Casaga, Gabriel
"El siglo desgarrado"
Tiempos modernos, Cap. II (pp. 114-116)
La era postmoderna: ¿feria de vanidades?
El conocimiento y la razón fue la expresión de la modernidad. Y esto iba a condicionar una mejor sociedad. El arte manifestó críticamente que la razón y el conocimiento no condujeron a la felicidad humana. El sueño de la razón como de transformación del hombre terminó en violencia social y moral. Surgieron guerras, el político de izquierda y de derecha, la miseria del Tercer Mundo, y una nueva forma de barbarie universal expresada en el chantaje del terror atómico. Pero aún así la modernidad desarrolló una nueva sensibilidad artística. Donde se criticaba el conformismo y la simulación de la sociedad. Los artistas rechazaron la cultura de masas porque era la negación del individuo y el triunfo de la vulgaridad y lo trivial.
La cultura moderna, sobre todo la del siglo XIX y principios del XX, Nietzche, la escuela de Frankfurt (Adorn, Marcuse, Benjamin), Proust, los dramaturgos contemplaron el pasado con nostalgia melancólica. Y afirmaron la necesidad y el derecho del individualismo.
A mediados del siglo XX aparecieron nuevas mitologías, donde volvieron a triunfar el rumor, la superstición y la metafísica, el fascismo, el estalinismo como expresión cultural.
Sin embargo, la cultura postmoderna ha explicado que lo que ha hecho es la divulgación del arte a través de los grandes medios de difusión, sobre todo el cine y la televisión. Aunque sus personajes y estrellas sean efímeras, ha utilizado la cotidianidad como parte de la cultura popular. Los cantantes de rock, las estrellas de telenovela, los deportistas, etc. La televisión todavía no ha creado arte, pero sí ha difundido la música, el cine, la danza.
El cine, sobre todo el de Woody Allen, ha recogido a través de brillantes películas como Manhattan, Zelig y Ana y sus hermanas, la tradición del derecho a ser diferente, y crítica la imposición de ser como los demás. Llega al nihilismo, la pérdida de significado del mundo contemporáneo en Ana y sus hermanas, donde el personaje se alivia de sus terrores sobre el tiempo y la vida a través del humor. Esta cultura postmoderna integra a Marilyn Monroe, las latas de sopa Cambell, a Andy Warhol que vio como pocos la necesidad de que todo mundo podía ser una estrella aunque sea por 15 minutos. O Truman Capote que inauguró e inventó un nuevo género literario a través de la novela reportaje en A Sangre Fría. Y la vida literaria como espectáculo permanente, chismorreo feroz, que le costó la vida. Porque en su último libro que no concluyó, Plegarias no correspondidas, se atrevió a hacer literatura de la trivialidad de la elite de Nueva York. Salieron algunos fragmentos en las revistas, y al otro día nadie volvió a hablarle. Y él ingenuamente expresó: "No sé por qué se ha enfadado todo el mundo. A quién creían que tenían entre ellos, ¿a un bufón de palacio? Pues tenían a un escritor".
El derecho a ser
La cultura postmoderna integra
todos los temas del modernismo: la soledad, el homosexualismo, el narcisismo,
la psicopatología de la vida cotidiana que ahora son normalidad.
La cultura de masas expresa los gustos y características de personajes
en forma libre y hedonista. Existe un culto al cuerpo, a la juventud, al
yo en su afirmación constante. El derecho de ser o estar por encima
de los demás o los prejuicios sociales. Hoy la cultura de masas trata
de comprender su problemática, sin que por ello se convierta en lacrimeo
o catástrofe social. La cultura postmoderna ahora tiene que explicar
otros nuevos problemas sociales, lo que fue resultado del cambio en los
sesentas: la promiscuidad, los divorcios y las nuevas plagas que son las
enfermedades sexuales: desde el herpes hasta el sida. La angustia de la
sociedad postindustrial de no ser el mejor y el más joven. La desesperación
por el consumo de los objetos y la apatía por la política.
Ahora si se está viviendo el fin de las ideologías: la gente
ha dejado de votar, la televisión convierte a la política
en un espectáculo olvidable y los líderes imperiales demuestran
hasta el cinismo lo que puede ser una política de simulación.
También al finalizar el siglo XX se vio que lo que decía Tocqueville
se cumplía en forma implacable: los pueblos han mostrado un amor
más ardiente y más duradero por la igualdad que por la libertad.
Más pasión por el consumo, que por el arte.
Las paradojas de la cultura postmoderna se reflejaron en una necesidad individual, de una comunicación social, la paz interior mediante la meditación y las antiguas filosofías orientales, la soledad como reconocimiento del yo y la espera de nuevos milagros: la aparición de mesiánicos líderes, los extraterrestres y las curas milagrosas para las nuevas enfermedades.
La cultura elitista moderna se conserva. Por ejemplo, el teatro que se ha analizado, se lee y se oye en centros culturales minoritarios. El cine sofisticado se ve en las cinetecas. Las masas han mostrado un discreto desdén a esa cultura. Y hoy, triunfantes, ni se ponen tristes ni se avergüenzan de no saber leer. Y todo lo saben a través de un resumen de un libro, de una información, un dato social o político por medio de la televisión o de revistas banales. El modernismo era una fase de creación revolucionaria de artistas en ruptura; el postmodernismo es una forma de expresión libre abierta a todos. Se trata de encontrar el equilibrio psíquico y físico en función del yo. La cultura postmoderna, al finalizar el siglo XX, ha dada grandes creadores, pero sus consumidores ya olvidaron que él fue vanguardia, es tradición y es necesaria para entender la innovación de las masas.
Mientras tanto, el vacío de la cotidianidad ha hecho que el gran arte tenga una respuesta a las mil preguntas que después
del espectáculo se hacen los creadores y los consumidores de la cultura del rock, del comic y de la televisión. ¿Qué hacer con su éxito, que con frecuencia es una fantasía y es efímero?