El nuevo rostro del México imaginario

A partir de 1940, el proyecto nacional de la Revolución Mexicana se define finalmente y marca el rumbo que el país visible sigue hasta nuestros días. El acomodo de las fuerzas revolucionarias llega a su término y se impone un modelo de desarrollo en el que el México profundo, agrario y popular, no es la meta sino tan sólo una fuente de la que se sustraen recursos para hacer posible el crecimiento del otro México, que se perfila industrial, moderno, urbano y cosmopolita. Conviene repasar rápidamente los principales procesos que delinean el nuevo rostro del México imaginario.

Un factor importante es el despegue industrial que ocurre al amparo de la segunda Guerra Mundial y que descansa inicialmente en la sustitución de importaciones. Comienza así un proceso en el que se amalgaman tendencias cuyos efectos finales los padecemos los mexicanos de 1987: dependencia tecnológica que implica una sangría permanente de las ganancias producidas por la industria, por el pago de regalías, y un endeudamiento creciente por la importación de equipos y partes que no produce la industria nacional; estancamiento tecnológico progresivo y escasa capacidad de competencia de los productos mexicanos en el mercado internacional, por una política de protección del mercado interno que asegura márgenes generosísimos de ganancia con poco esfuerzo y menos calidad; concentración de la industria en un puñado de ciudades que crecen tan anárquica como rápidamente; un férreo control de las demandas obreras a traves de organizaciones sindicales obedientes, en última instancia, a las decisiones gubernamentales. Para decirlo en pocas palabras: la expansión de un capitalismo salvaje, depredador, sin proyecto alguno a largo plazo, apoyado en mil formas por el sector público en el marco de la llamada economía mixta.

En el ámbito de las actividades agropecuarias la política oficial y las tendencias predominantes son consecuentes con la opción por el desarrollo industrial acelerado. Se relega la agricultura tradicional y se pretende desanimar el cultivo diversificado orientado en primera instancia al autoconsumo; se estimulan, en cambio, con créditos, obras de infraestructura, beneficios fiscales, certificados de inafectabilidad y la fuerza pública llegado el caso, los monocultivos de exportación o para insumo industrial, así como la ganadería que también se destina en gran medida a la exportación. Se frena el reparto agrario. Se establecen "precios de garantía" para los alimentos básicos, pero en tal forma que lo que garantizan esos precios es que los habitantes de las ciudades puedan comprar los productos agrícolas quc consumen a precios bajos, lo que permite abatir los salarios en beneficio de las empresas industriales. Se intenta, por distintos medios, la modernización tecnológica del campo, que consiste en su mecanización y en la introducción de semillas, fertilizantes e insecticidas que los campesinos no producen y, por lo tanto, aumentan su dependencia frente a la sociedad dominante y los intereses internacionales que se encubren en ella sin mucho disimulo. Se abandonan las experiencias de colectivizar el agro que Lázaro Cárdenas había impulsado: el México rural queda, contra su proyecto, sometido al México industrial.

Las ciudades crecen. El país, según los criterios estadísticos oficiales, se transforma rápidamente en un país mayoritariamente urbano. Las ciudades se expanden sin plan ni previsión, con1o hongos al amparo de las lluvias. Con ellas crecen las ciudades perdidas, los cinturones de miseria, las dificultades de transporte, la falta de servicios, la contaminación, el desempleo disfrazado o de cara al sol, los conflictos y los delitos. Aumenta también, en menor proporción, el "México lindo": la gente bonita, cada generación más rubia y más alta, las colonias exclusivas que pasan del estilo colonial siriolibanés a las nuevas fortalezas del Pedregal de San Angel; proliferan los centros nocturnos, los restoranes caros, el comercio de lujo insolente, el esnobismo que va desde el "tercer imperio mexicano" sostenido durante años por un exquisito grupo de ricachones nostálgicos de nobleza y ansiosos de codearse semanalmente con alguna de las tristes figuras del puñado de aristócratas europeos refugiados en México durante la guerra, hasta la ostentación insultante de los mighty mexicans en las satinadas páginas de la revista Town and Country. Crece, pues, además de la desigualdad entre el campo y la ciudad, la desigualdad cotidiana en las calles de la ciudad.

Muchos, muchísimos de los mexicanos que según los censos y su lugar de residencia son urbanos, no forman parte del México imaginario. Es gente que participa, pero que no pertenece. Participa de las miserias y las dificultades de la urbe, trabaja ahí cuando puede y como puede, la habita en un estrecho espacio que se empeña en hacer suyo, diferente. Está ahí más por expulsión del campo abandonado y empobrecido, que por el espejismo imaginario de la ciudad. No rompe sus vínculos con el mundo rural de origen. Incluso, reproduce lo que puede en su nuevo ambiente: cría puercos y gallinas, prepara las comidas de su región, celebra aquellas fiestas y forma su círculo con gente de la misma nostalgia y con iguales problemas. La urbanización depende de ellos; pero ellos no pertenecen al mundo urbano.

Otros sí pertenecen, o al menos quieren pertenecer y lo aparentan. Esa clase media de la que se habló ya en la primera parte, encandilada, desarraigada y con tanta frecuencia lejana cada día más de alcanzar su meta y realizar sus sueños. Es una clase que recibió un gran impulso con la Revolución. Su crecemiento es otro de los procesos que configuran el nuevo rostro del México imaginario. Es la prueba palpable de que la Revolución está alcanzando sus objetivos: tiene una escolaridad más alta que la mayoría de los mexicanos, goza de prestaciones sociales, habita departamentos o pequeñas casas solas, consume hasta donde le alcanza el presupuesto, tiene las ambiciones y los conformismos que son congruentes con el sistema y el modelo imperantes. No abriga más propósito que ascender o, al menos, conservar la posición que ocupa Con el enfriamiento del nacionalismo oficial, también la clase media abandonó las ligas simbólicas que la hacían sentirse vinculada con el México profundo: vio su patriotería chafa y muy ñera y la fue sustituyendo por la aspiración de, si no ser, por lo menos parecer gringa: hacia allá orienta sus patrones de consumo y de conducta, reales o sólo apetecidos.

En 1968 esta clase media dejó ver inconformidades profundas que explotaron en el movimiento estudiantil. La causa de fondo debe buscarse en el hecho de que el crecimiento numérico de la clase media no había sido acompañado de una apertura de nuevas y más anchas vías de participación en las decisiones que afectaban su vida y sus intereses. El aparato político daba ya muestras de una peligrosa esclerosis y la propia expansión económica del México imaginario, único marco para las expectativas clasemedieras, presentaba fisuras y encogimientos que resultaron premonitorios. A casi 20 años de distancia puede entenderse el movimiento de 1968 como una clarinada de alerta, un pitazo de peligro, que la apertura echeverrista y el inmediato y efímero bum petrolero se encargaron de amortiguar hasta hacerlos inaudibles. De cualquier manera, algo fundamental se quebró en 1968: la confianza de un vasto sector afiliado al México imaginario en su propio proyecto.

Hay un fenómeno más, cuya importancia no puede minimizarse: el crecimiento de los medios de in-formación masiva (y lo escribo así, in­formacion: no formación, volver informe). Mucho se ha dicho sobre esto, aunque no lo suficiente. Habría que matizar con más cuidado: no son lo mismo ni tienen los mismos efectos, la prensa, el radio y la televisión, por mencionar sólo los medios principales. Ni siquiera, para poner un ejemplo, puede generalizarse sobre la prensa: ¿cómo juzgar con los mismos criterios los problemas de la prensa de opinión, los periódicos deportivos y las revistas de monitos? El radio sigue siendo, por mucho, el vehículo de comunicación de mayor cobertura; pero la televisión, por su condición preponderantemente urbana y por el tipo de público al que llega, despierta mayor inquietud y atrae más los análisis críticos. Aquí no entraré en estas cuestiones, porque de lo que se trata es de perfilar en sus grandes trazos los procesos que han conformado en las últimas décadas el sistema de control cultural que hoy está vigente en el país. Para eso, basta con algunas consideraciones de orden general.

Los medios de in­formación masiva llevan su mensaje de manera desigual a los diferentes sectores de la sociedad mexicana. Tienen más incidencia entre quienes participan del México imaginario, porque están diseñados fundamentalmente para esa parte de nuestro mundo. Son esencialmente unidireccionales, centralizados y urbanos. Su horizonte de preocupaciones no incluye al México profundo: éste aparece en ellos como lo externo, insólito, pintoresco pero sobre todo peligroso, amenazante, profundamente incómodo. La civilización mesoamericana, para ellos, no existe: es mera referencia para orientación turística. El público al que se dirige, público cautivo, es el que participa o ya cree en el México imaginario: para ése son las noticias, las opiniones, las imágenes y los sonidos que proponen un modo de entender y llevar la vida (una cultura) que no está al alcance de todos (todos no son todos, por supuesto) pero al que debe aspirarse.

Los medios, ante todo, consolidan la visión del México que no es, incitan a los imaginarios a que crean, contra toda evidencia, en la realidad de su mundo, en la solidez y la viabilidad de su proyecto. Los mensajes llegan más lejos, desbordan indudablemente las fronteras del México imaginario. Pero ¿qué piensa un tarahumara si mira un video clip?...

Industrialización, urbanización, clasemediatización, información, más otros procesos derivados o convergentes, apuntarían hacia una modificación sustancial de la dominación y del sistema de control cultural en el México de las últimas décadas. ¿Es realmente así? Esta cuestión debe verse con la óptica del oprimido, desde su realidad profunda, porque los cambios, por importantes que parezcan desde la perspectiva de quien domina, no lo son necesariamente para quienes padecen la dominación.

Han variado, o se han multiplicado, los frentes de expansión que amenazan y codician los territorios en que se asienta el corazón del México profundo. El despojo y la presión sobre las tierras comunales y ejidales y sobre las pequeñas propiedades de los campesinos son provocados en algunas zonas, como hace 400 años, por la voracidad sin freno de la ganadería en gran escala. Pero hay nuevos intereses que también pretenden esas tierras: el crecimiento de las manchas urbanas, la explotación petrolera, los centros turísticos y hasta la protección ecológica entendida, naturalmente, a la manera del México imaginario. Las diferencias entre los frentes de expansión territorial existen, sin duda alguna: unos demandan mano de obra local en mayor medida que otros; en alguno se pagan mejores salarios, aunque la ilusión dure si acaso unos meses; la ganadería, la ciudad y los campos petroleros destruyen por distintos medios la vegetación y alteran los nichos ecológicos, en tanto que las reservas buscan conservarlos. Pero más allá de esas diferencias, todos ellos acosan y mutilan los territorios de pueblos y comunidades, reducen los espacios y obligan, con variantes, a la respuesta defensiva del México profundo.

La política de sustitución de cultivos no afecta, en principio, la integridad territorial. Pero el cambio de la agricultura diversificada por otra de monocultivo tiene los mismos efectos destructivos sobre a civilización mesoamericana porque atenta contra el sistema productivo en que descansa una economía orientada hacia la autosuficiencia y sujeta a los campesinos hacia la dependencia, del crédito, del mercado, de la tecnología y hasta de la administración, en ámbitos que antes estaban bajo su control.

Lo mismo puede decirse, por supuesto, de los programas de modernización y mecanización de la agricultura.

Los conflictos que genera la lucha por la tierra desembocan, con mayor frecuencia de lo que registra la prensa, en la imposición por la violecia. Ni la Independenica, ni la Reforma (menos todavía), ni la Revolución, han conducido a que la relación entre el México imaginario y el México profundo deje de estar presidida por el signo de la violencia. Violencia real, sangrienta, de muerte, bien sea ejercida por gavillas de abiegos, por bandas de matones a sueldo o por cuerpos armados regulares. El conflicto central es la tierra; pero la violencia entra en juego también para dirimir en última instancia (o en única instancia) conflictos electorales, diferencias entre pueblos, antagonismos religiosos y pugnas por el poder de cualquier tipo. Contra el México profundo, siempre está el recurso final del asesinato, la cárcel, el incendio y la tortura. Con la ley o fuera de la ley.

La cruz sigue acompañando a la bayoneta. Siguen ahí curas prevaricadores que guardan celosamente su dominio, más que celestial terreno y soterrado, los fatanizadores que cierran las conciencias y humillan los cuerpos; siguen ahí. También hay, por cierto, otros, siempre los hubo: son la minoría de sacerdotes que queren identificarse con el México profundo y a veces corren su misma suerte, un clero que saltó la barrera y se vino de este lado, no sin conflictos dentro y fuera de su institución, dentro y fuera de las comunidades a las que quieren servir. hay nuevos personajes en la contienda por las almas. Unos son los misioneros protestantes, buena parte de los cuales son, también, extranjeros. En las zonas indígenas han llegado a provocar divisiones sangrientas. Su visión individualista los ciega ante la realidad de la organización comunal. Su aspiración para la vida en el mundo tiene por modelo único e incontestable cualquier pueblucho norteamericano del medio oeste. El individualismo, el ahorro, la mesura (a su manera) son los valores supremos que intentan importar, valores ajenos que entran en contradicción inducida con la visión del mundo y la práctica social del México profundo. Y también están en escena los misioneros ateos, los activistas, los que se empeñan en "concientizar a las masas": la otra cara de la misma medalla. Se consideran a sí mismos, como los demás, los únicos poseedores de la verdad absoluta, los predestinados para salvar y redimir al pueblo. Tampoco entienden ni piensan que valga la pena entender al México profundo: por lo pronto es una realidad equivocada que debe rectificarse. No luchan por las almas sino por las conciencias y su doctrina no es religiosa sino "revolucionaria". Algunos mueren en la lucha; pero han muerto muchos más neófitos adoctrinados. Sin que medio juicio alguno sobre las motivaciones personales de los distintos misioneros, una cosa queda en claro: la conciencia de los mexicanos del México profundo, sus convicciones y sus creencias, siguen siendo negadas y se ven como papel en blanco en el que cada cual siente que tiene el derecho y la obligación de escribir su propio mensaje.

La escuela elemental ha llegado prácticamente a todos los rincones del país. Esto se considera un triunfo, un logro más de la Revolución. Sin duda, la oportunidad a una educación sistemática es un derecho legítimo e incuestionable de todos los mexicanos. Pero ¿ Cuál educación, con qué contenidos y para qué? No se puede reivindicar la escuela por la escuela misma, sin tomar en cuenta en qué medida responde a las aspiraciones y las necesidades reales de la población que asiste a ella. El empeño ha sido crear un sistema escolar uniforme por más que existan algunos intentos de educación especial para ciertos grupos y sectores de la población. Se busca una enseñanza homogenea bajo el eterno postulado ideológico de que se requiere la uniformidad de la sociedad para consolidar la nación. El resultado no puede ser otro: la instrucción escolar ignora la cultura de la mayoría de los mexicanos y pretende sustituirla en vez de desarrollarla. Es una educación planeada y decidida desde el centro, desde la ciudad y desde el poder. Una enseñanza en función del México imaginario, al servicio de sus intereses y acorde con sus convicciones. Es una educación que niega lo que existe y provoca en el escolar una disociación esquizofrénica entre su vida concreta y sus horas en el salón de clase. Y a eso tiende explícitamente, porque la convicción de que la escuela es el camino de la redención pasa por una convicción más profunda: lo que sabes no tiene valor, lo que piensas no tiene sentido; sólo nosotros, los que participamos del México imaginario, sabemos lo que necesitas aprender para sustituir lo que eres por otra cosa.

La distancia entre la educación y el México profundo crece conforme se avanza en los niveles de escolaridad. Los modelos de la enseñanza universitaria, sus paradigmas, sus contenidos, provienen de afuera, de los centros avanzados, en el mejor de los casos, de la civilizacion occidental. Se rechaza cualquier posibilidad de vinculación orgánica con el saber del México profundo; esa sabiduría se ignora pero se niega. Los arquitectos desconocen los sistemas tradicionales de construcción y el sentido y función de los espacios que no correspondan a las aspiraciones de los sectores urbanos medios y altos; los médicos ignoran y desprecian la farmacopea popular; los abogados no tienen la menor idea del derecho consuetudinario que regula la vida cotidiana de la mayoría de los mexicanos: los agrónomos no toman en cuenta el conocimiento de campesinos que continúan una tradición agrícola de siete mil años desde la invención misma de la agricultura, aquí; los economistas dejan de lado lo que sucede en los "circuitos informales" con los que resuelven gran parte de sus problemas de sobrevivencia millones de mexicanos, porque no los conocen; y la lista de ejemplos podría continuar indefinidamente. Dicho brutalmente: los profesionistas mexicanos, en su inmensa mayoría, desconocen el país en el que viven. Aquí también, no hay proyecto de desarrollo sino de sustitución.

E1 orden político creado por la Revolución excluye la participación directa de la mayoría de los mexicanos. Nunca ha votado ni la mitad de los ciudadanos en elecciones federales. En ocasiones, la proporción de sufragios efectivos ha sido alarmantemente ridícula. En las elecciones municipales, como norma, no se toma en cuenta la opinión de los vecinos ni siquiera para la designación de candidatos: estos se nombran desde arriba, en función de juegos de fuerzas y estrategias de grupos que nada tienen que ver con la realidad y las necesidades locales. Y si esto llega a causar inconformidad y reacciones firmes, se recurre a la fuerza pública. No digo nada nuevo sobre este asunto: todos lo sabemos. Lo más grave es como se racionaliza la explicación de este fenómeno y que soluciones se pretende darle. El formalismo democrático desarrollado en occidente a partir de la Revolución Francesa y de la Constitución norteamericana ha sustituido, en el México imaginario, al verdadero y profundo significado de la democracia. Se trata de importar un modelo ajeno como la única forma legítima de participación en la vida política del país: un mecanismo parejo que hace tabla rasa de las formas y los criterios con los que se accede al poder y se legitima la autoridad en la vida real de la mayoría de las sociedades locales del país. El ejercicio de los derechos electorales, tal como estan establecidos en el sistema democrático imaginario de México, implica que los ciudadanos participen de una cultura política específica que es ajena a la cultura política real de la mayoría de ellos: las concepciones de la autoridad y la representatividad, los criteros y mecanismos para la designación de quienes deben ocupar cargos en la estructura de poder, las redes de organización social que entran en juego en esos procesos, el lenguaje y los resortes intelectuales y emotivos que provocan la participación, son diferentes en la constitución del México imaginario y en la realidad del México profundo. La marginación de la vida política, entonces, no resulta sólo de la manipulación y la confrontación de intereses en el seno de los grupos dominantes, sino de la decisión explícita y común a ellos de no reconocer ni admitir los mecanismos de autoridad social establecidos históricamente en el México profundo: no hay espacio para ellos y, como en todos los demás aspectos de la civilización mesoamericana, no cabe proyecto alguno que se orientara a crear las condiciones para que los sistemas de asignación de autoridad que existen se puedan liberar de las estructuras de poder externas que los oprimen y distorsionan y se desarrollen hasta ser compatibles con los requerimientos nacionales de un país que acepte su condición plural como base de su organización política democrática.

Desde el punto de vista de los impulsores del México imaginario, los grandes sectores de la población del país resultan ser "inmaduros" para el sistema democrático que se les pretende imponer, cuando no francamente hostiles y enemigos de la democracia: no votan, no militan en los partidos, no envían cartas a sus representantes, etc. El pueblo real se transforma, mediante esta alquimia ideológica, en el obstáculo para la democracia.

La síntesis el proyecto nacional en que desembocó la Revolución Mexicana niega también la civilización mesoamericana. Es un proyecto sustitutivo que no se propone el desarrollo de la cultura real de las mayorías, sino su desaparición, como único camino para que se generalice la cultura del México imaginario. Es un proyecto en el que se afirma ideológicamente el mestizaje, pero que en la realidad se afilia totalmente a una sola de las vertientes de civilización: la occidental. Lo indio queda como un pasado expropiado a los indios, que se asume como patrimonio común de todos los mexicanos, aunque esa adopción no tenga ningún contenido profundo y se convierta sólo en un vago orgullo ideológico por lo que hicieron nuestras antepasados. De las culturas indias de hoy, pasado el fervor nacionalista de las primeras décadas queda una visión folclórica y una sensación multiforme de malestar por cuanto significa de atraso y pobreza y, sobre todo, por la percepción no admitida de que ahí, en el México profundo, se niega cotidianamente al México imaginario.