"Mal de Amores"
Ed. Alfaguara, 1998.
- Mal de amores es la historia de una pasión entretejida
a la historia de un país, de una guerra, de una familia, de varias
vocaciones desmesuradas. Emilia Sauri, la protagonista de esta inquietante
novela, nace en una familia liberal y tiene la fortuna de aprender el mundo
de quienes lo viven con ingenio, avidez y entereza. Cobijada por la certidumbre
de que el valor no es tal sin la paciencia, busca su destino enfrentando
las limitaciones impuestas a su género y los peligros de su amor
a dos hombres: desde su infancia por Daniel Cuenca, inasible aventurero
y revolucionario, y en su madurez por Antonio Zavalza, un médico
cuya audacia primera está en buscar la paz en mitad de la guerra
civil. Regida por la major tradición de las novelas costumbristas,
Mal de amores es una novela cuya prosa nitida y rápida consigue
arrobarnos con su maestría, mientras nos regala los delirios de
una invocación amorosa cuya desmesura nos contagia de futuro y esperanza.
Diego Sauri nació en una pequeña isla que aún flota
en el Caribe mexicano. Una isla audaz y,solitaria cuyo aire es un desafío
de olores, profundos y afortunados. A la mitad ,del siglo XIX, toda la
tierra firme o flotante que hubo en aquel pertenecía al estado de
Yucatan. Las islas habían sido abondonadas por temor a los continuos
ataques de los piratas que navegaban la paz de aquel mar y sus, veinte
azúles. Sólo hasta después de 1847 volvieron los hombres
a buscarlas.
La última rebelión de los mayas contra los blancos del territorio
fue larga y sangienta como pocas se han conocido en México. Unidos
por el misterioso culto a una croz que hablaba, usando machetes y rifles
ingleses, los mayas se lanzaron contra todos los que habitaban la selva
y las costas que hablan señoreado sus antepasados. Para huir de
ese horror que se llamó la guerra de castas, varias familias
navegaron hasta la costa blanca y el verde corazón de la Isla de
Mujeres.
No bien desembarcaron, sus nuevos moradores, criollos y mestizos, gente
que descendia de viajeros encallados y de cruces, azarosos, sin nada que
defender aparte de sus vidas, acordaron que cada quien seria dueño
de la tierra que fuese capaz de chapear. Y así, arrancando la hierba
y las espinas, fue como los padres de Diego Sauri se hicieron de un pedazo
de playa transparente y de una larga franja de tierra, en mitad de la cual
plantaron la palapa bajo la que nacerían sus hijos.
El primer color que vieron los ojos de Diego Sauri fue el azul, porque
todo alrededor de su casa era azul o transparente como la gloria misma.
Diego creció corriendo entre la selva y rodando sobre la invencible
arena, acariciado por el agua de unas olas mansas, como un pez entre peces
amarillos y violetas. Creció brillante, pulido, cobierto de Sol
y heredero de un afán sin explicaciones. Sus padres habían
encontrado la paz en aquella isla, pero algo en él tenía
una guerra pendiente fuera de ahí. Decía su abuela que sus
antepasados habían llegado a la península en su propio bergantín,
y varias veces él oyó a su padre responderle entre orgulloso
y burlón: "Porque eran piratas".
Quién sabe de qué pasado le vendría, pero el muchacho
en que se convirtió Diego Sauri deseaba con todo el cuerpo un horizonte
no cercado por el agua. Se le había vuelto ya una pasión
la habilidad curandera que su padre le descubrió cuando aún
era niño, viéndolo revivir los peces que habían
traído medio vivos para la cena. A los trece años, había
ayudado en el trasiego del parto más difícil de su madre,
y desde entonces mostró una habilidad manual y una sangre fría
tales, que empezaron a llamarlo otras mujeres en situación de incertidumbre.
No contaba con más ciencia que su instinto, pero tenía la
destreza y el aplomo de un sacerdote maya, y lo mismo le pedía auxilio
a la Virgen del Carmen que a la diosa Ixchel.
A los diecinueve años sabía todo lo que en la isla podía
saberse de yerbas y brebajes, había leído hasta el último
libro de los que pudieron caer por aquel rumbo y era el más ardiente
enemigo de un hombre que de tanto en tanto irrumpía en la isla cargando
un dineral con olor a sangre y pesadillas. Fermín Mundaca y Marechaga
traficaba con armas, se favorecía con la interminable guerra de
castas y descansaba de sus negocios pescando y fanfarroneando entre los
pacíficos moradores de la isla. Con eso hubiera bastado para que
Diego lo considerara su enemigo, pero en su condición de joven curandero
le sabía otra historia.
Una noche alguien llevó hasta su puerta el rostro devastado de
la mujer con quien se había visto llegar a Mundaca. Tenía
golpes en todo el cuerpo y de su entraña no salía sonido
ni para quejarse. Diego la curó. La tuvo en casa con sus padres
hasta que ella pudo volver a caminar sin miedo y a mirarse la cara sin
recordar. Entonces la puso en el primer velero que dejó la isla.
Antes de subir a la pequeña embarcación, ella escribió
sobre la diminuta y brillante arena la palabra Ah Xoc que
en maya quiere: decir tiborón. Así llamaban a Fermín
Mundaca, el hombre que a los mayas les vendía las armas, y al gobierno
del país los barcos con que los combatía. Luego, aquella
pálida y temerosa mujer abrió la boca por primera y última
vez para decir: "Gracias".
Esa misma noche cinco hombres sorprendieron a Diego Sauri en la mitad
del recorrido que hacía por las casas de sus enfermos. Lo golpearon
hasta dejarlo como un montón de trapos, lo ataron de pies y manos
y le rompieron la boca con que alcanzó a insultarlos antes de cerrar
los ojos que le guardarían para siempre la imagen de una luna inmensa,
burlona y amarilla, como la risa de un dios.
Cuando pudo volver a preguntarse qué le estaba pasando, sintió
temblar el agua bajo la celda que lo encerraba. Iba en un barco, rumbo
a quién sabía dónde y en vez de que lo inundara el
miedo, lo estremeció la curiosidad. Por mal que le fuera, iba camino
al mundo.
Nunca supo cuántos días pasó en aquel encierro. Una
oscuridad y otra y otras muchas le cruzaron por encima hasta que perdió
el sentido del tiempo. La embarcación había atracado más
de cinco veces cuando el hombre que le llevaba todos los días unos
mendrogos le abrió la puerta.
-So here we aree- le dijo un gigante rojo mirándolo con
toda la piedad de que pudo ser capaz, y lo dejó en libertad.
- Here era un helado puerto en el norte de Europa.
- Varios años y muchos aprendizajes después, Diego Sauri
volvió a México como quien vuelve a sí mismo y no
se reconoce. Sabía hablar cuatro idiomas, había vivido en
diez países, trabajado como asistente de médicos, investigadores
y farmacénticos, caminado las calles y los museos hasta memorizar
los recovecos de Roma y las plazas de Venecia. Era un cosmopolita y un
excéntrico, pero ambicionaba como nadie que su última peripecia
lo llevara de la mano a la misma sopa bajo el mismo techo por el tiempo
que le restase de vida.
Apenas tenía veintisiete años la tarde que desembarcó
el tibio ardor de un aire que reconoció como a su alma. El puerto
de Veracruz era pariente de sus islas y lo bendijo aunque su tierra fuera
oscura y sus aguas turbias. Con no mirar al suelo, pensó, bastaría
para sentirse de vuelta.
Caminando de prisa se metió al puerto que hacía un ruido
desordenado y caliente. Fue hasta la plaza y entró en un hostal
bullicioso. Olía a café recién tostado y a pan nuevo,
a tabaco y a perfume de anís. Al fondo de aquel escándalo
tibio, entre la gente que hablaba may rápido y los meseros que iban
y venían como empujados por un viento continuo, estaban, sin más,
los ojos de Josefa Veytia.
Diego llevaba mucho tiempo de perseguir su destino como para no saber
que lo estaba encontrando. Había caminado todos esos años,
por todo ese mundo, para que la vida le diera la vuelta y le devolviera
su futuro en el mismo meridiano en que le arrabató el pasado, así
que se acercó a titubear hasta la mesa de aquella mujer.
Josefa Veytia había ido a Veracruz desde Puebla, con su madre y
su hermana Milagros, a esperar un barco procedente de España en
el que debía llegar su tío, Miguel Veytia, un hermano menor
de su padre, con quien éste había tenido la bienafortunada
idea de encargar a su familia, antes de traicionarla muriéndose
cuando Josefa tenía doce años, Milagros diecisiete y la madre
de ambas esa edad ambigua y eterna en que se instalaban las mujeres cuando
querían dejar de serlo.
El tío Miguel Veytia vivía medio año en Barcelona
y medio en Puebla. En cada uno de los dos lugares dedicaba buena parte
de su tiempo a hablar de los negocios y complicaciones que tenía
en el otro. Su vida era pacífica y placentera como un domingo permanente.
El lunes estaba siempre al otro lado del mar.
Según supieron las Veytia esa tarde, en España se
había proclamado la República dos semanas antes y las emociones
liberales del tío lo habían obligado a quedarse hasta que
la celebración deviniera tedio.
Quién sabe lo que va a pasar en España -les dijo Diego Sauri
una vez que estuvo sentado entre ellas como si fuera un viejo conocido.
Y sin más se puso a contarles la fiebre republicana de algunos españoles
y a disertar sobre la vocación monárquica de muchos otros.
-Yo no dudaría que en un año estén de nuevo queriendo
un rey-profetizó en el tono apasionado que la política le
provocó siempre, pero lidiando mientras hablaba con una pasión
más tangible que sus profecías.
Quince meses despues tarde, durante el diciembre de 1874, los españoles
proclamaron rey a AlfonsoXII y Diego Sauri se casó con Josefa Veytia
en la iglesia de Santo Domingo, que aún dormita a dos cuadras de
la plaza principal en la muy noble ciudad de Puebla.