Carter Cuba Castro
22/Mayo/02
Editorial-Periódico el Norte
Monterrey N.L.
Carter Cuba Castro
Después de cuatro décadas de futilidad, hay
que reconocer que la política de los gobiernos de los
EE.UU. hacia Cuba ha fracasado. Con las honorables excepciones
de Jimmy Carter y Bill Clinton, siete presidentes norteamericanos
han perseverado en el error.
Ni el embargo, ni la invasión de Bahía de Cochinos,
ni la Ley Helms-Burton, ni el frenesí de Mas Canosa y
sus huestes de Miami, han logrado derribar al gobierno de Fidel
Castro. Todo lo contrario. Lo han reforzado, dándole la
bandera que el Jefe Máximo de Cuba requiere: él
representa a la Revolución, la Patria (y la Muerte), la
Nación y el Anti-Imperialismo. Sin estas togas, Castro
quedaría desnudo. No tendría pretextos para invocar,
en nombre de la defensa contra Washington, medidas autoritarias
reforzadas por cada ataque norteamericano. El proceso de renovación
democrática se iniciaría en Cuba. Los EE.UU. se
empeñan en impedirlo.
Fidel Castro no ha tenido, pues, aliado más seguro
que el gobierno norteamericano. Sin el pretexto antigringo, el
Presidente cubano no podría resistir la natural evolución
de la isla hacia todo lo que la isla requiere. Diversificación
económica, no dependencia sofocante del monocultivo: sol,
sexo y azúcar. Empresas medianas, emprendedoras, nacionales,
no una planificación burocrática de la era estalinista
y, como ésta, corrupta e improductiva. Una co-relación
normal entre el campo y las ciudades, no una doctrinaria división
que empobrece a ambos en nombre de dogmas petrificados. La circulación
normal de ideas, propuestas, una cultura crítica, un periodismo
que informe, no las versiones tropicales de la Pravda soviética
que pasan por "periodismo" en Cuba. La liberación
de opositores al régimen. El respeto a la opinión
plebiscitaria consagrado en la Constitución.
Pero nada de esto ocurrirá mientras los EE.UU. mantengan
su política de agresión y aislamiento hacia Cuba.
¿Cómo es posible que los EE.UU. condenen arrogantemente
al régimen "totalitario" cubano y mantengan
espléndidas relaciones con el régimen "supertotalitario"
chino? ¿Por qué pueden ser amigos del Viet Nam
comunista, que le cobró cuarenta mil muertos a los EE.UU.,
y enemigos de la Cuba comunista que no ha matado a un solo militar
yanqui?
Todos conocemos la respuesta. China y Vietnam están
lejos. Cuba está cerca. China y Vietnam son vistas como
naciones independientes, aunque Lyndon B. Johnson y sus asesores
jamás hayan entendido que Vietnam no era satélite
de China, sino milenario opositor al Imperio de En Medio.
Cuba es vista como una hija desobediente que se salió
de casa y se fue de puta. China y Vietnam tienen lobbys exitosos
en los EE.UU., favorables a un incremento comercial entre EE.UU.
y esas naciones asiáticas. El lobby cubano en Washington
pretende exactamente lo contrario: perpetuar y, de ser posible,
vigorizar, la política norteamericana contra Cuba.
La visita del expresidente Jimmy Carter a La Habana cobra
especial importancia no sólo por todas estas razones.
Además, ejemplifica una serie de actitudes cambiantes
hacia Cuba dentro de los propios EE.UU. Cuarenta legisladores
-veinte demócratas, veinte republicanos- han constituido
un foro para exigir la normalización de las relaciones
con Cuba -inversión, libre movimiento de personas, cese
de leyes punitivas- como la mejor manera de despojar a Castro
de sus poderes totalitarios y vigorizar el movimiento social
interno de Cuba.
Los inversionistas norteamericanos ven con irritación
que los espacios económicos del post-castrismo son ocupados
por los países de la Unión Europea, dejando en
la nevera a las empresas norteamericanas que, a sólo noventa
millas de Cuba, podrían prosperar en el futuro próximo.
En el Senado de los EE.UU., Christopher Dodd, demócrata
de Connecticut, ha deletreado hasta la saciedad estas razones.
Nada de esto entra en la obtusa cabeza del obtuso presidente
de los EE.UU. George W. Bush actúa a partir de intereses
electorales inmediatos. En Florida, el estado al cual Bush debe
su dudosa "elección", ahora se trata de re-elegir
al orgullo de su nepotismo, el hermano Jeb Bush, como gobernador
de la entidad.
Pero las encuestas más recientes revelan que el 75%
de los cubanos de la Florida quisieran una normalización
de las relaciones con Cuba. Veremos si este "pragmatismo"
funciona o si es una más de las perversas tácticas
de un presidente que proclama una cosa -libre comercio, por ejemplo-
pero practica otra -el proteccionismo a ultranza-.
Carente de ideas propias, Bush se deja influir por su entorno
con gran facilidad. En materia de relaciones con Cuba, no puede
pasar por alto el celo dogmático del subsecretario de
Estado para Latinoamérica, Otto Reich, más conocido
como "El Tercer Reich". No puede negarle oído
al siniestro fantasma resucitado de la condena judicial del Irán-Contra,
Eliot Abrams, el periforme promotor del ingreso de México
y Costa Rica a la guerra contra Nicaragua y al cual el digno
representante de Costa Rica ante la OEA, Guido Fernández,
le contestó con una sonora patada en el amplio trasero.
Y ha sacado de las sombras al afamado "Príncipe Negro"
del belicismo reaganista, Richard Perle, de quien el mismísimo
Henry Kissinger me dijo un día: "Ese hombre es un
peligro para la paz".
Con consejeros así, malos días le esperan a
Latinoamérica durante la presidencia de Bush junior. Tiempo
habrá, sin embargo, para comentar las razones por las
que, a mi juicio, George W. Bush puede perder tanto las elecciones
legislativas de este mismo noviembre como las presidenciales
dentro de dos años.
Mientras tanto, ¿se dan ustedes cuenta de que Jimmy
Carter, considerado "el mejor expresidente de los EE.UU.",
puede volver a ocupar la Casa Blanca, toda vez que sólo
cumplió un mandato y no fue re-electo? Los siguientes
comicios presidenciales norteamericanos van a ser muy movidos
y más le vale a México y a la América Latina
tener siempre buenas relaciones con la potencia mundial, pero
mantener una discreta distancia. Socios sí, achichincles
no.
Añado una nota mexicana. A los mexicanos nos ha costado
mucho conquistar la democracia electoral, la diversidad partidista,
la libertad de opinión e información, la defensa
de los derechos humanos. No nos puede complacer la falta en Cuba
de estas virtudes. Debemos criticar su ausencia en Cuba para
defenderlas mejor en México. Pero debemos señalarles
a nuestros socios norteamericanos el profundo error de su fracasada
política cubana.