Meyer Lorenzo
Nacionalismo mexicano
La ideología mexicana que cambió el nacionalismo
por la visión norteamericana del mundo, hoy se encuentra
con el problema de que México no ha sido plenamente aceptado
por EU.
En la introducción de su último libro, "La Diplomacia" (México, Fondo de Cultura, 1995), Henry Kissinger advierte que el naciente orden mundial se caracteriza, entre otras cosas, por el resurgimiento de los nacionalismos. Si éste es el case -y evidentemente lo es-, entonces resulta que hoy México navega a contracorriente. En efecto, en el último decenio lo que ha ocurrido en nuestro país es precisamente lo contrario: el desmantelamiento de uno de los nacionalismos más antiguos en el mundo periférico.
El nacionalismo que hoy dejó de tener vigencia surgió de una gran explosión revolucionaria, pero no acabó cuando esa revolución concluyó, hace media siglo.
En efecto, la idea nacionalista continuó como justificación del proyecto nacional, del modelo económico posrevolucionario que operó entre 1945 y 1985.
Cuando finalmente ese modelo quedó cancelado, ambos, modelo y nacionalismo, fueron desechados sin mayor ceremonia por una nueva generación de la élite política.
Ahora bien, si alguien consideró que el vacío que dejaba el nacionalismo posrevolucionario se podía llenar fácilmente con la ideología antinacionalista encarnada en el Tratado de Libre Comercio, se equivocó, pues el nuevo modelo empezó a fallar apenas recién estrenado y, por ahora, lo único claro es que al vacío dejado por la desaparición del nacionalismo no lo ha llenado nada.
Pero ¿de qué estamos hablando?, ¿qué es el nacionalismo? No hay una sola definición de fenómeno tan complejo y lleno de particularidades históricas, pero hace años Hans Kohn le identificó con la voluntad colectiva que hace del Estado nacional -en este caso el mexicano- la forma de organización política adecuada para lograr el bienestar material de la colectividad y ser la gran fuente de creación cultural ("Historia del nacionalismo", Fondo de Cultura, 1949).
En época más reciente, John Brevilly advierte que todo nacionalismo real está montado en este tripode: a) La idea de una nación con un carácter único y distintivo; b) La prioridad de los valores e intereses de esa nación sobre muchos otros, y c) La voluntad de formar una nación tan independiente como sea posible ("Nationalism and the State", University of Chicago Press, 1993).
En cualquier caso, el nacionalismo siempre es una idea surgida de la élite que, para tener éxito, debe llegar a ser aceptada por el resto de la sociedad, incluidas las clases mayoritarias.
Hasta mediados de los 80, el nacionalismo era parte integral, indispensable y aparentemente insustituible de la ideología oficial mexicana.
El punto de vista dominante hasta entonces era que el nacionalismo constituía el vínculo esencial del consenso político mexicano, y que éste, a su vez, era fundamental para la estabilidad, la cual era el marco indispensable para el desarrollo económico, por tanto, una política que alimentara el nacionalismo fomentaría, en consecuencia, el consenso, la estabilidad y el desarrollo (Mario Ojeda, "Alcances y límites de la política exterior mexicana", México: El Colegio de México, 1984).
Sin embargo, la gran crisis de 1982 obligó a la dirigencia a pensar lo impensable, a remover al nacionalismo del centro de la ideología oficial y poner en su lugar una visión que, de tan diferente, la opuesta: La de la globalización y la moderoización entendidas como sinónimo de la integración de México -integración subordinada, dada la enorme diferencia de poder- a la economía del poderoso vecino del norte.
Se afirrnó entonces que ésa era la única
alternativa viable dada el del modelo económico anterior;
un modelo que en nombre del nacionalismo había cobijado
y tolerado un sinnúmero de corruptelas y abusos pero, sobre
todo, había disfrazado de patriotismo la ineficiencia de
empresas públicas y privadas incapaces de competir en el
mercado mundial, único mercado que podía sacar a
México de la mediocridad económica en que había
caído.
El antinacionalismo
Para los tecnócratas que en los 80 tomaron por asalto la presidencia mexicana, la solución de fondo al problema del país -y la clave para que ellos mantuvieran por muchos años el control de la institución central del sistema político- era lograr el ingreso masivo, sin precedente, de capital extemo a México.
Y ese capital sólo llegaría si se procedía a privatizar el sector estatal y a echar abajo las disposiciones que protegían al capital nacional -público y privado- de la competencia extema.
El primer paso se dio en 1987 cuando México aceptó aquello que en media de la euforia petrolera había rechazado apenas el sexenio anterior Ingresar al Acuerdo General de Aranceles y Comercio (GATT).
Pero sólo habían corrido tres años de ello cuando se dio un paso aún más audaz: la histórica negociación entre México y Estados Unidos de un Tratado de Libre Comercio al que poco después se uniría el Canadá. En 1993 ese acuerdo era ya una realidad. En un verdadero blitzkrieg político el nuevo grupo logró imponer al resto de la sociedad mexicana su ideología antinacionalista y, según las encuestas de esos años, la opinión pública pareció apoyar un cambio de orientación político frente a Estados Unidos que se podía resumir así: de la independencia relativa a la integración máxima posible.
A partir de 1993 el objetivo del esfuerzo nacional ya no sería la construcción y consolidación de una independencia económica relativa frente a Estados Unidos, sino lo opuesto: La integración de México a la economía de ese país, la mayor potencia mundial y que hasta mediados de los años 80 había side el "enemigo externo" del nacionalismo que acababa de descartarse.
En Estados Unidos, quienes apoyaron la idea del TLC -también hubo opositores que hoy han vuelto a cobrar fuerza- vieron en Carlos Salinas al único lider mexicano con el valor suficiente para romper definitivamente con la vieja retórica antinorteamericana, y lo celebraron como el abanderado de esa cultura política del libre comercio que debería imperar en todos Los países subdesarrollados, tal y como Estados Unidos lo venía demandando de mucho tiempo atrás (Krugman, Paul, "The Unconfortable Truth About Nafta, It's Foreign Policy, Stupid", en Foreign Affairs, V. 72, No. 5, 1993, p.18).
La celebración del triunfo de los antinacionalistas resultó relativamente corta, pues de inmediato los problemas se empezaron a acumular.
De entrada, en enero de 1994, estalló el levantamiento armado indígena en Chiapas que, entre otras cosas, reivindicaba el nacionalismo, pero no el que acababa de morir sino el original, el que había sido producto de una gran revolución social.
Un año después, cuando la débil recuperación
de la economia atribuida al TLC se convirtió en la "peor
caída del Producto Inferno Bruto desde la época
de Pascual Ortiz Rubio" y la deuda externa pública
y privada alcanzaba la increíble suma de 170 mil millones
de dólares, la visión globalizadora y antinacionalista
de la élite tecnocrática se quedó sin su
sustento legitimador: la efectividad económica.
Lo que se es
La gran promesa detrás de la adopción de la ideología de la globalización y la integración, era llevar en unos cuantos años a la sociedad mexicana a ese sitio a donde el nacionalismo no pudo llevarla, al Primer Mundo por la vía del enganche al tren económico de la gran potencia del norte.
Sin embargo, la crisis económica actual mostró de manera descarnada que no hay forma de que en el futuro previsible México abandone su carácter de economía subdesarrollada.
Por otra parte, la actual campaña electoral en Estados Unidos ha introducido "el factor mexicano" como un más en la disputa política.
Hoy, ningún candidato a la presidencia norteamericana puede darse el lujo de ser positivo y frente a un país que requiere de fuertes préstamos para no caer en moratoria, que es fuente de la mayor ola de inmigrantes indocumentados y que sirve de puerto de entrada a cantidades crecientes de narcóticos.
Es más, el grupo político mexicano portaestandarte de la integración con el norte -el salinista- aparece hoy a ojos de la opinión pública norteamericana como particularmente corrupto e inepto.
Es por ello que el liderazgo político norteamericano ya no parece dispuesto, como en la época de George Bush o inicios de la de W¦lliam Clinton, a dar la bienvenida a México como nuevo socio en la ampliación del espacio geográfico de la "Civilización de la América del Norte".
La ideología mexicana que abandonó el nacionalismo a cambio de adoptar la visión norteamericana del mundo, hoy se encuentra gran vacío y un problema igualmente grande.
En efecto, el rechazo al nacionalismo por parte de los líderes mexicanos no se ha traducido en lo que ellos esperaban: en la genuina aceptación de México por parte de Estados Unidos.
La confusión en que hoy se mueve la clase política mexicana es enorme, pues por un lado ya no es lo que fue, pero por otro tampoco pudo llegar a ser lo que se propuso, socio privilegiado de las élites norteamericanas.
A estas alturas es más o menos claro que en el futuro previsible México no va a abandonar su condición tercermundista. Es igualmente evidente que en Estados Unidos hay fuerzas importantes que de plano rechazan la incorporación de México a su economía y forma de vida
Por tanto, a lo más que los gobernantes mexicanos pueden aspirar en los próximos años en materia de política externa es a redefinir los térrninos del acuerdo con Estados Unidos y, en lo interno, a recuperar el terreno que se perdió en materia económica, es decir, a llegar en el año 2000 a donde estábamos en 1982.
Ahora bien, esto, como proyecto y sustituto de la promesa nacionalista,
es por decir lo menos, muy pobre y ridícula.
La posibilidad del regreso
El nacionalismo posrevolucionario es ya irrecuperable, entre otras cosas porque sus resultados fueron tan contradictorios que pocos querrán revivirlo. Pero, por otra parte, el nacionalismo original, el revolucionario, fue producto de una larga y muy peculiar experiencia histórica que sigue disponible.
En efecto, ese nacionalismo surgió tras una experiencia secular de conflicto con varios imperialismos -el español, el británico, el francés y, desde luego, el norteamericano-, experiencia que hoy forma parte del suelo y subsuelo en el que se asienta la sociedad mexicana. En condiciones adecuadas, ese pasado histórico puede ser recuperado de manera constructiva y convertirse, de nuevo, en fuente de energía política y consenso.
El nacionalismo de la Revolución Mexicana no fue sino la cristalización de un proceso muy largo, cuyas raíces se encuentran en la época colonial, lo mismo en el guadalupanismo que en el orgullo criollo.
Por buenas y malas razones, cuando ese nacionalismo se desarrolló entre 1910 a 1940, sólo excepcionalmente lo hizo como xenofobia y agresividad, pues el grueso de su energía se concentró menos en destruir la presencia extranjera y más, mucho más, en valorar la independencia nacional y en construir una imagen positiva de México y los mexicanos, lo mismo de su pasado que de su futuro, un futuro que incluía, como parte medular, la realización de la justicia histórica: la social.
En un futuro más cercano que lejano, es posible que exista
la fuerza política con capacidad y voluntad suficientes
para volver a darle sentido al nacionalismo mexicano.
Lorenzo Meyer es historiador e investigador de E1 Colegio de México.