Le Bot, Yvon.
Subcomandante Marcos. El sueño Zapatista.
Ed. Plaza & Janés. Primera edición.
Barcelona, 1997.


Democracia, comunidad y nación

La sustitución de las categorías de lucha de clases, dictadura del proletariado y por las de democracia, justicia y libertad no es una simple máscara. Más que una reformulación y menos que una ruptura revolucionaria, es un tránsito. En el universo del pensamiento político, Marcos también es un mediador. Pero mientras que en el universo cultural asegura el tránsito en ambos sentidos, la ida y el regreso, en este campo trata, desde este otro lado del río, de descubrir un nuevo mundo político, de inventor una democracia que abra paso a la exigencia ética (la justicia) y al deseo de ser reconocidos (la libertad, la dignidad).

La posibilidad de un regreso, de un retorno a las antiguas ideologías y prácticas revolucionarias, que se disolvieron en la experiencia de la alteridad, no debe descartarse. Significaría, de suceder, un fracaso del propio zapatismo. Significaría que aquellos que partieron en busca de un nuevo continente han naufragado y se han salvado sólo gracias a los viejos instrumentos que permanecieron a flote y por los guías y organizadores de viajes rumbo al poder.

La invitación de los zapatistas a soltar las amarras sin la seguridad del destino ni de los medios para alcanzarlo es también una aventura. "Bienvenidos a la indefinición", proclama Marcos, y se corrige enseguida: no se puede pretender a la vez transformarse en un movimiento social y político y acampar en una posición estética.

A pesar de cierta vaguedad, más allá de las mutaciones, de las fluctuaciones, de los matices y las contradicciones, el pensamiento y las acciones del neozapatismo se articulan en torno a interrogantes poderosos relativos al poder, a la democracia, al sistema político, a la sociedad civil, a la comunidad, a la nación, al surgimiento de un nuevo sujeto.

El poder cuestionado

Los zapatistas ponen la política, la cuestión del poder, la cuestión política nacional, en el centro de la discusión. Y sin embargo, afirman no aspirar ellos mismos al poder.

Según Marcos, el EZLN se habría distanciado, desde su nacimiento, del proyecto de conquistar el poder. Incluso cuando aún soñaban con la revolución socialista, afirma Marcos, Los zapatistas no pensaban ser los parteros ni mucho menos los ingenieros o los beneficiarios de esa revolución. Cultivaban simplemente la esperanza de que otros la hicieran un día y que ellos habrían contribuido.

La indianización, la "inculturación" del movimiento (en México como en otros países es muy raro que los indígenas aspiren al poder del Estado), el derrumbe de las referencias revolucionarias externas y el rechazo de la sociedad civil a involucrarse en la vía armada trastomaron el proyecto de los zapatistas. La perspectiva de derribar el poder por medio de la lucha armada para luego edificar el socialismo ha sido borrada. ¿Con qué la remplazaron? ¿Realmente la remplazaron?

A pesar de no querer formar un partido político, el EZLN construyó un brazo civil-el Frente Zapatista de Liberación National (FZLN)-; todo candidato a formar parte de esta organización debe renunciar a competir por cualquier cargo público de elección o designación gubernamental, cualquiera que sea su nivel. "... ¿Para qué vamos a ser partido político? ¿No hay bastantes ya? ¿No pueden entender que un movimiento político no tenga interés de poder político?"

¿Pero qué es un actor político que no busca el poder? ¿Puede tomársele en serio (sobre todo cuando se refugia en el humor y la autoironía). Para las autoridades, para los políticos "realistas" del sistema político en su conjunto, incluyendo a la izquierda estatista, los zapatistas pasan frecuentemente por idealistas o ingenuos soñadores. El Ejército Popular Revolucionario (EPR) los califica incluso de "poetas-guerrilleros". "La política-afirma esta guerrilla seria-no puede ser la continuación de la poesía por otros medios." ¿No calificó de poema el mismo Marcos la toma de San Cristóbal?

¿Cómo cambiar la política sin tomar el poder? La voluntad de conciliar y apertura conduce con frecuencia a los zapatistas a adoptar posturas políticas titubeantes y confusas. Su originalidad y su capacidad de invención, sin embargo, derivan de estas tensiones. Las tentativas reformistas o revolucionarias a menudo han zozobrado en el mimetismo, la cooptación o la edificación de poderes más monstruosos que aquellos que pretendían remplazar. Octavio Paz, quien, entre otros, pide a los zapatistas "entrar en el juego" ("Si Marcos y sus partidarios, en Chiapas y en el país, quieren sobrevivir como un fuerza política, deben convertirse en un nuevo partido político o asociarse con uno de los ya existentes"), sabe mejor que nadie que los avances de la democracia y la emergencia del sujeto siempre son preparados por disidentes. También es capaz de comprender las reticencias de Marcos a comprometerse en un terreno que en México, particularmente, está viciado y minado. Pero es igualmente cierto que la tentación de la pureza puede conducir a la impotencia y alimentar utopías mortíferas y suicidas.

Desde que se injertó en las comunidades, el zapatismo ha sido un movimiento para salir del confinamiento en el "Desierto de la Soledad" y un intento de abrir un camino hacia la escena nacional, sin dejar de cultivar sus antecedentes indígenas (Las raíces, la radicalidad). Esta difícil búsqueda de un "paso del Noroeste" por los insurgentes del sureste mexicano combina la afirmación de un ideal democrático comunitario, una demanda de apertura del sistema político y un llamado a la recomposición de la nación.

Mandar obedeciendo a la palabra común

Uno de los fundamentos de esta concepción es la articulación de dos principios, el acuerdo ("la palabra común") y el mandar obedeciendo, tal como se formula en el siguiente texto, con frecuencia citado, un texto seductor, pero que propone una definición ambigua y discutible de democracia:

Cuando el EZLN era tan sólo una sombra arrastrándose entre la niebla y la oscuridad de la montaña, cuando las palabras justicia, libertad y democracia eran sólo eso: palabras. Apenas un sueño que los ancianos de nuestras comunidades, guardianes verdaderos de la palabra de nuestros muertos, nos habían entregado en el tiempo justo en que el día cede su paso a la noche, cuando el odio y la muerte empezaban a crecer en nuestros pechos, cuando nada había más que desesperanza. Cuando los tiempos se repetían sobre sí mismos, sin salida, sin puerta alguna, sin mañana, cuando todo era como injusto, hablaron los hombres verdaderos, los sin rostro, los que en la noche andan, los que son montaña, y así dijeron: "Es razón y voluntad de los hombres y mujeres buenos buscar y encontrar la manera mejor de gobernar y gobernarse, lo que es bueno para los más para todos es bueno. Pero que no se acallen las voces de los menos, sino que sigan en su lugar, esperando que el pensamiento y el corazón se hagan común en lo que es la voluntad de los más y parecer de los menos, así los pueblos de los hombres y mujeres verdaderos crecen hacia adentro y se hacen grandes y no hay fuerza de fuera que los rompa o lleve sus pasos a otros caminos. Fue nuestro camino siempre que la voluntad de los más se hiciera común en el corazón de hombres y mujeres de mando. Era esa voluntad mayoritaria el camino en el que debía andar el paso del que mandaba. Si se apartaba su andar de lo que era razón de la gente, el corazón que mandaba debía cambiar por otro que obedeciera. Así nació nuestra fuerza en la montaña, el que manda obedece si es verdadero, el que obedece manda por el corazón común de los hombres y mujeres verdaderos. Otra palabra vino de lejos para que este gobiemo se nombrara, y esa palabra nombró "democracia" este camino nuestro que andaba desde antes que caminaran las palabras.

Podrían encontrarse entre los zapatistas múltiples variaciones sobre este tema de la democracia comunitaria. Cuando al hacerse eco de sus compañeros indígenas Marcos afirma que "lo que debería de haber es que las estructuras jurídicas federales, estatales, municipales deben sujetarse al gobiemo de nosotros porque nosotros tenemos más avances democráticos que el gobiemo que ellos nos proponen", se refiere esencialmente a la esfera local, pero con frecuencia los zapatistas dan a sus afirmaciones un alcance mucho más general. En las entrevistas que aquí se publican, el subcomandante se muestra algo más reservado y, por momentos, claramente crítico respecto de la práctica del consenso (el acuerdo), mientras que el comandante Tacho la elogia ampliamente.

¿En qué consiste esta "democracia comunitaria"? ¿Es generalizable al conjunto de la sociedad mexicana? ¿No es una utopía peligrosa? ¿Es democrático el propio movimiento zapatista en su funcionamiento interno y en su relación con la población al interior de sus zonas de influencia?

Una versión simplificada e idealizada de las comunidades indígenas tradicionales pretende que las decisiones son tomadas por una asamblea, tras largas deliberaciones, pero en realidad sus formas de gobierno distan mucho de ser democráticas. La producción de un acuerdo en las asambleas no impide que las decisiones sobre cuestiones esenciales sean tomadas por algunas personalidades o pequeños grupos. El sistema de gobiemo habitual es en realidad una gerontocracia masculina: un sistema de autoridad y de cargos jerárquicos vertical, dominado por los principales y los chamanes, y manipulado por los caciques que garantizan su inserción en el sistema político nacional. La práctica del consenso comunitario va acompañada de violencia simbólica, y muy frecuentemente de violencia física. Excluye la disidencia, la abstención y el conflicto, así como la participación de las mujeres en las deliberaciones y las decisiones.

No es de ese tipo de comunidad de la que proviene el zapatismo, aún cuando suele a veces idealizer la "costumbre" (la tradición) o incluso tender un velo sobre el asunto. Sus bases pertenecen esencialmente a los sectores indígenas que rompieron con esa tradición o que se emanciparon de ese otro sistema cerrado, el de las fincas. Al hacerlo, como se ha visto, conformaron nuevas comunidades fuertemente cohesionadas en torno a una voluntad colectiva, a menudo intolerante frente a opiniones individuales o minoritarias ("lo que es bueno para la mayoría es bueno para todos"), pero sostenida por una exigencia de participación mayoritaria de igualdad y de autonomía. los principales y los chamanes perdieron poder. El consejo de ancianos fue sustituido por autoridades electas por la comunidad entre la generación de los catequistas, hombres de 20 a 40 años de edad.

Para crear una sociedad libre no basta con emanciparse de los lazos de dependencia internos y externos, y la práctica del consenso en las nuevas comunidades puede resultar tan asfixiante como el modelo autoritario tradicional. Marcos adjudica la falta de democracia en las comunidades pioneras de la Selva a los imperativos de la supervivencia, a la necesidad, durante los años del éxodo y la implantación, de presenter un cuerpo sólido frente a las agresiones del Estado, de los grandes propietarios y de los intermediarios. Al reforzar el autoritarismo del consenso con el de las armas, el mismo EZLN manifestó una fuerte tendencia al comunitarismo, además de grandes dificultades para considerar, incluso para aceptar, puntos de vista diferentes u opuestos a los suyos. Contra ese peligro que ha tenido que confrontar varias veces el EZLN, Marcos promueve la extensión del voto, la participación de las mujeres y la consideración de las voluntades minoritarias, no solamente en la conformación de un pensamiento y un sentimiento comunes, como se acepta en el texto antes citado, sino también en una democracia que reconozca la legitimidad de la diversidad de puntos de vista y del conflicto. Afirma que la democratización de las comunidades pasa por su apertura a la sociedad global y su confrontación con otras modalidades de consulta y toma de decisiones diferentes de las costumbres locales. El propio zapatismo se democratiza y se transforma en un actor de la democratización en la medida en que se inscribe en ese movimiento y contribuye a acelerarlo. También desde este punto de vista, el alzamiento de enero de 1994 constituyó un giro importante. Pero la democracia es incompatible con la guerra, y el mismo Marcos reconoce que el zapatismo no será democrático hasta que se haya convertido en una fuerza política civil.

El ideal zapatista de una democracia plural supone, entonces, la convergencia de dos movimientos: la democratización de las comunidades mediante su confrontación con los otros sectores de la sociedad civil mexicana, y el de la sociedad nacional inspirada en el principio mandar obedeciendo, condicionada por una profunda reforma del sistema político, incluyendo el reconocimiento de las formas comunitarias de elección y representación.

Abrir el campo político

La condición primera de la democratización es el desmantelaimiento del sistema de partido de Estado fundado por el presidente Calles en 1929 y que ha imperado en México desde entonces. La Primera Declaración de la Selva Lacandona pedía "a los otros Poderes de la Nación" poner fin a la "dictadura" ejercida por el Partido Revolucionario Institutional y deponer al jefe del Ejecutivo, Carlos Salinas de Gortari.

Liquidar la simbiosis entre el Estado y el PRI es solamente una condición mínima, necesaria pero insuficiente, para la democratización. Si bien es cierto que en el México posrevolucionario el poder siempre ha recaído en el partido casi-único, nunca se redujo del todo a éste. El presidente es la pieza clave de todo el sistema. Carlos Salinas intentó, si no la destrucción del partido, si la reducción de su poder para desembarazarse de su influencia. Otras fórmulas, más o menos autoritarias que la del Partido de Estado o la del presidente-todopoderoso son posibles para México también y han empezado ya a experimentarse. Asistimos, por una parte, al avance de un pluripartidismo contenido y controlado por el momento: cada vez más el PRI está siendo desplazado de las alcaldías, de las gubernaturas, de parcelas del poder federal, por la oposición de derecha representada por el Partido Acción Nacional y menos frecuentemente por la oposición de izquierda conjuntada en el Partido de la Revolución Democrática. Por otra parte, Los militares, relegados a un segundo plano bajo el monolítico sistema priísta, están ahora cada vez más presentes en las instancias del poder.

Los zapatistas siguen reclamando un "gobierno de transición democrática" y una aperture de los espacios políticos. No rechazan-ya no-a los actores y a las instituciones existentes, a aquellos que consideran impuestos o surgidos de elecciones fraudulentas-a diferencia de Salinas, Zedillo no es acusado de usurpación o de ilegitimidad. Les reclaman la aceptación de otras reglas del juego, ceder el paso a otros actores y a prácticas distintas, en primer lugar a la "sociedad civil", es decir al conjunto de asociaciones y organizaciones independientes del poder y de los partidos políticos.

El zapatismo se pretende como un movimiento que actúa desde el extertior sobre los componentes del sistema político y promueve un diálogo sin más restricciones que las decididas por los interlocutores mismos: "Respetamos a los que nos respetan. No abrimos la puerta a los que nos desprecian". Desde 1994 hasta la refor¦na electoral de 1996, que estableció las reglas de un multipartidismo restringido, el debate político pasó en buena medida por Chiapas, y Marcos imagina-¿estará equivocado'?-que en el momento de las elecciones legislativas de 1997, los candidatos se acercarán a los zapatistas en busca de su aval moral.

El equilibrio entre radicalismo y apertura, perceptible en las relaciones del movimiento zapatista con los actores políticos nacionales, se nota también en sus indeterminaciones, sus dudas y vacilaciones en la escena política local y regional. Tradicionalmente Chiapas aportaba un electorado cautivo para el partido en el poder. Miguel de la Madrid y Carlos Salinas, candidatos oficiales a la presidencia de la República en 1982 y 1988, respectivamente, se apuntaron en ese estado sus mayores victorias (un aplastante 90%). El PRI, instrumentado por la oligarquía regional, tampoco encontraba ningún rival de consideración en las elecciones para senadores y diputados, gobernador o presidentes municipales. Los pocos intentos de alterar esa situación eran sofocados de inmediato. Al contrario de sus equivalentes guatemalteco y oaxaqueño el movimiento de emancipación y modemización indígena de Chiapas propició escasos intentos por ganar las presidencias municipales. Un año antes del alzamiento, un observador en uno de los pueblos que más tarde se convertiría en bastión zapatista escribía: "los habitantes aún no han tomado la política en sus manos, son pasivos y no se entusiasman por los puestos municipales". Las luchas giraban en torno a reivindicaciones económicas y sociales; perturbaban ocasionalmente las relaciones de poder en el seno de las comunidades pero, salvo excepción, las estructuras de poder oficiales quedaban intactas. El movimiento permanecía relativamente "invisible" para las instancias políticas estatales y nacionales, que concebían a los indígenas como profunda e irremediablemente apolíticos y manipulables. Los "indígenas politizados", cuyo papel importantísimo en la formación y el desarrollo del movimiento armado de los ochenta, subraya Marcos, eran sólo excepciones, individuos aculturados manipulados por los "malos" mestizos.

El movimiento zapatista provocó que una gran cantidad de indígenas tomaran conciencia de que la satisfacción de sus demandas debe pasar por modificaciones en la política de los municipios, de los estados y de la federación. Pero la toma de cuatro cabeceras municipales, en enero de 1994, y la ocupación de otras muchas alcaldías en diciembre del mismo año, proporcionaron visibilidad y peso político a unos actores que habían permanecido en la sombra y no tenían hasta entonces ninguna existencia política; abrieron un canal por el cual se deslizaron diferentes expresiones del rechazo y la disidencia, incluyendo las de contenido electoral. En vísperas de las elecciones generales de 1994, y las municipales de 1995 en Chiapas, el EZLN llamó, según el caso y la localidad, a la abstención, la anulación del voto o al voto por un candidato opositor, generalmente del Partido de la Revolución Democrática. Así, es imposible evaluar su influencia electoral. Lo que sí puede decirse, fraude o no fraude, es que los resultados fueron muy inferiores a sus expectativas, aun cuando el claro avance de la oposición y la consecuente apertura del campo político pueden considerarse como una consecuencia del movimiento zapatista.

Si bien Chiapas ya no puede considerarse una "reserva de votos" para el PRI, está lejos de haberse transformado en ese "laboratorio de la democracia" que prometía Manuel Camacho Solís cuando fuera comisionado para la paz y la reconciliación.

Revolucionarios demócratas

Los zapatistas, por su parte, no se contentan con una transformación local, regional o nacional del sistema; aspiran a un replanteamiento de la cultura política en el sentido de una inversión de la pirámide del poder. Su concepción de democracia es una sociedad en la que el poder estaría situado en la base y las instituciones, los representantes, los elegidos, estarían al servicio de esa base, conforme al principio mandar obedeciendo.

Más que "reformistas armados" (Jorge Castañeda), los zapatistas son "revolucionarios demócratas" (Alain Touraine) o incluso se les podría calificar de soñadores realistas o radicales pragmáticos. Preconizan, en efecto, un cambio radical con métodos que deberán inventarse sobre la marcha. Esta posición incómoda desconcierta a los dogmáticos y echa por tierra todas las clasificaciones.

Una cierta izquierda europea, que proyecta sus esquemas sobre el zapatismo, se ciega, consciente o inconscientemente, de su originalidad. La postura de los zapatistas en torno al poder los aparta de toda variante leninista. Y mientras que algunas corrientes libertarias reconocen en ellos algunos de sus propios temas y sueñan con desempeñar ante el zapatismo el mismo papel que los discípulos de Flores Magón al lado de Zapata a principios del siglo, los anarquistas radicales no pueden sino sentirse irritados y decepcionados por el lugar que los zapatistas otorgan al poder, a los partidos y a otros actores políticos institucionales en una fase de transición de duración indefinida-y quizá más allá-, así como por sus constantes invocaciones a la Constitución y a la Patria.

Identidad étnica e identidad nacional

"Saludo en usted al hombre de letras, al diplomático y al científico, pero saludo ante todo al mexicano", ascribe Marcos a Carlos Fuentes, quien declaró, por su parte, que los acontecimientos de Chiapas "despertaron la conciencia nacional mexicana".

Ya se trate del poder y la democracia, de los problemas económicos que plantea el ingreso en el TLC y la globalización neoliberal, o del carácter indígena del zapatismo, lo que está en juego constante es la identidad mexicana.

El alzamiento en la frontera sur puede verse como el efecto de un movimiento pendular producido por la perspectiva de la apertura de la frontera norte. Más aún, provoca los siguientes interrogantes: ¿qué significa ser mexicano hoy en día?, ¿cuál es el porvenir de la mexicanidad en el mercado global?, ¿cómo reinventar la nación cuando ya está en marcha la globalización?

En Guatemala, los indígenas se afirman cada vez más como mayas. A1 proclamar así su pertenencia a una cultura y una civilización prestigiosas, buscan invertir la imagen hasta hoy negativa que se tiene de los indígenas. También desean significar que son mayoría, que Guatemala es un país mayoritariamente maya. Aspiran a integrarse y a hacer respetar su lugar central en la nación, y sólo el rechazo o el fracaso de esa demanda podría despertar tentaciones autonomistas o separatistas que hoy son francamente minoritarios.

Los indígenas de Chiapas, por su parte, sólo muy raras veces anteponen su condición de mayas. Quizá habría que ver en ello una manifestación de la diferente situación de las poblaciones indígenas a uno y otro lado de la frontera. A pesar o a causa de las experiencias extremas que han vivido, los indígenas guatemaltecos son, en muchas formas, más modernos y avanzados que sus hermanos chiapanecos.

Tratándose de los zapatistas, la ausencia de reivindicación de una especificidad maya se combina con una expresión insistente de mexicanidad. Aunque los "indígenas del sureste"-expresión por demás neutra a la cual recurre Marcos-estén más próximos culturalmente a los indígenas guatemaltecos que a sus hermanos mexicanos, los responsables indígenas del EZLN hacen todo lo que está a su alcance para establecer o reforzar los lazos con estos últimos y para evidenciar su pertenencia a la sociedad nacional. Los zapatistas se reivindican resueltamente mexicanos, indígenas mexicanos. En ningún momento se pronuncian por un separatismo o un irredentismo maya, o bien la formación de una nación sobre una base étnica.

En sus primeras declaraciones se cuidaron mucho de anteponer el carácter indígena del movimiento por miedo a alimentar un cuestionamiento acerca de esa mexicanidad. Más tarde, la instancia decisoria, el Comité Clandestino Revolucionario Indígena (CCRI), dio a conocer demandas propiamente indígenas, de orden ético, cultural y político: penalización del racismo, educación bilingüe, reconocimiento de las formas de democracia comunitaria y del derecho tradicional, etc. El tema de la identidad y las relaciones con las otras organizaciones indígenas en el marco del Consejo Nacional Indígena fueron cobrando mayor importancia conforme retrocedían sus perspectivas de respuesta a sus otras demandas.

Pero la reivindicación de una autonomía política es muy difusa. Su contenido varía en función de la opinión de los asesores consultados por el EZLN. Los textos evocan ocasionalmente los estatutos vasco o catalán, y más frecuentemente el gobierno de las comunidades de base por ellas mismas. Los zapatistas combaten la subordinación de las comunidades al poder del Estado, pero desconfían de todo estatuto particular que pudiera aislar a los indígenas y a sus comunidades, particulal mente en Chiapas. La cuestión indígena es para ellos un problema nacional fundamental concebido bajo una perspectiva de integración y no de asimilación: "No tendrá solución si no hay una transformación radical del pacto nacional. La única forma de incorpo¦ar, con justicia y dignidad, a los indígenas a la Nación, es reconociendo las características propias en su organización social, cultural y política. Las autonomías no son separación, son integración de las minorías más humilladas y olvidadas en el México contemporáneo". Durante la discusión de los acuerdos sobre derechos y cultura indígenas (enero-febrero de 1996), el EZLN rechazó la propuesta-defendida por algunos de sus asesores-de una autonomía otorgada y burocrática, a la manera del estatuto de autonomía de la Costa Atlántica en Nicaragua.

Como quiera que sea, los zapatistas buscan combinar, sin confundirlos, lo comunitario y lo nacional, la identidad étnica y la identidad nacional, la indianidad y la mexicanidad. Su objetivo es traducir en hechos el reconocimiento del carácter multicultural de la nación; hacer que los miembros de las minorías étnicas ya no sean obligados a rechazar o a abandoner su identidad para ser iguales a los demás mexicanos; extinguir el racismo en el país; superar la barrera simbólica que pesa sobre todas sus relaciones sociales impidiendo la expresión de la subjetividad de los indígenas y también de muchos no indígenas.

Los zapatistas interpelan con insistencia no sólo a las autoridades, sino al país entero. Su proclamación de mexicanidad tiene la medida de la exclusión que denuncian. Acusan a la Patria de haber abandonado a sus hijos, quienes tuvieron que recurrir a la violencia para salir de ese olvido. Invocando a los héroes de la Independencia, a los padres de la Patria y a las grandes figuras de la Revolución, ondean la bandera nacional que, según dicen, había permanecido abandonada en los palacios de gobierno y en los museos. La rebelión de los excluidos quiere ser el impulso de un renacimiento de la nación, un nuevo patriotismo del que es válido preguntarse si podrá evitar las aventuras nacionalistas.

La figura de Zapata y su "mayización" en la imagen de Votán-Zapata expresan esa mexicanidad, tanto como la voluntad de sustituir el modelo aplastante de la "nación azteca" por el de una nación plural, cuyas bases, en su diversidad cultural, sean las que manden a las cúpulas.

¿No contribuirá la irrupción del "México indígena", nacida en los confines mayas del país, a alimentar reacciones de cerrazón y proteccionismo nacionalista en el momento de ingreso al gran mercado? ¿O inaugurará, como desearía Marcos, una redefinición de la nación en la era de la globalización; la construcción de una sociedad nacional abierta al mundo y en cuyo seno la voluntad de vivir juntas no anule las diferencias?

Ciudadanos con diferencias

Actuar en el terreno político por vías diferentes a las clásicas y no sacrificar la ética a la política. El zapatismo tiene un parentesco cercano al movimiento de Gandhi, y más aún al de los derechos civiles de Martin Luther King.

En México, la organización con la que Marcos reconoce más afinidades es Alianza Cívica. Sin embargo, el zapatismo no se limita al objetivo de obtener que todos los mexicanos puedan ejercer plenamente sus derechos ciudadanos y hacer de México una reqública de ciudadanos, libre de fraudes electorates, de corrupción y violencia política; no es solamente una rebelión en favor de los derechos cívicos.

Como Gandhi, como Luther King, como Tjibaou (y también como Mandela, aunque éste por vías menos clásicas), más allá de la participación de los excluidos en el sistema político (que también un régimen autoritario podría asegurar), los zapatistas exigen ser reconocidos en su identidad y su subjetividad. No piden ser tratados como "ciudadanos iguales a los demás" (ideal de la democracia formal) ni como ciudadanos diferentes de los demás, sino como ciudadanos con sus diferencias.

Las "diferencias", sociales, culturales, étnicas, no deben ser toleradas simplemente como accesorios o colores superpuestos para vestir ciudadanos grises e intercambiables. La identidad tiene tanta importancia como la igualdad, y no es cuestión de renunciar a ella, de ponerla entre paréntesis o transformarla en un folklórico para volverse ciudadanos completos y guardarla en el bolsillo a la hora de sufragar.

Se trata, por el contrario, de inventar una democracia plural, enriquecida por concepciones y prácticas políticas que el actual sistema no reconoce. Esto requiere, por ejemplo, conciliar democracia y comunidad, democracia directa con elección de representantes, participación y representación, un problema cuya importancia no se circunscribe a Chiapas ni a México; una cuestión cuya actualidad y alcances universales se manifiestan en las fuertes impugnaciones de la democracia occidental en el mundo entero.

Pero la demanda de reconocimiento no se agota en el acceso a la plena ciudadanía, aunque ésta sea respetuosa de las diferencias. La ciudadanía es tan sólo una parte de la respuesta. Detrás de estas protestas, detrás de las afirmaciones de identidad, se esconden, en efecto, demandas más profundas, más íntimas, que ni en las sociedades modemas ni en las tradicionales se limitan a lo político, y que tienen que ver con la afirmación del sujeto, individual y colectivo, el cual no se resume en su relación con la esfera política. Al dar un paso lateral, manteniendo su disidencia respecto del sistema político, el zapatismo opera la crítica del todo político. Aquello que los zapatistas denominan la "sociedad civil" es esencialmente un espacio emancipado del poder, donde puedan afirmarse los sujetos individuales y colectivos.