Touraine Alain.
El PAÍS, martes 14
de junio de 1994.
Fin de Siglo en América Latina.
La elección del modelo
¿Reforzará el continente la democracia occidental o
el autoritarismo asiático?
En este fin de siglo, Latinoamérica está a mitad de camino entre dos mundos. Pertenece a un continente del Extremo Occidente, como dice Alain Rouquié, está fuertemente ligada a Estados Unidos y sus relaciones con Europa, en particular las económicas, se vuelven a desarrollar. Integra un continente del Tercer Mundo, y se ve arrastrada, de forma desigual según los países, por el fuerte crecimiento económico de los países intermedios donde los costes de producción son bajos pero la infraestructura técnica ya es importante. El modelo occidental se encuentra debilitado en la actualidad: los países europeos tienen dificultades para mantener su nivel de vida, y sobretodo su estado del bienestar o incluso sus libertades públicas, frente a la competencia de los nuevos países industrializados que presentan su autoritarismo cada vez más claramente; lo demostró la reciente conferencia de Kuala Lumpur, donde los primeros ministros de Malaisia, China y Singapur rivalizaron en elogios al Estado autoritario, unas declaraciones que podría haber firmado también el general Suharto, igual que el gobierno comunista de Vietnam. ¿Dará Latinoamérica nuevas fuerzas al modelo occidental o se aproximará al modelo autoritario asiático? ¿Seguirá al Chile de Aylwyn y de Frei o al Perú de Fujimori?
Es especialmente difícil responder a esta pregunta, porque el modelo político que dominó mucho tiempo en América Latina no fue ni el modelo europeo ni el modelo asiático, sino el Estado nación-popular, que redistribuía los recursos, en gran medida externos, y tenía al mismo tiempo un carácter nacionalista e integrador. Este modelo se agotó hace tiempo, fue derrocado en varios países por golpes de Estado militares y sólo se mantiene, en una forma degradada, en Brasil, donde los éxitos del nacionalismo y la importancia del mercado interno hacen todavía difícil una apertura internacional que se ha impuesto en el resto del continente. Más allá de los regímenes nacional-populares, ¿qué es más probable, que América Latina vaya hacia el autoritarismo asiático o hacia la democracia occidental? En principio, la primera respuesta parece la más verosímil. Después de todo, México y Brasil han conocido regímenes muy autoritarios, o parcialmente autoritarios, sin mencionar Paraguay, o incluso el Perú de Velasco. Latinoamérica debe aumentar sus inversiones y desarrollar su capacidad de producción, lo que exige un Estado fuerte más que una política distribuitiva. Ni siquiera el gran éxito de Chile es un argumento suficiente a favor de la tesis opuesta, porque Chile sigue siendo básicamente un país de exportaciones mineras y agrícolas, un país cuyo mercado interno es muy limitado, por lo que su ejemplo es difícil de generalizar.
Sin embargo, la vía democrática es la que me parece claramente más probable. Por una razón más social que política. Lo que diferencia a Japón, Corea o Taiwan de América Latina son las reducidas desigualdades sociales de esos países, mientras que Latinoamérica es un continente de desigualdades sociales inmensas, sobre todo en Brasil. En América Latina no se da en ninguna parte la situación de una sociedad muy unida, homegénea, dirigida autoritariamente por un Estado fuertemente ligado a una burguesía nacional activa. Por consiguiente, una modernización económica rápida impondrá a Latinoamérica unas tensiones sociales considerables, una vez pasada la actual fase de paso brutal a la apertura internacional. México es el primer ejemplo importante de esas tensiones. Aparte de la revuelta de Chiapas, reina la mayor incertidumbre sobre el futuro del sistema político mexicano, donde el dominio absoluto del PRI ya no puede mantenerse por mucho tiempo, y donde personajes tan importantes como Camacho desean transformar profundamente la Constitución. También puede citarse la fragilidad de varios países de América Central y la necesidad de que Perú, paralizado desde hace tiempo por la acción de Sendero Luminoso, integre al menos a una parte de la población -urbana incluso más que rural- que en la actualidad está afuera de la economía formal. La actual campaña electoral en Brasil y la importancia del apoyo que está recibiendo Lula indica, sea cual sea el resultado de las elecciones, la urgente necesidad de emprender una profunda transformación de la sociedad brasileña.
Esta reactivación de las fuerzas sociales tendrá lugar con más o menos rapidez según los países: será menos rápida ahí donde la crisis del régimen anterior haya sido más brutal, más hiperinflacionista. El régimen boliviano, transformado por Víctor Paz Estenssoro, no tiene nada que temer de una vuelta al populismo revolucionario de la antigua COB, y los excesos de los sindicalismos argentino o ecuatoriano dan a los Gobiernos de esos países un amplio margen de maniobra. Por el contrario, Uruguay tiene grandes posibilidades, en un futuro próximo, de volver a llevar al poder a Sanguinetti y hacer avanzar a una democracia a la vez política y social, en la mejor tradición de este país que fue el de Batlle y Ordóñez a comienzos de siglo. El paso de Chile del autoritarismo a la democracia ya ha mostrado de forma espectacular la capacidad que tiene este país para compaginar el crecimiento económico y las reformas sociales. Chile parece, por tanto, estar protegido por mucho tiempo tanto de un régimen militar como de las explosiones irresponsables del populismo revolucionario o de la acción violenta.
Un crecimiento sostenido como el que existe desde hace tiempo en Chile o, más recientemente, en Perú, o también en Brasil, no puede sino hacer más fáciles las transformaciones sociales, que deberán ser profundas y rápidas. Si no se realizara esta alianza de liberalismo económico y reformas sociales en determinados países, en particular en Brasil, se producirían graves desequilibrios que comportarían una crisis política y la llegada al poder de régimenes autoritarios cercanos al modelo asiático.
Las características internas de las sociedades lationamericanas son las que determinarán en mayor medida el futuro político del continente. Pero el comportamiento de los países industrializados también desempeñará un papel importante. Cuanto más apoyen Estados Unidos y la Unión Europea el crecimiento latinoamericano, a la vez con sus inversiones y con su apertura comercial, mayores serán las posibilidades de reformas sociales llevadas a cabo en un marco democrático. Desde este punto de vista, la situación parece favorable, porque Chile, México, Argentina e incluso Venezuela reciben en la actualidad importantes flujos de capital extranjero, y el Tratado de Libre Comercio (TLC) para América del Norte debería tener efectos favorables sobre México si este país es capaz de lograr con éxito su transformación política.
En la actualidad, los europeos deben comprender que es importante que
contribuyan activamente a la elección geopolítica de América
Latina, un continente que han descuidado durante mucho tiempo y que ofrece
hoy excelentes perspectivas. La mayor parte de las veces, España
ha abierto el camino; otros países la han seguido. Europa debe comprender
que su futuro depende en parte de su acercamiento a Latinoamérica,
mucho más fácil de llevar a cabo que una acción de
gran amplitud en la orilla sur del Mediterráneo o incluso en la Europa
poscomunista. El futuro de la democracia en el mundo sólo estará
garantizado si se integra sólidamente a Lationamérica en la
comunidad de las naciones democráticas.