Recopilación de textos.
"Después
de Chiapas"
Nexos No. 196
Abril 1994.
Después de Chiapas.
La iglesia y los indígenas.
Una entrevista con Edmundo O'Gorman
por Esther Martínez
Luna
México tiene una larga historia de rebeliones. Desde la Colonia, muchas fueron indígenas o inspiradas en la defensa de los indios. No recuerdo ninguna en especial, pero las hubo en Yucatán, y en Sonora con los yaquis hubo una guerra destacable. La rebelión de Chiapas no es algo tan novedoso. Sobran rebeliones en nuestra historia, pero me parece que la de Chiapas tiene otro cariz, es una rebelión menos política y más de inconformidad por el abandono y olvido en que se tenía a estas pobres gentes. Eso es lo importante de este alzamiento. De acuerdo con lo que ha ido saliendo al público, los indígenas chiapanecos sí estaban en un estado terrible de abandono y de olvido. En esas condiciones, la gente llega a desesperarse y a usar la violencia. Hay que decir eso, hay que justificar este alzamiento: creo que todo el mundo lo ha hecho. Son miles de artículos los que se han escrito; ya no los leo todos.
Creo que la religión nunca ha dejado de tener un lugar protagónico en la política. Nadie puede negar que la Iglesia ha tenido siempre una influencia política muy importante y que, por otra parte, es normal que la tenga; es una institución tradicional y la gente tiene ideas religiosas. Si ahora la Iglesia vuelve a destacar -con la reforma que hizo el presidente, concediéndole a la Iglesia una personalidad que se le había si no quitado sí menoscabado-, pues claro que sí, es obvio que tenga gran influencia. Entre las tribus o las comunidades indígenas la Iglesia ha tenido una poderosa influencia, porque el sacerdote en esos pueblos es el representante, el personaje más importante, y nunca lo es el político. Esto no significa que volvamos a una situación en la que la Iglesia sea omnipotente, como en la Colonia, por ejemplo, pero si que la Iglesia aprovecha ahora esa salida o reconocimiento político que le dieron. Me parece justificado. El cura es la voz de los indios, es el que sabe todo. Habría que escribir un día una tesis -que yo nunca escribiré- sobre la influencia poderosísima que a través de la historia de México, incluyendo el siglo XIX y la Revolución, ha tenido la Iglesia. En la Colonia el cuerpo más informado de lo que pasaba en la República en el terreno de la vida cotidiana era el formado por los curas. Nadie estaba tan bien inforrnado de lo que pasaba en la Nueva España como el arzobispo. Creo que en Chiapas, en términos generales, esto continúa, pues los curas viven y conviven con los indios y los confiesan. Aunque no violen la confesión de nadie, están bien enterados a través de las confesiones y por el trato con los indios. Son los más enterados y ahora se está viendo que el obispo Samuel Ruiz ha tomado una parte muy importante en las pláticas, siempre en acuerdo con el comisionado. Estamos muy lejos de pensar que con la reforma del del siglo XIX se acabó el papel central de la Iglesia: eso no es cierto.
Samuel Ruiz ha tomado parte, pero no con una representación oficial, sino por lo que he dicho. Cualesquiera que sean sus ideas, obviamente es la pcrsona más enterada de la inconformidad previa que produjo el alzamiento. Hay que concederle un papel preponderante como representante de la Iglesia, pero no oficial. No es que el arzobispo le haya indicado que fuera su representante, no. El simplemente asumió su carácter de cura, y por eso, como en el confesionario, puede darle consejo a sus fieles. En el púlpito también pueden decirse cosas para orientar a los feligreses. Por eso opino que su participación no es tanto para meterse en política como para explicar, allanar las posibilidades de un arreglo. Al tomar parte en la negociación con el comisionado, Ruiz les da más confianza a los indígenas de que el arreglo al que lleguen sea favorable, porque ha intervenido el sacerdote, el obispo. Pero esto no signífica que la Iglesia volvió a hacer uso de sus antiguos fueros, eso no es cierto.
Nací en 1906, soy un hombre viejo y no sólo he visto un conflicto. Vi toda la Revolución Mexicana, pero nunca participé personalmente en esos conflictos; de eso, no sé nada. Por otro lado, me parecería muy importante que se formara una élite de los jóvenes indígenas, que los diferentes grupos nombraran a sus jóvenes más destacados, y que se seleccionaran en toda esa región, en Chiapas, el sur de Veracruz, Oaxaca, Guerrero y Quintana Roo, y que se formara una especie de colegio, para educarlos como los guías de sus pueblos. Pero no colegios para enseñarles cosas prácticas, sino para ayudarles a formarse una conciencia -Marcos se expresa bien, pero él no es un indígena-. La idea es que hubiera una institución para formar a los que serían los líderes naturales, y que se abriera paso la voz natural de los indígenas. Pero que no les manden puros maestros marxistas, porque se acabó la cosa; tienen que ser maestros sin doctrina, pero sí con una conciencia de lo que es ser mexicano, de lo que es la historia de México, de lo que sucede en nuestro país, de sus derechos y sus responsabilidades.
La autonomía de los pueblos indígenas de la que sa habla no me parece que esté justificada ni me parece posible o debida. Como historiador, recuerdo que cuando se preparó la Constitución del 24 -la primera que tuvimos o que tuvo México-, el Padre Mier, a quien yo he estudiado mucho, dio la batalla en favor del centralismo y en contra del federalismo, y la perdió. Pero algo que dijo fue: "Es imposible ponerle a un enano la camisa de un gigante", refiriéndose con el gigante a Los Estados Unidos, por supuesto, y ya en ese tiempo. El federalismo, decía, no hace más que crear republiquillas que van a ser un estorbo, una constante preocupación. No es que yo esté de acuerdo con esa idea, pero desde entonces ya veía el Padre Mier el peligro de unos estados declarados libres y soberanos. Lo que Mier decía en su famoso discurso de las profecías, desde el año de mil ochocientos veintitantos, ahora es un hecho. La República funciona así y no vamos a hacer cambios. Pero hay un centralismo de facto, aunque no de jure. De esto no cabe duda y eso se ha notado aquí.
Por último diré que sí me congratulo de que no hubiera demasiada pasión por parte del gobierno federal para vengarse o imponer una especie de castigo contra los insurrectos. Creo que hubo suficiente comprensión. Ahora, es obvio que el señor Camacho es comisionado del presidente, pero no tiene ninguna representación legal. Eso lo ha repetido Diego Fernández de Cevallos, y tiene razón. Esos acuerdos no van a obligar, digo, no hay obligación legal. Pues eso sería un poco como saltarse la Constitución. Este cargo de representante no existe en la Constitución, no está previsto por ninguna ley. Aunque nada le impide al presidente mandar a un representante.
Al principio, cuando se envió al ejército, creo que realmente no había otra alternativa. Había que mandar al ejército contra aquel otro ejército. Y aunque no censure esa medida, que era necesaria, mi sentimiento posterior fue de una inmensa lástima, porque el ejército fue puesto con toda su fuerza contra un grupo militarmente muy débil -aunque moralmente muy fuerte-. Hay muchas personas que comparten este sentimiento de pena por esa gente, ahora con el ejército encima A pesar de ello, el ejército actuó bien, se defendió. Ahora, ¿qué tanta violencia hubo? Eso no lo sé. La del ejército es gente entrenada. Se ha dicho mucho al respecto. Yo empecé leyendo y ahora ya no leo los artículos: todos dicen lo mismo. Fue un estado de abandono terrible: eso se les veía. Insisto en que es un mito el de que estos indígenas representan a las grandes culturas indígenas. Si las hubo, y estamos viendo sus pirámides, sus maravillosas obras, eso es cosa pasada. Estos grupos están en decadencia histórica, necesariamente. La modernidad les ha pasado por un lado, los ha rebasado y están en una situación de mucha desigualdad. No porque no sean gente capaz, son capaces. Tengo gran admiración por las antiguas culturas indígenas y por lo que aún nos dan, pero no creo que podamos hablar de una cultura indígena viva, sino más bien de restos, polvos de aquella gran cultura. Por eso yo pregunto: qué le pasó a Egipto, qué le pasó a Babilonia, qué le paso a China, a Los hindúes. Fueron grandes culturas, inmensas, y han desaparecido. Las culturas nacen, florecen y se mueren. La idea de la defensa de las estupendas culturas indígenas es una idea falsa.
Se trata, entonces, de una rebelión más en México, como ha habido muchísimas. Claro que ésta es un poco distinta y algo más justificada, porque no es rebelión de poderes, sino una rebelión para vivir. Esta frase sería esencial en mi punto de vista: la lucha de los indios chiapanecos no es contra el Estado mexicano, es contra el estado en que viven.
La prisa de construir una democracia en cinco meses.
Luis Rubio
Chiapas ha expuesto la problemática de la politico mexicana pero no la ha cambiado. En todo caso, el alzamiento en Chiapas ha evidenciado la fragilidad del viejo sistema político y la ha exacerbado. Lo único que Chiapas logró fue sacar a la laz el hecho de que el sistema político ya no empata con las demandas de una sociedad que nada tiene que ver con la realidad de la época en la que (y para la cual) se creó el sistema político tradicional, ni con los requerimientos de una economía que pretende la modernidad y para lo cual ya está inserta en los circuitos internacionales de comercio, tecnología e inversión. Lo que Chiapas no ha hecho es cambiar la realidad mexicana ni ha modificado sus posibilidades objetivas de transforrnación.
El desempate entre las estructuras políticas y la realidad cotidiana no es novedad. El viejo sistema político, en cuyo corazón está el PRI, no fue creado para fomenter la competencia electoral sino para darle forma y organización a una sociedad que, por sí misma, no había desarrollado mecanismos de estabilidad política. El cambio que ha tenido lugar en la sociedad y en la economía en el curso de las décadas ha gestado el desarrollo de partidos políticos alternativos, de una sociedad cada vez más dispuesta a pelear por lo que considera suyo y, sobre todo, más intolerante con lo que para muchos eran (o son) características encomiables del sistema: el abuso, la prepotencia y la corrupción. Todo ello ha hecho que el sistema político pierda legitimidad a pasos agigantados. Esta evolución augura una nueva etapa de desarrollo político para el país, pero no la hace inevitable.
La mexicana es una sociedad que no cuenta con excepcionales antecedentes democráticos. A pesar de algunos modestos, pero pasajeros, respiros de democracia en el siglo XIX y al inicio del presente, nuestra historia -y nuestra realidad social- no constituyen un basamento promisorio para un desarrollo democrático en el corto plazo. Nuestra cultura política es centralista, paternalista, patrimonialista, intolerante y, por todo ello, profundamente antidemocrática. Lo anterior no impide que algún día podamos llamarnos democráticos, pero si garantiza que la democracia no va a materializarse -o a dcsaparecer- el día de las próximas elecciones por el hecho de que éstas sean o no limpias y respetadas. En la historia de la democracia las elecciones son condición necesaria pero no la única, ni siempre la más importante, de las circunstancias que tienen que estar presentes para que ésta sea posible, tales como pesos y contrapcsos, estado de derecho, tolerancia, libertad económica, libertad de expresión, capacidad efectiva de exigir cuentas por parte de los funcionarios gubernamentales, etc. Sin elecciones libres y respetadas la democracia es imposible, pero sin cambios que lleven a una sociedad democrática, las elecciones son insuficientes.
Los cambios económicos de la última década han precipitado las demandas de liberalización política y han exacerbado los conflictos relativos a los procesos electorales. El gobierno actual, el que ha padecido en forma aguda la creciente problemática de legitimidad, se ha abocado con gran tenacidad a construir relaciones y puentes con algunos partidos de oposición, fundamentalmcnte con el PAN, en aras de asegurar un proceso electoral limpio, reconocido y respetado en 1994. De hecho, prácticamente todas las reformas que experimentó la legislación electoral el año pasado fueron precisamente las que el PAN demandaba. En otras palabras, el gobierno hizo todo lo necesario para asegurar que el PAN fuese el factor central de la legitimidad electoral en 1994. Eso no necesariamente habría de reducir las quejas, impugnaciones o manifestaciones del PRD, pero ciertamente les habría restado credibilidad.
Es aquí donde Chiapas ha cambiado el panorama político: los arreglos del año pasado que, para todo fin práctico, dejaron marginado al PRD, ya no son suficientes para asegurar un proceso electoral estable el próximo agosto. La única manera de lograrlo es también asegurando una participación institucional del PRD. De ser exitosa la negociación con el PRD, la escena electoral cambiaría radicalmente, pues sería concebible -aunque no garantizado- un proceso electoral tranquilo que gozara de legitimidad. Las dificultades de esta nueva empresa son extraordinarias sobre todo para el PAN y para el gobiemo por dos razones: primero, porque el PRD, al igual que el PRI, no tiene antecedentes de labor parlamentaria o de lucha política institucional: su cultura política no es la de la democracia. Al igual que el PRI, la historia del PRD es poco proclive a las prácticas democráticas porque en su historia han predominado las prácticas autoritarias y la imposición política. Si bien el gobierno, a veces a regañadientes, ha aprendido a negociar y a buscar arreglos y acomodos con los partidos de la oposición, esto lo ha hecho generalmente contra la voluntad de los principales priistas y fundamentalmente con el PAN, único partido que tiene un proyecto básicamente democrático desde hace decadas. En adición a lo anterior, para lograr el tipo de consenso que la situación política actual reclama sería necesario contar con la predisposición al diálogo (tan to por la parte gubernamental como por parte del PRD) como vehiculo de desarrollo político, condición que brilla por su ausencia.
Si las dificultades formales -reunirse, dialogar, estar dispuesto a llegar a acuerdos y respetarlos- son enormes, las dificultades prácticas son abrumadoras. En este sentido, la segunda razón por la cual será muy dificil llegar al consenso que la situación reclama es, simplemente, que el precio que el PRD va a demandar por parte del gobierno para participar institucionalmente en el proceso bien podría ser prohibitivo. Muchos perredistas siguen peleando las elecciones de 1988 y han considerado que las leyes aprobadas por el Congreso son válidas solamente cuando ellos votaron a favor y no cuando se opusieron, aunque la ley haya sido aprobada por el resto de los partidos. En este contexto, es elevada la probabilidad de que el PRD exija el cielo y las estrellas, al margen de que se reserve el derecho de actuar en la forma que más le convenga luego del proceso electoral de agosto, situación que hará muy dificil cualquier negociación ahora y entonces. La necesidad de diálogo, sin embargo, es mayor que los problcmas inherentes al proceso y por eso ambas partes tienen que llevarlo a cabo.
Lo que Chiapas si ha hecho es abrir una opórtunidad: la posibilidad de que los partidos asuman el momento político y den el primer paso para convertir en estos meses a un sistema político decrépito en una verdadera democracia. Si en lugar de adoptar posturas maximalistas los partidos asumen un compromiso con la sociedad, los ganadores seríamos todos. Hasta ahora, Chiapas ha opacado a algunos partidos y ha dado brios a la agresividad de otros: ninguna de esas respuestas, sin embargo, les ha permitido acrecentar su popularidad. ¿Por qué no mejor intentar el camino institucional que a todos beneficia?
Chiapas y los medios
Raúl
Trejo Delarbre
Nadie ha podido mostrar pruebas de que en Chiapas se produjeron bombardeos contra poblaciones civiles; sin embargo, esa especie corrió con velocidad electrónica dentro y fuera del país. En México se organizaron movilizaciones contra la masacre de indígenas campesinos aunque, por fortuna para todos, ella no llegó a ocurrir. En el extranjero se produjeron protestas naturalmente indignadas pues en los diarios -sobre todo europeos-, en la primera semana de enero se daba de Chiapas una imagen como de Sarajevo en llamas. Pero ni los manifestantes de la Ciudad de México, ni intelectuales como los airados firmantes de protestas (en España incluso destacados profesores de ética no fueron capaces de corroborar sus informaciones antes de protestar por algo que no había sucedido) tomaron en cuenta que las versiones periodísticas de bombardeos se debían al afán de espectacularidad de algunos muy importantes medios de comunicación.
Los medios, tomados por sorpresa, no estaban preparados -nadie lo estaba en México, hay que reconocerlo- ante la crisis de Chiapas. Sin normas profesionales explícitas, pero sobre todo sin exigencias suficientes por parte de los lectores, radioescuchas y televidentes, en algunos de ellos -La Jornada y Televisa han sido los casos más paradigmáticos, pero no los únicos- ofrecieron versiones contradictorias y, por lo general, parciales e incompletas de lo que estaba ocurriendo en la inusitada -al menos plausiblemente breve- guerra chiapaneca
El de los supuestos bombardeos fue el caso más notorio, por la gravedad que implicaba, aunque el manejo noticioso que atendía a versiones parciales, no siempre comprobadas y sometido a la subjetividad, el susto o el interés específico de los informadores, se repitió en coda uno de los días del conflicto en Chiapas, al menos hasta que las negociaciones entre el gobierno y el EZLN llegaron al término de su primera fase. El ataque a una camioneta combi en donde murieron varios pasajeros, fue atribuido al Ejército Mexicano con una notoriedad que no tuvieron las rectificaciones posteriores, que sugieren otras responsabilidades en ese hecho. La ejecución de varios presuntos miembros del EZLN en Ocosingo no fue seguida con tanto detenimiento, en sus posteriores averiguaciones, como la noticia inicial de la muerte de esos combatientes. La historia de Los indígenas tan desprotegidos que se lanzaban a la aventura del todo o nada con sus rifles de madera, dio la pauta para que dentro y sobre todo fuera de México se documentara la desigualdad de la guerra, aunque la versión de que el armamento de juguete había sido en realidad parte de un montaje, desapercibida (Apenas a comienzos de marzo, se conoció la inquietud de varios corresponsales que transmitieron la fotografía de un presunto zapatista caido en Ocosingo, en medio del charco de sangre, junto a uno de los rifles de madera cuando en otro testimonio gráfico, registrado poco antes, la hechiza arma no aparecía: alguien llevó el rifle de madera para colocarlo junto al cadáver y sugerir que la victima había salido a pelear sin más que esa ingenua arma: es más fotografiable un occiso junto al juguete guerrero, que solo con su propia muerte.)
Las notas informativas se volvieron crónicas y las crónicas, artículos de opinión. En sus encabezados intencionados ("En la selva aún no hay tregua" decía algún titular, dando la impresión de que el cese al fuego dispuesto por el gobierno había sido un fracaso) e incluso en sus espacios para las posiciones de la casa editorial ("Los hombres verdaderos", elogió y mitificó la "Rayuela" de La Jornada, como si el resto de los involucrados en el conflicto, o el resto de los mexicanos, no fueran tales) un segmento de la prensa, sobre todo de la Ciudad de México, asumió una postura de abierta simpatía con el EZLN. El hecho de que una prensa tan habitualmente anodina, o allanada a posiciones gubernamentales, adquiriera posiciones así de parciales, da cuenta de una nueva intencionalidad del periodismo mexicano, pero que no necesariamente ocurre en beneficio de la claridad informativa.
No puede afirmarse que nuestra prensa haya salido bien librada de la crisis en Chiapas, por mucho que sus tirajes hayan aumentado y que, en busca de respuestas, los lectores acudieran a ella con un interés sin precedentes. Los ejemplos que mencionamos remiten a la simpatía por el neozapatismo, que no deja de ser una no siempre reflexiva simpatía por las balas y que, desde luego, no es exclusiva de reporteros, comentaristas y órganos de prensa, sino de un sector de la sociedad mexicana. Habría otros ejemplos posibles, de la otra prensa aquella que reaccionó al conflicto con los viejos reflejos, tratando de reproducir sin más investigación las posiciones oficiales y aferrándose, cuando los había, a los boletines y las declaraciones de funcionarios. Sin embargo la sorpresa ante el levantamiento del primero de enero fue tan contundente, que los recursos tradicionales de la propaganda del poder político tardaron en emerger. Por parte del Ejército Mexicano, hubo una lentitud informativa que revelaba desconcierto, o ausencia de decisiones o de convicciones, y que ya no pudo remontar las versiones sobre presuntos excesos de algunos de sus integrantes.
La televisión privada, especialmente el consorcio Televisa, respondió también mal, siempre a su modo, a la emergencia chiapaneca. Después de la sorpresa de los primeros días, cuando aún sin parámetros políticos claros se les dio espacio a los dirigentes neozapatistas que habían ocupado San Cristóbal, se trató de minimizar los alcances del conflicto, insistiendo en que estaba reducido a media docena de municipios. Sin embargo las imágenes de chiapanecos asustados ante las cámaras no eran suficientes para persuadir de que todo estaba bajo control. Porque no era así. Se pudo apreciar la imposición de un estorboso veto, quizá más de autorrestricción que de censura explícita, que además de ocultar las imágenes de los encapuchados omitía el nombre del grupo armado. "Los transgresores", "Los infractores", se comenzó a decir después del 6 ó 7 de enero, acentuándose la desconfianza del público de la televisión y de la mayoría de los medios radiofónicos. Pronto, los concesionarios que así adjetivaban al EZLN rectificaron y cuando incluso el enviado presidencial Manuel Camacho le decía por su nombre a ese grupo, se comprobó que la nación no se desmoronaba si en la radio y la TV se repetía la denominación de Ejército Zapatista.
En toda clase de medios, neozapatistas o proficialistas, se alimentó la versión de un conflicto polarizado en donde había exclusivamente dos bandos, sin que se tomara en cuenta a otros actores de la crisis en Chiapas. Los grupos de desplazados por la guerra no fueron actores en los medios sino hasta casi un mes después de iniciado el conflicto. Las posiciones de la ARIC-Unión de Uniones, que reúne a decenas de miles de campesinos que no rompieron con el EZLN pero que se opusieron a la vía armada, apenas fueron tomadas en cuenta en un par de diarios. Los que nunca perdieron presencia fueron los dirigentes y candidatos presidenciales de los partidos políticos aunque, con pocas excepciones, sus declaraciones se repetían una y otra vez, sin iniciativa ante el conflicto.
Allanados unos a la fascinación por los nuevos zapatistas y sumergidos otros en la tarea de restarle importancia a la rebelión, en los medios mexicanos había poco de dónde escoger. Reporteros embelesados con la críptica personalidad del subcomandante Marcos, que incluso se daba el lujo de discriminarlos y regañarlos, contribuyeron a la mitificación de ese curioso personaje. La publicación de farragosos y reiterados comunicados del subcomandante, cual epistolas neoevangelistas, habitualmente fue presentada sin contexto crítico.
El fenómeno de fabulación presentada como noticia no ha sido, desde luego, únicamente responsabilidad de informadores mexicanos. De él han participado medios de todo el mundo y, sobre todo, ha sido coparticipe un sector de la sociedad mexicana. En la prensa diaria de Italia, por ejemplo, casi no se publicaron fotografías de los acontecimientos en Chiapas pero sí, en cambio, numerosas efigies de Emiliano Zapata, a partir de lo cual no extraña que, en ese tráfico de confusiones, allá surgiera un "partido zapatista" que ya forma parte de la pulverización política italiana. La portada de The Economist, relativa a nuestro conflicto en Chiapas, mostraba a unas vistosas y coloridas chinas poblanas posando para algún turista y en una imagen completamente distante de la guerra, o de la pobreza chiapanecas. El folclore más paternalista se mezcló con un aprovechamiento publicitario del tema Chiapas, en un proceso donde la imagen del EZLN adquiría una extraordinaria fuerza dramática, poco propicia a la confrontación de ideas pero muy compatible con las tendencias mitificadoras. La nobleza de las reivindicaciones sociales llegó a ser confundida con la exaltación de la violencia.
La sociedad mexicana (sociedad civil está de moda llamarle, aunque en la nueva acepción de ese término también hay afán peyorativo) en algunos de sus segmentos ha sido, a la vez, receptora, participe y propulsora de una cultura de la complacencia, mezcla de antiautoritarismo catártico junto con voluntarismo culposo, que alentó y consumió los mensajes apologéticos en torno a la insurrección de Chiapas. Los medios, así, han sido actores pero no han dejado de ser, parcialmente, vehículos de un sentimiento de gusto, denuncia, deslumbramiento y encanto, de algunas áreas de esa sociedad de la que son integrantes.
El balance del desempeño de los medios en Chiapas no puede, claro, limitarse a la revisión de conductas como las que hemos señalado. Hubo una enorme complejidad de reacciones e inflexiones que desbordan a esta pequeña nota. Pero cuando nos preguntamos qué será del actual año político con esos medios hay motivos para temer que, si no existe una mayor exigencia de claridad y profesionalismo -que quizá pudieran ser favorecidos por la creación de códigos de ética o de mecanismos similares en los medios dispuestos a asumir tales compromisos con sus públicos- podemos encontrarnos ante espacios de comunicación que en vez de propagar una cultura democrática, sean nuevos diques para ella.
En Chiapas, importantes e influyentes medios en México buscaron el ángulo novedoso y prefirieron favorecer, beneficiándose, el escándalo ante un conflicto que ya era de por si incendiario. Las elecciones, cuando transcurren con normalidad, de acuerdo con las reglas que existen para ellas, no son noticia en los términos del periodismo sensacionalista. En esos parámetros, no es noticia que el padrón electoral tenga un rigor metodológico inusitado, pero si lo es que se le denuncien imperfecciones, aunque no siempre se acompañen todas las pruebas respectivas. Hay que desear, aunque sea con pesimismo, que los medios mexicanos busquen noticias y no estrépito. Motivos de escándalo, ya hay de por si muchos en nuestra azorada transición política
Y después de Chiapas ¿Qué?
Jaime González Graf
Chiapas se convirtió ya en un símbolo usado con múltiples significados: el de los rezagos del país, el del fracaso de un régimen modernizador, el de la injusticia imperante en el sistema, el del resultado de la arbitrariedad impune de un conjunto de gobiemos estatales.
Tal diversidad de significados es inconveniente. Hay que sintetizar lo acontecido en un significado unívoco, inequivoco. Sólo así acertaremos a saber qué hacer después de Chiapas.
Y por cierto, en el fenómeno que nos ocupa, ni siquiera se trata de Chiapas en su conjunto, se trata de "Los Altos de Chiapas y la selva Lacandona"", dos regiones del Estado con continuidad geográfica pero con enormes discontinuidades étnicas, sociales, económicas y políticas, que ocupan no más de la cuarta parte de la entidad federativa que dio su nombre al símbolo.
A la búspueda de un significado.
Desde mi punto de vista la explicación de Chiapas se encuentra en la siguiente secuencia de fenómenos y acontecimientos.
Estructuralmente hablando: Quinientos años de dominación colonial en la región, lo que implica la ausencia de la Revolución Mexicana en la zona del estado de Chiapas que nos ocupa; veinticinco años de transformación estructural de ese espacio selvático y montañoso bajo el impulso de la absurda ganaderización del trópico; cinco años de tragedia económica por la caida de los precios internacionales del café y la irracional desaparición del organismo público que podría haber solventado la miseria consecuente; tres años de desastre productivo como consecuencia de la antiinflacionaria apertura de la frontera a la importación de carne.
Socialmente hablando: Un conjunto de grupos étnicos de origen mayal -zeltales, tzotziles, choles y tojolabales-, secularmente agredidos, marginados y discriminados, que bajo el impulso del cambio estructural de los últimos veinticinco años, emigraron y se refugiaron en las barrancas de Ocosingo, profundizando su situación discriminada; una diferencia notable con otros grupos indígenas de origen étnico distinto -los chamulas, especialmente- y mucho más notable con los grupos mestizos y criollos que ocupan los espacios urbanos y la estructura productiva que articula la explotación de los indígenas de economía de autoconsumo e infrasubsistencia, por la economía de mercado que los expolia de sus raquíticos recursos.
Politicamente hablando: Persistencia de la estructura de poder basada en la propiedad o el usufructo de la tierra, y que se caracteriza por el caciquismo; el cual encuentra como rivales permanentes a las comunidades indígenas que se resisten a ese tipo de dominación y a las estructuras económicas de mercado que paulatinamente se modernizan. Es una situación de lucha de clases en la cual los criollos y los mestizos se alían coyuntural y estratégicamente para la mejor explotación de las comunidades indígenas.
Culturalmente hablando: Un conjunto de comunidades diversas que conservan distintas estructuras lingüísticas, organizativas y productivas, características de la época precolombina, espacio de evangelización y conquista.
Ideológicamente hablando: Una zona descubierta por grupos apostólicos eclesiásticos en su situación arcaica; situación de naturaleza tal, que resulta con características similares a las que prevalecían en muchas otras regiones del país, no sólo previamente a la Revolución Mexicana, sino incluso previamente a la Guerra de Reforma. Grupos de compromiso religioso que abrevaron en las enseñanzas básicas del Concilio Vaticano II -que Juan Pablo II ha revertido casi por completo-, y en el espíritu teóricamente marxista de la Teología de la Liberación latinoamericana; grupos que tienen su mayor competencia en las iglesias y las sectas protestantes y en los predicadores laicos de los principios de la Revolución Mexi-cana a través de los programas gubernamentales, y en los inefables antropólogos de todo el uníverso; todos esos que necesariamente tuvieron que dejar su grano de arena de influencia cultural en Chiapas, para obtener al menos el respeto minimo para su profesionalidad. Una combinación extraña, peligrosa y fomentadora del odio, para los procesos de toma de conciencia de su situación por parte de esas comunidades étnicas mayales perseguidas, marginadas y discriminadas.
Coyunturalmente hablando: Un levantamiento que pareciera haber tomado por sorpresa al Ejército el primero de enero, cuando desde hace por lo menos diez años había una frontera entre dos territorios, el pacífico de Chiapas y el guerrillero; y cuando el año pasado en ese territorio guerrillero había habido enfrentamientos cruentos que hablaban de que tanto el Ejército como la autoridad civil tenían información plena de lo que estaba sucediendo. Sospechoso que haya sido tomado por sorpresa el Ejército en estas condiciones, lo que nos lleva a recordar el carácter conspiratorio por naturaleza, de un sistema político construido para una difícil y últimamente irrealizable conciliación, de los múltiples intereses de la clase política priista, dentro de la caja negra que inútilmente ha querido continuar cerrada a la sociedad civil, que siempre se creyó con derecho al monopolio del poder, y que se llama el Partido Revolucionario Institutional.
Significado: "Los Altos de Chiapas y la selva Lacandona" son el último reducto de la persistencia del viejo régimen, previo a una Revolución Mexicana que se fue dando lentamente región por región, que avanzó paulatina e inexorablemente, pero que en 77 años no fue capaz de cumplir plenamente las principales de sus ofertas políticas: la reforma agraria, la modernización productiva, la democracia.
En Chiapas se está llevando a cabo la última etapa de la Revolución, en el último y más recóndito e inhóspito rincón de la patria, que es el espacio étnicamente precolombino de las barrancas de Ocosingo, lugar de refugio de los más injustamente discriminados mexicanos.
Y después de Chiapas, ¿qué?
Primero: Terminar de una vez y para siempre la Revolución Mexicana. Culminar la reforma agraria en el último de los espacios a los que nunca llegó, concediéndole a los mayales ¡la restitución de las tierras comunales! (la década de los años veinte) que les han sido usurpadas por los modernos conquistadores ganaderos y forestales; liquidar en su último reducto al caciquismo, aplicándole la ley y por lo tanto haciendo justicia; instaurar en la región instituciones republicanas; modernizar el último reducto precolombino. Y hacer todo esto con un profundo respeto a la dignidad de los mayales, tan secularmente agredidos, marginados y discriminados, para que escojan el camino que les sea más conveniente para su incorporación en la vida nacional, con tanta o más conciencia que la que tuvieron para plantear su reclamo con las armas.
Segundo: terminar de una vez para siempre con el régimen autoritario de la Revolución Mexicana. Con ese presidencialismo formal e informal, que estableció sus relaciones con la sociedad sobre la base de una tutelaridad paternalista, de un patrimonialismo estatista, de una sobrerregulación de la vida nacional desde el poder del Estado, sobre la base de las condiciones propias de una economía cerrada. Aprovechar que las relaciones entre el presidencialismo y la sociedad mexicana, hoy, han adquirido características de liberalización, privatización y desregulación. Culminar un proceso en el cual el autoritarismo era el articulador del paternalismo, el patrimonialismo, el estatismo y la cerrazón frente al exterior, para que sea la democracia el articulador de un sistema liberal, privatista, desregulado y abierto al exterior.
Chiapas y los imperativos de la economía política.
Jesús Reyes Heroles G.G.
Terminó la incógnita: ahora sabemos que la reforma política no puede continuar subordinándose a la económica y, por esa vía, posponiéndose indefinidamente. No modificar con rapidez el sistema político mexicano y no recuperar el tiempo perdido en ese aspecto pondrían en riesgo los múltiples logros en materia económica.
Lo que se necesita es que la dirigencia política del país formule e instrumente la estrategia económica de corto plazo (1994) de frente a la situación política nacional, no ignorándola. En ese sentido, destaca la pérdida de prudencia de las autoridades económicas, que ahora proclaman una recuperación que sólo ellas ven, festinan una reducción de las tasas de interés que muchos consideran excesiva e insostenible, soslayan los inevitables daños que la velocidad de la apertura comercial está infligiendo a la planta productiva, y recurren a expedientes que no ofrecen soluciones reales, como "reestructurar" carteras vencidas. Lo que están logrando con ese proceder es perder la credibilidad que se ganaron con tanto esfuerzo. Humildad, cautela y veracidad es lo que se necesita.
La problemática se acentúa cuando se percibe cierta impotencia para impulsar una recuperación económica. Parecería como si las habilidades necesarias para estabilizar y deflacionar, no coinciden con las necesarias para reactivar y crecer.
En segundo término, se requiere formular la política económica de la próxima administración (1995-2000) en términos de un esencial e indisoluble de un programa politico-económico-social integral. La exigencia de democratización del país tiene más ámbitos que el electoral: separación real de poderes, reforma del Poder Judicial, dar sustento económico y político al federalismo, entre otros. Este último tiene repercusiones económicas muy amplias. Para imaginarlas, pensemos por ejemplo en lo que sucedería si en un periodo de tres o cuatro años la participación de los estados y municiplos en la recaudación coordinada con el Gobierno Federal aumentara, del 15-16% actual a, digamos, 50%. El poder económico que eso daría a los gobiernos estatales y municipales, juntao con la responsabilidad que conlleva ejercer el gasto correspondiente, representaría una extraordinaria transformación político-económica.
Una visión similar ha sido sostenida por algunos candidatos a la Presidencia, en especial por Luis Donaldo Colosio. Lo increíble es que, hasta ahora, ese propósito del candidato del PRI no ha sido interpretado en toda su dimensión, como el gozne central de su programa de gobierno, ya que funde sus aspectos políticos, económicos y sociales en un todo orgánico.
Es evidente que los elementos de la política económica de la próxima administración son muchos más, en particular aquellos que respondan a la necesidad de crecer, crear empleos y lograr una estrategia efectiva de combate a la pobreza.
El tercer aspecto que será decisivo al configurar la transición entre Chiapas y las elecciones es la capacidad para construir anticipadamente la credibilidad de las elecciones. Es evidente que dicha credibilidad dependerá en grado sustancial del proceso electoral ese día. Sin embargo, dada la posición maximalista de algunos sectores, parecería como si los mexicanos nos encontráramos atrapados: no importa qué se haga para depurar el sistema y tener elecciones limpias o a qué acuerdo se llegue, éstas serán impugnadas si gana el PRI. Es indispensable denunciar con insistencia las acciones para boicotear de esa manera las próximas elecciones, a fin de que la sociedad mexicana en su conjunto desactive ese complot. A pesar del costo moral que representan, en caso de aceptarse observadores internacionales debería exigirseles su presencia periódica en México desde ahora, para que analicen el sistema electoral, evalúen las campañas y, sobre todo, conozcan y dimensionen el complot contra la credibilidad de las elecciones.
Si bien ese complot se impulsa desde fuera del PRI, hay quienes lo alimentan desde dentro de ese partido, por ejemplo al sostener que de celebrarse la elección hoy Colosio obtendría del orden de 60% del voto (el porcentaje correcto sería del orden de 40%, sin considerar indecisos).
Por último, atención especial merece el factor externo.
Paradójicamente, haste ahora los extranjeros han estado más optimistas acerca del futuro económico de México, sobre todo en el corto plazo (1994), que los nacionales. Entre otros, esto responde a dos factores. Por una parte, la "cercanía" de los mexicanos con la recesión, la falta de empleo y las diversas ramificaciones de la situación política: Chiapas, Manuel Camacho, la debilidad de Colosio, un PRD impugnador, un gobierno sorprendido, etc. Por otra parte, los inversionistas extranjeros están operando en un plan de abundancia relativa de fondos para canalizar a "mercados emergentes", de los cuales México es un destino privilegiado. Dichos fondos, que abandonan Europa y, sobre todo, algunos mercados denominados "tigres" de Asia, se desparraman por América del Norte, tocándole una parte a México.
Lo importante es que la opinión de esos "agentes" acerca del futuro inmediato y mediato de México, en lo económico, lo político y lo social, será determinante para configurar precisamente ese futuro. En 1993 el saldo de sus inversiones financieras en nuestro país superaron los 75 mil millones de dólares (mmd), esto es, del orden de 21.6% del PIB (un año antes representaron 12.9%); el país necesita que ese monto aumente aproximadamente 10 mmd al año. Además, de esos recursos, el flujo anual de inversión extranjera directa que se requiere para financiar el déficit de la cuenta corriente es del orden de 7-8 mmd; por último, nuestro sector extemo demanda que esos "agentes" estén dispuestos a conceder crédito adicional a deudores mexicanos (de los sectores público y privado) por aproximadamente 8 mmd al año. En esas condiciones, la manera como se resuelva la etapa después de Chiapas y antes de las elecciones depende crucialmente de la capacidad del país para infommar y orientar con veracidad a los "agentes" extemos, para que distingan el corto del mediano plaza, no olviden las oportunidades de inversión producto del TLC, entiendan los alcances reales del problema de la credibilidad de las elecciones, y definan su relación con México como un proyecto de largo plazo.
La economía política regresó por sus fueros. Se rompió la campana de Gauss: ya no se puede negar la unicidad de la acción pública en lo económico, lo político y lo social.
En busca de la utopía.
Sergio
Sarmiento.
Apenas en 1992 Joan Manuel Serrat se quejaba del fin del sueño milenarista del socialismo: "Sin utopía -cantaba- la vida es sólo un prolongado ensayo para la muerte".
Pero en México, al comenzar 1994, la utopia bajó de la selva lacandona y se enseñoreó de Los Altos de Chiapas. El grito de "basta" pronunciado por un grupo de indígenas cansados de pobreza, de discriminación y de dictadura se escuchó no solamente en ese estado sino en todo México y en buena parte del mundo.
Esta es, por lo menos, la versión de los románticos. Otros, los escépticos, nos hablan de un alzamiento cuidadosamente orquestado por cuadros profesionales que recurrieron a los indios como carne de cañón. Marxistas, teólogos de la liberación, guerrilleros centroamericanos, senderistas peruanos, perredistas en busca de ganancias electorales, priistas desencantados con el neoliberalismo, la CIA: virtualmente a todo el mundo se le ha echado la culpa, en un momento u otro, de la "conspiración".
La realidad del origen del alzamiento bien puede estar en un punto intermedio entre estas dos explicaciones extremas. O quizá sea todavía más extravagante de lo que imaginamos. De lo que no cabe ninguna duda es que la breve guerra del Ejército Zapatista de Liberación National contra el Estado mexicano ha cambiado de manera radical la realidad política de nuestro país.
Nuestros gobernantes afirman ser, muy dentro de su corazón, entusiastas demócratas. Es dificil saber si esto es verdad (al no ser uno cardiólogo). De lo que no cabe ninguna duda es que la rebelión en Chiapas ha obligado al gobierno a tomar una serie de medidas políticas que dificilmente habría asumido de otra manera.
Sin Chiapas, no puede olvidarse, la organización de las elecciones del próximo 21 de agosto habría quedado bajo la jurisdicción última de Patrocinio González Blanco Garrido; hoy la responsabilidad le compete a Jorge Carpizo McGregor, y la diferencia es grande. La búsqueda de un acuerdo político global entre los partidos, con la consecuente modificación de algunas de las reglas electorates, es otra decisión que tiene sus raices en la rebelión. La aceptación de observadores internacionales en el proceso electoral, algo que hasta hace poco se antojaba imposible, debe considerarse también como una victoria polítia de los neozapatistas.
La rebelión en Chiapas cambió la actitud del sistema político ante el proceso electoral. Los propios funcionarios de la campaña priista reconocen que, en 1994, es más importante convencer que vencer organizar un proceso que refleje limpieza antes que llevarse al bolsillo un triunfo contundente. Es un simple asunto de legitimidad. Un gobierno no puede cuestionar la representatividad de un grupo guerrillero, argumentando que éste no ha side electo popularmente, si las elecciones que dieron lugar a su propio mandato estuvieron marcadas por la duda (y si las boletas electorates de ese proceso, único testigo real de la parte crucial del proceso, fueron quemadas).
En otros tiempos los pensadores políticos del sistema podían argumentar que, en una ética de fines últimos, era razonable desconocer los triunfos de la oposición para conservar la estabilidad del país; en otras palabras, el fin justifica los medios. Hoy, sin embargo, la estabilidad se ve más amenazada por la falta de transparencia en los procesos electorales que por el triunfo del más radical de los candidatos de oposición.
La limpieza electoral, por supuesto, no garantizará la futura prosperidad o la estabilidad del país: "Descreo de la democracia -decía el escéptico pero brillante Jorge Luis Borges-, ese curioso abuso de la estadistica". Pero sin un sistema aceptado por todos para definir periódicamente el rumbo de la sociedad, el a la fuerza para resolver agravios justos o imaginarios se vuelve inevitable. Ante la duda electoral, los neozapatistas sentados en la mesa de negociación asumen la misma legitimidad, o incluso mayor, que el comisionado designado por un gobierno sin sustento legal. Winston Churchill bien decía "La democracia es el peor de los sistemas políticos... excepto por todos los demás"
Pero si la rebelión zapatista ha tenido una influencia saludable en las res política nacional al servir de catalizador a un esfuerzo por legitimar el proceso electoral, su influjo en otros aspectos de la vida pública mexicana puéde terminar siendo absolutamente negativo.
El alzamiento, por ejemplo, ha vuelto a encender la presión política en contra de una de las reformas más importantes del régimen salinista: la de la tenencia de la tierra. Las consignas neozapatistas, tomadas del más puro romanticismo de las más cruel demagogia, pretenden continuar con el sueño de que la partición y repartición de tierra generará de alguna forma un milagro en el campo mexicano y lo volverá próspero. Esta postura no para mientes en el fracaso de 75 años de reforma agrana y en las actuales realidades de la producción agricola en el mundo.
Es una solución tomada, se nos dice, del ideario de Emiliano Zapata, pero que surgió en otras circunstancias. En 1910 menos de 850 familias controlaban el 97% del territorio nacional: la refomma agrana tenía sentido y urgencia. Hoy los ejidos y comunidades agranas representan el 62% del territorio y las granjas privadas el 36% (el resto es propiedad gubemamental y zonas urbanas). Esto no significa que no haya latifundios en México, sino simplemente que la repartición de los que pueda haber no resolverá la pobreza extrema de nuestros 5.5 millones de campesinos. Si en 1910 se hubiera repartido el territorio de Chiapas entre todos sus habitantes, cada uno habría recibido 16 hectáreas. Hoy el reparto entregaria solamente 2.3 hectáreas a cada uno, incluyendo zonas absolutamente impropias para la agricultura.
Hay otro gran problema surgido de la robelión neozapatista, y es haber sentado el precedente que los agravios de la sociedad sólo pueden resolverse por la violencia. Las peticiones del EZLN pueden haber sido justas o injustas, pero eran añejas y lo cierto es que el gobiemo sólo se apresuró a cumplirlas cuando la rebelión estalló. México, sin embargo, es un país lleno de agravios, y si se establece el procedimiento de que éstos sólo serán considerados tras alzamientos armados (o manifestaciones y bloqueos de carreteras) se sientan los cimientos de conflictos violentos e interminables.
La única razón por la que podemos esperar que el circulo de la violencia no se repita es la aparente convicción actual del sistema político de que el tránsito a una verdadera democracia es inevitable. La democracia no construirá la utopía en nuestro país, pero cuando menus abrirá cauces pacíficos para resolver agravios. El único gran peligro es que, en algún momento entre Chiapas y el 21 de agosto, a algún pensador del sistema se le ocurra que, para bien de la estabilidad del país, es menester maquillar, aun cuando sólo sea un poco, los resultados del proceso electoral