|
Con la desaparición
de Georges Duby, fallecido el 3 de diciembre de
1996 a la edad de setenta y siete años,
en su casa de Provenza, al sur de Francia, al
pie de la montaña Sainte Victoire tan querida
por Cézanne, también la Edad Media
está en duelo. No toda la Edad Media, deberíamos
precisar, pues cada vez que se interrogaba al
autor de Tiempos de catedrales -sin duda su obra
más representativa, publicada en Francia
en Gallimard en 1976 - insistía en especificar
que se limitaba al periodo del siglo X al XIII.
Y no por no haber redactado
obras que se remontan a los carolingios (reyes
de Francia, entre los años 751 y 987) o
que abarcan la dinastía de los Valois (que
reinaron de 1328 a 1589), sino porque los tres
primeros siglos de la Francia de los Capetos1
eran realmente sus predilectos. ¿Acaso
no confió incluso con toda naturalidad
que consideraba al monje Raoul Glaber, que vivió
en el siglo XI, como uno de sus "colegas"
por haber hecho labor de historiador?
Georges Duby era, como
vemos, una persona modesta, de ese tipo de modestia
adquirida tras haber aprendido y haber enseñado
mucho, y tras haber, también, conocido
los honores en el seno de la familia de medievalistas,
que lo designan desde hace ya tiempo como uno
de sus maestros indiscutibles.
Nacido en París
en 1919 en una familia de artesanos, cursó
sus estudios en el instituto de Mâcon (Borgoña)
donde más que la historia propiamente dicha
era la geografía su asignatura predilecta.
Sin duda algo quedó de aquella primera
afición cuyo rastro encontramos en sus
estudios sobre la sociedad urbana rural, incluso
en su tesis sobre La Sociedad en los siglos XI
y XII en la región de Mâcon. Es cierto
que la Escuela de los Anales2, de la que será
uno de los discípulos más brillantes,
impulsada por Marc Bloch y Lucien Febvre primero,
y por Fernand Braudel después, invita al
historiador a ir más allá de la
historia y a completar su visión con otras
disciplinas anexas.
Tras obtener la cátedra
de letras en 1942 y de unos pocos años
en la enseñanza, efectúa una carrera
universitaria ejemplar que le lleva de un puesto
de auxiliar en la universidad de Lyón,
a Besançon y finalmente a Aix-en-Provence
a inicios de los años 50. Se instala allí
con su esposa, Andrée, que fue mucho más
que mera consejera, y con sus tres hijos.
Le gusta realizar largos
recorridos por esa tierra roja de la garriga que
rodea a Aix, y de la que se impregna de vez en
cuando , plantando su caballete, pues al historiador
también le gusta pintar. Amigo de los pintores
Pierre Alechinsky y Pierre Soulages, Georges Duby,
historiador de arte medieval (véase su
San Bernardo, El arte cisterciense y Europa en
la Edad Media, Arte románico y gótico,
publicados en Francia en la edit AMG en 1976 y
1979), tenía talento. Le enorgullecía
recordar, con su mirada azul y jubilosa bajo sus
cejas espesas, que había sido premiado
en un concurso general de dibujo.
Pero no debemos olvidar
que es en Aix donde crea y anima un centro medievalista
de alto nivel, cuya proyección pronto será
internacional. Allí comienza su fama. En
1970 pasa a formar parte del prestigioso Colegio
de Francia3, donde ocupa la cátedra de
historia de las sociedades medievales hasta 1992.
En 1974 entra en la Academia de Inscripciones
y Bellas Letras, y en 1987, en la Academia Francesa.
Pero no sólo hay distinciones honoríficas
y obras escritas. Como hombre de comunicación,
Georges Duby preside la cadena cultural francoalemana,
La Sept, la futura Arte.
Esta acumulación
de honores no consigue perjudicar la serenidad
de un erudito de absoluta discreción, siempre
reservado, silencioso y refinado, que huía
como de la peste de la ostentación y de
las vanas palabras. Basta con leer su obra para
darse cuenta de que rechaza la jerga y de que
domina la lengua con un estilo puro y comedido
que se aprecia perfectamente en su última
obra, la trilogía sobre las Damas del siglo
XII (Francia, Gallimard, 1996).
El placer del texto
De hecho, no concebía
la historia más que bajo el prisma de lo
bello, e incluso del sueño, de la imaginación,
a falta de la imposible objetividad. Un día
declaraba al diario Le Monde, que era preciso
que la historia volviese a ser "lo que era
en el siglo XIX, en tiempos de Michelet4: un género
literario". No se desprecia el placer del
texto.
Y así es como Duby,
elegante prosista, fue un medievalista maravilloso
que sabía también sensibilizar al
público no especializado sobre los encantos
remotos de los siglos XI y XII, especialmente
gracias a la adaptación a la televisión
de su obra Tiempos de las catedrales. La obra
escrita es vasta, llega a tratar temas de arte
o relativos a la organización de la sociedad
(Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo,
Gallimard, 1978) y a las estructuras conyugales
(El caballero, la mujer y el cura, Hachette, 1981).
Una producción abierta a los todos los
vientos de la Francia de los Capetos1, a los miedos
colectivos (El Año mil, Julliard, 1974,
y Año 1000, año 2000. Tras las huellas
de nuestros temores, Textuel, 1995) como al amor
cortés, que a juzgar por lo que afirma,
era más bien un ardiz del que se servía
el caballero para acercarse a su señor
más que una ciega veneración por
la mujer amada (Mâle Moyen Age, Flammarion,
1988).
A pesar de pertenecer a
la Escuela de los Anales, donde no se valora ni
mucho menos el género biográfico,
Georges Duby fue autor de un estudio sobre la
bella figura de caballero que representa Guillermo
el Mariscal (Fayard, 1984), y uno de los primeros
en reintroducir el acontecimiento que durante
un tiempo ha estado desterrado de la historiografía
(El domingo de Bouvines, Gallimard, 1973). Una
manera de reconciliar a los partidarios de la
"nueva historia" con los incondicionales
de los relatos de batallas y retratos de grandes
personajes, "la historia de las estructuras
y la historia de los acontecimientos", citando
la expresión del mediavalista Jacques Le
Goff.
Hasta el final Georges
Duby habrá ayudado a comprender la Edad
Media, a disipar las tinieblas, a aclarar el espacio
social y los fenómenos de mentalidades,
pero además a sondear el cuerpo y el alma
del constructor de catedrales, de la dama cortejada,
del caballero errante, del clérigo erudito,
del vasallo campesino, identificando a la vez
todo aquello que podía expresar modernidad.
Nos habrá enseñado que por muy alejadas
de nosotros que estén aquellas "almas
muertas", arrancadas por fin de los retablos
y de las iluminaciones que conservan su memoria,
aún tenían cosas que decirnos.
Daniel Bermond
1. Dinastía de reyes
que reinó en Francia de 987 a 1328.
2. Fundada en 1929 por Marc Bloch y Lucien Febvre,
la Escuela de los Anales que dio lugar a la "nueva
historia" agrupa a varios historiadores que,
en reacción a la historia tradicional dominada
por los acontecimientos y los personajes políticos
individuales, dieron preferencia a una historia
de estructuras, mentalidades y de larga duración,
ampliando su disciplina con otras ciencias humanas.
Véase el retrato de Fernand Braudel en
el n° 23 de Label France.
3. Establecimiento creado en París, en
1530 por Francisco I para dispensar una enseñanza
libre.
4. Jules Michelet (1798-1874), autor de una monumental
Historia de Francia y de una magistral Historia
de la Revolución Francesa, es uno de los
padres de la historia francesa contemporánea,
famoso por el carácter literario y épico
de su estilo.
Bibliographie choisie
Guerreros y campesinos,
Gallimard, París, 1973.
Los Procesos de Juana de Arco (con Andrée
Duby), Gallimard, 1973.
La Edad Media, primer tomo de la Historia de Francia
(en 5 tomos), Hachette, París, 1987.
La Historia continúa, Odile Jacob, París,
1991.
Pasiones comunes (con Bronislaw Perrot), Plon,
París, 1992.
Images de femmes (avec Michelle Perrot), Plon,
Paris, 1992.
|