La cultura religiosa mexicana
y los indígenas
Joseph Ferraro
La conquista de los indígenas
Al revisar el papel de los miembros de la Iglesia en la destrucción
o en la conservación de las culturas indígenas del Nuevo
Mundo, tal como es concebido por la lglesia oficial mexicana, descubrimos-de
acuerdo con Tomás Nava-que la conquista fue responsable.de la muerte
de más de la mitad de los habitantes de las tierras descubiertas.
lncluso, en las Islas Bahamas y Caribeñas los españoles arrasaron
con la población nativa y la reemplazaron con esclavos traídos
de África (Nava, s/f, pp. 22-23; véase CENAMI, 1987,
p. 89). La matanza y esclavización de los habitantes sólo
fue un reflejo del desprecio español por las culturas autóctonas.
Aunque este encuentro de dos mundos pudo haber logrado la formación
de una nueva cultura, los españoles no valoraron lo hallado y en
vez de intentar enriquecer ambas, la indígena y la europea, destruyeron
lo ajeno: su economía, su sistema político y su religión,
para imponer los modelos ibéricos (ibid., p. 35).
Por supuesto, tales hazañas beneficiaron en lo personal a los
conquistadores. Los antiguos dueños de la tierra se vieron reducidos
al nivel de esclavos repartidos en encomiendas, y en consecuencia, su suelo
y sus ciudades pasaron a manos de los nuevos amos y señores (ibid.,
pp. 24, 28; véase CENAMI, 1987, pp. 60, 63~4, 67-70 y
78-79).
Nava reconoce que el catolicismo se impuso por la fuerza (ibid.,
p. 26; véase p. 27), y de este modo contribuyó, según
la Comisión Episcopal para Indígenas, a la desaparición
de las culturas y los grupos nativos (CEI, 1988, p. 10; véanse
p. 58; Nava, s/f, pp. 19, 37; CENAMI, 1987, pp. 70, 80, 119, 120).
Pero en opinión de algunos indígenas contemporáneos,
el interés de la Iglesia no fue únicamente el de evangelizar.
La acusan incluso de haber guardado silencio frente a la violencia y el
despojo de la Conquista, debido a que la misma institución eclesástica
"se benefició con la expropiación de las tierras indígenas"
(CENAMI, 1987, pp. 97, 98-99, 107-108, 111-112, 115). El ser evangelizador
se identificó con ser conquistador (CEI, 1988, p.10).
Nava considera que a los indios les resultaba difícil comprender
la bondad de un Dios impuesto por la fuerza y conforme aparentemente con
el proceder de los nuevos amos y señores. Como lo demuestran algunos
testimonios, se tenía la impresión de que el Dios anunciado
participaba también de la avaricia y la sed de oro, de la injusticia
y el despojo que sembraban los conquistadores (Nava, s/ f, p; 27). Este
choque entre ambos mundos explica la Comisión Episcopal para Indígenas-provocó
que muchos nativos aceptaron la nueva religión no por convicción
sino meramente como un media para sobrevivir, aun cuando su fe resultaba
fragmentada e incomprendida (CEI, 1988, pp.10,59). La posterior
evangelización de las comunidades indígenas se practicó
bajo la misma forma general para grupos mestizos y españoles: les
inculcaban manifestaciones devocionales ajenas a su idiosincrasia, lo cual
contribuyó en mayor medida a la destrucción de las culturas
autóctonas y al sometimiento de los indígenas a las encomiendas
(ibid., pp. 500).
Sin embargo, con el paso del tiempo algunos miembros de la Iglesia
empezaron a darse cuenta de la injusticia que entrañaba tal sometimiento
(Nava, s/f, p. 28) y, como resultado, fue perfilándose una auténtica
labor de evangelización y de servicio a los más pobres, es
decir, a los indígenas. Los nuevos misioneros comprendieron la contradicción
implicita entre la doctrina que predicaban y la realidad (ibid. p. 37;
véase pp. 28). Se les presentó la disyuntiva de ser fieles
a Dios, o bien a los vencedores y a su proceder (ibid., p. 39).
Optaron por los vencidos y emprendieron la lucha en defensa y por la liberación
de los indios. Así surgió-afirma la CEl-"una
de las páginas más bellas en el camino de la Evangelización
en toda América, evangelizadores que arriesgaron su vida por defender
a los indios y por llevarles el Evangelio, no por la fuerza de las armas,
sino por el propio convencimiento y la aceptación voluntaria"
(ibid., p. 28; véanse p. 37; CEl, 1988, p.10).
El primer testimonio de la acción en favor de los nativos nos
remite a La Española, hoy Santo Domingo. Después de permanecer
un año en la isla, la comunidad de frailes dominicos (Pedro de Córdoba,
Antonio de Montesinos, Bernardo de Santo Domingo y un hermano lego) (ibid.,
p. 39) optó por la defensa de los indios, aun sabiendo
que se iban a contrariar con las autoridades de la isla y con la misma
Corona española" (ibid., p. 29).
El tercer domingo de Adviento de 1511, Fray Antonio de Montesinos predicó
un sermón de capital importancia en la historia de América
Latina (ibid., p. 39).
¿con qué derecho y con qué justicia tenéis
a estos indios en tan cruel y horrible servidumbre, ¿con qué
autoridad hicisteis tan detestables guerras? cómo los tenéis
tan oprimidos y cansados [...] los matáis sacando y acumulando oro
cada día? ¿No son acaso hombres? ¿No tienen almas
racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros
mismos?" (ibid., p. 40)
Entre las personas presentes en misa aquel día estaba un encomendero
que en apego a dicho mensaje liberó a "sus" indios, y
"se convirtió en el más brillante luchador y defensor
de los indios, y en promotor de una evangelización, no por la fuerza
y la imposición, sino por el convencimiento y propia aceptación
de los evangelizados". Por supuesto, hablamos de Bartolomé
de las Casas ( ibid., pp. 29,41; véanse González,
1982, p. 11; CEI, 1988, pp.58-59).
Huelga decir que habla otros misioneros destacados en la lucha por
los derechos de los indios, personas como Fray Bernardino de Sahagún,
Fray Juan de Zumárraga, Fray Pedro de Gante, Vasco de Quiroga, Fray
Toribio de Benavente (llamado por los indios Motolinía o el pobre)
(ibid., pp. 19, 41; véanse CEl, 1988,
pp.58-59; González, 1982, p. 11), etcétera. Con verdadera
justicia, los obispos del CELAM en su documento de consulta de Santo
Domingo pudieron alabar este aspecto de la primera evangelización
"sin falsos pudores" (El CELAM, 1992, p.9).
Rafael González opina que la victoria en la Guerra de Independencia
(1821), a pesar de la participación decidida de los indígenas,
trajo ventajas sólo para los mestizos y los criollos. Y la misma
Revolución de 1910 no representó para los indígenas
un cambio sustancial (González, 1982, pp. 10-11). Signos de esperanza
aparecieron con la celebración del I Encuentro Indigenista Interamericano
en la ciudad de Pátzcuaro en 1940 y con el establecimiento del Instituto
Nacional Indigenista (INI), por el que los esfuerzos del gobierno
para mejorar la situación de los indios se han intensificado, pero
sin producir lo que se hubiera deseado (ibid., pp. 10-11).
El Vaticano II y la fundación del
Centro Nacional de Ayuda a Misiones Indígenas (CENAMI)
Con el Concilio Vaticano II (1962-1965) se nota un cambio de parecer
de la Iglesia oficial hacia los indígenas y la variedad de sus culturas
(véanse González, 1982, p. 13; CENAMI, 1987, p. 141).
Según el Concilio, las culturas poseen estilos de vida diversos,
con diferentes escalas de valores que se fundamentan en las distintas maneras
de utilizar las cosas, etcétera (ibid.), y constituyen
el media necesario para alcanzar un nivel verdaderamente humano (El Vaticano
II, 1966c, párrafo 53). Para el Concilio, cada cultura debe gozar
de una justa libertad para desarrollarse de acuerdo con sus propios principios.
Las culturas, por ello, poseen el derecho de un mutuo respeto y deben gozar
de cierta inviolabilidad (ibid., párrafo 59).
En lo que se refiere a la revelación hecha por Dios a los judíos,
Él se acomodó a las culturas propias de cada época
(ibid., párrafo 58). La Iglesia, a su vez, puesto que posee
la naturaleza de un sacramento, es decir, de un "signo e instrumento
de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género
humano" (El Vaticano II, 1966d, párrafo 1) y ha sido enviada
por Dios a evangelizar a todos los pueblos, no puede ligarse de manera
exclusiva e indisoluble a nación, raza o cultura alguna (El Vaticano
II, 1966c, párrafo 58). Por ello, desde su fundación ha aprendido
a expresar la buena nueva a través de los conceptos y el idioma
de cada pueblo (ibid., párrafo 44; véase párrafo
58).Ya que lo bueno de cada cultura proviene de algún modo de Dios,
para el perfeccionamiento humano; la Iglesia trabaja no sólo para
que las mismas no desaparezcan sino para que se purifiquen, se eleven y
perfeccionen (El Vaticano II, 1966d, párrafo 17; véanse párrafos
44, 58; 1966a, párrafos 9, 11).
Mientras tanto en México, por los años 62-63, el entonces
delegado Apostólico en México, monseñor Luigi Raymondi,
debido a una preocupación especial por los indígenas, comprendió
la necesidad de intensificar los esfuerzos de la Iglesia en favor de sus
comunidades, e invitó a varias congregaciones religiosas a abrir
casas de misión en sus territorios. No satisfecho con lo anterior,
organizó "un grupo de laicos en un centro de servicios para
esas misiones, y así nació CENAMI (Centro Nacional
de Ayuda a Misiones Indígenas)". Sus tareas en principio consistían
en buscar ayuda económica, medicinas y en general ayuda para la
obra misionera (Jara, 1982, p. 19). Unos dos o tres años después
de haberse fundado el CENAMI, los obispos Lucio Torreblanca y Cabrera
convencieron a la Conferencia del Episcopado para que creara la Comisión
Episcopal para Indígenas (CEI). El CENAMI es la Secretaria
Ejecutiva de la CEI. En la actualidad, las funciones que realiza
el CENAMI obedecen al plan de trabajo de la Comisión Episcopal
para Indígenas (ibid., p. 19).
El esfuerzo de realizar una evangelización integral de acuerdo
con el pensamiento del Vaticano II ha dificultado el cumplimiento del programa
del CENAMI. La Iglesia no puede minimizar los problemas de índole
política, económica e ideológica que existen en las
comunidades indígenas, ni negar que los indígenas sean los
protagonistas de su propio desarrollo humano y cristiano, y los sujetos
de los cambios de estructuras injustas y de su propia liberación
(ibid., p. 20). Por tanto, han surgido dificultades exteriores
a la tarea de evangelización. Otra clase de problemas se debe al
hecho de que no hay una adecuada formación de los sacerdotes y religiosas
que se dedican a las misiones, puesto que la Pastoral Indígena es
relativamente nueva. Es preciso, por tanto, que esta formación se
vaya nutriendo de la experiencia en las misiones ( ibid., p.
23). Las metas del CENAMI y del INI son distintas. Según
Jara, los representantes del INI quieren integrar a las comunidades
indígenas en el sistema nacional, "aunque sea en condiciones
injustas". La Iglesia, por otra parte, busca la formación integral
del indígena (ibid., p. 23).
La nueva teoría de las culturas en México
Bajo el nuevo enfoque conciliar sobre el modo de evangalizar a los
indígenas que mencionamos en párrafos anteriores, los obispos
mexicanos señalan que el misionero no debe sentirse portador original
del mensaje de la revelación y la salvación (CEI,
1988, p. 15; véase p. 48). Cristo y su Espíritu "estaban
allí antes de ser anunciados por la Iglesia". Por tanto, la
función del anuncio de la Palabra es la de descubrir en las culturas
indígenas la actuación divina ya existente (ibid., p.
15) y hacerla más consciente y plena (ibid., 55,
p. 41); puesto que Dios no sólo habla en el corazón y en
la mente de las personas sino que lo hace del mismo modo en el corazón
de las culturas (ibid., 39; véase p. 40); "los ritos
indígenas son aceptados por Dios" (ibid., p.42). Por
tanto, no se recomienda una pastoral proselitista que no tome en cuenta
el valor de la experiencia religiosa de los indígenas que serán
evangelizados (CEl, 1988, p. 15; véase p. 48); y la evangelización
no debe implicar nunca una oposición destructiva de la cultura,
sino más bien una actitud purificadora y constructiva (ibid.,
p. 49; véase p. 142). Las culturas han de gozar de autonomía
frente a la Iglesia (ibid., p. 107; véase p. 49).
Al fundamentar en términos teóricos las afirmaciones
del párrafo anterior, los obispos mexicanos señalan que en
todos los tiempos, Dios ha dado a todos los hombres el deseo de alcanzarlo,
un deseo que se expresa en diversas formas en las diferentes culturas (ibid.,
p. 21). Este deseo innato a la divinidad constituye el lado subjetivo mediante
el cual Dios salva a los humanos. Sin embargo, es necesario el objetivo.
Por ello Dios se revela "en todas las cosas materiales que Él
crea y conserva mediante su Palabra" (Juan 1, 3; Dei Verbum,
párrafo 3). Se trata de lo que se conoce como revelación
natural (Romanos 1, 19-20; Dei Verbum párrafo 3). Para la
jerarquía mexicana, en apego a los lineamientos del Vaticano II,
los indígenas tienen constante con la revelación y presencia
de Dios en su trato con la tierra, el agua, el sol, cuando siembran, y
ven su influencia bondadosa en las lluvias y en el clima que les permiten
producir la cosecha. Por esta razón Juan Pablo II, al hablar con
los aborígenes de Australia, podía áfirmar que durante
miles de años el Espíritu ha estado con ellos mediante su
cultura (ibid., p. 24).
Pero todavia hay más. Los obispos mexicanos dicen que no sólo
es una cuestión de la revelación natural de Dios mediante
las cosas en el caso de las culturas, sino que Dios se ha revelado a todos
desde el principio mediante su Hijo, "a los que quiso, cuando quiso
y como quiso". Resulta que Dios también se ha revelado a los
indígenas y que la historia de cada tribu, cada nación, contiene
en si la acción reveladora "y salvadora de Dios (ibid.,
p. 25; véase p. 32). Este hecho lo atestigua el cristianismo
de los primeros siglos. Los cristianos de aquel entonces comprendieron
que los valores de la tradición pagana tenían el mismo autor
que la cristiana, aquel que dirigía a la salvación a todos
aquellos que hacían la voluntad divina conocida a través
de su sabiduria y religiones (ibid., p. 32). En las otras culturas,
por tanto, incluidas las indígenas de México, se hallan las
semillas de la Palabra (ibid., p. 33; véanse p.37; Nava,
s/f, p.19), que sirven como preparación para el evangeli (ibid.,
p.39). Gracias al Vaticano II -informan los obispos mexicanos-la Iglesia
ha rescatado estas luces para las misiones y la evangelización (ibid.,
p. 39).
Del pensamiento desarrollado en párrafos anteriores se colige
que para los obispos mexicanos el cometido de la Iglesia no es el de aculturar,
sino el de conservar las culturas (ibid., p. 23; véase
CENAMl, 1987, pp. 177-178). Cuando la evangelización se confunde
con la transmisión de valores de la propia cultura, la misión
de la Iglesia se reduce a una ideología y cae "en el colonialismo
e imperialismo religioso que nos conducen al seno de las estructuras sociales
dominantes" (ibid., p. 73 véase p. 73). Los misioneros
deben evitar, por consiguiente, críticas moralizantes, puesto que
éstas tienen el efecto de consolidar las dominaciones actuales y
pueden convertir a la Iglesia en cómplice "del poder, de la
opresión y del sufrimiento secular de los indígenas"
(ibid., p. 58).
Es evidente también que así como Jesús, siendo
judio, habló, amó, pensó y actuó como judio
(ibid., p. 9), el misionero debe conocer y respetar el idioma,
las costumbres, los valores, las ideas, los sistemas de pensamiento y la
idiosincrasia de las culturas a evangelizar (ibid., p. 18; véanse
pp. 50, 56). No hay razón alguna por la cual los indígenas
deban dejar de ser tales para poder ser cristianos y para comprometerse
en el servicio de la Iglesia, o incluso para ser sacerdotes. Sólo
se requiere que sean nahuas, zapotecos, tarahumaras, ñañú,
coras, mixtecos, etcétera (ibid., p. 18). Tal como
los Padres lo habían señalado, los cristianos no son diferentes
de los paganos, ni por su lengua ni por su país, vestido, etcétera.
De hecho, "su modo de vida no tiene nada de particular" (Epístola
a Diogeto 5, 1-2 (ibid., p. 36).
Los obispos mexicanos acusan una mayor influencia del Vaticano II al
decir que como la Iglesia se ha enviado a todos los pueblos, no se une
de una manera exclusiva o indisoluble con ninguno o con costumbres particulares
(Gandium et spes, párrafo 58). En la actualidad, la Iglesia
mexicana en su liturgia es casi exclusivamente occidental; faltan "elementos
autóctonos en su simbología sacramental, concepciones, explicaciones,
o vivencias oficiales" (ibid., p. 18; véanse
pp. 23, 67, 69-70, 78). El resultado es que el catolicismo prácticamente
acultura a los indígenas. Sin embargo, en el principio la Iglesia
se abrió a todas las culturas (ibid., p. 23; véanse
p. 72; CENAMI, 1987, pp. 143-144). "El Mensaje se helenizó,
latinizó e inculturó en todas" (ibid., p.
22; véanse pp. 38, 49). Este hecho se observa aun en
la actualidad. Existen diversas liturgias: la romana, la griega, la eslava,
la siríaca, la copta y la etiope entre otras (ibid., p.
23; véanse pp. 69-70). Pero no ha ocurrido así con las
culturas china, africanas, hindú, ni con las de América Latina
(ibid., p. 22).
Un plan de acción en defensa
de los indígenas y sus culturas
De acuerdo con los Fundamentos teológicos y el
pensamiento de Juan Pablo II-que en muchos aspectos da sustento a la obra
mencionada-la Comisión Episcopal para Indígenas (CEI)
propuso un plan de acción entre los indígenas que implicaba
seguir el camino que trazaron los religiosos para defender los derechos
inviolables de aquéllos en favor de su promoción integral
(CEI, 1982, p. 17).
El CEI informa que de los 70 millones de mexicanos que vivían
en 1980-1982, 12 millones eran indígenas. La gran mayoría
de los mismos se encuentran en Oaxaca y en Chiapas (35%), y otras etnias
en Chihuahua, Nayarit, Sonora, Michoacán, San Luis Potosí,
Hidalgo, México, Yucatán y Veracruz (ibid., p.
17). Existen cerca de 200 diferentes lenguas y dialectos entre los
60 grupos de indígenas del país. Casi 50% son monolingües
y sólo una décima parte sabe leer y escribir. La enseñanza
bilingüe, en la mayoría de los casos, según la CEI,
está orientada a la castellanización en "detrimento
de lo autóctono que constantemente es agredido en el proceso de
alfabetización" (ibid., p. 18).
La necesidad de defender la dignidad indígena según la
Iglesia oficial, tal como hemos vista, se debe a que, después de
cuatro siglos y media, la población indígena del país
sigue siendo explotada y vive en la miseria (González, 1982, pp.
10-11). Huelga decir que para los obispos mexicanos las comunidades indígenas
de hoy son las más pobres de la nación (Nava, ~s/f, pp. 36-37).
Según la CEI, les han dejado las peores tierras, puesto que
les han despojado de las mejores. Cuando cultivan café, cacao y
otros productos del campo, no reciben beneficio alguno ya que son "despojados
del fruto de su trabajo por parte de intermediarios". Los indígenas
que no poseen tierras se ven forzados a trabajar como asalariados agrícolas.
Carecen de empleo seguro y, como es de sospecharse, son explotados duramente
(CEI, 1982, p. 17; véase Nava, s/f, pp. 36-37). Tampoco les
ha beneficiado la apertura política. Más bien ésta
ha dado lugar a la represión. Según los obispos mexicanos,
"nunca se les hace justicia. los indígenas y campesinos pierden
todos los procesos porque las autoridades son venales o porque la influencia
política y económica de terratenientes y caciques obligan
a emitir sentencias injustas" (ibid., pp. 17-18). Aun
en la religión se encuentran explotados, esta vez por la mercantilización
de su religiosidad para que se conviertan "en fuente de ingresos para
comerciantes, caciques y otros (cfr. Puebla, párrafo 456)"
(ibid., p. 17).
Por esta razón, la pastoral y la evangelización entre
los indígenas buscan seguir en la línea de emplear "agentes
evangalizadores autóctonos: catequistas, celebradores de la Palabra,
ministerios laicales, comunidades eclesiales de base, servicios sociales
de salud, educacionales y de promoción de la comunidad", de
alentar la organización de los indígenas para ofrecer una
respuesta de la fe a lo social y económico, y de ese modo cambiar
profundamente estas realidades según la enseñanza evangélica.
La Iglesia, pues, descubre en estos esfuerzos de los indígenas por
librarse de la explotación, es decir, al ser ellos mismos los sujetos
de su promoción y liberación, evidencia de la presencia salvadora
de Dios (ibid., p. 18; véase CELAM, 1970a,
párrafos 3, 8, 9;1970b, párrafos 2, 14).
Tal vez el ejemplo más sobresaliente de lo que la teoría
de las culturas y el plan de acción de la CEI implican en
la práctica se encuentra en la diócesis de San Cristóbal
de las Casas, Chiapas. Atendamos brevamente a las obras que la Iglesia
de aquel lugar lleva a cabo. El tiempo y el espacio no nos permiten hablar
aquí de otras partes de la República.
La nueva perspectiva sobre las culturas y el ejemplo de la
diócesis de San Cristóbal de las Casas, Chiapas
El obispo de San Cristóbal, Samuel Ruiz García, ha fundado
el Centro de Derechos Humanos Bartolomé de las Casas. Su diócesis
publica una revista mensual de información social, Encuentros,
y él ha fomentado grupos de laicos con la intención
de que se ayuden mutuamente en la lucha por los derechos humanos.
En su "Mensaje de Pascua 1992", monseñor Samuel Ruiz
reconoció el gran movimiento entre los fieles comprometidos en busca
de la justicia y la paz mediante acciones cívicas encaminadas a
transformar la sociedad chiapaneca. Por otra parte, denunció que
otros buscan únicamente cambios que les favorezcan "a costa
del sufrimiento del resto" que el deseo de obtener mayores ganancias
se realiza "a costa de familias que quedan sin posibilidades de un
sostenimiento digno del ser humano", que frente a un afán desmedido
de lucro, la ética no vale, los derechos humanos se vuelven irrelevantes,
sin razón de ser. Señaló que "el hundimiento
en el hambre y en la miseria son correlativos con la concentración
de poder económico y político en manos de cada vez más
pocos". Lamentó que la gran mayoría del pueblo viva
en la pobreza y que su situación se deteriore cada vez más.
Afirmó que el 60% de los niños de su diócesis
se encuentran imposibilitados para asistir a la escuela debido a su necesidad
de trabajar para sobrevivir. Sin embargo, con alegría reconoció
"que crece la profundización de una fe que empieza a ser vivida
en un compromiso de transformación social y de solidaridad con los
aplastados" (Ruiz, 1992, pp. 4-5). "Es preciso comprometerse
con los pequeños, denunciar la violación de los derechos
humanos [y] protestar contra la injusticia" (ibid., pp. 5-6).
Para las élites del Estado, por otra lado, la solución de
estos problemas consiste en el control de la natalidad, la legalización
del aborto, la mutilación corpórea, y por tanto, critican
a la Iglesia por favorecer la vida ( ibid., pp. 4-5).
Durante el transcurso de 1992, Samuel Ruiz García, Arturo Lona
Reyes (obispo de Tehuantepec) y varios centros de derechos humanos (Centro
de Derechos Humanos Tepeyac [Oaxaca], Comité de Derechos Humanos
de la Sierra Norte de Veracruz, Comité de Derechos Humanos Pueblo
Nuevo [DF], Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas
[Chiapas], Comisión de Solidaridad y Defensa de los Derechos Humanos
[Chihuahua], Centro de Apoyo y Defensa de las Libertades lndígenas
[Chiapas] y el Centro Nacional de Comunicación Social [DF]) emitieron
un comunicado en el cual exigen la libertad incondicional a todos los indígenas
presos injustamente. Lamentaron el contraste existente entre el progreso
científico y tecnológico de la modernidad en México
y la vergonzosa situación de miseria extrema, atraso y violación
de derechos humanos en que viven los pueblos indígenas. Afirmaron
que aunque en 1992 "se cumplen 500 años de marginación,
despojo, violencia e injusticía ejercidos contra los indígenas",
se cumplen también "500 años de resistencia que mantienen
vivas sus cultura". Y a pesar del reconocimiento, por parte del gobierno,
de la identidad de los indígenas y la modificación del artículo
4 de la Constitución en el sentido de aceptar la realidad pluricultural
y multiétnica de México, la práctica todavía
es distinta. Señalaron que la evidencia de este hecho se encuentra
en los más de seis mil indígenas encarcelados y la multitud
que son perseguidos (Ruiz, Lona, et al., 1992, p. 8).
Muchos indígenas-dicen-están acusados de ser "narcotraficantes,
No se toma en cuenta la improductividad de tierras ejidales y comunales
debida a la falta de apoyo por parte del gobierno, ni que los narcotraficantes,
"a través de créditos y engaños, o de homicidios,
amenazas y despojos 'convencen' a indígenas para que en esas tierras
produzcan enervantes". Además, el gobierno utiliza a los indígenas
"para demostrar la seriedad de la lucha contra el narcotráfico"
(ibid.). Por supuesto, el deseo de despojarlos de sus tierras es
otra razón de su encarcelamiento. Caciques acaparadores de tierras,
pequeños propietarios e invasores denuncian a los indígenas
por no tener la documentación legal necesaria sobre sus tierras
y por insistir en defender sus derechos ancestrales sobre las mismas (ibid.).
Además de estos atropellos-agregan- los indígenas son
detenidos y procesados sin saber los cargos en su contra.
Se les procesa sin traductor y se les encierra por daños sin
sentencia, frecuentemente se les obliga a confesar en su contra luego de
ser torturados. Las órdenes de aprehensión son una amenaza
permanente para muchos, sobre todo si se resisten al despojo o forman organizaciones
independientes. A las comunidades, sobre todo en el sureste del país,
a partir de su participación en organizaciones, se les involucra
en hechos delictuosos (ibid., pp. 8-9).
Para las personas suscritas al comunicado, "el reciente reconocimiento
jurídico de la realidad indígena" en México "exige
cambiar la realidad". Por esta razón, y las otras que hemos
visto, hacen una invitación a todas las personas a participar en
la campaña para liberar incondicionalmente a todos los indígenas
que hayan sido encarcelados y perseguidos injustamente (ibid., p.
9).
En relación con las condiciones que existen en el Estado, expresa
Victoria Espejo en Encuentros, obviamente es preciso entenderlas
dentro del nacional. El avance del país hacia una mayor liberalización
del mercado afecta de modo negativo a los estados más pobres de
la República, como lo son Chiapas y Oaxaca. A pesar de los programas
estatales en beneficio de la población existe un recrudecimiento
de la pobreza, tanto entre campesinos como entre indígenas y obreros.
La caída en el precio del café ha afectado a muchas personas
que viven en una economía de subsistencia (Espejo, 1992b, p. 6).
Esta situación de empobrecimiento, señala Victoria Espejo,
es la consecuencia del proceso histórico de larga duración
de descapitalización y despojo de que ha sido objeto el estado de
Chiapas. Desde la Independencia se han acumulado en pocas manos las mejores
tierras de cultivo. Los recursos naturales del estado han beneficiado a
sectores determinados de la sociedad, junta con empresas foráneas.
La construcción de presas hidroeléctricas no sólo
ha dado como resultado el desplazamiento de un gran número de campesinos
y la pérdida de tierra fértil para el cultivo, sino que tampoco
ha significado el suministro de servicios para la población del
estado: la gran mayoría de esta energía se envía
a otras regiones del país (aunque el 50% de la población
local no goza del servicio eléctrico). El petróleo, aunque
beneficia a la nación, en términos generales trae consigo
desforestación y contaminación. Compañías foráneas
y extranjeras producen o comercializan café, plátano, madera
y turismo, lo cual a su vez origina la marginación de grupos de
indígenas y campesinos. "Arrinconados en las serranías,
pedregales y zonas incomunicadas, se ven forzados por la pobreza a conformarse
o emigrar a las ciudades o a buscar la justicia" (ibid.), y
esta última ha generado un conflicto social (ibid., p.
7). El actuar social de la diócesis, por tanto, busca una mejor
distribución de los bienes de la creación, obras que mejoren
la vida del pobre, la promoción de la cultura indígena maya,
la educación y formación cristiana, etcétera (ibid.).
Asimismo, Encuentros informa de la III Reunión Cuartriportita
de Refugiados, tanto como de las tomas de presidencias municipales, de
la marcha del CDLI Xi'Ních' (hormiga) de Palenque
a la ciudad de México, de la huelga de hambre de campesinos en Tapachula,
de un enfrentamiento entre chamulas en la Colonia La hormiga (Hidalgo,
1992b, pp. 41-46), entre otros datos.
Encuentros también comunica que en el predio San José
del Progreso, el 12 de abril fueron incendiadas mediante bombas caseras
las oficinas de la CIOAC, y que se sospecha que el autor intelectual
del ataque podría ser el presidente municipal, Antonio Robles Molina.
Además, fueron robados "ocho millones de pesos de las cuotas
de los campesinos, 104 bultos de café, 10 pacas de láminas
y muebles; los daños ascienden a 28 millones de pesos". Los
campesinos de la CIOAC respondieron a esta agresión bloqueando
los accesos a Simojovel. Más aún, detuvieron el sumistro
de agua potable e hiceron un plantón frente a la Presidencia municipal
como protesta. Algunos miembros de la CNC, quienes formaron el "Frente
Unificado Campesino Popular" (FUCP), campesinos de OCEZ,
y campesinos de la Antorcha Campesina se solidarizaron con los campesinos
de la CIOAC (Espejo, 1992a, p. 47).
Siguiendo con su informe, Encuentros relata que después
de 21 días de la acción de aproximadamente tres mil campesinos
originarios de 68 comunidades, el entonces gobernador, Patrocinio González
Garrido, prometió realizar una investigación, con la cooperación
activa de los habitantes de Simolovel, para decidir el futuro del presidente
municipal. El exgobernador prometió también interceder ante
el secretario de la Reforma Agraria con el fin de regularizar el predio
de San José del Progreso y asegurar a los participantes en el bloqueo
que no había ninguna orden de aprehensión en su contra (ibid.,
p. 48).
Otro reportaje que apareció en Encuentos manifiesta
que durante el mes de junio de 1991, el gobierno mandó a los oficiales
de SEDUE, SARH, CORFO y a la Policía de Seguridad
Pública a recoger maderas aserradas en la Selva Lacandona. A pesar
de que los indígenas poseían un permiso de la SARH,
su madera fue decomisada. Como consecuencia de este acto, los ejidatarios
"secuestraron dos trailers, 35 policías, 24 cargadores, dos
peritos de la Secretaria de Desarrollo Rural (SDR), dos choferes
y se apoderaron del pozo petrolero en el ejido Río Boca Lacantún,
para recuperar la madera". El gobierno, a su vez, prometió
pagarles por la madera, pero no cumplió. Por esta razón,
más de 350 campesinos emprendieron una marcha motorizada rombo al
DF. En Palenque fueron acosados por la policía de Seguridad Pública
y por judiciales. Tres mil participantes fueron trasladados al campo militar
"Base Dragón" en Tuxla Gutiérrez, "desnudaron
a las mujeres, las golpearon y les quitaron sus pertenencias (La Voz del
Sureste, 10-7-91)". Gracias a los esfuerzos de la federación
y de los organismos de derechos humanos no tardó mucho para que
la Procuraduría de Justicia dejara en libertad a los detenidos.
Los campesinos pusieron a su vez en libertad a los 65 secuestrados. El
gobierno prometió entregar a los campesinos 27 mil millones de pesos,
a través del Programa de Desarrollo de la Región de la Selva
(Hidalgo, 1992a, p. 57).
La misma fuente menciona que los movimientos campesinos y los de defensa
de los derechos humanos condujeron, como era de esperarse, a una campaña
difamatoria contra las obras de la diócesis. Dichas campañas
se desarrollaron en los editoriales del diario La Voz del Sureste de
Tuxla Gutiérrez, y en notas publicadas en diarios de circulación
nacional, así como mediante las estaciones radiofónicas de
San Cristóbal de las Casas, Palenque y Tuxtla (Curia Diocesana,
1992, p. 49). A este tipo de cargos, la Curia diocesana contestó
simplemente lo siguiente: "uno es el clave que molesta: y es el hecho
de que este pueblo ha tomado conciencia de su dignidad de Hijos de Dios
y que cada vez es más sujeto de su devenir" (ibid., pp.
S0-51).
El Centro de Derechos Humanos "Fray Bartolomé de las Casas",
fundado por la diócesis de Chiapas, recibe día a día
informes sobre violaciones de derechos humanos. Desalojos violentos de
indígenas y campesinos son comunes, así como la impunidad
de los responsables. Según dicho Centro, los oficiales encargados
de practicar la justicia sobresalen por su injusticia (Editorial, 1992,
p. 6).
Un ejemplo de las numerosas violaciones de los derechos humanos de
los indígenas, denunciadas por el Centro, es el caso del "menor
de edad Domingo López López que durante diecinueve meses
vivió encarcelado por la negligencia de las autoridades del sistema
penitenciario y la incompetencia judicial, sólo por ser homónimo
del verdadero culpable" (ibid.). Incluso el editor de Horizontes
comenta que Amnistía International en su informe de 1992
sobre México "consagra al menos una tercera parte de sus denuncias
al estado de Chiapas y ha hecho en los últimos meses un informe
especial sobre el caso de detención masiva de indígenas"
en esta entidad (ibid., p. 7). Debido a la recurrencia de
este tipo de injusticias jurídicas practicadas en contra de los
indígenas, varias "organizaciones no gubernamentales de derechos
humanos del país han lanzado una campaña en favor de la liberación
de los indígenas" (ibid., p.6).
El Centro de Derechos Humanos "Fray Bartolomé de las Casas"
denuncia el desalojo en Escnintleco, el 11 de mayo de 1992 del plantón
de miembros del Movimiento Popular Escointleco frente al palacio municipal,
por el cual dos integrantes fueron heridos de bala y los otros golpeados
con piedras y garrotes. Denuncia también que, más tarde,
al realizar una marcha de 500 personas del MPE como protesta, recibieron
balazos y pedradas al pasar frente al palacio municipal. Seis personas
resultaron heridas y una muerta, y los malhechores quedaron impunes (sin
autor, 1992b, p. 21).
Denuncia que en Simojovel, el presidente municipal y unos 40 militantes
de la CNC saquearon y prendieron fuego a las oficinas de la CIOAC,
y los culpables gozaron de relativa impunidad (sin autor, 1992c, p. 22).
Informa que en Amatán, la población se organizó para
realizar un plantón para pedir la destitución del presidente
municipal, entre otras cosas, por emplear su posición para enriquecimiento
personal (sin autor, 1992a, p. 24). Es evidente que hay muchas denuncias
más, pero no es posible resumirlas aquí.
Atendamos ahora a una asociación laica fundada en la diócesis:
la Asamblea del Pueblo Creyente. Desgraciadamente, los limites de espacio
en este trabajo nos permiten hablar sólo de un ejemplo de lo que
esta organización ha logrado mediante sus esfuerzos unidos. Victoria
Espejo nos informa que Nicolás y Martín Santis Jiménez,
de la comunidad de Abasolo, Ocosingo, relataron cómo fueron injustamente
encarcelados, y luego liberados gracias a los esfuerzos de un grupo apostólico
de la diócesis de Chiapas, llamado Pueblo Creyente. Después
de ser citados por el ministerio público de Ocosingo, sin orden
de aprehensión, fueron detenidos por los judiciales, maltrados,
amenazados, acusados de despojo de terreno, abigeato, robo, y posteriormente
juzgados. Pero al ser traslados a la cárcel de San Cristóbal,
personas organizadas de Abasolo bloquearon la carretera. Por ello, las
condujeron a Villahermosa. Recibieron amenazas con armas de fuego, los
recriminaron de ser políticos y líderes. Incluso hablaron
de matarlos. Llegaron a la cárcel mareados por no haber comido todo
un día y una noche. Gracias al apoyo de Pueblo Creyente fueron liberados
el 24 de abril de 1992. Para ellos, demostrando los efectos de la evangelización
integral, "no hay otro licenciado más que la organización
de todos" (Espejo, 1992c, p. 18).
Según Victoria Espejo, si se pregunta por la razón de
la lucha de las comunidades, la respuesta será que se trata de la
Palabra de Dios. Ésta es responsable de su unión, de su organización
y de no dejarse manipular. Su fe es en un Dios combativo, que lucha por
ellos para defenderlos de la injusticia y les da la fuerza y esperanza
necesarias para seguir adelante (ibid., p. 22). Se constata
el despertar de una conciencia crítica en esa incipiente organización
(ibid., p. 19).
Evaluación
En lo que se refiere a la influencia de creencias religiosas en el
ámbito social, ciertamente la pastoral indígena mexicana
sobresale por su buena voluntad y el amor al prójimo, especialmente
como se manifiestan en personas como el obispo Samuel Ruiz García,
junto con los laicos y el clero de su diócesis. Sin embargo, quisiéramos
analizar la teoría empleada. La religión no sólo
afecta el ambiente social, sino también es afectada por éste.
De un modo u otro, el pensamiento religioso utilizado se remonta al
Vaticano II. Y aquí, tal como en otras obras nuestras, pedimos al
lector que practique la reducción fenomenológica aconsejada
por el sociólogo Otto Maduro, es decir, que ponga su fe entre paréntesis
para poder realizar una investigación objetiva y evaluar objetivamente
la teoría mencionada (Maduro, 1979, p. 49). Si la teoría
tiene un origen puramente religioso, entonces los resultados de la investigación
descartarán la existencia de otros motivos inconscientes. Por otro
lado, si la razón de la teoría y del mismo Vaticano II queda
en otra parte, tal como podría colegirse del pensamiento de Maduro,
Segundo y Girardi (véanse ibid., pp. 47-48; Segundo, 1975,
p. 23; Girardi, 1978, p. 63), es decir, si estos fenómenos religiosos
han sido "socialmente producidos, socialmente situados,
limitados, orientados y estructurados" (véase ibid.,
p. 49), nuestra investigación revelará la influencia
que el orden socioeconómico ha tenido en el cambio de la interpretación
de doctrinas.
El Concilio Vaticano II se reunió en 1962, durante una época
-para emplear las palabras de Hélder Cámara- en que todo
el mundo parecía marchar hacia el socialismo (Dussel, 1983, p. 256).
Por tanto, es preciso interpretar los fines abiertamente profesados por
el Concilio de paz y justicia (El Vaticano II, 1966b, párrafos 11-13)
dentro de este contexto.
El problema de la pobreza en el mundo no sólo toca a los indígenas
sino ha sido un problema entre los proletarios occidentales desde por lo
menos el siglo pasado. Las injusticias de un capitalismo liberal habían
conducido al desarrollo del pensamiento y la actividad socialistas. Para
lograr la paz social, pues, los pontífices habían desarrollado
una doctrina social que condena el socialismo (véanse León
XIII, 1973, párrafos 2-4; Pío XI, 1973, párrafos 111-126;
Juan XXIII, 1973, párrafos 14, 34, etc.); pero mientras busca reformar
el capitalismo, legitima y santifica las relaciones productivas capitalistas,
junta con el derecho de la propiedad privada sobre los medios sociales
de producción (León XIII, 1973, párrafos 3-11, 13;
Pío Xl, 1973, párrafos 53, 57-58, 101; Juan XXIII, 1973,
párrafos 15, 109, 111, etc.). Por ello, tal como indican los obispos
latinoamericanos en su de consulta para Santo Domingo, la doctrina social
católica que tiene su origen en la Rerum novarum de León
XIII, es "el contramensaje del cristianismo frente al grito de guerra
del marxismo" (El CELAM, 1992a, párrafo 31). Esto quiere
decir que la doctrina social católica no era neutral en la batalla
entre dichos bloques ideológicos, sino que se orienta a la conservación,
expansión y perpetuación del bajo una apariencia reformada.
Es evidente que la paz se construye sobre la justicia. Pero, así
como vimos en un párrafo anterior, la definición de justicia
sostenida por la Iglesia oficial defiende la propiedad privada sobre los
medios sociales de producción como si fuera un derecho natural y,
por tanto, defiende la apropiación capitalista de la plusvalía
producida por el proletario en contradicción abierta con su propio
principio que afirma que el fruto del trabajo debe pertenecer al Labrador
(por ejemplo, véanse León XIII, 1973, párrafo 8; Pío
XI, 1973, párrafo 52; Juan XXIII, 1973, párrafo 112, etc.).
Incluso Juan XXlII y el Concilio buscan que estas relaciones productivas
se encarnen en las culturas de los países en vías de desarrollo
(véanse Juan XXIII, 1973, párrafos 80, 165; El Vaticano II,
1966c, párrafos 70,86). Más aún, las injusticias del
sistema capitalista, su explotación extrema de los proletarios y
su desprecio para las culturas indígenas (por ejemplo, en China)
habían conducido a los avances del bloque socialista. En 1962, el
año en que se reunió el Concilio, existían 17 países
que de un modo u otro se habían convertido a la doctrina de Marx,
y la revolución cubana era responsable de la radicalización
de grupos laicos por toda América Latina (Gutiérrez, 1980,
p.72), representando así el peligro de desencadenar revoluciones
parecidas a través de todo el continente. Lo que pretende la doctrina
social católica, y lo que trató de realizar el Concilio,
fue una reforma en el sistema que aplacara los ánimos de los proletarios
y evitara que se convirtieran a la doctrina de Marx (véase Pío
XI, 1973, párrafos 61-62). Al decir de Juan Pablo II, el problema
de lograr la justicia en el mundo orientó toda la obra del
Concilio y no sólo a Gaudium et spes, es decir, su social
(Juan Pablo II, 1988, párrafo 6). Esto significa que el ecumenismo,
los cambios litúrgicos, etcétera, tienen una orientación
política. La paz deseada por el Concilio, por tanto, no fue una
paz neutral en la lucha entre los dos bloques ideológicos, sino
una paz orientada políticamente al provecho de las naciones capitalistas.
En 1937, cuando Pío XI condenó el comunismo ateo en su
encíclica Divini redemptoris, propone un plan de ataque mediante
el cual no sólo exhortó a los miembros de clero a ir a los
pobres para salvarles del comunismo (Pío XI, 1964b, párrafo
64), y vio claramente la necesidad de una mayor distribución de
la riqueza para evitar revoluciones socialistas (Pío XI, 1973, párrafos
61-62), sino que contempló también la necesidad de una unión
de todas las iglesias cristianas y de los creyentes de todas las religiones
en un apretado escuadrón en contra del enemigo común, el
comunismo (véanse Pio XI, 1964a, párrafos 13-14; 1964b, párrafos
75-76).
Siguiendo en esta línea de pensamiento, para Juan XXIII era
patente que no se podía lograr la práctica de la justicia
sin un consenso sobre la significación de tal término. Lo
que las naciones capitalistas consideran como justa, los países
socialistas lo condenaban por injusto. Puesto que en la mente de Juan XXIII
no era posible lograr la paz sin la unidad en una solo doctrina (social),
era preciso trabajar para la reunión de todas las iglesias cristianas
dentro del seno de la Iglesia católica (Juan XXIII, 1966, párrafo
17). Esto quiere decir, por supuesto, que algo tan aparentemente religioso
como el movimiento ecuménico posee un claro matiz ideológico.
Trás la muerte de Juan XXIII, Pablo VI propuso medios concretos
para lograr la unión de las iglesias cristianas. Asumió la
orientación ecuménica dada al Vaticano II por su predecesor
como el drama espiritual del Concilio (Pablo VI, 1966, párrafo 31).
Pidió a los padres conciliares una definición de la Iglesia
que abriera a los hermanos separados "el camino hacia un consentimiento
unitario" (ibid., párrafo 20), y recalcó la posibilidad
de lograr dicha reunión "junta con el respeto a una amplia
variedad de expresiones lingüisticas, de formas rituales", etcétera
(ibid., párrafo 31). El Concilio recalcó la existencia
de la diversidad de ritos y expresiones lingüisticas existentes en
la Iglesia (véanse el Vaticano II, 1966e, párrafos 2, 3;
1966d párrafo 23; 1966g, párrafo 16), que Dios está
obrando en las denominaciones protestantes y entre los ortodoxos (El Vaticano
11, 1966g párrafos 13-23), que la Iglesia católica podía
aprender del espíritu que obra en sus religiones, y diversificó
la liturgia romana en diferentes expresiones lingüisticas, como una
muestra de buena voluntad hacia los otros cristianos, para demostrarles
que podían ser católicos sin cambiar esencialmente sus ritos,
etcétera, y como una invitación hacia la unidad, es decir,
para enfocar esta doctrina en el contexto de las culturas; que no es preciso
dejar de ser alemanes, españoles, zapotecos, mixtecos, tarahumaras,
etcétera, para ser cristianos (véase CEl, 1988, p.
18), que los indígenas, tanto como los protestantes, podían
tener su propio rito, y que no debían distinguirse de los demás
"ni por el país, ni por la lengua, ni por los vestidos",
ni verse su modo de vida como algo ""particular" (ibid.,
p. 36). Huelga decir que si los indígenas cristianos
se comportan como los demás, se trata de un "catolicismo"
bien acomodado al sistema; y si se visten como los demás, ya han
sufrido algo de aculturación.
No sólo es preciso tomar en cuenta la realidad histórica
del Concilio para apreciar los motivos conscientes o inconscientes que
inspiraron a sus organizadores, sino que es menester hacer lo mismo en
relación con Medellín y Puebla. Los obispos latinoamericanos
que asistieron a estos dos acontecimientos históricos, condenaron
tanto el liberalismo como el marxismo (El CELAM, 1968b, párrafo
10, 1979, párrafos 544-545, 92, 542, etc.), pero cada uno de diferente
manera.
El capitalismo liberal es condenado por sus excesos que son, a su vez,
responsables de la existencia de la reacción marxista, y el marxismo
es condenado en su esencia. De acuerdo con lo que Pio XI afirmó
en 1931 (Pío XI, 1973, párrafo 101), el no es considerado
un sistema vicioso por naturaleza, sino que "viola el recto orden
sólo cuando el capital abusa de los obreros", mientras que
el socialismo es malo de por sí e incapaz de reforma (véase
ibid., párrafos 120-126). En México la situación
no es distinta. Si para algunas personas no fue evidente que tanto durante
los años del Concilio como en el México contemporáneo
los pobres son los revolucionarios potenciales, debe serlo ahora, después
de la rebelión del EZLN; y de las descripciones que hemos
vista de las injusticias practicadas en contra de los indígenas
mexicanos y de su estado de extrema pobreza, debe deducirse también
que las exhortaciones de Pío Xl al clero de ir a los pobres para
salvarles del comunismo conservan su razón de ser. Más aun,
continúan dando en el blanco las palabras del papa en el sentido
de que si no se lucha "con todo vigor y empeño" contra
los abusos e injusticias de los ricos, "nadie podrá- abrigar
la convicción de que quepa defender eficazmente el orden público,
la paz y la tranquilidad de la sociedad humana contra los promotores de
la revolución (ibid., párrafos 61-62).
Aun después del derrumbre del socialismo en Europa oriental,
la izquierda mexicana sigue organizando activamente a los indígenas,
los más pobres de los pobres. Un ejemplo de actividad izquierdista
entre los movimientos indígenas se descubre en Encuentros. Desde
por lo menos 1974, la CIOAC, de tendencias marxistas, ha estado
organizando a los indígenas en el estado de Chiapas (Renard, 1992a,
pp. 24-33; 1992b, pp. 46-51). Otro ejemplo se halla en el hecho de que
campesinos e indígenas de las Huastecas de Veracruz, Hidalgo, San
Luis Potosi, la sierra norte de Puebla, Chiapas, Guerrero, Oaxaca, etcétera,
de habla indígena, hayan formado el Frente Democrático Oriental
de México "Emiliano Zapata" (FDOMEZ), cuya lema
es "Zapatismo y Socialismo". El estallamiento revolucionario
del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas no parece
estar libre de estas influencias (Excelsior, 8 de enero de 1994, 1A, 10A).
Por supuesto, aquí se trata sólo de algunos ejemplos.
"Cuando evangelizar se confunde con aculturar-nos han dicho los
obispos mexicanos-reducimos nuestra misión a una ideología
y caemos en el colonialismo e imperialismo religioso que nos conducen al
seno de las estructuras sociales dominantes" (CEl, 1988, p.
51); y sabían muy bien los obispos que la izquierda utilizaría
tales acciones en contra de la Iglesia oficial. Por razones políticas
reales, por tanto, la misión de la Iglesia se ha orientado a conservar
la pureza de las culturas, no acabar con ellas, ni "ver con indiferencia
cómo se acaban" (ibid., p. 75). Se busca mantener
la pureza de las culturas, entre otras cosas, como un modo de salvarlas
de la penetración marxista y, más recientemente, para evitar
la penetración de las sectas.
Además de la orientación ideológica de salvar
a los más pobres de los pobres de las manos de la izquierda mexicana,
la nueva teoría de las culturas, a nuestro parecer, tiene ciertas
fallas serias. Habla de inculcar el evangelio en forma pura en las
culturas, cuando el hecho es que la jerarquía no se percata hasta
qué punto el capitalismo se encuentra injertado o enculturado en
las enseñanzas de la Iglesia.
Ya hemos hablado de la doctrina social católica. Ésta
se considera parte esencial del "evangelio", y como hemos visto,
defiende la propiedad privada sobre los medios sociales de producción
y la apropiación del producto por el capitalista como derechos naturales.
Además de contener la contradicción que mencionamos, huelga
decir que la mencionada doctrina no ha sido siempre la enseñanza
de la Iglesia. El pensamiento medieval de Santo Tomás de Aquino
indica que el uso común o comunitario de los bienes constituye un
derecho natural y la propiedad privada sólo es una ley positiva
o civil (véanse 2-2,q.66,a.2c,ad 1;a.7,ad 2; q.32,a.7,ad 3; Ferraro,1987,pp.
91-97). Pero el evangelio que la Iglesia oficial lleva a los indígenas
en su doctrina social no es ése. Es occidental, en sentido peyorativo,
y capitalista; puesto que defiende la propiedad privada sobre los medios
sociales de producción como proveniente de la voluntad divina y
enseña que se hallan de acuerdo con la voluntad de Dios tanto la
separación del hombre y los medios productivos, como la proletarización
de los obreros y el pago de intereses por préstamos de dinero.
Sin embargo, los obispos tienen toda la razón cuando afirman
que la evangelización debe estar en el idioma de los indígenas,
que los misioneros deben saber la historia, tradiciones, etcétera,
de los mismos, que deben respetar sus costumbres. Es asombroso que todo
esto no se haya practicado. Pero los obispos han hecho mucho hincapié
en traducir la liturgia de la misa a la lengua de los indígenas.
Aquí tenemos otro ejemplo de cómo la realidad social y económica
ha cambiado las enseñanzas.
Hemos visto que los obispos mexicanos, en vez de emplear la definición
tradicional de un que se halla de acuerdo con la de Santo Tomás
de Aquino (3, q. 60, a. 1, 2, 3) y el Concilio de Trento (véase
sesión VII, cáñones 6-8), como un signo que confiere
la gracia y es responsable de la santificación del hombre, siguen
lanueva definición del Vaticano II, es decir, un sacramento como
"signo e instrumento de la unión intima con Dios y de la unidad
de todo el género humano" (El Vaticano ll, 1962d, 1). Esta
nueva definición, por supuesto, es preciso encajarla en su histórico,
es decir, la necesidad existente en 1962 de unir al género humano
contra el enemigo común: el comunismo. Por tanto, en la mencionada
defini-ción existe ahora una extraña simbiosis de religión
y sociología, o la reducción de la religión a sociología.
Anteriormente, la unión de los fieles entre si era un resultado
de haber recibido el sacramento; ahora este resultado sociológico,
debido a las necesidades de los tiempos, se ha convertido en un fin y realmente
el más importante del sacra-mento. Como veremos, la unión
con Dios se subordina y se orienta al fin sociológico, es decir,
a la unión de la comunidad y de todo el género humano.
Estas consecuencias de la definición mencionada se perciben
en el modo de celebrar la misa. Si un sacramento es un signo e instrumento
de la unión de la comunidad, entonces la misa no puede desempeñar
su función, es decir, no puede existir una misa sin la presencia
del grupo. La recepción de la gracia y la celebración del
sacramento como un signo de la unión con Dios se encuentran subordinadas
a la presencia de la comunidad, con el resultante depre-cio no sólo
del sacrificio de la misa sino también del valor del in-dividuo.
Otra evidencia del acomodo de las creencias cristianas a las necesidades
operativas del sistema capitalista, relevante para el tema que estamos
desarrollando, es que ya no se considera que la recepción de la
eucaristía entrañe la experiencia de la contemplación
infusa, un problema que hemos tratado en otra obra (Ferraro, 1992, pp.
85-135). El buscar la experiencia de la misma como el fin para esta vida,
y por consiguiente, como el medio de gozar de una contemplación
espiritual aun más embriagante que la otra, se relaciona como un
contrario de la acumulación de dinero. En la sociedad capitalista
un contrario tuvo que remover al otro, con el resultado de que la asimilación
de las enseñanzas cristianas a las necesidades operativas del sistema
ha desechado esta experiencia que se encarnaba en la antigua liturgia romana,
ha transformado la liturgia y ha puesto la contemplación infusa
sólo en la otra vida para la gran mayoría de las personas.
Si la misa es esencialmente un ejercicio comunitario, si la función
de la misa es emplear una especie de unión natural con Dios como
medio para unir a la comunidad, es decir, para una función sociológica,
entonces se vuelve importante el uso del vernáculo, del canto comunitario
con motivos populares, etcetera, no sólo como un modo de invitar
o allanar el camino de los protestantes hacia la Iglesia, sino también
para cumplir con la finalidad sociológica ya mencionada. Pero si
entra otra variable, es decir, la finalidad de la misa como la de conducir
a los fieles a la contemplación infusa (véase ibid.),
entonces es preciso tomar en cuenta el de experimentación histórica
para lograr esta finalidad. Pasaron muchos siglos antes de que la Iglesia
occidental desarrollara una liturgia o liturgias adecuadas a este fin (por
ejemplo, el antiguo rito romano). Sería imposible que de la noche
a la mañana se pudiera formar una litúrgica indígena
que desempeñara esta función con la misma eficacia. Por tanto,
la Iglesia occidental, la que los ha evangelizado, puede contribuir con
su larga experiencia en esta materia. De otro modo, la jerarquía
privaría de algo a que los indígenas tienen derecho como
cristianos.
Esta función de la misa es algo que la teoría de las
culturas no toma en cuenta cuando habla de la inculturación del
cristianismo temprano en diferentes liturgias. No se percata de que en
los primeros siglos del cristianismo no existía una liturgia o liturgias
ya acabadas o establecidas que pudieran alcanzar tal fin, y por tanto,
la Iglesia tuvo que desarrollarlas. Pero una vez desarrolladas, debe aprovocharse
la experiencia histórica. Los obispos han indicado que occidente
puede aprender de otras culturas, pero esta afirmación implica que
las culturas no pueden aprender cosas positivas del desarrollo de la religión
occidental. Esto significa caer un poco, de manera consciente o inconsciente,
en un ahistoricismo y en un etnocentrismo indígena por razones políticas.
El cambio del rito romano al vernáculo en occidente, luego del
Concilio Vaticano ll, no sólo tiene la orientación ideólogica
que ya hemos visto, sino que supone también un concepto del hombre
con la misma orientación. Las finalidades económicas y políticas
de la conquista fueron responsables de poner en duda la racionalidad de
los nativos. En nuestros días, los fines políticos del Concilio
han puesto en tela de juicio la racionalidad de los laicos, ya que profesadamente
la liturgia ha sido acomodada a la "capacidad" de los fieles
(El Vaticano ll, 1966f, párrafos 34, 21), la cual, obviamente según
Los "progresistas", no es mucha, ni para los indígenas
ni para los occidentales, especialmente en relación con el aprendizaje
de un idioma litúrgico, aun con la ayuda de misales bilingües.
Por supuesto, es cierto que "evangelizar no es aculturar a los
pueblos" (CEl, 1988, p. 23). Pero se trata de una falsa dicotomía.
No toda influencia religiosa occidental es aculturación y algunas
pueden ser incluso enriquecedoras. Más aún, después
de siglos de inculturación del antiguo rito (no somos romanos en
cultura, ni es latín nuestro idioma natal), la moderna teoría
ideológica de las culturas, con fundamento conciliar, implica que
fuéramos aculturados, como si uno se encontrara aculturado por el
simple hecho de aprender cualquier idioma clásico o moderna. La
consecuencia de este "salvamos" de la "aculturación"
por poner la misa en el vernáculo, es decir, incultu-rarnos más
a través de los valores del sistema capitalista, fue que un gran
sector de los laicos dejaran de asistir a misa (Maze, 1978, p. 18).
Lo que resulta lamentable, sin embargo, es que acaso no haya devociones
populares indígenas y de otro tipo con motivos, símbolos,
etcétera, propiamente nativos, ya que estas clases de devociones
son muy necesarias en nuestros días para tratar de inmunizar a la
gente en contra de la esclavitud y el mensaje degradante y aculturante
de la televisión y la radio occidentales.
Encontramos otro ahistoricismo en la teoría de las culturas
y en el Vaticano II, debido al carácter acomodaticio de sus doctrinas
respecto de las necesidades operativas del sistema económico vigente.
Los obispos, siguiente Gaudium et Spes del Concilio (párrafo
58), nos han dicho que puesto que "la misión de la Iglesia
es universal, no debe ligarse en modo exclusivo o indisoluble a ninguna
raza o nación, a ningún modo de vivir ni a ninguna costumbre"
(CEl, 1988, p. 18). Sin embargo, contradicen esta afirmación
al sostener que no puede entenderse el evangelio sin conocer algo de la
cultura judia (ibid., p. 9), como si ésta se encontrara
libre de otras influencias, especialmente griegas y romanas. Además,
debe ser evidente que para el fundamento de la interpretación del
cristianismo, el Señor de la historia ha dado preferencia no sólo
a la cultura judía, sino también a la greco-romana, a las
que la revelación neotestamentaria se realizó. Incluso el
Nuevo Testamento, el evangelio de San Mateo, no se escribió en hebreo,
sino en griego. Vale la pena mencionar también que mediante la tradición
greco-romana, la Iglesia oficial ha hecho sus definiciones dogmáticas.
Por tanto, les guste o no a los teólogos conciliares, la Iglesia
se encuentra casada con estas tradiciones, y las afirmaciones en el sentido
de que la Iglesia no está inseparablemente ligada a ninguna cultura
particular, lógicamente caen en el ridículo de implicar
que la revelación normativa sea alga que aconteció en ninguna
época histórica y en ninguna cultura en particular, es decir,
hacen que la revelación y la Iglesia misma sean abistóricas
y aculturales.
En lo que se refiere a la interpretación de la revelación
natural tenemos todavía otro ejemplo de cómo la realidad
social de 1962 ha influido en las enseñanzas religiosas. La teología
principal del Concilio es la de mysterium salutis, la historia de
la salvación. Ciertamente hay mucho de positivo en esta teología,
pero a nuestro parecer tiene ciertas fallas. Primero, se supone que
Dios quiere eficazmente la salvación de todo el género
humano (algo bastante cuestionable y dudoso). Luego, empleando la filosofía
moderna, se pregunta cómo deben ser los rasgos a priori de
la naturaleza humana para que Dios logre eficazmente el fin mencionado.
Se concluye, mediante una tergiversación de la doctrina de Santo
Tomás de Aquino, que todos tenemos un deseo natural de alcanzar
a Dios (ibid., p.21; véase Darlap, 1969, pp. 77,85). De estas
premisas se sigue también que Dios está obrando en todas
las culturas para asegurar la salvación eficaz de todos sus miembros.
Una consecuencia final para nuestros objetivos es la siguiente: si Dios
está obrando en todas las culturas, en el protestantismo, etcétera,
entonces la función de la Iglesia no sólo es religiosa, sino
también sociológica, en el sentido de convocar a todos dentro
de su unidad. Esta doctrina de que Dios está obrando en todas las
culturas y religiones forma también la base para el ecumenismo.
Sin embargo, el hombre de carne y hueso de Santo Tomás, por
naturaleza, no busca a Dios, sino la felicidad, algo que cada uno de nosotros
podemos empiricamente verificar en nuestra propia experiencia. Luego, en
vez de buscar a Dios, la mayoría de los hombres de carne y hueso
buscan su felicidad en los placeres de los sentidos (1-2, q.2, a. 6), en
la riqueza (1-2, q.2, a.1) (como el capitalista típico), en la posesión
del poder (1-2, q. 2, a. 4) (como no pocos dictadores latinoamericanos),
etcétera.
Para Santo Tomás de Aquino, aunque Dios es el creador de todas
las cosas y, por tanto, hay una revelación natural de Él
en lo creado, no podemos llegar a conocer en lo creado lo que Él
es, sino sólo es posible conocer que Él existe y conocer
lo que Él no es (1, q. 2, a. 1; a. 2, ad 3; q. 3, introducción),
ya que la naturaleza de Dios trasciende todos nuestros conceptos. Para
el hombre de carne y hueso de Santo Tomás (y no el hombre apriori
de mysterium salutis), en tanto que los hombres buscan su felicidad
en las cosas que hemos visto, la gran mayoría es incapaz de recibir
o leer esta revelación natural. De hecho, las cosas en que Dios
se ha revelado sirven como ocasión para separarse de Él en
vez de acercársele, aun en las culturas. No se sigue, pues, como
han afirmado los obispos mexicanos, que "Los indígenas estén
en constante contacto [consciente] con la revelación y presencia
de Dios cuando tratan con el sol, la tierra, el agua, la siembra, la fertilidad,
las lluvias, los vientos, el clima, su trabajo", ni que el Espíritu
esté con los indígenas en la esencia de su culturas (CEl,
1988, p. 24).
Si queremos ver el pensamiento del párrafo anterior de otro
modo, es preciso afirmar que aunque el color existe en las cosas creadas,
el ciego no puede apreciarlo. De un modo parecido, aunque la revelación
natural existe también para los hombres del occidente, es evidente
que muchos son ciegos y no pueden captarla y, por tanto, no viven en una
constante presencia consciente de Dios y no se dan cuenta de que el espíritu
está con ellos, y tampoco de que está en la esencia de su
cultura. El espíritu que ellos conocen es el mundano de la ganancia.
Más aun, debido a las creencias de la cultura ateniense, Sócrates
fue martirizado; y el centurión romano que se menciona en el Nuevo
Testamento no fue a Cristo por sus creencias o los valores de su cultura,
que ya eran bastante decadentes, sino a pesar de las mismas.
Otra consecuencia que se sigue del hecho de que no podamos captar la
naturaleza divina mediante nuestra razón natural es que los hombres
conciben a Dios de diferentes modos y, por tanto, de hecho adoran a diferentes
dioses. Los aztecas trataban con el agua, el sol, etcétera, pero
sus dioses no fueron los del cristianismo. Incluso, uno exigia sacrificios
humanos (¿semillas de la palabra?). Luego, contrario a la teoría
de las culturas, no todos los ritos son aceptables al Dios del cristianismo
(véase ibid., p. 42).
Por supuesto, "la Iglesia, en su acción pastoral, debe
esforzarse por conocer la historia de los pueblos indígenas para
discemir cómo se da en ella la historia de la salvación"
para poder evangelizarlos, y es preciso emplear el lenguaje del pueblo
para ese fin, tanto como tener traducciones de la Biblia en su lengua y
formar un clero nativo, etcétera, cosas justamente reclamadas par
los mismos indígenas (véase CENAMI, 1987, pp. 153,
178, 183). Pero no deben confundirse dos problemas distintos. Una cosa
es el conocimiento y respeto del lenguaje, historia, costumbres, etcetera,
de los pueblos a evangalizar, y otra bastante distinta es la aculturación
de los mismos mediante la introducción de elementos positivos (por
ejemplo, la defensa de los derechos humanos, etcétera) (véase
Miranda, 1992, p. 10), aun religiosos, de occidente.
Otra falla que encontramos en la teoría de las culturas es la
siguiente: si bien es cierto que todo lo bueno de los pueblos debe servir
como una preparación o base para la evangelización, de ello
no se sigue que las semillas del cristianismo ya existan en las culturas
(CEl, 1988, p. 39), ni que la predicación del Evangelio las
vuelvan sólo conscientes y plenas (ibid., 41), o que el anuncio
del Evangelio no tenga el efecto de comenzar la salvación y la presencia
(consciente) de Cristo en los pueblos y culturas porque Él y su
Espíritu "estaban allí antes de ser anunciados por la
Iglesia", y por tanto, la función del anuncio de la Palabra
sea la de hacer más consciente y pleno lo ya existente (ibid.,
p. 55). Aunque estamos de acuerdo que la obra salvífica
de Dios trasciende los límites de la Iglesia institucional, el
Dios de que se trata en la teoría de las culturas no parece ser
el del catolicismo tradicional, sino el Espíritu de la filosofía
de Hegel (con una orientación ideológica), y la función
de la predicación del Evangelio parece una ocasión mediante
la cual el en si de Hegel se vuelve para sí. Para la tradición
cristiana de Santo Tomás de Aquino, por otro lado, el conocimiento
de la existencia de Dios no pertenece estrictamente hablando, a la fe
sino a la razón, por ende, no es un artículo de la fe
sino un preámbulo para la misma (1, q. 2, a. 2, ad 1). Y,
por supuesto, la revelación natural no debe ser considerada como
adecuada para conducir a los indigenas a su fin último, como tampoco
es la revelación normativa, ya que la naturaleza de Dios trasciende
todo y palabra finitos. El único medio adecuado para llevarnos a
nuestro fin sobrenatural es la operación de las virtudes teologales
o la contemplación infusa, algo que hemos tratado en más
detalle en otras obras (por ejemplo, veáse Ferraro, 1992).
La teoría de las culturas tiene el riesgo también de
poder conducir al quietismo. El obispo Samuel Ruiz cuenta el ejemplo de
un sacerdote "que llevaba cinco años [el subrayado es
nuestro] dentro de una comunidad indígena y no había celebrado
nunca una Eucaristía, sino que se había sumado a las eucaristías;
a las acciones de gracias de la comunidad". Más aún,
"no había bautizado una sola persona, porque tenía que
ser testigo de una fe hasta que la comunidad le interrogara:-¿Tú
qué piensas de Dios?,-¿cuál es tu fe?" (Ruiz,
1988, p. 13).
¡Con razón las sectas andan haciendo grandes adelantos!
No esperan que el en sí de las "semillas de la palabra"
se vuelva un para sí o que se maduren. Sus miembros están
convencidos de que poseen la verdad y rápidamente proceden a hacer
conversos, tal como los apóstoles en Pentecostés. La Iglesia
conciliar, por otro lado, ha relativizado gran parte de la verdad católica
anterior.
Para terminar quisiéramos afirmar que ciertamente la Pastoral
Indígena tiene mucho de positivo. Los obispos mexicanos saben que
la salvación no se limita a la Iglesia visible, y como grupo han
manifestado una sincera preocupación referente a las estructuras
y los sistemas sociopolíticos occidentales, que no están
acordes con los valores indígenas; a la actividad económica
que va contra la ética; al desarrollo de las naciones poderosas
que se recarga sobre los pobres; a las ideologías y políticas
que condicionan nuestras reacciones (CEl, 1988, p. 120; véase
p. 59) a la necesidad de que las culturas no estén impedidas o reprimidas
en su desarrollo por la intervención de las culturas dominantes
(ibid., p. 1433); y es digno de mucha admiración lo
que los obispos, así como otros miembros del clero, religiosos,
religiosas y laicos están realizando por los indígenas en
la edificación de estructuras humanas más justas, respetuosas
de los derechos humanos, "que no sean opresoras ni avasalladoras";
en las heroicas denuncias de la injusticia y de la opresión que
ejerce "la estructura social dominante sobre las culturas indígenas",
etcétera; y en el esfuerzo de la jerarquía de "implementar
las asesorías materiales, jurídicas, culturales y teológicas,
para que los indígenas puedan liberarse de tales estructuras"
(ibid; véanse pp. 120,97). Especialmente es digna de admiración
la buena voluntad, el amor por los indígenas y la actividad apostólica
del obispo Samuel Ruiz García (tanto como de los fieles de su diócesis),
quien ha puesto su vida misma en peligro para servir a sus hermanos indígenas.
Una de las cosas realmente positivas del Vaticano II, a pesar de su
orientación ideológica, fue el interés en mejorar
la condición de los pobres y desamparados. La obra del obispo Ruiz,
aunque fue dentro de esta ortodoxia conciliar, desgraciadamente parece
que para personas como el Nuncio Apostólico G. Prigione no hay que
tomar muy en serio las enseñanzas del Vaticano II en este sentido,
ya que aparentemente quiere remover al obispo Samuel Ruiz Garcia de su
diócesis (véanse La Jornada, 5 de noviembre de 1993,
p. 48; 11 de noviembre de 1993, p. 58). Pero vivimos en un mundo cuyos
cambios acontecen con bastante rapidez, ya que con la rebelión del
Ejército Zapatista de Liberación Nacional, Samuel Ruiz se
ha convertido en un actor principal, tanto para los indios como para el
gobierno mismo, en la tarea de lograr la conciliación y la paz entre
las dos partes. Por toda la manifestación de buena voluntad y las
cosas positivas que han hecho personas como Samuel Ruiz, para nosotros
como católicos, es preciso dar gracias a Dios.
Pero los obispos mexicanos no se han dada cuenta del trasfondo de su
teoría. Otto Maduro dice que cuando la hegemonía de una clase
social (la burguesía en este caso) se prolonga a lo largo de varias
generaciones, la dinámica de la dominación puede aniquilar
toda creencia o rito "que parezca constituir un obstáculo o
peligro para la consolidación" de su poder y puede favorecer
la creación de elementos religiosos que consoliden su hegemonía
(Maduro, 1979, p. 118). Kautsky observó acertadamente que una reforma
en el sistema vigente no destruye el poder de la clase dominante, sino
lo consolida (Kautsky, 1978, p. 59), especialmente cuando existen movimientos
socialistas en su contra.