Homs,Ricardo.

Psicología del Mexicano.

Capítulo 2.

pp.37-42.

Encadenados al pasado

Cuando hablamos de aferrarnos al pasado, nos referimos a la tendencia a reaccionar estereotipadamente, de modo tradicional, o apelando a valores que conforman nuestra historia.

Generalmente en lo individual guardamos un poco más de independencia de criteria, pero como grupo, Los mexicanos actuamos tradicionalmente.

Veamos las decisiones políticas. Por ejemplo, el sistema ejidal ha demostrado ser un fracaso que perjudica a los campesinos y al país, pues desmotiva al ejidatario la falta de propiedad de la tierra.

Sin embargo, por razones subjetivas, derivadas de la costumbre de relacionar al ejido con los logros de nuestra Revolución, no se ha eliminado este sistema de propiedad comunal, no obstante que en privado todos apoyemos su derogación. En la vida de hoy aún pesan las tradiciones y convencionalismos.

Los países orientados al pasado y los que viven de cara al futuro

Si nos remitimos a la simple observación, concluiremos que somos un pueblo orientado al pasado, aunque nos esforcemos por proclamar nuestra modernidad.

Limitémonos por ahora a encontrar tendencias.

Los países orientados al futuro coincidentemente son aquellos que no tienen tradiciones profundas, tal y como sucede con esas familias surgidas de quien sabe dónde, sin conciencia de sus orígenes, que terminan siendo esforzados, ambiciosos y no reparan en medios para lograr sus objetivos, pero actuando así llegan a la cima del éxito monetario y social. Para ejemplificar esta situación podríamos mencionar a Estados Unidos, Canadá, Brasil, Argentina, Australia, Nueva Zelandia, Sudáfrica, par mencionar algunos.

En esos países no había una cultura aborigen rica, social, cultural o económicamente.

La estructura fundamental de esas naciones recae en inmigrantes, que un día llegaron cargados de ilusiones y ambiciones, o porque no tenían otra alternaliva en sus países de origen.

En esos casos la estructura social parte de cero. No hay pasado que preservar en la memoria, y todo el futuro está por delante.

Es el caso de las ciudades como Brasilia, que parten de la nada, de un proyecto donde todo es planificado. En contraste podemos citar a las ciudades antiguas, donde el crecimiento se da añadiendo parches a la estructura central, como si fuese un pulpo al que le crecen nuevos tentáculos. En el centro calles estrechas planeadas para transitar a pie o en caballo, donde los automovilistas se sienten como intrusos.

Países como México, Perú, Japón, Egipto, La India y toda Europa arrastran un rico equipaje que cuidar.

Sin embargo, sin perder de vista que la hisioria de Europa está llena de invasiones de tribus e imperios, América y España tuvieron una transculturización traumática, pues los invasores eran pueblos radicalmente diferentes a los invadidos: diferentes en cultura, religión, filosofía de la vida, hábitos y costumbres, alimentación, y hasta en el perfil étnico.

España se lanzó a la conquista de América cuando aún no estaba totalmente libre de los efectos de una tiranía de más de siete siglos, como fue la árabe.

Una cultura rica que es sojuzgada, y hasta evangelizada, no deja de ser violentada, quedando huella de esa transculturización conflictiva.

Lo que se asimila a la fuerza, no pasa de ser epidérmico.

A los colonizadores de América principalmente los podemos dividir en dos grupos: sajones e ibéricos.

En sajones incluimos únicamente a los ingleses y en los ibéricos a españoles y portugueses. Los franceses, no obstante haber dominado parte de Canadá, y parte de la costa atlántica de Estados Unidos, ya no estaban fuertes políticamente, principalmente en el siglo XIX, que fue cuando se dio la mayor parte de la colonización del interior de Canadá. Su mayor influencia en las zonas dominadas, es de tipo cultural. La muestra es que actualmente Canadá es miembro del Reino Unido.

Los holandeses, fuera del pequeño territorio de la Guyana, en América Central, no tuvieron mayor trascendencia, pues abandonaron la pequeña zona del Brasil que tenían dominada.

Los ingleses, y sus descendientes norteamericanos aniquilaron a las tribus indígenas y las que sobrevivieron fueron confinadas en reservaciones, que casi eran campos de concentración; los indios norteamericanos fueron tratados como rehenes de guerra.

En cambio españoles y portugueses convivieron con los indios y cohabitaron con las indias, dando origen al mestizaje.

El mestizaje, realizado violentamente como parte de la domiación es parte del conflicto latente cn la conciencia colectiva del mexicano. El sobrevalorar el pasado es un modo de ser, sumamente arraigado en la sociedad mexicana.

Éste presumiblemente se origina en un mecanismo psicológico de defensa, que debió darse en los primeros mestizos, a través de revalorar la única parte de su origen reconocida por la comunidad en la que vivían, que en su mayor parte sería de origen indígena, ya que el español generalmente no reconocía al fruto casual de una relación fortuita con india.

Esta revalorización de la grandeza cultural indígena creó un modo de ser, igual que sucede con las familias aristócratas venidas a menos, caracterizada por la nostalgia de tiempos gloriosos. A través de las generaciones quizá se formó esa actitud de arraigo en el pasado, dando por resultado un tradicionalismo acendrado, que rige el presente. No es lo mismo tener conciencia de origen, que no es más que un proceso informativo, que vivir en el pasado, indiferente al futuro.

El psicoanálisis

Definitivamente, mientras los mexicanos no nos hagamos un psicoanálisis, como pueblo, y descubramos el origen de nuestro conflicto, a fin de relativizarlo, no podremos aceptarnos y amarnos a nosotros mismos tal y como somos. Nos falta revalorarnos, sin caer en excesos megalomaniacos, que usualmente sirven para esconder un profundo complejo de inferioridad.

Es un hecho contundente que los mexicanos, como nación nos sentimos impelidos a buscar la aprobación de otros países, cayendo en excesos exhibicionistas, pretendiendo en ocasiones asumir un liderazgo que no tenemos condiciones de respaldar, por poderío económico, tecnológico o militar.

Para ejemplificar la justa dimensión de la tesis antes expuesta, en el sentido de que inconscientemente buscamos la aprobación, y si es posible la admiración de los demás.

Para ejemplificar esta idea, relataré una anécdota acontecida en Pamplona, España, en una peña a donde fuinos invitados un grupo de becarios de varias nacionalidades. Después de que nuestro anfitrión nos presentó con los miembros del club, sentí que los mexicanos despertábamos un desusual interés.

Cuando hubo la suficiente confianza nos contaron la historia siguiente: unos años antes un socio de la peña llevó a un amigo mexicano, quien pretendiendo parecer simpático gastó bromas cada vez más pesadas a uno de los que formaban el corrillo. Este individuo cuando llegó al limite de paciencia, trató de poner las cosas en claro y reaccionó agresivamente en contra del bromista inoportuno.

El mexicano al perder control de la situación sintió que quedaba en ridículo, y cambió de actitud, para tratar de congraciarse con el agredido.

Para demostrarle sus buenas y sinceras intenciones de amistad le ofreció invitarlo a conocer nuestro país con los gastos por su cuenta.

En la peña todos interpretaron el ofrecimiento como una promesa de borracho, sin posibilidades de convertirse en realidad.

Unas semanas después llamaron a casa del invitado desde una agencia de viajes local, para informarle que recibdo instrucciones de entregar boletos de avión para él y su familia, a fin de que se trasladaran a México. Sus anfitriones los pasearon por los principales centros turísticos.

Es obvio que detrás de esta generosidad estaba latente una necesidad de aceptación y reconocimiento, pretendiendo demostrar a sus huéspedes y amigos de ellos una superioridad económica . De otro modo no se explica esa desmesurada muestra de afecto por alguien que se conoce fortuitamente y con quien se da en unos cuantos días de viaje una relación amistosa.

Para el mexicano era necesario llevar a ese español a conocer su alto nivel de vida, a fin de que regresara impresionado y elogiando a sus anfitriones.

Reconozcamos también que las mejores propinas que se dan en el extranjero provienen de mexicanos, igual que el consumo de los productos más caros en los restaurantes.

Esa necesidad de reconocimiento no puede ser más que derivación de un complejo de inferioridad que pretende ser compensado.

Sólo cuando externamos un problema, y lo cosificamos como objeto de estudio, le damos su justa dimensión.

Mientras no relativicemos nuestro pasado no encararemos el futuro con la flexibilidad necesaria para adecuarnos a los vertiginosos cambios.