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GADAMER
VERDAD Y MÉTODO
Fundamentos de una hermenéutica filosófica.
Por Mariano Chiappe
Prólogo de la segunda edición.
Para la investigación que propongo aquí,
mi verdadera intención era y sigue siendo
filosófica; no está en cuestión
lo que hacemos ni lo que debiéramos hacer,
sino lo que ocurre con nosotros por encima de
nuestro querer y hacer.
Las ciencias del espíritu históricas
se impregnan del espíritu de la ciencia
moderna, administran una herencia humanista que
las señala frente a todos los demás
géneros de investigación.
Esto no excluye en ningún sentido que los
métodos de la moderna ciencia natural tengan
también aplicación para el mundo
social. Tal vez nuestra época esté
determinada, más que por el inmenso progreso
de la moderna ciencia natural, por la racionalización
creciente de la sociedad y por la técnica
científica de su dirección. El espíritu
metodológico de la ciencia se impone en
todo. Y nada más lejos de mi intención
que negar que el trabajo metodológico sea
ineludible en las llamadas ciencias del espíritu.
Lo que tenemos ante nosotros no es una diferencia
de métodos, sino una diferencia de objetivos
de conocimiento. En este sentido la presente investigación
plantea una pregunta filosófica. ¿Cómo
es posible la comprensión? La comprensión
no es uno de los modos de comportamiento del sujeto,
sino el modo de ser del propio estar ahí.
En este sentido es como hemos empleado aquí
el concepto de "hermenéutica".
Designa el carácter fundamentalmente móvil
del estar ahí, que constituye su finitud
y su especificidad y que por lo tanto abarca el
conjunto de su experiencia del mundo.
El sentido de mi investigación es rastrear
y mostrar lo que es común a toda manera
de comprender que la comprensión no es
nunca un comportamiento subjetivo respecto a un
objeto dado, sino que pertenece a la historia
efectual, esto es, al ser de lo que se comprende.
Por eso no puedo darme por convencido cuando se
me objeta que la reproducción de una obra
de arte musical es interpretación en un
sentido distinto del de la realización
de la comprensión, por ejemplo, en la lectura
de un poema o en la contemplación de un
cuadro. Pues toda reproducción es en principio
interpretación, y como tal quiere ser correcta.
En este sentido es también comprensión.
Entiendo que la universalidad del punto de vista
hermenéutico tampoco tolera restricciones
allí donde se trata de la multiplicidad
de los intereses históricos que se reúnen
en la ciencia de la historia. Sin duda hay muchas
maneras de escribir y de investigar la historia.
Lo que en ningún caso puede afirmarse es
que todo interés histórico tenga
su fundamento en la realización consciente
de una reflexión de la historia efectual.
La historia de las tribus esquimales norteamericanas
es desde luego enteramente independiente de que
estas tribus hayan influido, y cuando lo hayan
hecho, en la "historia universal de Europa".
Y sin embargo no se puede negar seriamente que
incluso frente a esta tarea histórica la
reflexión de la historia efectual habrá
de revelarse poderos. El que lea dentro de cincuenta
o de cien años la historia de estas tribus
que se escribe ahora, no sólo la encontrará
anticuada porque entretanto se sepa más
o se hayan interpretado mejor las fuentes; podrá
también admitir que en 1960 las fuentes
se leían de otro modo porque su lectura
estaba movida por otras preguntas, por otros prejuicios
e intereses. La universalidad del problema hermenéutico,
se ocupa de lo que en cada caso subyace a la "pregunta
histórica".
La aplicación es un momento de la comprensión
misma. Y en ese contexto pongo en el mismo nivel
al historiador del derecho y al jurista práctico.
La aplicación existe en el que hacer de
ambos. El juez se plantea, por ejemplo, la tarea
de dictar una sentencia, en lo que pueden desempeñar
algún papel consideraciones jurídico
políticas que no se plantearía un
historiador del derecho frente a la misma ley.
Sin embargo ¿hasta que punto implicaría
esto una diferencia en la comprensión jurídica
de la ley? La decisión del juez, que interviene
prácticamente en la vida, pretende ser
una aplicación correcta y no arbitraria
de las leyes, esto es, tiene que reposar sobre
una interpretación correcta y esto implica
necesariamente que la comprensión misma
medie entre la historia y el presente.
Por supuesto que el historiador del derecho añadirá
a una ley, entendida correctamente en este sentido,
una valoración histórica, y eso
significa siempre que tiene que evaluar su significado
histórico; y que como estará guiado
por sus propias opiniones preconcebidas sobre
la historia y sus prejuicios vivos, lo hará
erróneamente. Lo que a su vez no significa
sino que nos encontramos de nuevo ante una mediación
de pasado y presente: aplicación.
La praxis del historiador del derecho, igual que
la del juez, tiene sus métodos para evitar
el error; el interés hermenéutico
del filósofo empieza justamente allí
donde se ha logrado evitar el error.
La comprensión sólo se convierte
en una tarea necesitada de dirección metodológica
a partir del momento en que surge la conciencia
histórica, que implica una distancia fundamental
del presente frente a toda trasmisión histórica.
Es esto lo que legitima la cierta ambigüedad
del concepto de la conciencia de la historia efectual
tal como yo lo empleo. Esta ambigüedad consiste
en que con él se designa por una parte
lo producido por le curso de la historia y a la
conciencia determinada por ella, y por la otra
a la conciencia de este mismo haberse producido
y estar determinado. (clarísimo)
Pero volvamos ahora a la cuestión fundamental:
¿Hasta donde llega el aspecto de la comprensión
de su lingüisticidad? ¿Un ser que
puede comprenderse es lenguaje?¿no conduce
esta frase a la consecuencia metafísicamente
insostenible de que todo no es más que
lenguaje y acontecer lingüístico?¿pero
es la comprensión realmente el único
acceso adecuado a la realidad histórica?
(CONTESTEN !!!!!!)
La totalidad de sentido que se trata de comprender
en la historia o en la tradición no se
refiere en ningún caso al sentido de la
totalidad de la historia. La finitud de la propia
comprensión es el modo en el que afirman
su validez la realidad, la resistencia, lo absurdo
e incomprensible. El que toma en serio esta finitud
tiene que tomar también en serio la realidad
de la historia.
FUNDAMENTOS PARA UNA TEORÍA DE LA EXPERIENCIA
HERMENÉUTICA.
La historicidad de la comprensión como
principio hermenéutico.
1. El círculo hermenéutico y el
problema de los prejuicios.
a. El descubrimiento de la preestructura de al
comprensión por Heidegger.
La auto comprensión tradicional de la hermenéutica
reposa sobre su carácter de preceptiva.
Toda interpretación correcta tiene que
protegerse contra la arbitrariedad de las ocurrencias
y contra la limitación de los hábitos
imperceptibles del pensar, y orientar su mirada
hacia la "cosa misma". Este dejarse
determinar así por la cosa misma no es
evidentemente para el intérprete una buena
decisión inicial, sino verdaderamente "la
tarea primera, constante y última".
Pues lo que importa es mantener la mirada atenta
a la cosa aún a través de todas
las desviaciones a que se ve constantemente sometido
el intérprete en virtud de sus propias
ocurrencias. El que quiere comprender un texto
realiza siempre un proyectar. Tan pronto como
aparece en el texto un primer sentido, el intérprete
proyecta enseguida un sentido del todo. Naturalmente
que el sentido solo se manifiesta porque ya uno
lee el texto desde determinadas expectativas relacionadas
a su vez con algún sentido determinado.
La comprensión de lo que pone en el texto
consiste precisamente en la elaboración
de este proyecto previo, que por supuesto tiene
que ir siendo constantemente revisado en base
a lo que vaya resultando conforme se avanza en
la penetración del sentido.
La interpretación empieza siempre con conceptos
previos que tendrán que ser sustituidos
progresivamente por otros más adecuados.
El que intenta comprender está expuesto
a los errores de opiniones previas que no se comprueban
en las cosas mismas. Elaborar los proyectos correctos
y adecuados a las cosas, que como proyectos son
anticipaciones que deben confirmarse en las cosas,
esa es la tarea constante de la comprensión.
Aquí no hay otra objetividad que la convalidación
que obtienen las opiniones previas a lo largo
de su elaboración.
Es importante que el intérprete no se dirija
hacia los textos directamente, desde las opiniones
previas que le subyacen, sino que examine tales
opiniones en cuanto a su legitimación,
esto es, cuanto a su origen y validez.
Frente a todo texto nuestra tarea es no introducir
directa y acríticamente nuestros propios
hábitos lingüísticos, sin por
el contrario, reconocer como tarea nuestra, el
ganar la comprensión del texto sólo
desde el hábito lingüístico
de su tiempo o de su autor. ¿Cómo
es posible hacerse cargo de las diferencias entre
el uso lingüístico acostumbrado y
el texto? Es una presuposición general
que todo el que habla la misma lengua emplea las
palabras en el sentido que a uno le es familiar.
Lo que afirmamos respecto a las opiniones previas
contenidas en el hábito lingüístico
vale también para las opiniones de contenido
con las que nos acercamos a los textos y que constituyen
nuestra precomprensión de los mismos. También
aquí se plantea el problema de cómo
hallar la salida del círculo de las propias
posiciones preconcebidas. No se puede en modo
alguno presuponer como dato general que lo que
se nos dice desde un texto tiene que poder integrarse
sin problemas en las propias opiniones y expectativas.
Por el contrario, lo que nos es dicho por alguien,
en conversación, por carta, a través
de un libro o por cualquier otro canal, se encuentra
por principio bajo la presuposición opuesta
de que aquella es su opinión y no la mía,
y que se trata de que yo tome conocimiento de
la misma pero no necesariamente de que la comparta.
Sin embargo, examinándolo más de
cerca, tampoco las opiniones pueden ser entendidas
de una manera enteramente arbitraria. Se pueden
mantener a ciegas las propias opiniones previas
sobre las cosas cuando se comprende la opinión
de otro. Lo que se exige es simplemente estar
abierto a la opinión del otro o a la del
texto. Pero esta apertura implica siempre que
se pone la opinión del otro en alguna clase
de relación con el conjunto de las opiniones
propias. La tarea de la hermenéutica se
convierte por sí misma en un planteamiento
objetivo, y está siempre determinada en
parte por este.
El que quiere comprender un texto tiene que estar
en principio dispuesto a dejarse decir algo por
él. Una conciencia formada hermenéuticamente
tiene que mostrarse receptiva desde el principio
para la alteridad del texto. Pero esta receptividad
no presupone ni neutralidad frente a las cosas,
ni tampoco autocancelación, sino que incluye
una matizada incorporación de las propias
opiniones previas y prejuicios. Lo que importa
es hacerse cargo de las propias anticipaciones,
con el fin de que el texto mismo pueda presentarse
en su alteridad y obtenga así la posibilidad
de confrontar su verdad objetiva con las propias
opiniones previas.
Esto es lo que Heidegger quiere decir cuando requiere
que el tema científico se asegure en las
cosas mismas mediante la elaboración de
posición, previsión y anticipación.
Son los prejuicios no percibidos los que con su
dominio nos vuelven sordos hacia la cosa de que
nos habla la tradición. De este modo asegurar
el tema científico introduciéndolo
y poniéndolo en juego en la comprensión
de la tradición. En esto consiste la concreción
de la conciencia histórica de la que se
trata en el comprender. Sólo este reconocimiento
del carácter esencialmente prejuicioso
de toda comprensión confiere al problema
hermenéutico toda la agudeza de su dimensión.
Un análisis de la historia del concepto
muestra que sólo en la ilustración
adquiere el concepto del prejuicio el matiz negativo
que ahora tiene. En sí mismo prejuicios
quiere decir un juicio que se forma antes de la
convalidación definitiva de todos los momentos
que son objetivamente determinantes. Prejuicio
no significa pues en modo alguno juicio falso.
La ciencia moderna, que hace suyo este lema, sigue
así el principio de la duda cartesiana
de no tomar por cierto nada sobre lo que quepa
alguna duda, y la concepción del método
que tiene en cuenta esta exigencia. Ya en nuestras
consideraciones iniciales habíamos apuntado
a lo difícil que es poner en consonancia
con este ideas el conocimiento histórico
que conforma a nuestra conciencia histórica,
y lo difícil que es en consecuencia comprender
su verdadera esencia desde el moderno concepto
del método. Este es finalmente el momento
de volver positivas aquellas consideraciones negativas.
El concepto de prejuicio nos ofrece un buen punto
de partida para ello.
b. La depreciación del prejuicio en la
ilustración.
La crítica de la ilustración se
dirige en primer lugar contra la tradición
religiosa del cristianismo, la sagrada Escritura.
Intenta comprender la tradición correctamente,
esto es , racionalmente y fuera de todo prejuicio.
Pero esto entraña una dificultad muy especial
por el mero hecho de que la fijación por
escrito contiene en sí misma un momento
de autoridad que tiene siempre mucho peso. No
es fácil realizar la posibilidad de que
lo escrito no sea verdad. Lo escrito tiene la
estabilidad de una referencia, es como una pieza
de demostración. Hace falta un esfuerzo
crítico muy grande para liberarse del prejuicio
generalizado a favor de lo escrito y distinguir
también aquí, como en cualquier
afirmación oral, lo que es opinión
de los que es verdad.
La fuente ultima de autoridad no es ya la tradición
sino la razón. Lo que está escrito
no necesita ser verdad. Nosotros podríamos
llegar a saberlo mejor. Convierte a la tradición
en objeto crítica igual que lo hace la
ciencia natural con los testimonios de los sentidos.
Para la creencia ilustrada, la perfección
sueña con la realización de la liberación
de toda superstición y de todo prejuicio
del pasado.
En la realidad el presupuesto de la misteriosa
oscuridad en la que vive una conciencia colectiva
mítica anterior a todo pensar es tan abstracto
y tan dogmático como el de un estado perfecto
de ilustración total o de saber absoluto.
La conciencia mítica sabe de sí
misma, y en este saber ya no está enteramente
fuera de sí misma.
La conexión de la escuela histórica
con el romanticismo confirma así que la
recuperación romántica de lo originario
se asienta ella misma sobre el suelo de la ilustración.
La ciencia histórica del XIX es su fruto
más soberbio, y se entiende a sí
misma precisamente como realización de
la ilustración, como el último paso
en la liberación el espíritu de
sus cadenas dogmáticas, como el paso al
conocimiento objetivo del mundo histórico,
capaz de igualar en dignidad al conocimiento de
la naturaleza de la ciencia moderna.
Si para la ilustración es cosa firme que
toda tradición que se revela ante la razón
como imposible o absurda, sólo puede ser
entendida como histórica, esto es, retrocediendo
a las formas de comprensión del pasado,
la conciencia histórica que aparece con
el romanticismo es en realidad una radicalización
de la ilustración.
Este es precisamente el punto con el que debe
enlazar críticamente el intento de una
hermenéutica histórica. La superación
de todo prejuicio, esta exigencia global de la
ilustración, revelará ser ella misma
un prejuicio cuya revisión hará
posible una comprensión adecuada de la
finitud que domina no sólo nuestro ser
hombres sino también nuestra conciencia
histórica.
En realidad no es la historia la que nos pertenece,
sino que somos nosotros los que pertenecemos a
ella. Por eso lo prejuicios de un individuo son,
mucho más que sus juicios, la realidad
histórica de su ser.
2. Los prejuicios como condición de la
comprensión.
a. Rehabilitación de autoridad y tradición.
Lo que bajo la idea de una autoconstrucción
absoluta de la razón se presenta como un
prejuicio limitador forma parte en verdad de la
realidad histórica misma. Si se quiere
hacer justicia, es necesario llevar a cabo un
drástica rehabilitación del concepto
del prejuicio y reconocer que existen prejuicios
legítimos. La pregunta central de una hermenéutica
que quiera ser verdaderamente histórica
es ¿en que puede basarse la legitimidad
de los prejuicios?
Para acercarse a este problema intentaremos ahora
desarrollar en forma positiva la teoría
de los prejuicios que la ilustración elaboró.
El presupuesto fundamental de la ilustración
afirma que un uso metódico y disciplinado
de la razón es suficiente para proteger
de cualquier error. Esta era la idea cartesiana
del método. La precipitación es
la fuente de equivocación que induce a
error en el uso de la propia razón; la
autoridad en cambio es culpable de que no se llegue
siquiera a emplear la propia razón. La
distinción se basa por lo tanto, en una
oposición excluyente de autoridad y razón.
La reforma prepara así el florecimiento
de la hermenéutica que enseñará
a usar correctamente la razón en la comprensión
de la tradición.
Sin embargo, no hay duda de que la verdadera consecuencia
de la ilustración no es ésta, sino
más bien su contraria: la sumisión
de toda autoridad a la razón. El prejuicio
de precipitación ha de entenderse en consecuencia
más bien al modo de Descartes, como fuente
de errores en el uso de la razón.
Junto a los prejuicios constantes que proceden
de las diversas sujeciones a que está uno
sometido aparecen los juicios equivocados momentáneos
debidos a la precipitación, a la vez que
existen también prejuicios justificados
y que pueden ser productivos para el conocimiento.
La oposición entre fe en la autoridad y
uso de la propia razón instaurada por la
ilustración, tiene desde luego razón
de ser. En la medida en que la validez de la autoridad
usurpa el lugar del propio juicio, la autoridad
es de hecho una fuente de prejuicios. Pero esto
no excluye que pueda ser también una fuente
de verdad, cosa que la ilustración ignoró
sistemáticamente en su repulsa generalizada
contra toda autoridad.
De hecho, el rechazo de toda autoridad no sólo
se convirtió en un prejuicio consolidado
por la ilustración, sino que condujo también
a una grave deformación del concepto mismo
de autoridad. El concepto de autoridad pudo convertirse
simplemente en lo contrario de la razón
y la libertad, en el concepto de la obediencia
ciega. Sin embargo la esencia de la autoridad
no es esto. Pero la autoridad de las personas
no tiene su fundamento último en un acto
de sumisión y de abdicación de la
razón sino en un acto de reconocimiento
y de conocimiento: se reconoce que el otro está
por encima de uno en juicio y perspectiva y que
en consecuencia su juicio es preferente o tiene
primacía respecto al propio. La autoridad
no se otorga sino que se adquiere. Reposa sobre
el reconocimiento y en consecuencia sobre una
acción de la razón misma que, haciéndose
cargo de sus propios límites, atribuye
al otro una perspectiva más acertada.
De este modo el reconocimiento de la autoridad
está siempre relacionado con la idea de
que lo que dice la autoridad no es irracional
ni arbitrario, sino que en principio puede ser
reconocido como cierto. Es verdad que los prejuicios
que ellos implantan están legitimados por
la persona. Pero precisamente así es como
se convierten en prejuicios objetivos. En esta
medida la esencia de la autoridad debe tratarse
en el contexto de una teoría de los prejuicios
que busque de los extremismos de la ilustración.
La tradición: lo consagrado por la tradición
y por el pasado posee una autoridad que se ha
hecho anónima y nuestro ser histórico
y finito está determinado por el hecho
de que la autoridad de lo transmitido tiene poder
sobre nuestra acción y sobre nuestro comportamiento.
Nuestra deuda con el romanticismo es justamente
esta corrección de la ilustración
en el sentido de reconocer que, al margen de los
fundamentos de la razón, la tradición
conserva algún derecho y determina ampliamente
nuestra instituciones y comportamiento.
Sin embargo, el concepto de la tradición
se ha vuelto no menos ambiguo que el de la autoridad.
La tradición aparece como la contrapartida
abstracta de la libre autodeterminación,
ya que su validez no necesita fundamentos racionales
sino que nos determina mudamente.
Incluso cuando la vida sufre sus trasformaciones
más tumultuosas, como ocurre en los tiempos
revolucionarios, en medio del aparente cambio
de todas las cosas, se conserva mucho más
legado antiguo de lo que nadie creería,
integrándose con lo nuevo en una nueva
forma de validez. En todo caso la conservación
representa una conducta tan libre como la transformación
y la innovación. La crítica ilustrada
a la tradición, igual que su rehabilitación
romántica, queda por lo tanto muy por detrás
de su verdadero ser histórico.
En consecuencia, es importante preguntarse, si
el surgir de la conciencia histórica ha
logrado distinguir de verdad y por entero nuestro
comportamiento científico respecto a aquel
comportamiento natural hacia el pasado. ¿es
correcta la autoacepción de las ciencias
del espíritu cuando desplazan el conjunto
de su propia historicidad hacia el lado de los
prejuicios de los que hay que liberarse? Esta
"ciencia libre de prejuicios" ¿no
estará compartiendo, mucho más de
lo que ella misma cree, aquella recepción
y reflexión ingenua en la que viven las
tradiciones y en la que está presente el
pasado?
En el comienzo de toda hermenéutica histórica
debe hallarse por lo tanto la resolución
de la oposición abstracta entre tradición
e investigación histórica, entre
historia y conocimiento de la misma. Por lo tanto,
el efecto de la tradición que pervive y
el efecto de la investigación histórica
forman una unidad efectual cuyo análisis
sólo podría hallar un entramado
de efectos recíprocos.
Nuestro interés se orienta hacia la cosa,
pero ésta sólo adquiere vida a través
del aspecto bajo el cual nos es mostrada. Admitimos
que en diferentes momentos o desde puntos de vista
diferentes la cosa se representa históricamente
bajo aspectos también distintos.
¿Qué es lo que subyace a todo esto?
Evidentemente en las ciencias del espíritu
no puede hablarse de un objeto idéntico
de la investigación, del mismo modo que
en las ciencias de la naturaleza, donde la investigación
va penetrando cada vez más profundamente
en ella.
En las ciencias del espíritu el interés
investigador que se vuelve hacia la tradición
está motivado de una manera especial por
el presente y sus intereses. Sólo en la
motivación del planteamiento llegan a constituirse
el tema y el objeto de la investigación.
La investigación histórica está
soportada por el movimiento histórico en
que se encuentra la vida misma, y no puede ser
comprendida teleológicamente desde el objeto
hacia el que se orienta la investigación.
Incluso ni siquiera existe realmente tal objeto.
b. El modelo de lo clásico.
Indudablemente, a la autocomprensión de
las ciencias del espíritu se le plantea
la exigencia de liberarse, en el conjunto de su
hacer, del modelo de las ciencias naturales, y
considerar la movilidad histórica de su
tema no sólo como restrictiva de su objetividad,
sino también como algo positivo.
Es clásico lo que se mantiene frente a
la crítica histórica porque su dominio
histórico, el poder vinculante de su validez
transmitida y conservada, va por delante de toda
reflexión histórica y se mantiene
en medio de ésta.
En último extremo esto quiere decir que
lo clásico es lo que se conserva porque
se significa e interpreta a sí mismo, es
decir, aquello que es por sí mismo tan
elocuente que no constituye una proposición
sobre algo desaparecido, un mero testimonio de
algo que requiere todavía interpretación,
sino que dice algo a cada presente como si lo
dijera a él particularmente. Lo que se
califica de "clásico" no es algo
que requiera la superación de la distancia
histórica; ello mismo está constantemente
realizando esta superación con su propia
mediación. En este sentido lo que es clásico
es sin duda intemporal, pero esta intemporalidad
es un modo del ser histórico.
La autocrítica de la conciencia histórica
llega al cabo a reconocer movilidad histórica
no sólo en el acontecer sino también
en el propio comprender. El comprender debe pensarse
menos como una acción de la subjetividad
que como un desplazarse uno mismo hace un acontecer
dela tradición, en el que el pasado y el
presente se hallan en continua mediación.
Esto es lo que tiene que hacerse oír en
la teoría hermenéutica, demasiado
dominada hasta ahora por la idea de un procedimiento
de un método.
3. El significado hermenéutico de la distancia
en el tiempo.
He aquí nuestra primera pregunta: ¿cómo
se inicia el esfuerzo hermenéutico? ¿Qué
consecuencias tiene para la comprensión
la condición hermenéutica de la
pertenencia a una tradición? En este punto
recordaremos la regla hermenéutica de comprender
el todo desde la individualidad y lo individual
desde el todo. La anticipación de sentido
que hace referencia al todo sólo llega
a una comprensión explícita a través
del hecho de que las partes que se determinan
desde el todo determinan a su vez a este todo.
El movimiento de la comprensión va constantemente
del todo a la parte y de ésta al todo.
La tarea es ampliar la unidad del sentido comprendido
en círculos concéntricos. Este es
el círculo hermenéutico.
Sin embargo, es obligatorio preguntarse si ésta
es una manera adecuada de entender el movimiento
circular de la comprensión. Cuando intentamos
entender un texto no nos desplazamos hasta la
constitución psíquica del autor,
sino que, ya que hablamos de desplazarse, lo hacemos
hacia la perspectiva bajo la cual el otro ha ganado
su propia opinión.
El círculo no es, pues, de naturaleza formal;
no es subjetivo ni objetivo, sino que describe
la comprensión como la interpretación
del movimiento de la tradición y del movimiento
del intérprete.
Sin embargo el sentido de este círculo
que subyace a toda comprensión posee una
nueva consecuencia hermenéutica que me
gustaría llamar "anticipación
a la perfección" (el otro dice perfectamente
lo que él quiere decir). También
esto es evidentemente un presupuesto formal que
guía toda comprensión. Significa
que sólo es comprensible lo que representa
una unidad perfecta de sentido. Hacemos esta presuposición
de la perfección cada vez que leemos un
texto, y sólo cuando la presuposición
misma se manifiesta como insuficiente, esto es,
cuando el texto no es comprensible, dudamos de
la trasmisión e intentamos adivinar cómo
puede remediarse.
La anticipación de perfección que
domina nuestra comprensión está
sin embargo en cada caso determinada respecto
a algún contenido. No sólo se presupone
una unidad inmanente de sentido que pueda guiar
al lector, sino que la comprensión de éste
está guiada constantemente por expectativas
de sentido trascendentes que surgen de su relación
con la verdad de lo referido por el texto. Igual
que el receptor de una carta emprende las noticias
que ésta contiene y empieza por ver las
cosas con los ojos del que la escribió,
teniendo por cierto lo que éste escribe,
y no intenta, por ejemplo comprender las opiniones
peregrinas del escritor como tales, también
nosotros entendemos los textos trasmitidos sobre
la base de expectativas de sentido que extraemos
de nuestra propia relación precedente con
el asunto. E igual que damos crédito a
las noticias de nuestro corresponsal porque éste
estaba presente o porque en general entiende de
la cuestión, estamos básicamente
abiertos a la posibilidad de que un texto trasmitido
entienda del asunto más de lo que nuestras
opiniones previas nos inducirían a suponer.
Sólo el fracaso del intento de considerar
verdadero lo dicho conduce al esfuerzo de comprender
el texto como la opinión de otro, psicológica
o históricamente. El prejuicio de la perfección
contiene pues no sólo la formalidad de
que un texto debe expresar perfectamente su opinión,
sino también de que lo que dice es una
perfecta verdad.
La hermenéutica tiene que partir de que
el que quiere comprender está vinculado
al asunto que se expresa en la tradición,
y que tiene o logra una determinada conexión
con la tradición desde la que habla lo
trasmitido. La posición entre extrañeza
y familiaridad que ocupa para nosotros la tradición
es el punto medio entre la objetividad de la distancia
histórica y la pertenencia a una tradición.
Y este punto medio es el verdadero topos de la
hermenéutica (no tengo la más puta
idea que es topos, busque en el diccionario y
no estaba)
De esta posición intermedia que está
obligada a ocupar la hermenéutica, se sigue
que su tarea no es desarrollar un procedimiento
de la comprensión, sino iluminar las condiciones
bajo las cuales se comprende.
Cada época entiende un texto trasmitido
de una manera peculiar, pues el texto forma parte
del conjunto de una tradición por la que
cada época tiene un interés objetivo
y en la que intenta comprenderse a sí misma.
El verdadero sentido de un texto tal como éste
se presenta a su intérprete no depende
del aspecto puramente ocasional que representan
el autor y su público obligatorio. O por
lo menos no se agota en esto. Pues este sentido
está siempre determinado también
por al situación histórica del intérprete,
y en consecuencia por el todo del proceso histórico.
El sentido de un texto supera a su autor no ocasionalmente
sino siempre. Por eso la comprensión no
es nunca un comportamiento sólo reproductivo,
sino que es a su vez siempre productivo. Comprender
no es comprender mejor, cuando se comprende se
comprende de un modo diferente.
El tiempo ya no es primariamente un abismo que
hubiera de ser salvado porque por sí mismo
sería causa de división y lejanía,
sino que es en realidad el fundamento que sustenta
el acontecer en el que tiene sus raíces
el presente. La distancia en el tiempo no es en
consecuencia algo que tenga que ser superado.
Este era más bien el presupuesto ingenuo
del historicismo: que había que desplazarse
al espíritu de la época, pensar
en sus conceptos y representaciones en vez de
en las propias, y que sólo así podría
avanzarse en el sentido de una objetividad histórica.
Por el contrario de lo que se trata es de reconocer
la distancia en el tiempo como una posibilidad
positiva y productiva del comprender.
Esta experiencia ha traído a primer plano
de la investigación histórica el
hecho de que un conocimiento objetivo sólo
puede ser alcanzado desde una cierta distancia
histórica. Es verdad que lo que una cosa
es, el contenido que les es propio, sólo
se distingue desde la distancia respecto a la
actualidad y sus efímeras circunstancias.
En otras palabras, cuando está suficientemente
muerto como para que ya sólo interese históricamente.
Es enteramente cierto que determinados requisitos
hermenéuticos se satisfacen sin dificultad
allí donde un nexo histórico ya
sólo interesa históricamente. Pues
en tal caso hay ciertas fuentes de error que se
desconectan por sí solas. Pero queda en
pie la cuestión de si con eso se agota
realmente el problema hermenéutico. La
distancia es la única que permite una expresión
completa del verdadero sentido que hay en las
cosas. Sin embargo, el verdadero sentido contenido
en un texto o en una obra de arte no se agota
al llegar a un determinado punto final, sino que
es un proceso infinito. No es sólo que
cada vez se vayan desconectando nuevas fuentes
de error y filtrando así todas las posibles
distorsiones del verdadero sentido, sino que constantemente
aparecen nuevas fuentes de comprensión
que hacen patentes relaciones de sentido insospechadas.
La distancia en el tiempo que hace posible este
filtraje no tiene una dimensión concluida,
sino que elle misma está en constante movimiento
y expansión.
Sólo la distancia en el tiempo hace posible
resolver la verdadera cuestión crítica
de la hermenéutica, la de distinguir los
prejuicios verdaderos bajo los cuales comprendemos
de los prejuicios falsos que producen los malentendidos.
En este sentido, una conciencia formada hermenéuticamente
tendrá que ser hasta cierto punto también
conciencia histórica, y hacer conscientes
los propios prejuicios que al guían en
la comprensión con el fin de que la tradición
se destaque a su vez como opinión distinta
y acceda así a su derecho. La comprensión
comienza allí donde algo nos interpela.
Esta es la condición hermenéutica
suprema. Ahora sabemos cual es su exigencia: poner
en suspenso por completo los propios prejuicios.
Sin embargo, la suspensión de todo juicio
y la de todo prejuicio, tiene la estructura lógica
de la pregunta.
La esencia de la pregunta es el abrir y mantener
abiertas posibilidades. Cuando un prejuicio se
hace cuestionable, en base a lo que nos dice otro
o un texto, esto no quiere decir que se lo deje
simplemente de lado y que el otro o lo otro venga
a sustituirlo inmediatamente en su validez. Esta
es más bien la ingenuidad del objetivismo
histórico. La pretensión de que
uno puede hacer caso omiso de sí mismo.
Un pensamiento verdaderamente histórico
tiene que ser capaz de pensar al mismo tiempo
su propia historicidad. Sólo entonces dejará
de perseguir el fantasma de un objeto histórico
que lo sea de una investigación progresiva,
aprenderá a conocer en el objeto lo diferente
de lo propio, y conocerá así tanto
lo uno como lo otro. El verdadero objeto histórico
no es un objeto, sino que es la unidad de lo uno
y de lo otro, una relación en la que la
realidad de la historia persiste igual que la
realidad del comprender histórico. Una
hermenéutica adecuada debe mostrar en la
comprensión misma la realidad de la historia.
Al contenido de este requisito yo le llamaría
historia efectual. Entender es, esencialmente,
un proceso de historia efectual.
4. El principio de la historia efectual.
Cuando intentamos comprender un fenómeno
histórico desde la distancia histórica
que determina nuestra situación hermenéutica
en general, nos hallamos siempre bajo los efectos
de esta historia efectual. Ella es la que determina
por adelantado lo que nos va a parecer cuestionable
y objeto de investigación y normalmente
olvidamos la mitad de lo que es real, más
aún olvidamos toda la verdad de este fenómeno
cada vez que tomamos el fenómeno inmediato
como toda la verdad.
No se exige, por lo tanto, un desarrollo de la
historia efectual como nueva disciplina auxiliar
de las ciencias del espíritu, sino que
éstas aprendan a comprenderse mejor a sí
mismas y reconozcan que los efectos de la historia
efectual operan en toda comprensión, sea
o no consciente de ello.
Sin embargo, el hacerse consciente de una situación
es una tarea que en cada caso reviste una dificultad
propia. El concepto de la situación se
caracteriza por que uno no se encuentra frente
a ella y por lo tanto no puede tener un saber
objetivo de ella. Se está en ella. Tampoco
se puede llevar a cabo por completo la iluminación
de esta situación, la reflexión
total sobre la historia efectual; pero esta inacababilidad
no es defecto de la reflexión sino que
está en la esencia misma del ser histórico
que somos. Ser histórico quiere decir no
agotarse nunca en el saberse.
Concepto de horizonte: horizonte es el ámbito
de visión que abarca y encierra todo lo
que es visible desde un determinado punto. El
que tiene horizontes puede valorar correctamente
el significado de todas las cosas que caen dentro
de ellos según los patrones de cerca y
lejos, grande y pequeño. La elaboración
de la situación hermenéutica significa
entonces la obtención del horizonte correcto
para las cuestiones que se nos plantean cara a
la tradición.
¿Existen realmente dos horizontes distintos,
aquél en el que vive el que comprende y
el horizonte histórico al que éste
pretende desplazarse? ¿Es una descripción
correcta y suficiente del arte de la comprensión
histórica la de que hay que aprender a
desplazarse a horizontes ajenos? ¿Puede
decirse en este sentido que hay horizontes cerrados?
Igual que cada individuo no es nunca un individuo
solitario porque está siempre entendiéndose
con otros, del mismo modo el horizonte cerrado
que cercaría a las culturas es una abstracción.
La movilidad histórica de la existencia
humana estriba precisamente en que no hay una
vinculación absoluta a una determinada
posición, y en este sentido tampoco hay
horizontes realmente cerrados.
Cuando nuestra conciencia histórica se
desplaza hacia horizonte históricos esto
no quiere decir que se traslade a mundos extraños,
a los que nada vincula con el nuestro; por el
contrario todos ellos juntos forman ese gran horizonte
que se mueva por sí mismo y que rodea la
profundidad histórica de nuestra autoconciencia
más allá de las fronteras del presente.
En este sentido, comprender una tradición
requiere sin duda un horizonte histórico.
Pero lo que no es verdad es que este horizonte
se gane desplazándose a una situación
histórica. Por el contrario, uno tiene
que tener siempre su horizonte para poder desplazarse
a una situación cualquiera. ¿Qué
significa en realidad este desplazarse? Evidentemente
no algo tan sencillo como apartar la mirada de
sí mismo. Por supuesto que también
esto es necesario en cuanto que se intenta dirigir
la mirada realmente a una situación distinta.
Pero uno tiene que traerse a sí mismo hasta
esta otra situación. Sólo así
se satisface el sentido del desplazarse. Si uno
se desplaza, por ejemplo, a la situación
de otro hombre, uno le comprenderá, esto
es, se hará consciente de su alteridad,
de su individualidad irreductible, precisamente
porque es uno el que se desplaza a su situación.
Este desplazarse significa siempre un ascenso
hacia una generalidad superior, que rebasa tanto
la particularidad propia como la del otro. El
concepto de horizonte se hace aquí interesante
porque expresa esa panorámica más
amplia que debe alcanzar el que comprende. Ganar
un horizonte quiere decir siempre aprender a ver
más allá de lo cercano y del muy
cercano, no desatenderlo, sino precisamente verlo
mejor integrándolo en un todo más
grande y en patrones más correctos.
Todo esto tiene lugar bajo la forma de un proceso
de ir destacando aspectos. Todo destacar algo
vuelve simultáneamente visible aquello
de lo que se destaca.
En realidad el horizonte el presente está
en un proceso de constante formación en
la medida en que estamos obligados a poner a prueba
constantemente todos nuestros prejuicios. Parte
de esta prueba es el encuentro con el pasado y
la comprensión de la tradición de
la que nosotros mismo procedemos. El horizonte
del presente no se forma pues al margen del pasado,
ni existe un horizonte del presente en sí
mismo ni hay horizontes históricos que
hubiera que ganar. Comprender es siempre el proceso
de fusión de estos presuntos horizontes
para sí mismos. La fusión tiene
lugar constantemente en el dominio de la tradición;
pues en ella lo viejo y lo nuevo crecen siempre
juntos hacia una validez llena de vida, sin que
lo uno ni lo otro, lleguen a destacarse explícitamente.
Todo encuentro con la tradición realizado
con conciencia histórica experimenta por
sí mismo la relación de tensión
entre texto y presente. La tarea hermenéutica
consiste en no ocultar esta tensión en
una asimilación ingenua, sino en desarrollara
conscientemente. Esta es la razón por la
que el comportamiento hermenéutico está
obligado a proyectar un horizonte histórico
que se distinga del presente. El proyecto de un
horizonte histórico es, por lo tanto, una
fase o momento en al realización de la
comprensión.
Acá la fotocopia se corta de repente,
así que ustedes corten de leer con la misma
rapidez. Espero le haya gustado. Saludos.
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