Bohórquez, Eduardo A.


¿Esquizoides del siglo veintiuno?

La muerte alimenta la avaricia de los ciegos
Los niños hambrientos de los poetas sangran
No necesita nada de lo que tiene
Es el hombre esquizoide del siglo veintiuno

King Crimson, En la carta del Rey Carmesí

Mientras la brecha del fin de siglo se reduce, las imágenes del futuro se multiplican. Innovación tecnológica, mundo digitalizado, democracia global. Como hace mil años, y con mayor precisión, como a fines del siglo diecinueve, las distintas sociedades imaginan transformaciones extraordinarias en su vida mientras se acerca el final de un ciclo. La barrera simbólica del fin de siglo y milenio supone una suerte de comité discreto de festejos, dedicado incansablemente a producir las innovaciones que la sociedad moderna requiere. Es el tiempo donde menos es más: sociedad postindustrial, nueva civilización, mundo digital; una cultura donde todo puede y ha de ser digitalizado. En medio de palabras convertidas al código binario, muchos siguen consagrados a señalar como nuestra la meta del progreso del hombre, convencidos en elevar el espíritu humano.

El mayor problema, sin embargo, sigue siendo la distribución de estos beneficios. Hacer realidad las imágenes. Incluso las de mayor alcance, las que responden naturalmente al mercado. Se trata de dar sentido, pertinencia, a los discursos de ese nuevo iluminismo: el entretenimiento. Estamos hablando de que la metáfora informática de la "telaraña global" no sea más que un divertido. ¿Qué hay detrás de la calidad de audio, de la realidad virtual? ¿Cómo equilibrar su pertenencia a la categoría de las marcas comerciales con sus verdaderos contenidos o su carácter estético? ¿De qué modo concebir esos grandes corporativos con ingresos brutos diez veces mayores al PIB anual de Zaire? La contienda por la fidelidad del DAT o el disco compacto, por el sonido en las exhibiciones cinomatográficas o la televisión de alta definición (HDTV) no puede evitarse. Pero elevar baudios, ampliar bandas de frecuencia, extender el mercado, son exigencias de la competencia que tienen que formar parte también de estrategias integrates de desarrollo. O cuando menos intentarlo.

¿Quiénes están conectados al siglo veintiuno?

Es cierto que en los últimos quince años las ventajas de la sociedad digital se han extendido, pero no con la homogeneidad que nuestro imaginario sugiere. En Estados Unidos, por ejemplo, en 1982 había una computadora por cada 125 estudiantes; para 1995, este número se había incrementado a un ordenador por cada diez. Bajo este mismo criterio, el caso mexicano es preocupante. En 1994, México tenía 2 computadoras personales por cada 100 habitantes, cifra equiparable a la de Sudáfrica o Polonia, en tanto que la media mundial rondaba las 15 terminales por cada 100 habitantes. Sin tomar en cuenta Internet y haciendo alusión exclusiva a la posibilidad de utilizar un procesador de textos, o una base de datos, los mexicanos de mediados de los años noventa eran comparables en recursos informáticos a los estudiantes de los Estados Unidos de hace quince años.

En lo que se refiere a la capacidad técnica para usar este recurso, sólo 5.6% de la población urbana sabía utilizar una computadora en 1995 lo que, sin muchas cuentas, sugiere que de las computadoras disponibles no todas rinden los beneficios mínimos esperados.

Por otro lado, esta incipiente ilusión modernizadora guarda una relación estrecha con el ingreso de quienes utilizan computadoras. Según datos del INEGI, más del 60% de la población ocupada que utiliza un sistema de cómputo percibe un ingreso superior a tres salarios mínimos, más del doble del porcentaje general de ingreso en poblaciones urbanas. Más delicado es el caso de la propiedad. De los hogares con computadora personal, 85% se ubican en un rango de ingreso de más de ocho salarios mínimos. ¿Estamos todos, como sugiere el simil cotidiano, surfeando en la red? Wendel Bell, un futurista de la Universidad de Yale que ha postulado el término cultura etnotrónica advierte: "Podemos, sin embargo, ester creando una nueva clase mundial, distante de aquellos que no tienen acceso a esas tecnologías. Marx podría tener la razón. Las clases sociales serán más importantes que los Estados."

Más allá del libre mercado

La crítica hacia el optimismo tecnológico no es exagerada. Si bien el fenómeno malthusiano fue combatido con éxito en el siglo XIX, a través de la revolución industrial, no parece tan claro que la "digitalización" de las sociedades, para usar el término de Negroponte, nos conduzca a un crecimiento económico con empleo. Tan sólo si nos referimos, a los países miembros de la OCDE, esta tendencia no se ha manifestado en los últimos años. Estamos en la vispera de un mundo que estará más poblado y con una infraestructura en telecomunicaciones amplia y barata. Esto signfica mejores comunicaciones y un mundo más integrado. Fascinante. Pero si ello signfica que quienes ya tenían acceso a comunicaciones de punta se mantengan en su sitio, la ilusión de modernidad es perniciosa. El abaratamiento de los medios de comunicación y el crecimiento de Internet -la digitalización de nuestras vidas- tendrán su peso específico real en cuanto más personas puedan acceder con educación a ellas. Cuando puedan ser de mayor provecho social. Esta no puede ser una tarea que se asigne al mercado. Será necesaria 'una participación estatal que incremente estimulos y aproveche los atractivos del desarrollo informático.

Técnicamente hablando, por ejemplo, la red mexicana de bibliotecas públicas -cuando menos una por municipio- bien podría procurarse una computadora personal con módem en los próximos 10 años. El precio de las terminates es cada día más bajo y las posiblidades de uso enormes.

Con una capacitación mínima, que incluso podría llegar a través de la propia red de cómputo, se estaría en posibilidad de conectar cada municipio al resto del mundo.

Desde esta perspectiva, las implicaciones de este movimiento integrador serían distintas. Arte, entretenimiento, inforrnación estadística a nivel federal o local, pero también la posibilidad de incorporar, de manera sistemática y a muy bajo costo, formas de participación política nuevas. Las terminales conectadas a un módem hacen instantánea la transmisión de cartas o peticiones a las estructuras políticas más altas. Un correo electrónico bien atendido por la presidencia de la República o el gobernador de un estado es un mecanismo de satisfacción gubernamental personalizada. Llevado con madurez política, este mismo módem puede incorporarse a un sistema plebiscitario o de referenda. Bastaría con la concentración de las impresiones locales y su transmisión a través de las computadoras, para conocer con rapidez y exactitud las opiniones de cada municipio del país. Todo un modelo de municipalización de las decisiones políticas. Una relación mucho más estrecha entre gobernantes y gobernados.

Las tendencias para los próximos años son claras. De no convertir el tema informático en una prioridad estatal, el mercado seguirá concentrado en el incremento de canales de televisión, pagos por evento personalizados, la mejor calidad de audio y video e incluso una televisión interactiva, pero también estará procurando novedosas formas de marginación, ahora digitales, entre la población. La responsabilidad estatal no supone convertirse en propietario de empresas de punta, significa la oportunidad de mejorar la tarea del gobierno y, aunque en forma modesta, correr los riesgos de la sociedad abierta. No sé si una computadora sea bien vista en la bilbioteca de una comunidad indígena. Pero incluso el EZLN o el Congreso Nacional Indígena cuentan con una docena de páginas electrónicas accesibles a través de alla. Es una realidad que hay que asumir más allá del consurno y la alegría anarquista de los usuarios del Internet. Navegar en la red puede ser un ejercicio aleatorio e incluso arbitrario. Integrar esas capacidades a un número mayor de personas es una obligación del desarrollo. Hoy podemos tomar fotografías de 360°. ¿Podremos darnos cuenta de que el panorama no es del todo halagador?