado profundo que tendrá
ese cambio para la sociedad. Esto quiere decir,
entre otras cosas, que las personas han dejado
de vivir para sus hijos: sólo viven para
sí mismas. Creo que estamos ante un oscurecimiento
completo de la proyección de futuro.
-En
otras palabras, ¿el hombre moderno ha dejado
de saber adónde va?
en un instrumento de transmisión, aun cuando
los historiadores eran quienes permitían
al pasado preparar el futuro. Pero a partir del
momento en que los
hombres dejan de saber adónde van, que
las cadenas interpretativas han dejado de permitirles
proyectarse en el futuro, es necesario constatar
que estamos en una situación totalmente
imprevisible.
-Chesterton
decía que cuando los hombres dejan de creer
en Dios terminan creyendo en cualquier cosa. ¿Eso
se podría aplicar a la historia?
-Perfectamente.
Y si se deja de creer en la historia, en cualquier
historia, que vaya hacia alguna parte, tampoco
se sabe qué es lo que hay que retener del
pasado para justificar el futuro. Es entonces
cuando el hombre se pone a vivir bajo el control
absoluto del presente y termina por juzgar la
historia con los criterios del presente. Esa idea
de crimen contra la humanidad que invocan todos
esos grupos memoriosos es una noción que
data de Nuremberg. La idea de aplicarla a fenómenos
que sucedieron hace cinco o seis siglos es aberrante.
Esto no quiere decir que no hubo horrores. Al
contrario. Toda la
historia de la humanidad está repleta de
crímenes contra la humanidad. Pero si toda
la historia se vuelve una serie de crímenes
contra la humanidad, ¿por qué enseñarla?
Sólo nos queda expiarla.
-En
esas condiciones, ¿cuál es el papel
que le queda al historiador?
-Creo
que somos más necesarios que nunca. En
un mundo delirante, es imprescindible que reasumamos
una misión de vigilancia intelectual, racional
y cívica. La tarea del historiador es ayudar
a la sociedad a reflexionar sobre sí misma,
pero sin emitir juicios de valor. No tiene razón
de ser un historiador obligado a llegar a conclusiones
políticamente correctas. Los historiadores
no tienen lugar en un mundo donde sólo
reinan el "bien" y el "mal".
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