.Luis Eugenio Espinoza González

Guadalupano sí, fanático.


Guadalupano sí, fanático.

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Hoy por hoy, me parece que más relevante que el asunto de la canonización de Juan Diego y la polémica recurrente, es dimensionar seriamente nuestro concepto de Dios y de su intervención en nuestra historia. Escribe en su columna del domingo pasado Ricardo Omaña del Castillo que "las religiones enseñan a creer, sin métodos científicos o cosas que se le parezcan".Como teólogo católico he sido educado para creer en el carácter científico de la exégesis bíblica, en el método riguroso del estudio de la historia de la Iglesia, y en asumir que, si por una parte, mi razón no agota las explicaciones de lo creado, por la otra, mi fe no supone irracionalidad.Como laico he defendido la necesidad de instituciones eclesiales -de cualquier denominación-, que nos ayuden a madurar críticamente nuestra fe. Me parece cuestionable, por ello, opiniones como las de Guadalupe Loaeza aparecidas en EL NORTE, el martes pasado, quien generaliza al sostener que "todos necesitamos de una madre compasiva que nos escuche, nos proteja y nos guíe".Si ella o yo la necesitamos, me parece falaz transformar nuestra inmadurez teológica en regla universal. Menos aún estoy dispuesto a renunciar a mi juicio porque alguien quiera "obligarme" a aceptar en silencio las decisiones tomadas por instancias con autoridad dentro de cualquier Iglesia.Personalmente considero que el núcleo de nuestra fe está en la aceptación del Dios que nos sostiene en la existencia. Fuera de este proyecto último que orienta nuestras búsquedas individuales, contamos con la ayuda de una comunidad de fe. María ha mostrado ser un apoyo privilegiado, sin dejar por ello de ser un apoyo para el acto de fe en el único Dios. Cuando individuos o grupos nos volvemos intolerantes contra todos aquellos cuyo camino hacia Dios no cruza por el sendero guadalupano, rayamos en un fanatismo comparable al que criticamos en otros.Comprensible, aunque reprensible, me parece el exceso de fervor que confunde teorías con verdades históricas (no es el lugar para citar algunas imprecisiones -mínimas debo decir-, en los editoriales de los padres Narváez y Tapia aparecidas en EL NORTE, en la sección Editorial del domingo) y que excluye como antiguadalupano o como demasiado "mundano" al hombre que disiente.Si Guadalupe y Juan Diego representan una mexicanidad en búsqueda de exaltación, bienvenidos a la realidad del pluralismo de opiniones. Excelentes mexicanas y mexicanos no perciben con igual amor y transparencia la realidad "histórica" (si un sugerido evento meta histórico puede considerarse tal) del evento guadalupano y permanecen, empero, fieles a la creación de un proyecto social de mejoría e incluso representan voces de cristianos comprometidos.Guadalupe puede ser entendida y aceptada como una maravillosa muestra de evangelización sin implicar una presencia sobrenatural... es un camino alternativo y válido. Al menos lo fue para hombres y mujeres desde la época colonial.Interpretaciones y disputas han sobrado entre exaltados amantes de la Virgen Morena. Lecturas sobre el hecho guadalupano que ayudaron a crear una conciencia criolla nacionalista. Otras lecturas que enaltecieron a Juan Diego como digno evangelizador y aprendiz.Mucha atención se ha dado al nacionalismo respaldado por la guadalupana desde los estudios del recordado Francisco de la Maza. Poca atención se ofreció durante centurias a Juan Diego y a todos los indígenas "herederos" de la presencia celestial. Con pertinaz obstinación y falta de tacto se acusa aún hoy a quienes consideran el evento guadalupano un mito. Un término que el lenguaje común reduce a fábula e invención. Nos sobra pasión y nos faltan conocimientos para entender que hoy en día existe toda una apreciación positiva del carácter mítico y los procesos de mitificación como exaltación de hechos históricos, la transformación de lo ordinario en paradigmático.Teólogos y agentes pastorales hemos aprendido y aceptado que existen apropiaciones alternativas -en momentos incluso conflictivos- de la personalidad única y definida de Jesús de Nazaret. En algunos casos, el enviado "desde arriba," la palabra Eterna hecha carne; en otros, el rebelde y conflictivo "hijo del hombre" que se elevará sobre las nubes. Ambas visiones religiosas sobre los caminos de Dios han estado presentes desde el momento en que se escribieron los evangelios.Curiosamente, mientras las primeras comunidades cristianas dejaron cuatro narraciones sobre Jesús mostrando apertura interpretativa, algunos autores mexicanos parecemos terriblemente ciegos a la pluralidad de opiniones.Allá nos atrevemos a hurgar primero en estilos literarios, en recursos narrativos... de la literatura guadalupana exigimos adhesión histórica. ¿Hemos entendido que la verdad de salvación no es fácilmente expresada en un discurso "científico" de características positivistas?De nuevo pienso en el artículo de la señora Loaeza y su artero comentario sobre la negación de Juan Diego. No, señora, el valor teológico no disminuye la necesidad de evidencia histórica, no está en mí juzgar si otros la han considerado suficiente.Pero la teología presente en los textos guadalupanos ha reinterpretado, algunos se atreverán a decir "inventado", una narrativa para presentar un mensaje que toma raíz en la historia y se vuelve modelo y paradigma. Una verdad de salvación.Guadalupe sí, Juan Diego también. Me parece, sin embargo, que debemos alentar un intercambio de opiniones que abra mejores caminos de comprensión. Me parece urgente que nuestro guadalupanismo nos haga crecer como fieles maduros y no prolongue innecesariamente las muletas psicológicas que algunos confunden con espiritualidad... ¡Radicalizar opiniones y volvernos fanáticos mejor no!