Carlos Monsiváis
Los 41 y la Gran Redada
Letras Libres
2001
Se han cumplido cien años de la redada que, en la esfera
pública, "inventó" la homosexualidad en
México. Carlos Monsiváis (Salvador Novo, lo marginal
en el centro, Era, 2000) hace el recuento de ese suceso y del
difícil contexto que lo hizo posible.
Esto no es un ensayo general, señores. Esto es la vida
- Oscar Wilde
Notó el gendarme de la Cuarta Calle de la Paz que
en una accesoria se efectuaba un baile a puerta cerrada, y para
pedir la licencia fue a llamar a la puerta. Salió a abrirle
un afeminado vestido de mujer, con la falda recogida, la cara
y los labios llenos de afeite y muy dulce y melindroso de habla.
Con esa vista, que hasta al cansado guardián le revolvió
el estómago, se introdujo éste a la accesoria, sospechando
lo que aquello sería y se encontró con cuarenta
y dos parejas de canallas de éstos, vestidos los unos de
hombres y los otros de mujer que bailaban y se solazaban en aquel
antro....
El Popular. Diario independiente de la mañana,
21 de noviembre de 1901.
A Robert McKee Irwin
A José Quiroga
Los antecedentes: el Ninfo entre las doncellas
En la literatura del siglo XIX, un tratamiento inesperado
de la homosexualidad lo proporciona Chucho el Ninfo (1871), uno
de los episodios novelados de La linterna mágica, la serie
costumbrista de José Tomás de Cuéllar "Facundo".
Como novela, Chucho el Ninfo es aterradoramente mala, desorganizada
hasta el fastidio y la incomprensión,
y colmada de sermones y divagaciones. Lo interesante es su
protagonista, un gay evidente, descrito con encono, burla... y
cuidado de no ofender a los lectores, que no admitirían
el reconocimiento impreso de las aberraciones ("sí,
ya sé de esas cosas, pero si las leo me entero y eso no
lo podría soportar"). El determinismo del relato obliga
al personaje, desde muy niño, a ostentar sus preferencias:
"Chucho... estaba muy contento entre las niñas: bienestar
a que quedó aficionado perpetuamente." Elena, su madre,
viuda prematura, es un sueño parafreudiano: devota del
hijo (que la golpea), chantajista sentimental, "un terrón
de amores... casi tan consentidora y tolerante como la patria",
obediente al capricho de su hijo hasta la ignominia (le paga a
la madre de un niño para que éste se deje golpear
por Chucho). Los mimos de Elena vuelven a su hijo "más
barato cada día", es decir, más femenino y
feminoide.
La descripción del gay es clarísima, pero sin
notificar con detalle la existencia de la sodomía. Por
eso Cuéllar se abstiene de la palabra fatal (maricón),
para no etiquetar al personaje que va acentuando su afeminamiento,
su dandismo y su habla, presumiblemente la de los homosexuales
de la época, inmersos en el cultivo de la apariencia y
del sonido "refinadito".
Sin las palabras que los impresores no aceptarían,
el "vicio nefando" se despliega. En el momento más
atrevido de la novela, Cuéllar menciona a "la raza
ninfea", la especie de los ninfos o "mujerucos".
Y aun esto con disfraces. En uno de los capítulos finales,
al ser retado a duelo, Chucho adquiere sorpresivamente la energía
viril. "Le faltaba a Chucho este toque característico
de la raza ninfea, y holgábase en su interior de la ocasión
que le proporcionaba desmentir su fama de afeminado."
No es todavía la hora de la acusación de sodomía,
conducta que el analfabetismo sexual y las manías persecutorias
del conservadurismo arrinconan en las tinieblas de "lo intuido"
(es decir, lo que, deliberadamente, se describe con vaguedades
para no responsabilizarse del conocimiento). Apenas en la segunda
mitad del siglo XX se aborda en México la homosexualidad
desde una perspectiva científica o que pretende serlo.
Antes, lo masculino es la substancia viva y única de lo
nacional y de lo humano, entendido lo masculino como el código
del machismo absoluto que nunca requiere de una definición,
lo humano como el cumplimiento de los deberes para con la mitología
de la especie, y lo nacional como el catálogo de virtudes
posibles, que ejemplifican los héroes y, en la vida diaria,
"los muy machos". La tradición jactanciosa de
lo viril mezcla la herencia hispánica y el difuso catálogo
de valentías, y juzga tan remota y abyecta la homofilia
que ni siquiera la menciona "para no mancharse los labios".
Por eso, Guillermo Prieto, el patriarca de las letras mexicanas,
alaba a Cuéllar, ya que el nombre de Chucho el Ninfo "le
sirve a nuestra gente para designar al niño mimado y consentido,
entregado a los vicios". Entonces, el carácter de
"niño consentido" anticipa y vuelve secundaria
la especificación de los vicios.
"Viejo ridículo"
¿Qué se conoce de la vida homosexual en México
antes del escándalo social y policiaco del Baile de los
41? Desde la perspectiva gay, sólo se dispone del testimonio
del escritor Salvador Novo (1904-1974) en sus memorias sexuales,
La estatua de sal, escritas en 1944 o 1945, y publicadas por Conaculta
en 1998. Novo refiere la historia de un "aristócrata",
Antonio Adalid, hijo de un caballerango del emperador Maximiliano
y ahijado de bautizo de los emperadores. Con el sobrenombre de
Toña la Mamonera, Adalid, alma de las fiestas clandestinas
de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, evoca "con
una risa sus excursiones colectivas y tempraneras a Xochimilco,
en tranvía, todos con sacos azules y sombreros de jipijapa".
Y cuenta además la historia de amor que le refiere al Novo
adolescente:
Había alcahuetes -¿la propia Madre Meza?- que
procuraban muchachos para la diversión de los aristócratas.
Una noche de fiesta, Toña bajaba la gran escalera con suntuoso
atavío de bailarina. La concurrencia aplaudió su
gran entrada; pero al pie de la escalera, el reproche mudo de
dos ojos lo congeló, lo detuvo. Parecía apostrofarlo:
"¡Viejo ridículo!" Toña volvió
a subir, fue a quitarse el disfraz, bajó a buscar al hermoso
muchacho que lo había increpado en silencio. En ese momento
se ponía al remate al mejor postor la posesión de
aquel jovencito. Antonio lo compró.
Hasta ahora, nada más esto se sabe de la vida gay
en el Porfiriato: fiestas "exclusivas", travestismo
que evita la molestia de pensar en la identidad, rifa de jóvenes
agraciados y, para los "desenmascarados" por el escándalo,
la condición de "sepultados en vida". Casi toda
la información disponible viene del cotejo con los documentos
de otras sociedades: ligues de los burgueses con soldados y marinos,
adoración de la energía proletaria, imposibilidad
de concebir la relación amorosa entre iguales (no hay tal
cosa como la pareja gay), identidades sólo definidas negativamente,
descubrimiento espantado de la inclinación sexual, rezos
obsesivos "para que la Virgen me cure de esta aberración",
frecuentación de ciertas cantinas, parques y albercas,
mentiras piadosas en beneficio del padre confesor ("acúsome
padre de que me gustan tanto las mujeres que no me caso porque
no sé por cuál decidirme"), chantajes, humillaciones,
construcción dificultosa de la "familia tribal"
de los amigos ("que me delate yo, no mis compañías").
Y antes del Baile de los 41, sólo hay chistes salvajes
o menciones espantadas de los "invertidos", especie
que no alcanza registro en los -muy desinformados- libros de psicología.
En Inglaterra, los procesos de Oscar Wilde (1895) divulgan sitios,
estilos de trato y apariencias de jóvenes "equívocos",
e iluminan la defensa patética y a fin de cuentas extraordinaria
del "amor que no se atreve a decir su nombre"; en México,
donde los procesos de Wilde se comentan con algún detalle
después de 1901, le corresponde a la Gran Redada quebrantar
el silencio del tradicionalismo y su odio "que no se atreve
a escribir el nombre de los seres odiados. Ni eso merecen".
Si de algo sirven las inferencias, casi seguramente una parte
de la minoría gay, por la movilidad cultural o el poder
adquisitivo, está al día de la cultura y/o la moda
de Francia, así no viaje. Por eso, han oído de los
escándalos de los escritores gays, del culto a los marinos,
de la adopción del símbolo de San Sebastián,
y por eso han leído a Walt Whitman, Wilde, Verlaine y Huysmans.
Los gays de sociedad o del sector cultural guardan las apariencias,
suelen casarse y tener hijos. Un soltero no únicamente
levanta sospechas: también traiciona a la Naturaleza, que
es toda fertilidad, y de allí que al célibe se le
exija la virginidad profesional o la monomanía prostibularia.
Y si, pese a todo, hay quienes optan por esa microsociedad que,
por ejemplo, organiza el Baile de los 41, es debido a lo hoy evidente:
nada exalta más a los deseosos de sexo con los de su especie
que la ilusión de lo prohibido, en este contexto una utopía
romántica, por contradictorio que esto se vea o se lea
("me querían desdichado y puedo serlo, pero no cuando
me acuesto con otros hombres; la cópula es la única
libertad a mi alcance, por eso concentro allí mis sentimientos").
Si se atiende a las excavaciones históricas de lo gay en
Estados Unidos, Inglaterra o Francia, no es exagerado afirmar
que, para los homosexuales mexicanos de 1901, cada acto sexual
es una hazaña, sobre todo si, previsiblemente, se produce
en circunstancias calificadas de sórdidas. En estos casos,
la sordidez es el acceso a la experiencia última que, por
lo mismo, y como técnica compensatoria, localiza los deleites
fuera de la normalidad. A los seres despojados de un registro
mínimamente satisfactorio de su conducta, el orgasmo les
resulta la épica de la marginalidad, y si esto no es consciente,
la continuidad de los actos algo demuestra: de no gozarse el acto
"contranatura" como logro extravagante, las sensaciones
del pecado aniquilan. Por así decirlo, cada acto sexual
es "un altar de paso" y cada seducción una bandera
arrebatada a ese enemigo, la castidad.
¿Elimina la censura social al instinto? La mera existencia
de Los 41 demuestra lo contrario: son una ventana a la segunda
mitad del siglo XIX y sus tabernas, sitios de mala muerte, proxenetas,
jóvenes "alquilables", burdeles "especializados"
(más que lugares fijos, lo que parece imposible, laberinto
de guaridas). Se intuye que para los segregados sexuales el mayor
estímulo es la existencia de otros como ellos: mal de bastantes,
consuelo de marginados. En especial, las tradiciones gay nacen,
se desarrollan y se institucionalizan a través del juego
de miradas que explica el mundo a través de la promulgación
del deseo y la gana de consumarlo de inmediato. Se adivinan los
quehaceres de los muy afeminados (tareas domésticas, restaurantes),
y se ignoran las profesiones de los gays "susceptibles de
respeto", en el caso de que se desconozca su orientación
sexual. Muy probablemente son clérigos, escritores, abogados,
artistas, rentistas. Y el Baile de los 41 los arroja a la claridad
del escándalo, que aprovechan los clericales para moralizar
y los jacobinos para desprestigiar a los moralizadores de oficio.
Antes de la Redada, cuesta trabajo verbalizar siquiera el
pecado nefando. La vergüenza aísla, para acudir a
la cita tan repetida de Sartre, y los gays de entonces hallan
la solidaridad posible, la mayor, casi la única, en el
trato de un avergonzado con los demás, así como
la salud mental se aprovisiona en la conversión del avergonzado
en desvergonzado (es tan enorme la opresión que el cinismo
es un acto de valor civil). La comunidad se esboza con la disciplina
del trato de los semejantes y, por eso, un baile en 1901 es casi
literalmente la Marcha del Orgullo Gay de 2001. A su manera, lo
que es posible se aproxima a lo deseable.
En el preámbulo de la comunidad, los excluidos se
atienen a las nebulosidades de la condición célibe
o, en el caso de los gays casados, a su pertenencia a la Familia.
En las operaciones de la mentira, lo que afianza el control del
patriarcado es el temor a ser descubierto. El oprobio es un código
penal en sí mismo. ¡Ay del que escandalizare, porque
ése habrá ya renunciado a las ventajas de la hipocresía!
(Por carecer de datos de cualquier índole, no aludo en
estas notas a la especie urbana que seguramente existió
en tiempos de Los 41: los gays proletarios. De ellos todo se ignora.)
Los hechos: El policía se da cuenta
A las tres de la mañana del domingo 18 de noviembre
de 1901, en la céntrica calle de la Paz (hoy calle de Ezequiel
Montes), la policía interrumpe una reunión de homosexuales,
algunos de ellos vestidos de mujer. (En estas notas, me atengo
a la excelente investigación hemerográfica de Antonio
S. Cabrera.) La escena, inventada con brío en cada recuento
periodístico, es sucesiva o simultáneamente patética
o apocalíptica, al gusto del moralismo que selecciona a
las víctimas de la ley y del morbo (una y la misma cosa).
De ellos, 22 visten masculinamente y 19 se travisten. Estos son
los haberes de los detenidos, imaginados o extraídos de
los chismes policiales (no hay un parte oficial): faldas, perfumes
caros, pelucas con rizos, caderas y pechos postizos, aretes, choclos
bordados, maquillajes de blanco o de colores estridentes, zapatos
bajos con medias bordadas, abanicos, trajes de seda cortos, ajustados
al cuerpo con corsé. En una recámara, un niño
de mercería sobre el lecho. A medianoche, se rifa un joven
apuesto de sobrenombre Bigotes Rizados.
En las crónicas de los primeros días se insiste:
son 42 los detenidos. Luego, se ajusta el número: 41, y
eso aviva el rumor (leyenda) ("verdad histórica"):
el que desaparece de la lista, compra su libertad a precio de
oro y huye por las azoteas, es don Ignacio de la Torre, casado
con la hija de Porfirio Díaz. Más que ningún
otro hecho, lo que distingue a la Redada es la presencia, certificada
por el chisme masivo, del Primer Yerno de la Nación. Esto
afianza la lealtad de la memoria histórica, no obstante
la imprecisión de las noticias, el rumor debilísimo
según el cual el participante 42 es una mujer, la ausencia
de fotos y el nada más estar seguros de los nombres de
tres: Jesús Solórzano, Jacinto Luna y Carlos Zozaya
(lo más común durante las redadas es el olvido de
la identidad). A los cien años de la razzia toda certidumbre
se ha desvanecido, menos la presencia de Nacho de la Torre.
También se habla de la detención de jóvenes
de "familias conocidas y de buena posición".
El Popular delata: "Además de eso, va resultando que
todos son pollos gordos, algunos riquillos que la portan; criados
en paños azules." Los excluidos de la elite porfiriana
aprovechan la oportunidad y cubren de estigmas a los privilegiados,
que ni con eso dejan de serlo. La lista exacta de Los 41 nunca
se divulga y ningún nombre conocido se publica. Se dice
el pecado pero, si los pecadores tienen dinero, su identidad circula
únicamente en los patíbulos del chisme, tan volátiles
por lo común. Los gays de la elite, "invisibilizados"
por su status, sólo padecen las asechanzas del rumor, y
la excepción que desborda la regla es la aureola de Nacho
de la Torre, del que se difunden sus excentricidades, su fortuna,
su calidad de jinete consumado, sus desplantes y su homosexualidad,
tan conveniente para los necesitados desuperioridad moral instantánea.
En La feria de la vida (1937), José Juan Tablada evoca
a De la Torre, relata sus relaciones con Porfirio Díaz,
"visiblemente ceremoniosas y tirantes", y lo defiende
tibiamente de su prestigio negativo: "En cuanto a otros rumores
que la envidia desató en torno de aquel personaje, él
mismo los invalidaba por los actos bien enérgicos de un
cabal sportman, entre ellos su decidida admiración por
el bello sexo, con todas sus consecuencias."
En la hacienda de don Nacho, en Morelos, trabaja por un tiempo
Emiliano Zapata, quien -según la leyenda- va por vez primera
a la ciudad de México como caballerango de don Nacho, y
este viaje, también se dice, perfecciona su homofobia.
La pregunta persiste: ¿Por qué el dictador
no consigue eliminar los rumores sobre su yerno? Tal vez porque,
ciudad todavía chica, infierno divulgado, y porque ni siquiera
el poder supremo desvanece las argucias del circuito oral. ¿Y
a qué otros se les endilga el milagrito de Los 41? Además
de Antonio Adalid, la información consiste en restos de
habladurías. El periodista Alfonso Taracena cita con encono
al periodista Jesús M. Rábago, y el chismerío
antiguo de Sinaloa señala a un hacendado, el solterón
Alejandro Redo, que manda construir un aviario de grandes dimensiones
en donde pasa las tardes, "el pájaro entre los pájaros".
Los demás "aristócratas de Sodoma" muy
posiblemente se asilan en sus matrimonios o emigran.
Por el escándalo, a la visibilidad. Además
del caso de Oscar Wilde, alcanzan repercusión internacional
los procesos judiciales y de corte marcial en Alemania (1907-1909),
donde se condena la relación homosexual del comandante
militar de Berlín, general Von Moltke, y el diplomático
Philipp Eulenberg, al que también se atribuye una relación
con el Káiser. La Redada de los 41 participa de este surgimiento
de la identidad sexual moderna, que estimula y estructura la idea
pública de la sexualidad normal y anormal. En este orden
de cosas, debe recordarse el atraso cultural de México
en relación con Inglaterra y Alemania. Si México,
como tanto se ha dicho, carece del equivalente de la Ilustración
europea, ¿qué espacio queda para el saber científico
sobre comportamientos de la diversidad?
En el envío de los homosexuales a Yucatán,
a pagar con trabajos forzados su crimen, el número disminuye
considerablemente. Son apenas 19. Sin temor de calumniar la honradez
proverbial del aparato de justicia en el México de 1901,
es seguro que 22 o 23 víctimas de la Redada compraron su
libertad.
El baile de las Buenas Costumbres
Para entender el odio a lo diferente en el México
de principios de siglo, conviene revisar la moral imperante durante
la dictadura de Porfirio Díaz, en lo público estricta
con todos, normales y "anormales" (en lo privado no
les va tan mal a los heterosexuales promiscuos). A esta moral
le indignan, por ejemplo, el adulterio, la pérdida de la
virginidad antes del matrimonio, el sexo sin fines reproductivos,
la exhibición de las piernas desnudas de las mujeres, el
conocimiento de la anatomía. La masturbación, se
afirma, causa daños irreversibles, entre ellos el florecer
de vellos en la palma de las manos. Y sin definición alguna,
se alaban el decoro, la dignidad, el pudor, la castidad.
Lo más significativo de la Redada de los 41 es, reiteradamente,
la detención arbitraria de un grupo que se divierte una
noche de sábado. En 1901 se alega que Los 41 "carecen
de permiso", pero en las crónicas de la época
no se menciona la exigencia de permisos o notificaciones previas
de las reuniones. No se conciben siquiera los derechos civiles
y humanos, y "el mal ejemplo" es delito suficiente.
De allí el comentario de Daniel Cabrera, cuya frase explica
las estrategias del silencio en torno a la homosexualidad: "La
mordaza que ponen en nuestro labio el respeto al pudor y las buenas
costumbres." Mencionar a "los sodomitas" no es
sólo concederles existencia, sino despertar la curiosidad
de los jóvenes, "ignorantes de las desviaciones del
instinto". En México no está prohibida la homosexualidad,
y esto se debe en muy amplia medida a la admiración desbordada
por Francia. En 1791 la Asamblea Revolucionaria suprime las leyes
contra la sodomía, en rechazo explícito de las prohibiciones
judeocristianas. Durante el Consulado, Napoleón Bonaparte
es el Primer Cónsul, y el Segundo Cónsul es JeanJacques
de Cambacéres, que traslada al Código Napoleónico
la despenalización revolucionaria de la homosexualidad,
así persistan de manera irregular las detenciones por "atentados
a la decencia". La ausencia de menciones específicas
a la sodomía, además del alejamiento estatal de
las nociones de pecado, y la presencia de Cambacéres, tiene
que ver con el miedo a describir puntualmente el "acto más
nefando":
Cuando se le pidió a Napoleón que se juzgase
con severidad a un grupo de homosexuales arrestados en Chartres,
el emperador precisó: No estamos en un país donde
la ley tenga que ocuparse de este tipo de ofensas. La Naturaleza
se ha encargado de que no sean frecuentes. El escándalo
de los juicios penales sólo multiplicaría esa conducta.
(Citado por Edmund White en The Flânneur.)
En América Latina, la adopción del Código
Napoleónico es un gran avance. Según Rafael Gutiérrez
Girardot, en Modernismo (FCE, 1988), este código civil,
que liquida el ordenamiento feudal, constituye a la vez la legalización
de la sociedad burguesa, y es la cima de la racionalización
del derecho y el polo opuesto de la visión teocrática.
Por eso, explica Gutiérrez Girardot, el tradicionalismo
se opone al Código Napoleónico, adaptado en Chile
por Andrés Bello en 1854, e implantado después en
el resto de las repúblicas. Ante esto, los tradicionalistas,
sin oposición alguna, establecen
como espacio represivo "las faltas a la moral y las buenas
costumbres", su magno instrumento persecutorio, que todavía
hoy sigue sin definirse, aplicado drásticamente por las
autoridades.
"¿Por qué me hiciste así, Dios
mío, y no fui como mi hermana?"
¿Qué piensan de sí mismos los detenidos
en el Baile de los 41? A estas alturas es imposible entrevistarlos
y -a través de las circunstancias de la época- es
imposible no entrevistarlos. Se califican de "huéspedes
de la anormalidad", presidio de los pecadores y edén
de los gozadores; se viven como mujeres atrapadas en cuerpo de
hombres; se sienten víctimas de un perverso designio de
Dios; se consideran arrastrados por el impulso que arrasa los
controles de la religión. Su catolicismo los lleva a creerse
en vísperas del fuego eterno y sólo aguardan el
perdón de última hora. Por así decirlo, acechan
el instante de su propia agonía para arrepentirse y salvarse.
Así nacieron y así se han construido, no como homosexuales
(el término no circula), sino como la especie doble o triplemente
degradada: los maricones, sean clandestinos o no tengan ya nada
que perder. Si, de acuerdo con Didier Eribon, el homosexual aprende
a hablar dos veces, para su segundo aprendizaje los gays del Porfiriato
anhelan el equilibrio entre la hipocresía (que es sobrevivencia)
y el apetito sexual que, al desatarse, hace añicos las
imposiciones de la Decencia.
El epíteto maricones es la sentencia implacable y
es, en última instancia, la huida a través de la
autoparodia y el ánimo orgiástico. Al no admitirse
el orgullo, se ejerce el humor desesperado que, por sí
solo, otorga a contracorriente las libertades al alcance. Esto
sería el mensaje: "Si no me río de mí
mismo no reafirmo mi humanidad." Y -de acuerdo con las evidencias
de las generaciones siguientes- el punto de partida de la resistencia
de los gays es la conversión del determinismo en relajo,
de la culpa en desfile de modas, de la condena en ridiculización
de las convenciones idiomáticas. En la mayoría de
los casos se habla en femenino, no tanto por acatar el dogma unánime
("las locas están locas"), sino con tal de adecuar
el lenguaje al comportamiento y apoderarse lingüísticamente
de las licencias del acto heterosexual. Si, por así decirlo,
los maricones no se burlan del Destino (que así los hizo),
y no se ríen de paso de algunos de los axiomas sociales
que tan cruelmente los vejan, jamás adquieren la identidad
indispensable que es, a un tiempo, el abandono de las esperanzas
y el regocijo de saberse vivos pese a todo. Las autoridades refrendan
su vocación moral con arrestos, humillaciones y golpizas,
y los maricones intuyen borrosamente sus derechos gracias al único
y magno recurso: la persistencia de su conducta.
En las resonancias de la Gran Redada, el relajo es la justificación
precisa para hablar del tema. A lo largo del siglo XX, el número
41 provoca la risa que acompaña al chiste circular. "Vamos
a contar: 39, 40, 42." La expresión pertinente es
"¿41? ¡Zafo!" (me zafo, me exceptúo):
es la sustitución del juego de albures por el ingenio instantáneo,
ese que se disipa junto a las carcajadas autocelebratorias. En
Cancionero folclórico mexicano, Margit Frenk consigna dos
coplas:
De aquellos que están allá,
no me parece ninguno:
el uno ya está muy viejo
y el otro es 41.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco,
cinco, cuatro, tres, dos, uno,
cinco por ocho cuarenta,
con usted cuarenta y uno.
Un número que aísla y veja a los homosexuales
y ensalza, sin más, el sentido del humor de los que los
chotean. Y el Baile de los 41 sirve además para identificar
la sodomía con el travestismo, iniciando el recelo sobre
una práctica que, hasta el 17 de noviembre de 1901, parecía
en lo básico una recurrencia carnavalesca. En un artículo
muy bien documentado, Alejandro García informa de un baile
presidido por el gobernador del Distrito Federal, Pedro Rincón
Gallardo, al que acude el dictador y la corte porfiriana, todos
de etiqueta rigurosa; la novedad, según informa El Universal
del 7 de septiembre de 1894, es la presencia de varios jóvenes
disfrazados de mujeres, como un tal F. Algara, que asiste de demoiselle
de compagnie. Algo semejante, fuera del periodo estricto de los
carnavales, resulta ya imposible luego del Baile.
"Así que es epidemia"
Los poderes religiosos, sociales, culturales, penales, prohíben
el análisis de la condición maricona, pero no evitan
el vértigo, la libertad de movimientos en las horas del
gueto, los chistes autolacerantes, los atavíos y las coreografías
del desplante. La reflexión podría ir así:
"Soy un condenado desde el nacimiento, pero mis temporadas
en el infierno se alternan con los indultos sucesivos de la diversión,
el relajo, el coito, el disfraz que es la adquisición por
unas horas de la segunda piel, la más profunda, porque
la elegí." Por la ley de las compensaciones psíquicas,
el esbozo del gueto se convierte a sus horas en un espacio libertario
sui géneris. Allí, la severidad de los juicios condenatorios
queda neutralizada por el humor y la búsqueda del estilo.
¿Se percibe aquí lo que se llamará "el
gueto gay"? Creo que no. Ni siquiera se dispone de las actas
policiales, no se conservan diarios personales, ni testimonios
de época. Se sabe cómo se afirma el mito de la virilidad,
pero no cómo algunos escapan de su hegemonía. Todo
o casi todo se adivina: la ansiedad en las albercas, las cantinas,
los baños de vapor, los carnavales, los paseos del ligue.
Pero si, antes de 1918 o 1920, no tiene demasiado sentido hablar
de un gueto propiamente dicho, sí procede describir el
proyecto, centrado en el "travestismo verbal", o como
se le diga al uso implacable del femenino. Gracias a esto, los
gays de fines del siglo XIX y principios del XX se evaden por
momentos, y por el recuerdo de esos momentos, de las cárceles
del comportamiento. Sin mutar de género y feminizar la
realidad, y sin autodenigrarse, no se soporta la persecución.
El principio de identidad de Los 41 es el modo en que se
les contempla y juzga. Como entidad social, el gay nace del estigma
y del choteo, y en su caso las imágenes negativas resultan
-si se admite la metáfora- el estanque del narcisismo inaugural.
Un gay de 1901 habría tal vez dicho con otras palabras:
"Me reflejo en la inmoralidad que me atribuyen y el asco
que provoco, y de mi imagen pública, porque no lo puedo
evitar, extraigo mi imagen íntima. Soy lo que me han obligado
a ser, y a partir de allí y mezclando diversión
y tristeza, soy algo distinto." Sin que nadie lo suponga
o a nadie le interese, la condición de expulsado de las
buenas costumbres conduce, si no a la -impensable- crítica
de la sociedad, sí a la indiferencia ante la mayoría
de los valores en uso. Según los testimonios de la generación
siguiente, no hay gays superpatrióticos, ni abundan los
interesados en el desarrollo de la sociedad.
Aunque no lo parezca, y por así decirlo, la Redada
"inventa" la homosexualidad en México. Los que
comparten las inclinaciones están al tanto de su buena
suerte: pudieron formar parte de Los 41, y se salvaron al menos
esa vez. (De allí la frase que en la década de 1950
aún circula: "De la redada de los 41 te salvaste,
manita. Del infierno, todavía no.") Al precisar los
límites de los homosexuales, la Redada descubre las fragilidades
del determinismo. El estigma cubre a todos, pero los castigos
físicos se ceban sólo sobre unos cuantos, y los
demás no tendrán que barrer las calles en algún
momento de su vida. Por más recelo que mantengan, por más
en secreto que guarden su orientación, luego de la Redada
los homosexuales de la ciudad de México ya no se sienten
solos; de alguna manera, en el espíritu de la fiesta interrumpida,
los acompañan Los 41, la señal de la existencia
de la tribu. Si los homosexuales ya están allí -y
el Baile delata una mínima pero ya sólida organización
social-, la Redada, al darle a la especie un nombre ridiculizador,
le imprime el sentido de colectividad en las tinieblas. Las anomalías
ascienden a la superficie de la burla y la amenaza penitenciaria,
y esta primera visibilidad es definitiva.
De la deshumanización de lo diferente
Lo relevante en la perspectiva actual del episodio de Los
41 es, desde luego, la negación absoluta de los derechos
humanos y civiles de los homosexuales. A partir de ese momento,
"se sienta jurisprudencia" y las represiones son legales,
no porque correspondan a texto alguno, sino porque ya se han perpetrado
con esa pretensión de legalidad. Y esto promueve las redadas
incesantes, los chantajes policiacos, las torturas, las golpizas,
los envíos a las cárceles y al penal de las Islas
Marías sin motivo alguno. Sólo se necesita una frase
en el expediente: "Ofensas a la moral y las buenas costumbres."
No hace falta más, no hay abogados defensores (en el caso
de los jotos, ni siquiera de oficio), no hay juicios, sólo
caprichos judiciales dictados por "el asco". Y la sociedad,
o la gente que se entera, encuentran normales o admirables estos
procedimientos.
La Gran Redada le entrega a los gays de México el
pasado que es, en síntesis, la negociación interminable
con el presente. Vienen del momento de felicidad destruido por
la gendarmería, y son una comunidad a pesar suyo, al ser
todos susceptibles de razzias. De la madrugada del 18 de noviembre
de 1901 a 1978, en la marcha conmemorativa del 2 de octubre, cuando
desfila un contingente gay, los homosexuales han sido presa del
pánico de la Redada, y que esto no es psicologismo lo exhibe
la alianza de los atropellos policiacos y de la Redada moral:
otra vez las detenciones, golpizas e insultos, y el desprecio,
la ira y la congoja de los padres. Y sólo cuando el término
gay se populariza, la Redada se ve interrumpida, no porque se
elimine el ánimo persecutorio, sino porque la invocación
de las leyes disminuye las razzias (excepción hecha de
las de travestis) y prepara la irrupción de la voz pública
de los que ya no admiten el silencio.
"Aquí debería ir tu nombre
pero no lo pongo porque es de hombre"
Por intercesión de Los 41, la homosexualidad se construye
sobre bases penales y humorísticas. También, con
la Gran Redada se inicia la "secularización"
de la anormalidad, y una prueba trágica al respecto la
dan los crímenes de odio, los asesinatos "porque sí"
de los gays, tan frecuentes y tan atenidos, en última instancia,
a la tradición de las hogueras que el Santo Oficio dedicó
a los "sométicos" o sodomitas. ¿Qué
distancia hay del "que las llamas purifiquen tu pecado"
al "lo maté por maricón"? Sin que lo sepan
los asesinos, y sin que dejen de actuar la consigna, los crímenes
de odio contra los gays, esas orgías de saña en
hoteles baratos, en departamentos y casas, son la reafirmación
de las visiones teocráticas que extirpan el pecado de modo
ejemplar.
Misterios de la semántica: con la palabra gay se introduce,
casi al mismo tiempo, la defensa de los derechos humanos de los
por ella representados.