Florescano, Enrique
"Mitos mexicanos"
Ed. Aguilar, México 1995
Las milpas de la ira
Campesinos
hacia el tercer milenio
Armando Bartra
El proceso de modernización empieza con
revoluciones campesinas que fracasan. Culmina durante
el siglo XX con revoluciones campesinas que triunfan.
BARRINGTON MOORE, Los orígenes sociales de la
dictadura y de la democracia.
El siglo XX mexicano empieza con una insurgencia campesina generalizada que desnuda la barbarie oculta tras el "progreso" porfiriano. Termina en medio de un alzamiento indio surgido en el sureste pero de empatía nacional que encuera los estragos de la "modernidad" neoliberal. Si hace noventa años la piedra de tropiezo de los "científicos" fue la insurrección rural fundadora del zapatismo, Los "tecnócratas" finiseculares están encontrando la horma de sus bostonianos en el neozapatismo.
Desde principios de los ochenta los fanáticos del ajuste neoliberal y la modernización excluyente, se propusieron acabar de una vez por todas con el incómodo campesinado mexicano. No pudieron. En cambio, a principios de los noventa, el alzamiento comunitario chiapaneco y el despertar cívico-social que lo cobija, están poniendo en entredicho tanto el flamante proyecto económico neoliberal, como el agónico sistema político mexicano. Los tecnócratas no acabaron con los campesinos, en cambio el mal ejemplo de los indios está dando al traste con el espejismo modernizador y con el autoritarismo que lo acompaña.
En los noventa la dignidad campesina se está imponiendo de nueva cuenta sobre la arrogancia tecnocrática, y a pesar de tener las apuestas en contra, Los indios de las Cañadas van arriba en el marcador y están vapuleando a los "yuppies" de Harvard!
Al pardear el siglo, los campesinos siguen ahí, poniendo la muestra y balconeando los límites sociales de la modernización excluyente. Pero no son los mismos. A lo largo de los últimos cien años los hombres del campo han cambiado profundamente.
Para empezar, son más y son menos. En 1910, al filo de la revolución, México era un país agrario y el setenta por ciento de los mexicanos deambulaba entre milpas, hoy somos una nación industrial y tres de cada cuatro compatriotas viven en pueblo grande o de plano en ciudades.
Pero si al final del siglo los campesinos tienen un peso demográfico mucho menor que en su arranque, en números absolutos prácticamente se han duplicado: en 1910 habitaban en el campo once millones y en 1990 veintitrés. El perfil de nuestra población es cada vez menos rural y más urbano, aunque, paradójicamente, ahora hay dos veces más campesinos que al estallido de la revolución.
Variopintos siempre han sido, pero también la diversidad campesina ha mudado con el tiempo. En lo económico, la ancestral producción doméstica sigue vigente y en lo social la comunidad agraria es aún paradigma de socialidad rural; pero en los últimos años, junto a la modesta producción parcelaria, los campesinos han edificado aparatos económicos asociativos de gran envergadura, y mas allá de la aldea han tejido redes organizativas regionales, sectoriales, nacionales y hasta transnacionales.
Los campesinos perseveran en la producción familiar, lo que no impide que hoy sean también gestores colectivos de grandes empresas de servicios o agroindustriales; practican sistemas tradicionales de cultivo, a la vez que tratan de apropiarse de la biotecnología de punta; aprecian las siembras de autoconsumo pero concurren agresivamente al mercado mundial.
El corazón de la vida campesina sigue en la comunidad, pero su ámbito ya no termina a orillas de la aldea. Los campesinos de ahora son hombres de mucho mundo. Hace rato que los bajaron del cerro a tamborazos y, de grado o por fuerza, se han hecho más viajadores que muchos citadinos. Pero no sólo recorren la República y el vecino país del norte ofertando su trabajo; también participan en redes económicas, gremiales, políticas y culturales que se extienden por toda la nación y a veces cruzan las fronteras.
El pequeño productor rural contemporáneo no se constriñe a prácticas inerciales atadas al pasado. En el nuevo mundo campesino coexisten coa y tractor, rústicas tirinchas y sofisticadas cosechadoras, trueque y transacciones internacionales. Tan campesino es el milpero, como el socio de una gran cooperativa agrícola; la placera del tianguis aldeano, como el agroexportador; el yuntero como el banquero asociativo.
A veces la cultura tradicional y la más avanzada tecnología se dan la mano de manera inesperada: cuando los indios del sureste deciden ponerse bravos, aún se proveen de "piedras parlantes" y apelan a oráculos caxlanes, pero ahora las profecías se dirigen a la "sociedad civil", se escriben en procesador de palabras y se transmiten vía satélite.
La pluralidad rural no se agota en el entreveramiento de tradición y modernidad. Tras el concepto de campesinado mexicano hay un enorme inventario socioeconómico, étnicocultural, organizativo, generacional... ¿Habrá un saco que le venga tanto al maicero de autoconsumo como a la floricultora de exportación, al comunero mixe de la Sierra Juárez y al ejidatario colectivo del Valle del Yaqui, al tzotzil que demanda el reparto de las fincas y milita en la Coordinadora National Plan de Ayala y al endeudado e insolvente de Tamaulipas que alinea con El Barzón, al padre analfabeta que prosperó cultivando café y al hijo ingeniero sin futuro agrícola ni profesional?
Si algo sustantivo tiene en común tan variada gama de mexicanos, es haber padecido la crisis rural más prolongada de nuestra historia. Por más de veinticinco años los campesinos del país han vivido entre los estertores de un sistema agrario exhausto, encajando los reveses de dislocadas y erráticas políticas públicas. Durante el último cuarto de siglo han nacido y crecido los hijos de la crisis; una generación rural estragada que no ha conocido más que desbarajuste y decadencia; una generación de campesinos íntimamente desencantada por el desvanecimiento de las ilusiones familiares y escéptica ante las siempre falaces promesas del gobierno.
En los primeros setenta la crisis golpea sobre todo a ejidatarios, comuneros y minifundistas -productores que por lo general trabajan para el mercado interno- y la conversión estatizadora que comienza a desarrollarse a mediados de la década y se prolonga hasta principios de la siguiente, lejos de redimirlos los orilla a malbaratar sus proverbiales virtudes productivas a cambio de dependencia y sumisión a la omnipresente burocracia rural.
La fiesta de las paraestatales no sirvió para capitalizar al ejido, pero en cambio desarticuló las estrategias de sobrevivencia con que los pequeños productores habían resistido secularmente los siniestros naturales y sociales. El saldo fue una cultura productiva de la dependencia que interioriza el paternalismo gubernamental; y también la ratificación de la leyenda negra que pinta a los campesinos mexicanos como seudoagricultores parasitarios entenados del erario público; como haraganes, vividores, mantenidos... rezago y lastre de la modernidad.
Pero cuando despertamos del populismo la crisis agraria seguía ahí. Y ante el irremediable desaguisado, las paraestatales rurales, que en los setenta se habían metido hasta la cocina, emprendieron la retirada sin despedirse ni alzar el tiradero.
Al fetichismo del Estado sigue el fetichismo del mercado y en los ochenta y noventa la tarea de asignar racionalmente los recursos pasa de los ineptos burócratas a la infalible "libre concurrencia".
Las políticas públicas nunca habían sido realmente acogedoras. Pero, aunque precario, el respaldo gubernamental causa hábito, y a los campesinos impuestos a la dependencia les resulta dificil bailar al son desincorporador que ahora tocan las autoridades. Más todavía cuando en cerca de diez años quedan totalmente descobijados: la banca de desarrollo agropecuario se desmorona y se diluye la política de fomento financiero; se esfuman los subsidios al agua, energéticos e insumos; se desmantela el sistema público de investigación y extensionismo agrícolas; desaparecen los precios de garantía y el Estado se retira por completo del acopio, beneficio y comercialización tanto de cultivos alimentarios básicos, como de materias primas agroindustriales y productos de exportación.
La desregulación y privatización a ultranza -que culminan con los acuerdos públicos y confidenciales del Tratado de Libre Comercio de América del Norte- no ponen a los campesinos mexicanos en condiciones de competir con el extranjero en términos de igualdad. Para empezar, sus pares de otros países gozan de mayores subsidios, pero además los nuestros tienen que pagar las descomunales tasas de interés diseñadas para atraer capitales foráneos especulativos, y por si esto fuera poco, desde principios de los noventa se les manda a combatir en los mercados con el lastre de un peso sobrevaluado.
Al tiempo que las nuevas políticas públicas enrarecen el ambiente productivo de los campesinos, una drástica reforma al artículo 27 suprime de un plumazo el derecho a la tierra que la Constitución de 1917 concedía a los trabajadores del campo. Y así como cancela el reparto agrario, franquea el paso al capital para que invierta en tierras ejidales o de plano las compre. La jugada es transparente: se trata de eliminar el marco constitucional que sustenta jurídicamente la existencia de la mayor parte de los campesinos, para que los aires purificadores del mercado puedan barrer de una vez por todas con dos o tres millones de indeseables agricultores pobres, percibidos por los tecnócratas como una suerte de lastre rural que gravita sobre el erario público y espanta a los inversionistas.
En los últimos ochenta y en los noventa, las políticas de ajuste, el atrabancado desmantelamiento de la enorme paraestatal en que se había transformado el campo y el comportamiento desfavorable del mercado mundial, sacudieron sin misericordia a la agricultura mexicana. Pero los que cayeron azotados por el vendaval no fueron sólo los campesinos más modestos, también se despanzurraron los acomodados, los ricos y hasta una parte de los empresarios rurales. La última fase de nuestro interminable desgarriate rural ha sido una crisis generalizada de rentabilidad que golpea a todos los productores: los pobres devienen miserables, los medios se arruinan y las quiebras diezman a los prósperos. Entre tanto, de las anunciadas inversiones que debían reconstruir nuestra agricultura desde los cimientos, ni sus luces.
La nueva fase de la crisis rural -en cierto mode inducida por los tecnócratas para abrirle paso a la modernización- cambió profundamente el perfil de los campesinos mexicanos. Pero no fue la mutación esperada.
Los agricultures más pobres, aquellos que recurren a la fuerza de trabajo familiar, emplean pocos insumos comerciales y destinan parte de su cosecha a la propia alimentación, sortearon la tormenta con sus habituales estrategias de sobrevivencia: aprovechamiento intensivo de los recursos propios, reducción de gastos monetarios y mayor oferta de brazos en el mercado de trabajo.
En cambio, los productores medios con tierras de buen potencial agropecuario -aquellos a los que desde hace décadas se califica de "transicionales" en una suerte de obsesión por anunciar su inminente transformación en "verdaderos" empresarios-, atrapados en proyectos comerciales especializados e impotentes ante la desigual carrera entre los raudos costos y los lentos precios, vieron diluirse sus módicos capitales y sus esperanzas de progreso.
Salvo excepciones, también los empresarios agrícolas resintieron la crisis; cercados por sustanciales incrementos en el precio de los insumos, del agua, de los energéticos, del transporte y particularmente por el altísimo costo del dinero, la mayoría se descapitalizó y muchos se declararon en franca rebeldía frente a la banca.
A los fanáticos del mercado, el tiro les salió por la culata, pues la terapia de choque que dabía abrir paso a la eficiencia mediante la selección económica de los más aptos, puso de manifiesto que los agricultores de menores recursos están mejor adaptados y son más resistentes que los productores de mayor potencial, que han sacrificado sus estrategias campesinas de sobrevivencia en aras de proyectos comerciales frágiles y sin margen de maniobra. Así, por ejemplo, resistieron mejor la caída de los precios del café los productores pequeños y tradicionales, con huertas de bajo rendimiento y ubicadas en zonas marginales, que los cafeticultores medios con huertas tecnificadas y altos costos monetarios. De la misma manera, los milperos autoconsuntivos están soportando mejor la supresión de los precios de garantía que los productores comerciales de buenos rendimientos.
Paradójicamente, la última fase de la crisis destruyó las ilusiones de los campesinos modestos pero con algunas "ventajas comparativas", que se creyeron llamados al progreso por la vía de la competencia y asumieron las reglas de juego del agronegocio sin contar con las premisas necesarias para el "despegue". Muchos agricultures "transicionales" efectivamente transitaron, pero no a la condición de empresarios sino a la de campesinos pobres, o de plano a la de migrantes económicos. Los desheredados siempre han sido descreídos, pero el sector que gozaba de cierto potencial agroecológico recibió con alborozo la "mayoría de edad" que le concedía el Estado. Pronto descubrió que en verdad se trataba del acta de defunción. El escepticismo es hoy uno de los rasgos más acendrados del mexicano rural.
Pero el ogro se retira. El campo mexicano, transformado por los extravíos populistas del pasado en una suerte de ineficiente y dispendiosa "Agromex", comienza por fin a respirar aires de libertad. En la debacle de su proyecto de "reconversión" rural, éste es el último punto de orgullo que les resta a los modernizadores neoliberales. Por desgracia tampoco tal mérito les corresponde.
Sin duda desde principios de los ochenta el Estado ha ido librando al mercado casi todos los aspectos de la actividad agropecuaria, y en este sentido su presencia económica efectiva es cada vez menor. Pero al tiempo que disminuye la relevancia productiva de sus intervenciones, éstas se hacen más directas y paternalistas. Y es que la reforma de los aparatos rurales del Estado se ha orientado a canceler su pretendida capacidad de regulación económica, pero también a incrementar su eficacia clientelar. Cuanto más se descara como ogro mercantilista, mayores son los desplantes filantrópicos de nuestro leviatán rural, y los campesinos arrojados a las inclemencias del mercado por el patriarca neoliberal, reciben consuelo de la madre solidaria, que les ofrece una cobijita de medio uso y un itacate para el camino.
Los programas de combate a la pobreza extrema, que en el campo abarcan tanto servicios sociales como proyectos productivos, y los apoyos directos al agricultor que sustituyeron a los precios de garantía, son las caras más visibles del remozado patriarca rural. A seis años del fin del siglo, el mundo campcsino sigue presidido por un Estado omnipresente y clientelar, amachinado con Los viejos caciques de horca y cuchillo pero también con el flamante liderazgo concertador de fax y computadora.
Al término del milenio el clientelismo rural mexicano es más poderoso que nunca. La vida campesina pende aún de los hilos que maneja el patriarca institucional; transcurre a la sombra de una burocracia que otorga o escatima, de un poder omnipresente que unas veces premia y otras castiga, pero siempre corrompe.
De la crisis crónica y la degradación de la vida rural, emerge una generación desencantada para la que "oportunidad" rima con "ciudad". Los campesinos que hoy tienen menos de treinta años, que no participaron en las luchas por la tierra de los setenta, que crecieron durante el periodo de desarrollo estatizador y quizá acariciaron el espejismo del progreso familiar, están sumidos en la fase más dramática de la crisis agrícola.
Y el descreimiento es también organizativo; las asociaciones rurales que en los ochenta asumieron el reto de impulsar la redención campesina a través de proyectos económicos, están de capa caída. El liderazgo que aprendió a hacer antesalas y se volvió "propositivo", hoy se encuentra acorralado por la crisis agrícola que socaba sus planes productivos, por la quiebra política de su contraparte institucional y por la creciente inutilidad del "derecho de picaporte" como forma de lucha. En la debacle de sus modos y proyecto, la dirigencia "concertadora" vive de viejas glorias y está siendo desplazada por opciones más enérgicas y agresivas.
Los sueños abruptamente cancelados, la frustración de quienes vieron derrumbarse sus proyectos, la desesperación que germina en los reiterados fracasos, no son buenos consejeros. Descomposición social y búsqueda de opciones individuales eventualmente fuera de la ley, son tristes realidades en muchas regiones del país y ominosa perspectiva en otras. Después de todo -como enseñan los neocorridos- el paradigma de Caro Quintero es más entrañable a los jóvenes campesinos que el de Carlos Slim.
En esta tesitura, el desplazamiento en la región chiapaneca de Las Cañadas, de una organización campesina "concertadora", como la Asociación Rural de Interés Colectivo "Unión de Uniones', por un agrupamiento político-militar como el Ejército Zapatista de Liberación National (EZLN), debe verse como un signo de los tiempos.
Los campesinos de Los Altos que aumentaron los rendimientos de sus milpas con agroquímicos que hoy no pueden pagar; los que sembraron pequeñas huertas de café en la época de bonanza para encontrarse con que cuando empezaban a cosechar se derrumbaron los precios; los tzeltales, choles, tzotziles y tojolabales que emigraron a la selva Lacandona en busca de un future major y no consiguieron la ansiada dotación de tierras; los que por años alimentaron esperanzas que a la postre resultaron fallidas, son los que ahora han decidido abrirle paso a la utopía por las buenas o por las malas, a empellones si es necesario.
No demandan la preservación de un orden exhausto, ni la restauración de un pasado tan idílico como ilusorio. Las comunidades indígenas del tradicionalista sureste no son conservadoras ni milenaristas, reivindican con las armas en la mano el derecho a tierra, trabajo, salud, alimento, techo y escuela, pero demandan también la recta administración de la justicia, el respeto a su cultura y su costumbre, el derecho a gobernarse y, por qué no, la posibilidad de tener televisión y lavadora. Las jóvenes guerrilleras del EZLN pasan de la sumisión y el monolingüismo a la liberación sexual, los milicianos adolescentes quieren justicia y dignidad, pero también la oportunidad de estudiar para ingenieros o doctores. En Guerrero, los nahuas, mixtecos, tlapanecos y amuzgos de la región más pobre del estado, y quizá del país, marchan a la ciudad de México exigiendo "las estrellas, aunque sea de puntitas".
No es retórica. En el campo los pobres entre los pobres se están lanzando al asalto del cielo. La joven generación campesina ya no se conforma con migajas.