Lambert, Jacques.
"Las fuerzas políticas
y los partidos" en: América Latina.
Editorial
Ariel, Barcelona, 1975
La supervivencia de las fuerzas políticas
prenacionales en la época contemporanea
y los partidos políticos tradicionales
A título de excepción, pueden reaparecer formas degradadas de caudillismo en algunos pequeños países cuyos ejércitos, compuestos de varios millares de hombres, parecen más, en realidad, unos cuerpos de policía, que pueden compararse al feudo personal de un hombre que se sirve de él para imponer su dictadura; es el caso, al parecer, de Haiti.
Pero, en conjunto, la integración nacional de los países latinoamericanos se encuentra en una fase demasiado avanzada como para que el caudillismo pueda subsistir en sus antiguas formas, fundándose en la exclusiva fidelidad de sus servidores, del clan o del bando. El desarrollo del sentimiento nacional, la ampliación del cuerpo político por medio de la multiplicación de las componentes de las clases medias, la difusión de la instrucción pública, la toma de conciencia de los problemas sociales por parte del proletariado urbano no permiten ya a un caudillo y a sus aliados dominar las elecciones nacionales y apoderarse pacíficamente del poder. Tampoco le es posible tomar el poder por la fuerza contando con las solas armas de su clientela: en el siglo XX la fuerza bruta se encuentra en manos del cuerpo de oficiales de carrera y no en las de los cacieues; no existen ya ejércitos privados, y los auténticos ejércitos nacionales son cuerpos sólidamente organizados, lo que hace imposible que un caudillo pueda transformarlos en ejércitos personales.
Las dictaduras que han sucedido actualrnente a las de los caudillos no pueden en absoluto seguir siendo personales, porque, en unos Estados modernizados, los problernas se plantean en el interior de un marco nacional. A través de una personalidad, los regímenes autoritarios latinoamericanos son el resultado de conflictos entre partidos, entre clases sociales, entre ideologías. En efecto, estos regímenes son consecuencia de fuerzas políticas nuevas, correspondientes a sociedades en vias de desarrollo, más, que de fuerzas políticas arcaicas, sobre las que se apoyaba el caudillismo.
1.-El legado del caudillismo
Sin embargo, si bien la era del caudillismo ha desaparecido, al menos en la mayor parte de la Arnérica Latina, las costumbres adquiridas han dejado rasgos duraderos en la vida política de los países que durante tanto tiempo estuvieron dominados por él.
Se puede pensar, por ejemplo, que la larga persistencia del caciquismo ha hecho más dificil la desaparición de un estado de espíritu del que todavía, con razón o sin ella, se quejan en América latina, que induciría a muchos hombres políticos a considerar como normal el enriquecimiento de los que detentan el poder. Es muy dificil descubrir lo que hay de verdad en tales afirmaciones, ya que la tendencia general en todas partes es acusar a los políticos de corrupción, pero, sin que sea necesario citar a Trujillo, parece muy cierto que algunos dictadores, que sin ser caudillos eran jefes de partidos políticos o representantes del ejército, han usado el poder para su enriquecimiento personal.
Puede también pensarse que la tradición del caudillismo ha podido reforzar en la América Latina la necesidad de personalizar las luchas políticas. Todavía hoy, incluso en países tan avanzados como Brasil, Argentina o México, existe la tendencia a encarnar las ideas y los programas. El régirnen de Perón en Argentina nunca ha sido, como sus mismos partidarios hubieran deseado llamarle, el justicialismo, sino el peronismo; el de Vargas en Brasil, fue el getulismo (Getulio Vargas) antes de convertirse en el laborismo; posteriormente, Brasil ha conocido la popularidad del janismo (Janio Quariros); en México, la gran escisión del partido oficial (el P.R.I.) se encarna en dos personas, Alemán y Cárdenas; incluso en Cuba, donde se han impuesto las disciplinas del comunismo, el régimen se encarna en una personalidad, es el castrismo, de preferencia al comunismo. Es posible, por otra parte, que se haya concedido demasiada importancia al personalismo como factor de la vida política latinoamericana, ya que podrían encontrarse análogas manifestaciones en otros países que no son precisamente subdesarrollados.
2.-Las supenvivencias del caciquismo
La persistencia en la América latina contemporánea de fuerzas políticas arcaicas produce unos efectos mucho más importantes, debido al lugar que ocupa todavía el caciquismo en unos países cuya evolución es lo suficientemente avanzada como para no permitir ya el resurgimiento de las dictaduras personales de los caudillos. El caciquismo no representa en la actualidad más que una supervivencia local en las regiones rurales atrasadas, pero en muchos países es preciso observar que estas regiones atrasadas suponen la mayor parte de la población.
En el sector social arcaico de los países desigualmente desarrollados donde predomina el dualista, sucede con frecuencia que los notables rurales conservan una influencia sobre los que continúan siendo sus súbditos; para mantenerla disponen de medios de presión parlicularmente fuertes cuando son, al mismo tiempo, propietarios de los latifundios, en los que la mayoría de los ocupantes no tienen más que una posesión precaria. Allí donde subsiste el caciquismo, los procesos electorales son inevitablemente falseados y dan a los jefes de la sociedad arcaica una autoridad política superior a la que les correspondería, de acuerdo con su fuerza real, en la América latina del siglo XX; el sufragio universal, en particular, permite al caciquismo perpetuar en el plano, local una existencia que condena a la evolución generalmente deseada. La importancia de los efectos de las supervivencias rurales del caciquismo ha sido objeto de un estudio, convertido en clásico, por parte de Vitos Nunes Leal: Coronelismo, Enxada e Voto: O municipio e o Regime representativo no Brasil (Rio 1948).
3.- Valoración del poderío electoral de los notables por el sufragio universal.
Mientras que, en la sociedad evolucionada, las clases medias y un proletariado que comienza a estructurarse, engloban a millones de individuos deseosos de participar en la vida política, en la sociedad arcaica, sólo los notables participan personalmente en esta vida política y no representan más que unos pocos millares. Pero, a través del mecanismo del sufragio universal, las clientelas personales permiten a los notables rurales asegurarse unas mayorías en el plano local y llegar a constituir importantes minorías en el plano nacional: todo ocurre como si los notables, ciegamente seguidos por sus clientelas, se beneficiaran de un sufragio plural. Sin duda, su patronazgo se ha hecho menos extenso e insuficiente como para permitirles conquistar directamente el poder, pero en muchos países las supervivencias locales del caciquismo están todavía bastante generalizadas para obligar a los partidos políticos, que se oponen en las asambleas nacionales, a establecer alianzas con los detentadores del patronazgo rural, alianzas que alejan a estos partidos de las reformas de estructura necesarias para el desarrollo del país, de la eliminación de los latifundios sobre todo.
Para las clases urbanas progresistas que, incluso cuando aún son minoritarias en el país, no ponen en duda su derecho a gobernarlo, porque tienen conciencia de que son ellas las que representan el porvenir, los resultados del sufragio universal se convierten en decepcionantes: los que lo hicieron adoptar creyéndolo un instrumento no solamente de la libertad política, sino también del progreso social, advierten que puede contribuir a retardar la eliminación de las supervivencias del pasado.
Los efectos de esa decepción perturban inevitablemente el funcionamiento de las instituciones democráticas: bien sea porque induce a los que están ya sensibilizados por la propaganda de los regímenes totalitar.ios a convencerse de que la democracia representativa es incapaz de acelerar la transformación de las estructuras arcaicas, bien sea porque, caso más frecuente, las poblaciones urbanas evolucionadas, que continúan fieles a los principios de esta democracia, pero que ignoran la naturaleza de las sociedades arcaicas, llegan a la conclusión de que, ya que han dado unos resultados tan inesperados, las elecciones han sido un fraude. Tanto en uno como en otro caso una revolución puede aparecer como deseable, bien para terminar con la democracia, bien para hacerla triunfar verdaderamente.
Esta conclusión no es sólo frecuente en la América latina; es también la de muchos observadores extranjeros, especialmente norteamericanos; no pueden admitir que el efecto de un sufragio libremente expresario pueda ser el de prolongar el poder de los que considerados unos explotadores reaccionarios que deberían ser detestados de un mode unánime y aceptan sin vacilación las afirmaciones de los vencidos que aseguran que su derrota es inexplicable sin admitir el fraude. La creencia en el valor de las instituciones de la democracia representativa, considerada independientemente de las estructuras del país a que se aplica, ha falseado en más de una ocasión la política de los norteamericanos en relación con los países insuficientemente desarrollados, presentándoles como un efecto de la corrupción lo que no es en realidad sino la representación sincera de una sociedad muy diferente de la suya. El hecho de que, en las elecciones de los países latinoamericanos, el sufragio universal haya favorecido frecuentemente a las fuerzas políticas más atrasadas del país no indica necesariamente que las elecciones hayan sido falseadas; por el contrario, para que el sufragio universal, aplicado en unas sociedades arcaicas, produzca los mismos efectos que en las sociedades evolucionadas, para que en la América latina produzca los mismos efectos en las zonas rurales atrasadas que en las cíudades modernas, sería preciso que se ejercieran unas presiones, es decir, que el sufragio no fuera completarnente libre. Es muy probable que, sin el control por parte del partido oficial en las elecciones de México, este país hubiera conocido desde 1829 muchos movimientos de reacción, en los cuales los electores hubieran intentado devolver el poder a los caciques, no sin que los elementos más evolucionados, que no se hubieran resignado, se hubieran opuesto a ello por la fuerza.
4.-Las elecciones rurales en el régimen de caciquismo
Se ha repetido con frecuencia, citándola en pasado o dejándola en presente, la anécdota del jefe político que distribuye el zapato del pie derecho antes de la elección y no entrega el del pie izquierdo hasta después, cuando el resultado ha sida alcanzado. La precanción puede resultar necesaria, pero ello indica menos la influencia del caciquismo que su propia decadencia: la corrupción bajo la apariencia de la compra de un voto que se vende al que ofrece más es un signo de la desintegración de los grupos basados en el contacto directo así como del debilitamiento de las fidelidades personales; para que el voto se pueda vender, es necesario que sea libre. Ello representa la fase de desorganización de las comunidades arcaicas homogéneas, que corresponde a la del fraude electoral por excelencia: la docilidad ya no es segura respecto de la persona del jefe, aunque todavía no se han transferido de un modo pleno al Estado; es preciso comprarla con dinero, o, más frecuentemente, a base de promesas demagógicas.
Mientras el cacique reine auténticamente en su dominio y los partidos políticos estén obligados a tener en cuenta su autoriclacl, toda precaución resulta superflua ya que los clientes son los más interesados en que su patrón resulte vencedor. No es el cacique quien necesita comprar los votos de sus clientes, sino que, sobre todo, es el cacique quien puede negociar con los diversos partidos el voto total de la comunidad de la que él es dueño único. Ello no quiere decir, desde luego, que, con motivo de unas elecciones, el cacique no ofrezca regalos en especie o en dinero, pero lo que sería un fraude y un síntoma de corrupción en la sociedad evolucionada, donde predominan las actitudes de fidelidad nacional, no significa más que un efecto legítimo de las relaciones de solidaridad personal que unen al jefe con su clientela. El cacique no compra los votos adquiridos de antemano, sino que organiza, en cuanto jefe, la operación de una actividad colectiva de la comunidad. Los regalos existen ciertamente, pero del mismo modo que lo harían con ocasión de cualquier otra ceremonia, una boda, un aniversario o, simplemente, unos aguinaldos.
Los rasgos particulares de una campaña electoral, en la actualidad, en las regiones en que persiste el caciquismo-se trata, concretamente, del coronelismo brasileño-, están descritos, con toda precisión en un número especial de la Revista Brasileira de Estudios Políticos, de abril de 1960, dedicado a las elecciones dc 1958. Los diversos autores de los artículos observan que, en una vasta región del Nordeste brasileño -Piaui, Sergipe, Ceará, Pernambuco, Rio Grande do Norte-, la autoridad electoral de los propietarios de latifundios es todavía preponderante, aunque se encuentre amenazada, sobre todo en el Estado de Pernambuco, por la presencia de la gran ciudad de Recife, centro de tendencias revolucionarias; igualmente, a partir de 1958, las ligas agrarias de Francisco Juliao, dirigidas contra los propietarios, han adquirido mucha importancia en el Estado de Pernambuco, en donde un partido progresista consiguió el triunfo en las elecciones de 1962. Pero, en el interior del Nordeste brasileño, el caciquismo sobrevive y esta supervivencia se deja sentir en las elecciones.
Merece la pena reproducir el marco de las obligaciones electorales del coronel, trazado por Francisco Ferreira Castro y reproducido en uno de los artículos de esta revista: A campanha eleitoral de 1958 no Piaui, p. 28.
"Los jefes políticos del interior soportan, permanentemente, la carga de una clientela electoral a la que conceden asistencia antes, durante y después de las elecciones. En cuanto a asistencia, ellos mismos realizan mucho de lo que debería afectar a los Poderes públicos, a través de los organismos de asistencia que, en muchos municipios, no existen o funcionan mal.
"Entre los gastos propios del periodo electoral figuran los de la inscripción electoral, el transporte de alimentos, de vestidos, sin incluir los gastos que los 'cabos' electorales obligan a hacer en la adquisición de armónicas, fusiles, carabinas, máquinas de coser, material agrícola, etc.
"La inscripción en las listas electorales trae consigo otros gastos, además del correspondiente a la fotografía, que la justicia electoral se compromete a reembolsar, sin que lo haga de un modo satisfactorio. El postulado según el cual el elector se siente obligado a votar por el que se ha hecho cargo de su inscripción, obliga a los partidos a consagrar sumas enormes a esta inscripción, superiores a veces a 100 o 200 cruzeiros por cada inscripción. (La renta per cápita en dichas regiones es, en esta época, del orden de 1.500 a 3.000 cruzeiros.)
"El transporte de los electores hasta la oficina de voto encarece mucho las elecciones porque debe hacerse en automóvil. Antaño era el caballo el que resolvía esta cuestión del transporte y, en ocasiones, la marcha en grupo. Pero, en el presente, los medios de transporte exigidos son el camión o el jeep, que cuestan, por término medio, unos 10.000 cruzeiros por cada día que sean utilizados, durante las elecciones.
"La alimentación facilitada a los electores y a los que les acompañan, tres personas como promedio por cada elector..., significa un gasto importante.
"La vestimenta y el calzado, en mayor o menor cantidad según los municipios, suponen también un capítulo de gastos muy importante."
Este servicio electoral de la clientela, que debe remunerarse de esta manera, llegaría a constituir para los caciques una carga insoportable si no pudieran transferirla, en parte, con cargo al tesoro público, y, como el escaso presupuesto de la circunscripción electoral rural en la que reina el cacique es incapaz de soportar esta carga, en definitiva se recurre a los recursos del gobierno central.
En el nordeste del Brasil, que es donde nos situamos en este momento, se encuentra un ejemplo decisivo y de efecto particularmente grave de la distracción de fondos públicos para la remuneración de los servicios electorales. Esta región es la zona de sequías que, periódicamente, provocan épocas de hambre, obligando a una parte de la población a emigrar; el gobierno federal ha previsto importantes créditos para la lucha contra la sequía, diques, construcción de lagos artificiales, etc.; estos créditos se utilizan, con frecuencia, por parte de los jefes políticos, como un medio para recompensar a su clientela, concediéndoles, bajo pretexto de jornadas de trabajo de dudosa existencia y de no menos dudosa utilidad en la lucha contra a sequía, verdaderas pensiones. Uno de los problemas que estuvieron en el primer plano de la vida política de esas regiones a finales del año 1961, se originó por la tentativa del gobierno federal de tomar directamente en su mano la dirección de estos trabajos y orientarlos exclusivamente en función de la lucha contra la sequía, mientras que los jefes políticos locales pretendían conservar para sí la facultad de distribuir los créditos. El hecho de que el Senado brasileño rechazara una ley que arrebataba este privilegio de manos de los que se señaló como beneficiarios de la sequía, fue una demostración de la persistencia del poder de los coroneles en la vida política nacional, y ello todavía en 1961.
5.-Impotencia de la democracia representativa.
En efecto, aunque en los países de tipo brasileño, que constituyen el tipo predominante en la América latina, el caciquismo no sea más que una supervivencia en las regiones atrasadas y aunque, incluso en estas regiones, el poder de los caciques se encuentre ya en entredicho, conserve sin embargo una gran influencia, no sólo directamente sobre la política local, sino también indirectamente sobre la nacional. El mejor testimonio de esta persistencia de las solidaridades de familias, de clanes y de clientelas es la información que todavía aparece en la prensa, con ocasión de las elecciones nacionales, como si se tratara de una noticia política de primera magnitud, que la familia tal o cual ha decidido sostener a alguno de los partidos en pugna.
En una vida política nacional organizada, generalmente, en la América latina, en función de los problemas urbanos, las fuerzas numéricamente importantes que la democracia representativa fundada sobre la elección asegura todavía al caciquismo pueden permanecer relativamente neutras. Los caciques defienden unos intereses con un sentidio de conservación social especialmente arcaicos, pero pueden defenderlos en el plano local en una sociedad rural, cuyas regiones evolucionadas no se sienten aún solidarias. Las transformaciones sociales que tienen lugar en la sociedad nacional evolucionada no afectan inmediatamente a las comunidades arcaicas. Lo que los caciques, que representan las supervivencias feudales, piden al gobierno nacional es esencialmente que no intervengan en su feudo y, a cambio de su neutralidad, que les ayuden a satisfacer a su clientela personal reservándoles una parte del botín de la victoria política.
Por sí misma, la democracia política fundada sobre el sufragio universal es, pues, impotente para hacer evolucionar rápidamente a las comunidades arcaicas, y, en la América latina, la difusión de los efectos de un desarrollo económico demasiado localizado resulta igualmente excesivamente lento en las zonas rurales. Es pues necesario atacar directamente las estructuras sociales arcaicas que protegen el poder de los caciques y, ante todo, los latifundios, que les permiten ser tan resistentes. Pero resulta dificilmente evitable que, para realizar estas transformaciones, los gobiernos se vean obligados a considerar con una cierta libertad la ortodoxia de la democracia política; los procedimientos que aparentemente respetan mejor las formas no son siempre los que meior respetan el espíritu ni los que preparan del modo más seguro su porvenir.
6. -Caciquismo y gobierno de los notables.
Las supervivencias del caciquismo perturban la vida política en esta América latina en vías de desarrollo; en el pasado, el caciquismo ha sido igualmente causa de disturbios en razón de las facilidades que ofrecía para la dictadura del caudillo, pero no era anacrónico, en esta época, y ha podido en ocasiones originar, a lo largo de la historia de la América latina independiente, gobiernos relativamente estables que permitieron las primeras fases del primer impulso económico y han dejado supervivencias no todas desafortunadas. En efecto, el gobierno liberal de los notables ha podido derivarse del caciquismo, del mismo modio que el gobierno arbitrario del caudillo. Representa una forrna de gobierno cuyo recuerdo conserva todavía una parte de la población, y, aunque sea en vano, la esperanza de un retorno a estas formas de gobierno no ha desaparecido completamente y juega aún un papel en la vida política en la que antiguos partidos tradicionales conservan todavía un lugar importante.
Mientras la mayoría de la población de la América permaneció completamente sometida a la autoridad personal de los notables, fue posible fundamentar sobre el caciquismo unos regimenes políticos ordenados y eficaces, aparentemente compatibles con los principios de la democracia representativa. Bajo gobiernos de este tipo, que se establecieron de un modo duradero en algunos países a finales del siglo XIX y principios del XX, llegaron a registrarse progresos económicos importantes.
En efecto las instituciones de la democracia representativa, favorecidas por el prestigio de la Europa occidental y de los Estados Unidos, podían cubrir perfectamente con una legitimidad democrática el predominio de los feudales sobre el gobierno nacional. Los más cultos dueños de latifundios, los más respetados, así como los representantes de las profesiones liberales que les eran completamente adictos, habían hecho sus estudios, frecuentemente, en Francia o en Inglaterra, y habían edificado sus ideologías políticas influidos por la literatura de estos dos países. Los notables latinoamericanos disponían de la autoridad arcaica del cacique, pero ello no era obstáculo para que compartieran la instrucción europea y las ideologías políticas del doctor. Habiendo adquirido la convicción de que no puede haber gobierno civilizado mejor que el gobierno de la ley, convencidos de que para asegurarlo y prevenir el peligro siempre amenazador del caudillismo, el poder ejecutivo ha de estar vigilado en su actividad por una representación nacional, los notables se esforzaron por transplantar a la América latina, bajo una forma presidencial, el régimen lideral de las monarquías de la reina Victoria y de Luis Felipe. Ciertamente, estos notables no pensaban en reformar las estructuras sociales arcaicas que les permitían someter a las poblaciones rurales, pero, incluso en este punto, el ejemplo de los aristócratas de Virginia, que ejercieron un papel tan importante en la edificación del gobierno presidencial de los Estados Unidos sin sentirse por ello importunados por la esclavitud, de la que se beneficiaban, pudo tranquilizar los escrúpulos democráticos.
Mientras los notables se arreglaron entre sí, pudieron adaptarse tanto más fácilmente al régimen representativo porque ellos eran, en cierto modo, los representantes natos de su clientela y la elección no representaba para los misrnos más que una formalidad. A diferencia de la Europa victoriana, ni siquiera hubiera sido necesario recurrir al sufragio censatario para que el sufragio asegurase la elección de los notables; seguramente un sufragio universal hubiera conducido al mismo resultado. En lugar de llevar a la democracia, el régimen representative ha funcionadio con frecuencia, en América latina, en beneficio de la aristocracia terrateniente, del mismo mode que lo hizo en Inglaterra, donde nació, hasta la reforma electoral de 1832, que inició su democratización. Como la estructura social de la sociedad rural no permitía al gobierno central administrar directamente, aunque tampoco pretendiera hacerlo, cada cacique continuaba siendo absolutamente dueño en su feudo. De este mode, el gobierno de los notables, bajo apariencias democráticas, ha subsistido hasta 1889 en Brasil, sin demasiados sobresaltos, mientras tuvo un elemento de disciplina bajo la prudente autoridad del emperador Pedro II, incluso ha persistido, aunque con más dificultad, en la vieja República hasta 1930. Es también un gobierno relativamente ordenado y respetuoso de las formas constitucionales el que ha conocido la República Argentina, después de la caída de Rosas en l852, hasta el advenimiento de las clases medias con Irigoyen en 1916; del mismo modo en Chile, después de las primeras agitaciones de independencia, que se prolongan hasta 1830, la aristocracia liberal o conservadora se impuso de un modo indudable hasta 1891. También en Colombia, los notables liberales y conservadores dieron al país largos periodos de estabilidad política. Es la época en que los observadores extranjeros citan al Brasil, a la República Argentina, a Colombia o a Chile como modelos de democracias prudentes.
Pero si bien estos regimenes eran representativos, la representación ciertamente exacta que presentaban correspondía a la de una sociedad de estructura muy arcaica, a cuya perpetuación contribuyeron. Si, de acuerdo con la forma de las instituciones, constituían unas democracias, lo era únicamente en el sentido en que pudieron serlo las Repúblicas patricias de la Antigüedad. Solamente una minoría rica e instruida formaba el cuerpo de ciudadanos. El acuerdo entre feudales o el de una mayoría de ellos, su deseo de respetar la legalidad, bastaba para asegurar el orden político y, de un modo más restringido, permitir progresos económicos, pero no podían provocar la integración en el seno de la nación de las fuerzas políticas dispersas. En unas sociedades en que la legalidad significaba, al mismo tiempo, el inmovilismo y donde las instituciones de una "democracia de participación limitada" (la fórrnula es de Gino Germani), conducían al predominio de la aristocracia, se comprende por qué el caudillismo pudo presentarse como una contrapartida al gobierno de los notables, útil para facilitar el cambio.
7.-El legado del gobierno de los notables en la vida política contemporánea.
La república de los notables pertenece ya al pasado de la América latina; pero este pasado constituyó la única forma de gobierno de la ley que América latina conoció antes de proliferar las revoluciones en los años que siguieron a la crisis económica de 1929. Al igual que el caudillismo, el gobierno de los notables ha dejado huellas en la vida política de los países que lo conocieron durante largo tiempo: pero no son las mismas. Mientras duró el predominio de los notables fue muy peligroso porque retrasó la evolución social de América latina, pero, después de su desaparición, el legado del gobierno de los notables en la vida política latinoamericana aparece como favorable, a diferencia del caudillismo.
Los politicólogos, sean latinoamericanos o extranjeros, no conceden ordinariamente una importancia suficiente a la huella dejada en algunos países de América latina por el régimen duradero del gobierno de notables. Han reservado toda su atención al caudillismo, porque les ha parecido durante mucho tiempo una modalidad específicamente latinoamericana; descuidan el gobierno de notables porque no fue más que una modalidad latinoamericana del régimen que, en todos los lugares de Europa, efectuó la transición entre los modos de gobierno monárquicos del antiguo régimen y los de la democracia de masas. Sin embargo, entre los países subdesarrollados, es la práctica de la "democracia de participación restringida", que caracteriza al gobierno de los notables, lo que constituye la originalidad de la América latina, mientras que, bajo formas diversas, todos los países subdesarrollados han atravesado la fase del caudillismo.
Todos los países de la América latina se encontraron en el siglo XIX frente a la necesidad de luchar contra las fuerzas centrifugas del caciquismo. Algunos de ellos consiguieron realizarlo, sobre todo gracias a la disciplina, aceptada, del gobierno de los notables; es el caso de Chile, del Brasil, de la República Argentina, de Colombia. Otros poíses no lo consiguieron más que a través de la disciplina, impuesta, del caudillismo; es el caso de Venezuela, del Perú, del Ecuador, de Bolivia y de toda la América central, con excepción de Costa Rica. De acuerdo con el criterio de la naturaleza de su vida política, representa todavía la gran división de América latina. Los países que tuvieron la experiencia del gobierno de natables tienen una vida política relativamente ordenada. Incluso las dictaduras son más templadas; hay medios que los gobiernos rehúsan emplear, libertades fundamentales que son generalmente respetadas. No ocurre lo mismo en los países que han estado sometidos durante mucho tiempo al caudillismo.
Puesto que los países que han aceptado durante más tiempo el gobierno de los notables, aunque poco numerosos, son con mucho los más poblados, es necesario buscar el origen de los caracteres que diferencian la vida política de América latina de la de otras regiones en vías de desarrollo en la experiencia del gobierno de notables, más que en la del caudillismo.
El gobierno de notables, que siempre fue conservador, aunque, en ocasiones, inteligente, ha producido en América latina los mismos efectos que en Europa. Pueden reprocharse muchos defectos a este régimen, pero ha de reconocérsele la preocupación del respeto a la legalidad, la de la independencia de la justicia, la de la libertad de opinión, la de la libertad de la persona e incluso la del derecho de oposición. Al igual que en otros lugares, pero más que en ellos, porque se encontraban más libres para hacerlo, los notables instalados en el poder lo han utilizado en interés de su clase, pero, como en los restantes lugares, han rechazado generalmente emplear medios demasiado brutales para la defensa de estos intereses.
8.-Persistencia de las fuerzas políticas arcaicas en los partidos políticos tradicionales.
El caciquismo no se mantiene más que en el sector arcaico de la sociedad dualista, este sector se encuentra en todas partes en regresión y no permite ya un auténtico gobierno de los notablas. Sin embargo, no por ello el caciquismo ha dejado de conserar en la sociedad rural posiciones muy importantes, suficientes para que la fuerza política arcaica de estos notables siga siendo uno de los elementos esenciales de la vida política contemporánea.
Hasta una época muy reciente, los partidos políticos de América latina no expresaban más que la voluntad de estos notables. Conservadores o liberales, federalistas o unitarios, clericales o anticlericales, los partidos políticos no eran en modo alguno partidos populares, y todos ellos estaban obligados, para obtener éxitos electorates, o asegurarse el concurso de caciques que arrastraran consigo a su clientela. En la actualidad, se han constituido partidos políticos nuevos, que son cada día más fuertes e intentan reunir las fuerzas políticas de la sociedad evolucionada. Pero los partidos tradicionales no han desaparecido; los mecanismos electorates que habían creado continúan siendo vigorosos. Si bien es cierto que estos partidos se han ampliado, continúan obteniendo una parte de su fuerza de la clientela que les facilitan los notables rurales.
Frente a los nuevos partidos políticos, las fuerzas políticas arcaicas del mundo rural no se han ocupado en un partido conservador, sino que, siguiendo las tradiciones de la familia, continuando los intereses locales, prosiguen dividiéndose entre los partidos tradicionales. Como, desde luego, las fuerzas políticas de la sociedad evolucionada tampoco se han organizado en un solo partido, sino que están divididas y opuestas, la formación de cualquier mayoría para la conquista del poder exige la constitución de coaliciones. Por ello es sugestiva, para un partido político, la tentación de buscar la alianza necesaria, no con los demás partidos, con los que se opone directamente en la sociedad arcaica o en la evolucionada, sino, de preferencia, con un partido cuya acción se ejerce normalmente en la otra sociedad. Esta posibilidad de constituir la fuerza de apoyo que permita a uno de los partidos modernos conquistar el poder, concede una posición de ventaja extraordinariamente grande a los caciques rurales, incluso cuando son minoritarios, y permite a las fuerzas políticas arcaicas ejercer una influencia política que no guarda correspondencia con su importancia real.
9.-Las alianzas de los reforamadores urbanos con los conservadores rurales.
Es suficiente, para ello, que se establezca una alianza tácita entre un partido político moderno, generalmente un partido urbano, y los caciques rurales; la consecuencia de este acuerdo es convenir en mantener alejados los problemas de reforma de la sociedad rural. Las fuerzas políticas del caciquismo pueden aliarse entonces indiferentemente con un partido de la resistencia o con un partido de movimiento o, incluso, con partidos revolucionarios, con tal de que el movimiento o la revolución no alcancen la sociedad rural. El cacique puede permanecer neutral en los conflictos sociales de la sociedad industrial y no se convierte en aliado natural de los capitalistas ni de los proletarios de las ciudades; y puede hacerse pagar a buen precio su neutralidad o su ayuda.
Ya se ha comprobado que, en las relaciones de los gobiernos de metrópolis con los jefes tradicionales de sus territorios coloniales, resultaba perfectamente indiferente para el soberano absoluto de cualquier emirato del golfo Pérsico el que el gobierno inglés que le protegía fuera conservador o laborista. Del mismo modo ha podido advertirse que tanto un primer ministro, ya fuese laborista, ya conservador, no se sentía por tener que proteger a un jefe feudal.
En la sociedad dualista, tal como se presenta en la mayoría de los casos en la América latina, tampoco resulta desagradable para un notable rural, que en muchos aspectos continúa siendo un señor feudal, aliarse con los elementos progresistas urbanos, o hacerlo con los elementos conservadores.
Ciertamente la situación está cambiando en detrimento del caciquismo, en una América latina donde las arcaicas estructuras rurales se disgregan desde que el campo no está tan aislado de la ciudad; a los partidos nacionales les resulta muy dificil ignorar el problema de la reforma agraria, que es también el de la eliminación del caciquismo tradicional.
Sin embargo, hasta ahora, los notables rurales habían podido comerciar individualmente su apoyo personal y la aportación de los sufragios de su clientela con todos los partidos políticos, aunque su ideología fuese completamente distinta a la de ellos ya que no la profesaban más que en provecho de la sociedad evolucionada.
Todos los países de América latina conocen todavía a estos partidos tradicionales, acostumbrados a luchar exclusivamente por la posesión del poder político, que evitan cuidadosamente tomar posición sobre los problemas realmente importantes de la actualidad y ponen de relieve, como ya lo hicieron los republicanos y los demócratas en los Estados Unidos, el recuerdo de problemas solucionados tiempo atrás, pero que dejaron rencores y son susceptibles de excitar aún las pasiones sin exigir ninguna decisión. Clericalismo o anticlericalismo, federalismo o centralización, son los pretextos para unas oposiciones, en realidad las de personas o clases, que, por tradición familiar, por solidaridad de grupo o simplemente por oportunidad electoral, han elegidio utilizar una máquina política de preferencia a otra.
Partido blanco, en Uruguay, partido Social Demócrata (P.S.D.), partido liberal o partido conservador en Colombia , partidos conservadores en Argentina o en Chile, eran, o siguen siendo todavía, partidos de este tipo. Su persistencia es causa de incoherencia en la vida política de muchos países. Las alianzas que establecen y deshacen, con facilidad, con los nuevos partidos, tanto en los más avanzados como con los más conservadores, con tal de que se evite toda referencia a los problemas fundamentales de la sociedad rural, prolongan el reino del caciquismo en la sociedad arcaica, contribuyen a acentuar el retraso de su evolución y, en consecuencia, a acentuar el dualismo social.
No faltan ejemplos de estas extrañas alianzas, establecidas de esta manera, y de sus funestas consecuencias. Muy característica es, por ejemplo, la facilidad con que, en Uruguay, el partido colorado, en el poder durante noventa y tres años, ha evitado, desde la victoria de Batlle y Ordóñez en 1903, entrar en conflieto con el partido blanco respecto de la cuestión agraria. La misma constitución de Batlle y Ordóñez, muy admirada en general, ha institucionalizado este acuerdo tácito al reservar a la oposición unos puestos en el gobierno. Bajo este régimen, el partido colorado ha convertido a Montevideo, por sus reformas de espíritu socialista, en un modelo de welfare state que pocos países europeos pueden igualar. Lo que no le ha impedidio obtener una indudable colaboración del partido blanco, cuyas fuerzas se encuentran entre los caciques de las zonas ganaderas del interior: los colorados dirigían el gobierno nacional, pero limitaban su actuación a Montevideo y a las zonas evolucionadas, dejando a los caciques blancos dueños de sus feudos. La vuelta imprevista del partido blanco al poder no ha cambiado nada: habiendo adquirido la mayoría del ejecutivo colegiado, este partido conservador ha seguido la política del Estado providencia para la ciudad igual que su adversario progresista había respetado la estructura arcaica, casi feudal, de las zonas ganaderas del interior del país. Durante medio siglo, Montevideo era presentado como un ejemplo por los observadores extranjeros-las clases medias uruguayas estaban de acuerdo con ellos-, como si fuese una Suiza latinoamericana. Sin embargo, la región norte y nordeste del país aparecía demasiado retrasada en sus arcaicas estructuras, incluso para sus vecinos Brasileños de Rí Grande del Sur.
Por una regla generalmente aceptada, hoy día se quiere reservar el calificativo de colonialista a aquellas sitiuaciones en las cuales una metrópoli noratlántica desarrolla su dominio sobre dependenciss cuyo territorio no es contiguo y cuya población presenta caracteres raciales distintos a los de la población metropolitana. Sin embargo, también existen situaciones coloniales internas: las podemos encontrar en todo lugar donde existan dos sociedades cuyos niveles de cultura sean diferentes y en los que una sociedad domine, tanto polít¦ca como económicamente, a la otra. Este colonialismo, sea interno o externo, se traduce por la tentación de la sociedad dominante de preservar las arcaicas estructuras de la sociedad dominada y de utilizar, para gobernarla, sus propias instituciones tradicionales; cuando una nación formada por una sociedad dualista debe ser gobernada mediante la democracia representativa, entonces existe la tendencia a establecer ententes entre los gobernantes de dichas sociedades, tan diferentes unas de otras, como lo sean los objetivos para que cada una permanezca en su propia sociedad.