Enciclopedia Latinoamericana
Universidad de
Cambridge
Callier, Simón y Blackeman, Harold Ed.
Circulo-Debate. Madrid 1985
Actuales perfiles étnicos y
supervivencia amerindia.
La supervivencia de los primitivos habitantes de lo que ha llegado a convertirse en América Latina puede calibrarse evaluando la vitalidad de sus culturas tradicionales. Los rasgos clave de las culturas amerindias son, por supuesto, sus lenguas, de las que se han descubierto más de 1,650 diferentes. Esta multiplicidad de lenguas permite afirmar con bastante seguridad que los conquistadores españoles y portugueses del Nuevo Mundo no penetraron en una cultura homogénea sino en numerosas formas de vida distintas y de que, de hecho, se encontraron con numerosos tipos étnicos de una misma raza mongoloide actualmente conocida como "india". Tanto en los modernos censos nacionales de los países de America Latina como en las descripciones detalladas de sociedades tribales y campesinas dentro de sus países, se han buscado pruebas de la persistencia de esta población aborigen. Los encargados de realizar los censos nacionales han intentado diferenciar entre los miembros de la población utilizando como criterio su aspecto físico y las lenguas que habitualmente hablan. Pero los problemas derivados de este enfoque son evidentes: por ejemplo, los juicios relativos al color de la piel del encuestado pueden ser subjetivos, arbitrarios o no tener la menor relación con la supervivencia de su cultura; por otro lado, mientras que el hecho de hablar un idioma indigena puede ser prueba de la persistencia de otros aspectos de la cultura correspondiente, la adopción del idioma español o portugués por un amerindio puro no implica necesariamente que haya adoptado una forma Ibérica de vida. Las evidencias lingüísticas más útiles son las procedentes de centros nacionales que han sido capaces de diferenciar entre quienes hablaban alguna lengua indigena y nada de español o portugués-lo que se podría llamar el "núcleo" de la supervivencia amerindia-y los amerindios bilingües que hablaban tanto un idioma indígena como otro ibérico, es decir, los que habían dado el primer paso hacia el alejamiento de una cultura puramente nativa.
En México, Perú y Ecuador se fue un poco más lejos y se realizaron intentos por diferenciar la población sobre la base de su cultura material. Por ejemplo, a todos los encuestados se les preguntó si comían pan de maíz-una característica amerindia-o pan de trigo-un rasgo europeo-. Las respuestas parecían indicar que las pautas culturales nativas han seguido estando mucho más extendidas de lo que podría hacernos suponer un recuento puramente lingüístico. No obstante, incluso este método de investigación aparentemente mucho más profundo y concienzudo sigue planteando dudas e interrogantes: por ejemplo, los campesinos que responden a un censo son tan capaces como el propio encuestador de percibir las diferencias de estatus que se pueden hacer entre los que afirman llevar sandalias (amerindios) y los que afirman llevar zapatos (europeos), así como de ofrecer respuestas que se adecúen a sus propias aspiraciones sociales. Así, incluso los sondeos más refinados en las profundidades culturales de una población pueden estar condenados a infravalorar los valores y normas que ésta realmente mantiene. Sin embargo, el fraternal estado de ánimo de la América Latina poscolonial ha contribuido a que se tienda a hacer caso omiso de las distinciones de estatus y étnicas; a pesar de la realidad de una represión frecuente desde un punto de vista ideológico, a los gobiernos les resulta cada vez menos conveniente diferenciar entre sus ciudadanos, lo que no ayuda a los analistas a evaluar cuál va a ser el probable destino futuro de las poblaciones aborígenes del continente. En todos los textos y escritos acerca de este problema se encuentran dos proposiciones distintas: algunos afirman que todos los indígenas perderán lentamente su identidad bajo el peso de los emigrantes y de sus culturas extrañas; otros afirman que los amerindios son el sector que más rápidamente crece en la población de más rápido crecimiento del mundo entero. ¿Quién tiene la razón?
Antecedentes históricos
Cualquier evaluacion acerca de la actual importancia del elemento amerindio en América Latina puede tomar como punto de partida las poblaciones nativas antes del descubrimiento y colonización del continente por españoles y portugueses. Dichas poblaciones no se encontraban regularmente repartidas, sino que se concentraban en y en torno a dos grandes imperios agrícolas, en lo que hoy es México y Perú, con pequeños grupos en las selvas centrales de la cuenca del Amazonas y en las sabanas de lo que es actualmente Argentina en el sur y las Guayanas en el norte. El impacto de la conquista militar reduciría drásticamente estas cifras, debido no tanto a las matanzas deliberadas como a la adquisición por parte de los amerindios de enfermedades endémicas traídas por los europeos y para las que carecían de cualquier tipo de inmunidad hereditaria. Hacia el siglo XVII las poblaciones aborígenes habían empezado a recuperarse, pero para entonces tuvieron que enfrentarse con oleadas sucesivas de emigrantes procedentes de dos continentes: europeos en búsqueda de tierras en las que instalarse, y africanos traidos como esclavos. Una vez más, la dispersión demográfica de estos recién llegados fue desigual: durante tres siglos, los africanos asumirían el papel de jornaleros en las islas y en las áreas costeras del Caribe y en el noreste del Brasil, mientras que los europeos se asentaron en las zonas agrícolas y valles ganaderos más favorables y accesibles, ampliando y aumentando sus propiedades de tierras arables o de pastos según iban presentándoseles aportunidades. La supervivencia física de los amerindios durante este periodo de colonización dependió, en parte, de su capacidad de competir con la mano de obra africana en las castas tropicales y, en parte, de su decisión de conservar las tierras en las que tradicionalmente habían vivido. Es evidente que, en el caso de los nativos de las Antillas, se produjo una catástrofe demográfica de carácter inmediato y casi total; antes de que se pacificara México, la mayor isla del Caribe, lo que es actualmente Cuba, estaba prácticamente despoblada, y aún hoy en día se cree que en todas las Antillas no se encuentran más de 800 amerindios. De forma similar, en las extensas llanuras de la región del Río de la Plata los amerindios y sus descendientes, los gauchos, lucharon contra la invasión de ganaderos y pastores inmigrantes hasta bien avanzado el siglo XIX, pero en general se vieron derrotados o reabsorbidos. Por el contrario, en los inhóspitos desiertos y cadenas montañosas del norte de México sobrevivieron y lograron mantener sus formas tradicionales de vida pueblos como los yaqui y los tarahumara, y lo mismo hicieron pueblos como los araucanos en las abruptas montañas y densos bosques de Chile. Pero las poblaciones que mejor han logrado mantener su continuidad étnica y cultural con sus antepasados aztecas e incas han sido las de los grandes corazones de la civilización amerindia, fundamentalmente los indígenas que hablan náhuatl y maya en México y Guatemala y los indígenas que hablan quechua y aymará en Perú, Bolivia y Ecuador. La importancia de su número ha tenido mucho que ver con la persistencia a lo largo del tiempo de estos dos agrupamientos clásicos, el primero asentado sobre el istmo de América Central y el otro sobre las cadenas montañosas de la América del Sur occidental. La pronta protección concedida a los indígenas por la Iglesia Católica Romana puede haber sido suficiente para ayudar a los supervivientes durante el difícil período inmediatamente después de la conquista. A partir de ahí, la paternalista Corona española intentó mitigar los efectos del subyugamiento de las poblaciones indígenas encomendando sus almas indias al cuidado de los terratenientes españoles y nombrando gobernadores locales con instrucciones específicas para proteger a los nativos y promover su bienestar Desgraciadamente, esos encomenderos y corregidores de indios españoles mostraron más entusiasmo en enriquecerse que en justificar esa custodia. Además, vivían entre los propios indígenas, y los descendientes de ambos grupos han permanecido juntos desde entonces; de esta estrecha asociación entre europeos y amerindios a lo largo de cuatro siglos ha surgido el latinoamericano clásico de hoy en día. En tiempos más modernos, la actitud favorable y los estímulos prestados por organismos de determinados gobiernos nacionales han facilitado una resurrección del autorrespeto y del orgullo por sus propias peculiaridades en los actuales representantes de esas grandes tradiciones culturales. Las poblaciones de América Latina de hoy en día están creciendo prácticamente al mismo ritmo, habiéndose observado la existencia de una correlación entre las menores tasas de crecimiento, por ejemplo, de entre el 1,5 y el 2,2 por ciento, y las pequeñas concentraciones de amerindios, como ocurre en Argentina y Chile; mientras que la mayoría de los países de América Latina presenta unas tasas de crecimiento mucho más altas, de entre el 2,4 y el 3,5 por ciento, sobre todo los que cuentan con grandes concentraciones de amerindios, como Bolivia, Ecuador, Guatemala, México y Peru. Este razonamiento ha llevado a algunos autores a sugerir que la explosión demográfica en la parte latinoamericana del continente está siendo actualmente encabezada por los "pieles rojas", que eran los únicos habitantes de la región antes de que llegaran a ella los blancos y los negros. Si aceptamos esta tesis de un aumento de población encabezado por los amerindios, cabe afirmar que en el momento actual existe una dinámica población india de más de 23 millones en la parte de habla hispana del continente. El gráfico muestra las proporciones de amerindios que viven en cada país, y sus segmentos se basan en cifras proyectadas hasta 1980 sobre la base de las más recientes tasas de crecimiento de cada país. En este gráfico existen sin embargo dos omisiones significativas: los 150,000 y 16,000 amerindios que se calculan para Brasil y las Guayanas respectivamente. Parece ser que el grado de cohesión de los nativos en estos países está disminuyendo, por lo que el gráfico se limita a los países de habla hispana.
Perfiles étnicos
En América Latina, el poderoso argumento de 23 millones de amerindios reconocidos sirve para demostrar la supervivencia de indígenas, pero también la existencia de cuatro siglos de mezcla de razas. Resulta etnocéntrico, o al menos anacrónico, creer que los descendientes de uniones entre europeos y miembros de otras razas se identificaran siempre con los primeros. Dando por sentado que el descendiente de padres de razas distintas se sienta perteneciente a ambas, ¿cuál es el alcance de este factor en lo que se refiere a los amerindios? ¿Cuál es la proporción de personas de origen étnico mixto, conocidas generalmente como mestizos, en las modernas poblaciones de América Latina? ¿Resulta en algún sentido signif¦cativa? Al llegar aquí, conviene resaltar que el término "mestizo" tiene un carácter únicamente analítico; es muy poco corriente que una persona se describa como tal; no obstante, en el debate acerca de la supervivencia india el de mestizaje es importante para poder calibrar también el grado de supervivencia parcial. En la historia de la transmisión de la cultura india, el mestizo es algo así como un testigo mudo. Si estudiamos sucesivamente cada una de las áreas geográficas de América Latina, podremos discernir los distintos perfiles étnicos del continente. El Río de la Plata, Argentina, con una población de más de 30 millones de habitantes, cuenta con solo 175,000 "indios", aunque se ha calculado que hasta un 20 por ciento de éstos descienden de una mezcla de europeos y amerindios, En las primeras inmigraciones el número de varones superó fuertemente al de hembras, y los colonizadores que conquistaron las pampas despojaron también a los indios de sus mujeres, pero entre ambos grupos dieron origen a buena parte de los gauchos que viven actualmente en las pampas. De los 3 millones de paraguayos, 113,000 son amerindios, y una elevada proporción del resto, mestizos. De hecho, los habitantes de Paraguay parecen confirmar las predicciones de algunos sabios latinoamericanos en el sentido de que en esos países está surgiendo una nueva "raza cósmica": buena parte de la población sigue hablando el guaraní, e incluso el español se habla con acento guaraní. Uruguay, con una población de poco más de 3 millones, es "el país más blanco de América Latina", con sólo un 5 por ciento de mestizos; hay también 58,000 negros y mulatos.
De los países andinos, la proporción más elevada de amerindios vive en Bolivia: 3,640,000 en una población total de unos 6 millones; probablemente un 32 por ciento de los bolivianos son de origen étnico mixto, con sólo pequeños vestigios de sangre africana. Perú cuenta también con una elevada proporción de amerindios: 8,329,000 de un total de 18.5 millones. En los países andinos a los ciudadanos de origen étnico mixto se les suele conocer como cholos, chelitos o montubios, aunque esos términos pueden ocasionalmente designar también a los indios que viven en las ciudades y que en Perú representan quizas un 42 por ciento de la población total. En Ecuador, los censos no han logrado diferenciar convincentemente entre amerindios y mestizos, pero existe el acuerdo general de que se trata de una de las naciones más "cósmicas", en la que las personas de ascendencia europea y africana directa representan como mucho el 20 por ciento de una población total de 8 millones. Colombia cuenta con unos 400,000 amerindios en una población total de casi 28 millones, que se calcula que es en su mitad mestiza, con una quinta parte directamente descendiente de europeos y una cuarta parte directamente descendiente de africanos. Chile es el país de toda la región andina con menor número de amerindios, 370,000, y un número insignificante de ciudadanos de ascendencia africana, pero se calcula que el 70 por ciento de sus 12,3 millones de habitantes es de origen mixto europeo y amerindio.
El gigante de América del Sur es, en todos los sentidos, Brasil. Casi la mitad de sus 123 millones de habitantes lleva algo de sangre africana en las venas. En lo que se refiere al número de amerindios, las fuentes oficiales ofrecen cifras vagas y que oscilan enormemente: entre 45,000 y 1,2 millones (siendo la más extendida la cifra de 150,000). Los tupí, que vivían a orillas del Amazonas, se han visto diezmados, y otras tribus de la zona han sido expulsadas de ella por los europeos, mientras que los "cintas largas" del Mato Grosso se han visto prácticamente exterminados por las enfermedades infecciosas. Paradójicamente, desde la independencia de Portugal los descendientes de uniones entre portugueses y amerindios, los llamados caboclos, han conservado un lugar de honor en la imaginación romántica de algunos brasileños.
Venezuela se encuentra en la costa norte de América del Sur y su población es el resultado de la triple fusión de sus tribus indígenas con aventureros españoles y esclavos africanos, habiéndose sumado a lo largo de este siglo un elevado numero de europeos atraidos por el descubrimiento de petróleo. En consecuencia, de una población total de unos 15 millones, una de cada seis personas ha nacido en el extranjero, por lo que un 20 por ciento de sus habitantes son blancos, un 8 por ciento negros, un 70 por ciento mestizos y solo un 2 por ciento amerindios. Las tres antiguas Guayanas (que incluyen actualmente Guyana y Surinam) cuentan con poblaciones relativamente reducidas, cuyos elementos amerindios se están viendo culturalmente absorbidos por los grupos étnicos de ascendencia asiática y africana que les rodean; de manera que, desde el punto de vista étnico, estos países tienen más en común con islas de las Antillas como Jamaica (2 millones) y Trinidad (1,3 millones), que contienen ambas un importante número de asiáticos. Aparte de Cuba (con una población total de 10 millones, tres cuartas partes de los cuales son de ascendencia europea, habiendo reabsorbido desde hace mucho tiempo a los supervivientes indígenas de la conquista española), y de Bermudas (con un 40 por ciento de elementos europeos), en la mayoría de los casos las islas de Las Antillas cuentan con poblaciones pequeñas y predominantemente negras, de apenas decenas o cientos de miles; así, el 82 por ciento de Las Bahamas de habla inglesa es de ascendencia africana; lo mismo ocurre con el 84 por ciento de los habitantes de la República Dominicana (de habla española), con el 90 y el 92 por ciento de los habitantes de Barbados y Jamaica respectivamente (de habla inglesa) y con prácticamente el 100 p0r ciento de los haitianos (de habla francesa).
Belice, situado en América Central, se ha visto frecuentemente asociado con Las Antillas debido a la elevada proporción de africanos y a la pequeña proporción de europeos entre sus 140,000 habitantes; sin embargo, persisten en Belice importantes grupos indígenas, de hasta quizá 8,000 caribeños negros y 23.000 mayas con sus lenguajes propios y diferenciados. De los siete países restantes de América Central, cuatro poseen costas en el Caribe y en el pasado sus llanuras costeras han albergado a numerosos descendientes de africanos que trabajaban en las plantaciones de bananas; de ahí que su número sea bastante significativo en Honduras, Nicaragua y Panamá, aunque los de Costa Rica se han visto reabsorbidos por la población general. Aparte de unos 14,000 amerindios, prácticamente toda la población de Costa Rica es blanca. Honduras, Nicaragua y Panamá son los países que cuentan con mayores núcleos amerindios, 202,000, 71,000 y 114,000 respectivamente, rodeados por una población mestiza que entre las tres naciones apenas suma los 9 millones de habitantes.
Los restantes países de América Latina no miran al Caribe o cuentan con grandes poblaciones indígenes, o ambas cosas a la vez. La presencia amerindia sigue siendo dominante. El Salvador cuenta con 190,000 indios y casi 5 millones de mestizos; en Guatemala viven 2,5 millones de amerindios, y en México más de 6 millones.