Usigli, Rodolfo.
Acto I. p. 177.
Fragmento.
Corona de luz
Emisario:Señor, vuestro ejército sufre en el Nuevo Mundo porque ha sido engañado, traicionado y vendido. Se nos hizo creer que iríamos como héroes empeñados en una lucha titánica y gloriosa, y se nos convierte todos los días en violadores, en asesinos y en verdugos. Se nos ha enfrentado a un enemigo que, aunque mayor en número; aunque experto en el conocimiento de sus montañas, de sus selvas y sus lagos; aunque provisto de flechas y de lanzas con puntas de obsidiana y de armas de piedra y rodelas de cuero; aunque dominador de la serpiente, del águila y del tigre cuyos nombres y símbolos han adoptado como signos de jerarquía; aunque guerrero vencedor de otras tribus, subyugador de príncipes y sacrificador de hombres, estaba vencido de antemano por el rayo de nuestros arcabuces y morteros; por la carrera vertiginosa de nuestros caballos, que considera como a monstruos irreales; por la traición, que alienta siempre en él como un sexto sentido; por nuestro acero deslumbrador y por sus orgías de sangre y de pulque, y por las profecías mismas de sus dioses elementales o de piedra; pero que nos recibió como a hermanos y no como a enemigos y nos dio sus pedrerías y sus plumas y nos sahumó con incienso y nos abrió sus palacios y sus jacales y nos ofreció a sus mujeres y doncellas. O que nos recibió como a enemigos y nos dio vil combate. Pero los hombres de 1a Iglesia han derribado sus pirámides y sus templos; han abolidos sus placeres, sus juegos y sus tradiciones; han apagado sus estrellas y su luna, han detenido su sol y su viento, han escampado su lluvia, han dispersado su fuero, que ellos adoraban como a dioses, y los han hecho bajar a las minas y subir a las canteras obligándolos, en castigo de su paganidad, a construir la Iglesia de Cristo con el oro y la plata y el tezontle; y los han privado de su lenguaje y su comercio naturales y de sus fiestas y regocijos; les han quitado todas las armas que tenían para luchar como hombres, y los han hecho volverse contra nosotros y atacarnos con la celada y la sorpresa, que son las armas de los débiles y cobardes en que los han trocado. Y a nosotros nos han hablado de que hay que defender a la Iglesia de Dios contra estos idólatras y sacrificadores y convertirlos en esclavos -a ellos que son guerreros como nosotros- y que podían haber luchado a campo abierto- dándonos el ejercicio de la guerra y la gloria del triunfo de que necesitamos para respirar y vivir. Y como hemos sido atacados por la espalda, a causa de esto, nos hemos vuelto tiranos en vez de guerreros, capataces en vez de soldados, sin más enemigos que combatir de frente que aquellos que no podemos dominar: el clima y los elementos, la enfermedad y la embriaguez, el botín sin placer, la sangre sin triunfo, y que nos convierten en bestias mas salvajes que ellos.