J Lorenzo Meyer
Editorial
Periodico "El Norte"
Octubre 9, 2003
El Punto de Partida
Como la riqueza, la pobreza también se hereda. Hace 42
años, Oscar Lewis, estudioso de la cultura de la pobreza
en México, afirmó: "En las naciones modernas...
la pobreza es una forma de vida, asombrosamente estable y persistente,
que se transmite de una generación a otra por la vía
familiar" ("The Children of Sanchez", 1961, p.
XXIV). Hasta hoy, nuestra historia da la razón a Lewis:
en México, y desde hace siglos, cada generación
hereda a la siguiente su inmensa pobreza. Sin embargo, el que
hasta hoy ése haya sido el caso no significa que tiene
que seguir siéndolo, pues hay suficientes razones, tanto
morales como prácticas, para inducirnos a actuar con determinación
en contra de tan desafortunada herencia.
En las nuevas condiciones políticas
y culturales, es cada vez más difícil que los pobres
continúen aceptando su situación con la relativa
resignación del pasado. Finalmente, México como
una nación de pobres es un proyecto que no vale la pena,
incluso para los ricos.
Pobreza y conflicto
La pobreza es una de las materias primas de las que se han nutrido
muchas rebeldías. Sin embargo, la experiencia histórica
nos dice que, por sí misma, esa condición rara
vez desemboca en movimientos que pongan en peligro el orden establecido,
para ello se requiere de varios catalizadores. El más
eficaz de los de orden ideológico es el surgimiento entre
los pobres de la conciencia de que su situación no es
inevitable, sino producto de factores que pueden ser modificados.
Cuando arraiga la idea de que aquello que hace que muchos sean
pobres está ligado a que algunos sean ricos, entonces
surge el agravio. Y si a lo anterior se le suma la percepción
de que es posible modificar esa situación, entonces la
pobreza puede conducir a situaciones de conflicto e inestabilidad.
Definición
Si a uno no le importa que lo definido quede dentro de la definición,
tiene mucho sentido la propuesta de hace casi cuatro decenios
de Thomas Gladwin en "Poverty USA" (Little, Brown &
Co., 1967): pobreza significa no sólo que se es pobre,
sino también menospreciado, incompetente y falto de poder.
En el capitalismo, Marx usó el concepto de enajenación,
que es todo lo anterior y algo más.
En cualquier época, pobreza implica
carencias, pero éstas pueden ser absolutas o relativas.
Las absolutas se refieren a la incapacidad individual o colectiva
para sostenerse por sí mismo en las condiciones necesarias
para el mantenimiento de la vida al nivel que convencionalmente
se considera como el mínimo aceptable. Para el pobre extremo,
la existencia es básicamente hambre, desnutrición
y sufrimiento.
La pobreza relativa tiene que ver menos
con las carencias de lo elemental y más con la desigualdad
que, combinada con ciertos sentimientos y percepciones, hace
que los grupos afectados experimenten dificultades crecientes
para alcanzar el estilo de vida dominante en cada época.
Finalmente, todo ello se traduce en una
pérdida tanto de oportunidades como de autoestima y dignidad
(para ahondar en el tema, véase a Amartya Sen en "América
Latina: el reto de la pobreza", PNUD, Bogotá, 1992,
pp. 19-61).
Mal de muchos
Un vistazo a la historia mundial nos dice que la pobreza ha sido
la condición normal de la mayoría de la humanidad
la mayor parte del tiempo. En realidad, es algo relativamente
nuevo que el grueso de la población en un puñado
de naciones de Europa, América del Norte y Australia,
viva fuera del círculo de la pobreza. Sin embargo, incluso
en algunos de los países de ese "club de ricos"
-el 15 ó 20 por ciento de la humanidad-, lo que queda
de pobreza es suficiente para hacerlo un problema social y político.
En Estados Unidos, al finalizar el siglo
pasado, la proporción de la población que se encontraba
viviendo por abajo del "umbral de la pobreza" era del
13.7 por ciento (1996) y en Inglaterra llegó al 20 por
ciento (1993). Pero es en el mundo de los subdesarrollados -el
que concentra las cuatro quintas partes de la población
mundial-, donde la pobreza es un fenómeno masivo, contundente
y destructivo de lo esencial del ser humano.
En el caso concreto de América
Latina, y según la Comisión Económica para
América Latina, en el 2003 el 43.9 por ciento de la población
se puede clasificar como pobre, mientras que otros cálculos
la sitúan en el 60 por ciento.
En el país más extenso y
poblado de la región, Brasil, la pobreza y desigualdad
se combinan y refuerzan de manera clara. En 1987 se calculó
que el 45.3 por ciento de los brasileños caía en
la categoría de pobres, y las cifras del Instituto Brasileño
de Geografía y Estadística dan la pista para entender
mejor la magnitud del fenómeno: en el Siglo 20, la población
brasileña creció 9.8 veces (pasó de 17.4
a 169.8 millones), pero su Producto Interno Bruto en términos
reales lo hizo en ¡110 veces! Sin embargo, y a pesar de
tan espectacular crecimiento económico -similar al de
Corea del sur o Japón-, el problema de la pobreza persistió.
Y es que el crecimiento se llevó a cabo dentro de un marco
de extrema desigualdad al punto que, hoy, los ingresos del 1
por ciento de la población más rica equivalen a
los del 50 por ciento de la población más pobre
(datos tomados de El País, 1 de octubre).
El problema de la muy injusta distribución
del ingreso no es, desde luego, algo propio de Brasil, sino del
mundo, y va en aumento. De acuerdo con cálculos de Joel
E. Cohen, en 1960, la relación entre el ingreso del 20
por ciento más rico y el 20 por ciento más pobre
de la población mundial era de 30 a 1, pero, en 1990,
la relación se había duplicado al llegar al 60
a 1 ("How Many People can the Earth Support", New York
Review of Books, 8 de octubre, 1998).
En Estados Unidos, hoy el país
que impone los procesos políticos, económicos y
culturales, el Institute for Policy Studies ha calculado que
el ingreso promedio de los altos ejecutivos en 1980 era 42 veces
superior al del obrero promedio, pero hoy la proporción
es de 419 veces.
Evidentemente, el tipo de capitalismo
hoy dominante en el mundo -neoliberalismo y globalización-
no es compatible con el combate a la pobreza, pues la lógica
profunda del modelo es dar más al que ya tiene más
y menos al que menos tiene. Es por ello que el enorme potencial
productivo del mercado no ha llevado a un mundo mejor, sino a
uno particularmente brutal, donde si bien hay las posibilidades
de acabar con la pobreza, no existe la voluntad de hacerlo. Es
dentro de este marco que se tiene que ver y evaluar la situación
de México hoy de cara al futuro.
Un poco de historia
Para el momento en que España conquistó lo que
hoy es México, en Europa se empezaba a tomar conciencia
de la necesidad de realizar acciones para "aliviar la pobreza",
que era mucha y muy evidente. Sin embargo, la reforma religiosa
protestante llevó a que en los países punteros
del desarrollo capitalista se afianzara la idea de que el pobre
lo era por fallas morales y por tanto él era el principal
responsable de su mala situación. Así, a los pobres
había que controlarlos por medio de la policía
y los jueces, y dejar que la caridad privada aliviara en algo
su situación.
En México, como país conquistado,
desde el inicio se estableció una brecha insalvable legal,
económica y cultural, entre la mayoría indígena
y la pequeña minoría europea y criolla. En esas
condiciones, la pobreza casi fue considerada como la condición
natural de quienes no eran "gente de razón":
los indígenas, es decir, la inmensa mayoría.
Sólo en épocas de malas
cosechas generalizadas, de hambruna, la autoridad intervenía
algo en el mercado de granos para paliar los desastres y disminuir
las oleadas de indios vagabundos que abandonan sus lugares en
busca de subsistencia y que se convertían en un verdadero
problema de orden público y de estabilidad.
El sabio alemán que visitó
la Nueva España a inicios del Siglo 19, Alexander von
Humboldt, no pudo menos que asombrarse de la brutalidad del contraste
entre una masa depauperada -indígena y mestiza- y una
muy rica minoría europea y criolla o, como él señaló:
"entre los que poseen todo y los que nada tienen".
Esa fue parte del legado colonial que recibió México
al convertirse en país autónomo.
La guerra de independencia mostró
con toda su crudeza la capacidad destructiva de los que "nada
tienen", que se convirtieron en "las clases peligrosas".
Sin embargo, la ideología liberal y la inexistencia de
un verdadero Estado impidieron a los líderes políticos
mexicanos, dedicados en cuerpo y alma a sus guerras civiles y
a defenderse de las potencias externas, hacer algo al respecto.
Los libros de los viajeros extranjeros
que entonces visitaron la nueva nación mexicana, invariablemente
notaron la gran masa de vagos, "léperos" y pordioseros
en las ciudades y la miseria extrema del campesinado indígena,
que en algunos despertó lástima y en otros repulsión.
A fin de cuentas, el liderazgo político, como lo confesara
en 1875 Ignacio Altamirano a Carlos Olaguibel, simplemente no
supo qué hacer con el mar de pobres que había heredado.
En el Siglo 19, las ideas socialistas
y anarquistas que habían llegado a México hicieron
surgir de entre algunas de esas capas de pobreza rebeldías
y documentos conmovedores, como el "Manifiesto a todos los
oprimidos y pobres de México y del universo" de los
comuneros rebeldes de Chalco en abril de 1868. Sin embargo, los
rebeldes fueron aplastados y el problema mismo de la pobreza
rebasó la imaginación, capacidad y voluntad de
la élite política que para inicios del Siglo 20
había dado forma a una república oligárquica
y tremendamente desigual.
La revolución que estalló
en 1910 pasó de ser una lucha eminentemente política
a otra que adquirió un contenido social. La dinámica
desatada por las exigencias del magonismo, el villismo y, sobre
todo, el zapatismo, más influencias externas como el triunfo
bolchevique en Rusia, obligaron a la nueva clase política
a asumir, al menos en principio, la responsabilidad de usar el
poder del nuevo Estado para hacer frente a la pobreza estructural
y masiva.
El cardenismo (1934-1940) fue el mejor
momento de esa voluntad política de quebrar el espinazo
de la reproducción de la pobreza mediante educación,
reforma agraria y comunicaciones, a las que luego se sumarían
las instituciones de seguridad social.
En el siglo pasado, México avanzó
en el esfuerzo por disminuir el peso histórico de la pobreza,
pero mucho menos de lo que el discurso oficial quiso hacer creer.
En cualquier caso, el régimen posrevolucionario incorporó
a los pobres al sistema político de una manera funcional:
a cambio de ayudas, los convirtió en una masa manipulable
y muy funcional a la permanencia de un partido que se dijo de
trabajadores y campesinos, pero que, en realidad, fue instrumento
para controlar sus demandas en aras de un desarrollo económico
que volvió a concentrar la riqueza y sólo de manera
secundaria disminuyó la pobreza.
Cualquiera que hubiera sido el avance
en la lucha contra la pobreza, la gran crisis de 1982 y la introducción
del modelo neoliberal, lo detuvo.
México hoy y de cara al futuro
Las cifras que nos da el INEGI para el 2002, señalan que
el 10 por ciento de los hogares mexicanos con mayores ingresos
monetarios reciben 24 veces lo que reciben el 10 por ciento de
los hogares más pobres. Y es seguro que la concentración
del ingreso dentro de ese 10 por ciento "más rico"
debe ser igual o incluso mayor que la otra.
En cuanto a la pobreza misma, los expertos
nos dicen que, en el 2002, el 20.3 por ciento de los mexicanos
padecía pobreza alimentaria, es decir, eran paupérrimos,
que otro 26 por ciento era muy pobre al no poder cubrir el mínimo
de alimentación, salud y educación. Finalmente,
el grupo que contiene a todos los tipos de pobreza abarca al
51.7 por ciento de los mexicanos, es decir, a la mayoría.
Si la tarea del Siglo 19 fue construir
el Estado y la del siguiente integrar a todas las clases y grupos
en sus instituciones, la del Siglo 21 debería ser, por
un lado, construir un auténtico estado de derecho y, por
otro, reducir la gran distancia entre los extremos sociales mediante
la disminución sustantiva de la pobreza, sobre todo la
extrema. Sólo así se puede aumentar la dignidad
y la viabilidad de México como una auténtica comunidad
nacional y moderna.
Hoy, para no verse relegado, ningún
país puede evitar atender a la dura lógica del
mercado, es decir, a la del capitalismo globalizado. Pero también
debe quedar claro que esa lógica, por sí misma,
no es la vía para derrotar a la pobreza.
Esto último requiere un gran acuerdo
nacional y del fortalecimiento de la acción del Estado
en ese campo. En México hoy, deberíamos seguir
la decisión del nuevo gobierno brasileño y colocar
la lucha contra el hambre y la pobreza como la prioridad de la
acción política.