Alcocer, Martha y Molina, Alicia
"Educación para la recepción"


¿Qué le vemos a la tele?

La televisión no es un cuerpo extraño en el social ni el receptor es un receptáculo vacío, sostienen Alicia Molina y Martha Alcocer en este capítulo. Tampoco los efectos son uniformes sino que se da un proceso de apropiación y uso social de los mensajes, totalmente diferente de las intenciones originales del emisor: los usos que damos a los mensajes de la televisión son múltiples e imprevisibles.

Los mensajes sufren un proceso natural de recreación por parte de los receptores y es en este proceso donde se puede intervenir a través de un diálogo cuestionador que amplíe y enriquezca la capacidad de lectura de los mensajes. Pero, resulta imposible tener una actitud crítica ante sólo un aspecto de la vida; esta actitud deberá permear los múltiples ámbitos y relaciones que se establecen en la vida social.

El diálogo problematizador, el cuestionamiento realizado desde la razón la emoción estética y el placer lúdico, son elementos que permiten pasar de la evasión y la diversión a la recreación. Este trayecto implica la generación-en la familia, en la escuela, en el grupo de pertenencia-de estructuras de mediación que puedan transformar el monólogo televisivo en procesos creativos capaces de activar análisis colectivos de la realidad social y acciones transformadoras de la misma.

Imagina un antro subterráneo que tiene todo a lo largo una abertura que deja libre a la luz el paso y, en ese antro, unos hombres encadenados desde su infancia, de suerte que no pueden cambiar de lugar ni volver la cabeza, por causa de las cadenas que les sujetan las piernas y el cuello, pudiendo solamente ver los objetos que tengan delante. A su espalda, a cierta distancia y a cierta altura, hay un fuego cuyo fulgor les asombra, y entre ese fuego y los cautivos se halla un camino escarpado. A lo largo de ese camino, imagina un muro semejante a esas vallas que los charlatanes ponen entre ellos y los espectadores, para ocultar a éstos el juego y los secretos trucos de las maravillas que les muestran.
...Figúrate unos hombres que pasan a lo largo de ese muro, portando
objetos de todas clases, figuras de hombres y de animales, de madera o piedra, de suerte que todo ello se aparezca por encima del muro.. . ¡Extraño cuadro y extraños prisioneros! . . .
. . .¿Crees que verán otra cosa, de sí mismos y de los que se hallan a su lado, más que las sombras que van a producirse frente a ellos en el fondo de la caverna?. . . No creerían que existiese nada real de las sombras.

Naturalmente, Platón-autor de la cita mencionada-no está hablando de la televisión, sino de la condición humana y de nuestras limitaciones para conocer. El mito de la caverna, sin embargo, leído de cara al problema de la percepción del espectáculo televisivo, resulta muy aleccionador.

Esclavizados desde la infancia, atados de pies y manos, no entienden el juego y los secretos trucos de las maravillas que los charlatanes proponen ante ellos, protegidos por sus vallas de utilería. El cautivo entonces no puede verse a sí mismo, ni a los que le rodean; cree que lo que sucede ante él es la realidad. Para los cautivos de esta experiencia, los efectos eran devastadores. Liberados de sus hierros y obligados a enfrentar la luz, estimarían que las sombras poseen algo más claro y distinto que todo lo que se les hace ver.

Esta alegoría sin embargo no es del todo justa. El cautiverio no es tal, no estamos atados de pies y manos, los secretos del juego son cada vez menos secretos y podemos confrontar el mundo de las sombras con la realidad para ubicar las sombras en su verdadera dimensión.

Dentro del esquema simplista emisor-mensaje-receptor con el que se empezó a estudiar los procesos de difusión masiva de mensajes, el asunto de la recepción o percepción fue el último en plantearse. Productores e investigadores lo abordaron como una cuestión pragmática: el productor de televisión vende el tiempo de sus consumidores; los investigadores a su servicio iniciaron sus pesquisas y les dieron un nombre: rating. Después se habló de los efectos y de la relación entre violencia y TV, delincuencia y TV, drogadicción y TV, sexo y TV. Este extraño, ubicado en el mejor lugar de la sala, era el culpable absoluto de la disolución familiar. Pero al tratar de establecer los efectos se encontraron con que no eran capaces de aislar las variables para establecer fórmulas puras que nos explicaran qué pasaba con estos mensajes inyectados al cuerpo social a través de la aguja hipodérmica del maquiavélico Dr. Goebbles.

Resulta que la televisión y sus mensajes no son un cuerpo extraño en el organismo social, sino una de sus partes vitales, y no podemos hablar de receptores como receptáculos vacíos, sino de un complejo ecosistema de mensajes sociales en el que interactúan todas las fuerzas y sectores-hegemónicos o no de la sociedad.

Desde luego esto no significa negar la importancia de las condiciones de producción de la televisión. Es importante detectar quiénes detentan el poder en los medios y a qué intereses sirve este recorte intencionado de la realidad que se nos proyecta en la TV a través de sombras chinescas cada vez más sofisticadas. Pero es urgente modificar la concepción del problema de la percepción y los términos para referirnos a ella. Hoy hablamos de procesos de apropiación y de usos sociales de los mensajes televisivos ante la evidencia de que no hay "efectos" uniformes y de que las instrucciones de uso que atribuyen los productores a sus mensajes no son seguidas al pie de la letra por los consumidores. Aquí convendría caer en lo anecdótico (antes que en la crítica estructural), porque las anécdotas, aunque no son representativas, son significativas y además son más sabrosas:

El espectáculo frustrado

12:00 a.m. En el centro de la ciudad de Río de Janeiro la gente que ha salido a tomar el lunch se empieza a concentrar alrededor de un edificio. En el alero de una ventana del piso 12, un hombre amenaza con suicidarse saltando al vacío. Sus compañeros intentan disuadirlo.
12:15 a.m. Han llegado un cura y un psicólogo. Hablan con el presunto suicida. La concentración crece.
12:25 a.m. Llega la esposa del protagonista, la policía y los bomberos.
12:30 a.m. El diálogo entre la mujer y el suicida sólo lo escuchan ellos pero es imaginado, ampliado y comentado por la gente que se aglomera en la calle. Crece la expectación. El público está hambriento. Los vendedores de hotdogs hacen su agosto.
12:50 a.m. El hombre en el alero de la ventana del piso 12 está a punto de saltar. Crece la expectación. Los espectadores tienen prisa, deben volver a sus oficinas. El hombre no se decide. La multitud lo abuchea, no tiene tiempo de esperar, ¡que salte de una vez! El hombre está aterrado. Los bomberos lo rescatan. Al bajarlo, deben protegerlo de la multitud dispuesta a lincharlo. . (noticia tomada del diario Ovaciones, 17 de noviembre de 1985)

Me gusta venir a la gimnasia pero me da pena dejar al pobre hombre hablando sólo en la recámara. . . Después de todo, Guillermo Ochoa es el único hombre delante del que me he desnudado en los últimos dos años. (En una conversación escuchada en un gimnasio de señoras).

Soñé que Germán me iba a dar un beso. Todo era como de telenovela. Se acercaba lentamente, me acariciaba el brazo. Ya estábamos listos, como en close-up, cuando ¡corte comercial! y ¿qué crees? era mi mamá anunciando un jabón tan bueno que borraba toda huella de haber sido besada. (Comentario de una adolescente durante la aplicación de la encuesta piloto para la investigación ''Usos sociales de las telenovelas").

El investigador Gabriel Salomón demuestra que los niños que ven "Plaza Sésamo" asimilan una serie de contenidos pedagógicos específicos y, además, aprenden a mantener su atención por periodos de sólo treinta segundos, y a no intentar establecer relación entre un segmento y otro.

Un concurrido restaurante de Coyoacán es asaltado con lujo de violencia. Los parroquianos son obligados, a punta de pistola, a entregar todas sus pertenencias. Los asaltantes vacían la caja registradora y al salir disparan sobre el anciano vigilante que cuidaba los autos de la clientela. El dueño del establecimiento descarga su rabia contra el cristal de la vitrina de los postres y no encuentra otra forma de verbalizar su frustración y su impotencia que exclamar como Héctor Suárez: ¿Qué nos pasa? (Narrado por uno de los parroquianos).

No pretendemos hacer ninguna afirmación tajante a partir de estas anécdotas. Simplemente, queremos ilustrar y señalar que los usos que damos a los mensajes de la televisión son imprevisibles. La televisión genera una cultura del espectáculo que impone sus reglas a la vida misma, de la que somos cada vez más público y menos un pueblo participante, como es el caso del suicida de Río de Janeiro. La estructura de sus narraciones está presente no sólo en los contenidos de nuestros sueños, sino en su construcción misma; no sólo obtenemos de ella información sino que orienta la estructuración de procesos cognoscitivos, se hace sucedánea de nuestras relaciones afectivas y nos ofrece fórmulas fáciles para expresar lo que no sabemos nombrar.

No es simplemente una forma de evasión o de enajenación. El público hace de la TV un uso recreativo, esto es, una reelaboración que trasciende las instrucciones de uso del producto que se le ofrece y que corresponde a la relación entre el contenido y la organización del mensaje, la unidad programática en la que el mensaje es leído, las necesidades específicas de cada televidente, y su capacidad crítica y lúdica de interactuar con el mensaje y recrearlo. La preocupación por aumentar esta capacidad crítica y lúdica de recrear los mensajes, se ha llamado, en el lenguaje de los comunicólogos, "percepción crítica".

Bajo esta perspectiva hay el peligro de convertir la percepción crítica en un asunto de especialistas que prescriban una forma de ver televisión a través de evolucionadas técnicas. Más bien habría que partir del reconocimiento de la capacidad de lectura de todos los televidentes y de un diálogo cuestionador que fuera ampliando y enriqueciendo esa capacidad de lectura.

Una experiencia concreta.
En 1980 publicamos en el Consejo Nacional de Población un manual titulado "la televisión y los niños", dirigido a los padres de familia. En él hablábamos de los "efectos" de la TV en los niños. Usamos el término tan discutible de efectos porque pensamos que en ese momento satisfacía una necesidad sentida y expresada por padres y maestros y nos parecía más importante comunicarnos con ellos en sus propios términos que expresar nuestras dudas teóricas. A pesar de este problema y el de haber centrado la mayor parte del análisis de contenido en el de los papeles sexuales (de interés prioritario para los fines del CONAPO), pensamos que el manual tiene aún algunas cualidades vigentes:

La primera es que no es un tratado para especialistas, está redactado en un tono accesible a los padres de familia; tiene algo de sentido del humor-sobre todo por las aportaciones del viñetista-y hace hincapié en que el problema de la TV puede estar ubicado fuera de la TV.

La insistencia en que el diálogo familiar puede mediatizar los mensajes autoritarios de la TV y convertir todavía a un mal programa en una rica experiencia de comunicación en la familia, no pretende exonerar de sus muchas "culpas" a los productores de TV.

El manual está centrado en la idea de que la comunicación familiar es más importante para el desarrollo de la inteligencia, la sensibilidad y creatividad del niño que los mensajes de la televisión y que entre más sólidas sean estas relaciones, menos expuesto está el niño a ser influido por los valores, las normas de conducta y los patrones de comportamiento que los medios proponen. Se sugiere que el niño sea enseñado a usar la televisión de la misma manera que se le entrena para utilizar las tijeras antes de dejárselas libremente.

El niño debe ser estimulado a pensar para elegir un programa; pensar mientras ve el programa, y a evaluar lo que vio. Debe saber para qué se hacen los programas y los anuncios, cómo y quiénes los hacen; analizar un programa es saber quién dice qué a quién, de qué manera y con qué objetivo. Pero la reflexión crítica está incompleta si no lleva una acción desmitificadora. La última parte del manual, dedicada a los niños, proponía una serie de actividades encaminadas a que éstos inventaran sus propias historias y las convirtieran en guiones. El proyecto inicial buscaba recuperar ese trabajo de los niños para hacer con ellos una serie televisiva (esta parte del proyecto se quedó sin presupuesto).

El manual estaba dirigido a los padres y maestros y buscaba cuestionarlos acerca del lugar que la televisión ocupaba en sus vidas y en sus casas. Si ellos mismos no construyen otras opciones de recreación y de participación social es muy difícil que se las ofrezcan a sus hijos. Por otra parte, no se puede pretender formar en los niños una disposición para la lectura crítica de los mensajes televisivos si no se promueve una actitud crítica frente a los mensajes de los textos escolares, de los maestros, los padres, los amigos, esto es, frente a la vida social.

El padre que quiere que su hijo tenga una actitud contestataria frente a los mensajes autoritarios de los medios debe estar dispuesto a que este diálogo cuestione también sus propios mensajes autoritarios. El diálogo problematizador, creativo y lúcido en la familia, en la escuela, en los grupos de iguales, es lo que prepara y estimula para darle su verdadera dimensión al monólogo televisivo.

Es curioso comprobar que en muchos grupos y familias de aficionados al futbol se hace una decodificación grupal crítica, activa y apasionada de los programas deportivos. Ahí se cuestiona al jugador, al árbitro, al comentarista. Se discuten las jugadas, la calificación de ellas y hasta el encuadre "objetivo" de las cámaras.

Durante el mundial de futbol, la televisión estatal se anotó un gol contra el consorcio privado con su programa "los protagonistas". Una de las secciones más aplaudidas nos mostraba las tomas desechadas en la trasmisión, lo que la cámara no dejó ver. Se cuestionaba la objetividad misma de la televisión. ¿Cómo es posible este fenómeno? Quizá es porque en el futbol todos sienten que su opinión tiene peso. Han tenido una experiencia directa, cuando menos alguien se ha echado una "cascarita". Esta conciencia del valor de la experiencia personal es la que nos permite opinar.

¿Qué sucedería si nos sintiéramos avalados por nuestra experiencia política para comentar-y para decidirnos a ser algo más que espectadores-frente a los avatares de la formación de la próxima elección sexenal? ¿O si tuviéramos una experiencia creativa, plástica o literaria, para juzgar la construcción de las narraciones de ficción? El cuestionamiento no puede enfocarse sólo desde la perspectiva racional, sino desde la emoción estética y el placer lúdico, que son los que permiten pasar la evasión y la diversión a la recreación

Este tipo de experiencias pueden, y deben, llevar a la demanda organizada por una mejor televisión en la que se parta del respeto básico por el televidente; donde no nos cuenten siempre el mismo cuento, seguro por previsible; donde se atrevan a la aventura de la creación de una obra abierta que requiera de la recreación del perceptor para completarse como obra.

No podemos convertir a la TV, que es un medio tecnológico para difundir un monólogo, en un medio de comunicación, pero podemos mediatizarlo a través de la comunicación en la familia, en la escuela y en los grupos básicos de pertenencia a través de los que actuamos socialmente. Si logramos despertar en los niños esa actitud crítica y lúdica frente a la vida, la percepción crítica de los mensajes de los medios de difusión se dará por añadidura.

La familia integrada construye en la comunicación un espacio seguro para el crecimiento de sus miembros. Pero no puede ser un espacio cerrado. Abrir las puertas y ventanas es esencial para que ese diálogo familiar se enriquezca y prepare a los niños para ser interlocutores activos y participantes en la vida social. La televisión es una ventana al mundo, tanto de lo público como de los ámbitos privados y cotidianos. Como cualquier ventana, no deja ver todo ni lo hace con absoluta nitidez. Presenta un discurso sobre la realidad, basado en las apariencias de lo que algunos sociólogos llaman el discurso social común (que más bien son elementos en común que tienen diversos discursos sociales).

La televisión es también un instrumento que puede ser usado para desarrollar y activar análisis colectivos de la realidad social; sin embargo, el objetivo de la crítica y el análisis suele ser el descubrimiento de las relaciones concretas, complejas y dinámicas, que se dan en la sociedad, para transformarlas más o menos radicalmente pero con conocimientos. El objetivo de una critica no creemos que deba ni pueda ser analizar la televisión, ni lograr una recepción diferente de los contenidos que presenta este medio. Tampoco queremos identificar a la población como "sociedad receptora", y centrar así el problema de los procesos de difusión colectiva en los medios. El llamado "problema de la recepción" es en realidad el problema político de quien detente el poder, de quién tiene la palabra y la forma de persuadir y de hacerse escuchar. La llamada "recepción crítica" no es en realidad recepción. Es encontrarse una persona, grupo o colectividad, en una posición y situación de enfrentamiento con una realidad (y los discursos que de ella predominan) que nos cosifica y nos niega como seres humanos.

Mucho se ha hablado de cómo el proceso de cultura de masas tiene como finalidad satisfacer no las necesidades de las poblaciones sino las del sistema, y de cómo se desprecia el conocimiento popular dentro de esta cultura de masas; pero, como en la física, a toda acción sucede una reacción en sentido contrario. Y parte de ésta está constituida por la posibilidad de conocer, analizar y discutir lo que nos presenta la televisión como dado, normal o apetecible, y desde ahí, los valores que promueve el sistema en que vivimos.

Sin embargo, cualquier crítica requiere (y genera también) el conocimiento sobre el tipo de relaciones, de sociedad, de uso del medio, al que queremos llegar. Alain Toucraine afirma: "Ha pasado ya el momento de rechazar el orden social en bloque, de denunciarlo como espectáculo o como ideología, y de oponerle utopías y profecías; es preciso conocer y analizar las relaciones sociales reales, los intereses que entran en juego, los conflictos y las instituciones y las transformaciones del poder y de la oposición, y esa labor debe ir pareja con exigencias teóricas cada vez mayores, sin las cuales el análisis de la sociedad cae en la ideología."

La crítica obliga a quien la hace a tomar partido. Pero la crítica hacia los contenidos de la televisión o hacia los procesos de difusión colectiva no se inicia espontáneamente. Si bien algunos programas de televisión la promueven, éstos son muy escasos. Criticamos lo que no nos gusto, lo que sentimos que "está mal". Entonces buscamos nuevos sentidos y oponemos nuestro saber y nuestras acciones a los otros. La conciencia crítica se adquiere en la praxis: cuando percibimos que los fines de otros se oponen a los nuestros; o cuando un problema, que vivíamos como personal, lo socializamos y nos damos cuenta de que es un problema común, es decir social, es decir estructural. Somos críticos no cuando criticamos, sino cuando nos rebelamos frente a lo que se nos impone. La crítica tiene que estar ligada a una acción transformadora. Y ésta tiene más fuerza si es colectiva, organizada.

No es lo mismo ver la televisión a solas que mirarla en grupo y discutir, en una tarea educativa, lo que ésta nos presenta, oponiéndole nuestras interpretaciones. Los objetivos de una crítica varían de acuerdo con el grupo que participe en ella. La televisión puede ser instrumento de análisis en la familia, en la escuela, en los grupos de padres, en las clínicas psiquiátricas o psicoanalíticas y entre campesinos, obreros, amas de casa, chavos banda, etc. Una función muy importante puede tenerla en la educación y autoeducación de los miembros de organizaciones populares que trabajan para cambiar las relaciones sociales, buscando un sistema más flexible, autogestivo y alimentado por la imaginación, la creatividad y la participación activa de la población. Estos grupos tienen como tarea importante la educación permanente de sus miembros y de posibles colaboradores.

Para esta tarea, la televisión puede ser instrumento importante, entre otras, por las siguientes razones:

Ahora bien: consideremos que el análisis de los contenidos televisivos, para que sea "serio", deba estar en manos de especialistas. Al contrario: el conocimiento de las personas y su intuición deben ser el punto de partida de estos análisis. La discusión y confrontación de los contenidos televisivos, la vida personal, la vida de la organización o el grupo, y la realidad pública y cotidiana a las que se enfrenta, se pueden dar con o sin la intervención de intelectuales simpatizantes.

El papel del especialista, aquí, sin ser imprescindible, sería por un lado, el de transmisor de instrumentos de análisis propios de las ciencias sociales; por otro, de observador participante, teórico y difusor del proceso en los ámbitos académicos. Es importante no olvidar que el objetivo en el análisis y la crítica de valores y modelos es generar los conocimientos necesarios para transformar una realidad que no nos gusta; mejorar el nivel de vida y la conciencia de las habilidades que se poseen tanto individual como colectivamente.

Para una organización popular, la educación debe tener una mayor participación de sus miembros. Adoptar una política de mayor participación significa asumir el respeto por la diversidad y descentralización del poder. Como señala A. de Schutter: "en su lógica extrema, la participación reclama la autogestión y la autodeterminación como principios rectores de la organización social. Sólo una sociedad o una comunidad participativa parece ofrecer las condiciones en las que conceptos como 'autodeterminación', 'tecnologías apropiadas' y 'estrategias alternativas de desarrollo' pueden asumir un significado propio".

La crítica y el análisis fundamentados en lo que se vive y piensa dan también como resultado la creación colectiva de un conocimiento nuevo de las mismas personas que participan en este proceso y de sus realidades. Si se quiere iniciar una educación a través de la crítica y el análisis de los contenidos televisivos, es necesario considerar también que la televisión es un medio con el que el público se relaciona placenteramente. La TV se mira generalmente en el hogar, para relajarse, para estar a gusto. Está ligada al principio del placer: veo televisión porque me entretiene, me gusta, me descansa. Y el placer parece muchas veces estar peleado con la crítica. El que critica es un aguafiestas. La crítica suele ser una actividad "seria", ritual incluso, pontificadora (un oficiante, en calidad de juez, dictamina sobre la bondad o maldad, belleza o fealdad, justicia o injusticia, de un objeto psicológico o de una acción). De hecho, siguiendo a Marcuse, a Illich y a tantos otros, el objetivo más razonable de las nuevas tecnologías es permitir formaciones sociales más informales y relajadas, más "desordenadas". Dice Bachelard: "la imaginación intenta un futuro. Es en primer lugar un factor de imprudencia que nos aleja de las pesadas estabilidades". Si ubicamos a la televisión como un aparato de creación de discursos placenteros, podemos imaginar también la posibilidad de recrear estos discursos cambiando los valores que promueven, desmitificándola como hacedora única-o casi-de historias, creando, desordenando lo ordenado, divirtiéndonos, reinterpretando y jugando como aún de vez en cuando se hace en algunas fiestas populares, en donde el que quiere puede tomar la palabra, improvisar versos o pasar al estrado a bailar.

¿Cómo generalizar la práctica de la crítica y el análisis, y de la recreación y creación, en una sociedad en la que esto no es promovido? ¿Cómo abrir puertas y ventanas y aprender a ver a través de éstas y a pasar por aquéllas? ¿Cómo salir de la caverna?