Fuentes, Carlos.
Tiempo Mexicano.
Editorial Planeta.
México, D.F. 1996.
Nuestra señora la pepsicóatl
Nuestro drama es que hemos accedido a la sociedad urbana e industrial sólo para preguntamos si el esfuerzo valió la pena; si el modelo que venimos persiguiendo desde el siglo XIX es el que más nos conviene; si a lo largo del pasado siglo y medio no hemos seguido actuando como entes colonizados, copiando acríticamente los prestiglos materiales de la sociedad capitalista; si no hemos sido capaces, en fin, de inventar nuestro propio modelo de desarrollo.
No podemos regresar a Quetzalcóatl; Quetzalcóatl tampoco regresará a nosotros. Como Godot, Quetzalcóatl se fue para siempre y sólo regresó disfrazado de conquistador español o de principe austriaco. ¿Debemos, por ello, enajenarnos a Pepsicóatl?. Sería el camino más fácil, pero no el más feliz. México se encuentra actualmente en un grado de desarrollo capitalista intermedio: el que el teórico de la subordinación imperialista, W.W. Rostow, llama "la etapa del despegue". Pero ese desarrollo, una vez que la burgesía mexicana aprovechó para si las reformas revolucionarias, sepultando de paso la ideología revolucionaria, carece hoy de metas verdaderas en el orden de la justicia y, también, en el de la imaginación: se trata de un desarrollo por el desarrollo mismo que, al cabo, nos hace persistir en el atraso y nos convierte en depositarios del excedente plástico, descafeinado y kotequizado de la gran industria norteamericana: somos el bajo chaparral de la producción y el consumo de la metrópoli yanqui. Quetzalcóatl nos prometía el sol: Pepsicóatl nos promete una lavadora Bendix pagable a plazos. Los atractivos del estilo de vida norteamericana transplantados a México generan, a través de los medios de difusión, un segundo problema; el de la aglomeración irracional en las urbes mayores. Cinco mil personas llegan diariamente del campo a la ciudad de México, atraidas en gran medida por el espejismo nylon que les ofrecen el radio, el cine, los anuncios y la televisión (y expulsadas del campo, en medida aún mayor, por las condiciones de injusticia que en él privan). Son los hijos de Zapata que se convertirán en los hijos de Sánchez.