Meyer, Lorenzo.
Periódico EL NORTE.
Jueves 28 de Marzo de 1996.
Desigualdad
Las estadísticas sobre la evolución de la distribución del ingreso demuestran que en México hay un aumento en la inequidad
La nación
En principio, una nación es, o debería de ser, lo que José Ortega y Gasset apuntara en "La rebelión de las masas": "Un proyecto sugestivo de vida en común". E1 problema con esa definición es que para una gran parte de los mexicanos, el proyecto que hoy está en marcha no sugiere nada particularmente atractivo en relación a un futuro en común.
La cohesión de una nación es, sin duda, una de sus principales fuentes de energía política, la fuerza que le permite hacer frente a situaciones adversas como la que hoy vive México.
Esta cohesión del tejido social, o falta de ella, proviene tanto del pasado nacional como de la
idea compartida del presente sobre el futuro, de ese "proyecto sugestivo" del que habló Ortega.
En buena medida, el grado de integración y cohesión que
hay en un país depende de lo que. sus líderes hicieron o dejaron
de hacer para despertar la voluntad, de grupos, clases y regiones, de seguir
viviendo y construllendo juntos el futuro; de lo que se hizo o se dejó
de hacer para disminuir las diferencias internas y confrontar mejor los
inevitables choques, y aprovechar las oportunidades que se abren en el trato
cotidiano con las otras comunidades nacionales que conforman el sistema
internacional.
Solidaridad
La cohesión interna de una comunidad es en gran medida función del grado de solidaridad efectiva entre sus miembros.
Las naciones o nacionalidades verdaderamente fuertes son aquellas que han demostrado a lo largo del tiempo que solidaridad es algo más que un término empleado en el discurso político.
Solidaridad signífica, entre otras cosas, que efectivamente hay una disposición y un arreglo institucional, gubernamental y privado, para asumir que la suerte de cada uno de los miembros de esa comunidad o nación es asunto de todos, al menos en lo que se refiere a las condiciones básicas de vida.
Desafortunadamente, en el caso mexicano. la solidaridad no ha sido una de las características sobresalientes de la comunidad.
No lo fue desde el principio, ya que la esencia de una sociedad colonial como lo fue por tres siglos la mexicana, es justamente la opuesta: Para que la minoría explotara abierta y sistemáticamente a la mayoría, fue necesario que la primera viera a la segunda como algo totalmente ajeno y despreciable. Y ese fue el caso en México. Y una vez más aquí viene a cuento la observación de Alexander Von Humboldt: En pocas sociedades se daban los extremos de riqueza y miseria que él vio en la Nueva España.
Los 175 años de historia de México como nación independiente no han logrado borrar la característica inicial de sociedad colonial -la profunda división interna-, y no tanto porque la empresa hubiera sido imposible, sino porque no hubo la suficiente voluntad entre quienes tuvieron el poder para hacerlo.
Es verdad que si hoy viviera Von Humboldt ya no encontraría en
México a la sociedad más polarizada de América, pero
casi. En efecto, México sigue siendo una de los países con
las divisiones sociales más agudas, uno donde la solidaridad auténtica
casi no existe.
Distribución del Ingreso
Esa última observación no es una mera apreciación subjetiva, sino un hecho que desgraciadamente está sustentado en los fríos datos oficiales.
En efecto, las cuatro últimas encuestas nacionales de ingresos y gastos de los hogares llevadas a cabo en nuestro país (1984, 1989, 1992 y 1994), nos presentan con toda claridad el resultado de una historia de ausencia de solidaridad ahí donde más cuenta: En la distribución del ingreso, como lo muestra el cuadro adjunto.
Veamos lo que las cifras nos dicen: Los dos primeros deciles, el 20 por ciento más pobre de los hogares mexicanos, se llevaron en 1984 el 4.83 por ciento del ingreso disponible, pero a partir de entonces su pequeña tajada del pastel colectivo se hizo aún más pequeña hasta llegar en 1994 último año para el que hay cifras al 3.28 por ciento, que es una proporción menor incluso de la que tenían en 1968 (3.66 por ciento), otro año para el que hay datos sobre el tema..
En resumen, este indicador cuantitativo nos dice que en materia de equidad los más pobres no han logrado nada en los últimos 30 años.
Y si la situación no es peor, ello se debe, según la hipótesis del profesor Fernando Cortés, a que en la actualidad hay más miembros de las familias pobres trabajando que antes, otra forma de decir lo mismo es que los que estan en el fondo de la pirámide social trabajan cada vez más y, en proporción, reciben cada vez menos.
Ahora bien, si volteamos la vista al 10 por ciento de los hogares con más ingreso en México, la historia es la misma... pero al revés.
En efecto, ese grupo de las familias más afortunadas de México dispuso en 1984 del 32.77 por ciento del ingreso, pero 10 años más tarde su proporción había aumentado al 41.24 por ciento, tenían más que nunca, más que en 1968, cuando lograron el 39.09 por ciento.
Y aquí conviene hacer una observación, las muestras de
las que salió esta distribución tan inequitativa del ingreso
no incluyeron a ninguna de las verdaderas fortunas mexicanas: Los Slim,
los Azcarraga, los Garza Sada, en fin, a ninguna de las familias encabezadas
por los 24 millonarios en dó1ares que hace unos años fueron
parte de la lista de las grandes fortunas del mundo publicada por Forbes,
si alguna de ellas hubiera estado en la lista, las cifras se verían
peor.

La comparación con otras naciones
De acuerdo con un informe del Banco Mundial publicado el año pasado ("Informe sobte el DesarrolIo Mundial", Washington, 1995), sólo un puñado de países tienen hoy una concentración del ingreso peor que la de México: E1 10 por ciento más rico de Brasil concentra el 51 por ciento del ingreso y el de Chile, el 45 por ciento, pero lo anterior no puede ser ningún consuelo para nosotros.
En efecto, las naciones realmente modernas y fuertes concentran en el tope de su pirámide social una proporción mucho menor de la riqueza: E1 10 por ciento más rico de Estados Unidos logra sólo el 25 por ciento, en Francia el 26.1 por ciento y el Japón el 22.4 por ciento del ingreso disponible.
Corea, uno de los "tigres de Asia" que es modelo y envidia de los tecnócratas mexicanos, solo permite que el 10 por ciento de sus familias más afortunadas reciban el 27.6 por ciento del ingreso total de los hogares, es decir, 13.2 por ciento menos que en México.
Viendo el problema desde el punto de vista de los pobres, ese 20 por ciento al que en México sólo le llegó en 1994 el 3.38 por ciento del ingreso, en Estados Unidos logró el 4.7 por ciento, en Francia el 5.6 por ciento, y en Corea el 7.4 por ciento.
Aquí, de nuevo, só1o Brasil tiene el dudoso privilegio de llevarnos la delantera: E1 20 por ciento de las familias más pobres de ese país debieron arreglarselas con únicamente el 2.1 por ciento del ingreso.
Un país por ser pobre tiene, por fuerza, que tener una distribución muy inequitativa de su riqueza.
No, un país mucho más pobre que México o Brasil,
la India, logró que el 20 por ciento de las familias que constituyen
la parte más baja de su piramide social recibieran el 8.8 por ciento
del ingreso, una proporción casi similar a la de España, una
nación rica y equitativa
Una solidaridad pervertida
Aunque Carlos Salinas empleó el termino solidaridad hasta el cansancio, y lo estampó lo mismo en bardas que en el nombre de avenidas, en camisetas que en recipientes de leche Conasupo, en spots de televisión y en discursos, el resultado concreto de su política -las cifras de la distribución de la riqueza- muestra que, como en otras muchas áreas, lo que hizo fue realmente lo contrario de lo que dijo: Favoreció a los pocos y aumentó la distancia entre los grupos y clases. Mientras exaltaba una solidaridad ficticia, disminuía la real.
La Revolución Mexicana, cuando se transformó en un nuevo régimen, encontró su justlticación histórica y una fuente de legitimidad, no en el lema original del maderismo que no cumplió "Sufragio efectivo, no reelección", sino en su proyecto de cimentar el desarrollo de la nacionalidad mexicana en la reafirmación del nacionalismo y, sobre todo, de la solidaridad social.
Fue una interpretación revolucionaria de la solidaridad la que llevó a José Vasconcelos como Secretario de Educación, a emplear una parte del escaso presupuesto federal en publicar libros baratos y llevar a los rudimentos de la educación a las zonas rurales, marginadas casi por completo de los efectos positivos de la modernidad porfirista.
E1 indigenismo posterior de Caso, hoy cuestionado y quiza por buenas rezones, lo que buscó fue una manera de integrar a millones de mexicanos marginados: Hacer consciente y responsable al México moderno del destino de las comunidades más atrasadas del País.
La reforma agraria del cardenismo no fue otra cosa que emplear a fondo el nuevo poder estatal para obligar a la oligarquía del antiguo régimen, y a los terratenientes en general, a dar sustancia a la solidaridad de la Nación con sus campesinos.
La creación del Seguro Social en los años 40 y que tanta oposición despertó en su momento fue la manera como Avila Camacho hizo que tanto los patrones como el Estado hicieran tangible la solidaridad prometida a los obreros y empelados.
Con Miguel Alemán perdió ímpetu la voluntad gubernamental de seguir recorriendo el camino de la solidaridad real, aunque los populismos frustrados de Luis Echeverría y López Portillo pretendieron recuperar ese camino.
Sin embargo, y paradójicamente, fue en el momento de adoptar como slogan de gobierno el termino de solidaridad, cuando realmente se dio la ruptura final con esa política.
E1 resultado es lo que registran las cifras de la evolución de
la distribución del ingreso: Un aumento en la desigualdad, en la
polarización social, un salto histórico hacia atrás.
De cara al futuro
Una nación que trata de una manera tan dura, tan insensible, a sus clases más desprotegidas, como México, no puede esperar un buen futuro en materia de cohesión.
En la última reunión de la Asociación de Banqueros, el presidente de ese organismo, José Madariaga, se preguntó en un momento de sinceridad: "¿Por qué no fuimos capaces de ver la última vez (octubre de 1994) esta crisis tan profunda que amenazaba a la economía?" (El Norte, 15 de marzo).
En realidad, si los banqueros no vieron la crisis fue porque prefirieron la sensación de encandilamiento con el salinismo, pues los indicadores cuantitativos y cualitativos de la fragilidad del arreglo económico los tenían sobre el escritorio.
Si, como sociedad, no queremos repetir el lamento de los banqueros, debemos actuar. Los indicadores de la crisis social son evidentes.