Lorenzo Meyer / Muchos Méxicos
Por Lorenzo Meyer

El Norte

(25 Enero 2001).-


La Idea Original.- No se necesita ahondar mucho para comprobar que México es, en realidad, muchos Méxicos. Esa pluralidad está lo mismo en la profundidad que en la superficie, en el pasado que en el presente, en éste que en cualquier otro lugar de su geografía.

En sí misma, la diversidad del país no es un factor negativo. Sin embargo, así como hay diferencias que enriquecen las hay que destruyen, como las numerosas contradicciones del tipo "suma cero", es decir, donde si alguien gana es porque alguien perdió. Este tipo de oposiciones finalmente se convierten en un gran obstáculo a la cohesión social, a la empresa común que supone un proyecto de nación.

En 1941 un historiador estadounidense, Lesley Byrd Simpson, publicó una obra general sobre México que se convirtió en clásica: "Many Mexicos" (Muchos Méxicos, Nueva York,1941). La tesis central de la obra era la existencia de varios Méxicos en el tiempo, en el espacio y en las formas de vida o civilizaciones. Y es en estos dos últimos aspectos, en el espacial y el cultural, donde se apreciaban y se siguen apreciando las diversidades más peligrosas.

Desde el inicio de los tiempos y hasta la conquista europea, nunca hubo unidad entre las muchas sociedades que habitaban en lo que hoy es México. Sin embargo, la imposición de la civilización española sobre todas ellas sólo logró, en el mejor de los casos, una unidad imperfecta. Y según la interpretación de Simpson, la unidad genuina de México, la realmente nacional, siempre había estado por llegar pero finalmente nunca llegaba.

Han pasado 60 años desde esa afirmación y la situación no ha cambiado en lo esencial. La falta de unidad y coherencia se mantiene como característica de nuestro proceso político.

En este país sigue habiendo más Méxicos de los que sería deseable. Es verdad que algunos de ellos, un buen número, pueden o podrían convivir en paz y enriquecerse mutuamente dentro del esquema de la pluralidad y la creatividad democráticas: el México mestizo, el México criollo y el México indígena, el urbano y el rural, el del norte, del centro y del sur, por ejemplo, pero otros deberían ser incompatibles, como el México de ciudadanos y el de caciques, el de muy pobres y muy ricos.

Por razones tanto de justicia como prácticas, hay un México que está obligado a intentar imponerse sobre su antítesis: el de la legalidad, la equidad, o de la solidaridad sobre el de la arbitrariedad y la corrupción, pues de lo contrario el siglo 21 tampoco será el parteaguas de nuestra historia que la mayoría desea y merece.

Caciques y Legalidad.- Los eventos tan desafortunados que llevaron a anular las elecciones para Gobernador en Tabasco y que podrían impedir las de Yucatán, son resultado de las acciones de dos poderosas maquinarias caciquiles que buscan impedir o retrasar al máximo, la llegada de la democracia mínima, la electoral.

Los responsables directos de la crisis política tabasqueña y yucateca, Roberto Madrazo y Víctor Cervera, son producto de una muy vieja y muy arraigada institución mexicana: el cacicazgo, de origen prehispánico pero al que se le permitió adaptarse a las realidades del México colonial.

Luego, ese caciquismo aprovechó el caos del México independiente para revitalizarse y sobrevivió muy bien en la época liberal y luego volvió a cambiar en la forma pero no lo esencial para permanecer en el México del PRI. Ahora lucha por construir un puente hacia el siglo 21.

El cacique es, en los términos de José Varela, el "tirano chico" ("Los amigos políticos", Madrid, 1977, p. 353). Se trata de un tirano que ha logrado erigirse en un intermediario real entre la sociedad local y un poder superior, regional o nacional, y que mediante el uso de recursos estratégicos (en los casos de Madrazo y Cervera, se trata de su control sobre el aparato político-administrativo estatal) ejerce un poder arbitrario y despótico pero efectivo, donde la amenaza del uso ilegítimo de la fuerza es una constante y su razón última.

Es justamente ese poder ilegal pero real de Madrazo y Cervera el que ha impedido que las elecciones en sus feudos estatales se efectúen en condiciones de libertad y equidad, y eso ha desembocado en un enfrentamiento jurídico y político con la autoridad electoral federal.

Pretenden, por la vía del hecho consumado (dos Gobernadores, dos consejos electorales locales), negociar su posición y la de los suyos para evitar o retardar la modernización política de sus respectivos estados, pues ese cambio es, por fuerza, letal para su estilo de gobernar, mantenimiento de su influencia y, sobre todo, de su impunidad.

Dos Ejércitos.- Desde hace siete años hay en Chiapas dos ejércitos enfrentados, el formal y propio de la estructura institucional del Estado, y otro muy peculiar, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), que hizo su aparición pública y violenta el 1 de enero de 1994.

Para poder acogerse a la tenue protección que dan las leyes internacionales en la materia, el ejército insurgente decidió declararle formalmente la guerra al primero pese a la evidente y enorme desproporción de fuerza entre las dos organizaciones.

La acción del EZLN se antojaría un disparate, además de una irresponsabilidad enorme de no ser porque los rebeldes lograron hacer blanco en el viejo y enorme talón de Aquiles del sistema político y de la sociedad mexicanos: el de la corrupción, la discriminación y la desigualdad extrema.

No hay duda que el EZLN, una organización fundamentalmente indígena y regionalmente localizada en las cañadas de Chiapas, pudo y aún puede ser eliminada rápidamente por el ejército federal, pero a un costo material muy alto para las comunidades de las cuales se nutre y otro, también muy alto, político y moral para el ejército federal y para el sistema político en su conjunto.

Ahora bien, lo que incluso la eliminación física rápida del EZLN y la neutralización política de sus bases de apoyo no podrían eliminar de igual manera, es la razón de fondo por la cual el EZLN surgió y de la cual pretende ser símbolo: la enorme e histórica injusticia social que ha caracterizado el desarrollo de México.

La discriminación centenaria contra las etnias y, sobre todo, la igualmente centenaria, brutal, innegable, injusta e ilegítima distancia entre el México de los más pobres y el México de los más ricos, es la razón profunda de esos pasamontañas que tanto molestan hoy a las buenas conciencias, las de "orden y progreso".

En realidad nunca ha concluido la lucha que se inició en el siglo 16 entre el lugarteniente de Cortés, Diego de Mazariegos, y los indios chiapanecos; el EZLN es sólo el último episodio de ese añejo conflicto de razas, clases, civilizaciones e intereses.

La cadena de choques violentos combinados con períodos de resistencia pasiva lleva ya casi cinco siglo en Chiapas y en otras partes del país, y va a continuar en tanto que las viejas "República de los indios" y la "República de los españoles" creadas en la colonia, no se disuelvan o negocien su convivencia pacífica, constructiva y solidaria dentro de una mayor, y en donde ya no exista el sentido de superioridad de unos, de humillación de otros y de inseguridad de todos.

El llamado "problema indígena" desde el siglo 19, no es más que la manifestación más aguda de otro problema mayor: el social. Ese que ha llevado a que el México del 10 por ciento que se encuentra en la base de la pirámide social tenga que sobrevivir con apenas el 1 por ciento del ingreso total disponible mientras que el México del 10 por ciento que está en la cúspide, dispone del 41 por ciento.

Dos Méxicos Globalifílicos.- De entrada, no hay duda que hay, por un lado, el México globalizado, tan unido como el que más a los procesos de producción del mercado mundial y, por el otro, el México encerrado en sí mismo, que vive de y para el limitado mercado interno cuando no para el autoconsumo.

Se trata del México moderno, orientado y subordinado a las complejas, dinámicas y poderosísimas fuerzas del capitalismo mundial, que cada vez se aleja más del México premoderno o, de plano, inmodernizable, al que ha dejado a la vera del camino por el que se avanza hacia el futuro. Sin embargo, dentro del México globalizado también hay, al menos, otros dos y contrapuestos.

En efecto, uno de esos Méxicos modernos es el de las industrias de exportación y, en general, el de los grandes capitales que se encuentran ya unidos a otros mucho externos y mayores y que se centran en la innovación tecnológica, en la producción y en los servicios para una clientela que está igualmente dentro que fuera de nuestras fronteras.

Unido a ese grupo de poder económico, están los tecnócratas que dieron vida desde el Gobierno federal al Tratado de Libre Comercio y a la transformación del modelo económico nacionalista. Sin embargo, para realmente ser aceptados por el resto de los globalizadores como parte de los suyos, es necesario que los globalistas de México demuestren que el suyo es un país con un régimen guiado por los principios modernos, es decir, un país democrático, de leyes, predecible, estable y gobernable.

Y es en este punto donde los modernizadores han entrado en contradicción con la otra cara de la globalización: la del crimen organizado.

Nadie puede negar que los grandes narcotraficantes mexicanos son tan dinámicos, innovadores y partidarios del mercado mundial, como el que más. En efecto, personajes como Amado Carrillo antes o los hermanos Arellano Félix ahora, manejan redes internacionales de producción y comercialización de las drogas prohibidas, cuyo monto es de miles de millones de pesos anuales.

Pero a la vez, también es claro que la existencia y acciones de estos últimos ponen de manifiesto la vulnerabilidad, la naturaleza tan precaria del Estado mexicano actual y lo superficial de la modernidad de toda la estructura jurídica, administrativa y política en que está montado el otro México globalizado, el que exporta bienes lícitos, el que se educó en las grandes universidades americanas, el que va a Davos, el que encabeza el cambio de régimen.

El México de los gobernantes modernos es el que, entre otras cosas, diseñó y construyó a un costo muy alto, las cárceles de máxima seguridad que han incorporado los últimos avances tecnológicos y que son verdaderos "edificios inteligentes".

Sin embargo, es el otro México, el del también moderno crimen organizado, el que puede abrir todas las puertas de esas cárceles utilizando su conocimiento y manejo de ese talón de Aquiles del entramado institucional mexicano que es la corrupción.

La fuga reciente de Joaquín Guzmán de la cárcel de máxima seguridad de Puente Grande, una fuga organizada desde dentro y, en muchos sentidos, previsible desde hace tiempo, es sólo el indicador más reciente y humillante del subdesarrollo institucional mexicano.

En Suma.- La persistencia de variaciones sobre el gran tema de la nacionalidad mexicana, es algo que, en principio, debe valorarse positivamente. A la vez, la eliminación o disminución de las diferencias perversas, debería ser el centro del proyecto nacional del nuevo siglo.

Desde luego que la corrupción no es la única variable que explica el surgimiento y persistencia de esos muchos Méxicos destructivos de la moral, la cohesión y la dignidad nacionales, pero sin duda es el factor que los atraviesa a todos.

La corrupción está en el corazón de los cacicazgos de Tabasco, Yucatán y muchos más, también es elemento determinante en la persistencia del atraso social en Chiapas pese a las cuantiosas inversiones federales.

La corrupción no es ajena a la pobreza y debilidad de la acción del Estado para combatir los extremos de pobreza y riqueza, y ni qué decir que es el lazo que une al crimen organizado con la incapacidad de los aparatos de justicia y seguridad encargados de combatirlo.

El primer gobierno del nuevo régimen apenas se está iniciando, pero ya debe empezar a dar muestras efectivas que el 2 de julio no fue un mero cambio de formas y personal políticos sino un auténtico parteaguas en el esfuerzo de México por dejar de ser una sociedad dominada por sus peores herencias.