Arnaldo Córdova.

La mitología de la Revolución Mexicana.

2002


La mitología de la Revolución Mexicana.


En cierta ocasión al dar inicio una conferencia que impartió en la antigua Escuela (hoy facultad) de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, don Jesús Silva Herzog afirmó: "Los mexicanos tenemos dos deidades: Nuestra Señora la Virgen de Guadalupe y Nuestra Señora la Revolución Mexicana". En el México de hoy, no cabe duda, se trata de nuestros dos principales mitos populares que son, en todo y por todo, también mitos históricos. ¿Qué es un mito? Difícilmente habrá un acuerdo total entre dos estudiosos en torno a lo que el mito es. Pero muchos coinciden en que se trata, en primer término, de una forma de memoria colectiva, un registro del pasado en el que se plasma un evento real o imaginario o héroes (también reales o imaginarios) o divinidades que marcan el inicio de una identidad espiritual de una comunidad, un pueblo o una nación; algo o alguien que dan sentido y voluntad de vivir a sus integrantes.

Georges Sorel lo identificaba , precisamente, como una voluntad colectiva de creer y de querer que forma el verdadero contenido de la conciencia histórica de un pueblo. La historia, como una concatenación de hechos reales y particulares, es una cosa; la historia como conciencia, una muy otra. Ésta es la que forja el mito. Pero el mito no es mera fantasía ni invención extra lógica. También es un hecho real, forma parte de la vida cotidiana espiritual de los hombres y la informa y le da cohesión. En todo caso, la historia genera de inmediato el mito y lo hace suyo para poder explicarse a sí misma y darse un sentido y un significado a nivel popular. La Revolución Mexicana generó sus mitos en los momentos mismos en que estaba ocurriendo: sus hechos políticos y militares, sus dirigentes, sus organizaciones y primeras instituciones, sus lemas, ideas y programas, entraron de inmediato en la conciencia popular del mito y ésta lo siguio recreando e, incluso, dándole nuevos contenidos y formas de expresión, aún después de que la gran lucha armada había terminado y se había convertido en historia. Flores Magón, Madero, Zapata, Villa, Obregón, Carranza, Blanco, Alvarado, Diéguez, Cananea, Río Blanco, Ciudad Juárez, Torreón, Zacatecas, Celaya, el Programa de 1906, el Plan de San Luis, el Plan de Ayala, la Ley del 6 de enero de 1915, la Constitución de 1917, el agrarismo, la justicia social, el ejido inspirado en la colectivización soviética, todos se convirtieron en historia, a través de ellos se hizo la historia; pero la conciencia popular, entre la masas cada vez más y mejor organizadas, se volvieron mitos, algo que rebasó lo que fueron en su momento y re redimensionó permanentemente: el valor, el heroísmo y las hazañas de los hombres (Zapata, que aún cabalga en su caballo blanco por las montañas de Morelos; Villa, que al atacar Columbus consumó la "primera" invasión mexicana a territorio estadounidense; Obregón, el gran vencedor de Villa en Celaya); la bondad de las leyes y la majestad de los principios; las gestas del pueblo trabajador; la esperanza siempre ardiente de un futuro justo; el orgullo de sentirse parte de todo eso y de sentirlo propio, en lo más recóndito de la intimidad del ser personal y colectivo.

El mito es como esos cristales triangulares de aumento chinos, en cuyos vértices, sobre un cabello se graba, con unos cuántos de trazos microscópicos, lo que en la base opuesta se puede observar como un paisaje maravilloso, un conjunto multiforme de riqueza de formas que la fantasía vuelve todavía más esplendoroso. Así fue durante decenios el mito de la Revolución Mexicana en la conciencia de las masas. Nunca fue igual a sí mismo, porque la historia continúa y siempre tiene algo que agregar. Así, el mito se renueva constantemente. El ideal de la reforma agraria, por ejemplo durante el decenio de la revolución, fue la pequeña propiedad y no el ejido. Después de 1922 lo fue el ejido, como una unidad de producción. Durante ese mismo decenio la clase obrera casi no se hizo presente, excepto en la gran huelga general de los electricistas en 1916, que Carranza sometió a sangre y fuego. Ya en los primero años veinte comenzó a ser la fuerza política más importante en el movimiento de masas. Entonces estas comenzaron a forjar su propia mitología. Los grandes compromisos de la Revolución, en la ardua tarea de edificar el nuevo Estado nacional, se fueron aplazando por casi cuatro lustros. Las masas esperaban y las cosas seguían igual que antes. A los antiguos dominadores habían sucedido los nuevos y las causas de la gran insurgencia revolucionaria estaban todavía en pie. En la década de los treinta surgió el cardenismo, primero como promesa y después como realidad, y los mitos revolucionarios pudieron renovarse, enriquecerse y multiplicarse. La misma Revolución, como movimiento transformador, cobró nuevas formas, se rehizo y, lo más importante, comenzó a realizar sus antiguas promesas. Cárdenas se volvió un mito: el cardenismo se convirtió en religión de masas; el Estado, ya institucionalizado, también se hizo mítico, con la potestad en la que las masas se identificaban y de la que esperaban la completa realización de los ideales revolucionarios. Adolfo Gilly ( avalado por Héctor Aguilar Camín en un escrito de ocasión) ha reivindicado para sí esta interpretación. Quisiera recordarle que ya en 1980 yo planteaba esa tesis, en un ensayito que forma parte de un pequeño libro del que el propio Gilly fue colaborador ( Historia, ¿para qué?, publicado por Siglo XXI Editores y coordinado por nuestra querida Alejandra Moreno Toscano). Mi ensayo se titulaba "La historia, maestra de la política", y versaba, justamente, sobre la Revolución convertida en mito por las masas populares. Lo digo sólo para que conste.

Siendo nuestra realidad histórica hasta el presente tan miserable como ha sido, podría decirse que lo que siempre logra embellecerla es el mito o los mitos históricos que se van sucediendo los unos a los otros. En los treinta creímos que el ejido colectivo nos daría bonanza económica en un país cuyo principal recurso es la tierra. En los cuarenta, en cambio, pensamos que la industrialización y la sustitución de importaciones nos convertirían en un país moderno e independiente y entonces le apostamos todo a ese objetivo, sacrificando nuestro neonato mito de la producción agrícola fundada en el ejido colectivo. Fue un mito compartido por gobernantes, empresarios y líderes sindicales (incluso por los mismos sacrificados, nuestros ejidatarios y minifundistas). El resultado fue un desastre que ahora nos tiene hundidos en una crisis que parece irremontable. Ese mito nació con el cardenismo, no hay que olvidarlo. Fue durante su gobierno, en 1939 que se elaboró el Segundo Plan Sexenal para la industrialización , que debería seguir a una reforma agraria que aún no se acababa de consolidar y que, luego de menos tres lustros, estaba ya totalmente arruinada. No estoy exagerando. Se trata de mitos, creados y alentados por nuestros gobernantes, es verdad, pero alimentados también por las masas organizada en el nuevo sistema corporativo creado por el cardenismo. Hoy sabemos que desde 1946 nos encaminamos neciamente hacia el abismo. Entonces no lo podíamos saber. Eliminados los elementos subversivos del orden, sobre todo los dirigentes sindicales comunistas, en 1948 y 1959, el país se fundó en otro mito que embonaba con la tradición revolucionaria: el Estado estabilizador y unificador de la sociedad en un solo partido y bajo un solo gobierno heredero de una mitología gloriosa y todavía vigente y actuante. Nuestra historia siguió fundándose en mitos. Lo eran de verdad. Las masa hacían propias todas las propuestas surgidas del Estado y las convertían en su propio credo. ¿Por qué? Porque estuvieron siempre y siguen poseídas por el mito de la Revolución, que con Cárdenas cuajó en el principal elemento estabilizador de la vida política y social de México: la fidelidad popular al Estado revolucionario.

En medio de una decadencia intermitente de las instituciones revolucionarias, entre 1946 y 1982, la creencia en la Revolución, se mantuvo (también en nuestros gobernantes). La sacudida de 1982 disolvió el mito en la conciencia de los círculos gobernantes. Desde entonces se propusieron disolverlo también en las masa todavía creyentes en el Estado de la Revolución y en sus designios históricos. Nuestro futuro no era el que los grandes revolucionarios había diseñado para nosotros, sino el de las naciones modernas, liberal o neoliberal, fundado en la fuerza del mercado y en la liberación del Estado de todas sus ataduras, y compromisos sociales. Que las masa, en adelante, se las arreglara como pudiera por sí solas. El Estado protector había llegado a su fin y, con ello, el mito revolucionario. Vinieron los salvajes ajustes económicos y el sacrificio del bienestar popular. Durante once años no pasó nada. Era la señal de que se podía continuar. De pronto, en la del primero de enero de 1994, estalló la bomba. Un grupo de indígenas de los Altos y de la Selva Lacandona de Chiapas, puso contra el paredón la política económica de ajustes y el mito revolucionario renació. Salinas quiso convencerlos de que su política era la continuación en otras condiciones, de la Revolución. A nadie convenció. Ahora, el estallido chiapaneco nos hace presente que el antiguo mito revolucionario sigue vivo y que, al parecer y por lo pronto, es indestructible. Nos ha devuelto al pasado, pero, como en otros tiempos, nos proyecta de nuevo hacia el futuro. Nuestra mitológica Revolución Mexicana, a la que tantas veces hemos liquidado está aquí de nuevo.