Granados Chapa, Miguel Angel
Periódico
"El Norte"
El Siglo de Fidel
Parecía inmorible no inmortal, que eso es otra cosa. Pero ha muerto. El siglo de Fidel terminó a los 97 años y dos meses exactos. Perdió al fin su fatigosa y prolongada batalla con la muerte. La infección postrera, la que acabó con su resistencia lo atacó en las vías urinarias. Pero en realidad murió de viejo.
Más que morir, fue diluyéndose. Ante un público que siguió morboso el feo proceso de su decrepitud, iban disminuyendo su talla, su grosor, su capacidad locomotiva. Una y otra vez, en las últimas semanas, volvió al Hospital ABC. Y ya en su etapa postrera fue alojado en el de los guardias presidenciales, como si fuera uno de ellos. Porque acaso lo fue.
"Este es el rostro del sistema que quieres cambiar". Esa frase fue reproducida miles de veces al pie de un retrato de Velázquez, acaso retocado para subrayar la senilidad que lo poseía. Se trataba de un cartel electoral fijado en calles y plazas durante el proceso electoral de 1994. Pudo haberse reproducido ahora. Pero quizá la propaganda opositora lo consideró ya innecesario. Quizá lo dio por muerto anticipadamente.
Como es obvio, muchos que sintieron la inminencia, de esa muerte hace largo tiempo se equ ivocaron redondamente. Al autor de esta columna le pareció que al cumplir el vetusto líder 96 años su final se aproximaba, y a vuela pluma escribió a mediados de 1996 un esbozo biográfico titulado "El siglo de Fidel Velázquez", que se tornó obsoleto, ya que murió antes que el sujeto de su atención. Allí lo vimos como la personificación del sindicalismo mexicano.
Velázquez, en efecto, fue la encarnación de un estilo de organización laboral, más cercano al Gobierno y a los patrones que a sus representados, más combatiente contra el sindicalismo considerado enemigo que contra la carestía, la inflación, las expoliaciones de todo género.
Salvo unos cuantos años, los iniciales de su vida adulta, Fidel Velázquez no tuvo con el trabajo manual. Pronto pasó del banco de ordeña al escritorio, no del dirigente sino del gestor, de su propia causa y luego de las de otros en sus condiciones, que siguieron en las mismas mientras él se erguía hasta la posición de máximo dirigente de masas de nuestro país.
Vestido siempre con el uniforme de los litigantes en los tribunales del trabajo (su ambiente natural durante los años 20 y 30), Fidel Velázquez no pudo ser confundido nunca con un obrero. Su arribismo se manifestaba en el atuendo, terno de lana y sombrero, acaso destinado a confundirse también en los hábitos (en el doble sentido de vestimenta y costumbres) con sus contrarios, a los que deseaba sus iguales. No es extraño que haya pasado la mayor parte de su vida en las Lomas de Chapultepec, donde hubo en su tiempo el mayor número de millonarios por kilómetro cuadrado en todo el País. En su domicilio de Sierra Paracaima era vecino de empresarios de alto rango, de políticos venidos a más.
Líder sindical durante más de 70 años, más de medio siglo al frente de la mayor corporación obrera, senador dos veces, Fidel Velázquez construyó su mito, su magia, su leyenda. Parco en el habla, salvo cuando se trató de alabar al poderoso o denostar al adversario, el inmovilismo fue su credo sindical y político. Contralor de trabajadores, más que su guía, la encomiada finura de su instinto político radicó en una fórmula simple, la de quedarse. De allí que su dogma personal se convirtiera en axioma de la clase política: El que se mueve no sale en la fotografía.
Desde esa quietud, Velázquez veía poblarse el cementerio en torno suyo. Actuó cerca, y al servicio de 15 Presidentes 10 de ellos fallecidos hoy. Vio pasar, profesante del refrán oriental, los cadáveres de decenas de sus enemigos. Y lloró con seca discreción, el tránsito de sus pocos amigos fieles. Todos se han ido. En sus últimos días quizá pudo percibir el bullicio de los pretendientes a su trono, y a los únicos miembros de su corte, que se volvió cortejo fúnebre.
Al cumplir 95 años, Fidel Velázquez decretó que el Primero de Mayo siguiente no habría desfile obrero. En los dos años siguientes repitió la prohibición. Prefirió celebrar la fiesta obrera, cuyos espacios propios son la plaza y la calle, el cielo abierto, en recintos cerrados o perímetros acotados por la seguridad pública. Hace dos meses ya ni siquiera pudo asistir a la fiesta obrera. Tal vez desde entonces estaba liquidado, aunque todavía se le vio en público varias veces después.
Ni él queria morirse, ni a su central obrera le convenía su desaparición. Como quien practica un ensalmo, la 121 sesión del consejo nacional de la CTM lo declaró virtualmente secretario general vitalicio, pues en febrero pasado acordó prematuramente proponer su enésima reelección, que debería consagrar el Congreso nacional que se reunirá en 1998. Al proponerlo así, esa agrupación estaba en realidad dictando su propia sentencia de muerte. Dijo, en efecto, el acuerdo correspondiente:
"Si hacemos un análisis frío, desapasionado y sereno de las condiciones de honestidad, experiencia, sabiduría y autoridad moral para comandar los destinos de la CTM y todo lo que ello implica, con suficiente carisma y respetabilidad, que sea factor de unidad y garantice la solidez de la organización, llegaremos a concluir que la única persona con esas características es Fidel Velázquez Sánchez...".
Si el Unico ha desaparecido, la consecuencia 1ógica es que la organización toca a su fin. Si el rey ha muerto, ¿el reino también?
La respuesta a esa pregunta podría ser afirmativa. Conjeturemos sobre lo que puede ocurrir a partir de los datos visibles y de la formalidad cetemista. El Artículo 32 de los estatutos de la CTM prevé la designación de seis secretarios generales sustitutos. Los dos primeros en el orden sucesorio han padecido males que virtualmente los han dejado sin posibilidad de reemplazar a su extinto jefe. El primero es Emilio M. González, a quien hace un cuarto de siglo don Jesús Reyes Heroles adivinaba como seguro reemplazante de Fidel, que entonces pasaba por uno de los muchos momentos de aparente debilidad que debían resolverse con su salida de la CTM. Desde aquel entonces, González fue senador dos veces, una de las cuales encabezó su Cámara, y gobernador de Nayarit. Pero nunca le llegó el turno de suceder a Velázquez. Ya cuando dirigía el Senado era visible su agotamiento, pues dormitaba en público y un ayudante debía estar alerta a su lado para hacerlo volver a la conciencia. Es peor el caso del segundo suplente el dirigente poblano Blas Chumacero, que al igual que don Emilio ya, ni siquiera puede caminar y además ha perdido apoyo en la federación cetemista de su estado natal, que es su base política. El año pasado, el propio Fidel Velázquez tuvo que salvarlo del rechazo a su reelección, que se veía venir, al suspender el congreso estatal alegando que no había quorum. Fue un gesto noble del ahora fallecido secretario general, destinado a que Chumacero, como él mismo deseaba para sí, muera en un puesto de mando.
El tercero en el orden sucesorio es Leonardo Rodríguez Alcaine. A pesar de que no es ya un muchacho, está en condiciones de asumir la secretaría general, como ya lo ha hecho en breves ocasiones precedentes. Texcocano, nacido el 1 de mayo de 1919; dos años de la carrera de ingeniero mecánico electricista y a los 19 años ingresó en la Comisión Federal de Electricidad, en cuyo sindicato militó al lado de Francisco Pérez Ríos. Comenzó siendo secretario de trabajo y conflictos en un comité seccional, en 1941, y durante los tres años siguientes fue secretario de deportes del comité nacional del Sindicato Nacional de Electricistas. El cargo no era casual, pues Rodriguez Alcaine era ejercedor de la acción directa, y se le conocía como guardia personal de Pérez Ríos, que lo hizo después secretario de organización del gremio. Desde allí inició la otra vertiente de su trayecto político, en el Congreso de la Unión. Fue diputado federal dos veces, de 1955 a 1958 y de 1967 a 1970. Y senador también un par de veces: de 1976 a 1982 y de 1988 a 1994.
Siempre dependiente de Pérez Ríos, fue secretario de trabajo del flamante Sindicato Unico de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana, surgido en 1972 como Producto de un frágil acuerdo entre el sindicato de Pérez Ríos y el que encabezaba Rafael Galván. Muerto aquél en marzo de 1975, Rodríguez Alcaine lo sucedió y como secretario general le correspondió emprender la batida final contra la Tendencia Democrática encabezada par Galván. Esa corriente denunció en octubre de ese año que el nuevo líder habría dicho que "echaría mano de las armas para desaparecer a Rafael Galván y socios". No tuvo que hacerlo personalmente ni se llegó a esa consecuencia extrema, pero en julio de 1976 el Gobierno lanzó a tropas del Ejército contra las últimas acciones de resistencia del galvanismo y en los hechos lo sumió.
Rodríguez Alcaine cobró al reemplazar a Pérez Ríos una experiencia que, según confió al reportero de Proceso Salvador Corro ("La decisi6n de Fidel", Planeta, 1997) repetiría en la coyuntura de la muerte de Velázquez: fue secretario general provisional cuando desapareció Pérez Ríos, pero llamó rápidamente a un consejo nacional para consagrar su elevación al liderazgo electricista. Algo como eso haría ahora, según anunció en julio de 1995:
"...Si faltara don Fidel en primera instancia sería Emilio, en segunda instancia Blas y en tercer lugar yo. En lo concerniente a mi persona, si me tocara a mí, por cualquier razón, no me ajustaría a la comodidad de lo que marcan los estatutos, sino que de inmediato convocaría al comité nacional y les diría: vamos a hacer que se realice un congreso extraordinario para que no esté coja la Confederación, que puede ser grave".
Otros dirigentes cetemistas serían, sin embargo, partidarios de no apresurar las cosas, sino esperar a que se reúna normalmente el congreso programado para 1998, para que se consoliden las fuerzas dentro de la Confederación. Rodríguez Alcaine carece de liderazgo pleno que se restó en Velázquez hasta el final, y hasta podría ser empujado a dejar la secretaría interina. Aunque él mismo identific6 como croquistas a quienes lo abuchearon por su largo y lastimoso discurso del Primero de Mayo pasado, también en la CTM atundan sus malquerientes, que se avergüenzan del estilo bronco y descortés del dirigente mexiquense apodado "La Güera".
Muerto en octubre de 1995, Salvador Esquer Apodaca, el dirigente azucarero que era cuarto en el orden de sucesión, el siguiente lugar corresponde a Gilberto Muñoz Mosqueda, el más joven del senecto cuadro de reemplazos configurado por el propio líder ahora fallecido, pues tiene apenas 61 años. Nacido en San Juan del Río, Querétaro, el 30 de diciembre de 1935, ha hecho política en Guanajuato, donde ha sido diputado local y federal, y miembro del Senado. Fue además Alcalde de Salamanca. Dirige el sindicato nacional de trabajadores de la industria petroquímica y carboquímica, levantado por uno de los pilares cetemistas, Hermenegildo J. Aldana.
Citado alguna vez por Velázquez como uno de los que podrían sustituirlo, a los cuales invitó a hacer campaña, Muñoz Mosqueda dijo entonces, según recuerda Corro:
"Nadie lo hizo porque nadie tiene las agallas suficientes. Nadie tendrá nunca la talla de Fidel Velázquez. Nosotros acuñamos una frase que lo dice todo: Fidel Velázquez, el equilibrio de la Patria. Es un honor para mí que el compañero Velázquez haya puesto mi nombre en su boca."
Ahora mismo, tibio aún el cadáver del "compañero Velázquez" podrían empezar a fermentarse los bacilos de la descomposición cetemista. Los resultados electorales del 6 de julio podrían a su vez estimular un proceso de independización de los grandes sindicatos nacionales de industria, que dan sentido y fortaleza a la agrupación. Es difícil que los herederos de Velázquez reconozcan en alguno de ellos autoridad suficiente para imponerse a los demás. Los intereses de sus propios agrupamientos pueden quedar mejor servidos si cada quien camina por su lado, y no se expone al desgaste de energía que implica una gestión central, en la CTM, dotada de fuerza insuficiente.
Dejada de lado aun como fuente de expresión de las demandas obreras, la CTM (y el aún más frágil Congreso del Trabajo) ha perdido su funcionalidad política. Aunque subsiste el sector obrero en el PRI, y el actual comité nacional lo hizo operante a la hora de escoger candidaturas, es un hecho que el corporativismo en que floreció esa Confederación ha tocado a su fin. Sólo si reaccionaran con ánimo tribal, agrupándose frente a los peligros exteriores, podría el puñado de dirigentes preservar el legado de Velázquez. Pero será fuerte la tentación para quienes se asientan en plataformas sindicales firmes (los petroleros, los electricistas, los trabajadores de la radio y la televisión) de ser generales en su propio territorio y no coroneles en el mando conjunto de la CTM. Las federaciones estatales, por su lado, preferirán tal vez constituirse en factores de poder local, en negociación directa con los gobernadores, ante los cuales ostentan una mayor representación que la admitida por el Gobierno.