Homs, Ricardo.

Psicología del Mexicano.

Capítulo 3.

pp.43-64.

La transculturización conflictiva

Ni indígenas ni europeos

El centro del complejo de inferioridad en el mexicano se deriva principalmente de un conflicto existencial, de disgusto consigo mismo.

Conviene aclarar que partimos de la base de que la mexicanidad está representada principalmente por el mestizaje.

La pureza étnica, tanto indígena como europea en nuestro país representa una minoría.

De ahí que el mexicano no se sienta ni indígena ni europeo; al indígena puro lo menosprecia como grupo étnico inferior, como pueblo vencido, y por el europeo siente una mezcla de rencor-respeto, pues representa al intruso que cambió el orden de las cosas.

Desde esta perspectiva surge con fuerza inusitada uno de los aspectos centrales del conflicto de identidad.

La vida como derivación de la agresión sexual

Si nos ubicamos en la mentalidad prevaleciente en los primeros años del colonialismo español en América, tendremos que reconocer que era una época bárbara y sanguinaria, y si a diferencia de los sajones, que exterminaron a cuanto indígena se atravesaba a su paso (o lo confinaban a una reservación) convivieron con los natives, fue por razones de orden práctico: eran muchos más los aborígenes que había en la Nueva España que en territorio bajo dominación inglesa o francesa.

Además, después de haber convivido varios siglos con los moros que dominaron a todos los reinos de la península Ibérica, quienes también eran morenos debido a su origen africano, el aspecto étnico no fue obstáculo para la coexistencia. Esto propició, junta con un acendrado hedonismo latino, la cohabitación con las indígenas, acto que no se dio como derivación de amor, sino realizado a la fuerza, como parte del tributo que debía dar el pueblo vencido.

La paternidad resultante no fue aceptada, sino ignorada y despreciada, como fruto de la casualidad.

La imagen de un padre déspota, distante y poderoso propició la mezcla de sentimientos odio-respeto.

Además la clara conciencia de no ser producto del amor, sino del ultraje sexual da la sensación de haber nacido esligmatizado como intruso, ignorado por el padre y siendo para la madre el vivo testimonio de la agresión.

El instinto melernal, que es fuerte, tiende a crear una familia alrededor de la figura femenina, quien asume las funciones de madre y padre, originando el sistema matriarcal.

EI proceso evolutivo del niño criado en esas condiciones va desde la admiración total, absoluta e irrestricta hacia la madre hasta el odio al padre ausente. Y es en su etapa adulta, que sin perder el amor por la madre, admira muy en el fondo la soberbia del padre, aunque continúe odiándole. Además intenta emularle en su desparpajo para seducir mujeres. De esta actitud se deriva el machismo y la paternidad irresponsable, que va de generación en generación.

Este conflicto de no aceptación de nuestro origen, que en esencia se podría sintetizar como derivación de la conciencia de haber sido engendrado no en un acto de amor, sine a través de la al agresión sexual, puede considerarse como básico para entender el rechazo de sí mismo, que conlleva el complejo de inferioridad prevaleciente en la conciencia colectiva de la sociedad mexicana.

La transculturización conflictiva

La conquista del imperio azteca, y con él la del resto de los señoríos supuso la creación de un nuevo orden social y cultural sustentado sobre las bases de la dominación económica y el usufructo de las tierras usurpadas.

Llegar a una tierra semi-poblada o poblada por salvajes no es problema para ningún conquistador, pues privan las reglas de la guerra: muerte o cautiverio para el vencido.

Sin embargo, ¿cómo exterminar o sojuzgar a todo un grupo étnico numeroso...? la única alternativa era la coexistencia, y qué mejor forma de sojuzgarlo que controlarlo a través de su propia conciencia e idiosincrasia: con religión y cultura.

Sin pretender en este capítulo abundar en el papel que jugó la religión Católica en la colonización, ya que por su importancia merece un capítulo individual, hablaremos del cambio de estructuras sociales.

Es innegable que el imperio azteca era todo un avanzado sistema social, tan estructurado como el europeo.

Esto implicaba que no se partía de cero, sino que la supuesta culturización consistió en la substitución de una cultura por otra.

Hablar de cultura implica valores sociales, idiosincrasia, concepción teológica, reglas morales, filosofía de la vida, sensibilidad para las relaciones humanas, percepción estética, manifestaciones artísticas, tradiciones, estereotipadas, prejuicios... en fin, todo un conjunto de factores psico-sociales que influyen en el modo de ser del individuo.

M.L. De Fleur (Teorías de la Comunicación Masiva, Ed. Paidós, Buenos Aires) al analizar la influencia de los medios de comunicación masiva en las estructuras sociales, da tres conceptos que nosotros también podemos aprovechar para delimitar los alcances de la culturización.

Adecuando esas ideas a nuestro tema, con interpretación libre, podemos decir gue los valores y principios de una cultura de conquistadores, al ser recibidos por un pueblo de estructuras sociales elementales y de menor calidad, serán absorbidos fácilmente, pues caerán en terreno casi virgen.

Cuando los valores y principios culturales de los conquistadores rivalizan en calidad con los del pueblo vencido, lo único que sucede es que la presión ejercida por el agresor reafirma los propios valores de quien es agredido.

El tercer principio que podemos derivar de los postulados de De Fleur es que sí es posible lograr la transculturización, siempre y cuando el conquistador logre persuadir honestamente, al dominado, de la superioridad de sus propios valores y principios y de los beneficios que conlleva su asimilación.

El por qué los españoles no pudieron realizar una transculturización profunda, que fuese realmente asimilada, se debe a deficiencias de origen.

Veamos: si toda la cultura occidental descansa sobre el teológico-filosófico-social del cristianismo y esta relgión propugna por el amor del hombre hacia el hombre, como una extensión de la reciprocidad del amor de Dios por el hombre, no había coherencia entre lo que se decía y lo que se hacía... se dio un probiema de comunicación denominado "Disonancia Cognoscitiva" (León Festinger).

¿Cómo se puede asimilar la religión del amor cuando es impuesta a sangre y fuego? No es coherente.

Para que la evangelización, que fue la base de la culturización occidental, se hubiese dado correctamente, tendría que haberse predicado con el ejemplo.

No es lógico que un fraile hable del amor de Cristo y junto apoyándole tenga a un soldado con la espada en una mano y el látigo en la otra... bajo esas circunstancias el evangelizador pierde credibilidad y autoridad moral, pues su primera obligación será humanizar a soldado que le acompaña.

La misma conquista de América y sus consecuencias violaban el mandamiento que dice "no robarás". El ultraje sexual ejercido contra las indígenas infringía los mandamientos "no fornicarás" y al que dice "no desearás la mujer de tu prójimo".

La Religión Católica fue impuesta por la fuerza y el terror durante la conquista, sin autoridad moral para ser predicada.

Cabe aclarar que estamos juzgando, a la evangelización como sistema de culturización aliado a la conquista política, pues es innegable la existencia de frailes que por méritos propios e individuales pueden ser considerados "santos varones", y que predicaron la religión de Cristo con un alto espíritu humanista y solidario, no obstante que formaban parte de una institución que en ese momento atravesaba por la crisis que culminó en el cisma.

¿Qué alternativa le quedaba al vencido, si sabe que de no aceptar la religión de Cristo tendría que vérselas con la "Santa Inquisición"? Es como la confesión de un inocente arrancada bajo tortura.

Esta "Disonancia" dio por resultado que se reforzara en el indígena su paganismo, pero ahora disfrazado de catolicismo.

Toda represión fortalece los conceptos o ideología por la que se es agredido.

Para sobrevivir los indígenas claudicaron... en apariencia.

Si sobre las ruinas de un templo indígena, y los restos de los ídolos, se erigió una iglesia Católica, el indígena acudía a la iglesia a adorar a sus dioses.

Lógico es pensar que con el paso de las generaciones se perdió el origen de la relación paganismo-catolicismo, y con ello surgió un nebuloso y epidérmico concepto de la religiosidad, de características muy mexicanas, con dotes paganos, que aún subsiste en los rituales de infinidad de pueblos diseminados en todo el país.

La supuesta transculturización fue conflictiva, y por lo tanto, epidérmica. Por ello aun vive el México mágico y pagano, que ahora se viste de modernidad.

Si las bases de cultura occidental no fueron asimiladas, tampoco lo fueron sus manifestaciones.

Además, los métodos de culturización dejaron huellas que aún sangran a la más leve irritación.

El complejo de inferioridad

No es novedoso hablar de este complejo, pues ya ha sido ampliamente cuestionado por importantísimos autores como uno de los factores fundamentales de nuestra idiosincrasia.

Tratemos de encontrar ahora las características de las manifestaciones del complejo de inferioridad antes citado, las cuales se expresan también en una actitud derrotista. Cuando un europeo desea algo no tiene empacho en decir abiertamente y sin preámbulos "YO QUIERO".

El mexicano esconde este deseo legítimo en un ritual que apela a la magnanimidad del interlocutor (si es que está en sus manos el cumplimiento del deseo), consciente de ser indigno de aspirar a ello por derecho natural: "¿SERÍA USTED TAN AMABLE DE PROPORCIONARME...?"

La modestia con que el mexicano asume públicamente sus triunfos (aunque internamente disfrute en toda su plenitud la vanidad de saberse triunfador), le empuja a respaldar su éxito en la intervención de terceros. La clásica frase atribuida a un famoso boxeador mexicano campeón mundial, que acostumbraba decir "TODO SE LO DEBO A MI MANAGER Y A LA VIRGENCITA DE GUADALUPE", no es más que la inseguridad inconsciente y el temor de ser cuestionado en caso de un fracaso futuro. Además sobrevive el temor de que públicamente la sociedad le reproche su exceso de vanidad.

En nuestro país uno de los más grandes pecados es la vanidad y una de las grandes virtudes la modestia.

Cuando alguien se vanagloria del triunfo, es porque ya cayó en el extremo de retar públicamente a la sociedad, como un grito desesperado de reivindicación pública del orgullo herido y lastimado.

La adjudicación tolal y absoluta de méritos termina siendo interpretada como síntoma de resentimiento social, más que derivación de una actitud madura de reconocimiento del esfuerzo invertido.

La diplomacia extrema del mexicano no es más que timidez y temor.

El mexicano difícilmente se autopromueve; más bien desea que sus méritos le sean reconocidos por terceros como un acto de legítima justicia, y por ello usualmente no habla de sí mismo... es más, una costumbre muy arraigada llega al extremo de que aún al referirse a sus propios planes y proyectos el individuo se expresa en plural, como si fuese de mal gusto dar importancia a la propia persona.

Leer una entrevista en alguna revista o ver por televisión a nuestras máximas figuras artísticas da oportunidad de percibir como en un espejo nuestra idiosincrasia... la modestia es el sentimiento fundamental.

Hay que reconocer que los matices propios del carácter individual del entrevistado y su perfil psicológico dan la dimensión particular a los rasgos propios, representativos de nuestra conciencia colectiva, acentuando o suavizando esos rasgos.

La derrota crónica

Desde que nace, al niño mexicano se le prepara a convivir con el fantasma de la derrota, y a afrontarla con dignidad.

Esto no es sino reflejo de inseguridad en sus propias capacidades. Por ello la modestia es interpretada como una virtud derivada de la mesura.

La modestia y mesura en el festejo del éxito preparan el camino a una eventual derrota, a fin de que duela menos y la presión social se minimice.

Alan Riding, en su libro Vecinos Distantes (Ed. Planeta) dice que "el pesimismo nos protege de la desilusión".

También podemos interpretar a la mesura como un modo de evadir el compromiso que implica hacer del conocimiento público nuestras más altas metas, esas que todos cultivamos en nuestro interior.

El síndrome del boxeador y la agresividad reprimida

Todos sabemos que si existe algún deporte donde los mexicanos seamos realmente brillantes, es en el boxeo, que es una confrontación directa, donde la agresividad reprimida se deja fluir con plena justificación y se alienta. El título mundial de campeón lo han alcanzado muchísimos de nuestros compatriotas.

Esta habilidad dice mucho de nosotros mismos como parte de nuestras caracteríticas sociales.

El mexicano siempre reprime su agresividad, pues se mueve en un mundo injusto, donde el concepto de justicia no está definido, pues ésta siempre estará del lado del poderoso, con o sin razón.

A su vez, el concepto de autoridad, íntimamente ligado al de justicia, pues emana de él, está totalmente prostituido; la autoridad no es una responsabilidad derivada del concepto de servicio, sino una canonjía ligada con el concepto de poder... para el mexicano el obtener autoridad es una oportunidad de reivindicación de las injusticias recibidas con anterioridad.

Independientemente de que abundemos en el próximo capítulo sobre el concepto de autoridad, nos abocaremos ahora a definir una actitud que llamaremos el síndrome del boxeador.

Este síndrome describe una actitud defensiva en las relaciones humanas. Es producto de la sensación de estar indefenso ante quien tiene poder. El boxeador cuando se siente en desventaja en relación a su adversario se mantiene a la expectativa, esperando el golpe, preparado para esquivarlo, y sólo cuando percibe un signo de debilidad en su contrincante, es cuando ataca a fondo, de modo relámpago dispuesto a aniquilarlo.

La sumisión inicial ante quien detente el poder (en su ambiente cercano) equivale a estar a la expectativa, vigilante, y a veces, hasta reiterando lealtad, con tal de aliviar la tensión mientras no hay modo de evadir el control. La sorpresa llega cuando por alguna circunstancia el superior pierde fuerza y control.

Esta actitud de síndrome del boxeador, trae como resultado el individualismo; la no integración en equipo, pues nadie se siente seguro del papel que juega dentro de un grupo o su comunidad, ambiente de trabajo, etcétera.

Si no hay confianza mutua, no se puede planear a futuro, actitud que trasladada a nivel social, nos da uno de los factores que nos limitan, sin poder rebasar la línea divisoria que separa al presente del futuro: nos mantenemos anclados en el aquí y ahora sin poder proyectarnos al futuro.

La lealtad debe ser incondicional para que sea factor de integración. Es imposible pensar en que todos los miembros de un grupo estén en igualdad de condiciones, pues siempre habrá quienes posean habilidades para el liderazgo, y los que prefieren no asumir más responsabilidades que las propias e ineludibles, lo cual les convierte en subalternos. El líder siempre asume la responsabilidad de sus actos y además la de quienes le siguen.

El síndrome del boxeador no tiene vida propia como factor social, pues es una derivación causal de un concepto equivocado de la autoridad, ejercido por quien la detente. La autoridad asumida correctamente está íntimamente ligada al de servicio social, y mal asimilada se convierte en una canonjía que da derecho a utilizar a los subordinados... y desgraciadamente esta última es la que prevalece en México.

Tan importante papel juega el de autoridad como factor de integración, que matiza todas las relaciones humanas de una sociedad y de ahí toda la estructura social. Por ello analizaremos este concepto en el capítulo siguiente.

El culto a la muerte: desapego a la vida

Jean Paul Sartre, el padre del existencialismo decía que el hombre es un proyecto mientras viva, y se convierte en una obra realizada hasta que muere. De esto podemos desprender que lo que da valor a la vida es lo que hacemos con alla: nuestros éxitos o nuestros logros.

Según Christine M. Korsgaard, en su análisis de la obra del filósofo alemán E. Kant, este pensador considera al hombre como un ser "activo", que domina su vida. Para ser un triunfador, primero se debe ser un hombre "activo", dueño de la propia vida y responsable de los propios actos, tanto si se logra el éxito, como asumir ser el único responsable de los fracasos. Desde esta perspectiva la suerte no existe, y el hombre es libre, porque no le debe nada a nadie... y mucho menos su éxito, que es derivado del propio esfuerzo.

Quien se siente satisfecho de sí mismo, de sus logros y se ha trazado un objetivo para el futuro, ama la vida, porque de la vida depende la oportunidad de realizar sus metas; con la muerte se esfuma esa oportunidad.

La otra posibilidad de encarar la vida, es a través del determinismo, considerando que el destino ya tiene trazado el rumbo de nuestra vida, y que fuera de ese camino nada será posible.

A través del determinismo nuestros logros tenemos que considerarlos como gratuitos, como resultado de una serie de circunstancias que se enlazan, que es a lo que conmúnmente consideramos como "suerte". Desde esta perspectiva, tanto el éxito como el fracaso llegan porque debían llegar. El individuo simplemente es un ser pasivo, receptáculo del capricho y veleidades del destino.

Si el éxito o el fracaso son circunstanciales, o casuales, entonces no vale la pena esforzarse. A partir de ahí podemos descartar la autorrealización con o leitmotiv, o razón de vivir. Nos consideramos de este modo títeres de fuerzas ocultas.

Las tribus paganas de cualquier parte del mundo terminan siendo deterministas, pues todo lo que suceda, acontece por capricho de un dios, desde una lluvia, hasta enamorarnos.

El Cristianismo clásico es determinista, como un modo de obligarnos a respetar la voluntad de Dios. No podemos, ni debemos ir en contra de los designios divinos, pues podríamos ofender al creador, al dueño de nuestra vida.

Sin embargo, la visión moderna de esta religión fundamenta el motivo de la vida como un esfuerzo continuo por lograr éxito para realzar la gloria del creador. Todos nuestros logros deben estar dedicados a agradar a Dios, y entre más nos esforcemos por lograr algo, más salisfacción le daremos.

Aun en el fracaso y la adversidad, el cristiano continúa siendo un ser activo, pues el abandono es imperdonable, equivale a la negación de la voluntad divina.

En cambio la adversidad asumida con dignidad, y ofrendada al creador, como un modo de disciplinarse a sus designios, puede calificarse, desde una perspectiva simplista como masoquismo, sin embargo el sujeto de la adversidad se convierte en un ser activo, pues la toma como suya y se esfuerza por dominarla; no hay abandono ni apatía, sino una autodisciplina para estar por encima de ella, como ser superior. Equivale a aliarse aclivamente al enemigo invencible y entonces luchar de su lado, en este caso, en contra del temor, el miedo, la pereza y el abandono.

El auténtico cristiano disfruta y acepta libremente los designios de Dios. De este modo los mártires primeros del Cristianismo ofrendaban su dolor y su martirio a Dios, y de este modo el martirio no era estéril, sino un testimonio de amor. Así el sufrimiento adquiere sentido.

La visión crisltiana debemos interpretarla como una perspectiva de una libertad condicionada. No es la libertad utópica, sino la libertad real a que tenemos derecho, y que dentro de unas determinadas circunstancias nos presenta opciones para seleccionar la que a nuestro juicio sea mejor.

Resumiremos, pues, que el cristianismo en sí nos motiva como seres activos, con capacidad de decisión y de acción.

Sin embargo, en el mundo indígena la idolatría propiciaba el pasivo y el estoicismo, entendiéndolo como el reconocimiento de una imposición; el que nos impulsa a aceptar como inevitable lo que no se puede cambiar. Este determinismo termina convirtiéndose en el padre del derrotismo.

Así vemos que Moctezuma perdió la guerra contra Hernán Cortés no en la batalla, sino entregándose a su destino. Él ya sable por una profecía de Quetzalcóatl que habrían de llegar a su imperio unos hombres blancos y barbados.

El determinismo pagano de Moctezuma le condicionó a sentirse derrotado sin haberse esforzado lo suficiente, pues los dioses ya tenían sus designios.

Ese pagano, y su corolario, el abandono, son el origen del culto a la muerte, que es la negación de la vida: vivir requiere esfuerzo, pero morir es cuestión de esperar.

El mitificar y relativizar el valor de la muerte equivale a aceptarla con facilidad.

El mexicano se mofa de la muerte porque no le teme. Juega con ella y la caricaturiza porque no representa más que un abstracto, representa "la nada". La muerte tiene sentido como antítesis de la vida. Si la vida tuviese sentido como la oportunidad de realizar cosas, y a través de ello realizarnos, entonces la muerte sería una intrusa que nos roba la oportunidad de actuar.

Si la vida es un simple recipiente, y lo que vale es el contenido, entonces el valor de la vida es relativo. Para un pepenador de basura puede representar simplemente una rutina, pero para un científico que está por concluir un descubrimiento, la vida es una oportunidad de trascender a su condición humana y a través de su obra hacerse inmortal.

Para el mexicano, acostumbrado a vivir sólo para el presente, todo lo que suceda ya estaba previsto por el destino y por ello, al no ser dueño de sus actos, la vida carece de valor como realización. La muerte no es más que otra circunstancia inevitable.

También debemos tomar en cuenta que si aprendemos a convivir con la presencia de la muerte, que es el temor supremo de todo mortal, y le perdemos el miedo, entonces dejamos de temer a todo lo demás. El mexicano es temerario porque siente que no tiene mucho que perder si se le escapa la vida, pues no tiene control de lo que sucede con ella; se siente prisionero del destino. Entonces, si no teme a la muerte, para qué preocuparse por perder el trabajo, o la salud... o todo lo que posee.

El estoicismo mexicano ante las vicisitudes de la vida se fundamenta en la pérdida del temor a la muerte y en la clara conciencia de no ser libre ni dueño de sus actos; de ser marioneta en manos del destino. De este modo el azar y la suerte son elementos fundamentales de su vida; la lotería, Las apuestas, la posibilidad de que el compadre tome un buen puesto político y le ayude a mejorar, etcétera.

Podríamos resumir diciendo que el determinismo derivado de la visión politeísta indígena, que adjudica a un dios específico cada cosa que suceda en la vida, sigue vigente aunque los origenes de esta actitud estén ocultos al mexicano de hoy. La religión Católica no fue asimilada con conciencia por el indígena, pues le fue impuesta y sus principios y valores no se reforzaron con el ejemplo.

El determinismo le resta valor a la vida. Si la vida vale poco, la muerte no es tan grave; por ello a veces la retamos. Además consideramos que si en nuestro destino la muerte está ubicada próximamente, aunque tratemos de huir seremos alcanzados. Pero si no estaba previsto, entonces aun corriendo los mayores riesgos no seremos tocados por ella.

Nos burlamos de la muerte con la conciencia estoica de que algún día seremos alcanzados por ella y será irremediable que nos devore. Es más sano burlarnos de nuestro verdugo que vivir atemorizados por él, máxime que lo que nos arrebatará no es tan valioso que justifique existir angustiados.

Mientras vivamos, lo haremos lo mejor posible. Preocuparnos por el futuro no tiene caso, pues lo que venga aparojado con él de todos modos llegará, sea éxito o fracaso, felicidad o tristeza. Ésta es nuestra filosofía de la vida y de la muerte.

Por ello podemos considerar que vivimos de cara al presente, influenciados por el pasado y olvidando al futuro.

La indefinición de ser

Poniendo atención veremos que no hay nadie más despiadado con el indígena que el mismo mestizo, quien a cada momento trata de marcar las diferencias de superioridad social derivada de factores étnicos.

Hay una costumbre que afortunadamente poco a poco se ha ido perdiendo en la mujer mexicana: exhibir los vellos de las piernas.

Esta costumbre, que actualmente se considera antiestética es atribuida a la necesidad existente en la época colonial de dejar constancia de no tener origen indígena. El indígena puro es lampiño, y la mujer mexicana que en esa época mostraba con orgullo vello en las piernas estaba demostrando no ser indígena. Esto, nos lleva a deducir que quien hacia eso, estaba renegando de su ascendencia indígena, calificándola de origen indigno.

Las costumbres a través de las generaciones van perdiendo su significado original y es cuando se convierten en simples rituales sociales, dictados por las tradiciones.

Esa necesidad psicológica de trascender el indigenismo, se convierte en un rechazo a la mitad de la esencia del mestizaje. El indígena se ha convertido, merced a ese rechazo, en un ciudadano de segunda clase, explotado por todos: desde sus líderes, que manipulan sus carencias y necesidades, la burocracia que debe ayudarle a trascender su marginamiento, hasta la ciudadanía en lo general, que no le da un trato de igual a igual. Es frecuente ver cómo se les esquilma cuando en la ciudad intentan vender sus productos... casi se les paga lo que desea dar quien compra.

Sin embargo, no obstante que en lo concreto el indigenismo es menospreciado, cuando se apela a la mexicanidad, en lo abstracto, reduce un orgullo metafísico por esas raíces prehispánicas, disociando al indígena de hoy, de sus ascendientes.

El indigenismo, hoy se ha convertido en motivo de exhibición turística y de labor socio-política.

Chauvinismo y malinchismo

Entendiendo por chauvinismo, para efectos de este análisis, el rechazo por lo extranjero, veremos que es una constante paradójica en la vida de la sociedad mexicana. Paradójica porque se da dentro de la dualidad chauvinismo-malinchismo.

En la vida comercial del país afloran nuestras más recónditas actitudes. Primeramente una falta de confianza en nuestras capacidades; los productos mexicanos no gozan de la aceptación popular sin reservas, principalmente cuando se tiene la opción, en igualdad de circunstancias, de tener acceso a productos importados.

Cuando un producto es importado, se destaca con orgullo esa cualidad, no por el prestigio del lugar de origen, sino por el hecho de no ser de fabricación nacional. Por ello hasta los productos fabricados en Taiwan, por lo general de baja calidad, son preferidos por encima de lo realizado aquí.

Esta sobrevaloración por lo extranjero y subvaloración de lo nacional, evidencian una actitud malinchista.

Este proceso de malinchismo concreto y práctico, va unido a una actitud de odio y resentimiento hacia la persona de los extranjeros. Se esconde el resentimiento de forma superficial, a veces hasta con actitudes serviles, sin embargo, cuando nos liberamos de nuestra faceta racional, con un poco de alcohol, por ejemplo, surge la agresividad velada o directa.

No podemos soslayar que México ha sido un país que no fomentó la inmigración europea, como otros países latinoamericanos, Brasil y Argentina, por ejemplo, y por lo tanto; nuestro trato con extranjeros dentro de nuestro país casi se circunscribe a españoles y norteamericanos.

Ambas nacionalidades, para el mexicano representan el sojuzgamiento; la primera, relación con la colonización y la segunda, a las invasiones del siglo XIX, que culminaron con la pérdida de Texas y California (annque también se debe tomar en cuenta la toma de Veracruz el 21 de Abril de 1914).

Nuestra larga frontera continúa siendo un excelente motivo de distanciamiento y rencores, principalmente porque es la vecindad de dos desiguales: el hermano rico que ve la casa de su vecino como el traspatio de su propia casa, y el hermano pobre, que siempre está a la defensiva, trátando de interpretar hasta el más leve movimiento de su vecino, como un de agresión, aunque en muchas ocasiones esté justificada esta actitud.

El vivir codo con codo con el país más poderoso del planeta, o más bien como hermanos siameses, ha marcado decisivamente a la conciencia colectiva mexicana, que tiene una memoria muy activa, que lleva cuenta de todo lo sucedido entre ambas naciones.

Las evidentes diferencias, además de las económicas, como idioma, religión, idiosincrasia, cultura y factores étnicos; acentúan los motivos de distanciamiento. El hermano mayor, exitoso, se siente con derecho a manipular a su hermano menor, que no ha tenido tanta suerte, con el de ayudarle, condicionando la ayuda a la aceptación de su autoridad.

Pero este último, con alto sentido de la independencia se niega a dejarse manejar y reacciona agresivamente.

Vecinos indeseables

Detrás de todos los intereses económicos y políticos que siempre han zanjado dificultades entre ambos países, los factores subjetivos de las "otras diferencias" tienen mayor peso específico.

Para el norteamericano común, prototipo: blanco, sajón, de religión protestante; el mexicano mitad indígena y mitad latino, no es su igual. La mitad indígena de los mexicanos representa a los vencidos a quienes sus ascendientes, en su propio país, Estados Unidos, quitaron sus tierras y exterminaron, y a los que sobrevivieron durante muchos años confinaron en reservaciones.

La otra mitad de nuestra mexicanidad étnica, la hispánica, es la parte latina, menospreciada por los sajones.

Es la sensación de superioridad étnica y cultural norteamericana la resiente cualquier mexicano, pues hiere su amor propio.

La migración clandestina de mexicanos en busca de mejores perspectivas agrava el problema de imagen de nuestra nacionalidad ante la ciudadanía norteamericana, independientemente de los problemas gubernamentales. El visitante no deseado siempre estará como intruso y será menospreciado. Esta situación remarca la sensación de superioridad en uno, y como consecuencia, la de interioridad en el otro.

El conflicto vigente hoy día en las relaciones méxico-norteamericanas extiende por analogía, hasta el presente, el malestar psicológico que provocan las heridas dejadas por la etapa colonial hispánica.

Trato de iguales

Podemos decir que este sentimiento conflictivo que se resume en rencor-respeto, origina la no integración del mexicano en un mundo abierto, totalmente comunicado, de grandes horizontes y sin límites.

El que los mexicanos conservásemos nuestro aislamiento en el concierto mundial, hasta los años cincuentas no era nimuy notorio ni muy grave. Cada país era una célula independiente y autosuficiente, que simplemente abría puertas para dejar pasar lo que era insuficiente en su propia producción (o inexistente).

En una economía de altos volúmenes de producción, apoyada en sofisticada tecnología, las barreras económicas y comerciales están siendo derribadas. La integración de Europa lo demuestra.

Junto con la integración económica está surgiendo un nuevo estilo de vida, cosmopolita, y la conciencia de que todos los países necesitamos de todos los demás.

Sin embargo, nuestra idiosincrasia limita nuestra integración a un mundo sin fronteras, pues no vemos a los países altamente industrializados y ricos de igual a igual.

El estereotipo derrotista cobró fuerza con la política del Presidente Luis Echeverría, que nos automarginó al calificarnos como país del "tercer mundo" y peor, fomentando el sentimiento de orgullo por integrarnos a él.

De cierto modo es un sentimiento masoquista de autodenigración combinado con inseguridad, pues en lugar de luchar por llegar a la cima en el concierto mundial y exigir nuestro reconocimiento, nos solazamos como país, actuando como líderes de los países en vías de desarrollo.

El nacimiento y consolidación de una estructura comunicacional regida por los medios masivos de información, así como por una extensa red de medios de transporte, ha cambiado las estructuras sociales y propiciado la integración de los países en un modo homogéneo e indivisible. El mismo bloque soviético, antes automarginado por conveniencias políticas ha dado un brusco viraje hacia la integración.

México aparentemente está integrado a esta nueva estructura mundial, pero hacemos notar que aparentemente, porque actualmente es una integración con reservas, superficial, de forma, contaminada por graves y profundos temores que nos impulsan a mantenernos aislados bajo el pretexto tradicionalista de la salvaguarda de nuestra identidad nacional y nuestra soberanía.

Europa en sí es un mosaico de grupos étnicos y culturas, que a fines del siglo XX se integra para formar una familia de iguales, donde cada uno de los hermanos es muy diferente psicológica y físicamente, sin menoscabo de su categoría.

El miedo y la inseguridad nos agobian y nos marginan, y ahora más que nunca debemos reafirmar nuestra autoestima para ver a los países ricos de igual a igual.

Se cuenta la anécdota de que en una entrevista periodística preguntaron al gran torero mexicano Lorenzo Garza qué se requería para ser buen torero, a lo cual él respondió, palabras más o palabras menos, que "lucir como torero".

Para llegar a ser un país altamente desarrollado económica y socialmente primero debemos adquirir la mentalidad de triunfadores, para lo cual se requiere autoconfianza, autoestima y liberarnos de complejos de inferioridad.