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THOMPSON
NIVELES DE VIDA Y EXPERIENCIA.
por Mariano Chiappe
1. Los bienes.
Entre los años 1790 y 1840, en Inglaterra,
el producto nacional aumentaba con mayor rapidez
que la población. Pero es extremadamente
difícil establecer cómo se distribuía
este producto. No es fácil descubrir que
parte de este aumento iba a los diferentes sectores
de la población.
El debate acerca de la dieta de la población
durante la revolución industrial versa
principalmente sobre cereales, carne patatas,
cerveza, azúcar y te. El aumento del área
cultivada de patatas durante las guerras no se
puede atribuir sólo a la escasez de trigo;
había diferencia, pero la división
desigual entre las diferentes clases de la sociedad,
que era resultado de los precios excesivos, fue
un factor mucho más poderoso. El pan blanco
se consideraba celosamente como un símbolo
de su posición social. El consumo de patata
permitió, de hecho, que los obreros sobrevivieran
con el mínimo salario posible. Es probable
que de este modo, la patata prolongara y fomentara
el empobrecimiento y la degradación de
las masas inglesas.
Hoy en día, lo expertos en nutrición
nos informan de que la patata está llena
de virtudes. Pero la sustitución del pan
o la harina de avena por las patatas se vivió
como una degradación (ya me dio hambre).
La carne como el trigo, acarreaba sentimientos
de posición social muy por encima de su
valor dietético. La carne sería
un indicador sensible de los niveles de vida,
puesto que era uno de los primeros artículos
en los que se debe haber gastado cualquier aumento
de los salarios reales. Los trabajadores estacionales,
gastaban el dinero cuando tenían trabajo
y durante el resto del año tomaban lo que
la fortuna les deparaba.
Por supuesto, había una variedad de carnes
inferiores en venta, como arenques ahumados, arenques
salados, pies de vaca, pies de oveja, orejas de
cerdo, albóndigas, callos y morcillas.
Los tejedores rurales despreciaban la comida de
la ciudad, y preferían la carne de animales
muertos a cuchillo, una frase que sugiere, a la
vez, la supervivencia de su propia economía
de la cría directa del cerdo y la sospecha
de que la carne de la ciudad no estaba en buenas
condiciones. Para los habitantes de la ciudad,
no era algo nuevo estar expuestos a los alimentos
impuros o adulterados; pero a medida que la proporción
de los trabajadores urbanos aumentaba, la exposición
se volvía peor.
No hay duda de que el consumo per capita de cerveza
disminuyó entre 1800 y 1830 (no me quiero
imaginar como se pondrían algunos amigos
que conozco) lo que no es un dato menor, ya que
la cerveza se consideraba como algo fundamental
para realizar cualquier tarea pesada (para "sustituir
al sudor"). La disminución se atribuyó
de manera directa al impuesto de la malta, un
impuesto tan impopular que algunos contemporáneos
lo consideraban como una incitación a la
revolución.
Sin duda, los impuestos tuvieron como resultado
reducir la producción casera de cerveza
y el consumo casero de ésta y, del mismo
modo, hicieron que la bebida fuese cada vez menos
una parte de la dieta normal y más una
actividad externa a la casa. El aumento en el
consumo de té se dio, en parte, como reemplazo
de la cerveza, pero hacia 1830 el té se
juzgaba como algo indispensable: las familias
que eran demasiado pobres para comprarlo, pedían
a los vecinos las hojas de té utilizadas,
o incluso imitaban su color echando agua hirviendo
sobre una corteza de pan tostado.
En resumen, el obrero medio permanecía
muy cerca del nivel de subsistencia en un momento
en que se hallaba rodeado por la evidencia del
crecimiento de la riqueza nacional, gran parte
de la cual era claramente el producto de su propio
trabajo, y pasaba, por medios igualmente claros,
a manos de sus patronos.
2. Las viviendas.
A finales del siglo XVIII había braceros
agrícolas que vivían con sus familias
en casuchas de una sola habitación, húmedas
y por debajo del nivel del suelo. 50 años
más tarde esas condiciones eran menos frecuentes.
A medida que las ciudades industriales envejecían,
los problemas de suministro de agua, saneamiento,
superpoblamiento y de la utilización de
las viviendas para actividades industriales se
multiplicaron. La multiplicación de las
malas condiciones facilitaba la propagación
de las epidemias. A menudo, el habitante de la
ciudad industrial no podía escapar al hedor
de los residuos industriales y las cloacas abiertas.
En reiteradas condiciones, mientras se han hecho
esfuerzos sistemáticos, a gran escala para
ensanchar las calles, para extender y perfeccionar
el desagüe y el alcantarillado, en los lugares
donde residen las clases más ricas, nada
en absoluto se ha hecho por mejorar la situación
de los distritos que habitan los pobres. Además,
como señalaron los Hammond, donde se encontraban
las peores condiciones era en las ciudades "boom"
de la revolución industrial.
Por último, se indica con pesada repetición
que los barrios pobres, los ríos fétidos,
el expolio de la naturaleza y los horrores arquitectónicos
pueden perdonarse porque todo ocurrió de
forma tan rápida y tan fortuita, bajo una
intensa presión demográfica, sin
premeditación y sin experiencia previa.
La causa de la miseria fue más a menudo
la ignorancia que la avaricia. De hecho, ambas
cosas se pueden demostrar y no está de
ningún modo claro que una característica
sea más benigna que la otra. El argumento
es válido sólo hasta cierto punto;
hasta el punto en que, en la mayor parte de las
grandes ciudades, en las décadas de 1830
o 1840, doctores y reformadores sanitarios, libraron
repetidas batallas a favor de la mejora y contra
la inercia de los que detentaban la propiedad
y la demagogia de los contribuyentes del "gobierno
barato". Hacia esta época los obreros
estaban virtualmente segregados en sus hediondos
enclaves, y las clases medias mostraron su auténtico
parecer respecto de las ciudades industriales,
yéndose tan lejos de ellas como el transporte
ecuestre las hiciese accesibles. El abogado, el
fabricante, el abacero, el pañero, el zapatero
y el sastre fijan sus residencias principales
en algún lugar hermoso. (De los 66 abogados
que había en Sheffield en 1841, 41 vivían
en el campo y 10 de los 25 restantes eran recién
llegados a la ciudad. Los pobres vivían
en sus patrios interiores y sótanos).
Los ricos pierden de vista a los pobres, o sólo
los reconocen cuando su atención se ve
obligada a constatar su existencia, debido a su
aparición como vagabundos, mendigos o delincuentes.
Medio mundo ignora cómo vive la otra mitad
o mejor dicho, medio mundo no se preocupa de cómo
vive la otra mitad.
En definitiva, las primeras etapas de la revolución
industrial presenciaron un declinar tanto de la
sensibilidad estética como de la responsabilidad
cívica.
3. La vida.
Hasta hace poco tiempo era ampliamente aceptado
que el factor principal de la explosión
demográfica en Gran Bretaña, entre
1780 y 1820, era el descenso de la tasa de mortalidad,
y en particular el descenso de la tasa de mortalidad
infantil. Por lo tanto, era razonable suponer
que ello era resultado de las mejoras en los conocimientos
médicos, la nutrición (la patata),
la higiene (el jabón y la camisa de algodón),
el abastecimiento de agua o la vivienda. Pero,
hoy en día, se ha puesto en cuestión
toda esta línea de razonamiento.
En el presente los demógrafos discuten
los datos que se habían aceptado, y se
han propuesto sólidos argumentos que ponen
un énfasis renovado en el ascenso de la
tasa de natalidad, más que en el descenso
en la tasa de mortalidad, como factor causal.
No es necesario suponer que los padres decidían,
conscientemente, tener más hijos para proveerse
de asalariados adicionales o para tener derecho
a los impuestos para asistir a los pobres. Un
aumento en la tasa de natalidad podría
explicarse en términos de la ruptura de
los modelos tradicionales de comunidad y vida
familiar. Además, un aumento de natalidad
no puede considerarse, desde luego, como una prueba
del aumento de los niéveles de vida.
El crecimiento demográfico inicial se apoyó
en una larga serie de buenas cosechas y en una
mejor de los niveles de vida que pertenecen, no
a los últimos, sino a los primeros años
de la revolución industrial. A medida que
la revolución se aceleraba y a medida que
vamos encontrando las condiciones clásicas
de superpoblación y desmoralización
en las grandes ciudades que crecen con rapidez,
se produce un serio deterioro en la salid de las
poblaciones urbanas. En las primeras tres o cuatro
décadas del siglo XIX, la tasa de mortalidad
infantil era mucho más elevada, y a veces
el doble, en las nuevas ciudades industriales
que en las áreas rurales. Ni el 10 % de
los habitantes de las grandes ciudades disfrutan
de plena salud.
En la página 360 hay un cuadro sobre las
causas más frecuentes de muertes.
No hay razón para suponer que la salud
de los obreros adultos de las fábricas
estuviera por debajo de la media.
La elevada mortalidad infantil entre los hijos
de los obreros, que a menudo se citan como los
beneficiarios de la revolución industrial,
puede atribuirse, en parte a las condiciones generales
de salud ambiental. También se puede haber
debido a la deformación característica
y al estrechamiento de los huesos pélvicos,
en las chicas que habían trabajado desde
la infancia en las fábricas, que contribuían
a los partos difíciles; la debilidad de
los niños nacidos de madres que trabajaban
hasta la última semana del embarazo; pero
sobre todo a la falta de un cuidado apropiado
de los niños. Las madres, por miedo a perder
el empleo, volvían a la fábrica
tres semanas después, o menos, del nacimiento;
todavía más, en algunas ciudades
del Lancashire y el West Riding, en la década
de 1840, se llevaban los niños a las fábricas
para amamantarlos en el descanso de la comida.
En la página 363 y 364 habla de la situación
desastrosa de los niños y las deformaciones
corporales por los diferentes trabajos.
Tanto en las nuevas fábricas como en muchos
de los viejos oficios domésticos, los obreros
viejos parecían enormemente inferiores,
en cuanto a fuerza y aspecto, comparados con los
campesinos viejos.
Si aceptamos que la tasa nacional de mortalidad,
y más en particular la tasa de mortalidad
infantil, presentó un leve descenso durante
las primeras cuatro décadas del siglo XIX,
debemos preguntar todavía a las estadísticas
exactamente las mismas cuestiones que hemos visto
en cuanto a los salarios y los artículos
de consumo. No hay razón para suponer que
los niños moribundos o la enfermedad, se
distribuyesen de forma más equitativa que
los vestidos o la carne. En realidad, sabemos
que no ocurrió. El hombre adinerado raras
veces podía vestir dos abrigos a la vez,
pero su familia tenía diez veces más
oportunidad de obtener un diagnóstico,
medicinas, enfermeros, dieta, espacio, tranquilidad.
(en pág. 366 cuadro de promedio de edad
de fallecimiento según los diferentes grupos
sociales)
Igualmente mientras las principales estadísticas
demográficas estén en discusión,
cualquier conclusión debe ser provisional.
4. La infancia.
Se produjo un aumento drástico de la intensidad
de explotación del trabajo infantil entre
1780 y 1840. El trabajo de los niños no
era nuevo. Antes de 1780, el niño era una
parte intrínseca de la economía
agrícola e industrial, y lo siguió
siendo hasta que la escuela le liberó.
La forma predominante de trabajo infantil se daba
en el hogar o en el seno de la economía
familiar. Los niños que apenas sabían
caminar se podían poner a trabajar trayendo
y llevando cosas.
Tan profundamente arraigado estaba el trabajo
infantil en las industrias textiles, que a menudo
éstas se presentaban como algo envidiable
para los obreros de otros oficios en los que los
hijos no podían ser empleados y acrecentar
de este modo los ingresos familiares.
En la agricultura, los niños, a menudo
mal vestidos, trabajaban con buen o mal tiempo
en los campos o alrededor de la casa labriega.
Pero si lo comparamos con el sistema fabril, hay
importantes diferencias. Había alguna variedad
en las tareas (y la monotonía es particularmente
cruel para los niños). En circunstancias
normales, el trabajo sería intermitente.
Ningún niño tenía que pisar
algodón en un cubo durante ocho horas al
día y durante seis días a la semana.
En resumen, podemos suponer que se daba una introducción
gradual al trabajo, relacionada de algún
modo con las capacidades del muchacho y su edad,
entremezclado con llevar recados, recoger moras,
o leña, o jugar. Y sobre todo, el trabajo
se hacía en el seno de la familia y bajo
el cuidado de los padres.
Pero no sólo fue la fábrica lo que
condujo a la intensificación del trabajo
infantil entre los años 1780 y 1830; y
quizá, ni siquiera fue lo fundamental.
Fue en primer lugar, el mismo hecho de la especialización,
la diferenciación creciente de los papeles
económicos y la ruptura de la economía
familiar. Y, en segundo lugar, el fracaso del
humanitarismo de finales del siglo XVIII y el
clima contrarrevolucionario de las guerras, que
alimentó los áridos dogmatismos
de la clase patronal.
El delito del sistema fabril fue heredar las peores
características del sistema doméstico
en un contexto que no tenía ninguna de
las compensaciones domésticas: sistematizó
el trabajo infantil, pobre y libre, y lo explotó
con una persistente brutalidad. En el hogar, las
condiciones del niño debieron variar de
acuerdo con su habilidad. En la fábrica,
la maquinaria determinaba el ambiente, la disciplina,
la velocidad y la regularidad del trabajo y las
horas de trabajo, tanto para los frágiles
como para los fuertes.
En la pág. 374 hay algunas cosas terribles
del maltrato y demás.
La economía familiar del sistema doméstico
se perpetuó en la fábrica en un
sentido. Los ingresos de los niños eran
un componente fundamental del salario familiar.
En muchos casos, aunque probablemente no en la
mayoría, el hilandero adulto o el obrero
podía ser pariente del niño que
trabajaba para él. La demanda de reducción
de horas tanto para los adultos como para los
niños era una necesidad por el hecho de
que trabajaban en un proceso común; si
sólo se reducía el horario de los
niños, no podría evitarse la distracción
del adulto, o el hecho de que los niños
trabajase en turnos dobles (alargando de este
modo la jornada laboral del adulto). La reducción
sólo se podía garantizar con la
detención real de la maquinaria de la fábrica.
Pero que los adultos también se plantaran
para beneficiarse de la reducción de horarios
no significa que fueran indiferentes a las consideraciones
de tipo humano ni tampoco justifica la sugerencia
ofensiva de que las grandes peregrinaciones y
manifestación en nombre de los niños
de las fábricas, en la década de
1830, fueran hipócritas.
Es absolutamente cierto que los padres no sólo
necesitaban los ingresos de sus hijos, sino que
esperaban que éstos trabajasen. Pero aunque
unos pocos de los obreros se comportaban de forma
brutal incluso con sus propios hijos, los datos
indican que la comunidad fabril esperaba que se
observasen ciertos niveles de humanidad en el
trato. (Son frecuentes las historias de padres
que se vengaban de los obreros que maltrataban
a sus hijos.) Este hecho concuerda poco con las
afirmaciones que se hacen a la ligera respecto
de la indiferencia general de los padres.
Por lo que se refiere a las clases más
elevadas, lo que vemos en la década de
1830 no es un nuevo despertar de la conciencia,
sino la erupción casi volcánica,
en distintos lugares y entre distintas gentes,
de una conciencia social que había estado
inactiva durante las guerras napoleónicas.
Esta conciencia es verdaderamente evidente en
la segunda mitad del siglo XVIII.
Multitud de gentleman y de profesionales que prestaron
algún apoyo a las causas humanitarias en
la décadas de 1830 y 1840 parecen haber
estado viviendo en la década de 1820, en
medio de los populosos distritos manufactureros,
inconscientes de los abusos que tenían
lugar a pocos cientos de metros de sus puertas
(yo lo dudo mucho, pero
). Cuando sacaron
a las niñas medio desnudas de los pozos
de las minas, las lumbreras locales parecieron
estar auténticamente sorprendidas. No habían
podido creer que existiera un sistema de crueldad
no cristiana como éste. Olvidamos por cuanto
tiempo los abusos pueden seguir siendo desconocidos
hasta que son evidentes; por cuanto tiempo la
gente pude contemplar la miseria y no advertirla,
hasta que la propia miseria se rebela. Pero la
conciencia de los ricos en esta época está
llena de complejidad.
Muchos de los que realmente se esforzaron a favor
de los niños de la fábrica durante
los primeros años se enfrentaron con los
malos tratos, el ostracismo por parte de su clase
y algunas veces con pérdidas personales.
Es igualmente cierto que durante los años
que van desde 1790 a 1830 se produce un espantoso
declinar de la conciencia social de la disidencia.
Y sobre todo están los proverbiales empresarios
inconformistas, con sus vigilantes metodistas,
con su odiosa fama de mentores de los niños
en los días laborales, trabajando para
sus fábricas hasta cinco minutos antes
de la medianoche del sábado y obligando
a los niños a que asistieran a la escuela
dominical el Sabbath.
(pág. 384, 385 y 286 apoyo y quejas de
la iglesia al trabajo infantil)
Así pues, la afirmación referente
a un despertar de la conciencia es engañosa.
Lo que hace es minimizar el verdadero frenesí
de piedad que conmovió a la escasa veintena
de profesionales del norte que adoptaron la causa
de los niños; empequeñecer la violencia
de la oposición con la que se enfrentaron,
y que les condujo en ocasiones a posiciones casi
revolucionarias, y (como han tendido a hacer los
historiadores humanitarios) a subestimar la parte
que desempeñaron en la agitación
a lo largo de 20 años agotadores, o más,
hombres como Jhon Doherty y el comité para
la reducción de la jornada laboral que
era propio de los trabajadores.
Se puede pues afirmar, que la explotación
de los niños pequeños fue uno de
los sucesos más vergonzosos de nuestra
historia.
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