Aguilar Zinser, Adolfo


La nave del tigre ya zarpó.

Televisa logró por varias décadas hacer de la negación sistemática de la realidad, de su ocultamiento, de su deformación, un negocio próspero, amplio y lucrativo. Hoy las circunstancias políticas del País, la nueva atmósfera, tensa y enrarecida en la que respira su masivo auditorio, la obligan a emprender una tarea para la que nunca se preparó: Hablar de la realidad.

Televisa es uno de los sitios más inaccesibles del País. Este gran emporio de las comunicaciones es manejado y opera como una fortaleza casi inexpugnable. Sus instalaciones centrales localizadas en Chapultepec y San Angel en el Distrito Federal, están resguardadas por grandes muros y son vigiladas constantemente por u cuerpo de seguridad propio, emplazado en puertas, pasillos, pasadizos y rincones. No obstante sus dimensiones y el tamaño de su personal, Televisa cuida celosamente su privacía, lleva a cabo sus decisiones empresariales en estricta confidencialidad, rechaza cualquier intento de escrutinio público, exige a sus empleados y sobre todo a sus ejecutivos, a sus actores e intérpretes, una lealtad y un sometimiento absolutos a la empresa. A la cabeza del monopolio está su principal accionista, un millonario voluntarioso y excéntrico, a quien la prensa llama "El Tigre", heredero astuto y altivo que ensanchó la fortuna de la familia y que, justo es decirlo, transformó el negocio de radio y televisión que inició su padre, don Emilio Azcárraga, en la más importante empresa de comunicaciones del País, en un conglomerado cuyos intereses se desbordan hacia todos los campos del quehacer editorial, del espectáculo y los deportes, en la principal productora de telenovelas del mundo y en la primera corporación mexicana genuinamente transnacional.

Realidad callada.
Una de las claves del negocio de Televisa, quizá lo que le dio mayor ventaja, lo que le permitió crecer y expandirse con el respaldo y la concurrencia del Estado mexicano, con la protección y el impulso oficial, fue su habilidad y determinación para callar la realidad del País, para ocultar todo lo que fuera nocivo o adverso al Estado. Televisa forma parte del sistema político mexicano; es una entidad privada que sin embargo ha desempeñado una función política vital para la consecución de los intereses, la preservación y sostenimiento de ese orden político imperante.

El eje estratégico del negocio ha sido en efecto, entretener y no informar. Para este consorcio sólo ha existido una versión de los asuntos públicos, una explicación válida de los problemas nacionales, una interpretación de la realidad política: La visión, la explicación y la interpretación del Gobierno, del Presidente en turno, del régimen al que pertenece y al que entusiastamente sirve.

Consumidores de ilusiones.
Vía el entretenimiento dirigido a crear modas y aficiones, a configurar ídolos, a popularizar personajes y tonadas, a escenificar por entregas vespertinas las tragedias y comicidades del clasemediero universal, televisa consiguió que la mayoría de los mexicanos se transformara en televidentes estáticos, en consumidores de ilusiones inalcanzables y no menos importente, en gobernados temerosos, inermes y perjuiciados. En México, a querer o no, el fenómeno de la televisión, la configuración masiva de auditorios, la creación colectiva de imágenes, de percepciones, valores y actitudes políticas, es ante todo obra de Televisa.

El fin del régimen, cuyos síntomas son evidentes en todas partes, concierne también y de manera directa e inmediata a la supervivencia de Televisa. La empresa del Tigre enfrenta hoy con vacilaciones y desconcierto, con graves problemas financieros y con una competencia creciente de nuevos difusores, el reto nada sencillo de existir y de preservar sus intereses corporativos, más allá del PRI.

No hay sitio seguro.
En la era postpriísta a la que rápidamente e inexorablemente nos aproximamos, Televisa no tiene su sitio asegurado. Está por tanto obligada a la penosa realidad social y política que siempre negó, reconociendo la diversidad y pluralidad del País y haciéndose partícipe de todo ello. No será nada fácil. La realidad y Televisa no congenian. De hecho Televisa logró por varias décadas hacer de la negación sistemática de la realidad, de su ocultamiento y disfraz, de su deformación, un negocio próspero, amplio y lucrativo. Hoy las circunstancias políticas del País, las condiciones de competencia nacional e internacional, la nueva atmósfera, tensa y enrarecida en la que respiran sus masivos auditorios, obligan a Televisa a emprender una tarea para la que nunca se preparó: Hablar de la realidad, mostrarla, revelarla, desenmascararla, discutirla desde todas las ópticas. Si Televisa quiere permanecer en el negocio tendrá precisamente que aprender a hacer de la difusión agresiva, oportuna y certera de nuestras realidades, su nuevo negocio.

La primavera.
En los últimos tiempos Televisa dio algunas muestras de querer hacerlo. Con timidez y cautela, tenteando cuidadosamente el terreno, la empresa abrió algunos espacios, quitó algunas tapias, tendió algunos puentes. Sus transmisiones informativas comenzaron a ser más francas y reveladoras, difundió asuntos y voces antes ignoradas y mostró algunos sucesos estremecedores que antes había negado. Lo hizo, quizá en parte por necesidad y en parte por convencimiento, pero al hacerlo traspasó un umbral sin retorno.

Esa primavera de Televisa coincidió con el asenso de Alejandro Burillo, heredero de la tercera generación del apellido Azcárraga a la vicepresidencia ejecutiva del consorcio. Lo que aparentemente intentó Burillo no fue una ruptura generacional con el "Tigre", ni un cambio oportunista de bando, ni un enfrentamiento con el Estado. Fue sencillamente, una adecuación a la realidad, para colocar a Televisa en una mejor posición competitiva, para multiplicar sus espacios de interlocución política y gerencial, para recomponer su imagen pública y liberarse poco a poco de compromisos ya obsoletos. La apertura sólo llegó a resquicio pero es tal el tamaño del auditorio, el alcance social, y la penetración de las transmisiones de Televisa, que le efecto político de ese "resquicio" fue formidable. En el contexto de la desproporción tan brutal que existe entre la penetración de Televisa y la de cualquier otro medio de comunicación oral, visual o escrito, una ligera apertura de Televisa equivale a un verdadero destape informativo. Las bocanadas de aire fresco, estremecieron al gobierno de Zedillo y asfixiaron súbitamente al "Tigre", Gobierno y empresa decidieron aparentemente atajar con un zarpazo a la primavera y apartar a Burillo como se elimina al mensajero de las malas noticias. Sin embargo, cualquiera que haya sido la forma en que Ricardo Rocha obtuvo el video de Aguas Blancas, su inusitadoa transmisión por la pantalla del Canal de las estrellas, fue para Televisa una especie de desfloramiento, una pérdida irreparable de la virginidad política que cuidó por décadas.

Televisa podrá prescindir por el momento de sus ejecutivos más lúcidos pero no podrá volver atrás. El yate del "Tigre", que navega tan cadencioso en las azules aguas del Mediterráneo español, tan aquerenciado con los paisajes de California y sus rascacielos de Manhattan, ya zarpó. Si Televisa no pasa de su tibia primavera al caluroso verano de la democratización que el país reclama, sucumbirá congelada por el gélido invierno de un régimen extenuado que ya quedó atrás.